Una perra llamada Laika, cosmonautas suicidas del espacio exterior y el maltrato animal

El lunes pasado, se conocía la noticia de la muerte del astronauta Neil Armstrong. Aunque a estas alturas de la película los seres humanos somos cada vez más descreídos, la actualidad y la casualidad han tirado abruptamente del pedestal a dos Armstrong la misma semana.

El ciclismo y la ciencia aeroespacial afectan poco o nada a nuestro día a día, pero estas noticias que aparecen en los grandes medios y mueven a las masas dormidas te obligan a navegar por la red y encontrarte con que ni astronautas ni cosmonautas dijeron aquello que dicen que dijeron. No hubo ni un pequeño paso para el hombre, ni grito alguno en ruso preguntando sobre algún dios en la sala. Llegados a este punto, cualquiera se anima y empieza a dudar sobre el aterrizaje del hombre en la luna, los compuestos del gel de baño de Mercadona o la fruta y verdura transgénica. Llegados a este punto, uno concede a los perros mayor grado de verosimilitud que a militares soviéticos o americanos.

Entonces, llega hasta mi mente Laika, o Kudryavka, como se llamaba antes de que la fama la alcanzase. Laika, como tantos otros perros, fue lanzada al espacio cuando las tecnologías de subórbita, o retorno, aún no estaban diseñadas, y tampoco se conocían las posibilidades reales de supervivencia fuera de la estratosfera.

La gran gesta del animal, sobrevivir entre cinco y siete horas hasta su muerte a causa del calor y el estrés provocado por el lanzamiento, no se desveló hasta hace una década.

En los cincuenta, las cosas eran distintas. Los señores llevaban sombrero y las señoras hacían panqueques, excepto en la Rusia soviética, donde los panqueques hacían señoras y los sombreros llevaban señores. Ahora, Laika no iría al espacio, porque nos asaltarían las dudas sobre la humanidad y no humanidad inherente en el acto, en tomar decisiones por aquellos que no tienen la capacidad plena de tomarlas, o no las entienden.

Laika, como todos los perros que he conocido, no comprendía conceptos como el honor, el amor y la familia, pero seguro que los ejemplificaba mucho mejor que nosotros, pese a nuestro etnocentrismo. Laika seguro que vivía plenamente en la calle, de forma natural, y no mantenía ningún interés en los programas aeroespaciales soviéticos. Sin embargo, siempre hay alguien que intenta humanizar al animal, eso siempre complica las cosas. A veces, llega al extremo de ganar una competición de cosmonautas perrunos y acabar asfixiada a cientos de miles de kilómetros. ¿Qué se puede decir? No había mala fe. Eran otros tiempos. Ahora, somos más modernos. Ahora humanizamos a nuestros perros, hasta el punto que castigamos su conducta animal. Si Laika levantase la cabeza…

Primeras impresiones (II)

Mallorca (3)

Quien no sabe poblar su soledad, tampoco sabe estar solo entre una multitud atareada. 

Charles Baudelaire

Estos días me descubro encerrado en un pequeño cuarto vacío del piso de arriba. Mi yo creativo parece funcionar mejor en una soledad autoimpuesta, por lo que tras montar un escritorio y unas librerías, corchos, cuadros y archivar toda la documentación personal y profesional, me encierro en un cuarto vacío, con una mesa extremadamente colorida de IKEA que atenta contra mi heterosexualidad, y poco más.

La habitación tiene una pequeña ventana desde la cual puedo observar el patio; a menudo, me quedo allí en silencio, observando los racimos de uva que se enredan y crecen en las rejas, a toda la fauna que pulula por aquí y el silencio que impera por norma. El atardecer parece ser la hora en la que paso más tiempo allí arriba, aunque cada vez descubro antes cómo anochece entre ideas a medio desarrollar. Después, desciendo las escaleras entre fluctuantes estados de humor, dependiendo de las ganancias y las pérdidas de la tarde, que siempre son relativas.

Algunos días, no puedo quitarme de la cabeza la poca gente que se mueve por las calles del pueblo. Aquí, después de unas semanas, todo el mundo recuerda tu cara y, con mayor o menor aprecio, parece que formas parte de algo. Un pueblo no es más que un número de personas, un número pequeño, no un número que, para el ojo humano, tiende a infinito como el de las ciudades. Aquí, uno puede encontrar esa soledad buscada por el Sturm und Drang, esa soledad típica del enamorado, del joven Werther henchido de penas. Cuanta menos gente encuentras, más sencillo es recordar aquel aforismo de Schopenhauer que decía: Nadie puede salir de su individualidad.

