III. Venganzas por contrato

Este texto pertenece a la novela animalista de Caos, que publico semanalmente por capítulos en el blog desde noviembre de 2021. Tienes más información sobre el proyecto literario (y animalista) en Caos, la novela.

Lena aparcó el coche en la esquina de la calle, a unos cincuenta o sesenta metros de su casa. Se dio la vuelta e hizo una seña con la mano a su marido para que bajase. Julio, sentado junto al perro en los asientos traseros, abrió la puerta y bajó del Ford sin decir nada. El animal resolló incómodo, como si no entendiese qué hacía allí.

Desde fuera, Julio dijo algo, pero, con las ventanillas subidas, ella no pudo oírlo.

Lena accionó el botón del elevalunas eléctrico.

—¿Por qué has parado aquí? —repitió él.

—No quiero que nuestros perros escuchen el motor del coche y empiecen a ladrar.

—Ah, yo diría que aquí lo oyen igual.

Lena cambió de tema:

—Oye, ¿te hiciste daño antes? Se me había olvidado que te has dado un hostia contra el salpicadero, ¿no?

—Estoy bien, tengo la cabeza dura, ya lo sabes.

—¿Qué hacemos?, ¿vas a por un collar y una correa para el perro?

—Sí, en la habitación que usamos de vestidor hay algunas cosas que todavía no he empaquetado.

Julio se perdió calle abajo. A ambos lados, la mayoría de los jardines tenían cipreses recortados que no permitían miradas indiscretas. Lena observó cómo se alejaba su marido: caminaba estupendamente recto.

¿Cómo lo hacía para tomarse cinco cervezas y no ir haciendo eses?

Echó un vistazo al retrovisor central: a su espalda, el perro se relamía la trufa; mientras, el tapizado de los asientos seguía manchándose de barro y sangre.

—Ahora vamos un rato al parque, chico.

***

Julio nunca había tardado tanto en beberse una lata de Estrella Damm. Sentados en un banco del parque, sus ojos se perdían en el naranja del cielo nocturno. El coche seguía en la esquina de la calle, ahora oculto por las encinas y los pinos que alguien había respetado al urbanizar aquel pipicán que, una vez, fue bosque.

La adrenalina del momento se había desvanecido y todo seguía igual: estaba claro que lo del perro había sido un paréntesis, pero sus problemas no iban a desaparecer por un encuentro fortuito en la carretera. Media hora antes, quizá ya hacía tres cuartos, Julio volvió con un collar, una correa de nailon de color rojo y dos cervezas. Armándose de paciencia, Lena había conseguido quitarle al perro la cadena metálica y el mosquetón (que fueron a parar a una papelera) y colocarle en el cuello un collar y una correa. Como respuesta, el perro se había tirado contra el suelo a mordisquear un palo y se negaba a hacerles el más mínimo caso.

—¿Qué hacemos? —Julio dio un largo trago a su cerveza.

Lena le miró sin decir nada, tenía los ojos rojos del cansancio; se los frotó y dejó caer la cabeza contra sus piernas. A Julio ese gesto le trasladó varias semanas atrás, a casa:

—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó él.

Lena estaba sentada en el sofá de lino rojo del salón, que parecía esforzarse por combinar con los típicos muebles supervivientes de los saldos de Ikea: una mesa de comedor EKEDALEN color caoba y un mueble de TV BESTÅ blanco (lo querían en marrón, pero nunca lo encontraron de oferta) que, a duras penas, resistía el peso del televisor. ¿Las sillas? Debían estar, pero ahora Julio no las recordaba.

—No quería preocuparte con la intervención.

Ella seguía llorando, lloraba desde hacía horas, y él hacía rato que sabía que no tenía palabras para detener aquello.

Diagnóstico médico: endometriosis.

Nadie les había podido aclarar si la relación era directa o no.

—Lo siento mucho, peque.

—No saben si podré tener hijos.

—¿Por qué no me has dejado…? —Julio cortó la pregunta en seco—. Me hubiera gustado estar contigo, nena. No sé qué más decirte.

—Lo superaremos juntos —contestó ella, sin seguridad.

Julio se había incorporado del banco. Dejó la lata de cerveza a los pies y caminó distraído bajo los círculos de luz artificial que las farolas proyectaban en la tierra.

El silencio era casi total.

