El cadáver del jabalí

Fotografía de un jabalí - Columna de opinión

En agosto o septiembre, encontré un cadáver. Apenas olía, pero las moscas huelen la muerte. Yo oí a las moscas, y ahí estaba ese animal. Yacía a un lado del camino, ya ajeno a todo; me extrañó ver que estaba donde estaba. ¿Por qué me extraño? Estaba muy cerca de la pista que conecta Sant Vicenç con Cervelló: no tenía ningún sentido; imagino que fue víctima de la caza, pero consiguió huir y se desangró a medio camino hacia ningún lugar.

En realidad, no lo sé. Lo anterior, lo he inventado y adornado hasta convertirlo en verdad. Ese día iba con perros, y tuve que atarlos en corto para que no bajasen  a empipar —si puede usarse este verbo— al pobre animal. Mi primer instinto fue acercarme hasta allí en otro momento con una pala y enterrar el cadáver. Después, pensé que incluso esto debía ser ilegal hoy o que, de no serlo, quizá era peligroso. ¿Hasta qué punto sabía yo cómo actuar? (No tengo porqué, como te imaginarás.)

Guardé las coordenadas con una aplicación móvil y llamé a la policía local.

La policía me dijo, de buenas maneras, que me explicaba como el culo, aunque yo creo que les importaba un carajo el jabalí. Se me ocurrió otra cosa. Tenía una ubicación concreta que facilitar, pero me dijeron que no podían darme ningún teléfono para enviar el whatsapp. Esto sí lo creí. Por último, pensé en cotejar las coordenadas más cercanas con Google Maps y que ellos las transcribiesen. Era tan sencillo como llegar a ese punto por pista forestal ancha y girar por el único desvío que se abría, a mano izquierda si subíamos desde Sant Vicenç; a mano derecha, si veníamos de la urbanización Ciutat del Remei.

41°23’09.2″N 1°59’15.8″E

Al cabo de tres días, el olor era nauseabundo.

Se podía sentir —ahora entiendo el false friend de mi abuelo gallego, y la confusión entre oler y escuchar: hay cosas que trascienden los sentidos— desde medio kilómetro de distancia. Dejé de pasear por esa zona dos o tres semanas. Cuando volví, no olía y creí que habrían retirado el cadáver. Un par de semanas después, me di cuenta de que seguía ahí; simplemente, se había empezado a pudrir, apenas desprendía pestilencia (de lejos).

Han pasado los días. Ni los perros se acercan ya; no hay interés. A mí, en cambio, me produce mucha tristeza, por… no lo sé muy bien. Quizá porque la policía me aseguró que el jabalí no iba a quedar ahí; quizá porque todos vamos a morir y, caigamos donde caigamos, llegará un momento en que no habrá nadie para recordar; quizá porque alguien disparó a ese jabalí, y volvió a su casa, y hace ver que eso nunca sucedió. Ni idea del porqué, pero yo que nunca lo vi vivo, siento de veras esa pérdida. Si sigues las coordenadas, tú también verás el jabalí y, qué sé yo, quizá no es tarde para unir esfuerzos, coger tres palas y despedirse de lo poco que ya queda de ese bicho.