IX. Las nubes desnudan la luna

Este texto pertenece a la novela animalista de Caos, que publico semanalmente por capítulos en el blog desde noviembre de 2021. Tienes más información sobre el proyecto literario (y animalista) en Caos, la novela.

Solo durmieron un rato. El perro quedó en el camarote y, en algún momento, se hizo caca, pero no pis. A ninguno le preocupó más allá del propio malestar del animal: cogieron algo de papel higiénico, limpiaron la mierda del suelo y abrieron la puerta del cuarto unos minutos, para ventilar.

—Voy a fumar fuera —anunció Julio en la madrugada.

El teléfono móvil marcaba algo más de las cuatro.

Coge la llave del camarote por si me vuelvo a dormir, dijo ella, y así lo hizo.

Salió al pasillo, no sin antes ponerse encima un bañador negro que había traído para dormir y una sudadera. Fue suficiente con cerrar la puerta: me voy a helar, pensó, pero no iba a volver a entrar, ¡qué demonios! Cruzó el pasillo, atendiendo al verde tan verde de la moqueta, subió a la cubierta seis y buscó una puerta hacia el exterior, donde se concentraban algunos insomnes solitarios que fumaban en silencio.

Las olas del mar azotaban la proa del ferry.

—¿No hay sueño? —preguntó un viejo embutido en una boina de lana que rivalizaba en horror con el batín y las pantuflas.

—Pues no más —contestó—. Pero peor le veo a usted, con lo preparado que venía para dormir en camarote.

—Ya que se pagan los camastros a precio de cama Luis XVI, el Manolo pues hace lo que puede —dijo otro, un gordo en camiseta Imperio (¿todavía las fabrican?) carcajeándose contra la baranda.

Julio se tumbó en una hamaca de plástico e intentó no avivar más el anhelo de conversación de los noctámbulos. Chasqueó la piedra del encendedor y prendió el pitillo. Se escuchaban los ladridos de algún perro en la cubierta de arriba, quizá uno de los suyos, aunque no sonaba a uno de los suyos. Se los imaginó durmiendo, tranquilos.

Perdió de vista el mundo.

Estaba cansado. Estaba reventado, en realidad. Los últimos dos o tres días habían sido una verdadera locura de cosas que hacer. ¿Y Caos? Pues Caos ahí no había ayudado, aunque se sentía bien eso de hacer una locura de vez en cuando.

Apareció Lena, sola, ya vestida con tejanos y chaqueta. Saludó con la cabeza a los presentes y se sentó en una silla cercana a la de Julio. No sabría decir si habían pasado tres minutos o treinta: el cigarrillo se le había consumido en la mano tras un par de caladas.

—Ya viene la parienta a llevarte a la cama —comentó el gordo, riendo bajo su camiseta Imperio.

—Nos ha jodido ahora —dijo Julio—. Yo que os iba a proponer montarnos un grupo nocturno de habaneras hasta Mallorca.

Pitorreo general. Risas y carraspeos de fumador veterano. Al viejo que se le cae la gorra y la recoge entre crujidos de espalda.

—Este sabe más que el hambre —murmuró, enseguida—. Bueno, señores, y señorita, o señora —se corrigió—, duerman un rato que aún queda viaje hasta sa Roqueta.

Entre ¡eas!, arrea y hasta luego se van a ir escapando otros cuantos al concluir la breve vida de las luciérnagas de nicotina. Poco después, a solas, Julio compartirá otro cigarrillo con su mujer, quien no fuma, pero y qué, como ya le ha dicho, y cansado está él de discutir. Las nubes visten la luna y la desnudan de nuevo mientras el ferry le hace el amor al mar con suavidad y costumbre. Eso piensa Julio, pero no se lo dice a su mujer, porque le da vergüenza.

—No te mareas hoy, ¿no? —pregunta.

—Me he inflado a biodraminas.

—¿Y no te ha entrado sueño? —Aunque lo que quiere decirle es que es una burra y que no puede meterse un paquete entero de pastillas antimareo.

—Son las que tienen cafeína.

El silencio y la noche los dejan arrullados en la hamaca. Lena se quita la chaqueta y los cubre a ambos. En los pies Julio sigue teniendo frío, pero, en fin, es su culpa, que es gilipollas y va en bañador.