De vez en cuando, un coche se perdía por alguna calle cercana, siempre traicionado por el sonido del motor que se aleja. Julio se acercó al perro con sumo cuidado y se sentó muy cerca de este: la correa se tensó en las manos de Lena un poco y el mestizo lloriqueó al ver que no podía coger distancia.

Lena, con el teléfono móvil en la mano:

—La policía local dice que podemos llevarlo y dejarlo allí hasta que comprueben si tiene chip —informó, dubitativa.

—No va a tener.

Ella se encogió de hombros.

—Habrá que llevarlo a la perrera, supongo —expresó sin convencimiento.

El perro empezó a dar vueltas alrededor de la pareja, ahora parecía nervioso.

—Sea como sea, hoy no vamos a llevarlo a ningún sitio, ¿no te parece? Y menos de madrugada. ¿Vamos a casa y vemos qué tal se entiende con Dana y Argos? —Julio buscó alguna señal con la que reafirmar su postura.

—Si no se llevan bien, los separamos.

—Claro.

Lena asintió con una sonrisa cansada.

—Vamos, va, pero con calma, que a este no le veo muy convencido, ¿eh? —dijo ella.

Lena agarró la correa y, poco a poco, consiguió que el perro la siguiese hasta la entrada del pipicán.

—Llévale tú, parece que yo no le caigo muy bien todavía.

—¿Por qué tienes tanto miedo, colega? —le preguntó Julio entre susurros.

El mestizo volvió a espatarrase contra el suelo y le miró de reojo.

—Mierda. Contigo estamos perdidos —sentenció Julio.

***

Tras comprobar el paso al que avanzaba aquel perro, Julio se apresuró a alcanzar la entrada de su vivienda en el número diez. Abrió la pequeña puerta negra de jardín y bajó por la estrechísima escalera de piedra que salvaba el desnivel entre la calle y la casa unifamiliar. A su izquierda, la gran rampa de hormigón para aparcar el coche en el garaje (nunca la habían usado y, al final, cubrieron la reja con brezo); a la derecha, un jardín de antiguos bancales que ya solo eran tierra desmoronándose

Julio arrastró los pies hasta la puerta principal y acarició el blanco descascarillado de la fachada antes de pasar la llave y dejar salir a los perros escopetados al jardín. El jardín, en gran parte embaldosado, mantenía aún parte de su esencia, con la fuente de piedra y la estatua del angelito meón que ya no meaba, la hiedra (descontrolada desde hacía mucho), los bulbos de tulipán que brotaban en primavera, las sillas y la mesa de aluminio para tomar algo después de cenar. Chivatazos que señalaban que había sido una casa familiar, y no el alquiler al mejor postor para pagarle a alguna vieja los cuidados en la residencia.

Argos y Dana se limitaron a olisquearle con curiosidad el tejano y las manos.

Julio entró al salón dejando que los perros se pegasen unas carreras nocturnas alrededor de la casa. Prendió el interruptor de la luz y fue directo a la cocina. Toda la casa estaba ya vacía de muebles, repleta de cajas, y prefirió no pensar en ello, otra vez. Agarró el pienso y dos boles metálicos que había encima de la nevera y salió fuera. En ese instante, los dos perros remontaron la escalera hasta la calle, donde Lena apareció junto al mestizo.

Dana y Argos habían crecido juntos. Rescatados de dos mundos muy distintos que se unían bajo un mismo yugo: las granjas de cachorros y el abandono. Dana era una perra pastor que había vivido en un cubículo encerrada durante meses; de ahí el nombre, decía Julio, el mismo castigo que el rey de Argos, Acrisio, había infringido contra su hija: el encierro: qué pedante, ¿eh? Argos era un mestizo de mastín que había sido abandonado en el bosque con pocas semanas de vida. De Argos había muchos en la mitología, pero la elección de Lena se basó en la fidelidad del perro de Ulises, que lo esperó veinte años: el nombre no podía pegarle más. Ambos crecieron inseparables, y cualquiera que observara la relación forjada entre los dos animales comprendía que uno no entendía la vida sin el otro. Así que cuando Dana gruñó, olisqueó y aceptó que aquel perro viejo y sucio cruzase la puerta del jardín, Argos también olisqueó y aceptó (aunque él no gruñó).

