Por qué hay series de TV que terminan por volverse infumables

No soy una persona de medias tintas, cuando empiezo con algo que me gusta (un texto, una película, un libro, un deporte…) no puedo concebirlo de modo parcial. Comenzar un libro, escribir una historia o seguir una serie de TV significa una lectura compulsiva, un rompecabezas continuo o un visionado obligatorio semana tras semana, por lo que, últimamente, estoy bastante decepcionado con lo rápido que pierden la frescura las series de televisión.

Aviso: a lo largo del texto, hay algún spoiler menor de Perdidos (Lost) The Walking Dead.

Si se tratase de Homeland podríamos decir que la trama no se desarrolló correctamente tras la primera temporada; The Walking Dead tiene la excusa de ser un género difícil de trasladar a una serie de televisión, en especial, para una audiencia que está acostumbrada a historias de zombis de dos horas de duración. Otras tantas, como Californication, Cómo conocí a vuestra madre, House o The Big Bang Theory terminan asesinadas por su propio éxito. A unas se les nota más, a otras se les nota menos… Que House M.D. no avanzase se hacía más evidente, pues no dejaba de ser un drama; por el contrario, The Big Bang Theory o Modern Family pueden explorar situaciones de una forma más activa gracias al tiempo de duración por capítulo (18-20 min) y al género (comedia).

Californication
Cumple lo que su título promete.

Quizá tampoco son los mejores ejemplos. Aquí el arquetipo es Perdidos (Lost)Una gran serie difícil de anclar en un único género (¿ciencia ficción?, ¿fantasía?, ¿drama?, ¿aventuras?) que abrió multitud de tramas y cuyos personajes permitieron a los espectadores soñar con un final redondo hasta las últimas semanas de emisión. El  share que conseguía abriendo otras líneas y jugando con continuos cliffhangers (incluso entre escenas) era muchísimo más útil, por lo que cuando contestaban una pregunta habían aparecido diez más mediante un sistema de eventos en paralelo, flashbacks flashforwards. Al final, había tantas preguntas, que el espectador medio había olvidado buena parte de las mismas, y las que recordaba se habían difuminado en un mar de detalles.

Pero… ¿qué suele destrozar cualquier serie? Desde mi punto de vista:

1) Las promesas falsas por parte de sus creadores, que crean expectativas que no se pueden cumplir. Por ejemplo, J.J. Abrams afirmó respecto a Perdidos que la isla no era el purgatorio ni nada parecido a un  limbo y TODO podía explicarse científicamente. Eso dio paso a muchísimas teorías multidisciplinares sobre nanotecnología, robótica, física y un largo etcétera; durante el transcurso de la serie, esto mantuvo en vilo y muy entretenidos a millones de espectadores, pero luego… acabó por decepcionar hasta el punto de convertirse en un éxito pasajero más que en una serie clásica.

2) La necesidad de alargar una trama que pone en  funcionamiento otros elementos y nuevas líneas argumentales por una u otra razón. Cuando Lynch tuvo que revelar al asesino de Laura Palmer en Twin Peaks a principios de la segunda temporada, cuando se decidió que Homeland debía extenderse más de dos temporadas —aunque, personalmente, considero que el problema de Homeland es haber escogido un producto muy atractivo (Prisoners of War) y haber obviado el desarrollo la trama a medio plazo—,  la mente iluminada que decidió empezar a rellenar capítulos en la tercera y cuarta temporada de Battlestar Galactica…

Portada de uno de los cómics de "The Walking Dead", o "Los muertos vivientes" en España.
Portada de uno de los cómics de «The Walking Dead», o «Los muertos vivientes» en España.

Aparte, desde mi óptica existe una tercera forma de cargarse una serie, y no es más que buscar el favor del público. Esto parece una tontería, pero es lo que fastidió la primera temporada de The Walking Dead y estoy convencido de que obligó a replantear gran parte de la línea argumental. ¿Qué sentido tiene explicar por qué los humanos se convierten en muertos vivientes? ¿Acaso no es el desconocimiento aquello que más fuerza otorga al zombi?