¿Estarán bien los perros?, le susurra Lena al oído. Y él que asiente, intentando persuadirla con cada pequeño gesto y, aunque duda, no quiere volver al camarote; quiere ver cómo amanece junto a ella y pasar página por fin: encontrar un camino que recorrer hacia delante. Eso es lo que le explica de madrugada él a ella, también le detalla tonterías ella a él; prometen, ya sin seguridad, y ven las primeras luces de un nuevo día por el este.

—Aún os lleváis un catarro de souvenir, parejadirá después el viejo de la bata volviendo a aspirar humos, pero a Julio no se le ocurrirá abrir los ojos.

***

Agradeció la luz débil del primer amanecer. Se encontró solo en la hamaca, se sintió abandonado y volvió a fumar, pero el tabaco había perdido el brillo místico que lo envolvía en la madrugada. Fumar solo es un suicidio más, de los muchos que cualquiera comete a lo largo de su vida hasta dejarse ir; entonces le gustaba fumar, porque reconocía en el acto una muerte pagada a plazos y, a veces, también benevolente.

Solo entre la muchedumbre (una muchedumbre que se había agolpado en proa pese al viento helado del mar) vio cómo el ferry maniobraba para atracar en el dique del Oeste. Julio, ya veterano en estos viajes, se imaginó (sin necesidad de darse la vuelta o acercarse hasta la baranda) los viejos cañones que —aún armados, pero inútiles— sobrevivían en el Fuerte de San Carlos. Entre las cámaras fotográficas y los smartphones, encontró a una madre y una niña que sonreían a la isla envueltas en una marabunta de clics y bocas abiertas. La pequeña era una Kirsten Dunst a lo Entrevista con el vampiro, con los rizos, y un vestido de flores a la que, mentalmente, bautizó como Claudia. La madre parecía una noruega de manual: mirada salpicada de verde, dientes perfectos, y, a la fuerza, domados entre ortodoncias; rubia, rubísima. Vestía de sport, pero ¿cómo iba a importar eso?

Llevaba el móvil en el bolsillo, pero les preguntó por no sacarlo:

—Perdón, ¿saben qué hora es?

—Son siete quince —contestó la madre con un marcado acento.

Julio imaginó el rostro de esa mujer junto al de un jarl o un hold de la vieja Escandinavia.

—No fume, señor —dijo Claudia—. Es muy malo.

—¿El tabaco o yo, pequeña?

Tobacco —dijo la niña en un inglés que le pareció británico.

Julio apagó el pitillo contra el metal que contextualizaba la puerta; lo hizo con cuidado para que la ceniza o las virutas de fuego no escapasen a su muerte prematura.

—Usted es hombre que tuvo problemas con el viejo perro, right? We saw the conflict with the officers in the hall. I feel really sorry for you —el acento de la madre confirmó su presentimiento.

—¿Son inglesas? I thought you are finn or dutch —comentó Julio, con un inglés pobre y contaminado de español—. Well, I am: the naval officers trapped one of ours dogs in the parking… deck? —dudó—.

 Palabras de ánimo, empatía, y es que por ahí arriba se dice que llevan mejor esto del respeto y el bienestar animal. En fin, se despidió de madre e hija, chocó los cinco con la pequeña Claudia y se alejó pisando moqueta verde hasta el camarote. El ferry había despertado, se oía ladrar a los perros desde ahí —ahora quizá también alborotaban los suyos— y se encontró a Lena con ojeras, junto a Caos y un café que su mujer sorbía despacio.

—Hola —saludó—. No me has rescatado de la marabunta de fotógrafos aficionados.

—Mayorcito eres para salvarte tú. Te he cogido un café en el bar: bébetelo, que han dicho que desembarcamos en treinta minutos. —Parecía arisca: el espejismo nocturno se había esfumado del todo.

—Sí, nos harán esperar dos horas para atar tres cabos y echar el ancla, y luego nos largarán a patadas para limpiar.

—No creo que se atraque así el ferry.

—Ni idea.

Bebieron los cafés en silencio.

Después:

—Vete con Caos a la tienda de regalos y yo voy a buscar a estos dos.

