Breve lectura vitalista con respecto a «El guardián entre el centeno»

Salinger y Caulfield

La crítica encontró en Holden Caufield al perfecto instigador, al joven revolucionario, al producto de masas […].

Suele decirse que la sociedad estadounidense dedicó a J.D. Salinger (El guardián entre el centeno, 1951) innumerables miradas de desaprobación por la controvertida forma de presentar la vida y el pensamiento adolescente como nunca antes se había hecho; por el contrario, muchos lectores vieron en aquel muchacho un medio a través del cual expresar toda la angustia, el temor, el deseo sexual y la ansiedad del trasvase hacia la edad adulta.

"El guardián entre el centeno", de J.D. Salinger fue publicado en 1951 bajo el título "The Catcher in the Rye".
El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger fue publicado en 1951 bajo el título The Catcher in the Rye.

La crítica encontró en Holden Caulfield al perfecto instigador, al joven revolucionario, al producto de masas; una figura literaria que retrataba los tabúes de una época (drogas, prostitución, pervivencia del statu quo…), desde el somnoliento iris de quien se halla a unos pasos de una meta irresoluble, y recula, y recula, sin posibilidad de tregua.

Si plantease aquí un ensayo sobre la obra, probablemente organizaría la exposición psicológica del personaje de forma cronológica; o quizá trataría los principales elementos que componen la idiosincrasia de Holden que, por otra parte, parece tener mucho de su creador, como demuestran también otros relatos breves como A Perfect Day for Bananafish, razón por la que tampoco sería descabellado indagar sobre qué tiene Salinger de ese producto cultural que legó a la sociedad norteamericana de los cincuenta. Pero no es el caso.

Quizá, en una clase de teoría de la literatura o en una tesis de doctorado, sea necesario analizar en profundidad un mínimo de aspectos de la obra, y no me cabe duda de que se han escrito cientos de miles de páginas sobre el tema —y si no es el caso, habrá que interesarse por qué se estudia en una cátedra de literatura americana—, por lo que mi intención pretende limitarse a considerar una lección de vitalismo que subyace del texto, no sin cierta paradoja.

Vitalismo adolescente y paradoja

Aquellos quienes descubran la obra por primera vez se toparán con un chico de diecisiete años de futuro incierto, ligeramente conflictivo, inteligente, perspicaz, enraizado en un sistema educativo que no parece beneficiarle, repleto de equivocaciones y con cierto deseo por crecer. Además, el lector avispado —el que está habituado a releer párrafos o capta con facilidad el sentido de un texto— hallará un narrador testigo con un peculiar punto de vista.

Es evidente que el escritor norteamericano conocía bien el comportamiento adolescente, pues la principal particularidad de su protagonista es la conciencia de sí —de su condición— y de lo que ello implica. El discurso de Holden no solo es consecuente con respecto a su estado vital, sino que comprende algo todavía más importante para el desarrollo de la novela: que está situado en el único momento de su vida en el que un cambio de rumbo es posible, discernimiento que roza la imposibilidad manifiesta.

Desde los primeros capítulos, se muestra consciente de cómo la sociedad insiste en fijarle una serie de directrices, con la constancia de unos estudios que le resultan carentes de interés; a ello se une un discurso de educación, modus vivendi e inutilidad de la rebeldía que, por desconocimiento, convierte en baladí y temporal ese impulso. Las desventuras de Caulfield se mantienen siempre hasta el filo de la elección (sin traspasarlo), hasta el instante  previo a la decisión de tomar parte y depender de la estructura social.

“La vida es una partida y hay que vivirla de acuerdo a sus reglas” (Salinger: 15), reitera a lo largo del segundo capítulo uno de sus profesores, el señor Spencer; a su vez, el narrador señala al lector que está cansado de oír eso, y replica que él, a diferencia de la mayoría de los adolescentes, ya conoce la necesidad de posicionarse en sociedad, con todo lo que ello supone. Así, consciente de los tabúes que supone formar parte de un grupo social, y antes de iniciar su siguiente etapa vital, ya es consciente de que no quiere un trabajo de oficina, copas a la salida con compañeros que no le interesan ni un ápice y béisbol en televisión los días de diario, y agrega: “Me paso el día entero diciendo que estoy encantado de haber conocido a personas que me importan un comino. Pero supongo que si uno quiere seguir viviendo, tiene que decir tonterías de ésas” (Salinger: 98).

