VIII. Vengarse de la autocracia marítima

Este texto pertenece a la novela animalista de Caos, que publico semanalmente por capítulos en el blog desde noviembre de 2021. Tienes más información sobre el proyecto literario (y animalista) en Caos, la novela.

Esa tarde, Lena prefirió conducir. Julio no se interpuso: cuando su mujer estaba inquieta, él sabía que la forma que tenía de dominar los nervios era en movimiento. Aparcaron frente al Moll de Ponent, no muy lejos de donde había trabajado Julio los tres últimos años. Por la hora (las siete y cuarto: era temprano aún), acordaron acercarse a la estación dando una vuelta y recoger las tarjetas de embarque.

Bajaron del coche. Caos caminaba lento, así que ella avanzó a un ritmo y Julio se desvió un par de veces por los aparcamientos de las navieras con los otros dos perros, que aprovecharon para hacer sus necesidades. Él sonrió, satisfecho: pequeñas alegrías previas a un viaje largo. Ante el ferry, la caca era tranquilizadora.

Menuda idiotez, ¿no?

El paseo los llevó hasta el edificio de la compañía de ferries. Poca gente a esa hora: una vieja con tacataca, un gordo que vestía una camisa de cuadros y una gorra naranja con un castor en la visera y cuatro chavalas de risitas molestas. La oficina de atención al cliente eran ciento y pico metros de mostradores con ventanilla a mano derecha, cuatro filas de asientos de plástico verde que ahora mismo nadie utilizaba y unos servicios que a Julio le recordaron que tenía ganas de mear. El suelo de gres color plata parecía recién encerado y, al fondo, una gran cristalera dejaba ver barcos mercantes, cruceros y algún ferry, congelados sobre las aguas.

Recordó la tarde anterior. Lena fue con Caos a por una cartilla veterinaria; él se quedó en casa, cargando el coche, haciendo llamadas. Debía hablar con los caseros para acordar la rescisión del contrato: habían avisado con más de dos meses de antelación, pero nunca les iba bien verse y, por descontado, quedó para el último día. Tras cerrar un par de cajas con el precinto negro —las últimas ya—, Julio se paseó por la vivienda y el porche; en el garaje, volvió a enrollar las alfombras persas y las dejó detrás de algunas cajas de cartón con fotografías de extraños. Su amigo Paco ya había recogido la cama de matrimonio que le había encasquetado, medio regalada, y Dana y Argos roncaban aburridos en el jardín. Se volvió a sentir un poco idiota, y, antes de que el sentimiento fuese a mayores, agarró el teléfono e intentó contactar con los caseros.

 Contestó ella:

Hola? Ets el Julio? —respondió en catalán.

A Julio le pareció que la pregunta era retórica, así que la ignoró.

—Hola. Llamo para ver cuándo podemos firmar la rescisión del contrato. Nos vamos mañana, pero tengo que volver en unos días por un tema de trabajo.

—No, no. Tiene que ser antes de que os vayáis.

—Nos vamos mañana, señora —repitió él.

Se topó, de nuevo, con una jubilada aburrida:

—Pues podría ser mañana por la tarde.

—Imposible: llevamos a los perros y el coche hasta arriba para viajar en el ferry.

 —Això no és el meu problema! —replicó ella, cambiando al catalán.

Julio suspiró.

—Es firmar un papel, ¿sabe? Seguro que encuentran un momento cuando venga a recoger documentación la semana que viene.

Al otro lado de la línea se oyó el comienzo de una protesta.

Julio colgó.

Por la mañana, dejarían las llaves en casa de su madre, por si las necesitaban los caseros y a la mierda. Estaba cansado de aguantar tonterías.

Cargó las cajas repartidas entre el comedor y el porche en el coche y se prometió que no discutiría de esto con Lena. No venían de China, pero se relajó haciendo algo que se parecía a lo de todos los días.

Más tarde, rompió su promesa.

