VII. El perro que no fue

Este texto pertenece a la novela animalista de Caos, que publico semanalmente por capítulos en el blog desde noviembre de 2021. Tienes más información sobre el proyecto literario (y animalista) en Caos, la novela.

Era la época del fin de los yonquis de los ochenta: entonces, ya no había tantas jeringas de jaco por la calle, ni heroinómanos. Quedaban supervivientes de periferia, madres rotas, colegas para los que un canuto seguía siendo un canuto, pero no el primer paso. Eso quedaba. Debía ser el noventa y dos, donde muchas de las promesas olímpicas a la ciudad todavía tenían que materializarse; aquel era el principio del fin, de la Barcelona de verdad, de la Barcelona de barrios, y distritos, y pueblos con identidad propia. Aquello era antes de las multinacionales, del todo igual, del sin esencia, del gris, de aquel todo tiempo pasado fue mejor, pero, esta vez, en serio; del campo de fútbol de tierra para los chavales y los partidos de domingo entre vecinos, del cabrero y las cabras entre edificios; de los huecos y los campos que solo eran huecos y campos (y no bases para bloques de hormigón). Y en alguno de esos huecos y esos campos fue donde Julio y su padre encontraron a un perro.

Era una bola de pelo marrón, o así lo recordaba él; quizá negra. Su mirada era en marrón y, esclavo de la mala memoria, no lo invocaba sucio, aunque seguro que lo estuvo. Julio todavía recuerda que le dio todo el jamón serrano de su bocata, cómo se persiguieron el uno al otro, lo pequeñito que era. Recuerda que se parecía a un gremlin en guapo, y, sobre todo, cuánto jugó con aquel perro esa tarde. Debió jugar tanto, debió mirar tanto, debió contagiar tanto, o tanta felicidad, que no pudo más que convencer a su viejo, que, entonces, solo debía tener diez o quince años más que él ahora. Debió decir: ¿puedo?; debió encogerse de hombros su padre. Así que fueron hacia casa y, ante una incógnita delante, él y su padre cruzaron el barrio hacia los pisos naranjas donde vivían, dejando atrás el campo de fútbol y, a la derecha, tres o cuatro edificios, uno de ellos famoso, el de la fachada con los lavaderos en verde oliva (qué feos, ¡joder!), por un hombre que se suicidó tirándose del treceavo. ¿Más allá? Nada. Campo, y campo, ¡ah, bueno!, y su colegio, el Pau Casals, que por la pintada de la entrada era un violinista muy famoso del que, en el barrio, nadie, o casi nadie, había oído hablar nunca.

Al llegar a casa, un desvelo tras otro; sus padres, en la cocina, y él por ahí con el perro, marrón o negro, pero con la mirada en marrón, eso seguro, y él, Julio, que sabía que eso no era buena señal, que su madre no iba a querer, así que diría que ni lloró ni se entristeció mucho antes de cenar (verdura, encima), sino después, mucho después, cuando creyó comprender dónde había ido ese perro, que no había ido con su familia, ni a una granja, porque no tenía familia, ni la pudo tener, ni había ya granjas, porque se las habían cargado todas para construir pisos que, a su vez, construían infelices que se tiraban de un treceavo.

Luego lloró, lloró mucho, y se le incrustó algo en el pecho por siempre. Su hermano, Carlos, le miraba: chiquitajo aún, rubio, con cara de pillo. Nadie le entendió. Él no le dijo nada a su padre. Su padre no le dijo nada a él. ¡Qué felices habrían sido ambos con aquel perro!

***

Frente a la casa de Corbera del Llobregat, Julio clavó una mirada melancólica en la perra nórdica de los vecinos, que aullaba desde la terraza con el hocico mirando al cielo. A continuación, subió a Caos a los asientos traseros del Ford Mondeo, protegidos con una sábana y, con una afirmación que más bien parecía una pregunta, dijo:

—Bueno, pues vamos a Barcelona.

Lena asintió, en silencio.

Todo el camino hasta la entrada de la perrera municipal lo hicieron igual; solo en un instante, mientras Julio desaceleraba en la B-23 para desviarse hacia la Ronda de Dalt, su mujer mencionó lo siguiente:

—He llamado antes para ver a qué hora cerraban. Me han dicho que a las tres y que podemos hablar con una tal Arantxa.

Julio, mudo.

***

Aparcó al final de la misma calle que subía a las instalaciones de la perrera: el Guarda Anton, o algo así. Una calle empinada y mal asfaltada cerca de la estación del Tramvia Blau y el funicular que va al Tibidabo. Las montañas de Collserola se extendían detrás y el ajetreo de la Carretera de les Aigües (con los mil y un ciclistas y senderistas que se amontonan durante el fin de semana) no conseguía silenciar del todo el alboroto que ya se escuchaba desde las puertas de la perrera.

