Carta a mi hija Marta

Ayer, visitando a un amigo en el hospital, me pasó algo alucinante. Un hombre me explicó que se moría, que nadie de su familia lo sabía y que no podía hablar con Marta, su hija. Me preguntó que a qué me dedicaba, y le dije que estoy intentando vivir como escritor. Él me pidió que le escribiese una carta, pero allí no pude. Hoy, sí he podido.

Solo sé que se llamaba —putas casualidades— Javier, como yo, y que la quería para su hija, Marta. A partir de aquí, todo lo que vais a leer es invención propia (excepto que ese hombre tenía cáncer y que las principales ideas que articulan este texto me las explicó él), pero deseo que la imagen general llegue hasta Marta. El texto va para todo aquel y aquella que quiere vivir de verdad su vida, y aprender una lección que no siempre se aprende por las buenas. Pero, Carta para mi hija Marta va, sobre todo, para Marta.

Marta:

Escribo esta carta porque nunca he sido un hombre valiente. Por eso, hoy, 9 de febrero, he trazado unas ideas en un papel y se las he dado a un chico de unos treinta y tantos que venía a visitar a un conocido. Me ha prometido que llegará a vosotros, de un modo u otro, y no sé si será verdad, pero le he creído.

Me estoy muriendo. En triaje, lo sabía. En la sala de espera, lo sabía. Antes de la primera prueba, lo sabía. Mi cumpleaños es de aquí a tres semanas, y todos los médicos están convencidos de que no llegaré a celebrarlo.

Estoy solo. Muerto de miedo. Tu madre no sabe nada: sigue trabajando dieciocho horas al día por ese ascenso que nunca llega; tus hermanos no saben nada: son demasiado pequeños para darse cuenta de que estoy hecho una mierda. ¿Los yayos? ¿Mis padres? ¿Hermanos? Demasiado ocupados perdiendo su vida; exactamente igual que lo que estaba haciendo yo hasta que me ha tocado morirme, supongo.

Estoy cansado. «El cáncer ha crecido hacia los vasos sanguíneos o nervios cercanos. Se ha propagado hacia los ganglios linfáticos y a otros órganos»; te transcribo lo que pone en uno de los informes. ¿El oncólogo dijo G3? ¿Dijo carcinomas neuroendocrinos? Estoy hasta los huevos de consultar cómo me estoy muriendo por Internet, así que no lo haré mientras todavía pueda escribir. Sé que dijo que se propaga rápido, y que me chutará todo tipo de venenos para intentar retrasar el avance.

No es que no crea en la ciencia. En quien no creo es en ningún Dios todopoderoso. Pero ya es tarde: ¿qué sentido tiene vivir unas semanas más en una cama? ¿ahogándote entre vómitos? ¿despidiéndote como una carga para tu ocupada familia y como un esperpento para tus hijos?

Así que me he largado al bar del hospital. Ese que está frente a la entrada principal del Valle de Hebrón y he escrito estas líneas. En Jerusalén, el nombre alberga la tumba de los patriarcas —quizá recuerdas cuando te lo expliqué, y tú hiciste ver que te dormías de aburrimiento, hija—. ¿Aquí? El prematuro cadáver de otro fulano.

Todo me da vueltas. He conseguido sacar un par de folios y estoy garabateando sin pensar. Ya te lo había dicho, ¿verdad? A mi alrededor veo caras preocupadas que bajan a comer, y otras tantas de alivio. No sé cómo me veré yo; he ido al baño a mear y me he visto como siempre: con ojeras, con barba, y con demasiadas canas para los cuarenta y cinco… No me duele demasiado. La morfina ayuda. Hoy, ayuda.

Supongo que escribo esto porque quiero dejar algo de mí esencia aquí; algo que perdure unas horas, unos días, cuando yo me haya ido. El típico vídeo que le dejas a tus hijos para que vean al final de su adolescencia, para poder ayudarles a seguir adelante en este mundo de mierda; para mentirles, y decirles que todo estará bien, que podrán vivir felices, hacer lo que quieran. Pero ese vídeo no iba a llegar hasta ellos: por eso escribo, y le doy esta carta a un extraño. Mi mujer la tiraría a la basura antes de que me hayan metido en el nicho; o me encajarán en una tumba por absurdas creencias que jamás compartí, pese a mi deseo expreso de una rápida incineración. Da igual. Tampoco lo voy a ver.

Dicen que quien agoniza suele arrepentirse de cinco cosas cuando ya no hay vuelta atrás: de no vivir fiel a sí mismo, de trabajar demasiado, de perder el contacto con los amigos, de no expresar sus sentimientos y de no elegir felicidad. Algunos parecen estar indefectiblemente ligados a los otros, ¿no crees?

No es que me arrepienta de todo, pero se me ocurren demasiadas cosas. Me arrepiento de haber seguido con tu madre por vosotros, y haberos perjudicado con mi egoísmo y mi cobardía; de casarme, porque era lo que se tenía que hacer, y de contentarme con ese trabajo de mierda como profesor que nunca quise aceptar, creyéndome mejor que eso, y nunca jamás demostrándolo. También me arrepiento de que terceros monopolizaran mi vida, y de creer que esta sería larga y habría tiempo para todo. Recuerda siempre que vivir es una elección constante, y que nada es eterno más allá de los instantes perfectos que podemos conservar en la memoria.

