Los árboles que crujen

Los árboles que crujen (fotografía, Cervelló - 2021)

Hay unos pinos en los bosques de por aquí que, a veces, crecen hasta quebrarse. Aunque me dé vergüenza admitirlo, yo los llamo «los árboles que crujen». Si caminas solo por las montañas, terminas familiarizándote con estos sonidos: el canto de los pájaros, el viento en los valles, los árboles que crujen. Hay algo de humano en esos pinos que suben hasta perder el equilibrio y combarse sobre sí mismos; entonces, es posible que caigan contra otros árboles —quizá, hermanos— y, con su peso, los arrastren en la caída.

Cuando me canso de caminar —a los diez o doce kilómetros, como mucho—, me siento, doy tregua a los perros (o ellos a mí) y miro los árboles. No sé qué es, pero algo proyectas en las ramas: en cómo crecen, en cómo bailan, en cómo mueren. Ya lo he dicho, hay algo de humano en los árboles que crujen. El observador poco experimentado quizá cometa un error de principiante e intente buscar solución, o respuestas; como mucho, se reirán de él o de ella y, por desgracia, puede que esas mismas risas le alejen de su propia naturaleza.

Los veteranos —los que hemos observado muchos árboles de los que crujen— sabemos cómo actuar: hay que quedarse quietos, callados, y contemplar su balanceo a favor del viento. Si esperas lo suficiente, quizá veas cómo el tronco termina por quebrarse, y el árbol cae: aquí puede morir solo, o matar muriendo; si ese día no cae, no te angusties, porque, cuando asistes a alguna de las escenas de esta historia, puedes tener la certeza de que se trata de la crónica de una muerte anunciada. Solo es cuestión de tiempo: puede que vuelvas otro día, y te hayas perdido el clímax, pero no es habitual llegar tras los créditos. Si dejas pasar mucho tiempo, el árbol ya no crujirá, pero seguirá ahí: en el suelo.

Quizá alguien haya salvado, alguna vez, un árbol de los que crujen. Es viable, en teoría. Podrías coger altura y ayudarlo: reducir el peso de su copa, su altura, su rápido crecimiento. La tragedia, sin embargo, es que el árbol que cruje no es más que la suma de una serie de malas decisiones, un cúmulo de errores que lo llevará al suelo. Podrías cortarlo, pero solo conseguirías hacerlo brotar con más fuerza, provocar una caída todavía más enérgica y darle un final mucho menos digno. Si los árboles que crujen pudiesen hablar, se cagarían en todos tus muertos por atreverte a hacer algo así, ¿sabes? Porque no hay fracaso peor que aquel que uno puede cargar en los demás. No sería verdad, claro, porque fue el árbol quien creció demasiado rápido, endeble, maquinal incluso, pero también él o ella vería antes la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio.

Lo más justo es dejar que caiga. Puede parecer duro, pero, de las caídas, se aprende. A todas luces, los árboles que crujen son el corazón del bosque. El árbol que cruje morirá, pero en su sitio renacerá otro que no crecerá ni tan rápido, ni tan endeble, ni tan maquinal. Si en el transcurso de su muerte, carga contra otros árboles, estos otros no crecerán tan cerca, sobreviviendo solo aquellos fuertes para soportar las embestidas de sus compañeros o lo suficiente audaces para no entrometerse en su camino. De las caídas de cada árbol, el bosque aprende. ¿No es eso lo que nos ocurre a nosotros con los errores? Observar los árboles que crujen es, de alguna manera, comprender algo de la propia naturaleza: pues, los errores propios son aquellos que más nos cuesta aceptar, pero también los que nos permiten crecer. Después, el bosque se enriquece.

Estar aquí

Estar aquí - disfrutar del presente (1) 72kilos

Hay que hacer listas para ir a la compra y apuntar las citas en un calendario. Te puede gustar o no, pero así es la vida. Si no, irás al supermercado y se te olvidará comprar papel higiénico, o se te pasará la revisión con el dermatólogo y resulta que era candidiasis, que se pone peor la cosa.

Cuando te quieres dar cuenta, vas en piloto automático. Así, pasan los días. Lo del piloto automático es eso que dice la gente de que el tiempo va más rápido cuanto más mayor te haces. Todo [eso] es falso, salvo alguna cosa, como dijo M. Rajoy. Lo que sí es cierto es que te dejas llevar por la inercia. Bueno, claro, un adulto tiene más responsabilidades que un crío o una cría, ¿y qué? No te flipes; tampoco tantas. ¿Cuántas te pones tú?, ¿o yo?, ¿o cualquiera? La hipoteca, por cojones; el deporte día sí, día también; ganar por lo menos… et-cé-te-ra.

Yo, por ejemplo, hacía muchas cosas por creer que era lo que se esperaba de mí: no-sé-quién está deprimida, es mi obligación que no lo esté; mi pareja quiere ir a ver a su familia cada vez que podemos coger vacaciones, habrá que ir; Mengano (agárramela con la… ¡perdón!) me ha pedido un favor… ¡¿cómo voy a decirle que no!? ¿Cómo voy a negarme o a hacer lo que yo quiero? O, dicho de otro modo, ¿cómo voy a ponerme yo como prioridad?

