La vida en si bemol (II)

La perspectiva de vida y muerte que estamos desgajando tiene un núcleo antropocéntrico que pone al ser humano como medida de todas las cosas. No quiere decir esto que el mundo exista, físicamente, gracias a que los seres humanos (o humanoides, o alienígenas con conciencia, etc.) existan, respiren y piensen, pues el mundo en sí mismo podría existir perfectamente (y mejor) sin necesidad de conciencias, pero solo existiría en la medida en que lo haría la diosa Visnú si viviese en el centro de la Tierra y nadie la viese, ni pensase en ella ni intentase probar su existencia en toda la eternidad. En otras palabras, si no existen consciencias capaces de pensar en el mundo, ahora o en un futuro, no es relevante que el mundo exista o no.

Otra forma de vivir

De este modo, mientras la física nos dice que somos innecesarios (1), que podemos estudiar el universo por su juventud (2) y que es probable que ni un Dios como el de las religiones monoteístas ni los dioses de cualquier otra doctrina existan, la razón parece susurrar que la respuesta de la existencia y la supervivencia de la especie debe quedar en manos humanas.

La religión vuelve al argumento de la causa primera para entender todo lo que hay a nuestro alrededor, no da pruebas, sino que se explica mediante la ausencia de las mismas. Es decir, a diferencia de la ciencia, y ayudada por la fe, la religión nos dice que existe el monstruo del lago Ness y, como no hemos podido verlo nunca, deberían probarnos que no es así. Racionalmente, el argumento de un Dios cristiano es tan viable como la existencia de un Monstruo de Espagueti Volador (Flying Spaghetti Monster), como puede comprobarse a través de la crítica ontológica que hace el pastafarismo (Henderson, 2005). Por suerte, o gracias a Dios (quién sabe si es un tío verdaderamente gracioso), la argumentación religiosa tradicional es circular: se basa en a) libro sagrado, b) dios, c) fe; todo lo anterior es creación humana, pero se le atribuye la condición de divina y, paralelamente, se hace una lectura que se legitima en ambas direcciones: el hombre legitima a Dios, y Dios legitima al hombre.

Monstruo espagueti
Es el Monstruo de Espagueti Volador, you know.

La respuesta más simple (agnosticismo o ateísmo) es que no existen pruebas que nos puedan hacer creer en esto, sino que la existencia se fundamenta en un “haber” que recoge en su sino miedo, tradición (el paso del mito al logos, por ejemplo) y frustración por la incomprensión: no nos gusta aquello que no entendemos, pero muchos somos demasiado vagos para dedicar demasiado tiempo a pensar en una solución lógica que se adecue con la realidad, por lo que solemos tener la capacidad de conformarnos con algo intermedio.

A través del Big Bang, la teoría M y la teoría de cuerdas, la física, en cambio, explica el porqué, y debería ser un deber humano aprender qué y cómo ocurren las cosas; a diferencia de la religión que busca una aceptación, la ciencia busca la razón. ¿Por qué?

Como seres humanos, nuestro proceso natural es nacer, crecer, envejecer y morir; por el camino, podemos decidir reproducirnos (es divertido), y poco más. Aquí no vamos a entrar en perspectivas freudianas, pues me parece una soberana tontería legitimar la propia existencia a través del sexo, y mucho menos marxistas (o capitalistas que, al menos, en esto, no difieren tanto) que, en última instancia, se definen mediante el trabajo. De igual modo, no veo sentido a perder el tiempo hablando de clásicos, porque estos (bueno, Aristóteles) nos llevarán a Kant y a su Idea para la historia universal, y de ahí al desarrollo histórico de Hegel, o a las ideas de Marx está el canto de un duro.

Ahora, nos asaltan tres problemas mucho más graves que los anteriores, pues no condicionan nuestra no-existencia, sino nuestra existencia-presente. ¿Qué quiere decir esto? Principalmente que tenemos dos opciones: buscar una solución a la muerte (no os riáis), o aceptarla con estoicismo como se viene haciendo hasta ahora. Al margen, sobre todo las generaciones cercanas a la mía y, en especial, la mía (generación Y, o milennials según he oído) no tenemos ningún interés en forjarnos un futuro, y hemos quedado bastante tocados con el tema de que no haya trabajo, ni seguridad económica, ni valores universales… Nosotros, vemos corrupción, un futuro negro y un presente por vivir, y firmamos porque no hay más cojones, ¿o no?

