Tot Ciutat Morta

Bajo el hashtag #TotCiutatMorta (Todo Ciudad Muerta) se ha lanzado a los medios un grito desesperado y agónico sobre lo que le sucedió a Patricia. A Patricia Heras. En Barcelona.

Ciutat Morta es símbolo de la corrupción policial que arremete contra las esquinas de Barcelona y del país; es un lamento que escapa a cualquier tipo de control o censura bajo el lema ni oblit ni perdó (ni olvido ni perdón). Es una historia, pero no es una historia más. Es una historia de venganza por parte del cuerpo de policía que juró proteger al ciudadano.

Y sobre todo es un réquiem, por Patricia. Y por la verdad.

http://www.youtube.com/watch?v=Wjwx9DBkYPs

Sinopsis (extraído del artículo Ciutat Morta de Wikipedia):

8 de junio de 2013. 800 personas entran en un cine abandonado del centro de Barcelona con el fin de proyectar un documental. El antiguo edificio lo rebautizan como Cinema Patricia Heras en honor a una chica que se suicidó dos años antes. ¿Pero quién es Patricia? ¿Por qué decidió quitarse la vida? ¿Qué relación tiene su muerte con Barcelona? Las respuestas a estas preguntas son exactamente lo que quiere dar a conocer esta acción ilegal y de gran impacto mediático: que se sepa la verdad sobre uno de los peores casos de corrupción policial en Barcelona, en la ciudad muerta.

Barcelona, ciudad sin ley (II)

Diez cosas que mejorarían la vida en Barcelona (y en cualquier ciudad)

(Viene de un post anterior.)

#1 No veo sonrisas

¿A que suena a broma? Si bien se agradece que la gente no vaya enseñando los dientes ni contrayendo los músculos (faciales) por ahí sin control (eso tampoco molaría demasiado), me refiero a que no se ve a las personas caminar felices por la calle. Vale, sí. Alguno hay que va con cara de recién follao todo el día, pero la mayoría caminan con cara larga el 90% del tiempo. Otro tema es el por qué, yo creo que porque la mayoría vive en ciudad no hace lo que quiere, pero ese es otro tema. Me apuesto que un gran porcentaje de los que van creyendo que el mundo es de color de rosa vienen de casa de su novio/a, y el resto están cómodos tanto en su vida personal (familia, amigos, coleguillas…) como en la profesional.

#2 Demasiado estrés

Christian Bale en American Pyscho
Señor aleatorio con una elevada carga de estrés encima.

En serio. Ya sé que es propio de grandes ciudades, pero la gente va muy nerviosa. Cuando volví con el ritmo de Baleares, aluciné con lo excitado (en el mal sentido) que está todo el mundo constantemente. Paraos en una esquina, haced la prueba. En los coches, en la calle, en las tiendas, en el trabajo… la gente salta por cualquier cosa. Corren hasta los viejos, cruzan los semáforos en rojo porque tienen que llegar a toda prisa no sé a dónde. Ya no te cuento la gente que tiene que dejar a los niños en el colegio (siempre en la puerta y con el coche en doble fila, por cierto), ir a trabajar, comprar… Ese ambiente se convierte en la norma, y dejamos de darnos cuenta, que es lo peor.

#3 Deberíamos buscar espacios más naturales

Esto parece que, poco a poco, va tomando forma en las ciudades (por ejemplo, con el proyecto de deconstrucción de la anilla de las Glorias, que tiene como fin estructurar un gran espacio verde allí). Por otra parte, las capitales españolas son de las peores en zonas verdes de toda Europa, el 55% de las cuales tiene menos de 10 mpor habitante. No tengo ni idea de qué porcentaje tiene Barcelona, pero seguro que no demasiado. Cabe preguntarse: «¿Qué espacios verdes tenemos para disfrutar de nuestro tiempo de ocio? ¿Son suficientes?»

Quizá no todo el mundo quiera vivir en un bosque o en el campo, pero entre hormigón la esperanza de vida, los constipados e incluso las alergias van a peor. Lo tengo bastante claro.

(Por cierto, en relación con este tema, he encontrado una lista de parques en Barcelona en la página web del Ayuntamiento de Barcelona.)