Estar aquí - disfrutar del presente (1) 72kilos (grande)

Un día, te paras, aunque sea porque estás reventado de ir siempre a diez mil revoluciones, y aparece la pregunta: ¿Qué cojones es lo que quiero? Esa pregunta es la crisis de la adolescencia, la crisis de los cuarenta, la crisis del jubilado. Es la misma, pero la vida va pasando y, como la mayoría seguimos igual (ahora te cuento), se repite, y repite, y repite. ¿Y sabes qué hacemos? Seguir corriendo hacia delante. Y tenemos los santos cojones, u ovarios, de decir: ¡es que la vida va cada vez más rápido! ¡No, cabrón! Es que tú vas corriendo to’follao.

¿Tú te has parado a pensar en esto que estoy contando? ¿Por qué tanta gente envidia a los niños y los animales? Porque saben vivir mejor, esa es la típica respuesta. No es que no hagan lo que tienen que hacer, ¿verdad? Comen, y duermen, y cagan, y hacen los deberes (cada especie, los suyos). Eso sí, cuando están haciendo algo, están aquí, haciendo ese algo, haciéndolo «de verdad». Sea tostándose al sol, como no has visto tú en tu vida a alguien disfrutando del Sol, o inventándose una historieta con el barco pirata de Playmobil (¿existe aún?). No están pensando en las siete cosas distintas que tienen que hacer luego.

No tienen nada de malo las listas, ni los calendarios, ni el compromiso; incluso hay obligaciones que, bueno, estamos obligadas a hacer: la mayoría, tenemos que trabajar para vivir, pero ¿qué más? Vale, limpiar la casa para no movernos entre la mierda, comprar, cuidar de los  críos, el hámster o la abuela, si tienes. Si te pones así, no hay tantas cosas que hacer por obligación. Y hay días difíciles, y días menos difíciles, pero quizá la clave está en dos pequeñas cosas que casi siempre pasamos por alto.

Por un lado, creer que la mayoría de las cosas que hacemos no pueden ser de otro modo. En realidad, si estás en pareja, es porque quieres estar en pareja; si te apuntas a kárate, a bailes de salón, o a hacer pasteles y no te gusta (o no te hace bien), no tienes por qué seguir yendo. Incluso si no quieres visitar a tu madre o a tu abuela, si eso es lo que sientes, no lo hagas. Tú sabes qué te aporta y qué necesitas en cada momento, pero ahí es cuando hay que ser valiente y afrontar la incertidumbre. Esa es la gran trampa de las obligaciones: la certidumbre es enfermiza, nos pone malísimos, pero te vende la mentira más peligrosa que existe: todo es de la única forma que podría ser. 

Dedicarse tiempo a uno y cuidarse, 72kilos

Por otro lado, quizá necesitamos aprender y entender que nada se repite. Todo fluye, y cambia, y termina. Si tuviésemos esto más presente, no nos preocuparíamos tanto. El niño llora, y te despierta, y da por culo; el perro se ha comido el sofá; la abuela ha tenido que venir tres meses a casa porque le han detectado un cáncer. Pero en un pis-pas, el niño crecerá, y se irá de Erasmus a echar cuatro polvetes, y cogerá la candidiasis que había por ahí arriba, y no querrá saber nada de ti; el perro envejecerá y solo durante unos meses será ese cachorro enérgico y un trasto, y la abuela morirá, quizá no del cáncer, pero probablemente mucho antes que tú, y la echarás mucho de menos, y pensarás que vaya mierda, porque las abuelas de los demás duraron mucho más que la tuya. A mí me pasa eso, no creo que sea tan raro.

Hace ya bastante tiempo que medito, o hago mindfulness, o atención plena, o como quieras llamarlo (que ahora tiene muchos nombres, como todo), y es complicado, y difícil de explicar, y tendríamos que hablar de conciencia y consciencia, y de la respiración como ancla, y de pensar y observar, y de dedicarte tiempo a ti, y de muchas más cosas. No obstante, yo lo resumo en lo siguiente: estoy aquí, respirando y, entonces, te das cuenta de que estar aquí es todo lo que importa. A veces, parece una gilipollez, pero no lo es.


Las ilustraciones pertenecen al artista 72kilos a quien, si sois gente de bien, seguiréis por Instagram y compraréis sus libros.

Papá estado y un porrón de idiotas

Hoy, 26 de abril, mucha más gente de lo que, a priori, uno podría imaginarse cree que el gobierno de España es «papá estado». Si no, no se entiende esta respuesta colectiva a una pregunta muy simple: ¿Quién es el único que puede decidir cómo te comportas tú? Exacto.

Será que, tras dos meses encerrados entre cuatro paredes, se nos ha olvidado aquello de las libertades individuales, pero me asombra que tanta gente esté reclamando en redes sociales que la encierren en casa y tiren la llave (a él, a ella, al niño y la niña, al abuelo y hasta al vecino del quinto).