El edificio era grande, parapetado por la propia montaña, con hectáreas y hectáreas de caminos de los que aquellos perros solo debían conocer una milésima parte, y suerte. Al imaginar un número, Julio tuvo la certeza de que allí siempre faltaba espacio y manos amigas. Eran pajas mentales, claro, porque no había aparcamiento al uso (los coches esperaban en el arcén de tierra o calle abajo) y resultaba difícil saber cuánta gente debía rondar por ahí. Eso sí, muy pocos coches pese al sábado y, sobre todo, pocos voluntarios entrando y saliendo del edificio.

Unas voces femeninas subían quejándose por el camino, disgustadas:

—Hoy lo que se pueda; mañana salen a pasear la mayoría, pero hoy los que puedan.

—Están los que no salen nunca, o casi, por una u otra cosa —se quejaba la otra voz.

Julio se dio media vuelta. Una de las chicas tendría unos veintitantos, pelirroja, con coleta y pecas, vestía un mono azul de trabajo; la otra de unos cincuenta, morena, pelo corto y ojos azules que sorprendían.

—¿Venís a pasear perros? —preguntó la más joven.

Lena negó.

—Hoy no—contestó Julio al paso de ambas.

La morena echó una ojeada al coche y clavó su mirada en Caos. A Julio le pareció que aquella mirada mudaba en una silenciosa indignación. Se escaparon entre murmullos inaudibles, maldiciones y, cuando sonó el zumbido eléctrico que desbloqueaba la puerta de la perrera, creyó oír como se cagaban en los muertos de alguien.

¿A quién iba a culpar? La gente se quema rápido en estos sitios.

Julio se apoyó en uno de los asientos traseros del coche, con la puerta abierta; Caos no hizo ademán alguno de bajarse del coche.

Lena no dijo nada.

—No podemos adoptar a otro perro. —Volvió a sonar a pregunta.

Lena miró a su marido.

—Tres perros y no tenemos pasta para alimentar ni a dos. Imagínate —bufó ella, sarcástica.

Y Julio imaginó, pero otra cosa. Imaginó al mestizo, renqueante, entrando en la perrera sin poder llegar a su chenil. Nadie iba a dar un duro por él. Entraría, y saldría con una inyección; por la tarde, lo quemarían; o lo congelarían hasta el lunes en uno de esos frigoríficos que hay para cadáveres. Si era mucho lío, quizá lo mantuviesen en la jaula hasta chutarle el pentobarbital entre semana.

Se descubrió acariciándole el hocico a Caos. De algún modo, el perro consiguió apartar a Julio y bajar del vehículo, trastabillando; Lena se apresuró a coger la correa, como si el animal pudiese escapar corriendo.

Quizá la perrera decidiese no sacrificar a Caos. Quedaría en un chenil, esperando a una familia que desease ofrecer a un perro anciano un final digno; quizá despertase simpatías, pero la mayoría se echarían atrás: apenas puede andar, costes veterinarios, atenciones, y quién sabe qué. Heridas, cojera, probablemente leishmaniosis, dolor, y algún problema de columna, eso seguro. Nadie adoptaría a Caos jamás. Menos entre cien, doscientos o trescientos perros. Nunca se sabe, pero las estadísticas no estaban de parte de ese pobre animal.

El zumbido metálico de la reja y apareció otra chica. Era bastante joven, algo mayor que ellos —treinta y bastantes—, vestía una camiseta blanca con el logo de la entidad (¿un híbrido de perro y flor?, algo así) y unos tejanos; sonreía cansada, el pelo corto, medio rapado por los lados, de ojos grandes y profundamente negros.

—Me han dicho que había llegado una pareja con un mestizo en muy mal estado. Supongo que sois Lena y Julio, que iban a venir hoy.

Lena se dispuso a asentir; Julio negó con la cabeza.

—Nos gustaría pensárnoslo unos minutos —afirmó él, incoherente.

—Ah, bueno. —A la chica, la actitud de Julio le pilló de improviso—. Intentad no juntaros con los perros del refugio, que están empezando a salir a pasear ahora, ¿vale?

—Lo que sea.

Y Julio bajó a Caos del coche, y paseó diez minutos de reloj con el perro, a paso lento, muy lento; y sentía cómo su mujer les observaba, dubitativa, y él seguía enfadado con la gente, con su madre, con el mundo, pero no con ese perro, ni con ningún perro, y volvió a subir a Caos al coche, y le explicó todo a la chica del refugio, y se dio una de esas situaciones en las que todos creen compartir un sentimiento, sea o no cierto. Volvieron a la carretera, y Lena dijo aquello de donde caben dos, pues caben tres. Él esperó que también cupiese en esa frase que sonaba pequeña, pero algo era.

Siguiente capítulo
«Vengarse de la autocracia marítima»
(se publicó el domingo, 19 de diciembre)

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