El animal que no sabía lo que invadía

Sobre el sentido ético de abandonar la lucha contra la hibridación en especies invasoras que se han adaptado de forma adecuada al medio.

Hasta hace unas décadas, cuando los barcos de mercancías dejaban su carga en el puerto de destino, no podían volver vacíos. La logística dice que, en una economía como la nuestra, lo más racional sería cargar las bodegas y llevar otra carga hasta el siguiente destino. Esto no es algo que resulte conveniente en una economía global, sino también indispensable por una razón muy simple: cualquier barco está construido para navegar con un peso determinado, si este se modifica —sobre todo si ocurre en grandes magnitudes—, la navegación será inviable. Sin embargo, no siempre era posible: a veces, el puerto de destino, no contaba con carga que transportar hacia el siguiente, o no existían, y siguen sin existir, acuerdos mercantiles o relaciones comerciales absolutas entre países.

Para solventar este problema, y hasta que la ecología y la legislación advirtieron que algo rechinaba, se subía agua de mar a las bodegas y se viajaba hasta el destino, desechando toda esa agua y almacenando los contenedores a entregar en el siguiente punto de la ruta. No obstante, como siempre, la ciencia se percató de algo: no solo se cargaba agua de lastre en las bodegas, sino también a todo tipo de animales, plantas y microorganismos que se movían entre el Mediterráneo y el Pacífico, entre el Pacífico y el Índico y, de este, vete tú a saber a dónde. Sin darse cuenta, se había descubierto uno de los mayores problemas que la primera globalización traía: las especies invasoras.

El biólogo Álvaro Bayón escribía no hace mucho sobre la triste historia del visón americano (Neovison vison) en nuestro país; un animal originario de Norteamérica que ha supuesto un impacto enorme en el ecosistema español, tanto como depredador de especies de río y crustáceos, como competidor de otros pequeños mamíferos autóctonos; entre ellos, su primo lejano, el visón europeo (Mustela lutreola) y cuya conquista del territorio se distribuye, en especial, por aquellas zonas aledañas a las cruentas fábricas de piel ubicadas en Galicia, Castilla y León o el País Vasco, y cuyo cierre, de un modo u otro, ha llevado a la competencia y a la hibridación con otros mustélidos[1].

Visón americano (fotografía)
Un visón americano con una presa en la boca.

No obstante, esta práctica, intencionada o no, se remonta muchos siglos atrás, y los mismos romanos trajeron a la península ibérica especies que han conseguido adaptarse al ecosistema sin suponer un problema en el largo plazo, como la carpa (Cyprinus carpio) o la jineta (Genetta genetta). Así, comprobamos que, si bien jugar a ser Dios nunca trae nada bueno, a veces, tampoco trae consigo algo malo asociado, lo que no resulta excusa para seguir girando una ruleta sin premio que antes o después terminará por explotarte en la cara.

Visón americano y visón europeo (cabezas)
Comparativa fisonómica del visón americano junto al visón europeo.

Cabe preguntarse, sin embargo, si realmente somos quién para intentar arreglar un puzle despedazado al que no teníamos permiso para acercarnos. A menudo, las consecuencias de la incorporación de una especie alóctona a otro ecosistema es la destrucción de terceros que no tienen la capacidad de competir o no ser depredados por esta. En tal caso, quizá la destrucción de esa especie invasora, tenga sentido desde una óptica ecologista, que antepondrá siempre a la naturaleza como ente global al individuo como ente sintiente; sobre ello, existirá una enorme variedad de opiniones cuando estos individuos de una especie alóctona se incorporan a un ecosistema ajeno, pero Gallus gallus, una nueva iniciativa dedicada a crear viñetas antiespecistas pone el dedo en la llaga: ¿somos capaces de destruir una especie invasora que no repercute negativamente en nuestro ecosistema por las diferencias que esta tiene con la especie autóctona con la que ha empezado a hibridarse? Este es el caso de la malvasía canela, o pato zambullidor grande (Oxyura jamaicensis), que se diferencia de la malvasía cabeciblanca o común (Oxyura leucocephala) en los colores de su pelaje, razón suficiente para haber sido declarada especie invasora por la Administración y exterminada desde el año 2013.

