Releer un texto

Releer un buen libro es algo maravilloso. Por el contrario, volver demasiado a aquello que uno mismo escribió es cancerígeno. Uno de los ejemplos más conocido es La familia de Pascual Duarteobra que Cela modificó y corrigió decenas de veces incluso tras su publicación en 1942. También ocurrió con La conjura de los necios que, de algún modo, llevó al suicidio a ese álter ego del genio de los cuadernos Gran Jefe.

Sobre este tema, siempre nos movemos entre extremos. Hay autores a los que puedes imaginar revisar cientos de veces un texto: Javier Marías, por ejemplo, es uno de ellos; en su prosa, percibes que hay días de trabajo en los que, simplemente, se dedicaron a buscar el ritmo adecuado, la carnalidad del texto, el concepto exacto que ocupa cada escena. Otros, en cambio, parecería que nunca les importó emborronar un manuscrito y adornarlo con unas cuantas manchas de vino, como Bukowski o Kerouac; ni darle más vueltas de las necesarias a esa historia que rondaba sus mentes, como Saramago, quien se atrevió a adaptar las letras a su psique, y nunca más a la inversa.

Javier Marías (máquina de escribir)
Javier Marías, escritor y académico que sigue siendo fiel a su máquina de escribir.

Estas últimas semanas me ha ocurrido algo similar con este blog. De vez en cuando, me encuentro corrigiendo a mano algunas viejas columnas de opinión y suspirando sobre quién era. Suelen decirnos que cada época tiene un estilo que se refleja en la literatura, pero esto es algo que también ocurre en la propia escritura.

El por qué sucede ahora conmigo tiene mucho que ver con una obra que parece seguir los pasos que siempre deseé, y de varios proyectos que empiezo a amontonar sobre la mesa: hay uno sobre Caos de quien no me olvido ni un solo día y otro sobre la 66; también hay una recopilación con siete relatos de los que solo he conseguido escribir cinco de ellos.

Galena (Route 66)
Grúa personalizada como Mate de las películas Cars y Cars 2, en Galena (Kansas).

A todo esto, excepto al primer proyecto que comentaba, todavía le faltan meses para pasar por este proceso  de constante corrección y lectura, mientras que, para la mayoría de los cientos de textos que están enterrados en este blog, ese tiempo ya pasó.

Sin embargo, cualquier madrugada me descubro releyendo y garabateando en papel la esencia de los mismos; esta manía, además, se acentúa con los primeros —los treinta o cuarenta con los que arrancó el blog—, mientras que los más cercanos se liberan de esa carga que, yo mismo, me autoimpongo.

Al final, la mierda es mierda y el oro es oro, y la mierda no se puede convertir en oro ni el oro se puede convertir en mierda. Por suerte, hay a quien le gusta el oro y hay a quien le gusta la mierda, y hay a quien le gusta el oro recubierto de mierda, que toca limpiar capa tras capa. Pero no es eso lo que me ocupa la mente.

Caos (diciembre de 2012)
Caos en la casa de Caimari (Mallorca). Navidad de 2012.

Releer al prójimo es maravilloso, pudiendo recuperar esa imagen atemporal que se esconde entre las páginas, ¿pero volver a uno mismo? Solo sirve para descubrir que ya no eres quien fuiste —lo que no tiene por qué ser mejor, ni peor— y que, ante ti, ahora se alza un desconocido con el que cada vez compartes menos cosas; él pervive en esas páginas como una sombra de ti, tú sigues tu camino con las mismas dudas que te trajeron hasta aquí. Quizá no puedas envidiar a una sombra pero, de todos modos, sigue siendo triste.


Algunas viejas columnas del blog:

¿Voy a ser escritor?

Decía Raoul Duke frente al desierto del Mojave: Toda la energía fluye según los designios del Gran Imán. ¡Qué tonto fui al desafiarlo! Y yo, esta semana, me he sentido de un modo similar al ver todo lo que se me viene encima.

Os cuento.

Todo indicaba que, antes o después, alguien se interesaría por algo de lo que había escrito hasta el punto de lanzarse al vacío, de apostar por mí, de poner algunas fichas en un par de números de la ruleta; ¿le puedes culpar? también yo lo hice, apostando siempre, siempre, siempre al rojo, porque durante un tiempo lo veía todo demasiado negro.

Miedo y asco en Las Vegas (fotograma)

¿Qué ocurre entonces? La gente dice que, en ese instante, todo cambia. Dejas de no ser nada para convertirte en escritor. Abandonas ese estado etéreo en el que se mezclan conceptos como éxito y fracaso, pasatiempo, dinero, oficio, pérdida de tiempo; lo orientas hacia una certeza, algo que es, y que incluso puede llegar a convertir lo incierto en verdad.

