Un cuento de abnegación laboral

Esto no es más que un cuento. Como todos los cuentos, tiene un final relativamente feliz. No es ni demasiado alegre ni demasiado triste, ni demasiado verosímil ni demasiado inverosímil. Es tanto una utopía como un sueño que se vuelve cada día más real a causa de la repetición.

Un día cualquiera, pues no es relevante cuando ocurrió, un hombre decidió dejar su empleo. La serie de sucesos acaecidos anteriormente o el carácter del sujeto son temas realmente baladíes, de una importancia menor para que el lector de esta narración pueda acercarse a una profunda comprensión de la misma. Sin embargo, debe saber desde el principio de la historia que este hecho, a posteriori, quiso atribuírselo todo movimiento social de pretensiones reivindicativas.

Nuestro protagonista no era un individuo particularmente inteligente ni seguro de sí mismo; no era fuerte ni muy atractivo: era un hombre como cualquier otro. Describir a este hombre sería un cúmulo de clichés y, entonces, ¿qué razón puede haber para hacerlo? Cualquier narrador con dos dedos de frente diría que era tan universal como mediocre, tanto el hecho narrado como su protagonista.

Su trabajo consistía en calibrar la presión de los neumáticos. Su única tarea se basaba en mantener los automóviles con las ruedas infladas en su justa medida para un perfecto funcionamiento. Era una persona cuyo empeño y dedicación le convertían en quien mejor mantenía la presión del inflado, pero no colocaba llantas, ni cambiaba el aceite, ni entendía sobre mecánica: su trabajo era tan simple como él. Sigue leyendo «Un cuento de abnegación laboral»

Currículum vítae – Señor del gas

Hace unos cuantos años, llegó un día en el que estaba (casi) tan desesperado como en la tesitura actual. Por ello, ni corto ni perezoso, empecé a lanzar currículos por toda Barcelona mientras me apuntaba a ofertas de trabajo apetecibles, mediocres y esperpénticas.

Al cabo de unos cuantos días, el teléfono sonó de improviso y descolgué, por puro azar, con un palillo entre los dientes.

—¿Sí? —dije, tras hurgar más de la cuenta contra una muela picada.

—Quería hablar con Javier Ruiz. Somos de la empresa No-sé-qué —informó la voz de una chica joven al otro lado.

—Ajá. Soy yo —concreté, con franco y material desinterés, lo que revela mi falta de cabeza porque, en aquel momento, ya estaba sin un duro y malviviendo con arroz y pasta hervida.

—Tenemos un posible trabajo para usted en nuestra sede de la vía Augusta. Si le interesa, venga mañana a las 12 p.m.

—Bueno, okay —y colgué.

El resto del día lo dediqué a cazar moscas y a arrastrarme por la universidad con el Pipo y el Pirata. Pasamos la tarde moviendo las patas por turnos del banco al bar de la universidad; botellas para arriba, botellas para abajo, visita al W.C. y, cada par de horas, dedicamos unos minutos a molestar a las estudiantes que escapaban de las aulas. Cuando no supe cómo perder más tiempo, levanté el culo y me largué a casa.

Al día siguiente, presintiendo un plan similar que podía alejarme de mi objetivo, prescindí de acercarme a la facultad, me calcé unas deportivas e intenté conjuntar colores sin éxito. Treinta minutos más tarde estaba en el centro de la ciudad, delante de un tipo más joven que yo —dentro de un traje más grande que él— que me ofrecía un trabajo de ensueño con un equipo de ocho personas a mi entera disposición y grandes oportunidades de ascenso. El trabajo en sí, por el contrario, no estaba muy claro; eso sí, era una oportunidad que nadie podía dejar escapar, según palabras del sujeto. Vamos, un engañabobos.

Acepté.

—Bueno, probaré. ¿Qué tengo que hacer?

—Estar aquí a las ocho menos cuarto —contestó.

—¿De la mañana? —dije, parcialmente en shock.

—Y en traje.