Gallus Gallus (antiespecismo)
Tira de Gallus Gallus que explica los diferentes planteamientos del ecologismo y la defensa de los animales desde una óptica antiespecista. © Gallus Gallus

Esta política, que en el mundo animal pocos ecologistas cuestionan todavía, sería tildada de racista en nuestra sociedad, y también de injusta, donde un individuo que no afecta negativamente al entorno debe ser eliminado a causa de la prevalencia de pureza de una especie. Un concepto que, evidentemente, les «resbala» totalmente a las dos especies de malvasía.

Así, se estila la necesidad de evaluar la amenaza que las especies invasoras suponen a nuestro ecosistema, e incluso se abre la posibilidad de valorar hasta qué punto una (segunda) intervención humana no afectará y supondrá un enorme sufrimiento innecesario a esas especies y si esta tendrá sentido y cuándo; teniendo presente que la mayoría de intentos por controlar especies exóticas invasoras como el visón americano, el avispón asiático o el mejillón cebra[2] han sido un fracaso, por lo que la aprobación de nuevas medidas legislativas —como las que proponen, por ejemplo, Ecologistas en Acción— tiene mucho sentido.

¿Estamos seguros de que podemos luchar contra la naturaleza y vencer? ¿O acaso la globalización supondrá un alto coste a la conservación de la biodiversidad? ¿Estaremos obligados a hacer concesiones éticas y aceptar que conectar los cuatro hemisferios también ha traído sorpresas desagradables para las que no encontramos solución? Y, de haberla, ¿estamos seguros de que está en la extinción sistemática de estos individuos que deben pagar el alto coste de una consecución de errores humanos?

Águila calva cazando
Un ejemplar de águila calva cazando. ©Infoáguilas

De cualquier modo, la problemática de las especies invasoras se reduce a una sonrisa amarga cuando uno comprende cómo funcionan las cosas. Para ello, tengo la suerte de poder inmiscuirme en una de las disertaciones de Manel Pomarol, jefe de sección del Departament de Territori i Sostenibilitat de la Generalitat de Catalunya, quien ha sido invitado a hablar sobre la tenencia responsable de especies exóticas en la Universitat de Barcelona. Nos explica que cualquier particular que desee dedicarse a la cetrería, puede poseer su águila americana (Haliaeetus leucocephalus); para ello, solo necesita una terraza de 9 m3 y asegurarse de que puede hacerla volar, una vez al año, cuando los agentes rurales lo soliciten.

¿Y si escapa o, simplemente, no vuelve?, pienso. Aunque la verdadera pregunta es qué carencias tendrá alguien que necesita esclavizar a un águila calva.

En algún punto de su discurso, él contesta la pregunta sin necesidad de haberla formulado:

—Deben estar debidamente identificadas; pero si escapa, y, sobre todo, si cría, matamos al ejemplar, y a los híbridos —dice.

Y entiendo lo que dice, y por qué lo dice, pero me parece irresponsable, y también repugnante.


[1] Por su cercanía de parentesco, las tres especies más similares de mustélidos son el visón europeo (Mustela lutreola), el visón americano (Neovison vison) y el turón (Mustela putorius), que, a simple vista, cuentan con más parecidos que diferencias.

[2] En Cataluña, la eliminación sistemática de cangrejo rojo americano (Procambarus clarkii) y del cangrejo señal o del Pacífico (Pacifastacus leniusculusestán) ejemplifican uno de estos debates entre ecologismo y antiespecismo, donde, hay que tener presente que el cangrejo «nativo» (cangrejo de río o cangrejo de río ibérico) también es una especie alóctona (concretamente, italiana), pero bien adaptada, y que, si bien se debe concienciar y educar para evitar el problema de las especies invasoras, puede resultar complicado luchar contra viento y marea frente a muchos de estos problemas de carácter medioambiental que debería tratar la Administración.

Enlaces relacionados:

  • Catia Faria (2012). Muerte entre las flores: el conflicto entre el ecologismo y la defensa de los animales no humanos. Viento Sur, Núm. 125. Recuperado de: http://bit.ly/2sro0CL

De cómo los animales viven y mueren (Javier Ruiz - Diversa Ediciones)Este es un texto original creado para Doblando tentáculos. Si te ha parecido interesante, quizá quieras adquirir en papel o en eBook De cómo los animales viven y mueren (Diversa Ediciones, 2016), mi primer libro de temática animalista que trata estos y otros muchos temas similares. ¡También está disponible en Amazon!

