De unas vacaciones idílicas y otra adopción

El miércoles hacia el mediodía aparcaríamos en Toledo, a casi setecientos kilómetros de Barcelona; allí estaba previsto comer, pasar la tarde, ver el Alcázar, la Catedral de Santa María y el Puente de San Martín. No teníamos intención de salir de fiesta, ni de acostarnos tarde, porque el jueves nos esperaban Mérida y Badajoz. Acompañados del fuerte rugido del motor de la berlina, cruzaríamos la frontera con Portugal a través de la A6 hasta su capital: Lisboa; allí nos esperaban cuarenta y ocho horas de turisteo antes de coger el coche y escapar hacia la cara sur de la península: Faro, Sevilla, Córdoba y Granada; después Valencia y, por último, de vuelta a Barcelona.

Antes de que sigas leyendo, es importante que entiendas que esto no es una crítica a una protectora, sino una experiencia personal. Una experiencia preciosa que es la adopción de un animal (otra más, en mi caso) con el que compartir tu día a día y en la que pueden salir cosas bien y pueden salir cosas mal.

En este caso, salieron algunas cosas muy bien y otras no tan bien, pero en ningún caso se trata de un reproche —y no debería leerse como tal—, sino de una forma de seguir creciendo como personas y encontrar el modo de ayudar a todos los animales que han tenido la poca fortuna de acabar en un refugio, perrera o protectora.

La ruta estaba planteada para ocho o nueve días, con un día de margen por si las moscas; los hoteles estaban reservados y pagados, los perros irían a casa de unos amigos y los gatos y las plantas quedaban al cuidado de la familia. Todo estaba listo para despegar el 8 de agosto.

Esas vacaciones iban a ser una primera toma de contacto para nuestro viaje por Norteamérica, que supondrá miles y miles de kilómetros por tierra y por aire durante más de treinta días. Por el contrario, las cosas empezaron a tomar un rumbo diferente a mediados de la semana anterior.

Una semana antes, Laura, mi pareja, me enseñó varias fotos de un perro con leishmania que había sido recogido, moribundo, en la Societat Protectora d’Animals de Mataró (SPAM). No le di mucha importancia; cada pocos días miramos imágenes e historias de perros y otros animales que no han tenido demasiada suerte; pese a las miles de historias como la de Caos, intento no profundizar en cada una de ellas: leo, comparto y, a veces, hago un seguimiento para asegurarme de que un porcentaje de las mismas tienen final feliz y puedo seguir manteniendo algo de fe en la humanidad.

Por esas fechas, dejamos pasar un par de días, pero volvimos a hablar sobre él, de improviso. Esa es una señal compartida de que un bicho nos ha tocado la fibra, por lo que una semana antes del viaje a Portugal y Andalucía, decidimos acercarnos por la protectora y visitarlo. Duc estaba en el programa Els que ningú vol (Los que nadie quiere), y había superado una larga enfermedad; también era un pastor, como Dana y como Caos; un pastor que había perdido parte de la trufa y de las orejas; y un dedo de una de una de sus patas traseras.

Foc saliendo del SPAM
De izquierda a derecha: Argos, yo, Félix y Dana, y Laura con Duc (hoy, Foc).

La mayoría de nuestros amigos suelen recomendarnos que dejemos pasar unos días de margen antes de adoptar a otro animal (un buen consejo, que esta vez no seguimos del todo). Frente al perro, frente a Duc, que terminaría por llamarse Foc, lo tuvimos claro desde bien pronto. Aun así, decidimos hacer las cosas bien, y nos reservamos el tiempo suficiente para subir al refugio con el resto de nuestros perros y presentarlos como es debido. Hasta aquí, los planes se mantenían tal cual: todavía quedaba una semana para salir de viaje, y todo había ido a la perfección cuando nuestros animales y el nuevo miembro del quinteto se conocieron.

Pero, entonces, las cosas se empezaron a torcer por unos cuantos días.

A las 10 de la mañana del primer sábado del mes de agosto, aparcamos delante de la Societat Protectora d’Animals de Mataró (SPAM). Por primera vez, aunque no será la única, invito a cualquiera que lea este texto a fijarse en los aspectos positivos y negativos de la experiencia, y también a recordar lo fácil que es hablar desde fuera, la tarea titánica que supone encargarse de cientos de animales cada mes y la imposibilidad de controlarlo todo en cualquier faceta de nuestras vidas. Aun así, también a conocer aspectos que creo que son importantes de reseñar para que cualquier miembro de una protectora, voluntario o gerente de un centro de recogida de animales, reflexione sobre ello.

Empiezo, pues.

Una meada de 300 euros

Cuando llegamos, un chico se llevaba a Duc. Laura y yo subíamos en coche a Mataró con nuestro amigo Félix, adiestrador profesional con nombre de gato, y decidimos, por recomendación del mismo, hacer las presentaciones de los tres perros (Argos, Dana y Duc) fuera de la protectora si a los responsables les parecía una decisión acertada: menos estrés, menos animales que pudiesen afectar ese primer contacto, un ambiente más relajado con posibilidad de paseo… Por lo que parece, nadie había anotado que Duc ya tenía una familia interesada en él, y si llegamos quince minutos después, habría terminado en otra casa.

Foc con Laura, Xus, Yineth y Antonio.
Foc en la Sierra de Collserola, junto a nosotros y unos amigos.

Duc salió de la protectora de Mataró alrededor de las 16:00; con la decisión de cambiar su nombre, pero sin opciones todavía, y con una obstrucción en la uretra que todos desconocíamos y que le había impedido hacer pis desde que nos reencontramos esa mañana por segunda vez. El veterinario —un chico muy profesional al que le calculé unos treinta y tantos— nos dijo que podía ser estrés y que lo controlásemos.

