Siempre es el primer día

En Palma (bueno, en el Arenal), tengo un amigo. Se llama Pedro Palau. Pedro es un tío grande de cojones y, además, es altísimo, por el metro noventa y muchos andará. Una vez, fue mi suegro —y yo, cobarde, siempre me quedé con aquel qué-se-yo de decirle que también le sentía un poco padre—. En fin, te hablo de otra vida, supongo.

La cuestión es que, hace años, cuando nos veíamos más (en aquella época, yo vivía en Mallorca), hubo una conversación que se repitió mucho sobre el vivir alquilado: No es tu casa, decía yo, para qué le vas a arreglar las cosas a otro. Y él, que discute con todo quisqui como el que más, a mí poco me discutía sobre esto, en realidad. Pero yo le veía la mirada esa de zorro viejo al cabronazo, como susurrando: ya lo entenderás, chaval (aunque en su cabeza, el chaval debía ser un pardal, que le pega más) y se limitaba a señalarme el ahora o el quién veía y disfrutaba del sitio en ese momento.

Ahora vivo, solo, en la casa que compartí con mi exmujer —su única hija—, y me paso el día haciendo chapuzas dentro y fuera, pese a que también es una vivienda alquilada. Quizá, en parte, por todo el tema este del coronavirus, pero (sé que) no. Lo cierto es que me he dado cuenta de dos realidades que Pedro no podía enseñarme entonces, ni te puede enseñar nadie, porque hay que vivirlas. Lo que hago aquí, un día quedará para otro, claro, ¿y ahora?, ahora es mi casa. Esta es la lección menos importante: vamos, lo que casi me decía él de forma literal (y yo: cerril); y la más importante, la lección que hay que rascar, masticar y cuesta de tragar, es que solo existe el hoy.

Hoy, siempre es el primer día de tu vida: el primer día fue cuando conocí a la hija de Pedro; el primer día fue cuando me casé; el primer día fue cuando ella se marchó de casa; y hoy también es el primer día, mientras pienso en Pedro (y en su hija, claro, pero en su hija pienso mucho) moviendo trastos por el jardín, haciendo un capazo de hormigón como él me enseñó y arrancando los hierbajos.

¿Qué cojones estará haciendo Pedro hoy? Espero que, como dicen en sa Roqueta, faci bonda (bondad), que es paciente de riesgo. Yo, mientras, me consuelo reflexionando: ¿Sabes qué otro día será también el primer día? Uno en el que me dé por coger un avión, aparezca por Palma y, si le apetece, me vaya con él y su mujer, Marga, a comer o a echar unos vinos. Aunque solo sea por agradecerle estas dos lecciones a ese padre adoptivo que una vez tuve.

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