Sin embargo, a la vez, si no hay futuro, nos hacemos un poco más punks y nos gustan más todavía los Sex Pystols que a nuestros padres. Y nos preguntamos: primero, por qué trabajar; segundo —que podría definirse de una forma un tanto más abstracta—, ¿por qué preocuparse, o por qué tomarse la vida tan en serio?, y, tercero, ¿por qué aceptar la muerte? Hace cien años, la tercera pregunta se resolvía rápidamente de un modo similar a como se había hecho siempre: “No hay otra opción”, se decía; ¿y ahora? ¿Sigue siendo así? Bueno, vamos con las dos primeras.

(Y continuará. Lo siento de nuevo.)

Sobre la muerte (II)

La importancia del mito al logos

La verdad es una, los sabios hablan de ella por muchos nombres.

Rig-veda

El cambio de mentalidad paulatino entre un universo en constante caos hacia un mundo regido por leyes naturales —y también su contrapunto metafísico— resulta capital para entender la vida y la muerte desde la perspectiva humana. Las actitudes míticas, o el misticismo propio de los pueblos previos a la razón clásica, se basaban en la atribución de características fantásticas y maravillosas a los sucesos cuya explicación era desconocida. Esta actitud, por ejemplo, podemos encontrarla en Egipto y Babilonia, extendiéndose hasta Grecia y Roma, donde pese a la aparición e imposición del pensamiento racional, los mitos originarios prevalecieron en el imaginario colectivo a través de la literatura y el culto a los dioses.

Según Mircea Eliade, los acontecimientos de la naturaleza que se repiten periódicamente se explican como consecuencia de los sucesos narrados en el mito, por ejemplo, el cambio de estación, un eclipse solar, etcétera. A su vez, el mitólogo Joseph Cambell desglosaba las funciones y el triunfo del mito en cuatro proposiciones útiles:

  1. La función metafísica: despertar un sentido de asombro ante el misterio del ser
  2. La función cosmológica: explicación de la forma del universo
  3. La función sociológica: validar y apoyar el orden social existente
  4. La función psicológica: guía del individuo a través de las etapas de la vida
"El libro de las maravillas" era una obra práctica donde se ilustraban rutas de comercio, tipos de mercancías y otras precauciones para mercaderes.
«El libro de las maravillas» era una obra práctica donde se ilustraban rutas de comercio, tipos de mercancías y otras precauciones para mercaderes.

Por otra parte, la concepción de muerte como algo totalmente contrario a la vida, y como el fin de la misma, sí es algo comprendido de forma inherente. De este modo, la metafísica se contrapone a la física, por lo que no es extraño que, durante siglos, se resolviese como hipotética explicación de esta.

Más allá de la religión o la espiritualidad, contamos con numerosas fuentes que, con influencias previas, han buscado una inmortalidad más tangible: las aguas curativas de Novelas de Alejandro o Los viajes de Marco Polo son obras que, sin lugar a dudas, también influenciaron al adelantado español Juan Ponce de León en su búsqueda de la eternidad a través del continente americano, donde descubrió que existían leyendas similares entre los araguacos y a través de todo el Mar Caribe. Y es que, a pesar de esa distinción europea y etnocéntrica entre los pueblos bárbaros y civilizados, este  ha sido siempre un miedo humano y universal.

La literatura, el cine y el imaginario colectivo

Esta corona del que ríe, esta corona de rosas ¡a vosotros, hermanos míos, os arrojo esta corona! Yo he santificado el reír; vosotros hombres superiores, aprended – ¡a reír!

Friedrich Nietzsche

A medida que nos acercamos a la modernidad, nos encontramos, de nuevo, con ese ideal. En este caso, pervertido en la literatura  con Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Shelley, Drácula de Bram Stoker y todo el imaginario colectivo que empezó a dar vida a la figura del monstruo. Ese álter ego que tanto nos repugna como nos atrae, que nos aterra y nos seduce con la idea de traspasar las puertas de la muerte, de traer vida desde el otro lado o, simplemente, de vivir eternamente; comprendida como una necesidad humana que debe relacionarse con la ilusión de supervivencia y de perpetuación, a menudo satisfecha a través de nuestros descendientes (véase Freud, por ejemplo) o nuestra obra material.

A lo largo de la historia de la humanidad, se ha demostrado, como ya anticipó Schopenhauer, que la muerte es un acto creador de vida, así como la vida es un acto creador de muerte: todo lo que nace está destinado a morir, pero con su muerte aparece el germen de otra vida.