Cuando el suelo está repleto de hojas destripadas, de papeles acusadores, abandono el bolígrafo a su suerte, pensando en cómo esa búsqueda de la propia individualidad se convierte en un imposible en ciudades como Barcelona. Aquí, entre cuatro calles, observas cómo esa mezcla de interés y cotilleo por el prójimo también vuelve imposible ese tipo de soledad. ¿Qué resulta entonces más real? ¿La soledad dentro de la masificación urbana o la imposibilidad de la misma allí donde todos llegan a conocerte? Al final, todo se resume en el qué dirán frente al acto de que nadie diga nada. Pese a sus modos, ambos hieren de forma agravante.

Recapitulando: el viaje de ida

Mallorca (2)

Pirado

1. adj. coloq. Dicho de una persona: alocada. U. t. c. s.

Unas semanas antes de mi cuarta mudanza en dos años, casi atropello a un perro. Tras una cena sana y nutritiva… en el Burger King, paladeaba el privilegio de caer en un sofá cercano sin respiración, con el estómago lleno de hamburguesas dobles, patatas fritas y otras tantas porquerías mientras veía telebasura de medianoche. Entonces, un perro se paró delante de mi coche.

¿Saben cuándo van conduciendo y un animal se cruza en su camino? Ya sea en una carretera principal, una autopista, o una carretera de montaña; ya sea un erizo, un mapache o un caballo; la mayoría piensa: «alguien se parará.» Ese imbécil soy yo. Siempre. (Sé que no soy el único y doy gracias al resto.) Mi pareja es tan idiota como yo, ergo se junta el hambre con las ganas de comer.

El perro era un cruce de pastor alemán, con todo el pelo blanco —más tarde, descubrimos que era pelo muerto—, una herida enorme en la nariz y una cojera constante. Desnutrido, renqueante y con todas las pulgas y garrapatas que se habían paseado por la mayoría de las urbanizaciones del Baix Llobregat.

Por culpa de los anuncios de Ikea, quince días antes de nuestro viaje de ida a Mallorca tuvimos que vacunarlo, bañarlo, bañarlo y volverlo a bañar, desparasitar, esterilizar y gastarnos más de lo que había costado llevarse nuestros otros cinco animales, el coche y los pasajes en camarote. Entonces, comenzó el periplo. Como si de un viaje a Ítaca se tratase, nos dispusimos a coger un barco de Transmediterránea en costas catalanas y desembarcar, con dificultad, en tierras mallorquinas.

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No podéis imaginar lo que es ir en un coche cargado hasta los topes, con un «transportín» con tres gatos y otros tres perros en la parte de atrás. Por supuesto, nos ocurrió de todo: nos paró la Guardia Urbana, nos quedamos sin casa un día antes del viaje…

Hasta aquí llega el tono jocoso y empieza un cabreo monumental con la compañía Transmediterránea. Motivado por una conducta irresponsable e inhumana frente a las animales que cobran por transportar. Sobra decir que no dudaría en meter una demanda si pudiese probar lo más grave de lo que explico a continuación; otras afirmaciones son una realidad en sí mismas. Disculpad si el texto no está tan pulido como debiere; aquí solo pretendo expresar mi descontento y denunciar públicamente una serie de sucesos.

Desinformación

1. tr. Dar información intencionadamente manipulada al servicio de ciertos fines.

2. tr. Dar información insuficiente u omitirla.

Nuestra nueva ‘adquisición’ tiene mal la cadera debido a continuas palizas y una rotura que se «soldó» al natural. Mover ese animal y a los dos que ya teníamos era difícil; ¿llevar una jaula colgada con los tres gatos, mientras paseas con tres perros por un barco atestado de gente desorientada? Imposible. Entre gritos y quejas, tuvimos que cargar a hombros al animal, bajo miradas de ASCO de algunas trabajadoras, réplicas y malos modos; también, como en todos lados, hubo personas pacientes, aunque nadie se ofreció a echarnos una mano.

Maltrato

1. tr. Tratar mal a alguien de palabra u obra. U. t. c. prnl.

2. tr. Menoscabar, echar a perder.

Mientras enjaulábamos en cubierta a los animales, los gatos continuaban en el garaje. Era uno de los temas que más aprensión nos daba, y se cumplieron (casi) todos nuestros miedos. Habíamos preguntado a CUATRO empleados diferentes durante toda la tarde, tanto en tierra (al recoger los billetes) como en el barco (en el garaje, a un miembro de la tripulación y en recepción) pero, cuando llegamos a las puertas para descender al parking de nuevo, un marinero nos cerró el paso.