Nunca había escuchado ni leído que un animal pudiese no hacer pis por estrés, pero lo anoté mentalmente para informarme sobre ello y nos marchamos. A medianoche, todavía no había meado; llamamos a la protectora y, en este caso, la respuesta no nos convenció, por lo que subimos al coche con él y fuimos al Hospital Veterinario de Balmes —uno de los pocos que conozco que atienden 24 horas en Barcelona— y que, pese a su gran trabajo, lo cierto es que no nos trae buenos recuerdos, pues allí fue donde nos despedimos de Caos.

Esa primera noche le tuvieron que vaciar 700 ml de orina con una sonda. A los dos días, Foc —a quien rebautizamos entre subidas y bajadas de Mataró a Barcelona, y viceversa— fue operado de urgencia. A mediados de la semana siguiente, cancelamos nuestras vacaciones de 2015 sin atisbo de duda; y después de todo aquello, los controles y el trabajo del equipo de la protectora y el Hospital Veterinari del Maresme fueron perfectos.

Foc y Dana de excursión
¡Foc y Dana se van de excursión!

Sin embargo, lo cierto es que quedaron varias cosas que me hubiera encantado comentar con alguna/o de las/os responsables del centro. Primero, la falta de control y, en cierto modo, la negligencia de entregar a un perro, sobre todo a un perro con problemas físicos y de comportamiento (miedo; inseguridad) al primero que quiera sacarle del centro, donde la pena y la compasión, en un caso tan mediático como este, no siempre pueden paliar la necesidad de conocimiento y de una verdadera disposición sobre lo que significa adoptar a un perro con necesidades concretas. Para ejemplificar esto, basta con decir que la persona que se llevaba a Duc a primera hora jamás había tenido un animal a su cuidado, ya que Laura tuvo la oportunidad de hablar con él.

En segundo lugar, la ausencia de un registro detallado de la salud de un animal, en especial de un perro enfermo que ha estado en un estado crítico durante varios meses. ¿Cómo es posible que nadie supiese que estábamos adoptando a un perro con cálculos en la vejiga y en la uretra?

Lo positivo, y también lo negativo

En contrapartida, hay muchas cuestiones que, por descontado, podemos enumerar a favor de la gestión del SPAM; para empezar, la falta de inversión pública, como nos demuestra el cierre de la perrera municipal (triste e irresponsable a partes iguales) y el movimiento popular que se ha visto en Charge.org y en redes sociales; del mismo modo, como adelantaba párrafos atrás, es muy sencillo hablar desde fuera, o desde protectoras con 15 o 20 perros que critican la falta de control de espacios como Badalona o Mataró, donde se atienden y entregan en adopción a cientos de animales cada año.

Por todo ello, no me gustaría que se leyese este texto como una crítica a una protectora, sino como una experiencia que nos ayude a todos a abrir un poco más los ojos.

El día antes de Reyes, por azar, volví al SPAM —al centro original, no a la perrera que se anexionó a la entidad en 2010. Después de mucho dialogar con una pareja de amigos y de darles mi opinión (contraria), subíamos a conocer a cuatro cachorros que habían entrado la noche antes: entre las 10 y las 11 de la mañana, todos habían sido adoptados, y solo llegamos a ver cómo se llevaban al último de ellos (¡y a varios perros fantásticos de menos de un año a los que mi amigo, por tonto, no quiso dar una oportunidad!).

Foc y yo (Javier)
Foc y un servidor con ganas de dar un buen paseo.

Eso no está bien. Invito a todo aquel que haya leído estas líneas que visite la SPAM de Mataró y compruebe la cantidad de grandísimas personas y fantásticos profesionales que allí se dan cita, que confirme por redes sociales el asombroso trabajo de difusión que realizan, y que también se alegre por todos los perros y gatos que consiguen dar en adopción.

Pero ese sistema no puede funcionar. No deben entregarse cuatro cachorros la víspera de Reyes a familias con las que no hay tiempo de cruzar más que unas cuantas palabras; a familias que no sabemos si han llegado por casualidad ese día o simplemente este año no tienen dinero que gastar en una tienda de animales.

Si falta inversión, si hay demasiados animales abandonados, si no hay una conciencia real frente al abandono y el maltrato animal, presionemos por una Ley de Protección Animal más dura y más funcional, pero no frivolicemos con algo tan serio como la adopción de un miembro de la familia, porque entregar un animal a ciegas y sin control es casi tan peligroso como abandonarlo a su suerte.

Perros durmiendo
Y… ¡eso es todo, amigos!

Porque nadie nos asegura que un perro o un gato no pueda tener dos vidas de mala suerte, pero jamás deberíamos potenciar nosotros esa posibilidad; sobre todo cuando lo único que deseamos con todas nuestras fuerzas es ayudarlos.

Por último, si has llegado hasta aquí, te pido otra vez que no te quedes con lo negativo, y mucho menos que se te ocurra desconfiar del grandísimo trabajo de la SPAM a causa de mis palabras. Decenas, sino cientos de personas, se implicaron en la recuperación de un perro con leishmaniosis muy grave, y entre voluntarios, veterinarios y casas de acogida consiguieron sacarlo adelante; nosotros somos el último peldaño, los afortunados que deben darle una segunda oportunidad a ese animal, y todo lo anterior solo es una pequeña parte, un tropezón por el camino, pero pocas cosas hubiesen sido más agrias que terminar una historia que recién volvía a empezar.

