Cumplir un sueño

Si quieres reservar o comprar De cómo los animales viven y mueren, puedes hacerlo en el enlace.

Alguien más pedante dirá que estamos hechos de sueños. Yo, como mucho, te aceptaré que estamos hechos de historias. Después, de noche, cuando todos se hayan dormido, cuando nadie pueda descubrirme, desmontaré la coraza, pieza a pieza, y siempre en soledad, aceptaré, en silencio, que el deseo puede ser parte imprescindible de esos sueños.

Hace casi dos años que quise tomar esta decisión. Dos años. Bueno, no tanto. Quizá seiscientos o setecientos días; semana arriba, semana abajo. Entonces, me puse a escribir algo que valía la pena —era importante para mí—, y me distancié, de nuevo, de la seguridad, de los sueldos holgados de cuatro cifras, y de las promesas de grandes cuentas corrientes.

Por mi cabeza pasó esa idea cientos de veces; esa que te susurra: atrévete, coño; atrévete, y líate la manta a la cabeza. Creí haberla ignorado, pero no lo hice. No dejé mi trabajo, ni escribí durante ocho, doce o catorce horas diarias buscando un éxito editorial. Seguí trabajando. Cambié de trabajo. Busqué alternativas. Recordé.

The White Horse (Londres)
The White Horse (Mark Wallinge, 2012) en Londres.

Recordé que Bukowski trabajó de todo, incluso trece años como cartero; Kafka redactó informes; Rimbaud traficó con marfil y esclavos; o Céline, con el que podemos cerrar el círculo gracias a Pulp, Chinaski y Belane, viajó con la Sociedad de Naciones, y cobró por ello en su condición de médico. Si cualquiera tiene que hacerlo, ¿por qué se salvaría un escritor? Pues un escritor también, y eso siempre reconforta.

A vosotros (y vosotras) no os voy a engañar. En su momento, surgieron oportunidades, pero no pude (ni quise) escribir sobre lo que todo el mundo quería que escribiese: aquello fue tanto una sonrisa como una lágrima. Escribí. Pero lo hice sobre perros, y gatos y peces; del pasado, del presente y del futuro que nos espera. De lo que sabemos y de lo que creemos saber, pero nos equivocamos, de lo que hacemos, sabiendo y sin saber; de la caza, de la pesca, del consumo responsable, de la sostenibilidad de un modelo, y del egoísmo de la necesidad: de esclavos, y de Occidente, y de todo eso va el texto que presentaré a principios de noviembre en Barcelona. O eso parece.

Ningún lugar Arizona)
En algún punto entre el Desierto de Mojave y el recorrido original de la Ruta 66 a su paso por Arizona.

No es una novela. Eso tendrá que esperar. Son ensayos. Ensayos que se parecen mucho a este blog, que hablan de lo que pienso, y, esta vez, explican por qué lo hago. Unas doscientas páginas que se preocupan por abrir debate, y por hacerte reflexionar: no siempre son divertidas, pero hay cientos de sonrisas cómplices en ellas; ni tristes, si bien hay una mucha tristeza encerrada en el papel.

No es un discurso organizado con mimo para que te hagas vegetariano(a), para que dejes de vestir con pieles o no pises nunca más un zoo, aunque quizá lo hagas; ni está focalizado en activistas veganos, amas de casa de mediana edad u hombres de treinta y siete años con una calvicie incipiente en la retaguardia. Está centrado en saber, y en cómo una carpeta repleta de textos y un título certero debían convertirse, antes o después, en realidad.

En breve, esas historias dejarán de ser mías, y, con mayor o menor fortuna, adquirirán corporeidad propia. No se me ocurre un sentimiento mayor para aquel que disfruta de escribir: un chute de realidad en tus palabras, y espacio dentro de ti para seguir soñando ficciones que sueñan con ser reales.

Un pezón de cerdo

Disonancia cognitiva:

Tensión o desarmonía interna del sistema de ideas, creencias y emociones (cogniciones) que percibe una persona al mantener al mismo tiempo dos pensamientos que están en conflicto, o por un comportamiento que entra en conflicto con sus creencias. Es decir, el término se refiere a la percepción de incompatibilidad de dos cogniciones simultáneas, todo lo cual puede impactar sobre sus actitudes.

Un pezón. Un pezón de cerdo en tu beicon. Algo tan nimio, tan estúpido, ha despertado todas las alarmas y un sinfín de opiniones.

No se puede criticar a alguien que te mira a los ojos después de matar a un animal y te dice: «Yo elijo mi alimentación.» Alguien que visita un matadero con su familia y decide seguir consumiendo productos animales construidos (o destruidos) en cadena.

Beicón (pezón)Puede no ser natural; incluso se ha demostrado que otros animales pueden sentir ese dolor, esa inquietud, que emana de aquellos encerrados en un matadero y destinados al consumo; como un perro que nunca ha pisado una perrera y, rápidamente, se contagia de la intranquilidad y el nerviosismo que impera siempre en ellas. Pero multiplicado. Por cien. Por mil. Quién sabe.

No lo comparto. No comparto la caza, ni la pesca, ni la cría industrial, ni una alimentación basada en la carne y el pescado. No lo hago. Pero respeto a todo aquel que sabe lo que consume, que no le importa, que piensa diferente. Respeto el pensamiento tradicional, pero no la invisibilización del proceso.

Ese pezón es solo una bofetada a todo aquello que se esconde detrás de grandes paredes de hormigón.

No es beicon, ni filete, ni criadillas. Son trozos de un cerdo, de una vaca, de cualquier animal, mamífero o no; y cuando se convierten en beicon, en filetes, en criadillas, estamos un paso más cerca de no saber lo que consumimos, y de seguir insensibles al drama que representa criar y matar miles de millones de animales cada año.

Ese pezón es solo una bofetada a todo aquello que se esconde detrás de grandes paredes de hormigón que no consiguen silenciar los gritos. De los matarifes que terminan su jornada alcoholizados, o drogados, o insensibilizados a cualquier tipo de dolor; no todos, claro que no, pero nadie puede matar a decenas de seres diariamente y seguir igual.