En total habrían pasado unos cinco minutos, no obstante, habían cerrado el garaje y se negaban a dejarnos recoger a los gatos. Como es lógico, ignoré (ignoramos) al marinero y salí corriendo a toda mecha bajando los escalones metálicos de diez en diez para descubrir que las puertas todavía estaban abiertas. Para todos aquellos que no lo sepan, las emisiones de los motores convierten en tóxica el área de todas las cubiertas utilizadas como garaje. Por esta razón, encerrar a un animal allí durante una travesía es condenarlo a morir envenenado.

Frustración

1. f. Fracaso de una esperanza o deseo.

Caos, un tipo elegante (como Tomeu Penya).

Al día siguiente, sin saber cómo, conseguimos bajar a seis animales hasta el garaje. La quinta vez que pregunté, me dijeron que tenía que cargar con todos ellos juntos. El perro que habíamos recogido hacia solo quince días no lo conseguía. Así que tuve que llevarlo en brazos de nuevo. Las personas miraban sin comprender o, directamente , desviaban la vista, la puerta de la jaula de los gatos se salió de sus ejes varias veces y, de algún modo, entre pausas y nerviosismo conseguimos entrar en el coche. Habíamos atracado en Palma y el motor de nuestro Ford rugía, también histérico, cansado de mandar a tomar por culo a tanto incompetente.

Desafortunadamente, imagino que no será un caso aislado. Yo no volveré a viajar con Transmediterránea si puedo evitarlo, porque mi visión parcial (diez travesías) solo ha observado a empleados incompetentes y faltos de humanidad. Tampoco hay mucho bueno que decir sobre el resto de los pasajeros de este viaje, excepto por aquel hombre de la compañía que nos permitió, tras ver el percal, recoger los candados y la llave del camarote delante de aquellos que estaban ya haciendo cola. Quizá fue para que no armásemos lío por el medio, quizá lo hizo por deferencia. Sea como sea, fue la única persona que nos echó un cable durante las diez horas que duró el peor viaje de nuestras vidas. El único que nos tendió una mano amiga.

Primeras impresiones (I)

Mallorca (I)

Señoras y señores, chicos y chicas, yo he realizado el sueño del urbanita medio. Ese sueño que anhela todo hijo de vecino cada lunes, a las siete menos cuarto de la mañana, cuando, de camino al trabajo, pilla un atasco, grita hasta desgañitarse por la ventanilla de su R5 y proclama:

¡Que les den por culo! Yo me voy al campo y me planto unos tomates y unas gallinas. ¡Eso sí es vida!

Y unos cojones. ¿Por qué se creen ustedes que la gente migró a la ciudad? ¿Por el Zara y el H&M?

Visto lo visto, y al existir tal posibilidad, nos hemos mudado a Mallorca, provincia alemana en la sombra desde hace cincuenta años. Lugar donde la gente habla rápido, habla alto y te miran mal desde sus puertas y ventanas al grito de «Foraaaaaaaaster!», «Idò, Pere, aquest-qui-putes-és? Cagonsaputa… que no vingui per res dolent que li fotre-una-llosca-que-li-pareixerà-que’l-mon-l’empeny…!»

Vivimos en la última casa del pueblo. Un pequeño pueblo cercano a Inca —quienes hicieron buenas migas con doña Maria Cristina y les otorgó el título de ciudad en 1900, antes de que Alfonsito se hiciese mayor—; está apartada del centro (donde se reúnen en hora punta cinco o seis personas), tiene dos plantas, cuatro habitaciones y muchos metros de terreno alrededor.

Aquí estoy aprendiendo cómo funciona de verdad una azada y un motocultor, para qué leches son esas cañas tan feas que la gente se empeña en plantar en los campos para atar cuatro tomates y lo bien que se duerme tras mover una hoz y un rastrillo durante todo un día. En resumen, pretendo pedir tiempo muerto.

En estos lugares, todo transcurre muy despacio y muy deprisa a la vez. El tiempo se vuelve algo relativo y te recuerda las interminables clases de matemáticas y los cortos períodos de descanso en el patio, tirando piedras a los amigos, levantando faldas a las niñas y devorando bocadillos de jamón, y también de Nocilla.

