VI. Me da asco follar contigo

Este texto pertenece a la novela animalista de Caos, que publico semanalmente por capítulos en el blog desde noviembre de 2021. Tienes más información sobre el proyecto literario (y animalista) en Caos, la novela.

Lena entró en la casa a coger algo de ropa entre los bultos que había que cargar en el coche. En el comedor, agarró un top amarillo y unos tejanos de la maleta negra que había encima de varias cajas con precinto y se lo llevó al baño. Escuchó el chasquido metálico de una lata y arrugó el morro frente al espejo.

—Ni se te ocurra ponerte a beber, ¡después vas a conducir tú! —gritó.

Escuchó un suspiro cerca.

—Es una lata que quedaba en la nevera —protestó Julio desde el pasillo.

—Podía haberse quedado ahí.

Se acarició la barbilla. Se peinó con una de las manos frente a su reflejo: ya lo habían empaquetado todo, excepto cuatro cosas. Se desnudó en la intimidad. Fuera la camisa, los pantalones de pinza, la chaqueta ejecutiva (hacía frío a primera hora). Asomó la cabeza por la puerta del baño. Julio estaba sentado en el suelo del pasillo, bebía una cerveza; Dana lo miraba, ensimismada, como si su marido estuviese realizando una operación a vida o muerte: así son los perros.

—Oye, búscame unas bragas y un sujetador en la maleta negra del comedor.

Julio se incorporó, apático. La lata en el suelo, la perra siempre detrás, persiguiendo su sombra.

—¿Vale un tanga? ¿O bragas?

—Lo que sea.

Le llevó unas bragas blancas y un sujetador color crema sin aros. Abrió la puerta y alargó la mano, desnuda. Julio bajó la vista y le alcanzó la ropa interior.

«Gilipollas», pensó Lena, porque le hizo sentir incómoda.

Cerró la puerta. Se tocó las tetas y se acarició las piernas de abajo arriba, herida en su orgullo. Sabía perfectamente a qué venía todo eso: a Julio las cosas se le enquistaban en el cerebro. Semanas antes, follando sin ganas, sudando a medianoche, de repente se hartó del movimiento mecánico del sexo de su marido entrando y saliendo de ella. Aunque intentó ignorar esa sensación por varios minutos (de espaldas a su amante: vulnerable), no pudo más que terminar por centrar su atención en las acometidas, que iban y volvían junto a las malas contestaciones, la falta de deseo, el rumor animal. Se sintió repleta de todo lo malo que su pareja tenía, que le hacía sentir y, justo tras el clímax, dijo:

—Me da asco follar contigo.

Ahora, frente al espejo, recordaba el frío en su espalda. El silencio. La desconexión total de dos cuerpos inermes y aquella afonía que reinó en el cuarto hasta la mañana siguiente. Cuando ella despertó, Julio se había ido a trabajar.

Lena salió del baño y le robó la cerveza de las manos. Dejó la lata en la encimera de granito negro de la cocina; tras ella, su marido se había incorporado y la perra se sacudía.

—Vamos a la calle, va —dijo ella.

***

Salieron a pasear con los perros por la urbanización.

Julio llevaba las correas en la mano: dejaba que Argos y Dana corrieran sueltos siempre que no se acercasen a molestar a los perros de las fincas cercanas. Continuos ¡eh! y ¡aquí! que ella no soportaba. Caos intentó acelerar el paso en dirección a la carrera de los otros dos perros —calle arriba, calle abajo—, pero iba lento, muy lento, con una cojera que advirtió a Lena de que volver a la calle no había sido una gran idea.

Cuanto más le observaba moverse, más extraña le parecía la forma en la que andaba. La comparación más cercana que se le ocurría era la de un click de Playmobil: ortopédico, entumecido, desgastado.

—Es difícil describir cómo se mueve, ¿verdad? —había dicho Julio durante el paseo. —Imagino que él quiere moverse de una forma y el cuerpo le responde de otra.

Al final, Lena volvió a casa un buen rato antes que su marido, y aprovechó para desayunar unos bollos y café que habían dejado en la cocina. Cuando terminó, recogió las sábanas y las mantas de la cama y aprovechó la bajera para tapar los asientos traseros del Ford, que ya se habían llenado de pelo y de barro la noche anterior.

—Qué desastre —murmuró, cerrando la puerta del coche—.

Volvía Dana a toda velocidad por la calle, suelta: la mandó para casa, y esta desobedeció tras un silbido a lo lejos.

Apareció Julio, junto a Argos, resollando ambos.

—Hay que avisar a Paco, que vengan a buscar la cama a media tarde, así nos vamos ya a la perrera.

Circunspecto, indescifrable, su marido se perdió con los perros escalera abajo. A Lena le sorprendió que ni echase una ojeada al Ford, con lo impoluto que se empeñaba en mantenerlo, con esa relación de amor-odio que ella sabía que lo ligaba al mismo.

Siguiente capítulo
«El perro que no fue»
(se publicó el domingo 12 de diciembre)

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