La parca

En aquella pequeña buhardilla, el tiempo transcurría de un modo especial: los inviernos proseguían hasta el hastío y los veranos se estiraban durante tantos meses que parecía que no encontrarían jamás otra estación a su paso.

Allí, una figura arrugada y marchita languidecía paso a paso a través de la habitación, empujada por la fuerza que otorga el hábito. Esto no siempre fue así, garabateó en un folio, ya cansado de que sus palabras se perdiesen entre aquellas cuatro paredes devoradas por la humedad. Antes, el tiempo correteaba alrededor nuestro sin control, con cierto deje burlón, prosiguió a su ritmo. Tras su muerte, se convirtió en un ente maleable e, incluso, pusilánime que demostró haber perdido el interés. “Quizá”, rumió el viejo, “solo conspiró para arrebatarme a mi mujer y, ahora, no tiene sentido seguir atormentando a una pobre alma en pena”.

Pudiera ser que estuviera maldito, o que se le hubiese concedido la inmortalidad, ya que la ausencia de un tiempo tácito le acercaba más que nunca al concepto. Por otra parte, puesto que sus pasatiempos eran ya pocos y sus intereses escasos, el viejo se preguntaba qué podía hacer más que esperar a la parca. Ella, quien nunca había faltado a una cita, parecía retrasarse una eternidad tras otra.

Allí, en aquella montaña inmortal que nunca le agradó demasiado, el anciano ya había leído y releído a los clásicos, y ni la literatura, ni la cinematografía, ni tan siquiera la propia humanidad le despertaban interés alguno.

Finalmente, esa tarde, decidió que la melancolía se materializase en la niña que una vez fue su esposa. Sentada en el lecho y con aspecto monocromo, la cría empezó a mirarle con esa mezcla de suspicacia y esmero que tanto repitió en la adultez.

—¿Qué hago aquí de nuevo? —inquirió la pequeña.

—Compañía a un vejestorio —contestó él.

El viejo se maldijo por no haber hecho miles de fotografías a su esposa, teniendo que contentarse con la compañía y la visión de esa pícara que, poco a poco, había consentido y malcriado él mismo entre ensoñaciones.

La niña se sentó a su lado un largo rato, pues había aprendido a conceder un espacio a la melancolía, a la pesadumbre y a la soledad. A menudo, tras comprobar que el viejo estaba agotado de rememorar, tenía la delicadeza de salir de puntillas de la habitación antes de perderse en el recuerdo.

Aquella tarde sin embargo, agarró su mano con material crudeza y le obligó a pasear por la casa, el patio y el jardín exterior antes de permitirle volver a refugiarse en su buhardilla. Lejos de miradas curiosas, siempre perdido entre sus propios desvaríos, ni un alma turbaba a aquel hombre, puesto que nadie sabía a ciencia cierta si este seguía vivo o criaba malvas. Y, en el fondo de su corazón, incluso él, bajo tal certeza capital, dudaba de su condición, pues la piel de gallina y ese grato y esporádico hormigueo en el cogote eran los únicos indicadores vitales de los que se había podido proveer.

Las últimas horas del crepúsculo pasaron tan despacio aquel día que la niña creció durante lustros enteros, ganando en el proceso, raciocinio, sensualidad y belleza. La muerte no es más que la sucesión de historias e instantes perdidos, le explicó su mujer. Como el viejo no mantenía en la memoria demasiados momentos, la niña había tenido que crecer a pasos agigantados y vestir aquel traje de boda que todavía descansaba, ya apolillado, en una caja de la buhardilla. Sin prolegómenos, su mujer se había desecho del velo por derecho propio y, harta de recogerse la falda, permitía que se llenase de polvo a su paso por la habitación.

—La inexistencia divina o la imposibilidad de probar con certeza empírica la existencia de un dios, acerca su condición y la nuestra hacia esta tendencia —reiteró el viejo, una y otra vez.

—Aburres a los muertos. Invocas a los difuntos para sermonearlos sobre ciencia y teología.

—Cuando mueres, desde una óptica personal, el mundo desaparece contigo —prosiguió él, haciendo caso omiso a su pareja. —Si bien, a modo global, esa esencia tuya que se pierde en el mundo, permanece durante varias décadas aquí, a través de tus seres queridos y, quizá, de tus acciones pasadas. Aquello que permanece de forma temporal, seas tú, yo, o la higuera que plantamos inviernos ha, desaparecerá. Finalmente, cuando no exista nadie que pueda pensar en ti, tú desaparecerás; igual ocurrirá con el mundo, puesto que este no es nada sin alguien que lo piense.

Después, ambos quedaron en silencio durante un tiempo indeterminado. La buhardilla volvió a enmudecer, como si el crujido de la madera o el viento no tuvieran cabida entre aquellas puertas y ventanas.

—Qué joven estás. Te echo tanto de menos… —musitó el viejo.

—El tiempo es quien da valor a las cosas —contestó aquel fantasma sin velo.

—Y desde luego también se lo quita.

—Es cierto.

La mano temblorosa del viejo buscó algo a lo que aferrarse, pero solo encontró la palma de su joven esposa.

—Nunca imaginé que sería un toque tan cálido —dijo.

El texto original está en mi página web; haz clic en el siguiente enlace: La parca.

