ChatGPT no es C3PO

ChatGPT no es C3PO - Inteligencia artificial

Si te paras a pensarlo, creíamos que el futuro iba a ser a lo Blade Runner, pero no ha hecho falta. Tenemos las cabezas tan metidas en nuestros… teléfonos (pensabas que iba a decir culos, ¿eh?) que muchísima gente no distingue entre escribir a una IA o whatsappear a un colega.

Nos ahorramos el famoso test de Voight-Kampff, supongo.

Quizá esto que te cuento te sorprendería hace un par de años, pero hoy seguro que has visto a más de uno enviando una nota de voz tras otra al ChatGPT. Un algo que emula a una conversación, pero no sé bien qué es.

ChatGPT

Según The Guardian, ChatGPT se usaba hace un año para creatividades (27 %), contenido explícito o juegos de rol erótico (12 % de las peticiones, en serio), brainstormings, simplificar explicaciones, informarse sobre sucesos, redactar código… En fin, un buen popurrí. En su mayoría, 7 de cada 10 búsquedas no eran por trabajo, parece ser.

Sin embargo, mientras en OpenAI están maquinando (¿lo pillas?, aquí hago juegos de palabras de calidá) el próximo paso, ya he visto a varias personas que han empezado a hablarle  al GPT como a un/a asistente. Sí, enredándose en largas conversaciones repletas de preguntas y respuestas con las que aclararse las ideas, hacerse mapas mentales e incluso tomar decisiones.

Sin ir más lejos, el sábado pasado uno de mis hermanos me recogió para ir a trabajar a Barcelona (tenía el coche averiado yo) y devolverme a mi casa. A última hora, estuve resolviendo algunas dudas a clientes sobre las clases mientras mi hermano me esperaba en el asiento de su Toyota No-sé-qué. Observé cómo enviaba notas de voz,  me acerqué y le pedí unos minutos extra, intentando no interrumpir sus mensajes o la llamada en curso (no lo tenía muy claro).

Cuando acabé de trabajar, subí al coche y no tardé en darme cuenta de que no estaba al teléfono, sino «charlando» con ChatGPT sobre una decisión concreta. Y aquí no me malinterpretes, ¿okay? Hace un laaargo año que uso ChatGPT y otras IA en el trabajo: para automatizar la creación de algunas secciones de los informes, consultar fuentes de prensa, como asistente de redacción de contenidos concretos; también en mi vida personal: para estudiar psicología, analizar dinámicas conductuales, resolver dudas concretas y, como todo quisqui, hacerme un estúpido avatar al estilo Ghibli. (Lo siento, no volverá a pasar, como decía el rey emérito.)

C3PO

Al grano. ChatGPT no es C3PO. El androide de Star Wars tenía conciencia (o sea, una IA autoconsciente). Pese a sus colores dorados y metalizados, era algo similar a los replicantes: nos daba pena y generaba empatía porque había desarrolado agencia moral. Como el nene de la película de Spielberg, ya sabes.

En otras palabras, eran tan indistinguibles al ser humano que replanteaban la cuestión principal (¿qué es ser humano?). Como los cylons y los replicantes: como el androide medio, vamos. En cambio, aquí estamos más bien en una distopía estilo Black Mirror.

ChatGPT es una serie de respuestas probabilísticas que te ofrecen la solución más probable tras sucesiones de cálculos de resultados. No es persona ni agente moral; tampoco culpable de que haya gente suicidándose por un mal consejo, claro, o tomando decisiones pésimas por culpa de un mal prompt.

Inteligencia artificial

La cuestión aquí es que mi hermano fue conduciendo mientras enviaba audios*, con su atención en el aparatico, atento a la siguiente respuesta para relanzar una pregunta más, o confirmar la respuesta de esa supuesta interlocutora. La voz femenina de su GPT, con acento latino (diría que colombiano, pero quizá era argentino o ligeramente estándar) le respondía cortés y pacientemente.

En otro momento, quizá le hubiese dicho algo, pero estaba sorprendido por la dinámica de la situación. Yo, ahí, con uno de mis hermanos a los que suelo ver un rato cada cuatro, seis u ocho semanas (en su defensa, habíamos comido juntos); él preguntando cosas al smartphone; yo observando la escena.

No estaba teniendo una conversacion, pero tenía gran parte de su atención ahí: las contestaciones solo eran cálculos de probabilidades, pero podían haber pasado por una respuesta humana. Cuando acabó el toma y daca, me comentó sobre sus descubrimientos (que no eran suyos) y la toma de decisiones (que tampoco) y, luego, debimos cambiar de tema.

Más tarde, ya en casa, me estuve preguntando si eso va a ser la habitual: la normalización de relaciones inexistentes y la pérdida progresiva de otras que podrían ser. Estas últimas, no obstante, no siempre tienen la respuesta que buscas, ni cosas interesantes por decir. Me mosquea también lo rápido que hemos empezado a creer a un aparatejo porque parece que siempre tiene una solución(que sabemos que, a menudo, no lo es: incluso que alucina); lo difícil que se va a poner diferenciar entre lo real y lo digital, y la dependencia cada vez mayor de la mierda del iPhone (o Android, da igual) que todos estamos condenados a llevar en el bolsillo ya.

