2020 en el horizonte (Feliz Año, y esas cosas)

A nivel personal, esta no está siendo una época fácil para mí, por lo que me-cuesta/no-me-apetece mucho sacar tiempo para escribir (tanto en el blog, como en el resto de proyectos que tenía, o tengo, en marcha). En cualquier caso, quiero compartir unas cuantas ideas que me guardo para el nuevo año. Si queréis verlos como propósitos de Año Nuevo, pues aceptamos pulpo como animal de compañía, supongo.

Línea 1. Toca empezar a explorar vías complementarias al blog: hace varios años que siento que este medio (los blogs) está envejeciendo mal, sobre todo, desde la aparición de algunas redes sociales. Y no, no seré yo quien intente hacerse instagrammer. Y sí, voy a seguir escribiendo por aquí.

Línea 2. Es probable que este 2020 empiece con un servidor propio para Doblando tentáculos y una buena limpieza de entradas, que ya casi hay 500 y un buen puñado no dejan de ser poco relevantes.

Línea 3. Si trabajáis en el sector (socio)sanitario o colaboráis muchas horas con causas sociales o animalistas, entre otras, leed sobre el síndrome de fatiga por compasión y cuidaos. Esta es una de las razones por las que se me ha visto menos el pelo (creo).

Línea 4.  Aunque grandes cineastas como Woody Allen se hayan empeñado en convertir la psicología en cliché, si sentís que necesitáis ayuda, pedid ayuda y buscad a quien pueda ayudaros. Por cierto, me vi ayer Día de lluvia en [la] Nueva York [de Woody Allen] y, ¡bueh! Problemas inventados de la clase alta neoyorquina y las mismas ideas que pululaban desde los tiempos de Mia Farrow y Diane Keaton.

Línea 5. Devolved siempre la pasta que os presten y los libros, ¿eh? Esto, cuantos más años pasan, más me cabrea. Por lo demás, no hay que preocuparse tanto de hacer las cosas «por obligación» y de «saldar» hasta el más pequeño de los favores, que parece que si uno/a no entra en esa espiral del «quid pro quo» y el ser felices por obligación («happycracia», que ya todo tiene un nombre, y nos lo ponen en inglés), tu vida no funciona.

Línea 6. Tengo varios proyectos (literarios) en marcha, pero llevo un tiempo bloqueado como escritor. Así que, primero, a vivir, a leer, a echarle unas cuantas horas a la PlayStation o al ordenador, a los perros, a lo que me apetezca; una vez desbloqueado, ya volveré a traer más cosas por aquí y por otros lados.

Línea 7. En estos meses de menor actividad (en el blog) que auguro que vienen, iré subiendo, principalmente, algunas entradas sobre literatura como esta, esta o esta, pero será trampa, porque ya las tengo en borrador.

Línea 8.  Como decían los estoicos: «Los acontecimientos no te molestan, tus creencias sí.» Si nos dejamos de contextos o situaciones bizarras en los que viene un «tontolculo» y le pega una patada a un bichejo inocente o de gente cabrona, me vale. Qué importante es preguntarse a uno mismo ¿quiero? y dejarse de tantos tengo que.

Terminad de pasar unas felices fiestas, que las mías (por ahora) no han sido tan buenas como me hubieran gustado, pero seguro que la cosa mejora de un modo u otro. Al fin y al cabo, en un buen porcentaje depende de nosotros.

¡Feliz Año!

(¿Habéis visto arriba el graffiti que me encontré ayer paseando por Altafulla? 😅)

Todo tiene su tiempo

Todo tiene su tiempo: este blog también. Vaya frasecitas, ¿eh? No, no se acabó lo que se daba; todavía no. Sonaba un poco a eso, ¿verdad? Por lo menos, no es mi intención, sino que, tras darle muchas vueltas, toda apunta a que los temas sobre los que me apetece escribir están cambiando. Este 2019 ha sido un año de mucho trabajo en la novela que tenía que cerrar del todo (ya lo comenté en diciembre y en abril, así que no es plan de ponerse pesado: ahora, bajo mi criterio ya puede publicarse y voy a empezarla a moverla en serio), pero también de replantearse las cosas: de pensar por qué equis temas sobre los que uno mismo tenía la necesidad de escribir mucho (y que siguen siendo importantes) ya no te incitan a juntar letras tan a menudo; de encontrar otros asuntos de los que escribir (el triste retorno de la heroína a Barcelona, el macromatadero ese que pretende cargarse casi doce millones de cerdos al año, de las sensaciones que le producen a un fan acérrimo y tardío de Vázquez Montalbán que hayan sacado a Carvalho de la tumba).