Aunque cada recién nacido aparezca lozano y alegre, esto no debiera ser considerado como un regalo, pues es consecuencia necesaria de la vejez y muerte de otro, el que llevaría en sí el germen de la inmortalidad heredado ahora por el recién nacido y ambos representarían una misma esencia.

Sobre Schopenhauer, en Magia del vitalismo romántico alemán (A. Sonnenfeld)

Por otra parte, como sociedad, podríamos considerarnos una unicidad, un todo de conciencias individuales, donde el destino de cualquiera de las partes está ligado al resto. Para que cada uno de nosotros nazca, otro ha tenido que morir, afirmaba Schopenhauer. Y esa afirmación, para mí, tiene mucho de aquella antigua frase del poeta griego Sófocles, que rezaba: “No haber nacido nunca puede ser el mejor de los favores.

La conciencia omnipresente de muerte se representa como algo enteramente humano, que no puede percibirse como trágico debido a su sentido natural y lógico, más que para aquellos dotados de razón e incertidumbre. Debemos comprender que el germen de la creación solo está en nosotros durante un tiempo limitado por lo que, desde una vertiente práctica, sin muerte no puede haber vida.

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¿O sí?

La muerte como enfermedad

¿Qué ocurre cuando multiplicamos nuestra esperanza de vida por diez, cien o infinito? ¿Pierde sentido el proceso natural o estamos alcanzando un punto en el cual podemos sustituir el proceso tradicional por otro distinto? ¿Existe un proceso natural o no es más que el único proceso al que teníamos que resignarnos? Estas preguntas son capitales cuando el gerontólogo Aubrey de Grey afirmó hace casi diez años que la medicina regenerativa es una realidad a corto plazo, no una probabilidad.

De Grey comprende la vejez como una enfermedad, no como un proceso natural, por lo que entiende que se deben estudiar los síntomas, tratar y curar los distintos puntos que afectan al envejecimiento de nuestros cuerpos y, sobre todo, de nuestras mentes.

Por otra parte, consciente de que vivir más tiempo y mediante una juventud (casi) eterna entraña una serie de riesgos sociales y una serie de planteamientos éticos publicó la obra Ending Aging (2007) que se preocupa por remarcar unas pautas ideales de uso.

La muerte dejará de asociarse a la vejez.

Aubrey de Grey

Todo ello plantea una serie de preguntas muy reveladoras aunque, quizá, la principal sea: “¿Será posible ofrecer el milagro de la eterna juventud a corto plazo?” Si la respuesta es afirmativa, se presentarán preguntas todavía más revolucionarias si cabe, como:

  1. ¿Quién podrá vivir eternamente?
  2. ¿Es viable la vida eterna con un tercio de la población mundial sobreviviendo bajo el umbral de la pobreza?
  3. ¿Será un invento democrático o quedará reservado para una élite (económica, política…)?

Sin embargo, la pregunta más importante de todas tendría relación más bien con la moralidad inherente en el acto. Si detenemos nuestro envejecimiento, si podemos vivir eternamente, será necesario controlar la natalidad, como mínimo, hasta conseguir los recursos suficientes para la supervivencia de todos, ¿tenemos alguna deuda moral con la misma naturaleza? ¿Con la regeneración de la especie? ¿Necesitaremos a los dioses?

Se abre un intenso debate.

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Sobre la muerte (I)

Introducción

Jamás me he encontrado con alguien que se entusiasme cuando le hacen una encuesta. Sin embargo, admito que son un modo excelente de recoger datos con los que resolver cuestiones en las que no resulta sencillo emitir un veredicto o conclusión: cómo consigue audiencia Antena 3 un domingo por la tarde, por qué George Lucas preparó una segunda trilogía de La guerra de las galaxias, qué ser antediluviano movió los hilos para otorgar la fama a Mario Vaquerizo… Críptico, velado, oscuro: en definitiva, muy complicado.

Cthulhu, ideado por el escritor H.P. Lovecraft, es una criatura extraterrestre con poderes similares a los de un dios.
Cthulhu, ideado por el escritor H.P. Lovecraft, es una criatura extraterrestre con poderes similares a los de un dios.

