Carta para Casandra

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«Memento mori, si vis vitam para mortem.»
(Si quieres soportar la vida, prepárate para la muerte.)

Hola,

Me dejó, y a ti esto te va a importar muy poco. Y no, lista, no lo ha hecho por otro, aunque hay un hijoputa implicado (por eso te escribo a ti: porque yo fui tu hijoputa). Supongo que estarás encerrada y quejándote por el coronavirus, como todo dios. Oí que te casaste. Una vez, cotilleé tu Facebook y vi que ya no te tiñes el pelo. Te imagino feliz (pelirroja), e incluso con algún crío en casa tocándote los ovarios entre tanto confinamiento, pero tendrás tus días, como yo, como ella. Quizá no hay niños en casa, y te pasas el día follando con tu maromo, o vuelves a estar soltera y en casa de tus padres. Yo qué sé.

Te voy a confesar varias cosas, Cas (y te voy a llamar Cas, porque te llamaba Cas y se me haría raro llamarte Casandra: aunque en el título quedaba bien, la verdad), empezaré por una parida y acabaré con algo más serio, ¿vale? Y tú, si quieres, me mandas a tomar por culo virtualmente, cierras la pestaña del navegador y te vas a beber una copa de vino, que digo yo que beberás vino, porque ya no tenemos edad para el Licor 43 y esas mierdas.

Confieso primero algo idiota, como te decía. Antes de 2019, escribía mucho más —también por aquí, en el blog, que ya está moribundo diría— y empezaba muchos textos así: «El otro día un amigo/a…» para introducir el tema. A veces, era verdad (que me lo había dicho un amigo, digo), y otras mentira (una licencia), pero me servía para encarar aquello que quería tratar. Por ejemplo, hoy podría decirte: «El otro día una amiga…» y ya te estaría mintiendo, porque si follas con alguien, no solo será una amiga: al menos, será una follamiga: que vaya palabra. Bueno, el otro día esta amiga me recomendó una película que no era la leche, por lo que no me sabe mal destriparte el final: verás, el protagonista está en un banco del parque después de que su madre, una judía ortodoxa, le haya chutado de casa por largarse a Tel Aviv a chuscar y (en esencia) por presentarle a una shiksa (una chica que no es judía). De repente, suena el teléfono y es la chavala que le mola, la shiksa, quedarán sesenta segundos de película, y el prota mira hacia donde está el espectador, se pasa por el forro de las pelotas la cuarta pared y dice: «Quieres saber cómo acaba la cosa, ¿eh? Pues te vas a quedar con las ganas.»

Hostia puta.

Eso es lo mejor de la película.

El resto, bueno… No ha sido una completa pérdida de tiempo, pero tampoco es 8 ½ de Felini.

Eso último, sin embargo, es real. Eso es nuestra propia existencia: hoy es el primer día del resto de tu vida y esas chorradas. Y un día lo será. Mientras tanto, cada día tu vida puede dar un giro de ciento ochenta grados, así que dicen que no vale la pena preocuparse por todo.

(¿Cuál será el secreto para conseguirlo?)

Vuelvo, que ya desvarío. Hace casi un año, ella me dijo que se iba de casa por un tiempo porque no se atrevió a decirme muchas cosas (quizá no las sabía: qué sé yo). Sé que contigo pasó algo similar, pero haber intentado hablar con ella: a mí no me vengas con rollos a estas alturas (podría aplicarme el cuento, ¿eh?).

Tranquila, porque esto no va de mi ex, que también es tu ex, pero espera, ya llego.

Algunas de las cosas que sentía, ella las sabía, yo las sabía, y muchas otras no, porque ambos somos carne de terapeuta. Recuerdo, sobre todo, esa sensación de bloqueo, de distancia, de vernos, pero no saber comunicarnos, de entender que amarse con locura no es suficiente  y, a veces, no es ni bueno.

Al principio, cuando me habló de espacio y tiempo yo la creí, pero luego ya no, ¿sabes? Luego, no supe qué pensar. Primero, me convencí de que podía arreglarlo, de que era yo, que era algo que estaba en mis manos: porque yo soy un tío romántico de cojones (no sé si me conociste tanto, pero creo que hasta ese punto sí) y siempre he pensado que, al final de la historia, el chico recupera a la chica. Después, vi que la chica no sabía qué cojones quería, que me acercaba una mano cuando yo me alejaba y me apartaba con la otra cuando me acercaba, que mis esfuerzos se veían como ataques, que la ausencia de una explicación era toda la respuesta que alguna vez recibiría.