Y esta es, probablemente, la clave del éxito de El guardián entre el centeno. Pues si bien su prosa es atractiva, aquello que la convierte en obra de culto son las ideas que allí se exponen; la actitud predominante de Holden es la de un adolescente: quiere beber, fumar, follar, experimentar, expresarse, cambiar el mundo… No obstante, el verdadero triunfo es que él sabe que todavía está a tiempo de hacer algo —un lapso de tiempo que termina eternamente— mientras que nosotros crecemos, aceptamos el statu quo, envejecemos y morimos.

Decía Salinger:

—He dicho que no, que no habrá sitios maravillosos donde podamos ir una vez que salgamos de la universidad. Y a ver si me oyes. Entonces todo será distinto. Tendremos que bajar en el ascensor rodeados de maletas  y de trastos, tendremos que telefonear a medio mundo para despedirnos, y mandarles postales desde cada hotel donde estemos. Y yo estaré trabajando en una oficina ganando un montón de pasta. Iré a mi despacho en taxi o en el autobús de Madison Avenue, y me pasaré el día entero leyendo el periódico, y jugando al bridge, y yendo al cine, y viendo un montón de noticiarios estúpidos y documentales y avances de las próximas películas. ¡Esos noticiarios del cine! ¡Dios mío! Siempre sacando carreras de caballos, y una tía muy elegante rompiendo una botella de champán en el casco de un barco, y un chimpancé con pantalón corto montando en bicicleta. No será lo mismo. Pero, claro, no entiendes una palabra de lo que te digo. (Salinger: 145)

Cuando somos jóvenes, somos demasiado inexpertos como para cambiar el mundo, y cuando sabemos cómo es el mundo y cómo podríamos intentar cambiarlo somos demasiado viejos. Eso es lo que sabía Salinger, y así lo inmortalizó en su obra. ¿Intentas cambiar el rumbo? No, primero ve al colegio, a la universidad, aprende cómo vivir, qué no puedes hacer, a qué debes limitarte, a cuánto está el tipo de interés, qué tipo de calzado está de moda… ¿Dentro de la rueda? Es una lástima, pero aquí no existe el “sigue jugando”.

Salinger desgaja línea a línea la perpetua pregunta acerca de nuestra libertad de acción, de nuestra libertad de decisión, de la posibilidad de luchar por nuestra felicidad. Mientras tanto, la sociedad occidental continúa obligando a sus hijos a mantener un estilo de vida que considera equivocado, o quizá el mejor entre los peores.

Holden es una imagen universal, y engloba las conciencias de todos aquellos adolescentes que repetían: “Yo no quiero eso.” La verdadera paradoja se mueve entre la experiencia disfuncional y la inexperiencia inútil. Puede ser que todo ello no sean más que campanas al aire, puesto que nadie nos garantiza que cambiar el sistema sin pertenecer a él sea más sencillo que modificarlo cuando dependemos del mismo. Holden es el perfecto revolucionario cultural, quien convence a la masa a través de su propia individualidad. Convencer, antes de globalizar. Es eso, o mandarlo todo a tomar por culo y retirarnos muy, muy lejos de todo. Como hizo él.

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Bibliografía:

  • Salinger, J.D. (2008). El guardián entre el centeno. Madrid, España: Alianza Editorial.

Cagar en la gran ciudad, disputas vecinales y la madre que los parió

Mallorca (7)

Yo soy un tío pasota. Quiero decir —para no encaminarme por otros derroteros desde el principio— que me llevo bien con la gente que no me toca los cojones; o sea, que soporto la insulsa levedad del ser hasta que me soplan la nuca. Por ejemplo, saludo a los demás, y no suele importarme que no me devuelvan el saludo siquiera. Así de bohemio soy. Si me quieren saludar, pues ahí estoy yo,  si no, mañana me harán un ademán con la mano o un gesto con la cabeza. ¿Qué se yo? A lo mejor el pobre hombre tiene cáncer, o se le ha muerto el papagayo. Cuestión, que por aquí, por el pueblo, yo tiro a la mía y no me preocupa demasiado lo que dice uno o lo que hace el otro.

"Pop Shop IV (Barking Dogs)", de Keith Haring.
«Pop Shop IV (Barking Dogs)», de Keith Haring.