Golfo, el perro invisible

Golfo, el perro
Golfo (2000-2012)

Mamá dice que la nostalgia es algo que tienen los mayores cuando ya no son niños como yo. Dice que Golfo ahora es invisible; un perro invisible es la envidia de todos mis amigos, pero yo no sé por qué se oculta de nosotros. Quizá Golfo no quiere que yo oiga cómo crujen sus huesos y se apagan más y más sus ojos. Quizá cuando llega el final de Golfo, él prefiere irse de la ciudad, escaparse en silencio de mi lado. Qué perro más tonto; será invisible, pero Golfo es un tonto.

La vida en si bemol (II)

La perspectiva de vida y muerte que estamos desgajando tiene un núcleo antropocéntrico que pone al ser humano como medida de todas las cosas. No quiere decir esto que el mundo exista, físicamente, gracias a que los seres humanos (o humanoides, o alienígenas con conciencia, etc.) existan, respiren y piensen, pues el mundo en sí mismo podría existir perfectamente (y mejor) sin necesidad de conciencias, pero solo existiría en la medida en que lo haría la diosa Visnú si viviese en el centro de la Tierra y nadie la viese, ni pensase en ella ni intentase probar su existencia en toda la eternidad. En otras palabras, si no existen consciencias capaces de pensar en el mundo, ahora o en un futuro, no es relevante que el mundo exista o no.

Otra forma de vivir

De este modo, mientras la física nos dice que somos innecesarios (1), que podemos estudiar el universo por su juventud (2) y que es probable que ni un Dios como el de las religiones monoteístas ni los dioses de cualquier otra doctrina existan, la razón parece susurrar que la respuesta de la existencia y la supervivencia de la especie debe quedar en manos humanas.

La religión vuelve al argumento de la causa primera para entender todo lo que hay a nuestro alrededor, no da pruebas, sino que se explica mediante la ausencia de las mismas. Es decir, a diferencia de la ciencia, y ayudada por la fe, la religión nos dice que existe el monstruo del lago Ness y, como no hemos podido verlo nunca, deberían probarnos que no es así. Racionalmente, el argumento de un Dios cristiano es tan viable como la existencia de un Monstruo de Espagueti Volador (Flying Spaghetti Monster), como puede comprobarse a través de la crítica ontológica que hace el pastafarismo (Henderson, 2005). Por suerte, o gracias a Dios (quién sabe si es un tío verdaderamente gracioso), la argumentación religiosa tradicional es circular: se basa en a) libro sagrado, b) dios, c) fe; todo lo anterior es creación humana, pero se le atribuye la condición de divina y, paralelamente, se hace una lectura que se legitima en ambas direcciones: el hombre legitima a Dios, y Dios legitima al hombre.

Monstruo espagueti
Es el Monstruo de Espagueti Volador, you know.

La respuesta más simple (agnosticismo o ateísmo) es que no existen pruebas que nos puedan hacer creer en esto, sino que la existencia se fundamenta en un “haber” que recoge en su sino miedo, tradición (el paso del mito al logos, por ejemplo) y frustración por la incomprensión: no nos gusta aquello que no entendemos, pero muchos somos demasiado vagos para dedicar demasiado tiempo a pensar en una solución lógica que se adecue con la realidad, por lo que solemos tener la capacidad de conformarnos con algo intermedio.

A través del Big Bang, la teoría M y la teoría de cuerdas, la física, en cambio, explica el porqué, y debería ser un deber humano aprender qué y cómo ocurren las cosas; a diferencia de la religión que busca una aceptación, la ciencia busca la razón. ¿Por qué?

Como seres humanos, nuestro proceso natural es nacer, crecer, envejecer y morir; por el camino, podemos decidir reproducirnos (es divertido), y poco más. Aquí no vamos a entrar en perspectivas freudianas, pues me parece una soberana tontería legitimar la propia existencia a través del sexo, y mucho menos marxistas (o capitalistas que, al menos, en esto, no difieren tanto) que, en última instancia, se definen mediante el trabajo. De igual modo, no veo sentido a perder el tiempo hablando de clásicos, porque estos (bueno, Aristóteles) nos llevarán a Kant y a su Idea para la historia universal, y de ahí al desarrollo histórico de Hegel, o a las ideas de Marx está el canto de un duro.

Ahora, nos asaltan tres problemas mucho más graves que los anteriores, pues no condicionan nuestra no-existencia, sino nuestra existencia-presente. ¿Qué quiere decir esto? Principalmente que tenemos dos opciones: buscar una solución a la muerte (no os riáis), o aceptarla con estoicismo como se viene haciendo hasta ahora. Al margen, sobre todo las generaciones cercanas a la mía y, en especial, la mía (generación Y, o milennials según he oído) no tenemos ningún interés en forjarnos un futuro, y hemos quedado bastante tocados con el tema de que no haya trabajo, ni seguridad económica, ni valores universales… Nosotros, vemos corrupción, un futuro negro y un presente por vivir, y firmamos porque no hay más cojones, ¿o no?