Tampoco me gustaría que estas líneas sonaran en tu cabeza como consejos de un idealista que ya no tiene tiempo ni para soñar, ni para resignarse; sé muy bien que la vida es dura, que hay que hacer sacrificios, que no todos conseguimos nuestro trabajo soñado, ni a aquel chico o chica que es perfecto a cualquier distancia —ahora que me marcho, supongo que ya no tendré que preocuparme por los que te van detrás: ten cabeza para saber decir no también.

Hemos construido un mundo donde hay ricos y hay pobres, y ahí ya se percibe el primero de muchos problemas. Pero ni los malos humores, ni el sacrificio, ni las cosas que odiamos son tan malas si no nos traicionamos a nosotros mismos: si peleamos por lo que queremos, si vivimos como queremos, si somos consecuentes con nuestros anhelos y aspiraciones.

Por favor, no leas esta carta como el sueño de un moribundo. Léela como el deseo de un padre para que su hija —sus hijos, cuando tus hermanos tengan la edad suficiente— no cometa los mismos errores, para que aprenda a aprovechar su vida, sea corta como la de su padre o larguísima como seguro que será. Otros intentarán que te traiciones a ti misma, que te conformes, que no luches por todo aquello que deseas alcanzar, pero no lo hagas; recuerda que ese camino lleva a donde yo estoy ahora. Cada día es un regalo para perseguir tus sueños o para apartarte un poco más de ellos, así que elige bien, y no hagas demasiado caso a este mundo hipócrita que nos ha tocado vivir.

Vuelve a leer aquel libro de Kerouac que te regalé, y recuérdame en aquellas palabras que no definieron a tu padre, pero que ojalá lo hubieran hecho; aquellas que decían: «La única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas.»

Te quiero, y espero tener el valor de decírtelo un centenar de veces cuando vuelva a casa. Al igual que tus hermanos, que no me entenderán, y a tu madre, quien no sé cuándo dejó de ser mi amiga, y la chica de la que me enamoré, y que siempre he esperado a que volviese, sin salir a buscarla. Si no es así, si no puedo hablar, perdóname esa última cobardía con esta carta.

Llevarse un libro a la tumba

Llevarse un libro a la tumba es el sexto relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

Entró, y se hizo el silencio. La sala enmudeció; el porcelánico del suelo brilló con dureza, y los hombres acercaron el cadáver hacia una ceremonia civil que el muerto jamás habría aceptado. El féretro descansaba en alto, apoyado en una estructura metálica a la que solo se le veían las patas. La bandera de la nación dormía sobre el ataúd por petición expresa de la familia, y ocultaba todo lo demás: huérfano de niño, atleta de juventud, militar de profesión. Pero la muerte no le llegó en el campo de batalla, sino a través de un cenicero, que recogía colillas, y más colillas, de tabaco rubio, que ennegrecieron durante cuatro décadas filtrándose en los bronquios.

El beso de la muerte (Cementerio del Pueblo Nuevo)

En la cafetería del tanatorio, José miró el café con leche de avena que le habían servido. La espuma giraba en el centro del líquido y adoptaba formas extrañas: un pez, una ballena, un rostro alargado, dos pulmones, un cerebro… Un viejo proverbio armenio dice: «Toma esta taza y que Dios la haga hablar». ¿Sería verdad?

Después, no ocurrió nada. La mayoría de los asistentes se excusaron, y los más allegados se dirigieron hacia el cementerio del Pueblo Nuevo en varios coches. Una vez allí, observaron sin demasiados prolegómenos cómo abrían un nicho, subían la caja y tapiaban el hueco con cemento, ayudándose de paleta y llana. A continuación, los dos operarios dieron el pésame a la familia y desaparecieron de la escena.

José se quedó allí, junto a sus hermanos, y su madre, y un pequeño séquito de familiares y amigos, que, en su mayoría, miraban incómodos una pared con decenas de cadáveres embutidos, y, ahora, uno más. Cada cual pasó su propio duelo, y se enfrentó a sus demonios con alcohol, lágrimas o ensoñaciones en tinta negra. Hubo quien se recluyó un poco más en sí mismo, y quien buscó consuelo en otras almas, en nuevos trabajos o en los viajes que aquel militar con cáncer nunca realizó.

A uno de los hijos, al que este breve relato presentaba en la cafetería, y, después, de pie, frente a la tumba de su padre, se le enquistó como un tumor la risa de su propio progenitor frente a sus anhelos, su búsqueda de pan entre las letras, su necesidad de escribir, de ser en otros, de sentir; textualmente.

No sería hasta muchos años más tarde, cuando alguien se apareció frente al nicho. El visitante, a quien las canas habían conquistado la tez, se acercó a la puerta de la sepultura e hizo aparecer una llave con la que abrir el acristalado. De allí, apartó unas flores muertas y, sin prisa, las lanzó contra una papelera cercana; del bolsillo de la gabardina extrajo un libro con su nombre, y también un bolígrafo, y no pudo evitar escribir una dedicatoria en el mismo. Esta solo decía: «Lo hice», pero, cuando lo dejó allí, tumbó el libro con la portada hacia abajo, para que nadie la leyese, ya que, quien debía hacerlo, no estaba, y quien no, no podría entender todo lo que dos palabras significaban. Se le ocurrió pensar en décadas de complicidad, de amistad, de enemistad, de gritos, de amor, de buenas relaciones, de malas relaciones, de dudas, y también de perdón; y luego, nunca más pensó tanto en ello, como una historia incompleta a la cual se ofreció el mejor final posible, y nada más.