Estas entradas no tienen otra finalidad que describir aquello que vivimos y hacemos aquí. De algún modo, Mallorca será nuestra vía de escape. Donde trabajar en silencio y sin agobios, donde poder pensar, escribir y pasear; aprender cómo y cuándo se cuida un huerto, y descansar por las noches. Por una vez, poder reflexionar antes de actuar. Aquí el tiempo no se te escapa de las manos, día tras día, pero tampoco existe el estrés de la ciudad, de los horarios, del resto del mundo gritando en tu oreja. Es un arma de doble filo, desde luego.

Excursión y panorámica del pueblo

Eurocopa 2012, Jebediah Springfield y la culpa sistémica

No he visto ni un partido de la Eurocopa. Intuí el resultado por los «petardazos» que se sucedían cada pocos minutos y las celebraciones que se escuchaban, calle arriba, calle abajo, hasta altas horas de la madrugada.

Eurocopa 2012

Al día siguiente, me alegré por los acérrimos futboleros; tampoco vale la pena ir como una vieja de luto porque Europa esté, económicamente, hecha un asco. Las pequeñas alegrías deben gozarse, aunque la crítica habitual se centra en la facilidad de olvidar que te tratan de gilipollas redomado con la excusa de llevarte al circo una vez al año: y los 364 días restantes qué pasa, se preguntan.

La televisión tampoco la veo apenas, así que me enteré por el diario. No recuerdo cuál, aunque me sorprendió que todo político y figura pública tenga palabras para los eventos deportivos, pero no para su propio trabajo. Tras unas cuantas páginas vi un titular sorprendente: “Decapitan la estatua de la fuente de la Puerta de Jérez”; releí, dos veces, y reprimí un par de carcajadas. Parece ser que, en el transcurso de la celebración de la Eurocopa, unos cabestros habían descolgado la cabeza a causa del peso que la pobre dama tuvo que soportar en su figura. El original ‘guillotinazo’ ha dejado titulares como: “Hasta la estatua de la fuente de Jerez perdió la cabeza con la victoria”, y similares.

El chico que encontró la cabeza no despertó más dudas que el resto, sino todo lo contrario. Su valía, como paladín de esa mujer que descansa entre hojas de loto, le exculpa del acto; sus acciones le honran. No obstante, no puedo evitar imaginarme a un chico joven, de unos diez años, rubio, con el pelo de punta, que tras una apuesta infantil serró e intentó huir con la cabeza de la emblemática estatua de la región. Este país, en el cual, a menudo, se olvida la gravedad de un incendio en Valencia por los corazones que se incendian en Kiev; este país que olvida el maltrato animal de los salvajes ucranianos por un par de puntapiés mejor o peor dados a un balón; este país me parece suficientemente ingenuo como para que lo que aparece en un capítulo de Los Simpson, sea repetido por una horda de gilipollas.

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Abogar por una España plural

Las primeras canas confieren a su portador una presencia salomónica, propia de un brahmán hindú, un chamán amerindio o un juez entogado. Esto siempre ha sido así, pues los seres humanos nos dejamos llevar dócilmente junto a aquellas voces melosas o altisonantes pese a que ambas planean, normalmente, una conclusión dolorosa o, como mínimo, poco agradable para nuestra persona.

El encanecimiento paulatino es un proceso menos sufrido que la calvicie gracias a figuras como Richard Gere o George Clooney, que demuestran, a través de sus rostros, una madurez bien llevada y difuminan la estupidez del resto de este, nuestro, club del cabello cano o semicano. Este pobre intento de captatio benevolentia tiene como único fin dar un golpe más comedido en la mesa —después de todo, no vamos a astillar el mobiliario en tiempos de crisis— y lanzar un homónimo grito al del hemiciclo del Congreso años ha con un:

¡Se siente, coño!

Es vergonzosa la conducta del español en democracia. No somos un país de pandereta porque suba al poder la «izquierda» o el «centro»-derecha. Como comentaba en una publicación anterior, aquello que realmente está dañando a este país es su corruptela intrínseca en toda la casta política y las pocas herramientas que utiliza el ciudadano per se. No obstante, entre el jolgorio de los populares a través del cual llegamos, mediante un efecto rebote, hasta la mayoría absoluta —evidenciando una maleabilidad pronunciada de gran porcentaje del voto— llama la atención la actitud de sus opuestos. Una participación de un 73% y una mayoría denotan una intencionalidad de gran parte de la sociedad por entregar las riendas al PP. Desmerecer, insultar, vilipendiar… parecían verbos y actitudes propias de un radicalismo fascista; combatamos en base a nuestros principios, pero recordemos que se puede ser totalitario en más de un extremo.