#4 ¿Peligros? En todos lados. Pero aquí, más bien desconfianza en el prójimo

Esto no es ni mucho menos lo peor, sino algo sintómatico y curioso, supongo. La ciudad no tiene una cultura de confianza: demasiada gente, demasiado desconocido, normas sociales y educación que, a veces, penden de un hilo… El prójimo es un desconocido y nuestra primera reacción es siempre la desconfianza. Si te regalo un bocadillo que me sobra, desconfías. Si te pido que vigiles un minuto al perro, desconfías. ¿Esto es algo natural o aprendido por necesidad? Yo que sé.

#5 Falta de interés por tu ciudad

Quien vive en Barcelona, sabe que es una ciudad de barrios, donde cada uno tiene una idiosincrasia propia y genial. Hasta aquí todo es luz y matices multicolor, después compruebas que mucha «gente de barrio» no es más que gente que no sale de su entorno, lo que resulta un poco triste, ¿o no?

Personalmente, me propuse conocer a fondo la ciudad, sin prejuicios, desde Sants a Ciudad Meridiana, de Trinitat Vella al Raval, de Gracia a Horta, etcétera, etcétera y etcétera. Es curioso que a menudo viajemos cientos de kilómetros buscando experiencias que podemos encontrar a 300 metros.

Búnkers del Carmelo. La fotografía es de David Rodríguez.
Búnkers del Carmelo. La fotografía es de David Rodríguez (Flickr).

#6 Realidad difícil

Los catalanes, al igual que el resto de los españoles, tienen que lidiar con una realidad difícil. Y esas realidades, en ciudades que suponen un mínimo de 1.200 euros si quieres vivir solo… y el sueldo íntegro si compartes piso, son jodidas. Si a todo ello le sumas las artimañas políticas de los de siempre que, a mi modo de ver, se han relacionado con la independencia, peor todavía.

Sobre este tema no quiero crear polémica, así que solo digo tres cosas: a) sí, considero que un referéndum es algo democrático y necesario para tratar la mayoría de los temas importantes a nivel nacional, autonómico y local; b) también creo que muchos políticos han utilizado esto para atacar al gobierno central o para conseguir concesiones del mismo a través del sentimiento de catalanidad (como tradicionalmente hacía el excelentísimo Jordi Pujol y, después, Artur Mas; no solo CIU, evidentemente) y c) considero que estaríamos mucho peor fuera de España: siempre se habla de los costes que supone España, pero no de los ingresos, recordémoslo.

Sobre esto me gusta mucho un artículo titulado La independencia radical de El País. Y me gustaría escribir una entrada extensa hablando sobre ello, por lo que no desarrollo más punto.

#7 Falta de tiempo = dinero = búsqueda de satisfacción rápida

¿Os habéis fijado en esto? Cuanto más cara es una ciudad, más necesitas trabajar, o más necesitas esforzarte por trabajar menos. Esto, a menudo, supone que al llegar a cierta posición social gastemos muchísimo dinero en la satisfacción más inmediata posible (que, además, suele ser cara), ya que nuestro estilo de vida nos exige muchísimo tiempo: mínimo 40 horas semanales si estamos puerta con puerta.

Al volver de vacaciones descubrí un artículo muy recomendable sobre el por qué de la jornada laboral de cuarenta horas, que cuadra todavía más en relación a la jornada partida española: la norma, que supone doce o catorce horas de trabajo.

Esto no es un problema único en Barcelona, sino a nivel global, pero también me hice consciente al poder permitirme no trabajar algún día entre semana, dedicar más tiempo a ciertos hobbies y aprender a valorar lo que se tiene.

#8 Velocidad

Todo va rapidísimo, y no estoy hablando del tráfico. Supongo que entre el estrés y el ritmo de vida… los días pasan a toda leche. ¿ O solo es una sensación?

#9 Masificación urbanística y pésima gestión turística

La realidad del barrio está cambiando poco a poco. Los barrios céntricos y más turísticos (Raval, Gótico, Barceloneta, etc.) se han convertido en zonas masificadas. El turismo se reúne entre la Sagrada Familia, la Catedral de Barcelona, el Parc Güell y el Port Olímpic, dejando poco espacio al ciudadano para que se mueva por zonas tradicionales dentro de su propia ciudad.