Hoy, Foc es feliz, tiene salud y hace ejercicio diario; y podría cerrar este (no tan) breve artículo diciéndole a todo el mundo que su vida es perfecta, pero mentiría; tras más de medio año con nosotros, sigue mostrando inseguridad con personas, y también ansiedad en un gran número de situaciones diarias. Y sabemos que seguirá arrastrando ese abandono cobarde durante gran parte de su vida; mientras, nosotros continuaremos esforzándonos para que lo deje atrás y él, a su vez, seguirá haciendo de nuestra vida algo un poco más perfecto.

El vegano desestructurado que no quería que su perro comiese chuletas

Hoy, por casualidad, leí el término flexitarianismo que, o bien sería algo así como aquello de lo que hablaba hace unas semanas, o bien sería una forma de no ser consecuentes ni con nuestra propia ética. De cualquier modo, pocas horas después de publicar aquel texto, tuve una conversación muy curiosa. Alguien me escribió lo siguiente: «Muy vegetariano, pero tus perros comen carne y a otros animales.»

Me imaginé mirándole, incrédulo. Él, el señor X, que puede ser hombre o puede ser mujer, me citó un vídeo de Gary Yourofsky que ya había visto (y con el que estoy de acuerdo en un gran número de cuestiones; no en todas, claro que no); le contesté: «Yo puedo elegir una dieta basada en vegetales; mis perros, son carnívoros.»

Fue todo lo que dije. Esa noche, no pude (ni quise) alargar demasiado el tema, aunque se me ocurrió que un cerdo sería una buena mascota para un vegetariano estricto que no quisiese más problemas de moralidad en su vida; además, podría bautizarlo con un nombre bien chulo, como Lord Bacon, el cual llevo años reservando para mi cerdo-mascota y ahora le cedo al mundo a través de este sencillo texto; altruista que es uno, vamos.

Pero lo cierto es que me quedé con ganas de más. Porque es una pregunta que suele cogerme por sorpresa desde que me lo plantearon hace más de un año y medio por primera vez y que, desde siempre, me ha parecido una confusión habitual que termina por dañar a nuestros colegas de cuatro patas (sean perros, sean gatos), por lo que anoté varias cuestiones que no quería olvidar.

Ser humanos

La primera de todas ellas trataba sobre ser humanos. Algo que nos convierte en omnívoros por definición, y no ser perros ni gatos, es decir, carnívoros. Ser humanos es, en este caso, libertad de elección (y acción) en todos estos sentidos; es poder comer carne y pescado o no hacerlo, o poder comer más o menos proteína animal y proteína vegetal.

Habrá quien diga que un perro también es omnívoro, cuando lo que quiere decir es que han desarrollado enzimas que les ayudan a digerir ciertas proteínas vegetales; habrá quien diga que un perro es omnívoro y se equivoque; y todavía será más grave si habla de un gato, que ni tan siquiera puede procesar ese tipo de comidas (y dudo que se las coma a diferencia del perro).

A grandes rasgos, detrás de un perro al que se quiere convertir en vegetariano, hay un dueño con unos principios éticos y morales concretos; el problema aquí es que un perro es un perro y un señor de Murcia es un señor de Murcia. Y el señor puede comer lo que le dé la real gana, pero no debería intentar humanizar a su mascota, sino informarse adecuadamente de las necesidades que esta tiene.

Dejarse llevar por la filosofía

Si seguimos por ese camino, lo que terminaremos haciendo, antes o después, es dejarnos llevar y, finalmente, obligar a otro ser vivo a ir contra natura.

Puede que en un primer momento sea más fácil pensar que ni tú ni tu mejor amigo tenéis la necesidad de matar a otros animales para vivir, y en tu caso (hoy) puede que sea cierto, pero no en el del perro. Esos animales se acercaron a ti en un momento concreto de la historia común porque sobraba un trozo de ciervo que se había puesto malo, o un hueso, o estaban los graneros petados de ratones con los que pegarse un festín.

Evolución del perro

Ese es el origen de la historia común entre humanos, gatos y perros; puede que no sea tan bonito como nos lo imaginamos, pero sí mucho más natural y certero. Y eso es lo último sobre lo que me gustaría hablar en relación con este tema…

Ser natural

Si uno decide dejar de comer animales, o cualquier tipo de alimento de procedencia animal, no creo que haya nada coherente que se le pueda decir al respecto. Cualquiera te dará su opinión, cualquiera podrá equivocarse o acertar, y cualquiera estará en su derecho de omitir las tonterías que le planteen a su paso o ignorar los comentarios acertados que puedan llegarle también; pero no tiene nada de incoherente comprar alimento que tu perro o tu gato necesita y no aquel que te gustaría que comiese. Quizá no hace falta comprar chuletas de cerdo y cocinárselas; a lo mejor es más que suficiente apostar por pienso de calidad y ecológicamente sostenible: aunque esto, siempre será algo que vas a hacer más por ti que por él.

También es cierto que hay muchas opiniones contrapuestas, donde no es extraño que empiecen a surgir ideas sobre las posibilidades de dietas alternativas para nuestros perros (no para nuestros gatos), y otras que mantengan esa idea del animal tradicionalmente carnívoro; sea como sea, una persona responsable debería asegurarse de que ofrece una alimentación adecuada a lo largo de la vida de sus mascotas (aunque no me gusta esa palabra).

Al final, si no podemos aceptar que nosotros hemos decidido tomar una decisión moral, pero no tenemos derecho a arrastrar a nuestras mascotas a una dieta que les provoca todo tipo de intolerancias, solo nos quedará cambiar a perros y gatos por cerdos, zarigüeyas, cuervos, gallinas o iguanas, lo que será siempre mucho más natural que intentar que el día se convierta en noche y la noche en día.