He aprendido, a fuerza de encontronazos, que en los pueblos esto no suele ser así, y que soy yo el que va contracorriente. Como son cuatro gatos, suelen enterarse de todos los trapicheos que se esconden los unos a los otros; que si tu coche mira mal a mi coche, que esa mujer era mía por derecho de pernada, que si tu hija es más fea que una tortuga con labio leporino…, que si esto, que si aquello. Por esto, imagino, la gente de pueblo suele estar menos liberada que la de ciudad.

Mientras relacionaba ideas, me ha venido a la cabeza un episodio dantesco con una señora que me encontré en Barcelona plantándose un pino en medio de la calle. Allí somos millones de personas y, claro está, si una señora se planta un pinocho en público, pues se lo cuentas al del bar, el cual no te está escuchando y a tus dos amigos de turno, que uno es tonto y el otro cornudo, con lo que también tienen los problemas suficientes para ignorar si la vieja de turno va sueltecilla o tenía ganas de aventura en la urbe.

Los sitios pequeños, en cambio, tienen sus propias reglas, y como se te ocurra plantarte un pino en la plaza mayor, vas a ser el caganer para el resto de tus días, y eso ya jode más. Incluso si se te planteas colgarte de un olivo, condenarás a tus descendientes a escuchar que algo malo habrías hecho y que vaya forma idiota de gastar un buen cabo, que para eso está la escopeta (que se limpia y fuera) o la Serra de Tramuntana, donde puedes irte a hacer el cabra y ya te encontrarán.

Y es que aquí el talante es otro, y las cosas pasan más despacio, y todo se sabe, y si no es hoy, es mañana… Por lo que cuando medio pueblo está peleado con el otro medio, tú, abandonas el visionado pasivo y te preguntas angustiado qué ha ocurrido, qué perturba tu efímera existencia y por cuánto tiempo.

Parece ser que hay un perro que abusa un poco de sus cuerdas vocales, explican los vecinos un poco molestos, ya que, de vez en cuando, les fastidia la siesta de rigor o salir a tomar el fresco a última hora de la tarde. Por ello, han decidido denunciar a la familia y amenazarles con hacerles la vida imposible hasta que se larguen. Yo, por mi parte, tranquilizo a los dueños del perro, les aseguro que a mí los ladridos de su perro no me resultan molestos y vuelvo a casa… hasta que me entren ganas de irme a ladrar o a cagar en la puerta de alguno de mis vecinos.

¿Qué harías de tu vida si el dinero no importara?

Un vídeo que aporta una visión diferente de las cosas de la mano del filósofo británico Alan Watts, conocido por popularizar ideas y actitudes budistas en la sociedad occidental.

Un extracto de Wikipedia en español:

Escribió más de veinticinco libros y numerosos artículos sobre temas como la identidad personal, la verdadera naturaleza de la realidad, la elevación de la conciencia y la búsqueda de la felicidad, relacionando su experiencia con el conocimiento científico y con la enseñanza de las religiones y filosofías orientales y occidentales (budismo Zen, taoísmo, cristianismo, hinduismo, etc.)

Inspirador, ¿verdad?

In time, planteamientos éticos en la ciencia ficción

Hace unos meses me salió un artículo de lo más chorra que presentaba teorías conspiratorias sobre androides y cíborgs basado, principalmente, en la ciencia ficción. Estuve desvariando un par de horas sobre robótica, ética y teorías posthumanistas, de la mano de películas clásicas como apuestas españolas más modestas, como Eva (2011), o de series clásicas como Battlestar Galactica (2003). A estas, podríamos sumarles In time (2011).

In time (2011), extracto de Wikipedia:

En el año 2161, el gen del envejecimiento humano ha sido desactivado. Al cumplir los veinticinco años, las personas dejan de envejecer, pero sólo tienen un año de vida. Transcurrido ese año, mueren de un ataque cardíaco a menos que «ganen» tiempo y rellenen con él sus «relojes de vida», que llevan la cuenta regresiva […]  en sus antebrazos izquierdos.

In time (2011)
In time (2011), con Amanda Seyfried y Justin Timberlake.

En In time (2011) puede apreciarse ese punto de inflexión hipotético en el que la tecnología y la ciencia otorgan una serie de ventajas evolutivas o mejoras biológicas. Sin embargo, estas mejoras pueden traer consecuencias imprevistas sin la previsión y el control adecuados, como pueden ser la escasez de recursos naturales, un sistema económico o social desigual e, incluso, la posibilidad de facilitar la codicia inherente en el ser humano.