Tres mitos sobre el vegetarianismo

En los últimos tiempos se han multiplicado los artículos que mencionan lo saludable de las dietas vegetarianas y, sobre todo, veganas en nuestro organismo. A raíz de ello, su predominancia en los medios de comunicación también se ha incrementado; por esto, imagino, no hace mucho leía una entrevista muy interesante a una pediatra española que está intentando romper los esquemas demasiado cuadriculados que mantienen muchas personas conforme a su alimentación.

Por desgracia, la reacción frente a estos artículos sigue siendo, en primer lugar, de total negación a través de distintos argumentos tergiversados que hemos podido escuchar alguna vez: las famosas proteínas (1) han quedado atrás —solo necesitamos usar Google para ver que los vegetales y las legumbres tienen, a menudo, mayor concentración proteica que un bistec o un corte de pescado—, siendo la vitamina B12 (2) aquella que más enfrenta a carnistas —usaré este término para referirme a personas que comen animales y vegetales en el artículo—, vegetarianos (ovolactovegetarianos u ovovegetarianos) y veganos.

Carnívoros vs vegetarianos vs veganos
Un poco de sentido del humor para un tema tan serio.

Debido a la controversia y la falta de información, en 2009, la Academy of Nutrition and Dietetics estadounidense preparó una nueva definición de las dietas vegetarianas. Dice así:

Las dietas vegetarianas apropiadamente planificadas —incluyendo las dietas totalmente vegetarianas o veganas— son sanas, nutricionalmente adecuadas y pueden ser beneficiosas en la prevención y el tratamiento de ciertas enfermedades. Las dietas vegetarianas bien planificadas son adecuadas en todas las etapas de la vida, incluyendo el embarazo, la lactancia, la infancia y la adolescencia; así como para los deportistas.

Postura oficial de la Asociación Americana de Dietética, 2009

Por supuesto, hay muchas controversias agregadas a esta cuestión, desde gasto energético hasta insostenibilidad de casi todos los modelos en nuestro mundo actual —quien ha leído mi primer libro de ensayos puede hacerse una idea sobre algunas de ellas, por ejemplo—, maltrato y sufrimiento animal que, ahora, reconocemos y, por tanto, empatizamos con él, abuso en el consumo de carnes y pescados, acercamiento a dietas nada saludables, etcétera.

En medio de todo esto, hay una cuestión ética que nos afecta a todos (medio ambiente, ecología, especismo y antiespecismo, sostenibilidad, etcétera) y que es la causante última de todos estos debates tan interesantes que deberían ayudarnos a crecer desde el respeto.

Por todo ello, y con el fin de tratar de aclarar algunos cuestiones que me parecieron claves a través de mi paso hacia el vegetarianismo, me he decidido a escribir un artículo hablando de alimentación, ética y las principales dudas que en mí surgieron cuando inicié este camino repleto de estereotipos, falta de información y sobreentendidos que hacen mucho más daño del que parece.

Los tres mitos

En estos últimos tres o cuatro años he pasado por distintas fases en lo que se refiere al consumo de animales y al activismo a favor de estos. En ese tiempo, he escuchado tres grandes planteamientos que hoy, agradecería muchísimo que me aclarasen antes de liarme la manta a la cabeza y lanzarme hacia una dieta vegetariana o vegana.

  1. Una dieta vegetariana (estricta o no) es mucho más sana que una dieta omnívora
  2. Una dieta vegetariana es muy sencilla de seguir y complementar
  3. Si no eres vegano estricto, eres tan mala persona y contribuyes tanto al maltrato animal como un carnista

Aunque parezca triste, esta última frase es una de las que más se repiten en las discusiones entre vegetarianos y veganos; o entre estos y terceras personas que eligen otros tipos de alimentación. En lo personal, y aunque este no es un artículo en el que entrar a hablaros demasiado de mi filosofía, considero que es un error y un modo de prejuzgar sin tolerancia que nunca nos ayudará a conseguir nuestro objetivo aquí: intentar que otra persona abra un poco más la mente a nuestra verdad y consiga ver las cosas a través de un prisma distinto.

Descripción de tolerancia
Descripción del concepto «tolerancia» de Giovanni Sartori, en Pictoline.

