Se acabó

Los ojos de un animal tienen el poder de hablar un gran lenguaje.

Martin Buber (Viena, 1878 – Jerusalén, 1965)

Estoy bien. Estoy muy bien, pero se acabó: cierro el blog. No me gustaría que nadie lea la entrada anterior y crea que estoy mal, que estoy en peligro o que necesito ayuda. Aclaro que no es así. No lo estoy: estoy muy bien, en realidad, pese a que un confinamiento no es el ideal para (casi) nadie.

2019 fue una gran mierda.

(Casi acaba conmigo.)

2020 no ha sido mucho mejor.

Ahora, estoy bien. He aprendido que la vida y las emociones son como el tiempo, ¿sabes? Un día llueve, otro está nublado y otro hace un sol de mil demonios, pero tú te levantas de la cama  y sales a la calle a pasear al perro, y quedas con gente, y trabajas, y juegas con las cartas que te han dado.

Empecé a escribir Doblando tentáculos en Caimari, un pueblecito de Mallorca al que me mudé con mi novia, que luego fue mi mujer y, ahora, ya sabéis. La casa se nos la cedieron sus padres y allí comencé a tomarme esto de las letras más en serio. Hay mucho que agradecer, siempre, pero, a menudo, se nos olvida, ¿verdad? Eso es otra cosa que he aprendido: todo el mundo lo hace lo mejor que sabe. No es excusa para no enfrentar y afrontar las consecuencias, pero sí es un buen motivo para seguir viviendo.

Cierro el blog. Lo cierro ahora que vivo solo y con perspectivas de compartir casa (¡a mis 34!, al final será verdad aquello que decía mi padre de que yo todo lo hago al revés). En esencia, ya la comparto —con Dana, con Argos: mis perros, que están viejos de cojones, y duermen casi todo el día—, pero me refiero a dejar entrar a otras personas, a la casa, a mi vida. Lo cierro, en parte, porque de los temas de los que escribía, siento que no me quedan cosas por decir (mas allá de las columnas de opinión: a estas les encontraré otro hogar), pero, sobre todo, miento (y me miento) como un bellaco: lo cierro para seguir aprendiendo a desprenderme de las cosas, a despegarme (y a desapegarme), a demostrarme que hay un momento y un lugar: esa mierda de que las personas somos como ríos (a veces, nuestros cursos van en paralelo y otras se separan). Qué cierto.

Escribo estas líneas agradecido. Un poco triste, supongo. Agradecido a mi exmujer, por todo lo que me ha enseñado estos años (sobre todo, por forzarme a abrir el blog y por confiar tanto en mí: hay cosas que nunca podemos decir tanto como nos gustaría), agradecido a mis amigos, que se pasaban por aquí mucho más de lo que yo creía; a los editores de aquel libro de ética, que vieron algo en algunos de mis textos, y se lanzaron a apoyarme (espero que no les haya salido muy mal). Agradecido al blog, si eso es posible, que me ha enseñado a escribir (o a escribir mejor), que me ha dado mil oportunidades, que ha sido germen de una novela que seguro que algún día publicaré (hace mucho que no soy capaz de sacarla del cajón, pero eso es otra historia). Agradecido a todo aquel que leyó una entrada, aunque solo fuera una, por haberme acompañado en este viaje.

En una despedida, si uno quiere decirlo todo la caga. Quedaos con que sigo escribiendo, con que vuelvo a enfocarme en mis pasiones. De vuelta, al camino. Ya vomité hasta hacerme cliché. Ya vacié las botellas en el fregadero. Ya me fumé unos cuantos cigarrillos y descubrí que ese vicio no iba a volver. Cierro ya, pero con buen sabor de boca, porque todo tiene un principio y un final —todo: creedme— y no por eso vamos a dejar de disfrutar del viaje, ¿verdad?

Gracias.

J.

P.S.: Dejo una foto de Caos que hizo Laura, porque ¿qué os iba a dejar para la posteridad? ¿Mi jeta? Vamos, no me jodas.