Por otra parte, la película en sí, simplemente utiliza los años (el tiempo de vida) como otro bien de consumo; establece la mayoría de edad para este proceso en los 25 y, a partir de ese momento, las personas tienen que trabajar para vivir (¿os suena?).

Cada individuo cuenta con un año de vida a partir de entonces y, si no existe esa «ganancia» periódica de tiempo, el sistema integrado en su organismo provoca un ataque cardíaco. En otras palabras, aquí el tiempo es lo más parecido al dinero, lo que por otra parte y, por ende, el poder adquisitivo asegura una larga (o eterna) y próspera vida.

La trama resulta algo lineal, pero cumple a todos los niveles. Quizá destaca a) la importancia de una posición socio-económica buena para alcanzar o mantenerse en lo alto del sistema, como ocurre en la actualidad, y poder alcanzar los medios y las ventajas tecnológicas y científicas, b) la necesidad de que en un sistema capitalista (del tipo que sea, aquí, por ejemplo, se mercantiliza la vida humana) unos sufran en guetos para que otros puedan vivir en grandes mansiones con todos los lujos y c) el valor de aprovechar la vida o devaluar la propia existencia.

¿De qué va esto?

Si no terminas de entender a qué viene esta entrada, echa un vistazo a Posthumanismo y tecnología.

Por qué utilizar células embrionarias para la ciencia

La realidad siempre supera a la ficción y, como ya se ha demostrado en reiteradas ocasiones, lo hace tanto para lo bueno como para lo malo. Más pronto que tarde, muchas de las historias que aparecen en el cine o la literatura anteceden una realidad. Todo esto tiene una explicación, y es que todo aquello que propone la ciencia ficción tiene una base científica innegable.

Célula madre embrionaria.
Célula madre embrionaria.

Esta semana, el descubrimiento que estará en boca de todos es la posible creación de células madre a partir de una clonación; este hallazgo que, con total certeza, es el primero de muchos en la misma línea, abre viejas heridas que la Iglesia y muchos estados están omitiendo e intentando ignorar sin frutos.

Como explican los redactores de El Periódico, la novedad es que pese a que no se trata de la primera vez que se clona una célula humana, todos los intentos anteriores fracasaron muy rápidamente y no superaron las ocho células de desarrollo embrionario, muy por debajo de la fase de blastocisto necesaria para la obtención de células madre útiles con finalidad científica; en cambio, en la Universidad de Salud y Ciencia de Oregón (OHSU) se ha logrado una estructura compleja de unas 150 células, mayor incluso que la que se implanta a las mujeres que siguen tratamientos de fertilidad.

El trabajo de este grupo de científicos puede proveer a la sociedad de terapias de curación para enfermedades neurodegenerativas, de creación de tejidos e incluso mejorar la esperanza de vida. Además, han conseguido inhibir el rechazo de estas células por el propio cuerpo, ya que las reconocerá como propias.

Rápidamente, el equipo científico se ha apresurado a hacer dos puntualizaciones:

  1. Este método no puede clonar seres humanos
  2. Esa no es la intención ni la búsqueda científica del equipo del OHSU

Sin desmerecer la grandísima labor de este equipo, ahora es cuando empezarán, de nuevo, los verdaderos problemas éticos. El miedo por la clonación de seres humanos tiene sentido. Nuestra sociedad (occidental) legitima la libertad individual, en teoría, hasta donde empieza la del prójimo; si pudiésemos crear clones, idénticos a nosotros, ¿cómo podríamos diferenciarnos de ellos? Por esta razón, sería interesante empezar a legislar sobre la base de esta posibilidad pues, aunque no es plausible aún, ya no es ciencia ficción.

Por otra parte, si en la práctica se puede probar que la creación de humanos idénticos entre sí es posible, la humanidad ocuparía el lugar que, tradicionalmente, mantiene el dios creador.

  1. Crear a una persona mediante tales medios demostraría que no es necesario la voluntad creadora de una divinidad
  2. Si podemos crear a dos seres iguales, debemos aceptar que el alma humana (la cual se afirma que es única en cada ser), no existe
  3. O bien, afirmar que los posibles clones no poseen alma humana y, por lo tanto, no son humanos

Para la Iglesia, con razón, la ciencia lleva décadas sobrepasando los límites de la ética. Sin embargo, si empezamos a tener a nuestra disposición esos “milagros médicos”, ¿qué ocurrirá con la necesidad de la fe? Las células madre entran en conflicto con los posicionamientos éticos y religiosos tradicionales, porque empiezan a destruir esa necesidad de metafísica.