¿Sabes que hay quien se ha pasado a móviles vintage para reducir el impacto de lo digital?, pero siguen cogido por los jíbiris en el trabajo. El capitalismo, una vez más.

* Si eres policía y estás leyendo esto, se trata de una licencia poética y nunca pasó, no hay razón para denunciar a mi hermano. Ah, y 1213 fue un gran año.

El café frío en Graná

El café frío en Granada

Siempre pensé que sabía mal, porque quien me quería, no quería que yo lo quisiera. Ese sería el resumen. Pero no hablo de una gran tragedia, sino de beber café: frío. Ya, sé lo que me vas a decir. Eso no es nada raro (so friki).

La gente se pone hielos en un vaso incluso y, luego, le echa el café.

En mi casa, en cambio, eso fue siempre tabú. Como el complejo de Edipo, o Electra, o follarse a una cabra. No exagero (bueno, un poco sí), estaba casi al mismo nivel. Y solo probé el café frío, porque igual que había este mandato paternofilial, había otros, como ser buen huésped. O sea: «Niño, si te ofrecen algo, di que no» y si te tomas algo, da las gracias (aunque te den una puta mierda). Y el café frío, me pareció una mierda. La primera vez.

Además, no lo entendí. Mis amigas hacían café, y recién hecho, cogían el tetrabrik de la nevera, y lo enfriaban. Tal cual. ¿Estamos locos o qué? Y lo tomé una vez, y dos, y tres… porque estaba de visita en casa de mis amigas. Y temeroso de la malafollá granaína (aunque uno es extremeño, y la otra gaditana, pero algo se les habrá pegao, tantos años), me callé la boca (catalana, pero sin mucho deje) y me bebí el café.

Tras dos o tres veces, empecé a cogerle el gusto.

Y, en parte, mientras escribo estas líneas, cual momento de revelación, sé que había mezclado leche templada con cafés cortos antes, en casa de mi madre, pero así queda un poco más épico.

La revelación llegó allí, en el sur, y aunque sea un evento cutre, es mi evento, y lo cuento como me da la gana.

La cuestión, sin embargo, es… ¿por qué me repugnaba algo que, en absoluto, es repugnante? ¿Tan fuertes son nuestras creencias? Parecería que aquellas forjadas por las personas que amamos sí lo son. Lo que te dice la gente que te cuida, los que te dicen mentiras como te querré y estaré siempre contigo, yo te aviso, no va a doler nada y, sí, que el café frío es una puta mierda.

Eso llega hasta el hueso, y no se va.

En la adultez, hay casi una intervención quirúrgica que consiste en diseccionar lo que tú eres de lo que querían que fueras. Hasta cierto punto, es una traición, ¿no crees? Tu madre… siempre quiso que guardases la vajilla de porcelana para los domingos de los años bisiestos; y que antes de beberte un café frío, te lo metieses por el ojete. Lo que pasa es que ser adulto es más que decidir a quien te follas (si te deja), de qué trabajas (si encuentras curro) o a qué hora te vas a dormir (tarde, por gilipollas; y mañana, todo el día hecho mierda); también es mandar a tomar por saco los mandatos paternos, beberte el café frío y asumir que, si a tu madre le jode, pues que le jodan.

No en el mal sentido claro, que le jodan con cariño (que es algo muy bonito que desear a todos, todas y todes; incluso a nuestras madres). También que le jodan sin rencor (y esta es importante), porque ella solo es culpable en la medida en la que es víctima, como lo habías sido tú. Esto no es más que otra cadena familiar de esas que se transmiten como una carga, de generación en generación. Hay quien sana y decide sanar un patrón importante, y luego estoy yo, que me bebo el café frío.

Luego, los hay que te venden lo de las constelaciones familiares y te intentan sacar la pasta. Esos sí que son unos hijos de puta.

A lo que iba: al fin y al cabo, ¿quién decide qué es importante?

El asesinato del inspector Arroyo, que era una bobina con un fedora, Miyazaki cabreado y mi novia en una llama en llamas

Inteligencia-artificial-El asesinato del inspector Arroyo, que era una bobina con una fedora, Miyazaki cabreado y mi novia en una llama en llamas

Hace un porrón que no escribo una columna. Como diría Manolo Escobar: porrón, porrompompero. (Empiezo mal, ya ves.)

El tema es que me he acordado de que tenía un blog abandonado (este) y me ha dado por retomarlo. Hoy, por lo menos, no esperes mucho, que vengo a hablarte de un relato de novela negra sobre una bobina antropomorfa que desenrollan hasta la muerte, de Miyazaki —podrido de millones— y de su cabreo, porque todo dios está generando dibujitos con su estilo, y de un dibujito (en concreto) con el estilo de Miyazaki que generé para mi novia, montando una llama en llamas.