En la marina, la escueta cola avanzó rápido. Al final, los respectivos saludos. La chica del mostrador número tres vestía un uniforme azul marino (qué tópico), llevaba el pelo negro recogido en una coleta y sonreía, sonreía todo el tiempo, sonreía con una gran boca donde, a la fuerza, debía haber más dientes de la cuenta.

—¡Cuántos animales! —exclamó—. ¿Habéis pagado quince euros por cada tarjeta de embarque?

—Sí, claro —respondió Julio—. Somos dos adultos, tres perros y un vehículo.

—¿Coche? —preguntó.

La pareja asintió al unísono.

—Cuántos animales…

La taquillera comenzó a lanzar papeles por encima del mostrador:

—Este en la luna delantera, por dentro; aquí los pasajes, los perros… ¿Y las cartillas de vacunación? —preguntó, de repente—.

—Están en mi bolso. ¿Las necesitas?

—No, yo no. Pero hay que llevarlas.

—Vale.

—¿Tenéis las cartillas de todos?

—Sí —dijo Lena.

Con Caos, Lena había tenido que hacer una rápida visita al veterinario, pero todo estaba solucionado.

—¿De todos?

—Sí.

—Seguro, ¿no?

—QUE SÍ.

—Buen viaje.

Salieron. El coche, a unos cuantos cientos de metros, repleto hasta la bandera; subieron en él, voltearon un par de rotondas y Lena apagó el motor frente a una larga línea recta de automóviles y camiones que hacían cola a escasos metros de la Ronda del Litoral.

Durante la hora de espera, nadie hubiera advertido que aquella hilera tenía que empezar a avanzar en algún momento; después, como si alguien se hubiera olvidado de que había que partir, todo se aceleró y los vehículos empezaron a moverse con parsimonia hacia el transbordador. Entre los coches, aparecieron operarios y marinos que comenzaron a gritar, a correr, a apresurarse y casi a hostigar a los conductores para que subiesen por la rampa del ferry. En el maletero del Ford, Argos comenzó a gruñir y a ladrar y los otros dos perros no tardaron en unirse. Desde el asiento del copiloto, apenas se les veían las cabezas entre tanto trasto apilado en los asientos. Julio chistó, consciente de que, en esa tesitura, tampoco era extraño que los perros se pusieran un poco nerviosos.

—Joder, tanto estar parados y ahora van a ser todo prisas —comentó él.

Lena respondió con algún monosílabo. Ese tipo de cosas le ponían nerviosa, así que, sabiéndolo, Julio dejó el tema.

—Compré unos candados para las jaulas de los perros; así no tenemos que preocuparnos y podemos llevarlos arriba en un visto y no visto. Bueno, o abajo, que no tengo ni idea dónde estarán.

—Bien pensado. ¿Cuándo los compraste?

—Ya hace.

Un operario desgreñado, con bigote y mala cara les azuzó con ayuda de una especie de pirulí fluorescente.

—¡Suban! Venga, ¡siguiente! —repetía.

—Míralo el gilipollas, que se cree un caballero jedi —gruñó Julio.

Bajó la ventanilla del copiloto: ¡que sí, hombre, que sí! ¡Que ya vamos! Ahora vienen las prisas, como siempre. El tipo le clavó la mirada un instante y siguió moviendo el pirulí a los coches que les precedían. Lena dio gas y subió la rampa del ferry; en el interior del buque, condujo entre indicaciones del resto de marinos, embutidos en monos y chalecos con bandas reflectantes. Sacó la cabeza por la ventanilla al pasar junto a un trabajador de la compañía, quien corría de arriba abajo gritándole a los conductores dónde debían dejar el vehículo.

—¡Perdona! ¿Puedes decirme dónde están las jaulas para los perros?

—¿Eh?

—Las jaulas, donde duermen los perros.

—Ah, sí. Eso. Arriba. Cubierta ocho.

—Vale, gracias.

El tipo desapareció hacia delante a medida que más y más coches subían por la rampa de acceso a la cubierta. Lena aparcó donde le indicaron. Bajaron a los tres perros del maletero con las correas bien sujetas: a medio metro, circulaban coches mucho más rápido de lo que debían, con conductores más atentos a dónde aparcar que a lo que se movía alrededor.