¿Contrastamos opiniones?


Enlaces relacionados:

Vida de perros (I)

Podemos juzgar el corazón de una persona por la forma en que trata a los animales.
Immanuel Kant (1724-1804)
El perro ha hecho del hombre su Dios. Si fuera ateo sería un animal perfecto.
Paul Valéry (1871-1945)

Encerrados y sin recursos. Abandonados, renunciados, nacidos en la calle… La vida entre rejas no es mejor para los perros, y los perros nunca han tenido buena vida. Quizá por su fidelidad, o su nobleza; actitudes que poseen y ejemplifican todos ellos y, por otro lado, que ninguno de ellos llegará a comprender. Si hay una especie que vive y muere por nosotros, son los perros.

Este es un capítulo inventado, y metido con calzador. Un capítulo que no iba a existir porque, diariamente, se realizan muchos más esfuerzos que aquel con el que yo puedo apoyar a través de unas líneas.

Sin embargo, no sería justo, pues todas y cada una de las líneas que lo preceden y que continúan a partir de aquí están planteadas en función de la vida y la muerte de mis perros y mis gatos. No tendría sentido obviar este detalle, así como no podemos seguir eludiendo el hecho de que decidimos compartir la vida con perros y gatos y, día a día, tomamos esa decisión para cambiar de opinión de improviso y abandonarlos a su suerte.

España es conocida por el maltrato animal.
España es conocida por las fiestas y celebraciones que tienen como su centro neurálgico el maltrato animal.

En el mundo se conoce a España por su crueldad con (y contra) los animales. Y quizá autores como Eric Schlosser, Michael Pollan o Dave Grossman no necesiten dedicar un capítulo de sus textos a la vida y a la muerte de los perros y los gatos, pero yo sí. Porque yo nací en Barcelona, cuando había toros muriendo agónicos en Las Arenas y la Monumental —un tema aquí no tratado en detalle—, cuando cientos de perros y gatos exhalaban su último aliento en la calle; cuando las madres todavía no querían pensar en qué ocurría cuando te quitaban un cachorro de entre las manos y lo dejaban caer en la perrera, y donde todavía, hoy, pocas personas quieren saber qué comen, qué ocurre a los pies de Collserola, y cuándo cayó el verde y surgió el gris.

Este es un capítulo para mí, aunque te invito a compartir la experiencia. Un capítulo que nos va a dejar con mal sabor de boca y un nudo en la garganta, y que no va a ser fácil, ni noble, ni fiel. Porque eso es lo que son los perros, no nosotros.

Sobre las protectoras y las perreras

En España, hay dos tipos de centros donde pueden caer los animales callejeros o de compañía. Las protectoras, si tienen suerte, y las perreras, si esta les es esquiva. Muchas personas creen que estas palabras tienen un sentido único pero, como suele ocurrir con la etimología, eso jamás ocurre; ni tan siquiera entre los sinónimos: las palabras tienen matices y, en este caso, la diferencia es, a menudo, la vida o la muerte.

La renuncia [de un animal de compañía] no tiene ningún tipo de coste, ni multa, pues si así fuera, la Administración considera que los abandonos en la vía pública serían mucho mayores.

Las perreras son centros creados por el ayuntamiento o adscritos a este donde se hace cumplir la Ley de Protección Animal (Staff de FAADA, 2015) que, según datos registrados por la prensa, cuenta con diecisiete variaciones según el territorio, siendo la catalana aquella más actual, y la madrileña la que menos; actualizada en el año 1990 (F.P., 2014).

La Ley de Protección Animal rige cuestiones como la recogida y la tenencia de “animales vagabundos” que se encuentren en la vía pública durante 20 días hábiles, con el fin de que estos encuentren adoptante o su dueño los reclame y a partir de los cuales podrá ser sacrificado (el día veintiuno).

Previamente, por ley, se leerá el microchip, si lo tuviera, y se le notificaría al dueño, por si quiere recuperarlo o renuncia a él. La renuncia no tiene ningún tipo de coste, ni multa, pues si así fuera, la Administración considera que los abandonos en la vía pública serían mucho mayores. Asimismo, muchos de estos animales no están identificados mediante un microchip, por lo que una vez perdidos o abandonados no existe forma de que se pueda contactar con los dueños.

Las perreras son organizaciones movidas por el lucro (privadas) o, en algunos casos, públicas, cuya estructurada y organización se ha realizado por ley, y donde encontrar un nuevo hogar al animal no se contempla como necesidad; si bien, en honor a la verdad, también entra dentro de los planes de muchas de ellas.

Por lo contrario, las protectoras son asociaciones sin ánimo de lucro —como una ONG—, cuyos beneficios se utilizan para el cuidado de los animales, la búsqueda de nuevos adoptantes, la mejora de las instalaciones y los sueldos de los trabajadores que conforman la plantilla fija (no de los voluntarios). A diferencia de las perreras, las protectoras no sacrifican a los animales y tienen un cupo de cuidados y adopciones más limitado, lo que les permite funcionar de un modo más eficiente.

16 perros y gatos abandonados por hora en España
Un grupo de perros callejeros en México D.F. Uno de los puntos del planeta con mayores problemas de abandono animal. Aun así, el problema en España es igual de grave, donde se abandonan cada hora 16 perros y gatos según las cifras recogidas durante el 2014.  ©Instituto Perro

Como suele ocurrir, aquí hay blancos y negros. Ni las perreras son un cáncer a erradicar ni las protectoras son la solución. En realidad, hoy día, las perreras no podrían funcionar como protectoras, pues se acogen a razones prácticas de espacio y adopción. Pero siendo objetivos, y muy, muy fríos, podríamos decir que las perreras podrían seguir funcionando mientras tuviesen perros y gatos que matar, y las protectoras no.