Todo dios piensa así. Los suficientes, al menos. Suficientes para ser considerados una mayoría. Para alcanzar ese número difícil de concretar que convierte a una cifra en colectividad. Supongo que casi nadie entiende que escribir no es ser: es necesidad. Escribir es crear, convertir, transformar, vivir; y nadie tiene poder para negar aquello que no le pertenece.

En público, todo quedará a merced de las opiniones, de poder crecer y, si trasciende, respirará más allá de mí. Me encantaría verlo; ¿cómo será eso de ser fuera de uno mismo? No se me ocurre nada más humano.

Big Fish (película)

Por todo ello, seguiré escribiendo, porque no hay otra forma de vivir; si algo se extiende, vivirá por más tiempo; si no lo hace, permitirá que alguien que solo puede sentirse pobre de un modo, siga siendo afortunado.

El bambú y la escritura

Cada día intento hacer mil suburi, pero no siempre lo consigo. No es falta de ganas, ni forma física (al menos, ahora); ni tan siquiera dedicación o tiempo; un día u otro las cosas se tuercen, y escucho el campanario del Hospital de San Pablo anunciando la medianoche. El primer día, y el segundo, te ves a oscuras frente a un espejo con un sable de bambú entre las manos; el séptimo, no. El séptimo aprendes a aceptar que hay cosas que no puedes controlar; que no puedes llegar a todas partes.

Esto es lo que hago: me posiciono frente a un gran espejo y practico movimientos básicos de katana. Cada movimiento y corte debe ser mejor que el anterior. Durante quince o veinte minutos, me centro en el movimiento del arma y no existe nada más. Mantener una defensa adecuada, subir los brazos, fluir con el movimiento; brazos, hombros, muñecas…

Kendo (jigeiko)

No obstante, quizá no sepas de qué estoy hablando. Eso es porque suburi es kendō, y kendō sigue siendo un desconocido en Occidente. Por ello, no tiene traducción. Suburi es un corte, un movimiento en abanico, un golpe básico de katana, shinai o bokuto. Es un camino para mejorar cuando no hay entrenamiento en el dōjō; es un modo de crear un pequeño rincón destinado a la práctica y a la meditación; de convertir la frustración en aprendizaje, de mejorar día a día, de encontrar una vía para el crecimiento personal.

En casa, pero sobre todo en el dōjō, el kendō es vida, estudio y sacrificio; el kendō es esfuerzo y, al igual que la escritura, trasciende el pensamiento reflexivo. Por eso practico kendō; por eso intento mejorar día tras día en todo lo que hago; por eso escribo.


La imagen pertenece a la página Kendo in Spain.

Tipografía

Me dispongo a abrir una página web. En ella empezaré por colgar todo tipo de cadáveres mil veces despiezados entre los que no siempre encontré aquello que buscaba. Por el momento, el blog servirá para rastrear a los responsables.

La culpa es de una vieja Olivetti Lettera 35 que asomó su figura, tímidamente, en el parking. Yo le aticé una mirada desde lejos, incrédulo, y la rescaté de la mugre y sobre todo del pasado; de un tiempo en el que no tenía tantas canas, y me limitaba a arrastrar su tronco entre ensoñaciones por la oficina de mis padres.

Máquina de escribir
© James Manners

Después la dejé descansar en una esquina de mi despacho, ya a salvo. Las máquinas son para románticos, excéntricos, locos y genios, y yo no soy un Bukowski, ni un T.S. Elliot ni un Hunter S. Thompson; solo alguien que quería recordar con qué peso se construían antes las historias.

Tecleé. Y del plástico surgió algo que recordaba a una escultura en dos dimensiones. Comprendí entonces, entre palabras, que ya no existía lugar para esos cuerpos llenos de arañazos, golpes y jirones, pero aquella tarde me satisfizo el fin en sí mismo.

Tipografía

La máquina engulle hojas sin piedad; como testigo, el plástico deteriorado por la presión de las yemas, las teclas deslucidas por el maltrato de las colillas, el ajetreo de las vocales.

La máquina también devora palabras: palabras que se pierden entre el reflujo ácido de la cerveza y el vino, entre conversaciones de bar con desconocidos —cíclicas; absurdas— e intercambios con cenicientas desgastadas.

Al final, la máquina destruye ideas; ideas que aparecieron y desaparecieron como una exhalación, sin dejar rastro; ideas que te vacían sin haberse adueñado de ti, ni tú de ellas. Ideas que son sacrificios, musas, vida, la eternidad en el blanco de un papel.

La odio. La odio tanto como la necesito, y por eso la odio.

Lo dejo y no lo dejo

Para alguien que se pasa ocho horas al día entre textos, a veces sacar un par de horas más de relativa creatividad se hace cuesta arriba. Estos meses todavía ha sido más difícil, y eso tiene su parte buena, y tiene su parte mala. La buena es que lo que no se le ha dedicado al blog, se ha escrito por otro lado; la mala es que lo dejo, y no lo dejo.