En palabras del propio Robert Kirkman, creador del cómic:

Es decepcionante el hecho de que todas las películas que giran en torno a los sucesos apocalípticos que incluyen zombies siempre tienen un final, o una clara explicación de lo sucedido. Restándole esto credibilidad a la situación, puesto que en caso de ocurrir algo parecido, sería el caos lo que gobernaría y delimitaría la situación, aunado a la tensión y sentimiento de desamparo que implicaría el desconocimiento de las razones que han llevado a la situación en cuestión.

Supongo que hay que tener presentes las exigencias del mercado. Los últimos cinco años es más rentable hacer una serie o una película de zombis o vampiros que de momias y hombres lobo, es más rentable presentar un guion que juguetee con el tema del antihéroe que colocar a Ned Flanders como protagonista… Eso sí, dentro de unos límites.

Sons of Anarchy, conclusiones al final de la sexta temporada

Esta semana terminó la sexta, y penúltima, temporada de Sons of Anarchy de Kurt Sutter, una de las series estrella de la FX yanqui, demostrando, una vez más, por qué sus comedias, sus dramas y, en general, su televisión se ve en los cinco continentes .

Antes de que sigas, esto contiene spoilers a saco. Vamos, que si no te has visto la serie: 1) no sigas leyendo (porque no te vas a enterar, o bien porque te vas a enterar de cosas que todavía no quieres saber) y 2) es de lo mejor que se ha podido ver en los últimos años, junto a Breaking BadThe Wire y, para mi gusto a un nivel algo inferior, The Walking Dead Boardwalk Empire —obviando la temática entre ellos.

El emblema que todos los miembros del grupo llevan bordado en su espalda.
El emblema que todos los miembros del grupo llevan bordado en su espalda.

A mother’s work (El trabajo de una madre, aunque a mí, aquí, me pegaría más la acepción «labor»), el decimotercero capítulo de la sexta temporada, cierra una parte muy importante de la serie con los valores que, tradicionalmente, se han ido gestando a lo largo de seis años: amor (por la familia, por los hijos, por el club…) y honor, pero también protección, violencia, visceralidad y egoísmo, e incluso justicia, aunque más poética que de otro tipo.

A grandes rasgos, la temporada ha seguido una línea de acción clara: los Sons, decididos a abandonar el negocio de las armas, penden de un hilo entre las negativas del IRA verdadero, y su relación con las bandas de negros, de latinos y las triadas chinas parece empeorar; entre tanto, un exalguacil (un miembro del cuerpo de  los marshal) entre en escena después de que Otto asesine a una enfermera en prisión —implicando a Tara Knowles de paso— con el fin de invalidar su testimonio. Por último, una de las KG-9 que los Hijos de la Anarquía suministran a la banda de Nero es tomada por el hijo de uno de los cabecillas de los Byz Lats. A su vez, Bobby abandona Charming, a priori, para unirse al grupo de nómadas; no obstante, durante la reunión donde Jax presenta la votación en la que los Sons deben decidir si abandonan el contrabando de armas o no, se revela que estaba buscando nuevas incorporaciones para fortalecer su división.

Todos estos arcos: el marshal Lee Toric, el exilio de Bobby y los problemas con el IRA se resuelven paulatinamente, volviendo a abrir una serie de temas de mayores proporciones que, como tradicionalmente ha sucedido, parecen superarles. Contra todo pronóstico y a costa de mucha sangre, Jax consigue hacer ver a los irlandeses que una relación comercial con las bandas de negros es posible, obviando por el camino la desestabilización que ello supone para las triadas chinas y los chicanos en las cercanías, en concreto, en Stockton. De este modo, a medida que se cierran hilos parece intuirse que se abren otros nuevos; el primero está claro, las nuevas relaciones entre latinos, donde Nero toma partido al alejarse del grupo de Jax; en segundo lugar, la nueva posición que ocupan Gemma y Juice tras el doble asesinato y, por último, la comprometedora situación en la que se encuentra el expresidente de los Sons en la escena del crimen.

De derecha a izquierda: Jax Teller, Bobby Elvis, Chibs, Tig Tragger,
De derecha a izquierda: Jax Teller, Bobby Elvis, Chibs, Tig Tragger y Happy, algunos de los protagonistas de Sons of Anarchy.