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Fotografía que acompañaba una noticia de El Periódico de 2017 que trataba la vuelta de la heroína y heroinómanos al barrio del Raval y la presencia de narcopisos donde operan narcotraficantes. Foto: ©Ferran Nadeu

Yo qué sé, muchos bichejos por cojones han tenido que pasar por crisálida, y eso es lo que suele pasarme a mí por estos derroteros. Llega un día en el que desacelero por una razón y, entonces, me resisto a parar del todo y mirar alrededor, como si hubiera algo malo en eso. Pero esta vez no. Esta vez me he dicho: «qué cojones, quizá es lo que necesito, y punto». No voy a engañar a nadie tampoco: he ido a un ritmo —cosas de la vida— que tampoco permitía largas noches pulsando teclas: no es el quid de la cuestión, pero no me apetecía pasarme por aquí. Ya me sabe mal. He leído que mucha gente que escribe (si me tildo de escritor, me va a salir un sarpullido, pero bueno) y publica suele dejar otros canales aparcados (sus blogs, redes sociales, columnas de opinión, lo que sea) hasta tener finiquitado aquel proyecto al que le viene dando prioridad; no obstante y, aunque me serviría de excusa, no creo que haya sido eso. Solo es que no me apetecía, como ya he dicho, y no tenía ganas de descubrir por qué.

Ahora, en cambio, me parece evidente: hay equis temas que ya no tengo ganas de tocar aquí: de perros, hablo de vez en cuando en el blog de un negociete que me he montado con dos colegas; si tengo tiempo y ganas (y algo interesante que aportar) sobre animalillos y putadas que les hacemos en general, me siguen aguantando por El caballo de Nietzsche, ¿y qué me queda para Doblando tentáculos? Pues la literatura y sus destilados: el cine, las series de televisión, los videojuegos. Si me apuras, alguna columna de opinión en la que cagarme en la madre (pobres, las madres) que los parió a todos —a los políticos corruptos, a la gentuza que justifica, permite y perpetúa acciones como las de la Manada en sanfermines, a los cabrones de los fachas que se han hinchado a procrear estas dos últimas décadas parece, al imbécil del ciudadano medio y las grandes corporaciones, que les suda un huevo cargarse el planeta mientras puedan meterle una planta más a su mierda de chalet de siete millones de dólares en Beverly Hills, Dubái o Marbella—.

De todo eso iba esto desde el principio, de lo que a mí me diera la gana, y ahora me da la gana escribir más; luego quizá menos, pero seguiremos en la brecha: sobre todo, porque aquí me aguanto yo y me aguantáis los que me leéis, pero, en otros lares, a un tocapelotas de libro (como un servidor) no le aguanta cualquiera. En fin, pasa a la entrada siguiente, porque de esto ya he dicho todo lo que venía a decir…

Golpearé, y aprenderé algo

Miyamoto Musashi (Provincia de Harima, 1584 – Provincia de Higo, 1645), el legendario samurái que escribió El libro de los cinco anillos, resumió toda su experiencia vital en una única enseñanza que dice así: «La espada tiene que ser más que una simple arma, tiene que ser una respuesta a las preguntas de la vida.» Este es un concepto difícil de comprender para alguien que nunca ha cogido un sable —ya lo debía ser entonces, cuando Musashi se retiró a morir a una cueva al oeste de Kumamoto— y, en cambio, es la gran aspiración que mantiene cualquier practicante de artes marciales en la actualidad: preservar el verdadero significado de la espada, comprender que la espada, hoy, no necesita de la guerra para ser, y, sobre todo, entender que la espada no es más que una vía hacia el autodescubrimiento que nos permite evolucionar como seres humanos. Por esto a veces no es una espada; es una alabarda, un bo, una naginata, las propias manos, el cuerpo.

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En el kendo, el arte marcial que sabéis que practico, todos empezamos creyendo que se trata de la espada, pero nadie tarda demasiado en descubrir que se trata de quién la blande. Esta es la parte más mística, diría; después está aquella más práctica: aunque suene irónico, kendo son más piernas que brazos, y es más cuerpo que espada. Golpear con el sable requiere de golpear con el cuerpo: sin una buena posición de pies, sin equilibrio, sin un buen salto, sin potencia para romper la guardia del oponente, el hombre, el sable, no puede alcanzar el yuko-datotsu: un golpe válido que se acompaña de todo el espíritu, una postura apropiada, con la zona correcta del arma, en la zona correcta del oponente, y con zanshin (estado de alerta mental y físico). Pero, volviendo sobre nuestros pasos, encontramos otras dos ambivalencias que uno tiene que interiorizar con la práctica: uno no solo combate contra el oponente, uno combate contra sí mismo y, a su vez, trata de agradecer, con honestidad, el corte del sable del adversario: así es como se aprende, como uno entiende y corrige su propia debilidad. Los ataques exitosos te hacen reflexionar sobre aquello que hiciste bien, pero lo mismo ocurre con los golpes que uno falla o recibe, incluso más. Ya lo comenté al inicio: es una práctica de vida, y, por esto, un sensei sonríe al recibir lo que hubiera sido un golpe mortal, porque ha conseguido comprender, e interiorizar, y hacer suya esta enseñanza.