Personalmente, si tuviera que establecer una síntesis del proceso me decantaría por la falta de perspicacia para cerciorarse de la continuidad de un sistema canovista que a nadie parece molestar más allá del primer desayuno de esta nueva legislatura.

¿Por qué no votar?

A veces, solo se necesita un por qué para la revolución.

El año 2011 será tildado pronto de trance revolucionario de la historiografía hispánica. Un cambio electoral, tan demandado como tardío, se ha producido en las urnas de las cincuenta provincias españolas. La no-asistencia al proceso democrático reflejará, por fin, el apoyo al Buey Apis —fiera insigne, patria— para los nuevos modelos presentados con motivo de las modificaciones del estandarte castellano.

Este animal no solo carga en su lomo la pereza, la queja sin sentido y el total desinterés del ciudadano para informarse sobre el sistema que le rige; como res, es la figura más directa y cercana al votante: “¡De cabeza, al matadero!”. Las principales fuerzas políticas han conseguido recoger las ideas preponderantes del español: “Yo les voto pa’que piensen por mí, ¿tengo yo que trabajá por ellos? ¡Vamos, venga!”, cita el eslogan más recurrente.

Usted, lector mínimamente empático, observará que todo esto no es más que mofa y, quizá, ligero trastabillado mental del narrador. No se avergüence en recordar las principales premisas en estos últimos días de agonía electoral: el voto en blanco contabiliza como nulo, el voto al partido contabiliza como un aumento de la economía en las futuras elecciones, incrementando la economía hogareña de los ilustres señores escogidos. La no asistencia del electorado en masa contabiliza como un insulto, una afrenta contra todos aquellos que sudaron sangre, sudor y lágrimas por el establecimiento de un sistema democrático que… Ya aburre.

Aquellos que no creen en un sistema bipartidista pueden votar a cualquier otra fuerza política. Busquemos una salida para todos aquellos que no creen en el sistema, no como antisistema —no se dejen engañar con tal facilidad—, sino como iniciadores de un sistema mejor. Los planes de nuestros futuros gobiernos son aquellos que merecemos, rabietas y berrinches de los candidatos entre sí, velados programas electorales, populismos. España sigue siendo un país dividido en una serie de problemas que a nadie deberían importar ya, a nivel político; los cuatro esqueletos, fascistas y pasionarios, son restos de una época peor, exponentes para el análisis distanciado y el rescate periódico que evite recaer en tal enredo.

La única solución para movimientos como el 15-M o #nolesvotes consiste en revalorizar el voto nulo, una no asistencia que clame su descontento con el sistema, no que muestre indiferencia e incluso lo apoye en la práctica. Lo que realmente temen todos ellos es que no entremos en su circo, tener que adaptarse al votante y no que el ciudadano se amolde a un sistema perfectamente hilvanado para sus  propios intereses. A veces, solo se necesita un por qué para la revolución.

Una de cal, otra de arena

Vaya por delante que las líneas siguientes no deben ser digeridas más que con cierta ironía y descaro; doy las pautas, pues nuestra época no es aficionada a buscar el sentido, por lo que, cuando lo hace, tiende a la univocidad por falta de costumbre.

Faltan palabras. A menudo, con el paso de los años —aquellos más descreídos solemos necesitar menos tiempo— las personas suelen revolverse incómodos frente al vitalismo y empezar a mostrar rostros taciturnos y morros arrugados. Esos individuos, amargados y despóticos, aciertan de vez en cuando.

Sin afán biográfico alguno, sino documental para lo que con los hechos se refiere, debería quedar el lector informado de mis actividades migratorias entre la salida del sol por poniente y su retorno por el levante catalán. Los trayectos diurnos en automóvil entre las siete y las nueve de la mañana son propios de uno de los nueve círculos; no es extraño encontrar salidas hacia los pueblos más cercanos a la ciudad condal paralizadas en el tiempo, conductores cuyos rostros, a caballo entre el reino de Morfeo y el primer bocado del día, se congelan en muecas de disgusto y desesperación que, únicamente, se trasladan hacia sus extremidades.

Este panorama descorazonador podría completarlo una explicación circunstancial: el conductor medio, cualquier usuario de estas vías, inmerso en este contexto, sufre una metamorfosis kafkiana que, afortunadamente, no concluye con el abandono del estado homínido: la inexistencia de los intermitentes, el desconocimiento de la prioridad de paso, ligera narcolepsia, etcétera.