Entre los principales puntos a destacar, en especial, del capítulo final, sorprende lo inesperado de la rectitud y el comportamiento directamente bueno y expiatorio de Jax, que choca frontalmente con la concepción combativa, pero inútil, de intentar no convertirse en alguien como Clay Morrow, o peor. Asimismo, algunos comentarios destacan la doble lectura que puede hacerse del título, el cual podría designar a la actitud protectora de Tara, cuyo fondo sí entiende Jax al abandonar ese estado de ceguera que deja paso a una mejor comunicación de la pareja y, de igual modo, la postura de Gemma (que oscila entre la protección y la venganza), quien llega al extremo de asesinar a su nuera. En esta línea es muy esclarecedor el comentario que Wendy hace a Wayne antes de decidirse a ir a rehabilitación, donde le dice que Jax y ella habían sido siempre buenos amantes, pero que la boda fue cosa de Gemma, quien quería ser abuela. Gemma consigue lo que quiere, cuando lo quiere; todo y de todos, como una Lady Macbeth moderna ya entrada en la cincuentena.

Jax Teller (Charlie Hunnam) y Tara Knowles (Maggie Siff).

Finalmente, se distinguen un par de temas extra, más allá de la familia, del honor y del compañerismo. Primero, si continúa una línea similar donde la única justicia que existe, y a pequeña escala, es la poética; la traición de Juice no puede quedar impune de nuevo:  fue él quien traicionó a Jax, quien traicionó a Clay y quien ha vuelto a traicionar a Jax y al club. Sin embargo, si nos remontamos más atrás, también es culpable de las traiciones junto al FBI y la agente Stahl, los problemas con los novatos (prospectsy el cártel de Romero y, sí, tiene un don para salir de una pieza. Segundo, no es difícil augurar que los acontecimientos actuales pondrán patas arriba al club y, probablemente, darán bastante relevancia a los mayas, a las triadas y, no me extrañaría, que también a Nero. Y tercero y último, ¿soy el único que nota ese sentimiento de espiral donde el orden ya ha cogido un camino de no-retorno muy similar al de Walter White en la segunda parte de la última temporada de Breaking Bad? Quizá se trate de aquello que Kurt Sutter, de una u otra manera no se corta en repetir, y es que Sons of Anarchy no va a terminar bien, en muchos sentidos. Ahora, a esperar.

Celuloide

Sobre el cine clásico

Hace unas semanas, hojeaba algún artículo aleatorio en la prensa local; desconozco el diario, e incluso si realmente fue en este medio y no en un blog o alguna revista, pero pondría la mano en el fuego que, como mínimo, fue en Barcelona y no en Palma. Allí, tras algunas cervezas con un colega, repasaba alguna columna de opinión que hablaba sobre los cinéfilos y los cinépatas, o los cinéfilos o los cinófilos; algo así. Sé que la distinción me pareció graciosa, aunque no tanto como para quedarme con los conceptos concretos.

http://www.youtube.com/watch?v=_FrdVdKlxUk

Viaje a la luna (Georges Méliès, 1902)

El columnista en cuestión afirmaba que había un tipo de aficionados al cine conocidos como cinéfilos, los cuales se sabían de pe a pa la biografía y la filmografía de cientos de actores, así como sus papeles más destacados, etcétera, y había cinófilos que pulsaban el reset tras cada visionado y no recordaban cómo se llamaban ni los actores más clásicos del Hollywood dorado, y mucho menos directores, guionistas o cualquier otro ser que integrase un film, o pululase por allí. La diferenciación me hizo bastante gracia porque mi padre y yo, que ambos hemos sido, o fuimos, adictos al cine, nos posicionamos como estos dos típicos álter ego: un cinéfilo moderado y un cinófilo exagerado.

Asalto y robo de un tren (Edwin S. Porter, 1903)

Durante el artículo se ensalzaban las virtudes del cinófilo frente al cinéfilo, según recuerdo, quien no está interesado en conceptos cinematográficos y, mucho menos, metacinematográficos; un tío que, principalmente, disfruta —tanto frente a la gran pantalla como frente a su televisor particular— y que ríe, siente y se abstrae como el que más… Eso sí, había cierto ápice de santería o idiotería con esta figura también, quien se colocaba exactamente en la posición contraria al nerd o, mucho peor, al hipster.

http://www.youtube.com/watch?v=bMJ0hdxG18Y

El gabinete del doctor Caligari (Robert Wiene, 1920)

No obstante, hacia el final, el artículo acercaba posiciones; pues ser cinófilo, a veces, te permite disfrutar aun más de un buen largometraje, mientras que ser cinéfilo te acerca una serie de elementos de análisis y, a la par, una panorámica mayor, tanto de obras de arte como de cagarrutas puras y duras. Lo mejor, concluía, será el término medio, y es que los cinéfilos raramente no se aproximan, antes o después, hacia los cinófilos, y un buen cinófilo es probable que necesite de los conceptos del cinéfilo, o quizá no.

http://www.youtube.com/watch?v=BIKYF07Y4kA

Un chien andalou (Luis Buñuel, 1929) Versión de 1960.