Ahora, queda por decidir si el ser humano puede acoger finalmente el papel que, tradicionalmente, se asimila a las divinidades o, por el contrario, entramos en un terreno resbaladizo que entraña más riesgos que ventajas.

Sobre la filosofía (I)

No sé hasta qué periodo contemplan la mayoría de los temarios académicos de filosofía para Bachillerato, pero no conozco a ningún estudiante desde los los ochenta que se haya examinado de algo más allá de Nietzsche. Diría más: si no te matriculas ex profeso en la carrera, difícilmente podrás dar ese «salto cultural» hacia el siglo XX y mucho menos el XXI.

El Superhombre de Nietzsche.
El Superhombre de Friedrich Nietzsche.

Podría afirmarse que esto se debe a que las últimas décadas de historia de cada materia, todavía restan por escribir. La gran Historia, como decía Georges Perec, es aquella que sobrepasa a los individuos, y nadie puede ser consciente de pertenecer a la misma en el momento presente, puesto que es el tiempo quien decide lo que queda grabado en la memoria de los hombres y lo que se desvanece. Sin embargo, aquí, el problema parece nacer del concepto nihilista del filósofo alemán Friedrich Nietzsche: la muerte de Dios, que, por otro lado, suele ser el punto y final de la asignatura para el examen de selectividad.

Nietzsche, como uno de los últimos exponentes que ataca la figura judeo-cristiana de Dios, afirma que la divinidad no es más que una figura atribuible a lo inexplicable, que los mismos actos de la humanidad han devaluado y arrojado de su sagrado pedestal y que todo el cristianismo no es más que platonismo barato, es decir, la búsqueda de un sentido metafísico para nuestro mundo físico. Sin entrar en detalles, todos aquellos que han estudiado a Nietzsche serán conscientes de la imposición de la figura del Übermensch (o Superhombre), la necesidad de dar el consiguiente paso y el concepto de voluntad de poder.

En otras palabras, Nietzsche termina de inutilizar el concepto de metafísica en filosofía. Así, teología y ciencia en un sentido amplio tienen sentido en el ámbito metafísico, pues mediante la especulación, la fe y el método científico pueden postularse, probar o negar, mientras que la filosofía debe cerrar totalmente esta ventana, ya que el amor por la sabiduría inherente en la materia debe tener una base práctica y demostrable.

¿Qué le queda a la Filosofía?

El varapalo que supone deshacerse de la metafísica debe plantearse en relación al número de autores que dedicaron su vida y gran parte de su obra al tema. Si hacemos una lectura muy superficial podríamos colocar la filosofía medieval europea hermanada a la Iglesia y a figuras religiosas que aglutinó la misma (beguinas y místicas, por ejemplo), siendo conscientes de que hasta bien entrada la Edad Media (siglo XIII) no empezaron a filtrarse documentos platonistas, por ejemplo, los textos de Aristóteles. Recordamos a figuras religiosas como Agustín de Hiponia, Juan Escoto Erígena, Anselmo de Canterbury, Ramón Llull, Tomás de Aquino o Guillermo de Ockham. Aquí, poco se podía rascar fuera del ámbito de la fe razonada, siendo temas principales el mal, la omnisciencia divina y el libre albedrío.

El cartesianismo centró los ojos en la realidad y en el individuo, con planteamientos existencialistas, y la filosofía kantiana y hegeliana no se desvió excesivamente de este rumbo hasta los hegelianos de izquierdas como Karl Marx, que intentó otorgar una base práctica y útil a un sistema filosófico, social y económico, por ese orden, pues debemos recordar que, en última instancia, la meta era la utópica dictadura del proletariado.

En el siglo XX, la muerte de la metafísica inicia el llamado «giro lingüístico», que se apoya en la influencia primera de Russell y Wittgenstein, conscientes de la importancia que tiene el lenguaje en la forma en la que comprendemos e interaccionamos con el mundo. Junto a la lingüística, otras ramas que se mantienen en los temarios con la misma importancia son la ética o moral, la lógica y, en algunos casos, la filosofía de la religión. Pese a ello, la filosofía vital que desde la Antigüedad se planteó como una forma de comprender y vivir pierde gran parte de su fuerza a través de análisis teóricos (sin utilidad práctica).