Empezaron a pasar los meses. Lentos de cojones. Me deprimí. Mucho. A lo Robin Williams, estilo payaso triste, como decía Gandolfini en la piel de Tony Soprano: sonrisas rotas por dentro. Cuando estás bien jodido, y encima te obligas a poner buena cara, todavía te queda darte la gran hostia. Los minutos se vuelven horas. No duermes. No comes. Bebes (mucho), pero agua no, porque el agua es vida y la vida te sabe a poco. Yo, además, me peleo con las paredes para no reventar a hijoputas (pero hay que ser coherente y aceptar que, cada hijoputa, tiene su versión de la historia, ya lo hemos hablado arriba), pago facturas, empiezo a ir a terapia; me lleno el día de cosas y luego me lo vacío, porque no puedo con tanta mierda. Tengo todo tipo de oportunidades laborales, pero no consigo mantener nada y llegan los tropezones y los fracasos.

A grandes rasgos, eso es buena parte de mi 2019: poner buena cara, aguantarme las resacas y curarme unos nudillos cada vez más agrietados. Por eso, el coronavirus me come los huevos (no es eso tampoco, ya me entiendes: es una forma de hablar). Llega un día en el que solo veo obligaciones, Cas: cuidar de los chuchos, cuidar de los gatos (hasta una cerda vietnamita tenía en el jardín: no, no es broma; se llama Peggy Sue y está en un santuario de animales), trabajar, impuestos, incluso ir a entrenar al gimnasio. Exigencia pura y dura. Las cosas buenas de la vida —las que quedaban, porque muchas llevaban años siendo una mierda, solo que, en esta puta vorágine, necesitas parar y hacerte consciente— hace mucho que se fueron: una cena de verano en la terraza, conocer gente nueva, flirtear, hacer un estúpido curso de papiroflexia, un fin de semana viajando en el coche hacia ningún lugar, dormir abrazados y milimetrar todos y cada uno de los lunares de su espalda, follar, y sudar juntos, y hacer el amor, y sentirse vulnerables, y estar en casa.

Y el resto sigue igual, el mundo gira, tu exmujer folla con otros (o follará; o peor: hará el amor) y tú no tienes ganas de follarte a nadie (ni de ser follado, ni deseado, ni escuchado, ni entendido). Por las noches, cuando no duermes, la depresión se acuesta en su lado de la cama y te susurra toda clase de locuras, y tú unos días te levantas y te largas a caminar de madrugada por las calles vacías de la urbanización, otros coges una botella de JB de la cocina y te obligas a caer inconsciente. Llegará el día en que pidas ayuda, en que llores, en que te abraces a los demás y empieces a hacer cosas constructivas por ti mismo, pero todavía no.

La primera vez aflora sutil, casi etéreo: un comentario que ni tú sabes muy bien qué significa, una fantasía un tanto deprimente, una pequeña mota negra en tu día gris, muy gris. Es raro que alguien le dé demasiada importancia. Bueno, estás depre, tu vida ha cambiado, hay que construir una nueva rutina y bla, bla, bla. Después, mucha gente hace más y más comentarios, incluso pide ayuda, busca apoyo para salir de una situación insoportable a la que no sabe cómo ha llegado… y, lo más triste, es que muchas veces esa ayuda no llega. Pero yo voy a ser sincero contigo, como intento ser siempre: yo no hice nada de eso, en realidad. Recuerdo algún comentario, ya te digo, pero ya está: eso fue todo. Nadie debió darle mucha importancia y pasó inadvertido. La vida seguía, imagino: dos meses antes, monté una empresa; un mes antes, me examiné y aprobé mi segundo Dan de kendo (sí, también hago kendo, como ella, aunque no por ella). Y, entre octubre y noviembre, empecé a ir a terapia.

En noviembre, y te vas a reír (supongo que no), no recuerdo la fecha exacta (así eran mis días), pero sé que fue entre semana y para finales de mes, subí al coche e intenté suicidarme. No, no voy a entrar en detalles, por lo del efecto Werther, ya sabes.

No me maté de milagro.

Fue cosa de un segundo de diferencia, creo. Como mucho.

Me eché a llorar.

Recuerdo que no podía parar de llorar.

Mi cara, mi ropa, la tapicería del Ford, todo quedó empapado de lágrimas y sudor.

Esa mañana había tocado fondo.

Me había intentado quitar la vida.

Me salvó el puto instinto de supervivencia en una situación límite.

Me salvé yo, supongo.

No quería morir, pero, por primera vez en mucho tiempo, entendí que no sabía vivir.