Ese pezón está llamando imbécil a varias generaciones que se han creído que nuestro modo de vida es normal y natural; que lo sano y lo sensato es comer carne, y pescado, y productos de origen animal cada día, en cada comida, a todas horas, cuando nunca antes se hizo.

Un pezón que también nos demuestra lo flojos que somos. El miedo que nos da ser consecuentes con nuestras propias ideas y con nuestro modo de vida. El pavor que nos supone coger un cuchillo y cortar el cuello a un pollo o abrir en canal a un cerdo, una vaca o un ternero. ¿O quizá es que no son nuestras ideas? Quizá son ideas impuestas, pero cómodas. Una forma sencilla de no preguntarse por cómo funcionan las cosas, sino de dejarse llevar.

Pero ese pezón no es un trozo de beicon. Es el cuerpo de un animal; un animal que vivió, como tú, o yo, o tu perro, o tu gato; y lo que todavía es peor; ese pezón te está diciendo que eres un hipócrita, que no quieres ver lo que hay detrás de los kilos y kilos de productos cárnicos que colapsan todos los supermercados, todas las ciudades y la mayoría de los países; el pezón de un animal al que alguien mató, y un error que no volverá a cometerse en un buen tiempo, porque todavía no somos suficientes los que queremos que pienses en todo esto; porque la mayoría se contentará con tener tiras de panceta libres de pezones.

El vegano desestructurado que no quería que su perro comiese chuletas

Hoy, por casualidad, leí el término flexitarianismo que, o bien sería algo así como aquello de lo que hablaba hace unas semanas, o bien sería una forma de no ser consecuentes ni con nuestra propia ética. De cualquier modo, pocas horas después de publicar aquel texto, tuve una conversación muy curiosa. Alguien me escribió lo siguiente: «Muy vegetariano, pero tus perros comen carne y a otros animales.»

Me imaginé mirándole, incrédulo. Él, el señor X, que puede ser hombre o puede ser mujer, me citó un vídeo de Gary Yourofsky que ya había visto (y con el que estoy de acuerdo en un gran número de cuestiones; no en todas, claro que no); le contesté: «Yo puedo elegir una dieta basada en vegetales; mis perros, son carnívoros.»

Fue todo lo que dije. Esa noche, no pude (ni quise) alargar demasiado el tema, aunque se me ocurrió que un cerdo sería una buena mascota para un vegetariano estricto que no quisiese más problemas de moralidad en su vida; además, podría bautizarlo con un nombre bien chulo, como Lord Bacon, el cual llevo años reservando para mi cerdo-mascota y ahora le cedo al mundo a través de este sencillo texto; altruista que es uno, vamos.

Pero lo cierto es que me quedé con ganas de más. Porque es una pregunta que suele cogerme por sorpresa desde que me lo plantearon hace más de un año y medio por primera vez y que, desde siempre, me ha parecido una confusión habitual que termina por dañar a nuestros colegas de cuatro patas (sean perros, sean gatos), por lo que anoté varias cuestiones que no quería olvidar.

Ser humanos

La primera de todas ellas trataba sobre ser humanos. Algo que nos convierte en omnívoros por definición, y no ser perros ni gatos, es decir, carnívoros. Ser humanos es, en este caso, libertad de elección (y acción) en todos estos sentidos; es poder comer carne y pescado o no hacerlo, o poder comer más o menos proteína animal y proteína vegetal.

Habrá quien diga que un perro también es omnívoro, cuando lo que quiere decir es que han desarrollado enzimas que les ayudan a digerir ciertas proteínas vegetales; habrá quien diga que un perro es omnívoro y se equivoque; y todavía será más grave si habla de un gato, que ni tan siquiera puede procesar ese tipo de comidas (y dudo que se las coma a diferencia del perro).

A grandes rasgos, detrás de un perro al que se quiere convertir en vegetariano, hay un dueño con unos principios éticos y morales concretos; el problema aquí es que un perro es un perro y un señor de Murcia es un señor de Murcia. Y el señor puede comer lo que le dé la real gana, pero no debería intentar humanizar a su mascota, sino informarse adecuadamente de las necesidades que esta tiene.

Dejarse llevar por la filosofía

Si seguimos por ese camino, lo que terminaremos haciendo, antes o después, es dejarnos llevar y, finalmente, obligar a otro ser vivo a ir contra natura.

Puede que en un primer momento sea más fácil pensar que ni tú ni tu mejor amigo tenéis la necesidad de matar a otros animales para vivir, y en tu caso (hoy) puede que sea cierto, pero no en el del perro. Esos animales se acercaron a ti en un momento concreto de la historia común porque sobraba un trozo de ciervo que se había puesto malo, o un hueso, o estaban los graneros petados de ratones con los que pegarse un festín.

Evolución del perro

Ese es el origen de la historia común entre humanos, gatos y perros; puede que no sea tan bonito como nos lo imaginamos, pero sí mucho más natural y certero. Y eso es lo último sobre lo que me gustaría hablar en relación con este tema…

Ser natural

Si uno decide dejar de comer animales, o cualquier tipo de alimento de procedencia animal, no creo que haya nada coherente que se le pueda decir al respecto. Cualquiera te dará su opinión, cualquiera podrá equivocarse o acertar, y cualquiera estará en su derecho de omitir las tonterías que le planteen a su paso o ignorar los comentarios acertados que puedan llegarle también; pero no tiene nada de incoherente comprar alimento que tu perro o tu gato necesita y no aquel que te gustaría que comiese. Quizá no hace falta comprar chuletas de cerdo y cocinárselas; a lo mejor es más que suficiente apostar por pienso de calidad y ecológicamente sostenible: aunque esto, siempre será algo que vas a hacer más por ti que por él.

También es cierto que hay muchas opiniones contrapuestas, donde no es extraño que empiecen a surgir ideas sobre las posibilidades de dietas alternativas para nuestros perros (no para nuestros gatos), y otras que mantengan esa idea del animal tradicionalmente carnívoro; sea como sea, una persona responsable debería asegurarse de que ofrece una alimentación adecuada a lo largo de la vida de sus mascotas (aunque no me gusta esa palabra).