El argumento es acojonante: «Ahora que vamos bien, o mejor que hace un mes, habría que esperar otros quince días, y otros quince más, y…» Ni niños en la calle, ni deporte, ni yayos, ni nada. Todo quisqui a su puta casa a seguir confinado y, así, el miedo se carga un país.

Un señor enfadado en Twitter, con razón.

El miedo es lo peor que hay. El miedo, te bloquea; te impide pensar, y aquí tenemos la muestra. Esta semana estaba claro (las cifras, los datos, el número de urgencias hospitalarias) que ya es tiempo de dejar paso a la responsabilidad individual que, a su vez, construye aquella social o colectiva. Es momento de distanciamiento, de medidas de protección y de volver, poco a poco, a las rutinas que podamos recuperar: a salir, caminar, sacar a los chavales, hacer ejercicio y, pronto (espero), a trabajar. Hay rutinas que tardarán en volver (los conciertos, las multitudes, los besos y los abrazos), pero si hay que seguir gritando desde balcones y terrazas que sean palabras de ánimo y un poco de alegría, ¿o no?

Empieza la fase de desescalada, será lenta, da algo de miedo (a todos y todas), sin embargo ¿nos vamos a dejar vencer antes de empezar siquiera? No, no nos volvamos locos y vayamos, flechados, de un extremo al otro. Salgamos a la calle con las medidas de protección necesarias (quien pueda salir), comportémonos, seamos consecuentes con nuestras acciones (algunas imágenes en las calles y en los parques son el fiel reflejo de ese gobierno al que tanta gente crítica, ¿o no?) y volvamos a vivir, a movernos, a poner las cosas en marcha.

No tengamos los santos cojones (u ovarios) de criticar al gobierno por lo que es responsabilidad de los ciudadanos. No, no podemos estar escondidos un año, porque el virus no va a desaparecer de las calles. Y, si el miedo nos impide vivir, ¿no será peor el remedio que la enfermedad?

El trabajo es parte de la ecuación

Así, no sabemos trabajar. Este mensaje me ha llegado de un montón de formas: por Facebook, por los grupos de colegas del WhatsApp, echando una cerveza con algún amiguete por videollamada (¡por dios!, qué hartura de cuarentena: bares, ¡bares! ¡os echo de menos!). Incluso a los autónomos que llevamos toda la vida currando desde casa nos está costando un huevo. Es normal.

Encontré por aquí (en una de las librerías del salón) una copia del Frankenstein de Mary Shelley y, será que ya desvarío, pero ahí está la clave. El monstruo del doctor Frankenstein pudo ser cosido trozo a trozo, pudo hasta pasar por humano (hasta aprender a ser humano), pero no: no era un ser humano. Quizá era más humano que los humanos (para mí, ahí radica parte de la lección de la novela, aunque no tienes porqué compartir esta conclusión, evidentemente), pero no era humano.

No sé cuál es la esencia del ser (humano), pero todo indica que es la suma de las partes. ¿Cuántas?, ¿cuáles?, todavía no se me ha ido tanto la olla como para lanzarme a enumerar, una a una, las que se me ocurran, lo siento. El trabajo, por ejemplo, es parte indisoluble de nuestra esencia, eso yo lo tengo claro: no porque lo dijera Freud (entre otros), sino porque todos necesitamos algunos valores vitales que nos levanten de la cama. Y, por ellos, hay que moverse (físicamente, intelectualmente; a veces, de ambas formas), aunque solo sea por esto, todos necesitamos trabajar.

Pablo Casado en… reflexiones en el aseo. (¡ESE GRIFO GASTANDO AGUA ME PONE DE LOS NERVIOS! He dicho.)

En tiempos del Covid-19, sin embargo, el problema es que (nos hemos dado cuenta de que) necesitamos de muchas otras cosas, ¿verdad? La mayoría, hace dos meses que no las tenemos, que nos sentimos solos, indefensos e indefensas y, lo peor de todo, que no sabemos cuándo volveremos a tenerlas. ¿Qué es más jodido? ¿La represión de un gobierno a sus ciudadanos o la creación de un clima de total indefensión frente a tu propio presente y futuro? Vale, esto no es consecuencia directa de la clase política, pero la gestión del gobierno y del resto de los partidos no siempre ha ayudado.

A la luz de las últimas semanas, está muy claro que ni Europa ni el mundo habían tenido que preocuparse, en serio, por las libertades individuales y colectivas de sus ciudadanos. Para ningún estado es una tarea sencilla, pero suspendemos (suspenden), de calle. Está muy claro que los políticos españoles no están preparados para los verdaderos desafíos que plantea el siglo XXI (vaya coñazo de sesiones en el Congreso, ¡la virgen!), que no tienen nada que ver con las cantinelas y las cortinas de humo con las que llevamos casi una década, entre Cataluña, Venezuela y la madre que los parió.