—¿Seguro?

—Que sí.

—Seguro que puedes solo con los otros dos, ¿eh?

—QUE SÍ.

—Vale, tampoco te pongas borde.

—Pero qué borde ni borde —ya por la moqueta verde hacia arriba—, es que hay que repetir las cosas siete veces.

Entró Julio por la puerta de la zona de mascotas: un rectángulo con jaulas a ambos lados. Pocos animales quedaban ya por ahí: un gato que maullaba en lo alto, metido en un transportín que, a su vez, estaba dentro de una de las jaulas de viaje, un teckel, que movía la cola divertido mientras Dana le ladraba, y Argos, que mordisqueaba el collar de la pastor alemán (¡No hagas eso!). Al fondo, había un perro negro que también alborotaba, histérico, pero desde la entrada no se le veía bien.

Julio sacó la llave de uno de sus bolsillos, la giró dentro del candado, abrió la puerta de la jaula; correa a uno, correa a la otra.

—Venga, que nos vamos para el coche.

Apareció la chica del cabello rizado de la noche anterior en el quicio de la puerta, con un eh.

Pues ¡eh!

Su pelo le pareció ahora de un castaño antinatural, un ocre demasiado basto para esos rizos; vestía un mono de trabajo por encima de la camisa blanca del uniforme y su verde no era verde comparado con los ojos que había conocido en cubierta.

—¿Son tuyos? —preguntó ella.

—No, que va. Me dedico al hurto mayor.

¿Esta tía quién se cree que soy? ¿Harry Houdini?

La chica afiló el gesto. Julio sentó a los perros a la orden.

—Vale, tú eres el de las prisas de ayer. Ya me acuerdo.

—En serio, ¿este es el control que lleváis? ¿Y dónde estabas?

—Había acompañado a una familia.

Julio resolló. No quería discutir más. La organización le resultó estúpida, el trato a los animales, la forma en la que eran apilados como cosas, y sintió que tenía que subir al coche (repleto de trastos), arrancar, salir de ese barco y olvidarse de todo lo sucedido.

—Oye, me voy. Me está esperando mi mujer con el otro perro; perro al que, por cierto, casi mata un compañero tuyo encerrándolo en el aparcamiento e intentando impedir que entrásemos a buscarlo.

—¿Qué?

Julio salió por la puerta.

Ya con Lena, esperaron a que la fila empezase a moverse hacia delante —señal inequívoca de que habían abierto el acceso al parquin— y, sin demora, se escurrieron por ella entre caras de sorpresa y fastidio. El camino hasta el Ford fue tranquilo; los perros se comportaron. Él no abrió la boca hasta entrar en el coche. Al cerrar las puertas, ya dentro, el teléfono móvil relampagueó en el bolsillo de Lena.

Ahora conducía Julio.

A un operario con pirulí:

—Que sí, coño, que ya salgo. Las putas prisas, otra vez. Más ganas tengo yo de escaparme de la mierda de barco en el que trabajas.

Por el aire viajó algún adjetivo de naturaleza vil que el motor no silenció del todo. El ferry devolvió el vehículo plateado a la tierra, al asfalto, pero a otra tierra y a otro asfalto. Desde la luna del Ford, se acerca a ellos el paseo marítimo de Palma. El coche recorre las calles que llevan hasta Porto Pi: las escolleras a babor, y, a estribor, los barcos del particular que mal duermen, condenados al ajetreo de éxodos diurnos y al desgaste de las noches que muestran otra de las caras de la fiesta en el Mediterráneo.

Lena pegó el teléfono contra su oreja y cambió a un mallorquín que reservaba para la isla:

—Sí, ahora estamos saliendo. ¿En el edificio de Gesa? ¿Eso no está ya en Can Pastilla?

—Me meto en la autopista y me salgo a la altura de Mercapalma —comentó Julio, quien ya estaba curtido en vías y autovías de las Baleares.

Palabras en mallorquín al otro lado de la línea.

Julio a lo suyo.

Lena:

—Pues mejor en el Palacio de Congresos, claro. Aunque para desayunar por ahí… No, ¡no! Por nosotros con parar a ver si tienen pis… ¿A la altura de dónde? ¿De Selva?

