Salem

Cuando le recogimos, no tenía cola. Se arrastraba por una de las calles de la urbanización al paso de los vecinos. Sus dos hermanos le miraban desde una improvisada madriguera, hastiados y desengañados de la vida desde muy tierna edad. Por la parte que le toca, la madre se escapaba al oír el menor ruido o al ver demasiado movimiento alrededor.

Era un gato. Un gato típico. De los gatos típicos pueden haber tres: blanco y negro, atigrado o gris. Pues uno de esos. Y pronto demostró que no era como sus hermanos: no tenía el pelo largo, ni era excesivamente bonito o sociable.

Durante un par de meses, hasta que se acostumbraron, dormían y jugaban en una pequeña buhardilla acristalada. Los juntábamos dos o tres veces al día con los perros. Ellos se veían, cogían confianza —lo cual, por su naturaleza, nunca es sencillo entre perros y gatos— y siempre los dejábamos durmiendo, cansados y quiero pensar que con buen sabor de boca. Salem no tuvo nombre hasta que fue mayor: ninguno creíamos que sobreviviría; era débil, tísico, mal encarado…, desde luego nos sorprendió a todos. Por eso, quizá, no tenía nombre, ni nos pensamos demasiado aquel que recibiría.Salem

Cuando pudimos estar todos juntos bajo el mismo techo, los perros y los gatos empezaron a dormir apretujados sin necesidad. Unos encima de otros. Salem se enamoró rápidamente de Dana, y dormía apretado contra el pecho de la pastor alemán. Dana no le daba bola. Porque Dana es una estrecha: ya saben cómo va eso de los amores imposibles.

Una noche, muchos meses más tarde, Salem no vino a cenar. Yo, preocupado, lo busqué por el jardín, por la casa y, de nuevo, salí al jardín. Después me senté en el porche, bajo la atenta mirada de perros y gatos —de todos menos Salem—.

Siempre aparecía para cenar. Habían cambiado muchas cosas desde que aquel gato era un animal flaco y callejero; bien alimentado, ágil y fuerte, se pateaba toda la finca y dormía, jugaba y corría por aquí y por allá. Siempre algo miedoso y receloso del resto, nos mostraba una confianza propia de los hijos.

Ahora se ha ido. No por unas horas, ni por unas días. Qué rápido ha pasado este último año. Y qué vacía está la casa pese a que todavía somos siete pululando por aquí. Las últimas horas, Salem las pasó en el gallinero. Allí donde algún otro granuja había hecho una escabechina. Hasta que lo encontré de nuevo. Me miró con ojos recelosos, supongo que se preguntaba qué hacía allí: él poca ayuda necesitaba entonces. Aun así, terco, como siempre, lo subí al coche con la ayuda de quien siempre tengo a mi lado, y nos encaminamos a su último paseo.

Se puede decir que ayudamos en sus últimos minutos. Tuvimos la suerte de poder intentar salvarle junto a un buen veterinario, de los que abundan en Palma de Mallorca por razones que desconozco. Nada había que hacer ya.

Desistimos. Pagamos la cuenta con un nudo en la garganta. Cada uno le damos nuestra propia despedida. Yo escribo, rápido y furioso; ella dibuja; el resto lleva dos días peinando el terreno en su busca.

Salem ya descansa y el mundo sigue girando, ajeno al fin de aquel gato que nos encontramos tirado junto a sus hermanos en una esquina, cerca de unos contenedores. Quizá no hubiésemos recogido a ninguno de los tres si no fuese por Salem… Quizá, de alguna forma, sigue por aquí. Siempre me han enseñado que la familia es lo que queda. ¿Qué es esto si no una familia?

Adiós, Salem.

Albert Pla, Catalunya y las apariencias

Albert Pla tiene una canción titulada La nana de l’Antonio. Es una recitación poética de despedida, con una melodía para acompañar como sucede en muchas de sus canciones, sobre todo en aquellas de ritmo más lento. Un réquiem de nuestro tiempo dedicado a un proxeneta drogadicto y maricón.

A menudo, busco el CD y espero con paciencia a que el compact llegue hasta Antonio. Le preceden otros tantos nombres: Crim d’amor, Vida d’un gat L’home que ens roba les nòvies, entre otras. No hay disco que exprese tanto sobre la vida. Quizá de ahí el título: Ho sento molt.

El protagonista tiene un novio de dieciséis años, trece putas y el afán de ayudar a vells exhibicionistes i donar droga als nens. Como cualquier otra cosa, puede observarse desde muchos prismas, y es probable que el mío sea el más erróneo de todos ellos. Aun así, la figura de n’Antonio emana un aura de protección y un sentimiento paternalista que consigue retrotraerme a otros momentos.