La Rambla es el vivo ejemplo de esto. El documental Bye, bye, Barcelona habla de estos problemas, en concreto: masificación, inseguridad y pérdida de calidad. En resumen, el modelo de política turística parece erróneo y quita zonas de disfrute de los ciudadanos para prostituirlas con los visitantes, los cuales tampoco reciben una experiencia positiva. Los extranjeros que visitan el centro de Barcelona vuelven a sus países con una idea muy simple y, además, distorsionada de lo que es Barcelona. Para más inri, ahora parece que nos hemos caído del guindo y nos hemos dado cuenta de que hay miles de pisos alquilados ilegalmente… El consuelo para tontos es que todo esto también ocurre en el resto de España.

#10 Humedad

No sé si siempre ha sido así. Si desde críos hacia esta humedad increíblemente pegajosa, pero… En serio, es de lo que peor llevo desde que empezó a hacer calor y adopté el look «Zipi-Zape» de todos los veranos. Qué hartón de sudar… Eso sí, acepto que este último punto es un poco trampa la verdad. Porque no sé si es consecuencia de la polución, el calentamiento global, la falta de espacios verdes o siempre ha sido así, ¡pero qué bien que llega el otoño!

Barcelona, ciudad sin ley (I)

Desembarcamos.

Barcelona tenía una aureola anaranjada que podía verse flotar en el ambiente y que yo no recordaba. Los optimistas decían que era contaminación lumínica, los pesimistas replicaban que todo aquello era polución, y la gente, al final, aceptaría, como siempre, un fifty-fifty sin plantearse mucho más.

Dos años antes, habíamos escapado de la península en pos del sueño rural; agobiados de la masificación, de la gente, del engaño de la casa fuera de la metrópolis, del mundo más allá del estrés constante que sufríamos día a día. No solo nosotros, sino la mayoría de nuestros amigos y conocidos, en realidad.

Sin embargo, en la misma medida descubrimos rápidamente que en todos lados cuecen habas y, en este caso, que el sitio no te moldeará a ti, sino que tú debes luchar contra el lugar e intentar adaptarlo a tus necesidades, si bien la pelea por volverte un tipo tranquilo y taimado inmerso en una capital de provincia es una batalla frente a la pequeña reyerta de clicks que supone hacerlo en un pueblo perdido de setenta habitantes (al final, es tomárselo con calma y adaptarse, o intentar vivir en modo urbano y pegarse un tiro de aburrimiento).

Migración peninsular, en proceso.
Algo así, pero sin la abuela del sombrero grimoso.

Como habrás comprobado hasta aquí, esto es una mezcla rancia entre escena de film noir y refranero castizo. O algo así. Vamos, una joya. ¿O no? A continuación, verás que, para el que suscribe, la ciudad es una mierda en la medida en que lo son los pueblos. Que todo tiene una parte buena y una parte mala, y que así como esta primera entrada sobre Barcelona va dirigida hacia lo malo, la siguiente (quizá) irá por otros derroteros, o volverá hacia los pueblos profundos de Mallorca, o de Cataluña, o yo que sé.

En otras palabras, al susodicho, o sea a mí, le gustan cosas de la ciudad y cosas del campo, y hay cosas de la ciudad que odia y cosas de los pueblos que detesta; es decir, que tiene un problema chungo para decidir dónde vive cada cuatro días y, probablemente, si estás leyendo esto, tú también tengas un montón de problemas. Como todos.

Pero volviendo al tema que nos ocupa…

El motor del Ford rugía cansado a última hora de la tarde. En su interior, cientos de bártulos, una pareja menos agobiada que durante su primera experiencia, tres perros y dos gatos, salían (relativamente) puntuales de un barco sin excesivos problemas ni miramientos, y se lanzaban a las calles cercanas a la estación marítima. Allí, otro coche esperaba impaciente, dispuesto a recoger un paquete: uno o dos perros que estaban terminando por asfixiar al resto de ocupantes en los escasos trescientos metros recorridos quemando rueda y peleando por su espacio vital. (Sí, parece ser que ellos también tienen esa burbuja que les hace sentir cómodos o incómodos, y hechos un siete —rollo Tetris— no suelen tranquilizarse, sino todo lo contrario.