La muerte, como concepto y final, es otro de esos temas que hace perder horas, días, meses o vidas enteras a su alrededor. El sentido de la vida, el porqué de la existencia y, por descontado, el de la no-existencia, nos obliga a plantearnos una serie de cuestiones de forma consciente e, incluso, inconsciente. Gracias a la Guía del autoestopista galáctico (Anagrama, 2005) sabemos que la respuesta a todas estas preguntas es 42 —el principal problema es que todavía no conocemos la pregunta.

Por otra parte, es difícil enfrentar estos miedos y, si no somos religiosos, solemos intentar o bien no pensar en ellos, o bien adoptar una actitud estoica frente a los mismos, es decir, repetirnos constantemente las afirmaciones que presentaba Epicuro de Samos en su Carta a Meneceo. Epicuro afirmaba:

Acostúmbrate a pensar que la muerte para nosotros no es nada, porque todo el bien y todo el mal residen en las sensaciones, y precisamente la muerte consiste en estar privado de sensación. Por tanto, la recta convicción de que la muerte no es nada para nosotros nos hace agradable la mortalidad de la vida; no porque le añada un tiempo indefinido, sino porque nos priva de un afán desmesurado de inmortalidad.

Y concluía:

Así pues, la muerte no es real ni para los vivos ni para los muertos, ya que está lejos de los primeros y, cuando se acerca a los segundos, éstos han desaparecido ya.

Por otra parte, el pensador francés Georges Bataille repitió una y otra vez que eso era imposible y que la única forma de evitar pensar en la parca era a través de los estados alterados, el orgasmo (la petite mort, entendida como la pérdida del estado de conciencia en el periodo posorgámisco) y la no-existencia. Aquí, el principal problema es que se te cansa la mano. O lo que no es la mano. O se cansa tu mujer.

No hace mucho, Stephen Hawking y Leonard Mlodinow dieron la puntilla. Hace un par de años, plantearon una posible explicación de cómo se formó el universo y por qué este proceso no necesitaba un dios para ello, teoría que puede consultarse en El gran diseño (Crítica, 2010). Sus premisas se apoyan en la Teoría-M (o Teoría Universal) para dar un posible sentido a nuestro universo y a los hipotéticos, factibles e infinitos universos paralelos al nuestro. Es una lectura adaptada al gran público, aunque no es, en absoluto, sencilla.

Consciencia de muerte

El concepto de muerte ha sido tratado, discutido, respetado y perpetrado desde la Antigüedad. Las primeras evidencias de ritos funerarios datan de finales del Paleolítico Superior aunque, debido a la subjetividad del concepto, resulta difícil fechar el inicio de estas prácticas. Deberíamos plantearnos, al menos, las siguientes preguntas:

  1. ¿Qué es un rito funerario?
  2. ¿Sigue un patrón social definido o, simplemente, requiere tomar conciencia del prójimo?

En lo que todos deberíamos estar de acuerdo es que deben existir una serie de premisas que permitan distinguir una inhumación práctica (para protegerse de otros predadores, por el mal olor, etcétera) de una honra por el ser que ya no está. Por otra parte, parece etnocéntrico, a falta de una palabra mejor, creer que especies o antepasados con una estructura social y una inteligencia similar no tuviesen consciencia de muerte ni realizasen rituales de ningún tipo.

Sí deberíamos concluir que la muerte existe en la medida en que “el otro” nos permite hacernos consciente de la misma. Es decir, jamás podemos ser conscientes del estado “de muerte” si no es gracias al prójimo. Aquí, se debería diferenciar entre a) consciencia del concepto de muerte y b) consciencia de la propia muerte, siguiendo la línea de las afirmaciones del filósofo español Jesús Mosterín, quien afirma que los humanos somos los únicos animales conscientes de que la muerte nos aguarda, los únicos que sabemos que vamos a morir. De todos modos, es posible que otros animales también tengan conciencia de la muerte como, por ejemplo, los elefantes.

Cadáver de un elefante adulto.
Cadáver de un elefante adulto.

La gran diferencia que aquí se observa es el modo de vida: el ser humano tiene potestad de vivir en el pasado, presente e incluso en un futuro escatológico a través de la imaginación, mientras que los animales viven un eterno presente. Esto es notablemente divergente a la idea de que los animales no son conscientes de la muerte, como demuestra la actitud de especies domésticas tras la pérdida de un ser querido o de los grupos de elefantes y su peculiar conciencia de la muerte de otros miembros del grupo.