Mi padre llevaba ese nombre. Siempre precedido por un José o un Pepe que se adelantaba en boca de todos, incluso de los más allegados. No era putero, ni proxeneta; tampoco homosexual, o lo escondió muy bien durante décadas. Mantenía una relación extraña con sus apariencias, con lo que decía y lo que hacía, con lo que se veía y se dejaba intuir. Tardé demasiados años en darme cuenta. Ahora, cuando escucho a Albert Pla, no puedo evitar relacionar a ese putero de la canción con mi padre.

A mi tierra, que nunca la he sentido muy mía, ni muy tierra, le está pasando algo similar. Joan Manuel Perdigó, subdirector de El Periódico, decía ayer en su columna que la hipotética marcha de Cataluña no es más que la necesidad de otro trato en su edad adulta. Continuaba con la metáfora, agregando que antes de romper relaciones con la familia, que solo hay una, habría que ver qué quieren realmente al otro lado del Ebro. A lo mejor, perdonen mi lenguaje, quieren que les dejen de mear encima y decirles que llueve, de tocarles los cojones, como al resto de los españoles. Aquí todos somos hermanos.

No entiendo cómo los políticos moderados y centristas de hoy en día, defensores de los valores familiares que anuncian en sus campañas, no comprenden una de las verdades universales de cualquier padre que se precie. Cuando el niño quiere algo, patalea. Y patalea. Y patalea… Cuando nuestros padres, o al menos el mío, porque a los suyos no tengo el gusto de conocerles, no quieren dar algo, se enfadan, y gritan, ¡incluso amenazan! No obstante, cuando te asomas por detrás de los gritos, sabes que traga. Que es el vivo ejemplo de la mosca cazada con miel, y que siempre lo va a ser. Parece ser que el Gobierno central no se parece tanto a mi padre, ni al Antonio de la canción. A no ser que este último también fuese hijo de aquellas que, a posteriori, se dedicaba a explotar.

albert pla cantautor catalán
Albert Pla participó en ‘Airbag’ (1997)

Si Cataluña se independiza, mi única preocupación es que encarguen un nuevo himno, que Els segadors está muy manoseado a estas alturas. Si ha llovido desde 1978, imagínense ustedes desde  1899. Está más pocha la canción que Guanyavents, Milà i Fontanals y compañía en sus respectivas tumbas. Podrían encargarle el himno al propio Albert Pla que, como el resto de ciudadanos a los cuales la casta política representa, se entiende a sí mismo mucho mejor de lo que le entienden los políticos, aunque éstos le intenten convencer —a él, y a todos— de que sus ideas son las nuestras.

No se compliquen tanto, después, cualquier día se mueren, o se les muere alguien, y es un día muy triste, pero hace un sol de mil demonios, lo que, por otro lado, es una gran ventaja porque el cemento se seca más rápido y los críos pueden largarse a jugar y a disfrutar del día. Además, ¿no es eso es lo que todos queremos?

Santiago Carrillo, Gary Cooper y librar los festivos

—¿Cómo perdimos nuestro camino, Mel? ¿Cuándo dejamos de identificarnos con el hombre del lanzallamas o la escopeta antiácido de alguna clase?
—Yo lo achaco a Internet y al regreso del swing.

Los Simpson (S11E01)

El mundo está lleno de ambivalencias. La semana pasada murió Santiago Carrillo. ¡Noventa y siete años el tío! Para unos, gran demócrata español; para otros, asesino sanguinario en Paracuellos. Para unos, fumador acérrimo; para otros, sistema inmunológico y pulmones envidiables.

Desde la perpetua ingenuidad de los humanistas, Santiago Carrillo siempre me inspiró cierta simpatía. Cierta simpatía y cierta lástima. Inteligente, cauteloso, conciliador e inflexible frente al enemigo. Rebelde primero, político después. Un hombre de principios, de aquellos que quedaron en el siglo pasado. Junto a las Pasionarias y los Bogart. Un hombre que supo vivir sobre la base de sus ideales y morir en paz, durante la típica y muy nuestra siesta. Un dinosaurio en todas sus acepciones.

Gary CooperA medida que enterramos a los últimos exponentes de las primeras décadas del siglo pasado, me pregunto si no estamos en camino de crear una sociedad excesivamente débil. Sí, quizá aquella fue demasiado cruenta y, a todos los efectos, más interesante. Pero entonces no necesitaban loqueros, ni dormir ocho horas al día o trabajar un máximo de cuarenta a la semana.