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Aunque suele atribuirse a Newton, la famosa frase somos enanos subidos a hombros de gigantes pertenece al filósofo neoplatónico Bernardo de Chartres (c. 1080 – c. 1130). No somos nada sin aquellos que nos precedieron, y, por ello, uno no puede más que sentirse pequeño cuando es consciente de todo el conocimiento humano que lo sustenta detrás. Esta idea también forma parte del camino de cualquier kenshi: el saber y la técnica de tus maestros construyen también tu camino, y ni uno ni el otro hubiesen sido posibles sin la guía del maestro de tu propio maestro, y así, sucesivamente. A todo ello se suma un concepto más: no es posible alcanzar el éxito solo, mejorar significa ser parte de algo más grande: apoyarte en los compañeros, practicar y aprender juntos, construir mediante el esfuerzo mutuo y las enseñanzas que se nos han transmitido.

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Dentro del kendo, la familia Takizawa es un ejemplo maravilloso de todo lo anterior y, además, mantiene una relación directa con la expansión de este arte marcial en España y en Europa. Los kendokas más veteranos cuentan historias sobre Kouzou Takizawa, el padre de Kenji Takizawa, que han llegado hasta nosotros a través de los escritos y los recuerdos de su hijo; parafraseándolo, el maestro Takizawa (hijo) recuerda: «Recibir un men —corte en la cabeza— de mi padre era formativo: enseñaba»; ese corte (ippon) le convertía en alguien un poco más sabio tras cada combate. Ahí radica el sentido del orden en un dojo durante el saludo y los agradecimientos —en el pasado, el momento más peligroso frente a un ataque del exterior—: cuanto mayor es el rango del practicante, más lejos estará de la puerta: una escuela puede reconstruirse con nuevos alumnos, incluso sin los senpais de mayor grado, pero no sin un maestro o sensei.

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Entrenar siempre debe llevar esa aspiración dentro del dojo: mejorar con la espada y como persona. Y, de nuevo en palabras del maestro Takizawa, combatir es no tener miedo a la lucha, y vencer sin presumir, y perder con dignidad: palabras que, cada día, trato de hacer mías. No es casual que, en Japón, la vida no se entienda sin kendo; el kendo es una práctica para la vida: para vivir con honestidad, para ser mejor persona, más justo, bondadoso, sincero con uno mismo y con los que nos rodean, y, a todas luces, ser más feliz. Habrá quien crea que kendo es coger un sable de bambú y ser un mejor espadachín, pero se equivoca; el kendo es mucho más; el kendo es una cura para la vida. Y hay pocas cosas que puedan definirse con tal exactitud.

Ahogado de faena

Llevo un par de meses bastante ahogado de faena, y, como no es mi estilo pasarme por aquí y escribir cualquier cosa por eso de actualizar, pues paso menos, aunque me cueste. No es que coja el blog con menos ganas que antes, en realidad, todo lo contrario; se me hace complicadísimo no dedicarle el mismo tiempo, pero se han ido sumando una serie de proyectos que lo han dificultado un poco, y, por qué no decirlo, en algunos momentos, también me han hecho algo más feliz.

Para empezar, a finales de abril, la periodista Melisa Tuya —que escribe En busca de una segunda oportunidad Madre reciente me pegó un toque para prologar su salto a la novela juvenil: Mastín y la chica del galgo, que saldrá este año a la venta y cuyos beneficios irán destinados a ayudar a la Fundación Amigos del Perro (Oviedo).

Por esas fechas (mediados de abril, según recuerdo), también me escribieron de Diversa Ediciones —que no llevan un buen año tras la muerte de su perro Coco— para que participe en una antología de relatos animalistas para la que tengo en la recámara un relato breve muy, muy especial.