No obstante, entre resplandores áureos, divinos tonos dorados encuadran la aparición de un automóvil de la Guardia Urbana estacionado en una mediana. Los carriles se abren como las aguas frente a esa carrera de mileuristas que entran desde las poblaciones anexas a la capital de provincia. Insconscientemente, desplazo esas figuras uniformadas que parecían detener azarosamente a algunos usuarios —pobres diablos— hasta la entrada de una de las rondas principales. La ronda de Dalt cuenta con un ceda el paso ineficiente e inexistente en hora punta. Poco a poco, me dedico a multiplicar la cantidad de puestos homónimos, maldigo la imposibilidad de tan siquiera movilizar una patrulla hacia estos puntos conflictivos. Pobres funcionarios, encerrados en sus puestos de trabajo, entre grandes dosis laborales y pequeños descansos para confort del ciudadano. ¡Qué vida tan cruel!

Apartando la pluma envenenada del papel, un instante y con dificultad, podría afirmar que también he llegado a comprobar in situ actuaciones policiales frente a los carteristas, cuya presencia también tiende a multiplicarse, tanto en épocas estivales como ruinosas. Aquí, el gran problema, no es la calidad de los recursos sino, como suele suceder, la organización de los mismos.

¿Dónde quedan las castañas de octubre?

Quedan cortas las falanges de una mano para recordar con estupefacción, ya satirizada, cómo las temperaturas ascienden antes y decrecen más tarde. Numerosos son los moquillos que asoman en épocas estivales y mayor el ostracismo condenatorio al fondo de armario durante las invernales.

Este ne savoir-faire de las farmacias y las prendas de otoño y primavera es algo cada vez más cotidiano, tanto como sorprendente para aquellos que no reparan en exceso en los detalles; claro síntoma de una enfermedad que, todavía, no interesa ver.

¡No se apuren! La trinidad castiza —fútbol, sol y noticias del corazón— se revuelve incómoda pero a salvo en estos locos tiempos. No obstante, estos octubres, primos hermanos de los del desierto de Gobí más que mediterráneos, que poco a poco llegan a nuestras montañas y costas, adolecen de mentalidades despiertas que se pregunten por qué. Por qué las castañas llegan cada año más tarde y los helados extienden su primacía, por qué cada vez resulta más risible, si cabe, los cambios entre cuatro estaciones, y por qué todo ello no parece inquietar en exceso a nadie, pese a la incertidumbre que se deriva.

Saldremos de la crisis en la que nos han metido los de siempre —los que ven demasiado y los que no quieren ver—, quizá un poco más neoliberales, acompañando al Gran Satán que siempre se mueve entre los extremos  —según la opinión pública— en sus (des)venturas. A nuestra economía nunca le ha importado qué vender mientras se vendiera; de igual modo, la gran capacidad de adaptación del ser humano puede lidiar con temperaturas extremas, si uno abandona sus cuatro paredes y abre los ojos al mundo pronto se da cuenta de ello.

Me pregunto, sin embargo, si nadie ve cómo todo se reduce a los límites, cómo los ecosistemas mutan a velocidades sorprendentes ante nuestros ojos. Quizá, igual que el tiempo en el que vivimos, nosotros también nos hallamos en los extremos, y aquellos que no niegan taxativamente lo que se haya en ciernes atacan de forma caricaturesca.

Igualdad

El parloteo metódico de las universidades no es, a menudo, más que un acuerdo para eludir mediante una semántica cambiante una cuestión difícil de resolver. Immanuel Kant

Uno no puede saberlo todo, decía Sócrates mediante palabras mejores. El nazismo, por su parte, mostró, a través de la ignorancia, algo aterrador: la imposibilidad tácita que ahoga al ser cuando despierta en su madurez y observa cómo todos los caminos dependen de la cultura y cómo las opciones quedan mermadas a cada minuto que transcurre. El mero vestigio es un problema social. ‘Todo o nada’, parecían decir aquellas piras.

La lectura no une a los iguales, y los iguales son el mayor engaño del siglo veinte; el asesinato de la individualidad que arrastra la libertad y la dignidad, donde los derechos actúan como cadenas y la conciencia se adormece en un lecho de conformismo.

La suma de individualidades no ofrece más que una parada de monstruos donde la percepción de uno juzga al resto. La igualdad desde la inferioridad, desde la reducción, la propia reducción del ser. La igualdad imposible da paso a una aseveración clásica: el mejor sistema entre los peores. La igualdad se perpetúa bajo bases erróneas.