La buena es que se lo he dedicado a un libro, algo extraño, de esos típicos de grises y de porqués. Algo como lo que escribí hace años cuando murió mi padre (y que quedó, durante más de tres años, en un cajón), y volví a escribir hace poco, cuando murió mi perro. Bueno, y sigo escribiendo aunque no se ha muerto nadie más, claro.

Boda estilo... ¡ejem!

Otra buena noticia es que me voy a casar y me iba a comprar una casa, pero al final parece que vamos a hacer un cambio de planes para recorrer en coche la mayoría de las autopistas españolas (y portuguesas) durante el verano, para quemar rueda por lo que queda de la Ruta 66 al comienzo de la próxima primavera y para caminar hasta Malasia (o hasta donde lleguemos) en algún momento. Sigue leyendo «Lo dejo y no lo dejo»

Mis principios

El mundo podría existir muy bien sin la literatura, e incluso mejor sin el hombre.

Jean Paul Sartre

Nunca cojo un lápiz si no tengo algo que contar. Además, me rijo por dos reglas. La primera todavía puede leerse en el Hollywood de Bukowski, y dice así: “Mira, si me preocupara por lo que le interesa a la gente, nunca escribiría nada.” En cambio, la segunda se limita a preguntarse por qué alguien debería hacerlo. Y eso no es ninguna gilipollez, porque la literatura no tiene precio. Leas lo que leas, encontrarás a alguien que te lo venda por un par de cigarrillos o una cerveza rápida, ya que no es tan complicado ni grandilocuente como se procura. Consiste en coger un bolígrafo, un papel o unas cuantas teclas y darle sin parar, soltarlo todo, dejarlo reposar y decidir si lo dejas en el fondo de un cajón o lo sacas a la luz. Al fin y al cabo, no son más que historias que nadie recordará.

(El texto original fue publicado hace unos meses en Doblando tentáculos.)

Orsai

El otro día releía algunos artículos de Orsai. La experiencia se me asemejó a cuando encuentras una tarjeta de felicitación de hace diez años y te preguntas con cara de idiota: «¿Cómo coño ha pasado esto?» Cuando quise darme cuenta, aquel tipo había abierto una especie de editorial y supongo que había engordado más, o se habría casado y habría tenido hijos. Eso no era de mi incumbencia, ya que ni él era tan famoso ni yo tan cotilla. Tenía una mañana improductiva por delante y muchas entradas por leer. Así que me dispuse a ello.

John Lennon acertó plenamente cuando dijo: «La vida es aquello que te va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes». Su última historia lo tenía todo, y yo la envidié desde el principio: enanos maricas, mi Barcelona, el barrio de Gràcia, mayordomos, argentinos trabajadores…

Mientras intentas acabar tu licenciatura, un máster, escribir, consolidar tu relación de pareja, no beber demasiado alcohol ni probar demasiadas drogas… Mientras intentas todo eso, se te encanece la barba, te sale tripa, la gente que conoces se muda; otra gente a la que no conoces, viene. Y tú ya no quieres conocer a estos otros, porque parecen igual de idiotas, pero son diferentes.

Por la tarde, aún con media mudanza en ciernes, encontré una tarjeta de felicitación entre las cajas y supongo que, por ende, relacioné ambas experiencias. Aquella tarjeta decía: «¡Felicidades!» Con un veintidós pegado. Pero lo que hacía aquel papelajo en realidad era juzgarme. Juzgaba todo aquello que había hecho durante los últimos cinco años hasta llegar aquí. Allí, en el suelo de mi nuevo salón, en mi propia casa, donde todavía quedaban cientos de cajas por el medio. O al menos a mí me lo parecía.

—¿Qué haces por ahí arriba? —preguntó Laura a gritos.

—Recojo —murmuré.

Me senté un segundo en el sofá y pensé en prender un cigarro por nostalgia. No fumo desde hace años: como todos, simplemente, voy intercambiando vicios (comida, bebida, deporte, tabaco, otras drogas más censurables; comida, bebida, deporte, etcétera).

En Orsai, aquel argentino decía que aquel que no vive la vida, no tiene historias que contar. Si bien eso es cierto, también es propio de argentinos mentirme. Quizá quería hacerme creer que tenía que salir a buscar mis propias historias, entonces aprovecharía para robarme todas aquellas que pudieran nacer de la más absoluta y completa ficción. Supuse que Bukowski se reiría desde su casa en Los Ángeles, afirmando que todo lo que necesitaba era su máquina de escribir, o su Macintosh cuando ya estaba viejo, chocho y ya casi no era Bukowski. Pero incluso él tenía que largarse al hipódromo e impregnarse de humanidad. La dicotomía típica del escribir para ser o el ser para escribir. Chorradas.