—Esto no puede ponerse peor… ¿Puedes explicarme brevemente mis funciones? ¿Trabajo a puerta fría? ¿Testigo de Jehová? ¿Teleoperador?

A partir de aquí, no recuerdo qué rollo soltó, solo sé que, diez minutos más tarde, pese a que no había cerrado la boca, tampoco había dicho nada. Cuando me di cuenta de lo que realmente significada ser productivo en el mercado laboral, decidí pasar también aquella tarde en el bar de la facultad.

Al día siguiente, de algún modo, aparecí en la misma sala de espera que el día anterior. Medio adormilado y en traje, con unos calcetines cortos que asomaban por debajo de los pantalones slim de color negro y una camisa que obvié, intencionadamente, remeter por dentro de los pantalones. Veinte o treinta minutos después de la hora de inicio, había considerado largarme más de un centenar de veces; luego me flagelé durante semanas por no haberlo hecho.

—¿Qué están haciendo en esa sala? —preguntó una chica a mi lado.

—Formación —contestó la secretaria. Se oían gritos y risas, y daba la impresión de que a los nuevos nos habían dejado castigados, lejos de las fiestas matinales que se montaban en una especie de sala de reuniones acristalada donde se veía una mesa y cuatro sillas.

Me pregunté si todo aquello era intencionado y, en aquel momento, salió un grupo de diez o doce chicos y chicas con demasiada energía; uno de ellos se acercó a nosotros, móvil, tablet o alguna virguería similar en mano, y se presentó: Soy Fulano, ahora vamos a desayunar y luego nos vamos a trabajar, ¿ok?, dijo. ¿A trabajar de qué?, se me ocurrió preguntar, y todo el grupo ya estaba camino de un Dunkin’Donuts que había en la esquina.

Mientras ellos desayunaban y yo tomaba un café, el chaval del móvil, el cual estaba francamente orgulloso de todo lo que había podido comprar gracias a su trabajo como jefe de comerciales, nos explicó que, como novatos, teníamos una comisión equis (mínima) por venta; que, para vender, necesitábamos saber qué, cómo, cuándo dónde vender el producto, y que nuestro horario de venta era de 10 de la mañana a 7 de la tarde, pero debíamos estar en la oficina a las 8:30 a.m. y volver allí para una reunión a las 7:00 p.m. Estábamos a prueba, no teníamos sueldo base y debíamos pagarnos los desplazamientos en horario laboral: un mínimo de cuatro viajes sin contar la ida y la vuelta del trabajo a casa.

Después, empezó a esbozar (ligeramente) el servicio que debíamos ofrecer a nuestros clientes. Se trataba de una promoción que les permitiría ahorrar más de un 50% de su factura de gas. Saqué en claro lo siguiente: según mis compañeros, la factura del gas era TAN cara porque debía enviarse a Madrid y, desde allí, se emitía al resto de comunidades, lo que suponía un gasto ENORME en infraestructura. Si el cliente cambiaba de compañía, la empresa operaba a nivel autonómico y podía beneficiarse de increíbles descuentos.

En realidad, yo sabía por dónde iban los tiros desde el minuto cero, y me imagino que casi todos los que trabajaban allí desde hacía un día, un mes o diez años. En la jungla de asfalto, debías hacer gala de tu ingenio y apoderarte de los datos personales del abonado (es decir, de su factura de suministros); cuando el preciado objeto estaba en tu poder, con o sin permiso del cliente, cambiabas su compañía y le cobrabas un pastón por tu comisión.

—No entiendo —comenté como quien no quiere la cosa—, ¿si ofrecemos un producto mucho más barato por qué tenemos que ir puerta por puerta? ¿Y cómo se mantienen nuestros sueldos? ¿Y si solo hay un tipo de producto por qué las comisiones por “rango” son cada vez más altas?

—Ofrecemos un buen producto —contestó el jefe de grupo.

Suspiré.