Si entramos en materia, rápidamente observamos varios problemas. El primero, y quizá aquel más importante, es que las perreras actúan a través de un cariz utilitarista: “este perro es viejo”, “este gato es ciego”, “esta perra no es de raza”, “estos perros son de raza potencialmente peligrosa”, mientras que las protectoras escogen a los animales que pueden recoger, o se comunican con otros centros, y se apoyan en el volumen de las perreras para poder buscar hogar a unos pocos. En otras palabras, las protectoras no podrían funcionar sin las perreras; y aun así, casi nada de lo que ocurre en las perreras es bueno.

El error principal, al igual que ocurre con una legislación nacional que permite diecisiete modificaciones autonómicas diferentes en un espacio natural que, a grandes rasgos, mantiene un ecosistema heterogéneo (hablando en plata, que vale para Barcelona, Valladolid y Asturias por igual), es que si queremos alcanzar el sacrificio cero de animales en las perreras, necesitamos una ley conjunta y la cooperación de perreras y protectoras hacia un fin común. Si no, el sistema colapsa.

Continúa.


Lista de referencias bibliográficas:

  • Staff de FAADA (2015). Protección animales Código Penal. Fundación FAADA. Recuperado de http://faada.org/legislacion-1
  • F.P. (2014, 28 de mayo). Leyes de protección animal: España mejora en materia penal, pero continúa el caos autonómico. 20 Minutos. Recuperado de http://www.20minutos.es/noticia/2149922/0/leyes/proteccion-animal/espana/

El perro que quería ser

Hoy, te voy a contar su historia, una de esas sin medias tintas; así que vamos al grano, y ya sacarás tus propias conclusiones. Que sepas que no voy a molestarme en explicarte cuánto han sufrido sus protagonistas; quiero que seas tú quien recuerde esa espina clavada que no siempre puedes encontrar en tu conciencia; dejaré que seas tú quien coloree con emociones estas líneas. Y podría empezar con un «Érase una vez», claro, pero lo haré de un modo distinto; reservemos esa expresión para las historias felices, ya que esta no lo es.

Verás… su camada fue de las interminables; de aquellas en las que salían cachorros y cachorros y, tras la decena, los presentes empezaban a dudar sobre cuánto más se iba a alargar aquello. Después, como era habitual, se les dejó espacio por unos días. Todos pudieron amamantar, aunque sintiendo a su ascendiente muy lejos. Sus hocicos buscaban continuamente al de su madre sin encontrarlo, quien se mantuvo por siempre recostada en un rincón de las instalaciones. Tras los barrotes, la camada movía las colas entre sí, jugaba, se sonreía, pero la inacción total de sus mayores no tardó en provocar carencias en su sociabilización, y peleas constantes ante las desatenciones.

Lo que no sabían las crías es que su madre estaba imposibilitada, impedida y casi inválida de tanto criar, y parir, y sangrar, y volver a ello demasiadas veces ya. Tampoco sabían que, a menudo, su padre no era más que una jeringa, ni que iban a ser vendidos, porque aquellas paredes ocultaban decenas y decenas de bestias que no tenían más término que el propio dinero.

Granja de perros

A poco más de cien metros de allí, bajo el sol, varios ejemplares adultos se empujaban unos contra otros, y se mordían constantemente; asustados, hacinados en pocos metros, esperando que alguien se encariñase de ellos mientras miraban hacia la luna por vez primera y última, quien los despedía sin entender por qué abandonaban la hierba que solo habían pisado unos minutos y entraban, a empellones, en ese sombrío camión.

Días más tarde, los pocos jóvenes que todavía no habían iniciado el mismo camino de no-retorno observaban, nostálgicos, a sus compañeras, sin intuir que el próximo parto significaría también el rapto de muchos ellos. Donde la cría y la compra se repetían un número casi infinito de veces, donde cada cual cumplía su misión, y sus largas orejas se perdían en el interior de un vehículo que los separaba.

Granja de cerdos

Cuando me hablaron de aquel lugar, imaginé sus hocicos y su pelo, y el valor de sus vidas; imaginé una fábrica de perros de cría, y me resultó una imagen infernal. Imaginé un lugar destinado a dejar solo sufrimiento y culpa en nuestras manos. Imaginé.

Pero no te preocupes, lector pues, pese a las importantes semejanzas, no eran perros, sino cerdos; cerdos que desaparecían una vez, y otra vez, y otra vez… y a nadie importaba por estas latitudes.

Mucho por vivir

Este octubre no ha sido un mes para Doblando tentáculos, sino para otros proyectos. De todos ellos, Oldies es aquel del que estoy más orgulloso de haber podido participar; aportar mi grano de arena me ha permitido conocer a verdaderos héroes de cuatro patas y a sus orgullosos compañeros, ser partícipe de su historia e intentar volcarla en un papel, disfrutar de lo que significa vivir un momento tras otro…

Oldies: mucho por vivir son fotografías, son segundos entre los que el obturador de una cámara se abre y se vuelve a cerrar, son instantes con un relato detrás. Un testimonio que habla de todo lo que nos dicen que no podemos hacer y, de todos modos, hacemos; de lo que nos enseñaron que era arriesgado, cansado, absurdo  e incluso estúpido, y no podemos evitar llevar a cabo; Oldies es otra manera de dar forma al inconformismo y cambiarlo todo a nuestro paso, entre todos.

Raider, uno de los perros que ha participado en 'Oldies: mucho por vivir'.