A medida que se alarga esta crisis, y tras ERTEs, ERTOs y EREs a tutiplén, muchas empresas empiezan a presionar para que sus empleados alcancen un ritmo laboral como el que había antes del coronavirus. El culmen del gilipollismo, o del cuñadismo neoliberal, es creer que la gente puede teletrabajar al mismo nivel desde sus casas, pero sin casi nada de la vida que conocía. Sin deporte, sin relaciones humanas, sin contacto, sin follar, o sin deseo. Si te roban buena parte de de tu esencia como ser humano, si te dejan incompleto, no pueden pedirte que sigas trabajando como cuando tenías todo lo que necesitas o, por lo menos, contabas con la capacidad de intentar procurártelo. A ver si va a ser que al estado se le ha caído la máscara, al muy cabrón, y debajo sigue habiendo un Leviatán, como aquel del que hablaba Hobbes, que solo se lamenta de que los androides y la cuarta etapa de la revolución industrial nos haya cogido en bragas.

Siempre es el primer día

En Palma (bueno, en el Arenal), tengo un amigo. Se llama Pedro Palau. Pedro es un tío grande de cojones y, además, es altísimo, por el metro noventa y muchos andará. Una vez, fue mi suegro —y yo, cobarde, siempre me quedé con aquel qué-se-yo de decirle que también le sentía un poco padre—. En fin, te hablo de otra vida, supongo.

La cuestión es que, hace años, cuando nos veíamos más (en aquella época, yo vivía en Mallorca), hubo una conversación que se repitió mucho sobre el vivir alquilado: No es tu casa, decía yo, para qué le vas a arreglar las cosas a otro. Y él, que discute con todo quisqui como el que más, a mí poco me discutía sobre esto, en realidad. Pero yo le veía la mirada esa de zorro viejo al cabronazo, como susurrando: ya lo entenderás, chaval (aunque en su cabeza, el chaval debía ser un pardal, que le pega más) y se limitaba a señalarme el ahora o el quién veía y disfrutaba del sitio en ese momento.

Ahora vivo, solo, en la casa que compartí con mi exmujer —su única hija—, y me paso el día haciendo chapuzas dentro y fuera, pese a que también es una vivienda alquilada. Quizá, en parte, por todo el tema este del coronavirus, pero (sé que) no. Lo cierto es que me he dado cuenta de dos realidades que Pedro no podía enseñarme entonces, ni te puede enseñar nadie, porque hay que vivirlas. Lo que hago aquí, un día quedará para otro, claro, ¿y ahora?, ahora es mi casa. Esta es la lección menos importante: vamos, lo que casi me decía él de forma literal (y yo: cerril); y la más importante, la lección que hay que rascar, masticar y cuesta de tragar, es que solo existe el hoy.

Hoy, siempre es el primer día de tu vida: el primer día fue cuando conocí a la hija de Pedro; el primer día fue cuando me casé; el primer día fue cuando ella se marchó de casa; y hoy también es el primer día, mientras pienso en Pedro (y en su hija, claro, pero en su hija pienso mucho) moviendo trastos por el jardín, haciendo un capazo de hormigón como él me enseñó y arrancando los hierbajos.

¿Qué cojones estará haciendo Pedro hoy? Espero que, como dicen en sa Roqueta, faci bonda (bondad), que es paciente de riesgo. Yo, mientras, me consuelo reflexionando: ¿Sabes qué otro día será también el primer día? Uno en el que me dé por coger un avión, aparezca por Palma y, si le apetece, me vaya con él y su mujer, Marga, a comer o a echar unos vinos. Aunque solo sea por agradecerle estas dos lecciones a ese padre adoptivo que una vez tuve.

Encarcelados en casa

Estos días de confinamiento a causa del Covid-19 pienso, mucho, sobre la época en la que fui voluntario en  proyectos sociales de las cárceles de Quatre Camins y Brians 2. Ahora que estamos encerrados en casa en una suerte de tercer grado no puedo evitar conectar con toda esa gente que cumplía condena.

Lo de la prisión nunca lo vi muy claro, la verdad. Frente a cualquier delito, la justicia impondrá siempre una pena en años de vida —lo que, a priori, parece un buen trato: lo mínimo que la sociedad puede exigir al reo— y en una absoluta privación de libertad.

¿Y si el coronavirus nos obliga a replantear el sistema penitenciario?

Mientras, nosotros, la gente de a pie, miramos hacia otro lado y obviamos que la naturaleza punitiva del castigo obvia, demasiadas veces, la reinserción social.  Pero, sobre todo, ¿nos planteamos si es justo mantener entre cuatro paredes a alguien durante cinco, diez o treinta años? ¿Dependerá del crimen? ¿Importa el delito si la pena resulta más venganza que castigo?

Fotograma de la película Doce hombres sin piedad (Estudio 1, 1973). Se trata de la versión española adaptada de la obra de Reginald Rose. El director de la adaptación fue Gustavo Pérez Puig.