El retorno lo tengo bastante menos nítido que la ida, aunque sé que fue aburrido de cojones, y que nos pasamos pegando botes en el mar durante siete de las ocho horas de viaje en barco. O sea, con el estómago dando vueltas sobre sí mismo y con los emparedados intentando quedarse pegados a las paredes estomacales sin mucho éxito.

Finalmente, estábamos de vuelta en Barcelona. Por temas de trabajo, principalmente, y no sabíamos si nos iba a salir bien la jugada. Sin entrar en detalles —porque no me da la gana—, sabíamos que allí no podíamos mantenernos en el mismo sector y que, antes o después, debíamos plantearnos volver y empezar a reunirnos con clientes que, de algún modo, exigían nuestra presencia constante en la península.

Una vez aquí, ambos comprobamos algunas diferencias que parecían tontas pero que, tras dos años, nos hacían sentir como pez fuera del agua. Muchas de ellas, aún hoy, nos hacen sentir lo mismo (cuando ya hace casi un año de la vuelta), y quería compartir algunas de las mismas antes de que se me olviden. Y, sinceramente, preferiría que eso no ocurriese.

Sin embargo, también hay pequeñas cosas que echas de menos de un sitio. Normalmente, aquellas que jamás creerías, pues a menudo ni tan siquiera creías que te gustaran. En mi caso, tuve que luchar contra mi propia cabezonería para admitir que aquello que más añoraba era el exceso de luz artificial.

(Continúa.)

Orsai

El otro día releía algunos artículos de Orsai. La experiencia se me asemejó a cuando encuentras una tarjeta de felicitación de hace diez años y te preguntas con cara de idiota: «¿Cómo coño ha pasado esto?» Cuando quise darme cuenta, aquel tipo había abierto una especie de editorial y supongo que había engordado más, o se habría casado y habría tenido hijos. Eso no era de mi incumbencia, ya que ni él era tan famoso ni yo tan cotilla. Tenía una mañana improductiva por delante y muchas entradas por leer. Así que me dispuse a ello.

John Lennon acertó plenamente cuando dijo: «La vida es aquello que te va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes». Su última historia lo tenía todo, y yo la envidié desde el principio: enanos maricas, mi Barcelona, el barrio de Gràcia, mayordomos, argentinos trabajadores…

Mientras intentas acabar tu licenciatura, un máster, escribir, consolidar tu relación de pareja, no beber demasiado alcohol ni probar demasiadas drogas… Mientras intentas todo eso, se te encanece la barba, te sale tripa, la gente que conoces se muda; otra gente a la que no conoces, viene. Y tú ya no quieres conocer a estos otros, porque parecen igual de idiotas, pero son diferentes.

Por la tarde, aún con media mudanza en ciernes, encontré una tarjeta de felicitación entre las cajas y supongo que, por ende, relacioné ambas experiencias. Aquella tarjeta decía: «¡Felicidades!» Con un veintidós pegado. Pero lo que hacía aquel papelajo en realidad era juzgarme. Juzgaba todo aquello que había hecho durante los últimos cinco años hasta llegar aquí. Allí, en el suelo de mi nuevo salón, en mi propia casa, donde todavía quedaban cientos de cajas por el medio. O al menos a mí me lo parecía.

—¿Qué haces por ahí arriba? —preguntó Laura a gritos.

—Recojo —murmuré.

Me senté un segundo en el sofá y pensé en prender un cigarro por nostalgia. No fumo desde hace años: como todos, simplemente, voy intercambiando vicios (comida, bebida, deporte, tabaco, otras drogas más censurables; comida, bebida, deporte, etcétera).

En Orsai, aquel argentino decía que aquel que no vive la vida, no tiene historias que contar. Si bien eso es cierto, también es propio de argentinos mentirme. Quizá quería hacerme creer que tenía que salir a buscar mis propias historias, entonces aprovecharía para robarme todas aquellas que pudieran nacer de la más absoluta y completa ficción. Supuse que Bukowski se reiría desde su casa en Los Ángeles, afirmando que todo lo que necesitaba era su máquina de escribir, o su Macintosh cuando ya estaba viejo, chocho y ya casi no era Bukowski. Pero incluso él tenía que largarse al hipódromo e impregnarse de humanidad. La dicotomía típica del escribir para ser o el ser para escribir. Chorradas.