Y si me preguntas de qué va el proyecto, supongo que contestaría que de perros mayores; de esos que conmueven las miradas de muchos, pero no siempre los actos. De compañeros caninos que han sido abandonados cuando más necesitaban una familia, animales que han vivido todos los días que recuerdan en una protectora, y también otros que vencieron las estadísticas para encontrar una segunda oportunidad.

Por supuesto, no todos llegaron mayores a sus familias: muchos han vivido desde cachorros con quien dio el paso y adoptó a aquel galgo que iba a ser descerrajado a tiros en Valladolid o a uno de los jóvenes miembros de las muchas camadas que, en España, nacen para morir. Sin embargo, su energía, su complicidad y sus ganas de vivir diez, doce o quince años después son el mejor ejemplo del porqué de este proyecto.

Duc, el golden retriever que ha participado en 'Oldies: mucho por vivir'.

Quizá no sea más que otra forma de permitir que un perro anciano nos salve, como Caos hizo con nuestra (no tan) pequeña familia entre una asombrosa primavera de hace tres años y aquel invierno que nos heló un poco el corazón para siempre. Pero también nos ayudó a crecer, a ser más fuertes, más responsables, más personas. Y sobre todo nos ayudó a aprender a vivir minuto a minuto y a disfrutar de las cosas importantes.

Si quieres comprar el eBook y hacer una pequeña aportación al proyecto, aquí tienes el enlace: Oldies: mucho por vivir.

El perro obediente y el perro esclavo

El verdadero derecho que deben tener todos los animales es el de no ser propiedades.

Gary Francione (1954 – )

Entre un perro obediente y un perro feliz hay una línea muy fina. Eso sí, a ambos lados se hacen las mayores barbaridades con el mejor amigo del hombre: sea por exceso, sea por defecto. Algo que viene a demostrar que, por muy bueno que uno sea con el mundo, el mundo no tiene por qué corresponderle.

Cada tarde, al pasear con nuestra (no tan) pequeña manada por Barcelona, nos cruzamos con personas que no levantan la voz ni riñen a su perro ni que la vida les fuese en ello, y también otras que no entienden ningún otro tipo de comunicación más allá de los gritos y la constante censura sobre todo aquello que al animal se le ocurre hacer.

Entre tanto, los hay que los creen de su propiedad, o demasiado almas libres como para adaptarse a la vida en sociedad; los hay intransigentes con los perros de los demás y no con el suyo propio, y también los hay verdaderos malnacidos que, antes o después, se convencen de que no hay nada malo en abandonarlos.

Pero quien más, quien menos, todos queremos que nuestros perros sean obedientes y puedan adaptarse a nuestra vida diaria, sin reparar en que, lo que es natural para nosotros (no hacer pis en cualquier parte, estar ocho horas sentados trabajando, aguantar a gente que en realidad nos cae fatal…), no es natural para ellos.

Dana y Javier RuizSin embargo, nuestro mejor amigo es, muy probablemente, uno de los seres vivos más adaptables en relación al ser humano: ¡y menudo descanso! Por ello podemos enseñarle a hacer pis y caca únicamente en los árboles, a mantenerse pasivo varias horas al día, a dormir en su caseta o a pasear junto a nosotros.

Además, a diferencia de lo que todavía suele creerse, enseñar a un perro habilidades sociales o deportivas, no solo les estimula mentalmente, sino que también hace que se lo pasen genial. Y lo mejor de todo, se ha demostrado que puedes enseñarle todo lo que vais a necesitar con premios y otros estímulos positivos.[1]

¿Entonces, por qué muchas veces se considera que el perro se ha convertido en un esclavo de los seres humanos? ¿Son más felices con todas esas normas, rutinas y órdenes que les imponemos? ¿Acaso nuestro compañero no puede disfrutar de su vida en una casa pequeña o siguiendo los patrones de conducta que hemos decidido implantar por necesidad social (bozal en el metro, transportín en el coche, pasear junto a nosotros por la calle…)?

Quizá la pregunta debería ser: “¿Cuándo un perro deja de ser obediente para convertirse en un perro esclavo de su dueño?” Con toda probabilidad, cuando empezamos a hablar de dueño y mascota, y no de familia y compañeros de viaje.

Un perro puede divertirse aprendiendo, y lo hace; en especial, cuando en lugar de sancionar conductas, nos decidimos por enseñar a nuestro nuevo amigo todo aquello que sí puede hacer con nosotros y las ventajas (caricias, premios, buen humor, relación entre un miembro del grupo y el macho reproductor…) que ello supone frente a la obligación de la conducta que, de no realizarse, siempre implica un castigo.

Dana y Javier Ruiz en un curso de clicker

Él o ella también puede estresarse o frustrarse, igual que nosotros, y en su justa medida, no conozco a nadie que afirme que eso es algo malo. Hasta llegar al estrés, hay un camino —más o menos largo, eso es lo que debemos reconocer— que nos permite dar nuestro mejor rendimiento y mejorar día tras día.

Por el contrario, en el 99,99% de los casos (ya que inventamos una cifra, ¡nos pasamos tres pueblos!) se puede afirmar que un perro es mucho más infeliz cuando no ha aprendido a qué reglas debe atenerse dentro de su pequeño círculo que cuando aprende a comunicarse eficientemente con nosotros, pues esta es la mejor forma donde las dos partes se divierten, aprenden y se lo pasan en grande, ¿o no?

En el extremo contrario, hallamos esa práctica minoritaria de esclavizar a nuestro mejor amigo mediante órdenes y sesiones eternas de adiestramiento en busca de una plusmarca personal que omite totalmente la salud física y psicológica del animal, así como la (todavía muy) desconocida Ley de Yerkes-Dodson; eso es no tener respeto por el animal, por mucho que creamos saber de perros.