Nevermind

A la novela ya le estoy limando las aristas, pero seguirá llevándose bastante del tiempo de las primeras semanas del verano. Eso sí, todo aquel que se ha podido leer el primer borrador, me ha enviado, entre sus consejos, muy buenas energías e impresiones, por lo que estoy cien por cien convencido de que ahora sí.

¿Y más cosas? Pues sí, más cosas. Por un lado, tengo dos artículos para El caballo de Nietzsche a los que he dedicado bastantes horas de trabajo; sus títulos, aún provisionales (o no) son: La influencia de los medios en la normalización del maltrato animal, que será el primero en salir publicado (y su título define bastante bien de qué trata, ¿verdad?), y Defendamos la alegría como una trinchera, en el que hablo de positivizar el movimiento animalista y de algunas estrategias que (creo que) pueden hacer esto posible.

En esta línea, hoy es recomiendo la carta abierta de Ruth Toledano al ministro Màxim Huerta, y la lección de escritura que daba el sábado Juan José Millas en El País, de título: El hijo del joyero.

Y si de veras me echáis de menos (¿en serio?), junio es el último mes de «poco blogging». 

Poco se salva del olvido

El jueves pasado me tomé una cerveza con mi amigo Eduardo. Eduardo se doctoró en historia hace un par de años —y ese pronombre reflexivo no puede usarse mejor—, y ahora da clases a chavales de la ESO y el bachillerato en el mismo colegio donde estudiamos ambos: no sé cómo, pero casi han pasado quince años de aquello.

Le pregunté sobre el trabajo, sobre si los críos son tan insoportables como nos recuerdo a nosotros; él también me lanzó preguntas: que si la novela, que en qué ando, que si va a haber niños, esas cosas. Hablamos de los vaivenes propios del lector: ahora que yo leo más, él lee menos; luego yo leeré menos, y él volverá a leer más. Él siempre había leído más: a mí me costó demasiado entender que, si quería escribir, tenía que pegarme una buena borrachera de palabras. Lo mío eran otro tipo de excesos.

También hablamos de los profesores de entonces, claro: son recuerdos compartidos.

—¿Tú te acuerdas de cómo daba clases el Fulano? —me preguntó Eduardo durante la tarde.

—Ni idea —contesté—. Yo de pocos me acuerdo, salvo de tres o cuatro. Y para ratificar lo dicho, no tardó en aparecer una chica que Eduardo juraba y perjuraba que nos había dado clase de inglés. Yo, ni idea.

Debimos decir que eso es el tiempo, que poco se salva del olvido. Pero ahora, recordando, diría que lo que queda dentro siempre es nada frente a lo que se pierde. Muy pocas cosas entran en las cabezas para resistir, y eso también lo sabe Eduardo, que quiere enseñar a sus alumnos cómo se hace fuego por fricción con arco para ilustrar parte del temario de prehistoria. Es lo mismo que todas las cosas que nos dijimos que haríamos, y que, si hemos tenido suerte, todavía las recordamos e incluso seguimos persiguiéndolas; y, si no, han muerto junto a una parte de lo que fuimos.

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El rapero Jay-Z frente a David Letterman en el programa My Next Guest Needs No Introduction with David Letterman.

Estos días me he aficionado a un programa norteamericano que presenta David Letterman en Netflix —sí, el que hacía el Late Show—; aunque no sé si aficionado es la palabra correcta, pues No necesitan presentación con David Letterman va a episodio mensual, y no es cuestión de verse los cinco en bucle tampoco. Por ahora, todos los invitados han sido de caché: Barack Obama, George Cloney, Malala Yousafzai, Tina Fey y el rapero Jay-Z. Y fue la entrevista a este último —el cuarto episodio, si no recuerdo mal— el que, por sorpresa, más me gustó. Y hasta sé el porqué: en un momento de la entrevista entre Letterman y Jay-Z, que más bien es un diálogo de esos que les gustan tanto a los yanquis y que aquí aún vemos con malos ojos, uno de los dos dijo: tú eres padre, igual que yo, y que muchas otras personas aquí —refiriéndose al teatro donde se graba el talk show—. ¿Por qué ese sentimiento no trasciende a la sociedad?

Yo no tengo hijos, por ahora. Pero puedo imaginar algo similar en el extremo contrario: perder a una persona. ¿Por qué no se mantiene ese aprendizaje que creemos haber hecho tras perder a alguien? Esos días, horas, minutos, en los que uno piensa: voy a aprovechar mi vida, y a darle sentido. Lo más probable es que lo olvidemos porque resulta imposible vivir con la intensidad de esos sentimientos. Quizá por esto, no podemos cambiar el rumbo del mundo, solo darle forma. Hacernos un poco más sabios, retener algunos de nuestros sueños de niños, observar hoy con una pizca más de claridad que ayer: tratar de no traicionarnos.