Cuando hablabas con aquella gente —delincuentes sexuales, drogadictos, traficantes, agresores— y les ponías nombre, y cara, e historia, te dabas cuenta de que cualquiera puede entrar a prisión: esa fue la mayor enseñanza que saqué de estar entre rejas un rato por semana. También de que esos hombres y mujeres están doblemente condenados, por el sistema y, en muchos casos, por un pasado que les secuestra un verdadero futuro. En su día, pensé que esto era por la falta de medidas de reinserción: no reconstruyes una vida quitando el módulo de drogodependencia para instalar más celdas de castigo, ni pagando a la gente por montar el cableado eléctrico de un Seat León a 20 céntimos la hora. Claro que había iniciativas positivas: muchas y llevadas a cabo por buenos educadores sociales, psicólogos/as, funcionarios/as.  Sí hay cosas buenas en prisión, claro que las hay: el poder estudiar, la orientación, la rutina, el atenerse a unas normas… Sin embargo, ¿y si el problema mismo de la (relativamente) baja tasa de reinserción va ligado al contexto y no tanto a las medidas? ¿Puede uno aprender a ser persona si le negamos, durante años, una de las formas más básicas de libertad? ¿Funcionará, de veras, el modelo finés de cárceles sin rejas?

La primera semana de confinamiento llega a su fin y la administración admite que esto va para largo, que habrá que tomar decisiones impopulares y que no hay más que hablar. Una medida muy metafórica si pensamos en cómo de volátiles son, a veces, las condenas en el ámbito penitenciario por mala conducta. Pensemos, pues, en algo muy simple: si nosotros no aguantamos cinco putos días en casa, ¿puede una persona reinsertarse con estas reglas de juego?

Ni idea, pero vale la pena darle un par de vueltas, ¿o no?


NdA: Te animo a leer sobre la cárcel en Infoprisión, así como a ver documentales como Un mundo en sombras de RTVE. En 2018, la tasa de reinserción penitenciaria se mantenía en un 69 %.

En 2016, publiqué un post sobre mi experiencia en prisión titulado Castigar y perdonar.

Nostalgia de lo que no se ha vivido

Una canción de Gainsbourg, de Coltrane, de Edith Piaf, un recuerdo inventado, un puede ser que no fue. Hay pocas cosas que atraigan tanto como el sentir nostalgia de lo que no se ha vivido: es curioso, ¿no? Será que la nostalgia es para el alma humana tan irreemplazable como el placer, el dolor o la tristeza, o qué sé yo.

Si le preguntas a un tipo de ciencias te dirá que son respuestas mediadas por tus propios neurotransmisores: la dopamina, la serotonina, la noradrenalina… Afirmará que es tu cerebro, que te engaña, con objeto de sobrellevar los eventos de tu vida diaria. Ya es cosa tuya aceptarlo, negártelo o mandarlo a tomar por culo, claro. Hay buena parte de verdad en lo que dice el tipo de ciencias, pero eso no hace que las emociones sean menos emociones, no evita que grites con todas tus fuerzas cuando acabas tu primera maratón, que te arrulles en la cama y pierdas la noción del tiempo oliéndole el pelo a la persona a la que amas, que llores como un niño y aprietes tu cara contra el cadáver de tu mascota muerta, que disfrutes de cómo vuelan en círculos los vencejos despidiéndose de las últimas tardes del verano.

Pero a la nostalgia, incluso la que tiene sentido, la nostalgia por lo que se fue o se perdió en el pasado es un sentimiento extraño, ¿no te parece? Las excursiones con tus padres, el primer beso en el patio del colegio, esa chica o ese chico con el que te quedabas chateando hasta la madrugada, cuando aún había chats, o enviándote whatsapps ahora; los perros, los gatos, los amigos, los lugares que ya no existen. La nostalgia llega mucho después de la tristeza, de la pena, pero siempre te cobra un peaje: recordar lo que fue, lo bueno, la esencia de algo, o de alguien, es un vaivén entre el bienestar y la melancolía. No puedes decir que la nostalgia sea mala, porque te conecta de nuevo con lo que hubo; no puedes decir que la nostalgia sea buena, porque podrías llegar a perderte en ella. La nostalgia, sobre todo, es un sentimiento repleto de ambivalencias, porque ni te mira frente a frente ni se presenta siempre del mismo modo.

De crío y no tan crío, a mí la nostalgia me provocaba un hormigueo en la nuca (no supe nunca a qué atribuirlo, entonces); poco a poco, la conecté con las cosas que se iban marchando, los primeros finales, la gente de la que ya no volví a saber. Por eso, estoy convencido hasta las trancas de que el exceso de nostalgia es algo malo, no hay duda. Pero cómo será esa cabrona que, si un día no tienes qué añorar, aflora en una ciudad que visitas por primera vez, en una persona de la que aún no sabes nada, en un cuadro o una fotografía que justo acabas de descubrir.

Detrás de la risa fácil que, a menudo, me atribuyen, en esencia, debo ser un tipo nostálgico, sino ¿qué razón me debo estar ocultando a mí mismo? No habrá temas de los que escribir ni cosas por hacer… Y a mí me ha dado por escuchar música en el ordenador y saltar, por la magia de YouTube, hasta el Leningrado de Sabina y casi echarme a llorar. Y digo casi, porque no soy yo de esos que dejan que la nostalgia dé paso a la tristeza. Flaco favor me haría, ya lo dice la canción del ubetense: un Talón de Aquiles al portador.