—Vigila con los coches, peque, que los bichos van nerviosos.

Caos se tumbó en el suelo de la cubierta, sucio, más negro de las manchas de aceite que verde de la pintura antideslizante. Julio mantuvo las correas de los perros en corto y sacó del vehículo una mochila verde. Lena agarró la correa de Caos y le ayudó a incorporarse.

—No falta nada, ¿no? —preguntó Lena.

—No sé. ¿Qué más da? Tenemos a los perros, la mochila con las cuatro cosas de documentación y dinero para cenar. Hasta mañana, sobrados.

—Vale. Creo que voy a llevar a este perro en brazos, que llegaremos más rápido a las jaulas.

Apareció un operario frente a ellos: bajito, rubio, nariz respingona. Alrededor, el ajetreo de los coches, bocinazos de algún idiota, gritos de los marineros que querían organizar las cosas lo más rápido posible y la cagaban; nervios. Los perros inquietos, empapándose de las sensaciones que flotaban en el ambiente.

—Chicos, solo podéis llevar un perro cada uno. Vais a tener que hacer dos viajes.

—¿Cómo? —preguntó Lena.

Julio torció el gesto.

—¿Qué más da? Es subir y bajar tres pisos: no vamos a dejar a uno de los perros aquí.

—Son las normas, pareja. Todavía quedan bastante coches por entrar; dejad a uno en el maletero, subid a la cubierta ocho, los metéis en la jaula y volvéis. Es para evitar molestias a otros pasajeros.

—Tócate los cojones. ¿Y si subimos con los tres?

—Tendré que dar aviso.

—Lo dicho: tócate los huevos.

El trabajador se encogió de hombros.

—Venga, subimos y bajamos, Julio, que son un par de minutos. Deja a Caos en el maletero y venimos a por él corriendo.

A Julio le pareció que la voz de Lena escondía un histerismo que crecía incontrolado.

—Vamos rápido, va —agregó ella.

Se lanzaron a la carrera hacia las cubiertas superiores: una vieja con tacataca, el hijo que la ampara, unos niños subiendo y bajando las escaleras y haciendo el mono.

Lena con mala cara, rechinando los dientes.

Julio, a todo quisqui: perdón, paso; disculpe, lo siento.

Uno: que si los pasajes.

Otro: que si tienen candados.

El mismo tipo: que no, que esos candados son demasiado grandes.

Julio: oiga, que tenemos un perro en el garaje, no irán a cerrar, ¿no?

Cruza otra vez la recepción, enseña pasajes.

Sube corriendo las escaleras, y más escaleras, ¡y más escaleras!

Llegan a la zona para los animales.

En las jaulas, los perros que ya arman escándalo.

Julio, a los bichos (como si le entendiesen):

—Pues os quedáis en la misma, chavales. Os dejo un par de juguetes.

Abre la bolsa, cierra la bolsa.

A su lado, espera la responsable de la guardería canina, a quien casi no le ha dicho ni hola. La chica, cabello rizado, ojos verdes, y Julio que no ve nada más porque ya está bajando los escalones de cuatro en cuatro hacia el garaje.

—Vamos corriendo a por otro perro, que no nos han dejado subir a los tres juntos —dice Lena.

Otra vez escaleras, moqueta verde, ¿moqueta verde? ¡tócate los cojones! El mismo tipo de antes: que si bienvenidos, que las butacas están aquí a mi derecha dice uno con gorra blanca, ¿o van ustedes a camarote?, agrega chasqueando la lengua. Aquí la tienda de regalos; ¡que me importa una mierda la tienda de regalos!, grita Julio.

—¿Dónde van ustedes?

—Al garaje.

—No, al garaje no.

—Y una mierda que no.