Y nos dimos un abrazo, y nos despedimos, y nos largamos a nuestras respectivas casas. Y antes, me invitó a la cerveza, y a unas bravas, porque Eduardo, además de profesor, es un tío de puta madre.

Tiendas que no venden nada

Hay un lugar mágico en Oklahoma donde vive Harley. Hoy, viudo del amor de su vida, sigue trabajando en el edificio del viejo mercado de carne de Erick, pero no tiene nada para vender. Cuando pasé a verle, me enseñó la tienda, su casa, su perro labrador (Shine) y un bote de marihuana sobre el que me dijo que nada de chivarme, motherfucker. Si vas a verle, y está de buenas, te canta un par de canciones con la guitarra, o te invita a un trago, o te enseña souvenirs de la Ruta 66. En nuestra mentalidad europea, Harley no trabaja; en EEUU será un entertainer o algo así, un icono vivo de la Carretera Madre, o de La Madre de Todas las Carreteras —no hay palabra que enfundarle en español y que encaje bien—; es un animador, alguien que ha hecho de su pasión un modo de vida, y allí eso se respeta mucho más.

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Por Harley, digo yo, me llegó otra solicitud de amistad a mi Facebook. Era un tal Keith Holt, propietario del Apple Valley Hillbilly Garden and Toyland, una gran colección de juguetes de todas las épocas que se puede visitar cerca de Calvert City, en Kentucky. Si vuelvo, me gustaría pasarme a ver qué hay. Si me preguntasen por qué, no creo que tuviera una respuesta, y lo mismo me ocurría con este viaje. Cruzar un país de punta a punta entraña muchos secretos: ciudades, caracteres, costumbres, historia… Pero hasta hace poco no entendí por qué le propuse hacer la Ruta a mi mujer, y no es por el mero hecho de disfrutar conduciendo o de viajar de otro modo —más despacio, más digerible, más real—, sino para comprobar con mis propios ojos que no hay una única forma de hacer las cosas, que, en California, hay un tío que vive en su bosque de botellas de vidrio, que hubo otro que se montó su propia réplica de una gasolinera Sinclair tras jubilarse, y, en definitiva, que siempre habrá una oportunidad en algún tramo del camino.

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Todo eso es lo que uno aprende en las viejas carreteras que oculta la Autopista 40, y aunque cueste de tragar, es jodidamente zen el sentimiento con el que te abofetea diciendo: no hay una forma de hacer las cosas; ser nómada también está dentro de ti; el mundo está lleno de locos que viven su propia locura, y también de oportunidades. Y todo eso, ¿dónde?, solo unas millas más…

Una realidad pesada

¡Alerta! (insertar aquí ruidos de sirena) Esta es la típica entrada que me sirve a mí y sobre la que tú piensas: ¿Pero a qué c*** viene esto? Lo siento.

Hace un par de semanas, empecé un curso de novela. Todos los martes de siete y media a diez. ¡Qué vergüenza me daba admitir lo poco que sé! ¡Y qué corta se me hace esa tarde ahora! El porqué todavía está digiriéndose en mi estómago, pero tengo la necesidad de resumirlo: tras varios meses con el borrador de una historia, me percaté de que eso no era una novela, y, sobre todo, de que eso no era la novela que yo quería que fuese. Después, el escritor Carlos Luria me dijo cómo eran las cosas, y yo encajé el golpe como hay que encajarlo (no lloré, no).

En realidad, hay más: mucho más. Puede que lo que voy a decir a continuación no tenga sentido o sea una obviedad tremenda; dependerá, principalmente, de quien esté delante de estas letras: advertí que nadie me había enseñado a escribir novelas. Me refiero a una novela de verdad, con todo lo que ello implica: con sus protagonistas y sus antagonistas, con su detonante y su pregunta implícita, y todo eso por lo que Bradbury recomendaba empezar por un The Ugly Little Boy como el de Asimov (¡ojalá!) que me he releído hace escasos días y no unas Crónicas Marcianas que está perdido entre escenas inconexas de mi propio deterioro neuronal. Y parecerá una tontería, pero como bien señaló Enrique Páez en su Manual de técnicas narrativas: «A nadie le extraña que un aprendiz de pintor se dirija hacia una academia de pintura con su carpeta, sus óleos y sus pinceles bajo el brazo […]. Y, sin embargo, todavía se sigue creyendo en el escritor autodidacto. Al menos, en España.» Aunque el madrileño lo dejó escrito en 2005, y yo lo descubro doce años más tarde; en fin, como le dijeron a Homer J. Simpson: «¡Jo, macho, qué lento eres!»