Sin embargo, a la vez, si no hay futuro, nos hacemos un poco más punks y nos gustan más todavía los Sex Pystols que a nuestros padres. Y nos preguntamos: primero, por qué trabajar; segundo —que podría definirse de una forma un tanto más abstracta—, ¿por qué preocuparse, o por qué tomarse la vida tan en serio?, y, tercero, ¿por qué aceptar la muerte? Hace cien años, la tercera pregunta se resolvía rápidamente de un modo similar a como se había hecho siempre: “No hay otra opción”, se decía; ¿y ahora? ¿Sigue siendo así? Bueno, vamos con las dos primeras.

(Y continuará. Lo siento de nuevo.)

La vida en si bemol (I)

Otra forma de morir

Voy a escribir unas cuantas líneas acerca de un pensamiento curioso que, a menudo, me amenazaba. Quizá algún autor —o cien—, ya haya descrito algo así, pero creo que sigue siendo interesante volver a plantear la conciencia de muerte en los términos que detallo a continuación.

Eso sí, empieza a abrir un poco tu mente, o pírate.

Sobre la idea tradicional de muerte y la que se nos viene encima

Si no quedan conciencias que piensen en el mundo, no existirá mundo que pensar.

Para empezar, podemos comprender la vida como una melodía de diferentes notas, la clave de sol y el pentagrama serán definitorios para encuadrar el concepto de “vida”, así como para nosotros lo es el respirar, el percibir o el comer; sin embargo, bajo estas premisas, una vida puede ser expresada en LA menor y SOL bemol a través de las corcheas y las semicorcheas, mientras otra suena en SI séptima y en FA sostenido a través de negras y blancas: aquí, sumando los instrumentos a lo anterior,las posibilidades son tantas que resultaría imposible que dos melodías fuesen exactamente iguales; de igual modo, por muchas personas que nacen y mueren, nunca dos personas son exactamente iguales, pues en tal caso deberíamos afirmar que se trata de la misma persona; y aun así, una persona está condenada a vivir diferentes momentos del tiempo —razón por la que podríamos dudar incluso de si se trata del mismo sujeto. Después, seguirá condenado a vivir una serie de experiencias variables entre el nacimiento y la juventud, entre la madurez y la muerte, cuyo control será siempre relativo por su carácter absoluto: trabajar o no tener dinero, por ejemplo; vivir sin dinero o pasar hambre, etc.

La vida en SI bemol
La vida en si bemol pretende ofrecer una aproximación distinta frente a los procesos de existencia y no-existencia. (Imagen de Freepik)

Más tarde, cuando llega la muerte, todas las experiencias que han conformado la vida de una persona —y que en gran parte todavía la constituyen en su memoria—, desaparecen. Por regla general, se nos ha enseñado que lo que desaparece es el individuo, cuya memoria probablemente pervivirá en pequeños fragmentos de otras mentes (amigos, familia, etc.) durante un breve periodo de tiempo. También podríamos afirmar que todas esas experiencias vividas, no son suficientemente nítidas en la memoria como para conformar más que un recuerdo, y un dato en la memoria frente a una conversación casual no difieren tanto, por lo que podríamos decir que, más allá del presente inmediato (eterno presente), la vida no existe; sin embargo, esta idea  merece su propio espacio en otro momento.

Por el contrario, para esa persona (llamémosle “individuo A”) no es ella quien desaparece, sino el mundo (él, o ella, desaparece en la misma medida en que lo hace el mundo a sus ojos; la única diferencia es que el mundo pervive a los ojos de muchos otros). Así, si uno de los miembros de una familia muere, todas las experiencias no compartidas, todo lo que estaba a su cargo, todas las acciones y potencialidades de las que este sujeto era posible, desaparecen con él.

Evidentemente, no todas las personas somos brillantes del mismo modo. No todo el mundo podría haber conseguido la abolición de la esclavitud de los EE UU, de lo que se deriva que las potencialidades difieren también en número o nivel; sin Abraham Lincoln quizá jamás se habría empezado a tomar conciencia de ese problema; si Salinger no hubiese escrito El guardián entre el centeno, quizá Kennedy (JFK) no habría muerto; si el F.C. Barcelona no hubiese fichado a Ronald Koeman en 1989 es posible que jamás se hubiese marcado ese gol decisivo en la prórroga que daría la primera Copa de Europa al equipo, etc. Respecto a todo ello, no solo afectaban las potencialidades particulares de todos estos individuos y sus respectivas gestas, sino también aquellas potencialidades que afectaron en menor o mayor medida a esas acciones, luchas o decisiones.

Visto así, podemos afirmar que cada conciencia afecta al mundo de forma similar a como el mundo afecta a cada conciencia y, así, llegamos rápidamente a una aseveración universal: si no quedan conciencias que piensen en el mundo, no existirá mundo que pensar; en otras palabras: no será relevante que el mundo exista o no. Pensar en el mundo, y en todo lo que este contiene, es aquello que nos hace humanos. Esta idea está notablemente cerca de lo que creía Epicuro de Samos frente a la muerte: “cuando soy, ella no es; y cuando ella es, yo ya no estoy”, con la connotación manifiesta y universal de que, si no somos, ya nada es.De todo ello podríamos concluir que (1) si no existen conciencias o potenciales conciencias capaces de pensar el mundo, ahora o en un futuro, no es relevante que el mundo exista o no; y (2) mientras existan conciencias, el mundo existirá.

(Continuará. Lo siento.)