Al final, si no podemos aceptar que nosotros hemos decidido tomar una decisión moral, pero no tenemos derecho a arrastrar a nuestras mascotas a una dieta que les provoca todo tipo de intolerancias, solo nos quedará cambiar a perros y gatos por cerdos, zarigüeyas, cuervos, gallinas o iguanas, lo que será siempre mucho más natural que intentar que el día se convierta en noche y la noche en día.

¿Contrastamos opiniones?


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¿Soy vegetariano?

Cuando la pregunta apareció, hacía tiempo que había tomado una decisión. Pero un día como otro cualquiera llegó hasta mí y, por casualidades de la vida, lo hizo con un chorizo de León entre las manos de mi amigo Pablo. Yo rehusé, agradeciéndole el gesto y, entonces, todavía con cierto reparo, confesé públicamente que hacía más de un año que había dejado de comer carne y pescado ante la estupefacción general.

Por esas fechas, hacía tiempo que sabía que, antes o después, esa cuestión chocaría contra mí y, como suele ocurrir, estaba seguro de que lo más difícil no era convencer al resto, sino a uno mismo. Supongo que por eso no había dicho nada: porque quería poner mis ideas en orden; porque, al principio, la idea del vegetariano se me antojaba similar a la del ex fumador que está condenado a recordar y mitificar aquel último cigarro que se fumó. Ese es el concepto clásico, claro, pero a la inversa, ya que cuando uno deja de consumir animales, las críticas siempre llegan de manos de la salud, no de la ética; de la salud propia (ahí también somos egoístas), no de la del trozo de bicho que tenemos en el plato.

¿Quién invitó al herbívoro?

Paulatinamente, todas esas dudas fueron desapareciendo. Y, tras varios años, sé que no se trata de poder o no poder vivir siendo vegetariano, ni de envidia, ni de problemas éticos que los demás no tienen por qué querer escuchar (totalmente legítimo), sino de desconocimiento; y quizá también un poco de no querer escuchar…y de problemas éticos, pero de aquellos que todos tenemos en la cabeza y, a veces, preferimos ignorar.

To be a dark horse

Hace dos años que decidí dejar de consumir animales. Aún hoy recuerdo que, en esos primeros momentos, no podía quitarme de la cabeza el concepto japonés itadakimasu (いただきます). Por si no lo sabes, itadakimasu, al igual que Gochisōsama deshita, es una forma de agradecer la comida que vamos a consumir. Mucha gente lo confunde con un simple ¡que aproveche!, pero se equivocan. Itadakimasu es gratitud por todos los seres que han participado en la elaboración de la comida desde su primera fase y, en especial, por todos aquellos animales y plantas que han dado su vida para que nosotros podamos alimentarnos; Itadakimasu nos demuestra que, para los japoneses, hay vida en todas las cosas que nos rodean.

Así, una mañana me desperté y decidí que deseaba arrebatar el menor número de vidas posibles y que, entre ellas, por su parecido a nosotros y, sobre todo, por su capacidad de sufrir, jamás serían más vidas animales. No fue solo una opción ética por los derechos de los animales sino que, en el proceso, descubrí que me sentía más sano, más fuerte y tenía muchos menos problemas de acidez (sufro sufría reflujo gastroesofágico).

Dan Bizarro - Bacon jerk (joke; chiste)También lo consideré una buena oportunidad de seguir luchando por el medio ambiente, pues descubrí que producir un paquete de medio kilo de carne de vacuno supone casi 6.810 litros de agua. (En serio.)

Pero al final, todo se limitó a algo muy simple: en la medida de mis posibilidades, no quería apoyar más ni la explotación ni el maltrato animal inherente en la industria alimentaria.

Pasaron las semanas y, poco a poco, todos los que me conocían me preguntaron si nunca más iba a comer animales; mi respuesta fue: “Siempre que pueda evitarlo, no volveré a hacerlo.” Durante meses mi madre lo repitió y lo repitió; también mis hermanos, mis amigos, mis amigas, los conocidos que arqueaban una ceja sin entender… y tampoco faltó quien me intentase convencer de la necesidad de comer animales: Somos omnívoros, decía todo dios, y llegados a este punto, me convencí a mí mismo de dos cosas: la gente no entiende qué es un animal omnívoro (tú, yo, un cerdo) y, lo que todavía es peor, todos nosotros vivimos asustados por lo que hay más allá de nuestra zona de confort.

El hombre que dejó de ser omnívoro

Soy un hombre viejo y cansado. Pero he matado a este pez que es mi hermano y ahora tengo que terminar la faena.

El viejo y el mar (Ernest Hemingway, 1952)

Para cerrar el tema, decidí explicar a todo aquel que quiso escucharme que somos omnívoros oportunistas, lo que significa que aprovechamos todo lo que podamos llevarnos a la boca, porque no hemos evolucionado para alimentarnos únicamente de carne ni de vegetales, igual que el cerdo, el cuervo o el oso panda. Por esta razón,  mientras mantengamos una dieta equilibrada, podemos alimentarnos simplemente de productos de origen vegetal, que deberían ser los de consumo mayoritario en cualquier tipo de dieta, además. 

Y sí. Hay muchas probabilidades de que comer carne nos hiciese humanos. ¿Pero has pensado en cuánto nos deshumanizan las formas de consumo actual? Quizá eso sería algo a tener presente hoy, cuando la ciencia admite que no la necesitas para vivir, y que hay muchos otros procesos de involución y órganos vestigiales de los que también te podrías preocupar y no lo haces.

Evidentemente, no convencí a nadie, ni era mi intención; lo único que yo quería era que me dejasen en paz. Irónicamente, al paso de los meses descubrí que mi posición tampoco era completamente vegetariana, por lo que antes que después terminé por cabrear a mis conocidos vegetarianos y veganos y al resto del mundo que vive con una dieta que contiene carne y pescado.