Tampoco puedo imaginar aquella época a color; para mí, todo aquello, es blanco y negro, como en las retrospectivas cinematográficas. Por ello, queda en el imaginario colectivo, o al menos en mi imaginario, el personaje de Tony Soprano preguntándose qué fue del arquetipo del hombre fuerte y silencioso, del Gary Cooper. Ese hombre que hacía lo que tenía que hacer, que no buscaba excusas. Lo que nadie sabe —decía Tony en la primera temporada de la serie— es que, como a Gary Cooper se le ocurriese explicar lo que sentía, toda la mierda que llevaba dentro, ya nadie podría pararlo.

«Yo soy yo y mi circunstancia», proclamaba Ortega i Gasset. Desde la vertiente perspectivista, los blandengues de hoy no somos más que los hijos de Gary Cooper. El pequeño Timmy no tuvo jamás que pegar un tiro a quemarropa al enemigo, y no se obligó a tragarse las lágrimas por ello. Somos aquello que quisieron ser nuestros padres; somos aquello de lo que nos han podido librar. Pero, ¿somos aquello que queremos ser?

Publicidad sugerente y otros peligros de la era moderna

Cojo a Bukowski de la mano. Siempre tranquiliza acompañarse de algo que estaba ahí antes que tú y que, probablemente, seguirá estando cuando tú te vayas. Camino con la parsimonia ensayada que te permite el reloj cuando se atrasa diez minutos. «Ya me lo cobraré», debe pensar. Entonces, una total sequía sexual, el azar y la aparición de la primavera colocan frente a mí una imagen absurda en formato papel.

La chica del anuncio mira alrededor, durante diez o quince metros de largo extiende su gesto hasta un cartucho de tinta con excesiva sorpresa. Sus labios se curvan en una mueca donde conviven picaresca y burda sexualidad. La chica de la boca en forma de ‘O’ es un ejemplo de publicidad sugerente. Su dedo señala el producto, pero sus ojos te miran con deseo. ¿Qué vendían? Ah, sí. Impresoras. Cartuchos. Algo así. Entonces, llega el tren. Ella parece sorprenderse incluso de aquello que conforma su propia rutina de cartón. Le miro el escote de nuevo y pongo un pie en el vagón.

Me acomodo entre los presentes; mis dedos juegan con los interiores del libro que hoy paseo por la ciudad, acaricio su cubierta y pienso qué atractivo tiene vender impresoras mediante el sexo, ¿dónde está el reto? Todos sabemos que al gran público se llega mediante la sexualidad. Por otro lado, dudo que se nos recuerde poco más que lo necesitados de sexo que estamos durante la mayor parte de nuestras vidas: primero, solteros; después, casados. ¿Funcionará? Un grupo de universitarios entra con rápidas zancadas en el tren y me lo confirma.

—¿Has visto ese anuncio? Esta noche de negras a El Raval —grita uno de ellos, y yo sonrío. ¡Sí funciona! Somos muy primarios aún.

Cómo vivir en Mallorca y no morir en el intento

Mallorca (4)

  1. No intentes hablar a un mallorquín de Palma en catalán, valenciano ni aranés. Si vives o visitas un pueblo, pon especial atención en el punto 2.
  2. No intentes hablar a un mallorquín de pueblo.
  3. Todo está ‘molt enfora’ (muy lejos).
  4. Hay ‘forasters’ y ‘forasters de més enfora’ (forasteros, o extranjeros)
  5. Si diez generaciones anteriores a ti no son de mallorquines, eres ‘foraster/a’.
  6. Aunque nadie lo comprende, hay una estatua ambivalente en Palma de Mallorca de Gandalf, el Gris. No discutas con ellos. Ni se te ocurra decirles que Ramón Llull no salía en las novelas de J.R.R. Tolkien.
  7. Como carreras universitarias, solo existen Enfermería y Turismo.
  8. Hay playas, más playas, más playas y el castell de Bellver.
  9. Si vives fuera, vas a Palma para todo.
  10. Si vives en Palma, te pasas el día saliendo de allí.
  11. No se vive más, ni se envejece mejor, se ralentiza el tiempo.
  12. ¡La platja de Palma es una trampa para los guiris! Nosotros nos vamos a las de verdad.
  13. Aquí una shandy es cerveza con limón y una clara una cerveza con gaseosa o un «què putes és això?» Si quieres discutir sobre esto, mira el punto 14.
  14. No lo hagas. De nada sirve explicar que, en otros lugares, las cosas pueden ser diferentes. Una clara es cerveza con gaseosa, y punto. Siempre lo ha sido y siempre lo será. Y si sigues diciendo que las cosas no son así, pues… ¡LA, LA, LA, LA, LA! ¡NO-TE-OIGO!
  15. Antes de entrar en la discusión equivocada, recuerda que el mallorquín lleva siglos viviendo encima de un queso gruyere a gran escala.
¡NO PUEDES PASAR, "foraster"!
Ramón Llull, el Gandalf mallorquín