Homer (cabeza)
Figura 1: Esto… Mmmm…

De algún modo, estoy descubriendo que muchos de los caminos que estaban embarrados y apuntalados hasta los tuétanos puede que no sean mi única opción. Es interesante ver que más allá de la lectura, y de la buena lectura, hay otras claves tras aquel escribir, escribir y escribir; claves que tenías delante de las narices, pero que has tardado más de treinta años en ver que estaban ahí. Por eso, esto está un poco manga por hombro, y seguirá así hasta que pueda combinar todo lo nuevo en mi vida. En definitiva, son demasiadas cosas, y soy un poco lento para escoger (como has visto por este popurrí de animales, historias y medias verdades en formato blog), así que he decidido listar lo que sí es seguro:

► Estoy colaborando en El caballo de Nietzsche, el blog antiespecista de ElDiario.es, donde publiqué mi último artículo la semana pasada: Una nueva vida para el jabalí urbano.

► He vuelto a acoger algunos trabajos de marketing de forma puntual para seguir llevando en volandas a los perros y los gatos, que son los que mejor viven aquí. Si se te ocurre algún amigo o colega de trabajo que pueda interesarse por mi perfil, aquí dejo mi página de redacción profesional. Allí, de vez en cuando, escribo sobre marketing.

Estoy decidido a seguir las tres líneas que conforman este blog: actualidad, literatura y animalismo; en los próximos meses seguiré intentando «terminar» los 52 retos de escritura —ni de puta coña me da tiempo en 2017, ya te hago spoiler: los tres textos relacionados que tengo preparados van de las 10 líneas a las 15 páginas—, preparando un nuevo borrador de la novela que os va a encantar y escribiendo columnas de opinión y actualidad: lo de siempre. También estoy a punto de terminar el tercer artículo sobre Black Mirror (los otros dos han tenido bastante éxito: aquí uno; y aquí el otro) y preparando un texto sobre Firewatch (Campo Santo, 2016)que es mejor que (casi) cualquier libro y, sobre todo, cualquier película que he visto este año.

Y, sobre todo, estaré ausente (consultar la figura 1) porque estoy tratando de organizarme. Algo que, tras casi un año de cambios, de cosas que han salido bien, de cosas que no han salido tan bien, de nuevas obligaciones y de pausas, necesito para poder volver a crear cosas con cara y ojos que no me dé vergüenza subir aquí.

El rock no es solo actitud

Mi «yo» adolescente vestía con botas y chupa de cuero. Con el típico calzado de trabajo Doc Martens, sobre el que por mi ciudad corría el rumor de que unos imbéciles se habían puesto a jugar colocando el pie en la calzada, al paso de los coches, consiguiendo que la puntera metálica se desprendiese y les seccionase los cinco dedos. Ese «yo», que vive en mí y en aquellas personas que subieron conmigo, bebía demasiado, como la mayoría de chavales de dieciocho y diecinueve años, sentía una enfermiza fascinación por los amplificadores, y veía en los riffs, las quintas, los puentes y los estribillos una libertad que se presentaba a partir del viernes noche.

Mucha gente cree que eso es el rock: libertad. Pero a mí el rock me tuvo cautivo durante años; prisionero de una fascinación que se movía mucho más allá de Elvis, y que ya de joven me llevó a descubrir géneros como el jazz y el rhytm’n’blues. El rock fue la puerta al mundo: me descubrió a Fat’s Domino tanto como a B.B. King; no importaba que fuese un clásico Duke Ellington o un polifacético Miles Davis: mi viejo «yo» lo escuchaba todo; desde Extremoduro del que extraíamos acordes de las canciones y rasgábamos cuerdas de oído, a Loquillo y Los Suaves; la voz deslustrada que surgía de los discos de Marea, la épica inconexa de Bumburi, los punteados cercanos que explicaban historias conocidas en Platero y tú…

Holly Monument
Monumento funerario en homenaje a los músicos Buddy Holly, Ritchie Valens y J.P. «The Big Bopper» Richardson. La canción American Pie, de Don McLean habla sobre este suceso, que se conoció como The Day The Music Dies (El día que murió la música).

Recuerdo que aquel «yo» se movió en todas las direcciones: atrás, hacia el inicio que marcó el gospel; a los lados, entre escarabajos y piedras, cuando siempre había tiempo para buscar un disco de Dylan, de Hendrix, de Clapton. Y hacia delante, que es aquel camino que se ha perdido en mi día, donde la Doncella y cuatro son todo lo que rescato de las estanterías.