Gretasthunberg del mundo, ¡uníos!

El periodista Lluis Amiguet se compró un híbrido; yo me compré el diario. Él confesaba, medio-en-coña/medio-en-serio, que su hija (otra pequeña gretathunsberg) había empezado con aquello de que nada de envolverle el bocata con papel de plata… y la cosa había derivado a 10.000 euros menos en el banco. Esto no me sorprendió: hace tiempo que me informé del coste extra por intentar contaminar menos; es más, cuando me cambié el coche hace un año y pico, me di cuenta que mi maldición es ir de Ford en Ford —Walt Kowalski estaría orgulloso de mí— y tiro hasta que me toque… la lotería. Con las cifras delante de la jeta, me olvidé de Honda CR-V y Toyota Prius, y Ford Focus que te crió.

El problema, decía Amiguet, y con razón, es que, por cada vehículo híbrido o eléctrico, hay un porrón de todoterrenos circulando por las calles. Todo indica, además, que no hay motivos más allá de medirse las pollas sacar pecho y exhibirse a ritmo de rugidos de motor. Eso de pensar si nos estamos cargando el planeta, ya si tal. Aun así, como buen tocapelotas, empezaré por sacar punta a lo que decía este pobre hombre a quien sus hijas le obligan a envolverle el bocata con las portadas y las contras que tantos sudores le provocan en redacción. Porque ocurre que, si nos preocupamos por el qué dirán y por qué hace y no hace el vecino, nuestro ejemplo vale poco. Llegados a este punto, no habría activistas antitaurinos, porque se siguen matando toros en media España, no habría gente vegetariana, porque una buena parte del mundo sigue comiéndose a otros bichos, ni habría nadie que se saliera del statu quo, porque ¿para qué? Como digo, lo hago para tocar un poco las bolas: soy muy consciente de que una columna o una tribuna, es una columna o una tribuna (mira, ¡qué dixit rajoyesco!, ¡el segundo ya!): vamos, que el espacio es el que es y las ideas que pueden plantearse, pues también son las que son.

Greta Thunsberg. ©Reuters

Por otro lado, la realidad del mercado denota claramente cómo están las cosas. Si sale al mismo precio un Audi A3 o un Jeep Renegade que un híbrido o un eléctrico (espera, que me da la risa) es que no nos estamos tomando las cosas en serio. Saltará uno: ¡es que la tecnología! ¡Es que la infraestructura…! ¡TU PADRE! (esto es más rubianesco, pero sin tacos, ¿verdad?) Pobre hombre, qué culpa tendrá el padre del que saltaba hace un par de líneas… Si es una cuestión de costes, se subvenciona por interés nacional, como a los políticos, la banca y lo que les sale de los huevos a los de siempre. Si no es una cuestión de costes, todavía es peor: nos quieren vender lo barato, caro, y lo caro, barato; lo que se carga (más) el planeta antes que aquello que puede frenar el irnos todos al carajo.

Por eso, el columnista de La Vanguardia acababa pidiendo a los señores de arriba (los que nos mean y dicen que llueve, digo) que Greta no le saliese más cara, pero es que, ahí, es donde más en desacuerdo está un servidor, porque no es cuestión de pedirle a estos mangurrianes que nos protejan de aquella (de la Greta), es ver si, de una vez por todas, las grethathunsberg y los grethathunsberg del mundo nos pueden ayudar a librarnos de estos tipejos que favorecen sus bolsillos, los cuatro por cuatro y que todo siga como el culo, aquí y fuera: en esto no tenemos la exclusiva. Y termino diciendo: ¿y lo bonito que es un vehículo todoterreno haciendo cosas de todoterreno? ¡Pues la de gente que lo compra para irse a cargar al supermercado y pasearse por Las Ramblas y Sarrià-Sant Gervasi!

En fin, gretasthunberg del mundo: ¡uníos!

¡Solo queríamos votar!

Había un grafiti entre los escombros que gritaba en mayúsculas: ¡SOLO QUERÍAMOS VOTAR! Lo que no he visto en ninguna otra pared de Barcelona es una respuesta de los «partidarios de la unidad de España», como han rebautizado TVE y Mediaset a neonazis y fachas de la bandera del aguilucho. Tampoco el estado ha dado respuesta, más allá de las aburridas comparecencias de Grande-Marlaska en las que no dice nada (pero bueno, en la misma línea en la que a Torra también le suda la polla todo: diciéndole a la peña, el lunes pasado, que «revolució» y, «a luego» te saco los Mossos d’Esquadra para que te «atonyinin una miqueta»). Una buena respuesta desde la clase política española podría ser: «Nosotros teníamos mejores cartas», ¿no? Entre otras (cartas), parece ser que cuentan con el monopolio de la violencia (institucionalizada, eso sí) y la posibilidad de dictar sentencia sobre qué es y qué no es democracia, pasándose por la piedra el concepto en sí (que es lo más interesante de todo) mediante un tribunal de justicia superior o el mismísimo Tribunal Supremo: en fin, este cuento ya nos lo sabemos.