Sobre el primer punto (1), empezaré diciendo que cualquier dieta puede ser desastrosa (para nosotros). Una dieta omnívora bien planificada será sana en la misma medida en que también lo puede ser una dieta vegetariana o vegana; nadie vivirá trescientos años por no comer cierto tipo de alimentos, pero abusar de ellos —o del tabaco, o del alcohol, etcétera— sí puede cambiar esto. Por esto, argumentos como «Yo conozco a un vegetariano gordo» (yo a cientos de carnistas con sobrepeso, por cierto) o «No está bien que digan que el exceso de carne roja aumenta el riesgo de sufrir cáncer» no sirven; es más, son fáciles de explicar mediante la ciencia.

A grandes rasgos, para este punto, podemos remitirnos a lo que mencionaba justo al principio: apropiadamente planificadas. ¿No quieres comer animales? Genial. Yo tampoco. Pero no puedes vivir comiendo macarrones, lechugas y tomates.

Un artículo que ejemplifica justo lo que estoy comentando a lo largo de estas líneas sería: «Respondemos a los mitos sobre la dieta vegana (sí, es fácil y es sana)», en El Correo del Sol, que, pese a estar bien documentado, da una imagen que no siempre es realista.

Por esto es tan peligroso (2) que cualquiera te diga que una dieta vegetariana o vegana es muy sencilla de seguir. ¿Es sencilla? Bueno, para empezar está bastante claro que, hasta no hace mucho, era mucho más fácil de seguir en Barcelona y en Madrid que en Castilla y León o Andalucía: el número de bares y restaurantes con opciones vegetarianas o veganas es un buen indicador, ¿no? Pero aparte del contexto, hay algo mucho más importante: los aminoácidos esenciales. Sí, hay otras cuestiones a tener presentes (por ejemplo, el mayor aporte calórico de las legumbres, cereales o frutos secos) pero, a menudo este no es más que un argumento simple para intentar hacer ver que los alimentos en este tipo de dietas tienen que llevar un control rígido y en dietas omnívoras podemos relajarnos totalmente, lo que, a todas luces, es falso.

Los aminoácidos esenciales son aquellos que el propio organismo no puede sintetizar por sí mismo. Esto implica que la única fuente de estos aminoácidos en esos organismos es la ingesta directa a través de la dieta.1 2 Las rutas para la obtención de los aminoácidos esenciales suelen ser largas y energéticamente costosas.

Extracto de Wikipedia, la enciclopedia libre

Dicho esto, ¿qué ocurre con los aminoácidos esenciales? Pues, simplemente, que los productos de origen animal cuentan con todos ellos, por lo que se consideran de «alto valor biológico» (muy útiles, para entendernos), mientras que la proteína vegetal debe complementarse con el fin de evitar carencias. ¿Es complicado? No, pero requiere de una mayor planificación.

Combinaciones de alimentos que suman los aminoácidos esenciales son: garbanzos y avena, trigo y habichuelas, maíz y lentejas, arroz y maníes (cacahuates), etc. En definitiva, legumbres y cereales ingeridos diariamente, pero sin necesidad de que sea en la misma comida.

Extracto de Wikipedia, la enciclopedia libre

Por dos sencillas razones: una, es mucho más simple acceder a alimentos de origen animal (en el supermercado y comiendo fuera de casa) y, dos, es más sencillo sufrir carencias de aminoácidos esenciales en una dieta vegetariana y, sobre todo, vegana que en una dieta omnívora; incluso aunque esta última no sea en absoluto equilibrada y pueda provocar otro tipo de problemas como sobrepeso o enfermedades coronarias.

Dicho esto, es fácil ver dietas vegetarianas que han sido mal planificadas y son hipercalóricas o deficitarias (sobre todo en vitaminas del grupo B y hierro); a su vez, en las dietas veganas, a todo lo anterior, se suma una carencia de vitamina B12 que solo puede suplementarse de forma artificial mediante cápsulas. Pero… ¿acaso dedicamos el mismo esfuerzo a cuestiones nutricionales en dietas «omnívoras» o solo usamos esta planificación deficiente, cuando existe, y los mínimos casos conflictivos que se han producido en colectivos vegetarianos o veganos (por ejemplo, la niña italiana con niveles bajísimos de hemoglobina y déficit de vitaminas) como un arma arrojadiza?

¿Entonces? ¿Cuál es el problema? El principal problema, pues, es que, como debate social, solemos obviar —o intentar ignorar— las razones fundamentales por la que nos hacemos vegetarianos o veganos (3): para evitar que un número mayor de animales sufran, y contribuir a una mejora del medio ambiente, a la vida de otras personas y a la sostenibilidad del planeta. ¿Por salud? Puede ser una respuesta, pero, desde luego, no es una respuesta siempre compartida. ¿Acaso tiene algo negativo hacer las cosas por conciencia ética y no solo por salud?