Lena bajó con el mestizo las escaleras a cámara lenta y, después, con sumo cuidado, intentó que el perro entrase en la casa, pero no lo consiguió: el animal reculó una decena de veces y, por si su postura no había quedado clara, se tumbó en el suelo. Mientras tanto, Argos y Dana cenaron dentro y… ¿estaba saliendo el sol?

Julio miró la hora en su reloj: las seis y cuarto.

Se dio cuenta de que el perro le observaba aburrido, tumbado en el césped: jadeaba rápido y cabeceaba.

Lena intentó darle algo de pienso, pero el bicho no quiso probar bocado.

Su mujer volvió a entrar en casa.

—Quizá se llamaba Chronos, porque parece que tenga todos los años —expuso Lena desde el salón.

Julio sintió un hormigueo en la piel; lo achacó a un día extraño, a un cúmulo de mala suerte, o quizá a unas palabras cómplices de su mujer.

Lena salió por la puerta con un vaso de agua en una de las manos y agregó, riendo:

—¡O Caos! ¡Caos! Como la noche que nos ha dado el amigo.

—¿Caos? —preguntó Julio, con la mirada perdida en el ciprés que cobijaba al perro—. Es un nombre feísimo, Lena.

—Pues Odín. O Thor.

Él suspiró.

—Tú y la mitología. De Odín o Thor, como mucho, tiene los años.

—A mí me gusta Caos —dijo Lena.

—Pues le llamaremos Caos.

—¿Le llamaremos?

—Mientras esté con nosotros, me refiero.

—Ah. Claro.

Lena intentó, de nuevo, que Caos entrase en la casa y durmiese dentro, con todos. Lo intentó durante tres cigarros consecutivos, pero no lo consiguió. Al terminar el tercero, un pinchazo en el costado (a veces pasaba) y a Julio le volvió de golpe el mal humor.

En silencio, se fue al garaje que los caseros se habían emperrado en mantener como su trastero particular e inició su pequeña venganza. Apartó cajas llenas de fotografías insulsas, muebles viejos combados por el tiempo y la humedad (seguramente olvidados por los dueños), y un par de alfombras persas sobre las que le habían advertido:

—Como venga yo aquí y vea algo fuera de su sitio, rompo el contrato y a la puta calle —decía ella, una vieja gorda con cara de simio.

—¿Garaje? Querrá decir su trastero particular —había gruñido Julio sin energía.

—Mi marido quiere decir que se supone que ustedes nos alquilan toda la vivienda —trató de explicar Lena en su momento, fingiendo una sonrisa.

—Pues o lo tomáis o lo dejáis, que no nos falta gente que quiera alquilar esta casa, ¡y parejas sin chuchos! —contestó él: calvo, contrahecho y cabrón.

Rompo el contrato y a la puta calle, murmuraba Julio, cabreado con su propia imbecilidad. Cogió dos alfombras persas enfundadas en plástico y las estiró en el suelo del garaje.

—A la puta calle, eh. Os van a dar mucho por culo —espetó, con los caseros en mente.

Advirtió que Lena le miraba desde la puerta.

—¿Por qué no lo dejas estar? Vete a dormir un rato, y olvídate. Llevabas un año con todo esto aquí, no va de veinticuatro horas.

Quiso decirle que ahí tenía razón. Que no iba de veinticuatro, iba de un año entero, de todo el tiempo que habían estado ahí aguantando a los imbéciles de los caseros, y sumando más y más desastres a su relación ya desastrosa en sí misma. Quiso decirle que no se le ocurría cómo digerir todo lo que estaba ocurriendo, hoy, la semana pasada, ese año, con ellos. Pero no lo dijo, se limitó a señalar a Caos, que bebía agua de un barreño que siempre dejaban junto al porche. Después, quizá porque Julio no le dio alternativa, el perro se dejó conducir, correa en mano, hasta el garaje.

—Déjame en paz, Lena. Voy a dormir un rato aquí con este.

Allí, Caos se tumbó entre el suelo y la alfombra. Julio lo recordaba bien. Primero, pensó: qué imbécil, el perro; luego creyó entender que ese animal no estaba acostumbrado a las facilidades.

—Vete a la mierda —se despidió Lena, de improviso—.

A él no le extrañó. No le extrañó porque lo merecía; no le extrañó porque eran muchas las noches y los días que terminaban y comenzaban así.

Siguiente capítulo
«Dos culos sobre una alfombra persa»

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