Tras toda esta pájara rondándome la cabeza, se me ocurrió pensar en cuándo debió iniciarse esta distinción —por aquello de perder algo más de tiempo si cabe. Probablemente, la culpa reside en la creación del aura del actor de cine, de la celebrity, de Hollywood…, y encontré unas cuantas joyas de cuando cinéfilos y cinófilos eran conceptos inexistentes, pues el espectador solo se medía por el énfasis de su propio interés por el producto.

Tiempos modernos (Charles Chaplin, 1936)

Escribir en blanco y negro, o no hacerlo

¿Conoces esa escena de Annie Hall en la que un niño no quiere hacer los deberes porque el universo se expande? Por suerte o por desgracia, la cultura de masas ha convertido al escéptico en otro estándar más —el cual expresa muy bien por qué los atormentados  nihilistas pueden resultar graciosos sin pretenderlo.

Cuando el narrador empieza a relatar una historia de protagonista masculino, la tradición dice que debería torcer el gesto, lamentar su mala estrella y, a menudo, fumar tabaco rubio; o negro si ya es más Colombo que Bogart —aunque esto, ahora, también es políticamente incorrecto. Y es que fruto de los estereotipos, vivimos de imágenes vacías: el escritor caído en desgracia, la inocente chica de pueblo buscando fama en la gran ciudad, el triunfador surgido de la nada…

No hace falta que seas excesivamente reivindicativo, porque Edward Norton y Brad Pitt ya atan las pelotas a un alto funcionario que nos está jodiendo la vida; tampoco violento, ni perspicaz o aventurero, Bruce Willis se encarga: tú dale un coche y un helicóptero que destrozar mientras Gandolfini mantiene a raya a toda la ciudad de Nueva Jersey, gracias a su carisma, sus capos y su mala leche.

Quimeras bajo el hormigón, aspiraciones enclaustradas entre estrellas: el paseo de la fama, el Parade, Internet…, todo vale; Duchovny escribe un par de libros y consigue drogas, sexo y rock and roll allí por donde pasa; eso sí, en California, donde hay una musa en cada playa y la gente no deja caer sus máscaras hasta el amanecer; donde todos viven siempre al máximo, ocultando aquello que tienen dentro un poco más, y un poco más, y un poco más…

Hombre de Vitruvio
Hombre de Vitruvio, de Leonardo da Vinci (1490).

Como espectadores, subsistimos de imágenes vacías: con miedo, con angustia; dejándonos el tiempo y la salud en objetivos que, al principio, ni tan siquiera perseguíamos. Nos venden que una vida tranquila es siempre una vida mejor, que para acción uno ya tiene un gran surtido de productos prefabricados: conoce, experimenta, vive a través de la pantalla… Atrás queda el aprender y perseguir los propios sueños. Ser artistas, aventureros, científicos o poetas. Innovar, descubrir, mejorar… ¿Has olvidado todo esto? Ahora, más que nunca, todos deberíamos querer ser da Vinci, no imágenes filtradas a través de un caleidoscopio.

¿Conclusión? Aquí no hay de eso. Solo un consejo: la ventaja de envejecer  parece ser comprobar, poco a poco, como tu mundo —que nunca es el actual, y menos a partir de cierta edad— se convierte en pasado y cada vez te encuentras más desubicado. La música es peor, las mujeres son menos sexies y las fiestas han perdido su frescura y su brutalidad.  Y eso, amigo, eso sí que no tiene vuelta de hoja. Despierta, o vas a estar verdaderamente jodido.