En segundo lugar, por supuesto, lo hacemos porque somos omnívoros, y podemos, y es muy importante no olvidar esto también, pues sería absurdo que un carnívoro (que no lo somos), aspirase a vivir de otro modo al que le marca su naturaleza. Sería absurdo, excepto para nosotros, que lo hemos conseguido decenas de veces, y seguiremos haciéndolo, como ya he explicado varias veces en este blog.

Por ejemplo:

Comer piedras y otros absurdos sobre sintiencia animal, por Javier Ruiz en Doblando tentáculos

Si no lo haces por ellos, hazlo por ti, por Javier Ruiz en Blog Nasua

Todas las caras del veganismo, por Javier Ruiz en Doblando tentáculos

Industria cárnica, alternativas vegetales y carne cultivada, por Javier Ruiz en Doblando tentáculos

Por último, es habitual la crítica frente a otras formas de pensamiento. A grandes rasgos, cada vez más personas vivimos nuestra alimentación desde un sentido ético en el que tratamos de conectar los puntos; otras muchas, no. O no lo hacen o no quieren hacerlo en la misma medida, suele creerse, pero… ¿y si no ven los mismos puntos que nosotros o los leen de un modo distinto? En este sentido, el activismo tiene que luchar por concienciar desde un acercamiento progresivo a favor de lo que cada grupo considere oportuno (sea bienestarismo animal; sea liberación animal): no porque el abolicionismo sea una utopía (hoy, más que nunca, es todo lo contrario, con propuestas como la carne «in vitro» a la vuelta de la esquina), sino porque su afianzamiento llega, tristemente, siempre por la ciencia antes que por la ética.

Hoy, es un problema de primer nivel, y las charlas TED de verdaderas celebridades como el etólogo neoyorquino Carl Safina, la aparición de proyectos como Gran Simio o ZooXXI o la lucha por definir el concepto de humano y de inteligencia animal demuestran los avances que se han producido en estos campos.

Por todo esto, creo firmemente en que cualquier persona que juzgue a un tercero por su dieta o se ensalce a través de esa misma acción debe ser ignorada. En un mundo donde un porcentaje enorme de nuestra propia especie se encuentra esclavizada por el resto, para el cultivo de arroz y de café, o por la extracción de coltán para nuestros smartphones, todos tenemos que aportar y buscar una solución real a los problemas éticos y sociales que se perpetúan.

Debemos volver a conectar esa idea tan olvidada que da como resultado la moral, ese concepto que se mueve entre la ética y la acción, porque seguro que ninguno de nosotros hemos vivido las mismas experiencias vitales, y, por lo tanto, es absurdo pretender que nos movamos a través de los mismos valores, y aquí es donde el diálogo se muestra de mayor importancia en la búsqueda de un cambio.

Debemos discutir a sabiendas que renunciar a más y más productos de origen animal no es más sencillo desde el punto de vista alimentario, sino menos, ¿pero de nuestra conciencia ética? Como ya he dicho, dependerá de la ética de cada uno de nosotros, y esta discusión, igual de interesante, queda para el siguiente artículo de este blog.

NdA: Muy probablemente, algunos de los textos tipo «ensayo» sobre temas de  carnismo, vegetarianismo y veganismo irán teniendo una menor prevalencia en el blog. Esto es debido, principalmente, a causa de mi trabajo en dos nuevos proyectos —uno de ellos, de temática divulgativa, que estoy preparando con calma para su difusión en 2018; el otro, una guía de viaje en formato novela de la que ya os hablaré más adelante—. Por ello, si bien tengo dos artículos que no me gustaría que quedasen pendientes, comparativamente, empezaréis a ver más entradas de otros de los muchos temas que trato aquí.

Sobre otros temas de animalismo, ecologismo o sostenibilidad, puede que el ritmo de publicación decrezca, pero estos se mantendrán; imagino que, sobre todo, a través de columnas de opinión.


De cómo los animales viven y mueren (Javier Ruiz - Diversa Ediciones)Este es un texto original creado para Doblando tentáculos. Si te ha parecido interesante, quizá quieras adquirir en papel o en eBook De cómo los animales viven y mueren (Diversa Ediciones, 2016), mi primer libro de temática animalista que trata estos y otros muchos temas similares. ¡También está disponible en Amazon!