Cuando un elefante muere, toda la manada se preocupa. Si se trata de una cría, su madre permanece junto al cadáver varios días e incluso trata de transportarla consigo con ayuda de su trompa y sus colmillos. El resto de la manada permanece a su lado o reduce el paso. Cuando se muere un adulto, los otros elefantes tratan de levantarlo y no se separan de él hasta que sus restos entran en putrefacción. A veces velan el cadáver, ahuyentando a los carroñeros, e incluso medio lo entierran con hojarasca. La muerte de la matriarca de la familia causa una general consternación y puede conducir a la disgregación del grupo.

A pesar de ello, en el caso que nos ocupa, la importancia de este dato es menor, pues lo que nos interesa comprender es que los entierros conllevan un sustrato cultural y una habilidad empática que se relaciona con un culto a los muertos que no siempre existió, de igual forma que existe una diferencia clara entre la consciencia de muerte y la consciencia de la propia muerte. Estos conceptos son básicos para entender la representación mental de la muerte concepto y sus implicaciones prácticas en vida.

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Por qué utilizar células embrionarias para la ciencia

La realidad siempre supera a la ficción y, como ya se ha demostrado en reiteradas ocasiones, lo hace tanto para lo bueno como para lo malo. Más pronto que tarde, muchas de las historias que aparecen en el cine o la literatura anteceden una realidad. Todo esto tiene una explicación, y es que todo aquello que propone la ciencia ficción tiene una base científica innegable.

Célula madre embrionaria.
Célula madre embrionaria.

Esta semana, el descubrimiento que estará en boca de todos es la posible creación de células madre a partir de una clonación; este hallazgo que, con total certeza, es el primero de muchos en la misma línea, abre viejas heridas que la Iglesia y muchos estados están omitiendo e intentando ignorar sin frutos.

Como explican los redactores de El Periódico, la novedad es que pese a que no se trata de la primera vez que se clona una célula humana, todos los intentos anteriores fracasaron muy rápidamente y no superaron las ocho células de desarrollo embrionario, muy por debajo de la fase de blastocisto necesaria para la obtención de células madre útiles con finalidad científica; en cambio, en la Universidad de Salud y Ciencia de Oregón (OHSU) se ha logrado una estructura compleja de unas 150 células, mayor incluso que la que se implanta a las mujeres que siguen tratamientos de fertilidad.

El trabajo de este grupo de científicos puede proveer a la sociedad de terapias de curación para enfermedades neurodegenerativas, de creación de tejidos e incluso mejorar la esperanza de vida. Además, han conseguido inhibir el rechazo de estas células por el propio cuerpo, ya que las reconocerá como propias.

Rápidamente, el equipo científico se ha apresurado a hacer dos puntualizaciones:

  1. Este método no puede clonar seres humanos
  2. Esa no es la intención ni la búsqueda científica del equipo del OHSU

Sin desmerecer la grandísima labor de este equipo, ahora es cuando empezarán, de nuevo, los verdaderos problemas éticos. El miedo por la clonación de seres humanos tiene sentido. Nuestra sociedad (occidental) legitima la libertad individual, en teoría, hasta donde empieza la del prójimo; si pudiésemos crear clones, idénticos a nosotros, ¿cómo podríamos diferenciarnos de ellos? Por esta razón, sería interesante empezar a legislar sobre la base de esta posibilidad pues, aunque no es plausible aún, ya no es ciencia ficción.

Por otra parte, si en la práctica se puede probar que la creación de humanos idénticos entre sí es posible, la humanidad ocuparía el lugar que, tradicionalmente, mantiene el dios creador.

  1. Crear a una persona mediante tales medios demostraría que no es necesario la voluntad creadora de una divinidad
  2. Si podemos crear a dos seres iguales, debemos aceptar que el alma humana (la cual se afirma que es única en cada ser), no existe
  3. O bien, afirmar que los posibles clones no poseen alma humana y, por lo tanto, no son humanos

Para la Iglesia, con razón, la ciencia lleva décadas sobrepasando los límites de la ética. Sin embargo, si empezamos a tener a nuestra disposición esos “milagros médicos”, ¿qué ocurrirá con la necesidad de la fe? Las células madre entran en conflicto con los posicionamientos éticos y religiosos tradicionales, porque empiezan a destruir esa necesidad de metafísica.

Ahora, queda por decidir si el ser humano puede acoger finalmente el papel que, tradicionalmente, se asimila a las divinidades o, por el contrario, entramos en un terreno resbaladizo que entraña más riesgos que ventajas.