Sobre monstruos (II)

Desglosar el concepto de zombi

Hoy día, el zombi es una figura del imaginario colectivo y un producto de masas. Un monstruo que está gozando de su propia edad dorada tras el declive del vampiro. Nunca antes había llegado a tantísima gente en medios tan distintos: series de televisión, literatura, cine… Todo el material al que accedes, solo es la punta del iceberg.

Su origen —es decir, la base a partir de la que cual se fundamentaron los primeros filmes— se encuentra en algunas regiones de África y, sobre todo, en los colectivos de esclavos haitianos que fueron trasladados al continente americano. El esqueleto del zombi se remonta y se enraíza alrededor de la religión vudú, una de las prácticas religiosas más antiguas de la historia, que acoge elementos rituales de los sistemas animistas y mágicos.

Pero… ¿es el zombi actual el mismo monstruo del mito? En realidad, no.

Zombis nazis... Oh, sí.
¿Zombis nazis…? ¡JA!

La cultura popular dividió al zombi en dos posibles arquetipos: las almas sin cuerpo y los cuerpos sin alma. Los primeros serían espectros similares a un fantasma o una presencia etérea, mientras que los segundos, aquellos que se han consolidado, serían un cuerpo sin alma.

¿Tiene esto algo de real? Soy más que escéptico, obviamente. Sin embargo, el antropólogo canadiense Wade Davis publicó, entre 1985 y 1988, dos libros que presentan el uso de algunas drogas en polvo cuyo principio básico era la tetrodotoxina, o bien el estrasmonio o la datura —¿concreto, eh?—, como la causa de esa “zombificación” (exactamente, estamos hablando de The Serpent and the Rainbow Passage of Darkness: The Ethnobiology of the Haitian Zombie). Sobre lo que se comenta en estas obras, numerosos analistas advierten que la lectura de Davis puede ser superficial y que el coup de poudre, como se supone que se denominaba a esa potente droga, no tiene una base científica fiable, sino que más bien podemos encontrar explicación en distintos desórdenes mentales concretos (por ejemplo, la esquizofrenia o la amnesia).

El padre

George Romero creó a los zombis, él hizo las reglas, dispararles en la cabeza, si te muerden quedas infectado, los muertos regresando a la vida.

Eli Roth (Hostel)

Romero presenta en 1968 una primera propuesta del cine de terror con zombis: La noche de los muertos vivientes, que instauró las bases de todo un subgénero. Cadáveres humanos que asesinan a todo ser vivo que encuentren a su paso y propagan una infección, devolviendo a la vida a sus víctimas.

Asimismo, George A. Romero declaró algo todavía más interesante en una entrevista del año 2007:

No me importa lo que son. No me importa de dónde vinieron. Pueden ser cualquier desastre. Podrían ser un terremoto, un huracán, lo que sea. En mi mente, no representan nada para mí, salvo un cambio global de algún tipo. Y las historias son acerca de cómo la gente responde o no responde a este y eso es realmente todo lo que han representado para mí.

Si centramos nuestro punto de vista en las características con las que cuenta un zombi, no encontramos más que un cascarón con un salvaje y único instinto: devorar. En algunas propuestas, si el monstruo no ingiere carne, su cuerpo se pudre y muere por segunda vez; en otras, simplemente permanece ese instinto, viéndose condenado a una inmortalidad vacua.

Tres anotaciones acerca de zombis sobre las que, quizá, no has pensado demasiado

1. Los zombis no piensan

No están vivos, pero se mueven, actúan, parece quedar algo dentro de ellos y, aun así, es un monstruo imposible de humanizar o con el que empatizar. El concepto más cercano de muerto viviente lo tendríamos en las momias, por ejemplo, en la película clásica La momia (1932), de Boris Karloff; sin embargo, en este caso, el monstruo tenía una misión personal que llevar a cabo, de igual modo que ocurría con su remake de los 90 con Brendan Fraser (La momia, 1999, Stephen Sommers), mientras que los zombis son una especie de eco que sigue afectando dentro del mundo de los vivos.

2. Los zombis comen

Devoran a cualquier ser vivo, por lo que su existencia es totalmente antinómica a la vida (en otras palabras, matan sin necesidad a través de un acto que, por definición, implica supervivencia), e incluso a su «no-vida» pues, al fin y al cabo, la falta de alimento lleva dentro el gen de su propia destrucción. ¿Qué quiero decir con esto? Las historias de zombis no son más que historias de la destrucción de la raza humana —lo que, antes o después, es probable que ocurra, ¿no?—, no hay posibilidad de salvación, no hay posibilidad de cura, no hay respuestas… Aquellos zombis en cuyas historias no se pudren por la falta de la alimento, permanecerán muertos, quietos, sin estímulo alguno que seguir, pues solo existen para destruir.

3. Se reproducen

Se multiplican a través de la muerte. Tras asesinar a otro ser, si queda algo de este, volverá a la vida convertido en otro zombi. De este modo, la idea del zombi es totalmente inversa a la del humano: en vez de reproducirse a través de la vida, lo hace mediante la muerte; arrebatando opciones al resto.

Lectura existencialista del zombi: ¿a qué se debe su éxito?

Solo viviré un poco menos de lo que pensaba.

