Abandonar, adoptar, abandonar

Roco es un mastín español de seis años que me acabo de inventar; fue adoptado poco antes de Navidad por una familia de Sabadell en el CAAC de Barcelona y ha sido renunciado (menuda palabra, ¿eh?) en el SPAM de Mataró.

Lo mismo les ha ocurrido a más de 137.000 animales (104.501 perros; 33.330 gatos) que son abandonados cada año en todo el país. A diferencia del nombre del mastín, quien seguro que encaja en un buen porcentaje de esas cifras que poco nos dicen y deberían avergonzarnos, estos números no los invento; los comparte la Fundación Affinity dedicada a concienciar a la gente sobre abandono animal.

Mastín español (fotografía)
Fotografía de un mastín español.

La dimensión de la muestra a partir de la que se ha elaborado el estudio es de 300 entrevistas válidas (127 de sociedades protectoras, 169 de ayuntamientos y 4 de empresas), por lo que es una muestra muy representativa del universo total.

Según la muestra, más de 14.000 perros y gatos son sacrificados cada año. Un 10% del total. El 66% de esos animales no son llevados a un refugio, además, sino tirados a la calle. Del total, un 44% son adoptados; un 20% devueltos, un 10% sacrificados, un 14% no salen de la protectora y un 12% se engloban entre demasiados motivos: animales robados, cedidos, cambiados de protectora o muertos, principalmente.

Los datos son muchos, y abrumadores, fruto de la falta de conciencia y de una legislación deficiente. Así, no es difícil imaginarse a uno mismo acariciando el lomo de Roco, quien ha caído en la perrera con displasia de cadera y más de seis años; probablemente nunca saldrá de la protectora, aunque en Cataluña, no morirá sacrificado mientras esté sano. En otras zonas de España; en una perrera, en otro momento… moriría a partir del día veintiuno, y por mucha pena que nos dé, nadie le sacará de su propio corredor de la muerte.

Motivos de abandono animal (España)

Es un problema estructural y no podemos simplificarlo con dos ideas sueltas. Sin embargo, sí hay dos errores concretos de los que me gustaría hablar hoy: uno está tras las rejas de muchos centros, el otro, fuera.

Fuera de las rejas

El estudio de la Fundación Affinity marca cinco motivos principales por los que se abandona a un perro a su suerte: comportamiento, camadas indeseadas, factores económicos, fin de la temporada de caza y cambio de domicilio.

Hay más, por supuesto, pero, en realidad, con sumarle desconocimiento y salud propia sería suficiente para englobar el resto de motivos: toxoplasmosis, alergias, hospitalización y renuncia por parte de los familiares, falta de tiempo… En fin, podéis ver una lista completa aquí: no vale la pena enumerarlos uno a uno (otra vez).

Una historia de galgos

Desde fuera, el problema se resume en que Roco, el mastín que me he inventado, es adoptado de joven y renunciado por falta de tiempo, espacio o facturas veterinarias; quizá también sufre ansiedad por separación o tiene otros problemas que los adoptantes deberían trabajar con la ayuda de un adiestrador(a) o un etólogo(a).

Sin embargo, en España, el abandono sale muy barato; y cuando se endurece la ley, los galgos aparecen ahorcados en un pino en lugar de renunciados en la protectora. Tras cada temporada de caza; cada vez que los animales ya han envejecido o enfermado por falta de cuidados, cuando alguien se cansa de soltarle huesos a un bicho moribundo o un alma caritativa descubre el maltrato constante y decide denunciar…

Sobre esto puedes leer mi opinión, ampliada, en Vida de perros (I) y Vida de perros (II).

Nos creemos que Roco es un juguete, y que cuando se haga viejo, o se enferme, podemos tirarlo a la puerta de una protectora donde le buscarán una familia mejor; o, simplemente, una familia.

Mi propia lectura de esos porcentajes (y motivos) me dice que, si Roco fuese un perro de verdad, se le abandonaría por inútil, porque no aprende, o porque resulta molesto tanto ladrido, o porque, en realidad, Roco era una hembra, y nadie quiso esterilizar a Roco, y ahora espera siete u ocho cachorros; o Roco vivía con una hembra, y nadie quiso esterilizar a nadie, y lo más fácil es renunciar a todos, y buscar a otros perros hasta que surja un problema similar. Y, entonces, repetir.

Un animal de compañía requiere dinero, cuidados, tiempo y conocimiento, y, en España, siguen faltando campañas que nos digan que un perro de protectora o perrera (cualquier perro, en realidad, y en cualquier momento de su vida) puede tener comportamientos que deben ser modificados para adecuarse a vivir en sociedad; ¡pero sorpresa!, existen etólogos, adiestradores y libros, y cursos de psicología animal.