Podríamos destacar los siguientes enunciados clásicos:

  1. ¿Cómo vivir?
  2. ¿Cómo morir?
  3. ¿Qué es y qué no es ético?
  4. ¿Qué es y qué no es verdadero?

Existiendo todos estos ejemplos y conocimientos aplicados con sus correspondientes autores contemporáneos, me pregunto —y espero equivocarme— por qué los temarios de muchas universidades no cuentan con la posibilidad de formar y explicar teoría estructuralista, postestructuralista, posmodernista o lingüística aplicada, es decir, los movimientos más contemporáneos, así como modos de razonamiento para volver a ese concepto filosófico que vuelve a desmarcarse como rabiosa actualidad: la filosofía vital, o la forma de aprender a vivir, a conocer, y a ser.

Aquel que queríamos ser

Hace unos días, frente a un café, aquel que sueña a sus protagonistas inició su relato. Por norma, en los sueños, la mente omite escenarios y secuencias de importancia menor, y centra su atención, si podemos hablar de algún tipo de reflexión onírica o similar, en los elementos principales. Allí, entre unas sillas y una mesa descansaban tres figuras en silencio, decía. No recordaba demasiados detalles pues, por lo que sabe de sí mismo, suele perderse entre los mismos. Sin embargo, afirmaba que las tres figuras brillaban como puede hacerlo la porcelana al contacto con la luz.

No tardó en percatarse que se trataba de su abuelo, su abuela y su padre y, rápidamente, comprendió por qué no había ningún otro familiar en aquella habitación. Entonces, durante un tiempo indefinido, propio del sueño, los observó sin decir nada. La imagen de los abuelos era algo más tenue que la del padre, del que todavía se podían apreciar los rasgos con claridad. Pero, de golpe y porrazo, las figuras caían contra el suelo y, una a una, reventaban en mil pedazos, presentando su reverso; la cara inversa permitía apreciar el material con el que estaban hechos: terracota, arcilla o algún tipo de barro endurecido.

Después, un momento antes de despertarse con un frío intensísimo que le recorrió todo el cuerpo sin  tregua durante horas, tuvo la certeza de que alguien había empujado a esas figuras contra el suelo y que estas no se encontraban ni tan sujetas ni tan firmes a sus sillas. Sin duda, todo el sueño tenía una lectura superficial, la cual afligía más que cualquier otra y, a causa de su sentido unívoco, había escogido a su interlocutor sin excesivo esmero.

Me permití darle mi opinión, la cual rechazó sin miramientos, alegando que ni él ni yo poseíamos los conocimientos suficientes para analizar la psique humana y, tras una segunda ronda de cafés, decidió encauzar la conversación por los derroteros que realmente resultaban de su interés. Así que, de aquel sueño sobre familiares muertos, surgió la necesidad de aprovechar mejor el momento presente, pero sobre todo de dedicar veinte minutos diarios a esa costumbre antieuropea y retrógrada que es la siesta.

Accedí, pues sabía que eso no iba a cuajar. Parecía más una forma de intentar aprovechar el tiempo, incluso cuando se privaba de este durante la vigilia, más que una verdadera necesidad de salud. Si no, ¿por qué no conseguía cerrar los ojos después de comer?

Murió el señor Cayo y las elecciones se celebraron igual

Yo lo veo así:

Se sacó de entre las muelas el papel que querían hacerle tragar los falangistas, pero no tuvo que ir a votar. La vieja, arrugada, sorda y muda, le cavó un hoyo en el terreno y se tiró junto a él, en silencio. La cochambre, las aves que los de ciudad no sabemos cómo se llaman, el viento y las hojas terminaron por darles sepultura. El perro se quedó por allí rondando. Por Burgos. Sin compañía.

Después de unos cuantos días, retomé la sana costumbre de abrir un libro por placer. Antes de encamarme, escogí a Delibes. El disputado voto del señor Cayo. No tardé en ver que no era una epopeya rural, sino, en todo caso, una sátira o un réquiem. Presentaba la España profunda, la de los paletos, aquella España tan necesaria que los de ciudad obviamos. Puesto que el ciudadano, el de verdad, el tío de ciudad, el que tiene cultura y sabe, no encuentra ningún interés en el campo.