Vídeos relacionados:

[youtube=http://www.youtube.com/watch?v=AyX92Ji9Cug]

De guarros y gilipollas

Para cuatro líneas que escribo a la semana, no voy a mentir a nadie. Puritano, lo que se dice puritano, nunca he sido. A mí lo de los pechos me vuelve loco, y los culos, y la cerveza y un güisquito el fin de semana, o el katxi y los litritos para recordar instantes de juventud, y un pacharán para bajar la comida…; vamos, que si hay que salir de fiesta, ahí estoy el primero.

Además, también soy de mente abierta, y cuando veo a un individuo metiéndole mano a una individua, no pienso al instante que el sujeto está más salido que un mandril, ni que la pájara va calentando pollas, ni que ha sido un cúmulo de incidentes… Vamos, por norma, ni el chaval es muy formal ni la chavala estaba mareada y no sabía lo que hacía. Pueden ser muchas cosas, y hay que analizar los hechos antes de que aparezcan las “feminazis” y los machos alfa.

Sobre las Fiestas de San Fermín y la Plaza de la Libertad

Acoso en sanfermines
Imagen que utilizó el diario «Público» para ilustrar el acoso en los sanfermines.

Hoy, quinto encierro, empiezan a circular noticias nada agradables de las Fiestas de San Fermín, unas celebraciones que cada año se radicalizan más, según cita la prensa.  Abro varios diarios y leo los siguientes titulares: “Asco en el Tahrir pamplonica”  o “7 de julio… agresión sexual”, me entero que vivo en la inopia, que hace años que se está vejando a mujeres durante las fiestas, que se agrede, que se viola, que la gente se excede y, lo peor de todo, que se permite y se encubre.

Primero, debo decir que el primer titular me parece desacertado, ya que la plaza Tahrir nada tiene que envidiar a la marca España: una sociedad adormecida y aletargada que normaliza conductas bestiales, amparadas en el tradicionalismo más extremo; una sociedad que permite que las clases dirigentes nos puedan robar miles de millones, pero que culpa a los autónomos y los propietarios de pymes y microempresas; que la educación y la política dan asco, pero que es mucho mejor salir a la calle a celebrar las victorias e incluso las derrotas futboleras.

Segundo, la Plaza de la Liberación —un nombre no muy acertado— y las fiestas patrias se me asemejan en la cantidad de gilipollas que las pululan. La gente se extraña de que estas cosas sucedan en unas celebraciones donde la diversión consiste ya no en beber hasta la extenuación, sino en acabar borracho perdido y colocarse delante de un hato de toros, poniéndose en peligro a ellos y a todos aquellos que se encuentren cerca; conduciendo a las reses hasta la plaza, donde se les clava garrocha tras garrocha hasta la muerte. ¿Qué esperamos? ¿Nos creemos adelantados a nuestro tiempo? ¿Creemos que España es mejor que Egipto? ¿Quién coño les ha dicho eso? Porque les ha mentido.

Si en este país te quedas en tetas o en cueros, te van a sobar, a magrear y se te van a pasar por la piedra (si les dejas). Las chicas que por inconsciencia, idiotez o borrachera se suman a la fiesta deberían cuidarse de lo que hacen, y no porque no puedan, sino porque, en este país, no deben. Porque este país está lleno de imbéciles que son los verdaderos animales, que se creen con la potestad de lancear, patear, lanzar o decapitar  a cualquier ser vivo. Y ahí tienes las ardillas desmembradas en Robledo de la Chavela (Madrid), el burro vejado hasta cualquier tipo de límite en Villanueva de la Vera, los toros de la Vega lanceados en Valladolid, y la madre que los parió a todos.

En definitiva, que sí, chicas, que tenéis todo el derecho del mundo a sacaros las tetas en la calle —del mismo modo que yo tengo razón si no freno al ver que un camión se salta una señal de stop—, pero que no os engañen, que este país no tiene nada de adelantado ni de liberal, y cabezas que piensen  cada vez quedan menos.

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Francisco Umbral, Camilo José Cela y otros hitos de la escena televisiva

Era aún un retaco cuando me topé delante de la Telefunken familiar con los que se enorgullecían del trato del don Camilo y el don Francisco. De primeras, confieso que me hubiese gustado adentrarme antes en la familia del Pascual Duarteo en aquella colmena fascistoide; no obstante, durante años, tuve que contentarme con la imagen que me facilitaba el televisor. A posteriori, devoré algunos retazos de ese Cela joven, después se me ha hecho bastante peñazo.