Es fácil observar cómo su concepción antagónica de todo lo que es ser humano no les exime de mantener una apariencia humana, o humanoide. A priori, son el monstruo más alejado de la naturaleza; no obstante, su falta de una conciencia los convierte en la figura más cercana a la muerte. El concepto del monstruo per se amenaza por sus diferencias fundamentales con el ser humano; en cambio, el zombi afecta directamente a la misma vida. Es el monstruo «menos vivo» (en otras palabras, no mantiene ningún nivel de conciencia ni otros instintos o rasgos de los seres vivos), pero es el que más tiene que ver con la naturaleza en sí, pues funciona de un modo similar a la muerte.

Reunión de zombis bien avenidos.
¿Conoces ese chiste que dice: «Entran treinta y siete zombis en un bar y…«

En otras palabras, la figura del zombi (inconsciencia total, que no inexistencia) opera a unos niveles semejantes al «acto de muerte». De algún modo, es un recordatorio de la misma. El triunfo de series como la saga de cómics The Walking Dead (cuyo videojuego también sigue una línea muy cercana a La noche de los muertos vivientes o El amanecer de los muertos) se debe al profundo existencialismo que nuestra sociedad, de algún modo, intenta ocultar pese a ser  plenamente consciente del mismo.

En un mundo repleto de zombis… absolutamente todos son conscientes de su finitud, pues es el propio entorno quien de forma trágica y desmesurada lo muestra. En esa misma línea, Helix, un thriller de ciencia ficción que se estrenó a principios del 2014 y dirige su trama hacia enfermedades víricas, ponía en boca de una secundaria una pregunta muy simple: «¿No tienes miedo a la muerte?» A lo que una de las protagonistas respondía: «Solo viviré un poco menos de lo que pensaba».

Por todo ello, el zombi no solo es un monstruo que  aterre por su condición, sino que, además, lleva intrínseco un discurso sobre la mortalidad y la inconsciencia que tenemos muy interiorizado en el imaginario colectivo.

La fantasía es un medio para las metáforas […] y dado que estoy atascado en este género, intento buscar nuevas formas de utilizarlo. Para al menos expresar alguna opinión o satirizar cosas y divertirme.

George A. Romero

En una sociedad donde se esconde la idea de muerte que los muertos se levanten provoca un giro de 180 grados, no solo por la amenaza que puedan suponer, sino porque es algo que, como individuos, hemos sido adiestrados para obviar. No queremos saber nada de muertes, no queremos ver a los muertos y, por encima de todo, no queremos estar muertos.

Enlaces relacionados:

Sobre monstruos (I)

Una introducción a la figura del monstruo y su relación con la muerte

A estas alturas, está claro que el monstruo es una de las figuras predominantes de nuestro imaginario. Encierra y domestica nuestros miedos más atávicos, les da forma y los transforma en producto cultural. Así, la oscuridad, el salvajismo o la muerte como conceptos cobran vida y evolucionan a través del arte.

Estos miedos, siempre implícitos en la naturaleza, evolucionan y dan forma a nuevos seres desde la literatura romántica, quien, en su momento, legó en Hollywood innumerables arquetipos que rentabilizar: la maldición de la inmortalidad vampírica, su condena de sangre, su instinto predador; el salvajismo incontrolable del hombre lobo; la búsqueda de la vida eterna a través de la ciencia (el monstruo de Frankenstein) o el mito (momias).

I was working in the lab late one night…

Todos estos ciclos se han ido gestando y rehaciendo durante un siglo: algunos vuelven (vampiros, VAMPIROS, ¡VAMPIROS!) y otros no (¿mujeres pantera?, ¿momias?); primero se busca la cara más salvaje de la naturaleza, luego la más inquietante; a continuación, la interacción del hombre en el curso natural  afecta en mayor medida. Por último, el arte empieza a presentar a los humanos a través de verdaderos matices de luz y oscuridad; esto también atiende a dos fases: una primera y superada hace mucho, que sería la «física» y otra mucho más peligrosa y jugosa: la psicológica. La primera englobaría a los protagonistas de Freaks (Tod Browning, 1931) o a Joseph Merrick, conocido como el Hombre Elefante, mientras que la segunda se podría aplicar a personajes de la talla de Norman Bates o Jigsaw (Saw, 2004), cuyas anomalías son de carácter interno.

"Freaks" o "La parada de los monstruos"
Freaks, de Tod Browning (1931)

Todo ello permite resaltar numerosas aportaciones notablemente interesantes, cuya máxima premisa era que el monstruo era totalmente ajeno a lo humano (vampiros, hombres lobo, la Cosa del Pantano…). Personalmente, establecería tres grados de evolución: el primero, acoge la integración del monstruo como algo natural: es decir, dejaría de ser una momia o un vampiro que no cumple ciertas reglas de verosimilitud dentro de lo fantástico y empezaría a tener cierta relación con nuestro entorno: la Cosa del Pantano, de DC, sería un buen ejemplo; en especial, su origen «vegetal» que puede encontrarse en la etapa de Alan Moore como guionista (véanse las ideas resumidas en Wikipedia). En segundo lugar, esa integración llega a un nivel en el que la fantasía empieza a modificar partes de la naturaleza, o bien a enseñar una parte monstruosa y oculta de la misma: es el periodo de las hormigas gigantes o de animales potencialmente agresivos o peligrosos para el ser humano, en la línea de Them! (Gordon Douglas, 1954). Por último, la tercera etapa del monstruo invierte algo básico: lo monstruoso no es ajeno a lo humano, sino que lo humano también puede ser monstruoso; entonces, nos acercamos a la idea del zombi y, en especial, al asesino en serie como dos sombras de la condición humana. En paralelo, gran parte del género sufre una humanización por el uso y la búsqueda de nuevas vías de explotación del propio concepto del monstruo, momento en el que se empieza a humanizar al monstruo.

