El cielo está gris

A veces miro mis manos y me doy cuenta de que podría haber sido un gran pianista o algo así. Pero, ¿qué han hecho mis manos? Rascarme las pelotas, firmar cheques, atar zapatos, tirar de la cadena de los inodoros, etcétera. He desaprovechado mis manos. Y mi mente.

Pulpde Charles Bukowski

No sé por qué me levanto.

El cielo está gris.

Los perros no tienen ganas de moverse de la habitación.

Los clientes no me pagan. O me pagan, tarde, y de malas maneras. Como haciéndome un favor, tras gastar el poco dinero que entra en casa en burofaxes, y en correos electrónicos, y en tiempo. Lo último pica más que lo primero.

Tampoco me apasiona mi trabajo como antes. ¿Lo hizo alguna vez? Ya hace un par de años de todo aquello; de que percibiese un cambio, y enmudeciese. Hoy, las cosas van bien, pero la chispa que hubo, terminó por desaparecer.

Sí, ya sé que he dicho que los clientes no pagan, pero exagero; siempre exagero. Claro que pagan, los clientes siempre pagan: por eso son clientes; pagan tarde, y mal, y se necesita más que eso para mover el culo a una mesa de oficina durante treinta y cinco años más.

bukowski

No importa. Yo quería escribir libros, no artículos sobre belleza, negocios o comida enlatada. Solo era el homólogo a trabajar como mozo de almacén sin romperme demasiado las pelotas, de reconducir una carrera hacia lo más cerca del statu quo como fuera posible en este país de autónomos cobardes, inseguros, imbéciles y explotados, como yo. Y, poco a poco, renuncié; renuncié a ese pago por viajar al espacio exterior, [por] hacer experimentos con químicos y fórmulas, [por] curar animales o personas, [o] escribir historias que anhelamos que sean verídicas, pintar, dibujar. Por crecer; cuando crecer significa olvidarte de lo que soñabas.

Y un día también recordé todo esto: a todos nos lleva un tiempo. Antes de escribir esas líneas, Bukowski estuvo quince años repartiendo cartas; Palahniuk limpiaba los restos de comida que le daba la gente con suficiente dinero para comprar su tiempo en un restaurante; ¿y Kurt Vonnegut? Kurt Vonnegut vendía coches Saab. Ni Mercedes, ni Opel, ni Ford siquiera: Saab. Hechos con las sobras de aviones suecos.

Después, todo es más sencillo.

Bukowski (portada italiana, compagno di sbronze, de Emiliano Ponzi)

El cielo está gris. Pero qué coño: el cielo siempre está gris en un momento u otro. Hasta que se largan las nubes, hasta que clarea, o sale un sol de mil demonios, y puedes salir a trabajar con las manos, a pasear a los perros, o a mirar a las chicas jóvenes y contagiarte, por un instante, de cierta inocencia que nunca dura.

Y detrás quedan las frases motivacionales para los lunes, y la seguridad económica, y lo que se tiene que hacer; yo prefiero llenar mi espíritu, y ser optimista mientras quede algo de dinero en el banco. Al fin y al cabo, ya está ahí: de un modo u otro, ya te lo han robado para traficar con armas, subir el precio del barril de petróleo o joder un poco más el mundo, y esa certeza siempre tranquiliza.

¿El siguiente paso? Eso es lo difícil: saltar de la palabra a la acción. Pero, por otra parte, solo se trata de poner un pie delante del otro. Cuando te quieres dar cuenta, ya has empezado a andar de nuevo, ¿y para qué mirar atrás? Los almacenes, el servicio postal y los platos sucios van a seguir ahí si nos jode la literatura.

Mi suegro y el trabajo

Para mí, se acabaron las vacaciones. Entre el mes de marzo por tierras americanas y las dos semanas, que se han convertido en tres, de este agosto, junto a aquella de rigor que espera en Navidad, tengo suerte de no cobrarme los días de asueto a mí mismo.

La semana pasada deambulé por Mallorca, de playa en playa, recuperando el contacto con antiguos amigos y conocidos, nadando para lo que queda de año y poniéndome al día con unas cuantas lecturas. Pero, a grandes rasgos, visitando a la familia de mi novia mujer, tirado en el sofá con los perros de los suegros y reencontrándome con situaciones, carreteras e imágenes ya conocidas. Algunas acercaron el pasado, y, por descontado, cierta nostalgia que, para el que os cuenta esto, siempre flota, invisible, a los pies de la Sierra de Tramontana. Visité Caimari, mi antiguo hogar, y, de rebote, Valldemossa —esta vez me salté la cartuja, que la tengo aburrida, y a Chopin, y a George Sand—, y aunque no sin cierta tristeza asociada, agradecí poder volver allí.