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Lo que faltan son valientes que se atrevan a decir la verdad a la cara, no solo a afirmar que él nunca lo haría, sino que, cualquiera que haga algo así, es un verdadero hijo de puta por abandonar a un animal indefenso; y que, si no lo ves claro, no lo adoptes.

Pero sobre todo, además de conocimiento y una evaluación correcta de tu tiempo, dinero y posibilidades, falta gente valiente en las protectoras y en las perreras que se plante, que diga: no, no cumples los requisitos para adoptar a este perro; no, no queremos que renuncies a este perro en seis meses o en un año; o no, no creemos que estés preparado para tener perro.

Esto ya ocurre. Pero no en todas los centros, y menos todavía en grandes centros donde yo he adoptado y participado como voluntario. Esto ocurre en las protectoras pequeñas —en las de diez, quince, veinticinco animales— que se apoyan en el resto, y puede parecer una salvajada lo que estoy diciendo, pero es una parte fundamental del problema de abandono animal que sufrimos en España: porque lo convierte en recurrente, porque se implican recursos que se convierten en parte del problema a medio plazo y, sobre todo, porque los perros conocen un hogar para volver a ser abandonados.

Dentro de las rejas

Llego hasta Roco, el mastín inventado, en una protectora de mi provincia. Está en un chelín solo, triste; me informan de que no quiere comer, pero le restan importancia desde el principio. Ese es otro problema. Un voluntario(a) jamás debe ser un mal vendedor de coches; obviar detalles, restar importancia o cargar con un peso mayor al que una familia o una persona espera, puede tener consecuencias desastrosas en esa adopción. (¿No te lo crees? Lee aquel famoso texto de Pérez Reverte.)

Es cierto. Los perros no tienen una actitud natural en un espacio tan antinatural como una protectora; se trata de un comportamiento similar al que sufre una persona cuando entra en prisión, no actuará igual que fuera, por muchas razones: otro ambiente, otro contexto, otras personas, otras normas incluso. Esto también debería decirse a todas las familias, porque, probablemente, rápidamente mejorará, pero también tendremos que trabajar problemas de conducta que no habíamos podido ver.

¿Se evalúa entonces si la persona está concienciada? ¿Si conoce las necesidades de ese animal? ¿Si sabe lo que come un mastín? ¿Cuántas revisiones veterinarias necesitará a lo largo de su vida? ¿Lo que supone un principio de displasia de cadera? ¿Dónde vive? ¿Si ha tenido perro antes?

Un adoptante informado, preguntará muchas de estas cosas; sin embargo, se trata de una situación similar a cuando alquilas tu primer piso: no sabrás qué coño preguntar, y no preguntarás nada. Te centrarás en el presente; en el hoy, en lo felices que están los críos, en lo mucho que necesitas dar un cambio a tu vida, y no recaerás en el hecho de que tendrás que pasearlo cada día, jugar con él, enseñarle a comportarse, cuidarle, responsabilizarte los días de lluvia y de sol, y los días buenos, y también los malos.

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Pastores alemanes con batería de larga duración.

Hay muchas cosas que todos los que amamos a los animales desearíamos que pudiesen llevarse a cabo en las protectoras: subvenciones más elevadas, más formación para los voluntarios, sociabilización con otros perros y personas, horas de adiestramiento, posibilidad de corregir problemas dentro del centro, menos tiempo en los cheniles…

Pero de todo ello, hay algo mucho más fácil de cumplir: el no. 

Decir no a esas cincuenta familias que vienen a pasar revista, a toda prisa, el día antes de Reyes.

Decir no a ese chico de dieciocho años que no cumple el perfil para adoptar al pitbull o al american stanford que ya ha sido renunciado dos veces.

Decir no, porque ese perro volverá a la protectora, a esta o a otra, o acabará abandonado, o muerto en la calle.

Decir no a ese juego recurrente del abandono, la adopción y el abandono.

Decir no, como parte del trabajo de los encargados de una protectora; no limitarse, simplemente, a acceder, a entregar a un animal, a analizar la situación solo en la medida en la que nos conviene (¡esta semana han adoptado a Roco y a otros treinta y siete perros! ) y olvidar cualquier seguimiento por siempre jamás.

Una protectora no es un buen sitio para que vivan los animales: todo el mundo debería saberlo, pero más allá de la inconsciencia de miles y miles de personas que no entienden todavía que sus acciones tienen consecuencias, debemos empezar a analizar también (también) todas aquellas que ocurren dentro de las rejas. ¿No os parece?

Ningún animal merece dos vidas de mala suerte.


Puedes leer mi experiencia sobre la adopción de Foc en De unas vacaciones idílicas y otra adopción.

La viñeta de la historia del galgo la encontré en este enlace.

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