La figura de Francisco Umbral como escritor sigue, para mí, inmersa en un blanco fragmentado; desconozco si por falta de atractivo o empujado por esa crítica feroz que le dedicó Pérez-Reverte durante mi juventud pubescente. Luego, gracias a la magia de la blogosfera recogí unos cuantos artículos y llegué a la conclusión de que para coger un libro y que un escritor viejo me contase como se zurraba el manubrio, casi que prefería arrimar cebolleta o acercarme al WC tras el posterior rechazo de la fémina.

[youtube=http://youtu.be/6KSm5KjDgIE]

Como soy de familia castiza y bruta no suelo intentar disfrazarme de moderno, underground u otros esnobismos varios que, en confianza, podemos tildar de gilipolleces. Así que tampoco tenía intención de mentir sobre el motivo del artículo. Y el hecho de estampar en el título a dos escritores resueltos a encontrar el reconocimiento omnipresente de la escena pública, viene propiciado por la necesidad de que no se acerquen por aquí concursantes de reality show. Porque si se acercan yo les diré que les admiro y que, pese a no existir complejo de Edipo evidente, escribo sobre ellos a raíz de algo que ya hace varios años repite mi santa madre: «¡Ay! Cuando en la tele salían escritores y quedaba cultura… ¡Época dorada!»

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Esas palabras, entonces, me retrotraen hacia la figura de don Camilo empujando con jocosidad manifiesta a la periodista Pilar Trenas a su piscina; o el por todos conocido como Paco Umbral —hipocorístico que mucha gracia no debía hacerle, ¿no?— engañado y vilipendiado por Mercedes Milá en su programa Queremos saber, en el cual nadie parecía tener excesivo interés en su obra La década roja —ni en esa ni en ninguna otra. Escenas para el recuerdo que se mezclan con la aparición de un alcalde de Marbella en un jacuzzi lleno de mulatas, un grupo de cineastas borrachos llenando de humo un plató de televisión y confesiones tras la cortina sobre camioneros bujarras.

La diferencia es que, a Galdós, fue Valle-Inclán quien le dijo que ya estaba gagá. Y esto, entre escritores, es el pan nuestro de cada día. La televisión, por el contrario, es mucho más cruel y como el tiempo de un nobel de literatura no puede tener el mismo valor que el del soplap…gaitas de turno, el cambio era evidente. Le pesase a quien le pesase el déficit de atención, era cuestión de tiempo que, tras la tormenta, al rey lo sustituyese el bufón, porque a la corte le va a cundir lo mismo y, por el contrario, se ahorran unas buenas perras a repartir. Al fin y al cabo, por desgracia, no se aprende ni mucho más, ni mucho menos, y el espectáculo continúa.

Cylons, replicantes y el concepto del androide moderno

«Una vez me ocurrió: me fundí y alguien acababa de adquirir un animal. Y otro día –sus rasgos se oscurecieron por un instante; el placer se había disipado-, sentí a una persona cuyo animal había muerto. Otros tenían alegrías que compartir… Yo no tenía ninguna, como sabes; pero eso reanimó a esa persona. Uno puede llegar hasta un suicida en potencia; lo que uno tiene, lo que uno siente, puede… —Ellos recibirán nuestra alegría —replicó Rick—, pero nosotros cambiaremos lo que sentimos por lo que ellos sienten y la perderemos. […] —No perderemos realmente lo que sentimos, si lo tenemos claramente en el espíritu. Nunca has sentido del todo la fusión, ¿verdad, Rick?».

Philip K. Dick, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?

Por definición, un androide es un robot antropomorfo que imita la apariencia y la conducta humana. Los primeros exponentes conocidos que me vienen a la mente podemos encontrarlos en la obra de Asimov, donde destacaría R. Daneel Olivaw como personaje unificador de la saga. Por su parte, los miedos atávicos  frente al extraño —incluso antitecnológicos— podemos rastrearlos desde las tres leyes de la robótica:

  1. Un robot no puede hacer daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño
  2. Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la Primera Ley
  3. Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la Primera o la Segunda Ley

La ciencia ficción se ha nutrido en televisión y largometrajes de gran cantidad de personajes, más o menos conocidos por todos. Astroboy, Arale Norimaki (Dr. Slump) o Bender (Futurama); los T-1000 de la saga Terminator, Data de Star Trek o Roy Batty de Blade Runner.