Soy fan de la gorra de los New York Yankees

Uno de esos días, no me obligues a recordar cuál, caí en la cuenta de que jamás he escrito ni un par de líneas sobre mi suegro. No es fácil hablar de aquellos que pululan alrededor, supongo.

Probaré.

Mi suegro es un tío enorme, y también es alto de cojones. A diferencia del resto de mallorquines, pocas veces me ha soltado aquello de què és d’enfora això! que te repiten hasta la náusea los palmesanos (probablemente en castellano), y la gente de pueblo (que es el resto de la isla) si te atreves a moverte más allá de un radio de quince o treinta kilómetros. Será por las pintas de guiri, que completa con su gorra de los New York Yankees y su hábito de mezclar el mallorquín y el español con el inglés, el alemán, el ruso, el italiano, y lo que haga falta; o por llevar conduciendo por allí toda la vida, por trabajo y también en los días libres —que nunca son libres, porque es cuando se las arregla para no estar quieto en las veinticuatro horas de las que dispone, en temporada alta, para sus cosas—.

Bueno, no tengo ni idea por qué será, en realidad; al final, resultará que los tópicos no aciertan con todo el mundo.

De cualquier modo, me gusta acercarme allí en verano, pero le vemos poco. Mi suegro es uno de esos raros especímenes que imbuyen un aura de solemnidad a todo lo que tocan, y por eso trabaja diez, doce y dieciséis horas si hace falta; después, se pega una siesta, y encadena una jornada nocturna con la jubilación tan cerca de los morros. Y lo hace bien. Otra razón por la que apenas pasa por casa más que para dormir, pues.

Trabajar como ya nadie lo hace quizá fue lo que permitió dirigir tu vida hacia allí donde querías, y encontrar lo que buscabas; después llegaron las multinacionales, las hipotecas puente, los CEO, y la madre que los parió a todos, y ya nadie pudo seguir soñando.

Nadie le paga por preocuparse de una furgoneta que hace un ruido raro y llevarla al taller en su tiempo libre; ni de preparar aceitunas para un equipo compuesto por decenas de personas. Tampoco por ceder, y fastidiarse una Nochebuena, un día de fiesta o un plan que choca de frente contra un servicio imprevisto. Es alguien con quien siempre puedes contar, por lo que, a lo largo de los últimos treinta o cuarenta años, se habrán aprovechado de él más veces de las que cualquiera puede recordar.

Pedro Palau (mi suegro)

No parece importarle; ni tan siquiera hoy. Mi suegro ejemplifica esa solemnidad que tenían las profesiones de toda una vida; los trabajos hechos como ya nadie los hace; el reconocimiento en tu fuero interno, la certeza de trabajar, en última estancia, para uno mismo. En esto, me recuerda a mi padre, y en cierto modo, me gusta pensar que así es. Yo, consciente de lo que todo ello significa, lo agradezco; y también atisbo a comprender que, si hubiese existido la posibilidad, quizá mi relación con esta otra figura que ya no existe hubiese terminado por enderezarse.

Si lo explicas, la mayoría pensará que es una gilipollez; que no se puede vivir para trabajar, demasiado confusos sobre cómo alguien puede disfrutar de una forma tan natural del trabajo de su vida; yo no sé qué pensar. Trabajar como ya nadie lo hace quizá fue lo que permitió dirigir tu vida hacia allí donde querías, y encontrar lo que buscabas; después llegaron las multinacionales, las hipotecas puente, los CEO, y la madre que los parió a todos, y ya nadie pudo seguir soñando.

Cuando aterricé en Barcelona, un sonriente auxiliar de vuelo de Ryanair al que tres pasajeros francamente maleducados le habían gritado varias veces en menos de veinte minutos me recordó algo que me repitieron demasiado en la adolescencia: «Tienes que intentar ser el mejor, y disfrutar siempre de lo que haces, incluso aunque te toque recoger la mierda de los demás.»

No sé si podría ser el mejor, ni disfrutar de ese trabajo, pero empiezo a entender por dónde iban los tiros.

Será la edad.