Si te preguntas el por qué, te diré que porque como pescado y, en algún momento, he comido carne en estos dos años (una vez).

The New Yorker - Vegetarianism (joke; chiste)

Sí, sé lo que estás pensando ahora. Te acabo de decir que me considero vegetariano, ¿verdad? Déjame explicártelo: a grandes rasgos, considero que el sistema está mal. Te lo expliqué un poco por encima en Del estómago al cerebro y en otros artículos previos como El consumo de carne en el mundo. A lo largo de los años, he visto una total carencia de interés por la salud: de este modo, si la OMS dice que el consumo de carne roja es perjudicial, todo el mundo se indigna porque mueve mucho dinero y, a grandes rasgos, eso no se puede decir (aunque haya estudios sobre ello, no se puede dilapidar el sistema económico, ya sabes), así que rápidamente se excusa.

Lo mismo ocurre con un tipo cualquiera —yo, por ejemplo—, que dejo de comer carne y pescado y, de golpe y porrazo, me vuelvo un completo loco, pues voy a poner en riesgo mi salud por el simple capricho de cambiar mi dieta. Aquí los argumentos no importan; se intercambian los papeles, aquellos que exigen que se críe y se sacrifique (mate) a un animal, me piden explicaciones a mí por mi conducta al comprar a un tercero legumbres, lechugas, soja o quinoa.

Con estas ideas en mente, pensé que faltan estudios serios, que lo cierto es que todo lo que he leído[1], me ha convencido para convertirme al vegetarianismo, pero también me ha convencido de otra cosa: seguimos viviendo en un mundo de carnismo, y mi actitud individual, sea respetuosa o sea crítica, no cambiará el mundo por sí sola; esto, al niño que todos llevamos dentro, le hiere el orgullo, pero no deja de ser cierto, así que si tengo que comer un pescado o un trozo de carne de un animal que alguien mató sin conocer mi punto de vista, no me crea una crisis de identidad.

Portada 'The New Yorker' (2014, abril)Yo no compro carne ni pescado; y no consumo carne ni pescado. Solo soy un tipo que llega a un sitio, y si le han invitado a comer, agradece su plato al animal que fue asesinado más que al propio anfitrión, y come. Después explico, pacientemente, mi filosofía de vida al resto, y procuro minimizar las posibilidades de que esto se vuelve a repetir: si alguien no lo entiende, llevo un tupperware a la siguiente reunión de empresa, de familia o de amigos, y comparto la comida con el resto si es necesario.

Al final,  ¿soy vegetariano? Lo cierto es que no lo sé. Solo sé que mi ética es mía, mis reglas son mías y jamás dejaré que me digan otra cosa. Supongo que soy el único en la sala que no ve hipocresía en aquel vegano que se come lo que el resto de la mesa va a tirar al cubo de la basura. De algún modo, he encontrado la forma de que esos trozos de vida animal dejen de contaminarme el alma, y para mí es suficiente.

Como dijo alguien mucho mejor que yo, pescar me mata en la medida en que me tiene vivo; yo decidí no pescar más, ni de un modo literal, ni de un modo metafórico, pero no podemos obligar al resto a compartir nuestra verdad.


[1] Uno de los libros que más me ha influido en los últimos años sobre este tema ha sido Por qué amamos a los perros, nos comemos a los cerdos y nos vestimos con las vacas (M. Joy, 2013).

Del estómago al cerebro

El vegetarianismo y el veganismo afirman que no existe necesidad de alimentarse de proteínas de  origen animal para llevar una vida saludable —a excepción de una carencia de vitamina B12 presente en algunos de estos círculos que se debe complementar con fuentes adicionales.

Por carne, nos referimos al cuerpo de otros mamíferos[1], de peces y de marisco, y hago esta señalización porque, por alguna razón, los discursos suelen estar tan sobrepuestos que quizá a las personas de vuestro entorno (madres, padres, hijos, hijas, primos… ya sabéis), les parezca estupendo que renunciéis a la ternera pero no al salmón, al rape y a la merluza, con todas las proteínas, ácidos grasos, vitaminas y minerales que tienen.

Este texto forma parte de una serie de ensayos personales que he titulado De cómo los animales viven y mueren y que comparto en el blog, parcialmente, desde hace unas semanas.

Esta diferenciación es, simplemente, cultural. No comemos carne de perro porque lo sentimos cercano a nosotros: lleva más de 20.000 años a nuestro lado; ha sido un compañero fiel y, como mucho, una herramienta (caza, vigilancia, protección, etcétera). Por el contrario, la vaca, el cerdo o el conejo jamás han gozado de esta proximidad con nuestra especie, ¿verdad? En el caso de los peces la empatía es todavía menor, puesto que no comparten ni tan siquiera nuestro ecosistema directo, lo que restringe el contacto al mínimo.

Carne de perro labrador
¿Te imaginas…? Horrible, ¿verdad?

Desde pequeños se nos ha enseñado la necesidad de comer carne. Enseñar, aun así, sería una palabra errónea, puesto que es cierto que la carne de otros animales cuenta con proteínas y grasas que necesitamos para vivir.

Si ingerimos proteína animal para no sufrir carencias de una vitamina esencial para nuestro organismo, pero nos intoxicamos por múltiples vías, ¿vale la pena? Esa parece ser la clave.

Por ello, antes de la domesticación de animales para consumo, durante el Neolítico, cazábamos. Sin embargo, los vegetarianos y los veganos también viven; entonces, cabe preguntarse si realmente estas dietas alternativas son sostenibles, son mejores o son total y absolutamente deficientes. Si ingerimos proteína animal para no sufrir carencias de una vitamina esencial para nuestro organismo, pero nos intoxicamos por múltiples vías, ¿vale la pena? Esa parece ser la clave.

No hay ningún estudio que pruebe la necesidad de consumir carne para mantener un aporte proteico y calórico suficiente, en cambio, hay múltiples estudios que asocian el consumo de carne animal a problemas de obesidad, obstrucción arterial y cáncer (Staff de la OMS, 2015).