¿Has leído hasta aquí? De acuerdo. Entonces, hazme un favor. Busca qué es un clicker, para qué sirve y empieza a enseñarle a tu perro todo lo que puede hacer (PDF), y olvídate de seguir haciendo todo lo contrario.

[1] Sí, lo sé. Soy muy consciente de que hay distintas corrientes, que no todo es positivismo extremo en el adiestramiento y que hay algunos casos (en especial, casos de agresividad canina) que deben estudiarse detenidamente.

Tu perro y el puñetero síndrome de Walt Disney

Cuando adoptas a un perro, no puedes hacerte una idea de lo complicado que puede ser llegar a convertirse en un buen compañero. Supongo que como la decisión es nuestra, no podemos evitar pensar que vamos a mantener el control de la situación a partir de ahí; pero ni de coña.

Cuando descubres que tu perro no deja de tirar de la correa, te destroza la casa cuando te escapas a por un café o no hay forma de que obedezca a un simple sienta, compruebas lo equivocado o equivocada que estabas.

Eso sí, por irónico que parezca, a mí me acercó hacia los perros aquello que aleja diariamente a perros de amos; y lo que es peor y más condenable, a amos de perros, en cualquier carretera poco transitada de nuestro país.

Mi primer perro no sabía subir ni bajar escaleras, siempre estaba histérica y corría ansiosa a todas horas dentro y fuera del piso; al poco tiempo, se descubrió que sufría ansiedad por separación y que se entendía mejor con personas que con otros perros a causa de un imprinting escaso o inexistente: lo que ha marcado a la perra para siempre pese a sociabilizarla con miles de perros, personas y otros bichos durante casi seis años de vida.

Dana durmiendo
Dana durmiendo; días más tarde destrozó su colchón; y se comió mi sofá.

Pero hoy no quiero hablar sobre cómo nos cargamos la vida de millones de perros obviando sus necesidades más primarias (imprinting, sociabilización, etcétera), sino de cómo la gran mayoría de personas que comparten su vida con un perro no se nos preocupamos de su comportamiento hasta que afecta negativamente a nuestra rutina diaria. En otras palabras, ¿a cuántas personas conoces que estaban encantadas con su perro hasta que les rompió unas zapatillas de deporte o se volvió ansioso, miedoso o agresivo?

Y a partir de aquí hay dos extremos siempre: el primero, es consentir y afirmar que son cosas de perros (lo cual es «sencillo» con el pug o el terrier de turno, pero más complicado con un rottweiler o un pitbull), el segundo, es que ese perro no está educado o no sabe convivir con personas y que algo habrá que hacer (y más de uno se atreverá a cambiar ese con por un cómo).

Además, esto nunca ocurre tras compartir una preciosa excursión con toda la familia o disfrutar de una barbacoa todos juntos; como decía, esto sucede cuando el perro se nos ha meado en el parqué, se ha cargado una silla a mordiscos o ha hecho alguna otra trastada en la terraza; cuando realiza alguna conducta molesta que nos fastidia la rutina, ¿o no? Sigue leyendo «Tu perro y el puñetero síndrome de Walt Disney»

Golfo, el perro invisible

Golfo, el perro
Golfo (2000-2012)

Mamá dice que la nostalgia es algo que tienen los mayores cuando ya no son niños como yo. Dice que Golfo ahora es invisible; un perro invisible es la envidia de todos mis amigos, pero yo no sé por qué se oculta de nosotros. Quizá Golfo no quiere que yo oiga cómo crujen sus huesos y se apagan más y más sus ojos. Quizá cuando llega el final de Golfo, él prefiere irse de la ciudad, escaparse en silencio de mi lado. Qué perro más tonto; será invisible, pero Golfo es un tonto.

Voy a abandonar a mi perro

Cuando uno de nosotros muere, no se pierde gran cosa. La vida me dio esa certeza. Pero cuando desaparece un perro noble y valiente, el mundo se torna más oscuro. Más triste y más sucio.

Arturo Pérez-Reverte (escritor y periodista español, 1951)

Quizá quieras saber esto:

Argos está mal hecho: tiene la cabeza pequeña, la pelvis demasiado elevada y camina patizambo porque es un mil leches. Está gordo y es vago. Y cuando se aburre, ladra, y si le riñes, a menudo, ladra más.

Caos está lisiado. Tiene varias fracturas en la columna vertebral que no le dejan caminar bien y no puede dar más de treinta o cuarenta pasos seguidos y, en consecuencia, suele cansarse rápido o tirarse al suelo a lloriquear; además, a veces, como no puede levantarse, se caga; y, para más inri, tiene una herida en la trufa  que nunca se cierra y suele sangrar (pénfigo, una enfermedad autoinmune).

Dana está loca. Según tres etólogos distintos, los tíos que diagnostican el comportamiento de los animales, tiene problemas de hiperactividad e hiperreactividad.

Todo ello me importa una mierda, que lo sepas.

Y si no lo entiendes ahora, luego lo entenderás.

Caos, un tipo elegante
Caos, un tipo elegante.

Por su culpa, la casa está hecha un asco, el suelo siempre está lleno de pelo por mucho que se barra y las paredes están salpicadas de manchas y suciedad por mucho que se pinten. Tienen que pasear cada dos por tres, y correr, y siempre están buscándote para jugar pese a que les compres juguetes, y son un incordio.

Cuando compré a Dana, estuve días pensando en el nombre más apropiado para aquel cachorro de pastor alemán que había visto en la tienda alejada del resto. Dánae me pareció ideal, pues como relataba Ovidio en Las metamorfosis, alguien había decidido encerrarla en su propia torre de bronce. Después, con el paso del tiempo, nunca terminó de integrarse con los perros del pipicán, le costaba entender qué querían los otros animales, no obedecía y destrozaba la casa (¡incluso se comía las paredes!).