Evolución de los cylon

Androides en la cultura popular

Pese a que se ha demostrado que, tecnológicamente, diseñar robots con forma humana puede no ser la solución más eficiente, nuestro ego y, quizá, el legado de lo fantástico han afectado tanto a la creación real de los androides como a la continua producción de material para ciencia ficción. 

Si omitimos los conceptos más técnicos, los cuales desconozco en su mayoría, y aceptamos que en un futuro cercano podríamos crear androides que no solo imiten la forma humana, sino también emular una psique, estaríamos un paso más cerca de películas como Blade Runner (1982) o Eva (2011), e incluso de series de televisión como Battlestar Galactica (2003).

Para aquellos que no han tenido el gusto de verlas, primero, que lo hagan; segundo,  en todas ellas, aparecen robots con apariencia humana que poseen software suficiente como para emular la conducta cognitivo-conductual de los seres humanos.

NdA: Este artículo puede desvelar parte de la trama o las películas que comenta; no suelto grandes spoilers pero sí es posible que, si no habéis visto estas series o películas, os llevéis alguna sorpresa menos después.

Robótica y poshumanidad

Los cylon son una raza robótica creada por la humanidad de las doce colonias de Kobol (Battlestar Galactica, 2003). Sin explicación previa, la raza ha evolucionado de emociones más primarias y apariencia metalizada a androides de carne y hueso con una psique compleja. Posteriormente, tras rebelarse contra sus creadores, intentarán destruirlos.

La principal diferencia entre los cylon y los replicantes es su concepción temporal, moral e incluso filosófica. Mientras que los cylon no pueden morir, los replicantes tienen un tiempo finito de vida que no puede superar los cinco años. Este hándicap los acerca a los humanos, y aunque nada indica que pueden tener sentimientos más allá de la supervivencia de su especie, sí parecen tener miedo a lo desconocido e incluso comprender conceptos complejos como la libertad o el amor.

La luz que brilla con el doble de intensidad dura la mitad de tiempo.

Blade Runner

Por el contrario, la raza cylon sí parece tener posibilidad de sentir como un ser humano, todo tipo de emociones, incluso amor, celos o envidia. Además, sus capacidades les permiten proyectarse, afectando el entorno a través de su propia visión de las cosas. Los cylon son la evolución consecuente del androide en la ciencia ficción: otro tipo de posthumanismo o  relevo generacional. La superación del mismísimo creador.

Es curioso por tanto que los propios cylon sean monoteístas, creyendo en un dios único, mientras que las doce colonias que habitaron Kobol en el pasado siguen un dogma clásico; similar, sino idéntico, al panteón romano. No estaríamos hablando de un paso del mito y la religión a la ciencia y la razón —del mito al logos—, más bien de un primer escalón reduccionista que acoge antes el androide que el ser humano en este universo. No obstante, si entramos aquí con profundidad, comprobamos que el mito tiene una función útil, incluso superior a la creencia racional en algunos momentos de la trama.

Desde mi punto de vista, Battlestar Galactica 2003 plantea unas cuantas preguntas muy interesantes que ya se podían intuir en Blade Runner y otros títulos similares: Yo, Robot, e incluso en Star Wars con C3PO o R2D2. ¿En qué se diferencian un androide autoconsciente y un ser humano? Si el exterior es idéntico y el interior se encuentra completamente emulado, ¿son seres humanos? Si son idénticos a nosotros, y no son seres humanos, ¿qué significa ser humano?

La religión puede responder a este mediante la fe. ¿Pero qué puede hacer la ciencia en este caso? Con gran acierto, Battlestar Galactica consigue aplicar el concepto de genocidio no solo a la humanidad, sino también a una posible destrucción de la raza cylon, poniendo en tela de juicio la naturaleza real de máquinas y humanos. Igual que ocurría en la ciencia ficción o el terror con la figura del monstruo, la figura del androide no es más que un estudio introspectivo de la humanidad que se refleja en los ojos del otro. Así como el vampiro o el zombi representan el concepto de muerte, o el hombre lobo el salvajismo y la animalidad, el androide refleja ese análisis del mismo concepto de lo humano.