El 13 de julio de 1985 tuvo lugar la mayor concentración de rockeros de la historia, los cuáles tocaron de forma simultánea en los escenarios de Londres y Filadelfia con motivo del Live Aid.

Hoy, Día Mundial del Rock, recuerdo que me costó mucho dejar atrás casi el 90 % de aquel millar de discos físicos que había reunido. Me ayudó pensar que el rock and roll es libertad, y que alguien que de verdad entendiese qué significa eso, no le importaría que hiciese sitio a todo aquello que el género musical más extenso del mundo ofrecía; porque eso era lo importante: el rock también era actitud, y esta no consiste en ser un purista en su burbuja, sino en salir al mundo y descubrir todo lo que se puede hacer.

Nunca me importó si fue Thats Alright (Mama), Fat Man Rocket 88. Fuera Elvis, Ike o Domino, el rock se convirtió en una gran familia, en un océano en el que navegar hacia cualquier dirección, en un estilo de vida. No importa si lo encuentras en un Eye of the Tiger que crece dentro de ti o en un épico viaje de carretera en una chatarra de la que escapa el Born in the USA de Springsteen.

El rock es vida, pero no fue el padre. Antes, hubo cientos de ascendentes que nunca pudieron prever qué haría un redneck de Memphis con una guitarra; el rock no fue el padre, pero creó una familia. Una familia que creció en todas direcciones, y unió a John Denver con Janis Joplin, con Jefferson Airplane, con Johnny Cash, con Queen, con Metallica, y Maiden, y…

El rock es vida, y cuando se convierte en parte de la tuya, no hay nada que puedas hacer: se te presentan miles de historias delante, y hay que tener actitud para sobrellevar algo así.

Hacia los treinta y… más

Ya os lo dije. 31. Esa edad donde mucha gente continúa diciéndote que ahora llega lo bueno (seguro que sí) y otros tantos te miran pensando en que cada vez te vas más lejos: ¡vosotros también envejecéis, desgraciados!

De cualquier modo, confieso que no es un tema que me preocupe. Mi madre dice que espere otros treinta años, que cuando la alcance, quizá cambio de opinión, pero también me ha enseñado lo importante que es vivir el presente. Así que siempre me ha parecido un poco estúpido preocuparse por el mañana. Llegue cuando llegue, si es que alguna vez lo hace en realidad.

Javier + Harley + Laura
Laura y yo con Harley en Erick, Oklahoma.

Antes de ayer, Laura vio en Facebook una foto con Harley, el rey de los rednecks, y me taladró la cabeza durante medio día sobre vender lo que hay de valor por aquí (poco) y volver a recorrer la 66, pero bien, con un coche de esos que cuestan cuatro duros y parece que vayan a explotar en cualquier momento, o a dos ruedas. Pero Laura también quiere viajar a Japón, y visitar media Asia, y volver a Londres, y a Frankfurt, y vete tú a saber dónde. Le enseñé unas notas viejas con historias que inventé en nuestro viaje por Norteamérica, prometí, y conseguí cambiar de tema. Lo que le ocurre a Laura con los viajes, yo lo vivo entre las letras, y esa es mi mejor defensa.

Después, seguí el consejo que me había dado mi madre ese mismo día por teléfono, y trabajé poco; trabajé solo en lo que quise trabajar —en un artículo para este blog y un par de proyectos de los que aún no puedo hablar demasiado—. Hoy por hoy, estoy escribiendo dos libros muy distintos entre sí: una guía que también es novela, y un larguísimo ensayo que aspira a ser algo más.

Durante buena parte del día, jugueteé con esa ácida ambivalencia: los treinta los hice entre Harlem y el Bronx, en los escenarios domesticados de aquellas películas míticas de Paul Newman o Robert de Niro, como Fort Apache: The Bronx o A Bronx Tale. Días después me movería hacia Chicago, y de ahí, a decenas y decenas de pueblos, y unas pocas grandes ciudades dentro y fuera del camino. Durante un mes, fuimos nómadas.

Trescientos sesenta y cinco días más tarde, al despertar, lo hice en un bosque. Un bosque cualquiera donde alguien plantó una casa donde ahora vivimos, entre perros, y gatos, y pájaros, y plantas, y bichos…  Pensando en ello, leí un rato al sol, y me largué a entrenar a Barcelona. Esa tarde nos reunimos ciento y la madre en el dojo, y me dieron una de esas sorpresas —que ya es más tradición que sorpresa— de las que amenazan con acabar contigo.

