Siempre pensé que sabía mal, porque quien me quería, no quería que yo lo quisiera. Ese sería el resumen. Pero no hablo de una gran tragedia, sino de beber café: frío. Ya, sé lo que me vas a decir. Eso no es nada raro (so friki).
La gente se pone hielos en un vaso incluso y, luego, le echa el café.
En mi casa, en cambio, eso fue siempre tabú. Como el complejo de Edipo, o Electra, o follarse a una cabra. No exagero (bueno, un poco sí), estaba casi al mismo nivel. Y solo probé el café frío, porque igual que había este mandato paternofilial, había otros, como ser buen huésped. O sea: «Niño, si te ofrecen algo, di que no» y si te tomas algo, da las gracias (aunque te den una puta mierda). Y el café frío, me pareció una mierda. La primera vez.
Además, no lo entendí. Mis amigas hacían café, y recién hecho, cogían el tetrabrik de la nevera, y lo enfriaban. Tal cual. ¿Estamos locos o qué? Y lo tomé una vez, y dos, y tres… porque estaba de visita en casa de mis amigas. Y temeroso de la malafollá granaína (aunque uno es extremeño, y la otra gaditana, pero algo se les habrá pegao, tantos años), me callé la boca (catalana, pero sin mucho deje) y me bebí el café.
Tras dos o tres veces, empecé a cogerle el gusto.
Y, en parte, mientras escribo estas líneas, cual momento de revelación, sé que había mezclado leche templada con cafés cortos antes, en casa de mi madre, pero así queda un poco más épico.
La revelación llegó allí, en el sur, y aunque sea un evento cutre, es mi evento, y lo cuento como me da la gana.
La cuestión, sin embargo, es… ¿por qué me repugnaba algo que, en absoluto, es repugnante? ¿Tan fuertes son nuestras creencias? Parecería que aquellas forjadas por las personas que amamos sí lo son. Lo que te dice la gente que te cuida, los que te dicen mentiras como te querré y estaré siempre contigo, yo te aviso, no va a doler nada y, sí, que el café frío es una puta mierda.
Eso llega hasta el hueso, y no se va.
En la adultez, hay casi una intervención quirúrgica que consiste en diseccionar lo que tú eres de lo que querían que fueras. Hasta cierto punto, es una traición, ¿no crees? Tu madre… siempre quiso que guardases la vajilla de porcelana para los domingos de los años bisiestos; y que antes de beberte un café frío, te lo metieses por el ojete. Lo que pasa es que ser adulto es más que decidir a quien te follas (si te deja), de qué trabajas (si encuentras curro) o a qué hora te vas a dormir (tarde, por gilipollas; y mañana, todo el día hecho mierda); también es mandar a tomar por saco los mandatos paternos, beberte el café frío y asumir que, si a tu madre le jode, pues que le jodan.
No en el mal sentido claro, que le jodan con cariño (que es algo muy bonito que desear a todos, todas y todes; incluso a nuestras madres). También que le jodan sin rencor (y esta es importante), porque ella solo es culpable en la medida en la que es víctima, como lo habías sido tú. Esto no es más que otra cadena familiar de esas que se transmiten como una carga, de generación en generación. Hay quien sana y decide sanar un patrón importante, y luego estoy yo, que me bebo el café frío.
Luego, los hay que te venden lo de las constelaciones familiares y te intentan sacar la pasta. Esos sí que son unos hijos de puta.
A lo que iba: al fin y al cabo, ¿quién decide qué es importante?