De eso va esta carta, Cas. Quería decirte que me intenté suicidar en noviembre y, no sé por qué, pero antes de que lo sepa mucha gente (algunas personas lo saben: ella lo sabe), quiero que tú también lo sepas, porque sigo acordándome de ti, porque me hubiera gustado hablar contigo a lo largo de estos diez años, porque, aunque estuviera enamorado de tu novia (y ella de mí), me encantaba pasar por el piso a verte a media tarde, charlar contigo: nuestra relación.

Ahora, solo voy a terapia una vez por semana y, pronto, cada dos. He descubierto muchas cosas: que sufrí un shock emocional, que ella y yo generamos una relación de codependencia insana, que amarse no basta, que quizá todos tenemos dentro mucho de tragedia y mucho de comedia y, sobre todo, ¿por qué cojones nos pasamos la vida negando eso, tía?

Y no sé por qué escribo esto. No es por ti, ni por mí ya. Si fuera por ti, te buscaría y te llevaría un par de hojas impresas; si fuese por mí, lo escribiría y lo borraría. Creo que es porque mucha gente leerá esto y seguirá pensando que hay algo mal en mí y en todas las personas que sufren depresión. Así de simple. Esa gente se tragará su propio discurso, no se preguntará nunca nada y, si no le toca de cerca, seguirá mirando hacia otro lado el resto de sus vidas.

Y te confieso que fantaseo, y pienso que, a lo mejor, igual que se me murió el perro y todo dios conoció su historia por unos meses, a lo mejor ahora alguien se lee este texto, se mira mi currículo y me da trabajo. Y los compañeros y las compañeras de la oficina me señalarán por detrás cuando vaya a mear al baño (o yo diré que voy a mear, porque la gente no decimos en público que vamos a cagar, aunque vayamos a cagar) y se dirán entre ellos que sí, que ese soy yo, el que encontró el modo de lucrarse tras un intento de suicidio; y otras veces pienso que, en este país, hay que ser muy valiente para contratar a alguien tan tarado como para ponerse a proclamar que se hundió en una depresión y se intentó quitar la vida y que, quizá, no trabajo por cuenta ajena en mi puta vida otra vez; pero, sobre todo, pienso: ¡qué coño!, esto es España, y se suicidan CUATRO MIL PERSONAS con nombres y apellidos cada puto año y llevamos medio siglo, por lo menos, sin hacer suficiente, así que ¿por qué unas pocas líneas van a marcar alguna diferencia?

Quién sabe, Casandra. (Ahora te llamo Casandra, porque me he puesto serio.) Yo lo único que sé es que no soy ningún cobarde, que te vas hundiendo, y pruebas cosas, y esas cosas te alivian un poco al principio y, luego, lo complican todo más todavía y, esto es lo que la gente no entiende en su mayoría, que llega el día que lo que es un final, lo ves como la única opción para dejar de sufrir.

No, Cas. Yo no soy un cobarde. Soy un puto superviviente. Superviviente de una depresión y de un intento de suicidio. Y no me avergüenzo, ¿sabes? Y habrá imbéciles que dirán que no es cosa de proclamarlo a los cuatro vientos, otros sentirán pena por mí, pero están equivocados y equivocadas, porque ese es el problema real: el tabú, el esconder las cosas bajo la alfombra, el creernos invencibles y el no atrevernos, jamás, a desnudar nuestra alma frente a los demás. A no poder o no saber contestar, con sinceridad, a un ¿estás bien? A sentir miedo de expresar tus emociones, de echarte a llorar cuando necesitas llorar o de tener que mantener esa estúpida pose a lo Clint Eastwood apolillao. A no saber cómo pedir a un amigo o decirle a un familiar que se quede contigo, que te dé un abrazo, que te repita que las cosas irán a mejor hasta que te canses de oírlo.

En fin, Cas. Siento haberte usado de licencia poética. Aunque creo en todo lo que te he dicho. Si me ves, no me conoces: tengo más canas que pelos negros ya, voy bastante tatuado (aunque no tanto como me gustaría y, sí, tranquila, yo también llevo alguno por ella: si no te lo has borrado, no estás sola en eso). A grandes rasgos, sigo siendo un idiota, pero algo más sabio. ¡Ah! Y, a veces, ahora me pongo hasta camisa. Pero si me ves un día, o crees verme, o nos volvemos a cruzar, yo te voy a sonreír, ¿vale? Aunque tú sigas pensando que yo soy un hijoputa, que lo entiendo: no sabes cómo te entiendo…


Si has pensado en suicidarte:

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Llama al 717 00 37 17 (Teléfono de la Esperanza).