Después llegó Argos, al que nos encontramos en la montaña y nos encariñamos de él, claro. Era muy pequeño y lo habían abandonado cerca de la perrera con el resto de su camada. A diferencia de sus hermanos, había sido suficientemente inteligente para salir de la caja, apartarse de los otros y venir hacia nosotros. Llamamos para dar aviso y nos lo llevamos, pensando que, quizá, la perra necesitaba compañía, y que cuidar de dos animales no debía ser muy distinto a cuidar de uno, claro.

La cosa funcionó bastante mal, y nos mudamos fuera de la ciudad. Allí, alquilamos una casa y les dimos terreno para que se moviesen, pero el adiestrador nos dijo que tenían que seguir saliendo a pasear (alucinante, ¿eh? ¡con todo ese terreno!) y nosotros todavía teníamos menos tiempo que antes, ya que debíamos subir y bajar de la ciudad en coche entre largas colas de pringados como nosotros que se comían los atascos en hora punta. Uno de esos días, nos encontramos otro mil leches, mezcla de pastor alemán, al que habían apaleado y abandonado, y decidimos rescatarlo y darle un hogar. Y con eso, hicimos el trío.

Vaya tres cagadas, ¿verdad?

Dana y Teo, uno de nuestros gatos.
Dana y Teo, uno de nuestros gatos.

Si estás de acuerdo con algo de lo anterior, mucha gente te diría que te pirases de aquí; sin embargo, yo escribo esta entrada para ti, para convencerte de que todo lo de arriba son gilipolleces, de que pensar así es pensar poco, y de que si no empiezas a responsabilizarte de ese animal con el que decidiste compartir tu día a día, te va a ir todo como el culo, porque no se trata de condicionar tu vida a un animal, se trata de no joder tu vida si no estás convencido de que quieres a ese bicho contigo.

El escritor Arturo Pérez-Reverte decía aquí que el rasgo del perfecto hijo de puta es arreglárselas para que sus actos acaben por no avergonzarlo en absoluto. Yo creo que, si alguna vez te has planteado abandonar a tus perros, deberías meditar sobre por qué decidiste comprar, adoptar o recoger a ese animal y, si vas a hacerlo o ya lo has hecho, vas a arrepentirte toda tu puta vida, por lo que te recomiendo que te des media vuelta y empieces a buscarlo por todas partes.

Y es que entiendo que creas que soy idiotaComprendo que tú no tengas tiempo ni dinero que gastar en un bicho de doce o catorce años que te encontraste maltratado y moribundo en una carretera, pero a mí me vale con poder dar a ese animal algo de paz y tranquilidad que le permita dormir con los dos ojos cerrados al fin. Entiendo que tú no quieras un perro gordo, feo y desgarbado, pero a mí me vale con tener un amigo fiel. Y, por supuesto, entiendo que tú no quieras una perra histérica, que le cuesta controlar cualquier instinto y con la que tienes que entrenar obediencia y salir a caminar, o correr, o jugar con la pelota, o con el mordedor, o con algo, hasta que está agotada y decide tumbarse un par de horas antes de volver a dar guerra.

Pero, ¿sabes? Te pido que entiendas que eso es lo que hace feliz a la gente que tiene perros; no se trata de darles un hogar, sino de permitirles compartir el tuyo, porque quieres, porque crees que su presencia enriquece tu casa, y porque te suda la polla que te ensucien la pared, que te suelten pelo o que se froten el culo en la alfombra. Y, sobre todo, te exijo que entiendas que la vida no te debe nada, y que las cosas jamás serán como tú quieres. Quizá te sale un hijo con Down, quizá te pegan tres tiros, o quizá te coge un cáncer, ¿y por qué los demás van a querer cuidar de tu hijo mongólico o de tu pellejo canceroso? Se trata de responsabilidad; si tienes un crío, no lo abandonas cuando te falta la pasta; si tienes un perro, tampoco: créetelo, porque si quieres convivir con un perro necesitas una buena dosis de responsabilidad.

Argos descansando.
Argos descansando.

Tampoco supone un intercambio justo, no te equivoques. Puedes dedicarte a cuidar a esos animales toda su vida, y se irán, ya sabes. No obstante, quizá descubres que ellos han palmado felices de haber compartido su vida contigo y, cuando te toque a ti, puede que descubras que cada perro que ha compartido tu casa te ha hecho inmensamente afortunado también. Quizá llegue el día que veas un sinsentido en prescindir de ese animal que está contigo a las duras y a las maduras por cuatro caprichos, porque te estorba o —¡qué coño!—, porque te han largado de tu piso por el que te hipotecaste hasta las trancas. Pero si dudas, no le compliques la vida a ese animal, ni te compliques la tuya con más gastos, dolores de cabeza y obligaciones.

También puede ser que todo esto te resbale, que no te interese, que consideres que el mundo no te debe nada, ¿verdad? Entonces, ten huevos. Ten huevos de acercarte a una protectora y dejarlo ahí, y diles: «Me equivoqué, y fracasé.» Ten huevos, como mínimo, de eso. Ten huevos de darle una segunda oportunidad. Pero sobre todo, no compres, ni adoptes, ni recojas a ese animal si no estás seguro o segura de que vas a estar con él hasta el fin de sus días (o de los tuyos), porque te aseguro que él va a estar ahí para ti, y no se merece que seas una mala persona; así que hazme caso, sé la persona que tu perro cree que eres.