Asimismo, mantener una dieta vegetariana o vegana no parece estar enfrentado a obtener la cantidad suficiente de proteínas y aminoácidos (ácidos esenciales que permiten crear componentes básicos de las proteínas humanas), pero quizá sí tiene otros contratiempos que irán apareciendo en el texto; en este caso, hago referencia a la ya citada vitamina B12 o a los ácidos grasos omega 3 y omega 6.

Triceratops, el primer vegano

En otras palabras, no hay nada que demuestre que el consumo de carne animal no pueda sustituirse en gran parte (o en su totalidad) por alimentos de origen vegetal. Sin embargo, no oscilemos entre los extremos (que suele ser aquello que más nos atrae a todos, ¿verdad?); veamos primero qué papel fundamental ha supuesto la carne para encumbrarse en la cima del consumo de muchos países.

Mantener una dieta vegetariana o vegana no parece estar enfrentado a obtener la cantidad suficiente de proteínas y aminoácidos.

Para ello, tenemos que retrotraernos varios miles de años hacia los cambios evolutivos que sufrió nuestra capacidad craneal y, posteriormente, nuestro cerebro. Numerosos estudios afirman que fue el consumo de carne lo que permitió el aumento de la capacidad craneal y, más adelante, de la inteligencia abstracta que nos diferencia de otros animales[2].

Lo que no siempre se reseña, es que ese consumo relativamente elevado de carne se produce a través de la carroña, como bien sintetiza Carlos A. Marmaleda, experto en paleoantropología y cosmología, en Sobre el origen de la inteligencia humana, un texto de ampliación de otro famoso artículo de Juan Luis Arsuaga titulado El origen de la inteligencia humana.

Estamos hablando de lo que permitió al Homo habilis y al Homo rudolfensis —quizá los australopithecus ya carroñeaban pero no al mismo nivel— mantener una compleja línea evolutiva hasta el Homo sapiens: pasar de una dieta rica en celulosa hacia una dieta muy proteica, y enviar todo ese excedente del aparato digestivo hacia el cerebro (Marmelada, 2003).

Homo habilis carroñereando.
Un grupo de Homo habilis carroñeando.

Sobre estos temas soy completamente inexperto, y además mi interés es relativo, si bien explican el porqué de la importancia de la carne, y cómo al final de la Edad del Hierro esto no tenía razón de modificarse, pues el hábito, la costumbre, la tradición y el sabor habían forjado una cuádruple proposición que se sobreentendía por todos.

De nuevo en el presente, cabría preguntarse por qué no existen estudios dedicados a revelar en un plazo de tiempo lógico si parte o el total de consumo de carne es sustituible y, si es así, por qué no hacerlo, mientras que si no es así, por qué no limitarlo, ya que entramos en los blancos y los negros del consumo de carne. Los blancos están claros: aporte nutricional y, muy probablemente, evolución de nuestra especie; ¿y los negros? No, los negros no solo están relacionados con lo que ocurre en mataderos o granjas industriales, sino también con la sostenibilidad del modelo.

Para que Occidente, Latinoamérica y muchos países musulmanes (no encuentro un apelativo mejor, aunque soy muy consciente, en la medida de mis posibilidades, de las diferencias entre Pakistán y Arabia Saudí, por ejemplo) puedan consumir carne en mayor o menor medida, hay poblaciones e incluso países enteros que no cuentan con ella en su dieta. La carne es un alimento de lujo en China o en la India, y más del 99% de sus ciudadanos no la consumen.

Cabría preguntarse por qué no existen estudios dedicados a revelar en un plazo de tiempo lógico si parte o el total de consumo de carne es sustituible.

Dicho de otro modo, para que nosotros podamos consumir diariamente, muchos países no consumen nunca. Hasta ahora. Ahora, cuando estos países del sudeste asiático empiezan a convertirse en economías emergentes, sus ciudadanos no solo están comprando enormes concentraciones de terreno y animales para la cría, sino que se disponen a consumir carne en la misma medida en que lo hace Occidente y otros países cercanos. ¿Y por qué no deberían?

Lo que ocurre en la China y en la India es lo mismo que ocurrió a finales del siglo XIX en las zonas más industrializadas y aburguesadas de España (País Vasco, Cataluña, etcétera), o en Reino Unido, Francia o Alemania con anterioridad. Sin embargo, es un modelo caduco.

Ilustración, John Holcroft (granja)

Al margen de las creencias de igualdad animal; sin relación alguna con el sufrimiento de otras especies; total y absolutamente separadas de la salud o de las enfermedades de los ciudadanos. Es un modelo caduco porque está destruyendo el planeta a una velocidad que no alcanzará los cien años desde el establecimiento de la agricultura intensiva tras la Segunda Guerra Mundial si otras naciones empiezan a comer carne al mismo ritmo que nosotros (Carnero, 2014). Y lo van a hacer, porque no somos nadie para decirles qué pueden y qué no pueden hacer. Solo tenemos potestad para aprender de nuestros errores, e intentar que el resto del mundo tome conciencia de ellos. Pero para eso primero debemos tomar conciencia nosotros (Linde, 2014).


[1] Muchos activistas entre los que se encuentran Yourofsky, Potter y Melanie Joy (en sus respectivos campos) critican un nivel de invisibilidad e hipocresía en el lenguaje. Todos ellos consideran que es más sencillo seguir consumiendo carne si lo suavizamos etimológicamente: una hipótesis que mantiene que el consumo de otros seres vivos es menos traumático si nos referimos al cadáver de otro animal como carne, a sus testículos como criadillas y a su cerebro como sesos: no solo alejamos la muerte y el despiece, sino también la definición real del “objeto”.

[2] Remarco aquí el término “inteligencia abstracta” puesto que, a menudo, tendemos a creer que otros animales no son inteligentes cuando, simplemente, piensan y sienten de un modo distinto.