Primeras impresiones (II)

Mallorca (3)

Quien no sabe poblar su soledad, tampoco sabe estar solo entre una multitud atareada. 

Charles Baudelaire

Estos días me descubro encerrado en un pequeño cuarto vacío del piso de arriba. Mi yo creativo parece funcionar mejor en una soledad autoimpuesta, por lo que tras montar un escritorio y unas librerías, corchos, cuadros y archivar toda la documentación personal y profesional, me encierro en un cuarto vacío, con una mesa extremadamente colorida de IKEA que atenta contra mi heterosexualidad, y poco más.

La habitación tiene una pequeña ventana desde la cual puedo observar el patio; a menudo, me quedo allí en silencio, observando los racimos de uva que se enredan y crecen en las rejas, a toda la fauna que pulula por aquí y el silencio que impera por norma. El atardecer parece ser la hora en la que paso más tiempo allí arriba, aunque cada vez descubro antes cómo anochece entre ideas a medio desarrollar. Después, desciendo las escaleras entre fluctuantes estados de humor, dependiendo de las ganancias y las pérdidas de la tarde, que siempre son relativas.

Algunos días, no puedo quitarme de la cabeza la poca gente que se mueve por las calles del pueblo. Aquí, después de unas semanas, todo el mundo recuerda tu cara y, con mayor o menor aprecio, parece que formas parte de algo. Un pueblo no es más que un número de personas, un número pequeño, no un número que, para el ojo humano, tiende a infinito como el de las ciudades. Aquí, uno puede encontrar esa soledad buscada por el Sturm und Drang, esa soledad típica del enamorado, del joven Werther henchido de penas. Cuanta menos gente encuentras, más sencillo es recordar aquel aforismo de Schopenhauer que decía: Nadie puede salir de su individualidad.

Cuando el suelo está repleto de hojas destripadas, de papeles acusadores, abandono el bolígrafo a su suerte, pensando en cómo esa búsqueda de la propia individualidad se convierte en un imposible en ciudades como Barcelona. Aquí, entre cuatro calles, observas cómo esa mezcla de interés y cotilleo por el prójimo también vuelve imposible ese tipo de soledad. ¿Qué resulta entonces más real? ¿La soledad dentro de la masificación urbana o la imposibilidad de la misma allí donde todos llegan a conocerte? Al final, todo se resume en el qué dirán frente al acto de que nadie diga nada. Pese a sus modos, ambos hieren de forma agravante.

Recapitulando: el viaje de ida

Mallorca (2)

Pirado

1. adj. coloq. Dicho de una persona: alocada. U. t. c. s.

Unas semanas antes de mi cuarta mudanza en dos años, casi atropello a un perro. Tras una cena sana y nutritiva… en el Burger King, paladeaba el privilegio de caer en un sofá cercano sin respiración, con el estómago lleno de hamburguesas dobles, patatas fritas y otras tantas porquerías mientras veía telebasura de medianoche. Entonces, un perro se paró delante de mi coche.

¿Saben cuándo van conduciendo y un animal se cruza en su camino? Ya sea en una carretera principal, una autopista, o una carretera de montaña; ya sea un erizo, un mapache o un caballo; la mayoría piensa: «alguien se parará.» Ese imbécil soy yo. Siempre. (Sé que no soy el único y doy gracias al resto.) Mi pareja es tan idiota como yo, ergo se junta el hambre con las ganas de comer.

El perro era un cruce de pastor alemán, con todo el pelo blanco —más tarde, descubrimos que era pelo muerto—, una herida enorme en la nariz y una cojera constante. Desnutrido, renqueante y con todas las pulgas y garrapatas que se habían paseado por la mayoría de las urbanizaciones del Baix Llobregat.