No se ve claro. Qué quieren que les diga. Estas últimas semanas no debe faltar material en las reuniones de prensa. Que si corralitos chipriotas, que los viejos a currar hasta los setenta y los jóvenes a emigrar, que es muy bonito descubrir otros lugares y otras culturas. Eso sí, de cotizar treinta años no te salva ni dios —por lo que me da en la nariz que, además de autónomo, soy un poco gilipollas, y perdón por el lenguaje.  Entre los tijeretazos constantes aquí y allá y lo que se parten el pecho del ciudadano que, por otro parte, no pocos lo merecen, esto se hunde.

Ahora, acercándome al año de mi retiro rural, me planteo si no somos conscientes de que el mundo que nos rodea a los de ciudad es de papel maché. Y que, quizá, salir de la ciudad y descubrir lo que hay fuera más allá del viaje de fin de semana o la escapadita romántica podría ser la solución. Al fin y al cabo, la cultura de la cual nos han impregnado nos ha traído hasta aquí, ¿no? ¿Qué leches va a hacer el estado de derecho cuando la gente deje de ser tan materialista, tan consumista y tan inculta?

Cada sociedad da valor a un tipo de cultura, y nosotros, como sociedad, hemos desmerecido durante más de cincuenta años a la rural. ¿Quién será el paleto si esto sigue así? Yo, por mi parte, estoy aprendiendo a plantar mis tomates y mis lechugas, porque la cultura puede uno prefabricarla, pero la comida no. 

Así vivimos: sumergidos en el gris

En una de las calles laterales de la facultad de Humanidades, cerca del Puerto Olímpico, había una pintada que decía: «Cayó el gris, mostró el verde.» Detrás del grafiti se observaba un descampado, rodeado de una valla metálica de un par de metros de altura y una arboleda que siempre asocié al zoológico de Barcelona. Allí no había demasiado verde, ni tampoco gris, era un solar moribundo y muerto del asco al que nadie hacía caso.

Años más tarde, tras licenciarme, me enteré de que todo aquello pertenecía también a la universidad. Unos cuantos edificios como salidos de la nada se anexaron en tiempo récord a nuestra alma máter. Sin embargo, no sé si por azar o por benevolencia, aquella pintada seguía allí, sumergida en el gris.

Cayó el gris, mostró el verde

Ayer, varios años después, releía una de las contras de La Vanguardia, un pasatiempo que practico a menudo, en concreto la entrevista al filósofo Antonio Fornés, la cual recogía grandes verdades y dejaba escapar algún comentario desafortunado.

Somos máquinas de producir. El sistema se ha comido al individuo: la masa asfixia la individualidad.

Trabajamos más horas que un esclavo romano. Puede que no con la misma intensidad, ni estrés, ni en las mismas condiciones, pero perdemos más tiempo de nuestras vidas.

El miedo nos esclaviza. Sobre todo el miedo a no saber qué hacer, por lo que llegar a casa exhaustos nos permite seguir con esa corriente de conformismo infantil desde el sofá.

Por la tarde, navegando entre muros de Facebook, como un voyeur profesional, me topé con una frase muy conocida y difundida de John Lennon que decía: «La vida es aquello que te va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes.» Entonces, le contesté mentalmente citando sus propias palabras. Le dije: John, algunos están dispuestos a cualquier cosa, menos a vivir aquí y ahora. 

Cayó el verde, mostró el gris. Porque es lo fácil.

El día que enterramos a diez gallinas

La ficción puede con todo. Como comprenderán, casi todas las afirmaciones que se derivan del título son falsas. Para empezar, nadie se molestó en enterrar a ninguna de aquellas gallinas. Seguidamente, no se enterraron las diez el mismo día, porque su periplo duró unos dos meses. Si recurriésemos a burdas mentiras, podríamos narrar una escena tan verosímil como la siguiente:

Eran casi las tres de la tarde y llegábamos cansados. Habíamos recorrido la isla de punta a punta, de Selva a Moscari, de Moscari a Campanet; tira hacia Inca, coge autopista, pasa por el aeropuerto; corriendo por la autovía hacia Manacor y luego vuelve dirección Inca. Llevábamos varias horas en el coche y una telilla de sudor recorría el rostro de la mayoría de los presentes, obviando el esfuerzo titánico que mantenía el aire acondicionado.