Lista de referencias bibliográficas:

  • Staff de la OMS (2015). Prevención del cáncer. Ginebra, Suiza: OMS. Recuperado de http://www.who.int/cancer/prevention/es
  • Marmelada, C. (2003, 15 de enero). Sobre el origen de la inteligencia humana. Ampliación del artículo El origen de la inteligencia humana, según Arsuaga. Navarra: Universidad de Navarra, Grupo de Investigación Ciencia, Razón y Fe. Recuperado de http://www.unav.es/cryf/origeninteligencia.html
  • Carnero Chamón, E. (2014, 8 de octubre). Ser vegano no es lo que usted piensa. El País. Recuperado de http://elpais.com/elpais/2014/10/08/buenavida/1412757202_712498.html
  • Linde, P. (2014, 27 de noviembre). ¿Y si dejáramos de comer carne? El País. Recuperado de http://elpais.com/elpais/2014/11/26/buenavida/1417006731_060496.html

Las ilustraciones pertenecen a DKFindOut, Tricky Trapper Camp y John Holcroft.

Carta de un vegetariano

El otro día salí a pasear solo. Dentro de un par de meses, hará seis años que casi nunca paseo solo. Cuando no paseo con los perros, paseo con mi pareja, y cuando no paseo con mi pareja, apenas paseo; por ello, a veces, paseo solo. Salgo a caminar a sabiendas de que, más tarde, tendré que volver a salir a caminar, pero que será distinto. Ni mejor, ni peor: distinto. Como cualquiera, de vez en cuando, echo de menos aquello que no tengo.

De cualquier modo, salí a pasear. Y paseé un buen rato. Caminé por la calle Pau Clarís y a través de la Vía Layetana por más de una hora —algo que no suelo hacer—, y terminé por sentarme en un banco a descansar —otra cosa que tampoco suelo hacer. Allí me encontré a un hombre de mediana edad gritando a un niño por tirar la comida, y el niño lloraba, y lloraba; y el padre gritaba; y seguía gritando cuando entró a un supermercado dejándole a mi lado con los ojos hinchados y varios mocos que asomaban peligrosamente desde sus fosas nasales.

Vía Layetana de Barcelona
Fotografía de la Vía Layetana de Barcelona.

Le miré en silencio por un par de segundos, algo incómodo. Lo cierto es que no sé hablar con los niños; soy la antítesis de esas personas que les hablan como estúpidos desde que nacen hasta que terminan la enseñanza básica, algo así como el hombre del saco que vuelve a tus hijos descreídos, ateos, comunistas y con una cresta punk. Por eso, me extrañó escucharme a mí mismo diciéndole a ese niño que tenía a escasos dos metros de distancia: ¿Estás bien?

El crío me miró, extrañado, y yo empecé a arrepentirme desde el minuto cero. Después, dijo:

—Mi padre quiere que me coma un bocadillo de jamón y queso, pero yo no quiero comer jamón.

No le dije que yo tampoco quería comer jamón, ni bistecs, ni pescado, ni marisco. Mucho menos que hacía casi dos años que no lo hacía. Solo le pregunté:

—¿Por qué no?

El niño, que debía tener unos siete u ocho años, se quedó mirándome. Intuyo que esperaba una confirmación de todo aquello que le había dicho su padre, y yo, sin comerlo ni beberlo, ahí sentado y aireándome sin los perros, ni la novia, ni nadie, había fastidiado la regañina.

—Porque les duele, y les hacemos daño. Y se parecen a nosotros —agregó.

—Unos más que otros —le comenté.

Él asintió, mirando rápidamente al interior del supermercado, donde vimos a su padre al final de una larga cola de gente que se había hecho en las dos únicas cajas que estaban abiertas.

—Sí —contestó.

—¿Tampoco quieres comer peces?, ¿o gambas?

Él negó con la cabeza. Yo empecé a arrepentirme de lo que iba a hacer, y le pregunté si tenía un bolígrafo y un papel. Asintió de nuevo, aunque lo que sacó de la mochila junto a su libreta fue un marcador de color rojo, que era lo único que llevaba para escribir, me dijo.

Vegetarianismo

Queridos papá y mamá, empecé. Padre y mamá, me dijo él.

—Se va a cabrear —sugerí, pero el chaval se encogió de hombros.

Queridos papá padre y mamá:

No quiero comer animales. No quiero que los maten cuando puedo comer otras cosas y estar sano y crecer fuerte. Me gustaría que os informaseis sobre posibles alternativas como el seitán, la soja, la quinoa, los vegetales verdes, las algas o las lentejas y otras legumbres (estas son solo algunas opciones con proteínas).

—¿Te parece mal beber leche de vaca o comer huevos y queso? —le pregunté.

—No —dijo—. Creo que no.

Por ahora, quiero seguir comiendo huevos, queso y algunos productos más de origen animal (leche), e informarme sobre cómo los obtienen y qué aportan a mi organismo.

No os pido que compartáis mi opinión, solo que tratéis de entenderla y respetarla mientras mi decisión sea mía y por el tiempo en que esta lo sea. También que me ayudéis a conseguir una dieta equilibrada.

—¿Cómo te llamas?

—Alberto —contestó. Y yo dejé que fuese Alberto quien, tras leer la carta, firmase.

Escasos dos minutos después, su padre salió del supermercado, y me miró con una mueca que se movía entre aquel a quien le extraña una situación al punto de dudar entre cabrearse o no hacerlo.

—El chaval me ha preguntado una cosa de los deberes, pero ya se lo he explicado —mentí, y me despedí de ellos.

Al día siguiente, supongo que por casualidad, uno de mis hermanos pasó por mi casa para acompañarme a pasear a los perros. Dejé que fuese él quien decidiese la ruta a seguir y, casualidad tras casualidad, acabamos frente al mismo banco. Descubrí un QUE TE JODAN rojo con grandes letras en él, y me quedé mirándolo por unos segundos. Mi hermano, en cambio, me miró a mí, extrañado; agregó: ¿de qué te sorprendes? Y recuerdo que pensé que, sin saberlo, tenía toda la razón del mundo.

Sin embargo, esta historia podría acabar así, con sabor agridulce, pero días después se produjo un leve giro narrativo que me cogió por sorpresa. Debajo de la estatua ecuestre de Ramón Berenguer, vi a Alberto con una chica de unos cuarenta y pocos.