Caricatura de Nosferatu, de F.W. Murnau
Caricatura de Nosferatu, de F.W. Murnau

En este punto, tenemos a Bates, Jigsaw, Bateman (American Psycho, 2000), individuos en los que la anomalía debe buscarse en un nivel mental; por el otro, podríamos empezar con Louis du Pointe du Laic (Entrevista con el vampiro, 1994), cuya descripción y humanización puede rastrearse en el inicio de las Crónicas vampíricas de Anne Rice; seguidamente, numerosos vampiros de la serie True Blood (o su primera versión en novela,  The Southern Vampire Mysteries, de Charlaine Harris), entre los cuales destacaría Godric, creador de Eric Northman. Asimismo, el arquetipo queda hecho trizas en productos como Crepúsculo, donde la mezcla parece dotarse de una confusión cuya humanización produce, directamente, un mojón una despersonalización de la figura del vampiro[1].

La principal diferencia entre monstruos como Drácula de Bram Stoker o Nosferatu de Murnau es la imposibilidad de empatía entre el espectador y ellos, lo que se ejemplifica en una visión totalmente foránea incluso en la obra de Stoker. Anne Rice permite que el monstruo tome la palabra, lo que siempre es el primer paso para saber qué quiere decir, mientras que, anteriormente, estas figuras son vistas como detestables, incomprensibles y antinómicas al ser humano.

Así, en un momento en el que el resto de monstruos se han representado hasta extremos de ironía y comicidad, el zombi se plantea como la última frontera y, de algún modo, se asimila con la muerte y la incomprensión manifiesta que la misma arroja.

Ahora, toca hablar de muertos vivientes, que es lo que yo quería.


[1] Este es un tema ampliamente trabajado en Mutaciones posmodernas: del vampiro depredador a la naturalización del monstruo, un ensayo de David Roas que dejo enlazado.

Sobre la muerte (II)

La importancia del mito al logos

La verdad es una, los sabios hablan de ella por muchos nombres.

Rig-veda

El cambio de mentalidad paulatino entre un universo en constante caos hacia un mundo regido por leyes naturales —y también su contrapunto metafísico— resulta capital para entender la vida y la muerte desde la perspectiva humana. Las actitudes míticas, o el misticismo propio de los pueblos previos a la razón clásica, se basaban en la atribución de características fantásticas y maravillosas a los sucesos cuya explicación era desconocida. Esta actitud, por ejemplo, podemos encontrarla en Egipto y Babilonia, extendiéndose hasta Grecia y Roma, donde pese a la aparición e imposición del pensamiento racional, los mitos originarios prevalecieron en el imaginario colectivo a través de la literatura y el culto a los dioses.

Según Mircea Eliade, los acontecimientos de la naturaleza que se repiten periódicamente se explican como consecuencia de los sucesos narrados en el mito, por ejemplo, el cambio de estación, un eclipse solar, etcétera. A su vez, el mitólogo Joseph Cambell desglosaba las funciones y el triunfo del mito en cuatro proposiciones útiles:

  1. La función metafísica: despertar un sentido de asombro ante el misterio del ser
  2. La función cosmológica: explicación de la forma del universo
  3. La función sociológica: validar y apoyar el orden social existente
  4. La función psicológica: guía del individuo a través de las etapas de la vida
"El libro de las maravillas" era una obra práctica donde se ilustraban rutas de comercio, tipos de mercancías y otras precauciones para mercaderes.
«El libro de las maravillas» era una obra práctica donde se ilustraban rutas de comercio, tipos de mercancías y otras precauciones para mercaderes.

Por otra parte, la concepción de muerte como algo totalmente contrario a la vida, y como el fin de la misma, sí es algo comprendido de forma inherente. De este modo, la metafísica se contrapone a la física, por lo que no es extraño que, durante siglos, se resolviese como hipotética explicación de esta.

Más allá de la religión o la espiritualidad, contamos con numerosas fuentes que, con influencias previas, han buscado una inmortalidad más tangible: las aguas curativas de Novelas de Alejandro o Los viajes de Marco Polo son obras que, sin lugar a dudas, también influenciaron al adelantado español Juan Ponce de León en su búsqueda de la eternidad a través del continente americano, donde descubrió que existían leyendas similares entre los araguacos y a través de todo el Mar Caribe. Y es que, a pesar de esa distinción europea y etnocéntrica entre los pueblos bárbaros y civilizados, este  ha sido siempre un miedo humano y universal.

La literatura, el cine y el imaginario colectivo

Esta corona del que ríe, esta corona de rosas ¡a vosotros, hermanos míos, os arrojo esta corona! Yo he santificado el reír; vosotros hombres superiores, aprended – ¡a reír!