—¿Qué dice tu padre?

—Bueno, vale. También podríamos parar en el Arenal. ¿Eh?, ¿por qué no? Si desayuna ahí cada día… ¡Ah! ¡Hoy, no!

De nuevo:

—¿Pero voy a Gesa o al Palacio de Congresos?

—Están en la misma dirección —a Julio—. ¡No! Si por desayunar podemos parar en Inca o en Binissalem también.

—Y en Santa María, Consell, Marratxí…

Lena chistó a Julio, nerviosa.

—Pero ¡¿dónde coño voy?!

Por el teléfono:

—Un momento, paró. ¡Al Palacio de Congresos! Nos paramos ahí, y decidimos.

 ***

Llegaron a la altura del Palacio de Congresos entre suspiros y no empieces. Él con hambre, que después aguantaría dando gas por la autopista de Inca.

Julio sacó la mano por la ventanilla y saludó a los padres de su mujer, que esperaban en el arcén. Los ojos puestos en el retrovisor, tratando de alcanzar el Parc de la Mar…

Nada, queda muy lejos ya.

Julio aparcó en doble fila detrás del Opel Corsa dorado de los suegros. Silbaban los motores de otros por el final del marítimo, camino a la autopista, y los besos y abrazos que contextualizaron la escena siguiente, lo hicieron junto al primer despertar de la ciudad y el lento fin de fiesta que se recogía con más libido y más fuerza en las bocas que en los cuerpos. Lo de siempre.

De lejos, parecían cansados; de cerca, parecían felices. Felices de recuperar a una hija que creían que les había robado la universidad, el trabajo, un catalán. Él: alto, altísimo, pegado a una tripa sedentaria y más afín al trabajo que a excesivas comilonas; de ojos azules que regaló a su hija, calvicie redondeada a máquina y bigote blanquecino que, sin saber muy bien cómo, encajaba en un semblante más severo a la vista que al trato. Ella: también rubia, como lo fue su marido, donde el pelo —corto, liso— se revolvía inquieto entre unas facciones más afiladas que las de Lena; esto se debía a su extrema delgadez, que le endurecía el rostro y las expresiones, pero no el carácter, más bohemio que el de su cónyuge.

—¿Y este otro? —preguntó Margarita, curiosa.

Lena ayudó a bajar del coche a Caos, que renqueaba el paso hacia el camino junto al mar. Julio fijó la vista en la estatua de la Nuredduna que inspiró Costa i Llobera y se perdió las primeras explicaciones.

—Lo encontramos hace un par de días abandonado. El sábado fuimos a la perrera, pero no pudimos dejarlo ahí —explicaba Lena al silencio paterno. Silencio que no era censura, ni crítica, sino más bien incomprensión.

Salieron pronto unas palabras, quizá certeras, pero hirientes. Herían como hiere la realidad, con un largo corte que sangra y duele tanto por separar la carne como por la incerteza de no saber si podrá uno detener el caudal que escapa y vacía.

—Este perro está moribundo: no le hacéis ningún favor —expresó Pedro.

Caos se mantuvo a cierta distancia. A aquella que le permitió la correa, las caricias de la madre de Lena, los nervios.

—Sí, no está precisamente bien —es lo único que dijo Julio, sabiendo que no había más información que ofrecer ni más palabras que pudieran construir una realidad distinta—.

De todos modos, y aunque una promesa entonces no tenía por qué encontrar el ánimo ni el sentido de mantenerse, Julio se juró que no sería él quien repitiese esas palabras u otras semejantes y, en algún momento de su estancia en la isla, supo que su mujer se había prometido algo similar, y que ambos lo habían cumplido. No tenía sentido mencionar lo que era obvio a ojos de todos, y aunque hubo quien debió creer que esas palabras podían ayudar, lo cierto es que se equivocaba.

Volvieron a los coches y se encaminaron hacia la Vía de Cintura, rodeando la capital en un largo abrazo que los dirigió hacia el norte a través de la Ma-13, que abandonaron en la salida 27, pasado el polígono, pues les servía mejor hacia su destino último: el pueblo de Caimari, su nuevo hogar.

Siguiente capítulo
«El pan moreno»
(se publica el domingo, 16 de enero)

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