Terminé visitando a la familia y revisando juntos algunas fotos de nuestro primer gran viaje, saboreando la idea de poder volver a salir disparados hacia algún otro lugar. Y recibí un regaló muy especial, que formará parte de la mitad de mi nuevo proyecto de vida: Conectadogs, algo difícil de explicar, que complementará los días de escritura que, hasta el Nobel, todavía no llegan para pagar por sí solos el alquiler. Pero sobre estas cosas hay mucho que hablar, por lo que mejor la próxima semana, cuando despegue.

Volví a casa. Al bosque. ¿Cómo ibas a comparar? ¿Barcelona? ¿Nueva York? ¡Sinatra no tenía ni puta idea de cómo vivir! Así que, una vez resuelto el dilema, me fui a dormir agotado.

Dana, Argos y Foc (lowpoly)
Retratos de Dana, Argos y Foc en estilo poligonal o low poly

Abrir una caja que ya estaba abierta

En la casa de Zeus había dos jarras, una encerraba los bienes, la otra encerraba los males.

Ilíada, Homero

Hefesto forjó a Pandora por orden de Zeus. Pandora fue la primera mujer: la Eva ateniense, la madre, y la causa de todos los males del mundo, según la mitología clásica. Esto ocurrió después de que Prometeo traicionase a Dios por los hombres, tras el hurto del fuego, y de que Zeus encontrase el modo de vengarse del titán.

Lo hizo a través de Pandora, mujer de su hermano, quien recibió, como regalo de bodas, un arma de doble filo: una curiosidad divina y la vasija que portaba todo el mal del mundo. La historiografía convertiría al recipiente en una caja, pero en su interior, se mantuvo la condenación eterna y un poso de esperanza.

Pandora, de J. J. Lefebvre
Pandora, de Jules Joseph Lefebvre (1836-1911)

Sin embargo, aquello que no querían asumir los hombres de la Antigüedad es que el mal campaba a su alrededor por una única causa: la suya propia. Eran sus congéneres aquellos que se condenaban entre sí, que elegían el mal por encima del bien, y la espada a la pluma. Siempre fue más sencillo crear un Edén imaginario que destruir, y antes, a una mujer —siempre a una mujer— que trasladaba todo el destino de los hombres entre sus manos.

A menudo, mucha gente me cita la expresión «cajón de sastre» para referirse a este blog; argumentan que el título no termina de englobar todos los temas que trato —lo sé— y sus categorías son demasiado heterogéneas para enviar una idea unívoca, como muchos otros hacen. Yo prefiero ver este espacio como una caja de Pandora, donde se esconden miedos, errores, faltas e incluso golpes, pero que miles de años después, sabemos que nunca están en el recipiente, que nunca lo estuvieron, sino que pertenecen a nuestra realidad.

En las últimas semanas, llevo dándole vueltas a varios temas. Una de esas preguntas recurrentes era: ¿hacia dónde mira este blog, y hacia dónde debería hacerlo? Mi respuesta es que no hay blog, sino caja; un constructo teórico que no existe y, a la vez, mientras esta se encuentre cerrada, contiene todo un universo en su interior.

Pero debemos ser personas adultas, bebemos de miles de años de historia tras la caída de los imperios clásicos, y tenemos la obligación de impregnar a ese mismo relato de la madurez suficiente para entender que no hay dentro y hay fuera, sino males intrínsecos en nosotros mismos, en nuestros actos, en sociedad, y que ni dioses ni titanes tienen relación alguna. La caja puede ayudarnos a entender el mundo, pero, como mucho, solo contiene el mundo en la medida en que este la contiene a ella. Y, entonces, ¿a quién culpar?

Eva Prima Pandora, de Jean Cousin el Viejo
Eva Prima Pandora de Jean Cousin, el Viejo (1490-1560)

Hay una última idea que me gustaría tratar, y es que la caja es mía. Me ha costado mucho entenderlo, pero el minimalismo —o quizá individualismo— de un blog personal solo es comparable con un ápice de egoísmo necesario. Los males que hay en su interior, aquí, son míos, y también la esperanza, que duerme en el fondo, pero sois libres, y estáis invitados, a seguir compartiéndolos. ¿Qué quiero decir? No tengo del todo claro si lo sé. Sé que el blog cambiará en este 2017, porque debe hacerlo; planteo ese cambio como una ampliación, una redistribución, un nuevo capítulo… Mantendrá el corazón, pero crecerá, como ya lo hizo antes; como ya lo ha hecho. ¿Hacia dónde? Bueno, pronto lo veréis.


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