Lo de siempre: la violencia nunca está justificada, pero en estas hospedas ocurre hasta en las mejores familias: en pequeños grupos de radicales, en la policía, policía y policía y, sí, también en todos esos que oyen tangana y vienen corriendo de dentro y de fuera: ahí están los seis meses de reivindicaciones de los chalecos amarillos en Francia, como ejemplo, del que podríamos aprender mucho de gestión de una crisis, por cierto. No obstante, creer que el estallido de ira acumulada tras la sentencia a los líderes del «procés» (de 9 a 13 años, recuerdo) no iba a generar tensión social es ser muy crédulo o querer creerte tus propias tonterías. Si la excusa de «es que son momentos de tensión» vale para la policía (que son gente entrenada y profesional), también tendríamos que aceptar barco para los manifestantes con los ánimos encendidos, ¿o no? Espera, ¿será que interesa dejar el foco aquí? ¿Quién se acuerda ahora de cómo empezó esto? ¡Si casi es historia ya! Mientras se incendia Barcelona y se plantean semanas enteras de continuas movilizaciones, ¿quién habla de por qué ningún político se ha sentado a hablar (más lentamente o menos lentamente, ojo) sobre si una autonomía puede o no independizarse, sobre el derecho a la autodeterminación de los pueblos, sobre lo que es justo o democrático, sobre posibles soluciones a todo esto? A lo mejor deberíamos recelar de aquel que no quiere hablar nunca de lo que pueden hacer catalanes y españoles para convivir en armonía, ¿no? En este caso y, hasta donde yo sé, los noes siempre llegan del mismo sitio… y son rotundos.

No creo que, ahora mismo, importe mucho si la oligarquía catalana ha hecho negoci o no ha hecho negoci con el sentimiento de nación que tiene mucha gente en las cabezas: ese es el quid de la cuestión, ¿verdad? Lo que tiene mucha gente en las cabezas. Porque la búsqueda de la autodeterminación no se la han inyectado a jeringazos los Jordis, el Puigdemont, la Forcadell o el Junqueras a la peña, sino que cada uno la traía de su casa. Y esos millones de personas van a seguir luchando por lo que consideran justo (es lógico, ¿no te parece?) y, a partir de aquí, pues está genial que el estado español busque todo tipo de argumentos donde legitimarse: es que querían replantear un estatuto de autonomía similar al de otras comunidades (como Andalucía o Valencia, y se dijo que tararí), es que querían un referéndum con garantías (y no se permitió de ningún modo), es que me sacaron unas urnas a la calle (y se criminalizó la acción) y, así, hasta la DUI y más allá, que luego no era DUI, porque cuando llegan los juicios por lo penal, nos cagamos un poquito.

©Lluís Gené/AFP)

Por descontado, hay cosas mal hechas por todas partes: lo peor que veo, desde Cataluña, es cómo muchos líderes catalanes han jugado con el sentimiento de la gente (a mí esto me cuesta entenderlo, porque no tengo gen patriótico, ya me sabe mal) y de ahí los abucheos a Rufián, el desprestigio de JuntsxCAT (en gran parte, por culpa de Torra) y la rabia y la frustración de la gente que ve que aquí, igual que en España, esa gente que tiene que representarlos no está a la altura. En esta misma línea, me preocupan las reacciones llenas de bilis de todos contra todos (masivas contra los catalanes independentistas, todo sea dicho) en prensa y redes sociales, que ya sufrió en su día el pueblo vasco, el aumento de la violencia en la calle y, por encima de todo, el silencio desde el Gobierno de España, que sigue demostrando que su hoja de ruta nunca pasará por sentarse, hablar y negociar (en relación con esto, me ha gustado el hashtag de Twitter #SpainSitAndTalk), sino por castigar, ignorar y reírse de las reivindicaciones de millones de sus ciudadanos. Triste, ¿eh?

Tras el 1-O (de 2017), el analista, columnista y escritor británico Owen Jones planteaba una analogía para definir la situación actual entre Cataluña y España que, a mí, me ha parecido siempre muy acertada. Para ello, utilizaba el ejemplo de una pareja en la que una de las partes quiere divorciarse: si no dejas que la otra parte se separe, pero tampoco quieres sentarte a hablar, a solucionar vuestros problemas, a trabajar juntos… luego, llega la violencia, la opresión, el control absoluto y pasamos de un matrimonio feliz a una relación de abuso y violencia. ¿No es aquí hacia donde vamos? O quizá ya estamos más que repanchingados por esos lares, qué coño.

Instantánea del lunes, 14 de octubre, con las primeras protestas en el aeropuerto de Barcelona. Fuente: RTVE.