Esto fue lo único que sucedió allí: él levantó el pulgar; su madre suspiró; yo sonreí.


Fotografía por Pere prlpz / CC BY

Imagen por Nutribán / CC BY

El consumo de carne en el mundo

No hay nada más poderoso que una idea cuando su tiempo ha llegado. 
Víctor Hugo (1802-1885)
Nuestros nietos algún día nos preguntarán: “¿Dónde estabas durante el Holocausto de los animales? ¿Qué hiciste en contra de estos crímenes horribles?” No podremos dar la misma excusa por segunda vez, que no sabíamos. 
Helmut F. Kaplan (1952)

El 20 de marzo de 2012, Philip Wollen, expresidente de Citibank, lanzaba con la voz queda un grito por el derecho de todos los animales (Kindness Trust, 2012). Minutos antes de que el Saint James Ethics Centre (Melbourne, Australia) estallase en un aplauso generalizado, el filántropo difundió una de las máximas más célebres de William Shakespeare al público: ¿Cómo ve usted el mundo?, dijo, repitiendo la pregunta que el rey Lear formulaba al conde de Gloucester. Este contestó: “Lo siento”. No como una disculpa (I see it feelingly, en el original), sino como una forma de vivir más cercana y real con la naturaleza.

En el centro del encarnizado debate, Wollen ofrecía datos objetivos sobre lo que supone el consumo de carne a nivel global: las emisiones de CO2, metano y otros gases contaminantes producidos por estas son la primera causa de contaminación atmosférica, el 90% de los peces pequeños son molidos para alimentar a la ganadería convirtiendo a las vacas en el mayor depredador marino de la Tierra y necesitaríamos dos planetas para alimentar al mundo entero con una dieta basada en el consumo de carne.

Estos enunciados, entre otros, son los que hacían al ponente afirmar que estamos ante un problema de origen financiero que, a medio plazo, provocará problemas ambientales (contaminación) y agotará las reservas de agua potable del planeta.

Se necesitan 50.000 litros de agua para producir un kilo de carne de res. Por ello, al margen de premisas que se relacionen con nuestra salud o con la crueldad animal, documentales como Earthlings (Monson, 2003) entrevén otra gran guerra, donde no se peleará por el control de la economía o del petróleo, sino por el agua. Los países industrializados no sufrirán desnutrición o falta de alimentos; por el contrario, amparados en estos testimonios parece plausible afirmar que pueden colapsar por el agua.

Philip Wollen sentía en el cáncer que hacía gritar de dolor a su padre un desconsuelo similar al que se podía percibir en una ballena moribunda que, con un arpón perforando su cráneo, buscaba a su cría entre bramidos; o el miedo de un cerdo o una ternera mientras recorría sus últimos pasos en el matadero.

Granja industrial de pollos.

Su testimonio no desea erradicar la guerra contra otras especies animales, como él la designa, sino promover una justicia real con el resto de organismos vivos de nuestros ecosistemas. Una idea que choca frontalmente con el humanismo previo al siglo XXI, que solo tenía presente cómo los seres humanos nos tratamos los unos a los otros, pero había arrebatado esa equidad a otras especies (Free From Harm Staff Writers,2012).

Por último, ten presente también que (Colaboradores de Oxfam Intermón, 2015, p.23):

El ganado produce algunos de los gases de efecto invernadero más peligrosos —el metano y el óxido nitroso— a través del sistema digestivo (en el caso de los rumiantes, como las vacas) y del estiércol. Ambos gases son mucho más potentes que el dióxido de carbono, del que tanto se habla. En total, el ganado es responsable del 18% del total mundial de emisiones de gases de efecto invernadero. La cría de ganado también emplea una enorme cantidad de agua: aproximadamente un 8% del uso mundial de agua que realizan los seres humanos se destina a cultivar alimentos solo para las reses.

Y también (Colaboradores de Oxfam Intermón, 2015, p.25):

Si los hogares urbanos de Estados Unidos, el Reino Unido, España y Brasil comieran una comida sin carne una vez a la semana, cambiando la carne de vacuno por alubias o lentejas, se criarían cada año cerca de nueve millones y medio menos de vacas. Eso significaría que se dejarían de producir más de 900.000 toneladas de metano al año, lo que tendría el mismo impacto en el medio ambiente que si se quitaran 3,7 millones de coches de las calles durante un año.

Criando muertes

El sistema funciona de un modo muy simple: criamos animales para comer animales. La domesticación, a excepción de razas caninas en un elevado número de culturas y etnias, ha tenido en todo momento un componente utilitarista para los seres humanos; la cría y selección de animales de otras especies permite ciertas modificaciones (fisiológicas, psicológicas o morfológicas, y a menudo todas ellas) con un determinado fin que, en la mayoría de los casos, es el consumo de los productos derivados del animal.

Sin embargo, el consumo tal y como lo conocemos empieza tras la Segunda Guerra Mundial, momento en el que podríamos establecer un cambio global en los países desarrollados (Patterson, 2002). Esta división es, notablemente, discutible, puesto que la agricultura ya recibe mejoras considerables a partir del siglo XVI, pero la mayoría de las mismas se aplican al cultivo y no a la cría, engorde y sacrificio de animales para consumo.

Estas mejoras suelen considerarse, en contraste, menores, y las innovaciones que realmente suponen un cambio a nivel agrícola son los fertilizantes, los reguladores de crecimiento, los pesticidas y la integración de maquinaria mecanizada. Esta última, aplicada con la ganadería, es la que permite hace más de medio siglo lo que se conoce como intense farming o agricultura intensiva. Las prácticas intensivas tienen una premisa básica: aprovechar el máximo de espacio para producir una mayor concentración del producto; esto tiene un límite a todos los niveles, pero el impacto a nivel agrícola es mínimo en contraposición con el trato y las necesidades de infraestructura y espacio de los animales destinados para el consumo humano.