Friedrich Nietzsche

A medida que nos acercamos a la modernidad, nos encontramos, de nuevo, con ese ideal. En este caso, pervertido en la literatura  con Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Shelley, Drácula de Bram Stoker y todo el imaginario colectivo que empezó a dar vida a la figura del monstruo. Ese álter ego que tanto nos repugna como nos atrae, que nos aterra y nos seduce con la idea de traspasar las puertas de la muerte, de traer vida desde el otro lado o, simplemente, de vivir eternamente; comprendida como una necesidad humana que debe relacionarse con la ilusión de supervivencia y de perpetuación, a menudo satisfecha a través de nuestros descendientes (véase Freud, por ejemplo) o nuestra obra material.

A lo largo de la historia de la humanidad, se ha demostrado, como ya anticipó Schopenhauer, que la muerte es un acto creador de vida, así como la vida es un acto creador de muerte: todo lo que nace está destinado a morir, pero con su muerte aparece el germen de otra vida.

Aunque cada recién nacido aparezca lozano y alegre, esto no debiera ser considerado como un regalo, pues es consecuencia necesaria de la vejez y muerte de otro, el que llevaría en sí el germen de la inmortalidad heredado ahora por el recién nacido y ambos representarían una misma esencia.

Sobre Schopenhauer, en Magia del vitalismo romántico alemán (A. Sonnenfeld)

Por otra parte, como sociedad, podríamos considerarnos una unicidad, un todo de conciencias individuales, donde el destino de cualquiera de las partes está ligado al resto. Para que cada uno de nosotros nazca, otro ha tenido que morir, afirmaba Schopenhauer. Y esa afirmación, para mí, tiene mucho de aquella antigua frase del poeta griego Sófocles, que rezaba: “No haber nacido nunca puede ser el mejor de los favores.

La conciencia omnipresente de muerte se representa como algo enteramente humano, que no puede percibirse como trágico debido a su sentido natural y lógico, más que para aquellos dotados de razón e incertidumbre. Debemos comprender que el germen de la creación solo está en nosotros durante un tiempo limitado por lo que, desde una vertiente práctica, sin muerte no puede haber vida.

[youtube=http://www.youtube.com/watch?v=HwSKkKrUzUk]

¿O sí?

La muerte como enfermedad

¿Qué ocurre cuando multiplicamos nuestra esperanza de vida por diez, cien o infinito? ¿Pierde sentido el proceso natural o estamos alcanzando un punto en el cual podemos sustituir el proceso tradicional por otro distinto? ¿Existe un proceso natural o no es más que el único proceso al que teníamos que resignarnos? Estas preguntas son capitales cuando el gerontólogo Aubrey de Grey afirmó hace casi diez años que la medicina regenerativa es una realidad a corto plazo, no una probabilidad.

De Grey comprende la vejez como una enfermedad, no como un proceso natural, por lo que entiende que se deben estudiar los síntomas, tratar y curar los distintos puntos que afectan al envejecimiento de nuestros cuerpos y, sobre todo, de nuestras mentes.

Por otra parte, consciente de que vivir más tiempo y mediante una juventud (casi) eterna entraña una serie de riesgos sociales y una serie de planteamientos éticos publicó la obra Ending Aging (2007) que se preocupa por remarcar unas pautas ideales de uso.

La muerte dejará de asociarse a la vejez.

Aubrey de Grey

Todo ello plantea una serie de preguntas muy reveladoras aunque, quizá, la principal sea: “¿Será posible ofrecer el milagro de la eterna juventud a corto plazo?” Si la respuesta es afirmativa, se presentarán preguntas todavía más revolucionarias si cabe, como:

  1. ¿Quién podrá vivir eternamente?
  2. ¿Es viable la vida eterna con un tercio de la población mundial sobreviviendo bajo el umbral de la pobreza?
  3. ¿Será un invento democrático o quedará reservado para una élite (económica, política…)?

Sin embargo, la pregunta más importante de todas tendría relación más bien con la moralidad inherente en el acto. Si detenemos nuestro envejecimiento, si podemos vivir eternamente, será necesario controlar la natalidad, como mínimo, hasta conseguir los recursos suficientes para la supervivencia de todos, ¿tenemos alguna deuda moral con la misma naturaleza? ¿Con la regeneración de la especie? ¿Necesitaremos a los dioses?

Se abre un intenso debate.

Entradas relacionadas:

Sobre la muerte (I)

Introducción

Jamás me he encontrado con alguien que se entusiasme cuando le hacen una encuesta. Sin embargo, admito que son un modo excelente de recoger datos con los que resolver cuestiones en las que no resulta sencillo emitir un veredicto o conclusión: cómo consigue audiencia Antena 3 un domingo por la tarde, por qué George Lucas preparó una segunda trilogía de La guerra de las galaxias, qué ser antediluviano movió los hilos para otorgar la fama a Mario Vaquerizo… Críptico, velado, oscuro: en definitiva, muy complicado.

Cthulhu, ideado por el escritor H.P. Lovecraft, es una criatura extraterrestre con poderes similares a los de un dios.
Cthulhu, ideado por el escritor H.P. Lovecraft, es una criatura extraterrestre con poderes similares a los de un dios.

La muerte, como concepto y final, es otro de esos temas que hace perder horas, días, meses o vidas enteras a su alrededor. El sentido de la vida, el porqué de la existencia y, por descontado, el de la no-existencia, nos obliga a plantearnos una serie de cuestiones de forma consciente e, incluso, inconsciente. Gracias a la Guía del autoestopista galáctico (Anagrama, 2005) sabemos que la respuesta a todas estas preguntas es 42 —el principal problema es que todavía no conocemos la pregunta.