La pérdida del alma, la muerte de dios o la fe en la ciencia empujan hacia una nueva creencia a través del auge tecnológico. No tenemos que irnos hasta los implantes y las modificaciones corporales y/o cognitivas que propone la saga de videojuegos Deus Ex; la cirugía estética, los implantes metálicos o los soportes de realidad aumentada son un primer paso. Supongo que tan extraños a nuestros ojos como lo fueron el coser una herida con hilo, entablillar una pierna o desplazarse a 800 km por hora a lo largo del cielo.

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Soy bastante escéptico con la idea del fin del mundo. Confieso que me molesta pensar en que la mayoría nos marcharemos con la película a medio rodar. Te empiezas a mear, a oscuras, y no te quedan más cojones que buscar la puerta de la sala. Yo me imagino algo así. Después la secuencia se corta y, se sucedan o no las escenas, tampoco te vas a enterar. Fastidia, ¿eh? El cometa Bart

Cabe suponer que por eso escribimos, nos expresamos, trabajamos. Intentamos dejar un poco de nuestro ser en todo aquello que hacemos. Por si llega el Apocalipsis de Juan, un meteorito como la cabeza de un chihuahua, un agujero negro o el día del tentáculo. Bajo esta premisa de onanismo absurdo se configura toda la historia de la literatura. Después, claro está, te vienen a joder Roland Barthes y Michel Foucault con la muerte del autor y la inexistencia de un lector absoluto…

Basta de desvaríos por hoy. Aquí quedan algunos de mis textos y opiniones.

Deseo que os guste el nuevo formato del blog. Y sí, soy consciente que, si se destruye el mundo, ni textos, ni películas, ni Los Simpson ni Stephen Hawking.

Santiago Carrillo, Gary Cooper y librar los festivos

—¿Cómo perdimos nuestro camino, Mel? ¿Cuándo dejamos de identificarnos con el hombre del lanzallamas o la escopeta antiácido de alguna clase?
—Yo lo achaco a Internet y al regreso del swing.

Los Simpson (S11E01)

El mundo está lleno de ambivalencias. La semana pasada murió Santiago Carrillo. ¡Noventa y siete años el tío! Para unos, gran demócrata español; para otros, asesino sanguinario en Paracuellos. Para unos, fumador acérrimo; para otros, sistema inmunológico y pulmones envidiables.

Desde la perpetua ingenuidad de los humanistas, Santiago Carrillo siempre me inspiró cierta simpatía. Cierta simpatía y cierta lástima. Inteligente, cauteloso, conciliador e inflexible frente al enemigo. Rebelde primero, político después. Un hombre de principios, de aquellos que quedaron en el siglo pasado. Junto a las Pasionarias y los Bogart. Un hombre que supo vivir sobre la base de sus ideales y morir en paz, durante la típica y muy nuestra siesta. Un dinosaurio en todas sus acepciones.

Gary CooperA medida que enterramos a los últimos exponentes de las primeras décadas del siglo pasado, me pregunto si no estamos en camino de crear una sociedad excesivamente débil. Sí, quizá aquella fue demasiado cruenta y, a todos los efectos, más interesante. Pero entonces no necesitaban loqueros, ni dormir ocho horas al día o trabajar un máximo de cuarenta a la semana.

Tampoco puedo imaginar aquella época a color; para mí, todo aquello, es blanco y negro, como en las retrospectivas cinematográficas. Por ello, queda en el imaginario colectivo, o al menos en mi imaginario, el personaje de Tony Soprano preguntándose qué fue del arquetipo del hombre fuerte y silencioso, del Gary Cooper. Ese hombre que hacía lo que tenía que hacer, que no buscaba excusas. Lo que nadie sabe —decía Tony en la primera temporada de la serie— es que, como a Gary Cooper se le ocurriese explicar lo que sentía, toda la mierda que llevaba dentro, ya nadie podría pararlo.

«Yo soy yo y mi circunstancia», proclamaba Ortega i Gasset. Desde la vertiente perspectivista, los blandengues de hoy no somos más que los hijos de Gary Cooper. El pequeño Timmy no tuvo jamás que pegar un tiro a quemarropa al enemigo, y no se obligó a tragarse las lágrimas por ello. Somos aquello que quisieron ser nuestros padres; somos aquello de lo que nos han podido librar. Pero, ¿somos aquello que queremos ser?