Tras aparcar, abrimos el portón de la casa. Chirrió, para ceder, a continuación, con una oportuna bienvenida: encontramos a los perros dentro del gallinero. Allí ya no quedaban ponedoras, sino un festín de higadillos. Una casquería al completo en nuestro propio hogar. El corral podría haber sido la secuencia final de Saló si Pasolini hubiese sido una gallina fascista.

Pero esperen. Para entonces, solo quedaban tres gallinas. Hay más.

Gallinicidio, vol.1
Gallinicidio, vol.1

Mallorca (5)

Unas semanas antes, el corral estaba vacío. Los imponderables, a menudo, obligan a mudarse. Las primeras seis  gallinas tenían que dejar su piso en la periferia palmesana e instalarse en la part forana, al pie de la Serra de Tramuntana. Su mudanza fue conflictiva: un accidente de carretera, fruto de los achaques del calor durante la temporada estival. La única superviviente llegó a la urbanización deshidratada y turbada por los acontecimientos; recordando a sus hermanas bajo las miradas despreciativas de sus nuevos vecinos. No obstante, había podido escapar de tan funesto final.

Todos los jueves es día de mercado en Inca. Allí, pueden encontrar gente atribulada contra la que chocarse, ropa, complementos e incluso plantas y aves. Decidimos comprar dos gallinas, una compañera adulta y una joven e inexperta, para que diesen vida al hogar. Un corazón aguerrido y un espíritu aventurero le jugaron una mala pasada a la primera. A las pocas horas, o su corazón no era tan aguerrido o su cuello era más endeble de lo que los canes supusieron.

Dos semanas más tarde, habíamos invitado a nuestro piso a otro joven y otra ponedora. Pese a algunos vuelos imprevistos, todos parecieron adaptarse. Los felinos no tenían gran interés en entablar conversación con las plumíferas, pero tampoco parecían llegar a las manos como había sucedido con algún gorrión indisciplinado. Los perros, escandalosos por naturaleza, advertían moderación entre ladridos, llegando a los insultos y a los empujones tras forzar la puerta o la reja. Los caseros, por la parte que les tocaba, siempre habían conseguido evitar que la sangre llegase al río.

Entonces apareció un cadáver en el descampado cercano. Entre maullidos y ladridos no hubo forma de resolver aquel entuerto. Todo apuntaba a que el pollo, que ya había empezado a hacerse el gallito por el vecindario, había encontrado a alguien con quien esa clase de bravuconadas no funcionaron. Desfalleció sin posibilidad alguna de recuperación.

Las tres inquilinas restantes se mostraron inquietas y recelosas, sin embargo, abogaron por la sensatez. Los caseros solicitaron calma, rogándoles que no abandonasen las inmediaciones hasta dar con el culpable.

Las rejas y la puerta fueron reforzadas y todos los sospechosos asediados en la medida de lo posible. Unos días más tarde, durante una breve ausencia, alguien mordió y destrozó las rejas del gallinero. Un grito anunció el retorno de la casera. En los cuerpos de las plumíferas se encontraron numerosos arañazos; quienes habían perpetrado tal crimen también desmembraron el cuerpo de una de ellas. Los felinos, desde el techo del gallinero, observaban recelosos la escena; los perros, desde fuera, ladraban y gruñían un sinsentido tras otro.

Tras examinar la escena, no había otra posible respuesta. Inconcluyente, afirmaron los caseros. Quien hubiese sido, había cubierto bien sus huellas. Una cosa estaba clara, aquella familia nunca cayó demasiado bien en el vecindario.

Durante la noche, los perros y los caseros velaron la escena. Los canes, pasada la medianoche, cayeron rendidos entre las emociones del día y el frescor estival. Los gatos maullaban por las esquinas, con el pasotismo que les define, amenazantes frente a otros felinos. A oscuras, sentados en una repisa de piedra repleta de musgo, aquel gallinero vacío se les asemejó un poco a  la vida. Ir metiendo gallinas mientras otro las iba sacando no era más que otra forma de seguir viviendo.

Los caseros se negaron en redondo cuando surgió la oportunidad de alquilar de nuevo aquel gallinero, al menos durante una buena temporada. Quizá el problema era que la reja no era lo suficiente alta, o que, desde el principio, no habían hecho buenas migas con perros o gatos. Los caseros llegaron a la conclusión de que dos siglos atrás estarían muertos de hambre y exclamaron: «¡Viva la revolución  industrial!»