Por otra parte, es difícil enfrentar estos miedos y, si no somos religiosos, solemos intentar o bien no pensar en ellos, o bien adoptar una actitud estoica frente a los mismos, es decir, repetirnos constantemente las afirmaciones que presentaba Epicuro de Samos en su Carta a Meneceo. Epicuro afirmaba:

Acostúmbrate a pensar que la muerte para nosotros no es nada, porque todo el bien y todo el mal residen en las sensaciones, y precisamente la muerte consiste en estar privado de sensación. Por tanto, la recta convicción de que la muerte no es nada para nosotros nos hace agradable la mortalidad de la vida; no porque le añada un tiempo indefinido, sino porque nos priva de un afán desmesurado de inmortalidad.

Y concluía:

Así pues, la muerte no es real ni para los vivos ni para los muertos, ya que está lejos de los primeros y, cuando se acerca a los segundos, éstos han desaparecido ya.

Por otra parte, el pensador francés Georges Bataille repitió una y otra vez que eso era imposible y que la única forma de evitar pensar en la parca era a través de los estados alterados, el orgasmo (la petite mort, entendida como la pérdida del estado de conciencia en el periodo posorgámisco) y la no-existencia. Aquí, el principal problema es que se te cansa la mano. O lo que no es la mano. O se cansa tu mujer.

No hace mucho, Stephen Hawking y Leonard Mlodinow dieron la puntilla. Hace un par de años, plantearon una posible explicación de cómo se formó el universo y por qué este proceso no necesitaba un dios para ello, teoría que puede consultarse en El gran diseño (Crítica, 2010). Sus premisas se apoyan en la Teoría-M (o Teoría Universal) para dar un posible sentido a nuestro universo y a los hipotéticos, factibles e infinitos universos paralelos al nuestro. Es una lectura adaptada al gran público, aunque no es, en absoluto, sencilla.

Consciencia de muerte

El concepto de muerte ha sido tratado, discutido, respetado y perpetrado desde la Antigüedad. Las primeras evidencias de ritos funerarios datan de finales del Paleolítico Superior aunque, debido a la subjetividad del concepto, resulta difícil fechar el inicio de estas prácticas. Deberíamos plantearnos, al menos, las siguientes preguntas:

  1. ¿Qué es un rito funerario?
  2. ¿Sigue un patrón social definido o, simplemente, requiere tomar conciencia del prójimo?

En lo que todos deberíamos estar de acuerdo es que deben existir una serie de premisas que permitan distinguir una inhumación práctica (para protegerse de otros predadores, por el mal olor, etcétera) de una honra por el ser que ya no está. Por otra parte, parece etnocéntrico, a falta de una palabra mejor, creer que especies o antepasados con una estructura social y una inteligencia similar no tuviesen consciencia de muerte ni realizasen rituales de ningún tipo.

Sí deberíamos concluir que la muerte existe en la medida en que “el otro” nos permite hacernos consciente de la misma. Es decir, jamás podemos ser conscientes del estado “de muerte” si no es gracias al prójimo. Aquí, se debería diferenciar entre a) consciencia del concepto de muerte y b) consciencia de la propia muerte, siguiendo la línea de las afirmaciones del filósofo español Jesús Mosterín, quien afirma que los humanos somos los únicos animales conscientes de que la muerte nos aguarda, los únicos que sabemos que vamos a morir. De todos modos, es posible que otros animales también tengan conciencia de la muerte como, por ejemplo, los elefantes.

Cadáver de un elefante adulto.
Cadáver de un elefante adulto.

La gran diferencia que aquí se observa es el modo de vida: el ser humano tiene potestad de vivir en el pasado, presente e incluso en un futuro escatológico a través de la imaginación, mientras que los animales viven un eterno presente. Esto es notablemente divergente a la idea de que los animales no son conscientes de la muerte, como demuestra la actitud de especies domésticas tras la pérdida de un ser querido o de los grupos de elefantes y su peculiar conciencia de la muerte de otros miembros del grupo.

Cuando un elefante muere, toda la manada se preocupa. Si se trata de una cría, su madre permanece junto al cadáver varios días e incluso trata de transportarla consigo con ayuda de su trompa y sus colmillos. El resto de la manada permanece a su lado o reduce el paso. Cuando se muere un adulto, los otros elefantes tratan de levantarlo y no se separan de él hasta que sus restos entran en putrefacción. A veces velan el cadáver, ahuyentando a los carroñeros, e incluso medio lo entierran con hojarasca. La muerte de la matriarca de la familia causa una general consternación y puede conducir a la disgregación del grupo.

A pesar de ello, en el caso que nos ocupa, la importancia de este dato es menor, pues lo que nos interesa comprender es que los entierros conllevan un sustrato cultural y una habilidad empática que se relaciona con un culto a los muertos que no siempre existió, de igual forma que existe una diferencia clara entre la consciencia de muerte y la consciencia de la propia muerte. Estos conceptos son básicos para entender la representación mental de la muerte concepto y sus implicaciones prácticas en vida.

Entradas relacionadas: