IV. Dos culos sobre una alfombra persa

Este texto pertenece a la novela animalista de Caos, que publico semanalmente por capítulos en el blog desde noviembre de 2021. Tienes más información sobre el proyecto literario (y animalista) en Caos, la novela.

Lena entró en la casa y pegó un portazo. El marco lacado en blanco y las paredes crema temblaron en la oscuridad. Vio cómo Dana, tumbada frente a la puerta, solo abría un ojo, acostumbrada a sus discusiones. Prendió el interruptor de la luz: el comedor vacío de muebles, repleto de trastos en cajas.

Argos roncaba en la cama para perros donde había estado el sofá.

Lena les dejó allí.

Se fue a la cama y se tumbó de inmediato.

¿Puedo dormir?

Parecía pedirse permiso a sí misma.

Qué coño voy a poder dormir ahora, si ese se empeña en ponerme de los nervios a cada momento.

Un minuto encima de la colcha. Ni abrir las sábanas ni hostias, ¿para qué? Para dar vueltas y vueltas y no descansar ni un par de horas, que eres una imbécil y terminas haciendo siempre lo que él quiere, ¡y mira!

Empezó a pensar en los perros y en Caos; se relajó un poco. Por unos minutos, perdió el mundo de vista, pero no pudo escapar de las palpitaciones y el bombeo disonante de su corazón.

—Que no, que no puedo.

Distinguió a contraluz el contorno de la habitación en semioscuridad: solo quedaba la cama, que mañana venía a buscarla un amigo por ciento y pico euros.

Subió un poco la persiana y fuera ya había luz, luz.

—Pues me voy a preguntar a la local —se dijo, quizá para convencerse de que podía hacer algo útil.

Rehízo sus pasos hasta la cocina y se bebió una Coca-Cola. Al girar el pomo de la puerta blanca que daba al jardín, se había despejado. El latido le iba rápido, pero no como antes, y ya no estaba tan cabreada como creía. Volvió a la habitación, cogió una manta; salió. Caminó deprisa hasta el garaje: ahí estaban esos dos. Julio cabeceaba con los brazos en cruz; el perro dormía agotado sobre el extremo de una de las alfombras. Lena imaginó que su marido no se había quedado quieto hasta que Caos había puesto el culo en la alfombra persa con motivos geométricos en rojo y azul: ahí había una doble batalla perdida que él se empeñaba en lidiar.

—Verás tú el gilipollas mañana, lleno de pulgas y garrapatas —criticó Lena en alto, sin reparar en que ella también quería que el perro durmiese en casa, con todos.

Se agachó. Por primera vez en meses se fijó, de verdad, en su marido: el pelo blanco, encanecido de la noche a la mañana, como el padre de Laura Palmer. La barba igual, y esas ojeras que no se quitaba ni a tiros. Se descubrió apartándole un mechón de pelo de la cara.

¡Qué haces! A ver si le vas a despertar y la tenemos.

Tiró el cuerpo hacia atrás.

—Te has hinchado, nene —dijo—. Si eres el doble que cuando nos conocimos en la facultad. De tanto levantar cajas y tan poco usar el seso.

Rio, mala.

—¿Ves? Si siempre fuese así de fácil hablar contigo, quizá hasta solucionábamos nuestros problemas. Que ya digo nuestros, que no solo eres tú, pero es que has cambiado un huevo, joder. ¿Dónde coño está aquel chaval que siempre reía?, que estaba de buen humor, y no todo el día pensando en la poca pasta que hay en la cuenta corriente.

Silencio.

—Que te importó una mierda cómo me sentía yo. Muy ocupado estabas, pensando en ti. ¿Te planteas siquiera por qué no pude decirte que estaba embarazada?, ni lo otro: cuando la perdimos. Tú con tus neuras. Qué futuro nos espera a ti y a mí con niña o sin niña, ¿eh?

Lena salió del garaje.

—Cómo me engañaste, cabrón.

Volvió a entrar. Le tiró la manta por encima y se limpió una lágrima rebelde.

—Tienes trabajo. Así que espabila.

Julio respiraba, ausente.

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«El fruto del níspero»
(se publicó el domingo, 5 de diciembre)

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