Por culpa de los anuncios de Ikea, quince días antes de nuestro viaje de ida a Mallorca tuvimos que vacunarlo, bañarlo, bañarlo y volverlo a bañar, desparasitar, esterilizar y gastarnos más de lo que había costado llevarse nuestros otros cinco animales, el coche y los pasajes en camarote. Entonces, comenzó el periplo. Como si de un viaje a Ítaca se tratase, nos dispusimos a coger un barco de Transmediterránea en costas catalanas y desembarcar, con dificultad, en tierras mallorquinas.

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No podéis imaginar lo que es ir en un coche cargado hasta los topes, con un «transportín» con tres gatos y otros tres perros en la parte de atrás. Por supuesto, nos ocurrió de todo: nos paró la Guardia Urbana, nos quedamos sin casa un día antes del viaje…

Hasta aquí llega el tono jocoso y empieza un cabreo monumental con la compañía Transmediterránea. Motivado por una conducta irresponsable e inhumana frente a las animales que cobran por transportar. Sobra decir que no dudaría en meter una demanda si pudiese probar lo más grave de lo que explico a continuación; otras afirmaciones son una realidad en sí mismas. Disculpad si el texto no está tan pulido como debiere; aquí solo pretendo expresar mi descontento y denunciar públicamente una serie de sucesos.

Desinformación

1. tr. Dar información intencionadamente manipulada al servicio de ciertos fines.

2. tr. Dar información insuficiente u omitirla.

Nuestra nueva ‘adquisición’ tiene mal la cadera debido a continuas palizas y una rotura que se «soldó» al natural. Mover ese animal y a los dos que ya teníamos era difícil; ¿llevar una jaula colgada con los tres gatos, mientras paseas con tres perros por un barco atestado de gente desorientada? Imposible. Entre gritos y quejas, tuvimos que cargar a hombros al animal, bajo miradas de ASCO de algunas trabajadoras, réplicas y malos modos; también, como en todos lados, hubo personas pacientes, aunque nadie se ofreció a echarnos una mano.

Maltrato

1. tr. Tratar mal a alguien de palabra u obra. U. t. c. prnl.

2. tr. Menoscabar, echar a perder.

Mientras enjaulábamos en cubierta a los animales, los gatos continuaban en el garaje. Era uno de los temas que más aprensión nos daba, y se cumplieron (casi) todos nuestros miedos. Habíamos preguntado a CUATRO empleados diferentes durante toda la tarde, tanto en tierra (al recoger los billetes) como en el barco (en el garaje, a un miembro de la tripulación y en recepción) pero, cuando llegamos a las puertas para descender al parking de nuevo, un marinero nos cerró el paso.

En total habrían pasado unos cinco minutos, no obstante, habían cerrado el garaje y se negaban a dejarnos recoger a los gatos. Como es lógico, ignoré (ignoramos) al marinero y salí corriendo a toda mecha bajando los escalones metálicos de diez en diez para descubrir que las puertas todavía estaban abiertas. Para todos aquellos que no lo sepan, las emisiones de los motores convierten en tóxica el área de todas las cubiertas utilizadas como garaje. Por esta razón, encerrar a un animal allí durante una travesía es condenarlo a morir envenenado.

Frustración

1. f. Fracaso de una esperanza o deseo.

Caos, un tipo elegante (como Tomeu Penya).

Al día siguiente, sin saber cómo, conseguimos bajar a seis animales hasta el garaje. La quinta vez que pregunté, me dijeron que tenía que cargar con todos ellos juntos. El perro que habíamos recogido hacia solo quince días no lo conseguía. Así que tuve que llevarlo en brazos de nuevo. Las personas miraban sin comprender o, directamente , desviaban la vista, la puerta de la jaula de los gatos se salió de sus ejes varias veces y, de algún modo, entre pausas y nerviosismo conseguimos entrar en el coche. Habíamos atracado en Palma y el motor de nuestro Ford rugía, también histérico, cansado de mandar a tomar por culo a tanto incompetente.

Desafortunadamente, imagino que no será un caso aislado. Yo no volveré a viajar con Transmediterránea si puedo evitarlo, porque mi visión parcial (diez travesías) solo ha observado a empleados incompetentes y faltos de humanidad. Tampoco hay mucho bueno que decir sobre el resto de los pasajeros de este viaje, excepto por aquel hombre de la compañía que nos permitió, tras ver el percal, recoger los candados y la llave del camarote delante de aquellos que estaban ya haciendo cola. Quizá fue para que no armásemos lío por el medio, quizá lo hizo por deferencia. Sea como sea, fue la única persona que nos echó un cable durante las diez horas que duró el peor viaje de nuestras vidas. El único que nos tendió una mano amiga.