Granja intensiva de cría de cerdos
Fotografía de National Geographic que muestra un centro de cría intensiva de cerdos.

Ante todo, no pretendo crear conciencia de la necesidad de abandonar el consumo de alimentos, sino que me propongo únicamente que me acompañes a lo largo de un análisis de lo que sucede en estos emplazamientos y en cómo afecta al producto final. Quizá descubres que no todo es genial, pero que sigues queriendo comer carne, y pescado, y marisco; como decía al inicio, la cuestión no es imponer una idea, es saber, conocer lo que se mueve a nuestro alrededor y en nuestros estómagos.


Lista de referencias bibliográficas:

  • Kindness Trust (2012, 16 de mayo). Philip Wollen: Animals Should Be Off The Menu debate [YouTube]. Recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=uQCe4qEexjc
  • Monson, S. (director y productor). (2003). Earthlings [Documental]. EEUU: Nation Earth.
  • Free From Harm Staff Writers (2012, 24 de junio). Philip Wollen, Australian Philanthropist, Former VP of Citibank, Makes Blazing Animal Rights Speech. Free From Harm [Mensaje de blog]. Recuperado de http://freefromharm.org/videos/educational-inspiring-talks/philip-wollen-australian-philanthropist-former-vp-of-citibank-makes-blazing-animal-rights-speech/
  • Colaboradores de Oxfam Intermón (2015). Todo lo que necesitas saber sobre comercio justo. Recuperado de http://cdn2.hubspot.net/hub/426027/file-2384404317-pdf/Ebooks/ebook_Comercio_Justo.pdf
  • Patterson, C. (2002). Eternal Treblinka: Our Treatment of Animals and the Holocaust. Nueva York: Lantern Books.

El perro que quería ser

Hoy, te voy a contar su historia, una de esas sin medias tintas; así que vamos al grano, y ya sacarás tus propias conclusiones. Que sepas que no voy a molestarme en explicarte cuánto han sufrido sus protagonistas; quiero que seas tú quien recuerde esa espina clavada que no siempre puedes encontrar en tu conciencia; dejaré que seas tú quien coloree con emociones estas líneas. Y podría empezar con un «Érase una vez», claro, pero lo haré de un modo distinto; reservemos esa expresión para las historias felices, ya que esta no lo es.

Verás… su camada fue de las interminables; de aquellas en las que salían cachorros y cachorros y, tras la decena, los presentes empezaban a dudar sobre cuánto más se iba a alargar aquello. Después, como era habitual, se les dejó espacio por unos días. Todos pudieron amamantar, aunque sintiendo a su ascendiente muy lejos. Sus hocicos buscaban continuamente al de su madre sin encontrarlo, quien se mantuvo por siempre recostada en un rincón de las instalaciones. Tras los barrotes, la camada movía las colas entre sí, jugaba, se sonreía, pero la inacción total de sus mayores no tardó en provocar carencias en su sociabilización, y peleas constantes ante las desatenciones.

Lo que no sabían las crías es que su madre estaba imposibilitada, impedida y casi inválida de tanto criar, y parir, y sangrar, y volver a ello demasiadas veces ya. Tampoco sabían que, a menudo, su padre no era más que una jeringa, ni que iban a ser vendidos, porque aquellas paredes ocultaban decenas y decenas de bestias que no tenían más término que el propio dinero.

Granja de perros

A poco más de cien metros de allí, bajo el sol, varios ejemplares adultos se empujaban unos contra otros, y se mordían constantemente; asustados, hacinados en pocos metros, esperando que alguien se encariñase de ellos mientras miraban hacia la luna por vez primera y última, quien los despedía sin entender por qué abandonaban la hierba que solo habían pisado unos minutos y entraban, a empellones, en ese sombrío camión.

Días más tarde, los pocos jóvenes que todavía no habían iniciado el mismo camino de no-retorno observaban, nostálgicos, a sus compañeras, sin intuir que el próximo parto significaría también el rapto de muchos ellos. Donde la cría y la compra se repetían un número casi infinito de veces, donde cada cual cumplía su misión, y sus largas orejas se perdían en el interior de un vehículo que los separaba.

Granja de cerdos

Cuando me hablaron de aquel lugar, imaginé sus hocicos y su pelo, y el valor de sus vidas; imaginé una fábrica de perros de cría, y me resultó una imagen infernal. Imaginé un lugar destinado a dejar solo sufrimiento y culpa en nuestras manos. Imaginé.

Pero no te preocupes, lector pues, pese a las importantes semejanzas, no eran perros, sino cerdos; cerdos que desaparecían una vez, y otra vez, y otra vez… y a nadie importaba por estas latitudes.

¿Es un desgraciado aquel que come perro?

Estos días estoy retocando algunos capítulos de un proyecto que me encantaría que viese la luz: concentra algo de ética, de animalismo, de filosofía vida… Y en estos textos que empecé en febrero y, de algún modo, terminé a finales de junio (aunque no del todo), también hay un espacio reservado al consumo de carne y de pescado.

Me explico. Punto por punto; paso a paso. Digamos que yo ahora te confieso que me he comido un perro. Rápidamente relacionarás perro con animal de compañía, y pensarás que soy un verdadero monstruo. Esta hipótesis, aparentemente tan simple, es lo que planteaba hace un par de años Melanie Joy en un libro muy recomendable titulado: Por qué amamos a los perros, nos comemos a los cerdos y nos vestimos con las vacas: una introducción al carnismo (Plaza y Valdés, Madrid, 2013).

Diferencias fundamentales entre ética, cultura y empatía

¿Pero hay alguna diferencia real entre un perro, una vaca o un cerdo o es una distinción, simplemente, cultural y ética muy relacionada con la empatía de cada persona? En realidad, en Vietnam, Tailandia, Japón y en zonas adyacentes, el conejo es un animal de compañía, y nadie comprendería allí que tú quisieras comer conejo (¡es una mascota, no comida!), por el contrario, el perro ha formado parte de su dieta durante miles de años. ¿Ves por dónde voy? Sigue leyendo «¿Es un desgraciado aquel que come perro?»