Se planta Julio frente a un tío casi tan alto como él. La puerta de metal del garaje está cerrada: se oyen los motores del ferry y tres pitidos largos de bocina. Él sabe que significan avante, hacia fuera de puerto, pero no se lo dice a Lena, que le lagrimean los ojos y empieza a sollozar.

—Hay un perro ahí. Nos han hecho subir solo con dos por normativa, o algo así. Abre la puerta que vamos al coche a por él —dice Julio.

¿Sonríe? A Julio le parece que la mueca de ese tío se acerca a una puta sonrisa. Lena, enmudecida por los nervios; el marinero (corte de pelo militar, mentón cuadrado, ojos azul hielo) frente a ellos dos.

—Hay que subir a la cubierta de pasajeros. Aquí ya no se puede estar: hemos cerrado el acceso —informa el marino, uno creería que su voz esconde a un autómata.

—ABRE la puerta. Un minuto. Cogemos al perro y no hay que denunciar a nadie —A Lena la voz se le rompe al salir por la garganta.

Julio da un paso hacia el marinero.

—Abre la puta PUERTA. Los gases de los motores del barco son tóxicos, chaval. Ese animal no va a morirse por esta tontería.

El marinero da un paso hacia él.

Venga, no me jodas.

Lena salta desde detrás de Julio y le cruza la cara al tipo de un sonoro manotazo.

¡PLAM! Casi suena metálico.

El operario queda petrificado un instante, y, entonces, Julio aprovecha para empujarle con todas sus fuerzas. El marino pierde el equilibrio y cae al suelo. Julio comprueba la puerta: no está cerrada con llave. Se lanza a la carrera hacia el coche. A su lado, deja atrás varias decenas de vehículos a la carrera, se escucha resollar, se le nubla la vista del humo y los nervios.

A lo lejos, escucha al marinero discutir con Lena a voz en grito.

Si le toca un pelo, lo mato a hostias, piensa.

Llega al coche en un santiamén, abre el maletero, ahí está Caos. Caos no le rehúye la mirada, pero tampoco mira hacia ningún sitio en particular. Parece aturdido. Saca al perro del maletero y lo carga al hombro: una babilla blanca cuelga de los belfos del animal. Con el codo, cierra el maletero y camina rápido hacia la puerta de salida de la bodega. Julio siente que se le hace difícil respirar, llega a la altura de Lena, que está llorando, y del marinero, que tiene en el careto una palma roja que empieza a hincharse.

—Voy a dar aviso —dice el marino.

—Hijoputa —escupe Julio.

***

En la cubierta cuatro, donde la sala de butacas y el restaurante, Julio apoya el codo contra el mostrador de información repleto de ejemplares del Últimas Noticias. Delante suyo, varias personas cotillean fingiendo estar interesadas en la tienda de regalos de los cojones: el capitán del ferry explica a Lena el porqué de las normas.

Julio no quiere saber nada (que les jodan a todos, cabrones), pero se mantiene a poca distancia mirando mal a los marinos todo el tiempo mientras sostiene la correa del mestizo, que se remueve inquieto de un lado a otro del suelo de parqué. El perro parece más despierto, aunque sigue visiblemente mareado: entre paso y paso pierde el equilibrio, se tumba y se levanta, se sacude constantemente. Más y más gente se congrega en la recepción: algunos son meros curiosos, pero empiezan a llegar los críticos y los que acusan de negligencia al capitán y el resto de la tripulación.

Antes de que la cosa pase a mayores, un suspiro del oficial sella la victoria de Lena, quien se acerca a Julio, agarra la correa roja de nailon de Caos y se marcha, a paso firme, hacia el camarote de la cubierta superior.

Unos segundos después, cuando ya hayan dejado atrás a la multitud, su mujer afirmará en voz alta que llevarse al perro a la habitación era lo mínimo que podía hacer para vengarse de la autocracia marítima y de sus alargados tentáculos, palabra por palabra. Por el pasillo del barco, Julio no podrá evitar echarse a reír.

Siguiente capítulo
«Las nubes desnudan la luna»
(se publica el domingo, 9 de enero)

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