A la hora, intuí que debí haberme largado mucho antes del desayuno, pero continué con ellos un rato más. Recuerdo que pensé: “Date de plazo hasta el mediodía.” Además, hoy tocaba Clot que, por alguna razón —quizá las probabilidades de “ventas”—, debía ser la leche.

Entonces, sin previo aviso, sucedió algo:

Eh, nuevo —exclamó alguien detrás de mí, y sin saber si se referían a mí o no, di un giro de ciento ochenta grados mientras silbaba la melodía de El bueno, el feo y el malo, pero no hablaban conmigo.

—¿Eh-eeeh-ehh, qué? —dijo el otro chaval que empezaba ese día.

—¿No te dijo Mengano que vinieses con traje?

—No tengo.

Risas.

—Si es necesario para el trabajo, debería ponerlo la empresa, ¿no? —sugerí yo.

Silencio.

—Tú métete la camisa por dentro.

—Sí, sí, voy… —contesté, pasando del tema; no por rebeldía estúpida, sino porque intuía que mi aventura comercial pronto llegaría a su fin.

De camino a la zona en cuestión, uno de ellos me explicó que la empresa pagaba a los jefes de grupo dos y tres mil euros mensuales por media jornada de trabajo, y conocía a gente que en un par de años tenía a su servicio a tres y cuatro grupos. Cuanto más alto subías en la empresa, más cobrabas y menos tenías que trabajar. Todo consistía en un sistema piramidal muy simple: por cada euro que tú conseguías, cada escalón duplicaba la ganancia y, sí, podías ganar verdaderos pastones.

Cuando llegamos, el jefe de grupo nos dividió por calles, y dispuso que los nuevos debían acompañar a un par de vendedores a su elección. Dichos compañeros estaban que no cabían en sí, porque cada nuevo éramos uno menos con quien competir aquel día —después, si fuera necesario, ya se preocuparían. Aun así, mis dos camaradas decidieron dividirse y sortearon quién me enseñaba cómo iba el tema; el ganador se largó, directamente, al edificio colindante en busca de presas.

El modus operandi era el siguiente: llamaban a todas las puertas gritando ¡El del gas! ¡Somos del gas! ¡Venimos por la factura del gas!; si les abrían, primero les vendían la moto del ahorro, o del error en la factura que debía rectificarse a su favor, sin embargo, para ser honestos, solo llegué a asistir a un timo, y fue tal que así:

—Somos del gas —informó mi acompañante.

—¿No lleváis identificación? —preguntó un tipo de veintimuchos o treinta y pocos que acababa de levantarse.

—Le hemos estado llamando por un error en la factura. ¿Tiene alguna factura en casa?

—¡Uf! Voy a mirar, de esto se ocupa mi mujer: yo no tengo ni idea.

—¿No había un error en una factura específica? ¿Te vale cualquier factura? ¿Eso no está informatizado hace años? —murmuré al compañero mientras el inquilino rebuscaba en los cajones de una habitación.

—Cállate.

—¿Y en qué consiste el error?

—Tenemos que hacerte una devolución, porque te están cobrando más de la cuenta… Si me dejas una factura puedo cambiarte el plan que tienes contratado.

—¿Pero sois de la compañía del gas?

—Sí, pero verás, quitamos una serie de planes extra que suelen encarecerla y podemos ahorrarte un 50% del precio que pagas cada mes. ¿Qué estás pagando?

—30 o 40 euros.

—Pues sí, algo menos de la mitad.

—Vale, puta madre —dijo, dándole una factura del mes pasado.

Y sonó la música que anunciaba al primer primo del día. Salimos. Nadie más le abrió la puerta en aquel edificio y, al llegar a la calle, me largué.

—¿Dónde vas, Javier? —preguntó el compinche.

—Lo siento, esto no es para mí.

—Pasa a menudo. Suerte —dijo, corriendo hacia el siguiente edificio.

—¡Eh! —le grité— Solo por curiosidad, ¿cuánta gente prueba esto cada día?

—¡Demasiados! —contestó sin darse la vuelta.