Yo no quiero que mi comunidad autónoma se independice del estado, otros tantos millones de personas que pueden votar en Cataluña tampoco quieren independizarse (muchas otras sí, ya lo hemos visto), pero negarnos el derecho a decidir es propio de un estado fascista y opresor. Esto es lo que más me avergüenza de todo el embrollo. ¿Tan difícil resulta entenderlo? Si los políticos hubieran hecho su trabajo (hablar, llegar a acuerdos), nada de esto habría sucedido; si no hacen su trabajo, los problemas que salen de la calle vuelven a la calle, y explotan. Y el problema de base es el mismo de siempre: todo quisqui está intentando sacar réditos políticos y con unas nuevas generales a la vuelta de la esquina, nos vale igual ETA, que Cataluña que Venezuela.

Razonar: luego, compartir

Te voy a contar un secreto: todo el mundo comparte cosas que no ha leído ni leerá. Todo dios. Sí, puedes respirar aliviado (o aliviada), porque nadie se libra. Bueno, habrá algún Fulano o alguna Mengana que se lee hasta las condiciones de uso de Instagram, pero la mayoría no. Es algo muy humano: firmamos un «papelajo» que apenas nos miramos cuando nos van a quitar una muela, aceptamos vete-tú-a-saber-qué al instalar el Windows 10, retuiteamos y compartimos publicaciones con enlaces que nunca visitaremos. Supongo que es muy humano —no me preguntes por qué, no soy psicólogo—, normal no sé si es, pero humano sí, porque es algo que hace todo quisqui.

Si tuviera que probar suerte acerca del porqué, apostaría por la ley del mínimo esfuerzo: nos gusta conseguir cosas, pero cuando menos esfuerzo supongan, mejor. No quiero decir que esforzarse y recibir su recompensa no nos parezca guay —eso también es muy humano—, pero si puedes comprar el pan a trescientos metros, no te vas a un kilómetro sin una buena razón, ¿verdad? Queremos hacer una cuenta de correo, no leer sobre todos los datos que Google se va a guardar bajo la manga; lo mismo con la app rusa de verse viejuno. Todo bien, si quieres dar tus datos o hacer un pacto con una multinacional, no hay problema, al fin y al cabo, hay leyes que te protegen para las cosas importantes: como mucho, te encontrarás con tu careto en un anuncio del metro de Moscú de aquí a 20 años o utilizarán tus preferencias de compra para hacer más eficiente una campaña de marketing. Hasta ahí, si tú lo ves bien, todo está bien. Lo que no me gusta nada —y es algo personal, como este blog: tú puedes verlo de otro modo— es esa gente que comparte cosas por norma y no sabe ni qué leches está compartiendo: ¡los chinos se comen a los perretes!*, ¡que Paco Catalán ha publicado otra viñeta sobre maltrato animal!, ¡el vídeo del di Caprio en la ONU sobre cambio climático!

Dudo (horrores) que alguien que haya dedicado tiempo a luchar por algo y se ha dado un par de vueltecitas por la brecha (hablo de santuarios de animales, de protectoras de perros y gatos, de lucha social y/o sindical, en fin, de trabajo de campo, claro, y, ¿por qué no? también teórico) esté de acuerdo con esa práctica que se ha extendido en redes de compartir y seguir manteniendo las mismas actitudes. Gente que comparte deseando que actúe un tercero, o piense, o haga algo, pero él o ella nunca lo hará. Usuarios que comparten ese meme sobre Israel, Palestina, la política española, Venezuela, ETA, salvar perritos, cambio climático, y eso es todo: ahí queda la cosa. En estos momentos, la difusión de contenidos supera con creces las ganas de arremangarse y de ofrecer su ayuda en lo que buenamente uno pueda. Ha ocurrido siempre, dirás, el viejo «mucho hablar y poco hacer», pero el que hablaba y no hacía quedaba retratado, mientras que el que dice y no hace, hoy, a menudo, tiene más difusión que aquel que hace, pero no dice. Rebuscadillo, ¿eh?

Todos escandalizados, pero a la hora de la verdad…

A veces, no obstante, no es posible embarrarse un poco: por mil razones. Está la familia, los niños, el trabajo, la falta de tiempo, de recursos, mil razones, ya digo. Por esto, resulta mucho más útil (y sincero) parar quieto un momento, leer con calma, razonar con más calma aún y, entonces, coger aire y ver si, de un modo u otro, puedes ser agente activo de un cambio, por pequeño que sea. Puede que todo lo que puedas hacer sea reciclar mejor, puede que puedas ir a una manifestación por el cambio climático al año, puede que puedas hacer mucho más. Yo qué sé. En cualquier caso, es posible que, de todas las cosas, solo puedas difundir: está genial difundir, pero difunde aquello en lo que crees. Porque no consiste en compartir: consiste en razonar y, luego, compartir. Compartir una publicación no marca la diferencia, ni cambia a nadie si no cambias tú primero. ¿Tiene sentido? Para mí, tiene sentido.


* Aclaro que estoy totalmente en contra del Festival de Yulin. Puedes leer más en este viejo artículo de 2015 que enlazo aquí.