En fin, arranco.

Llevo unos meses usando mucho los GPTs (principalmente, ChatGPT) para trabajar y como apoyo académico (ando en varios embolaos). Tengo sentimientos encontrados con este tema: en ciertos sectores, cada vez se paga menos y se exige más, y la posibilidad de consultar, reorganizar o revisar grandes volúmenes de información ayuda. Por el contrario, me preocupa un poco bastante lo de seguir incrementando el consumo energético, la huella hídrica y toda la pesca. Además, mosquea pensar que el acceso a este tipo de tecnología es desigual y los perjuicios se los tragan, a la fuerza, los de siempre: el sur global, las minorías, los más pobres.

Cable pelado

En cualquier caso, he trasteado bastante. Desde organizar bibliografía en formato APA 7, a buscar fuentes para artículos que publico en prensa o generar una lista enorme de chorradas. Mi preferida es Cable pelado, como la propia IA ha titulado a una historia que me está ayudando a crear. Le di cuatro ideas, y empezó a escribir, y lo hizo con suficiente coherencia argumental para empezar a editar desde ahí. Lo cual no he hecho, porque es una historia chorra.

Muy chorra, de verdad. Esta es la sinopsis:

En la fábrica de bobinas eléctricas Copperville, donde las bobinas llevan una vida ordenada según su tamaño y edad, ocurre una tragedia. Markus y Stephanie, hijos de la familia Voltman, desaparecen misteriosamente. Los Voltman recurren al inspector Arroyo, una famosa bobina detective, para resolver el caso. Sin embargo, la situación empeora drásticamente cuando Arroyo aparece desenrollado y destripado en medio del pasillo principal de la fábrica. El horrendo crimen conmociona a toda Copperville y lleva a Voltman, padre de las víctimas, a jurar que descubrirá al culpable.

La cuestión es que, si bien la IA estadística construye sistemas capaces de aprender de los datos, identificar patrones y blablablá, ya hay miles de personas generando historias, subiendo libros a Amazon, y sacando pasta. Algo que no solo ocurre con los libros, sino también con cualquier otra disciplina artística (y en muchos trabajos).

Angry Miyazaki

En abril, Miyazaki estaba muy cabreado. En parte, quizá no entiende bien la potencialidad de estas tecnologías; pero apuesto a que está más relacionado con el miedo en sí. Hay un temor incipiente dentro de todos a ser reemplazados, superados: quedar atrás. Si pones la oreja, escuchas la misma cantinela: «La IA no podrá hacer esto como un humano» o «será un complemento que nos ayudará a trabajar mejor».

Mis cojones, treinta y tres.

Yo no lo tengo tan claro. Me suena a que los obreros de la Segunda Revolución Industrial pensarían lo mismo, en algún momento y, luego, tuvieron que salir a quemar fábricas y a meter maquinaria por el ojete a más de uno para ganarse derechos.

Por eso no comparto la pena que otros sienten por Miyazaki o por el consumo energético per se. Miyazaki tendrá pasta para aburrir: me dan pena los artistas, escritores y músicos que, poco a poco, van a tener más y más difícil impactar. Según National Geographic, el libro del año existe y es de un filósofo chino (Jianwei Xun), pero el filósofo no existe: el tal Xun era una IA. Lo mismo está pasando con la música, la programación o la creación de material audiovisual. Ya puedes clonar tu voz, rascarte los jíbiris mientras Copilot pica código o crear un avatar virtual que haga stories, y muchas más cosas.

La llama en llamas

Es una bola de nieve. El otro día, estábamos haciendo una barbacoa en casa, y empecé a desvariar con monturas mágicas. En mi caso, tengo claro que querría ir en un jabalí acorazado (en World of Warcraft, llevaba algo así: déjate de caballos e historias). Le dije a mi pareja, que es peruana, que a ella le pegaba una llama… en llamas, por aquello de hacer la coña. Y DALL·E hizo distintas ilustraciones, todas muy chulas.

Por descontado, sigue habiendo mil carencias, de tamaños, de formatos, de coherencia, pero están evolucionando, a toda velocidad. Hoy, son pocos los despistados que pueden seguir creyéndose que sin IA es mejor que con IA (aunque se lo he leído a desarrolladores, diseñadores y periodistas, ¡ojo!). Hace pocas semanas, tanto OpenAi como Midjourney sacaban nuevos modelos con mayor coherencia en las imágenes, y esto parece una cuenta atrás.

¿Cuándo empezarán las IA a poder hacer de todo sin intervención humana y, entonces, qué haremos los humanos? Me viene a la cabeza la diferencia entre labor, trabajo y acción, el capitalismo más rancio y tecnócrata diciendo que las máquinas iban a currar por nosotros y la falta de hoja de ruta. Quizá es porque los gobiernos van como pollo sin cabeza mientras niños multimillonarios invierten fortunas en tratar de controlar tecnología, recursos (los que quedan) y futuro.

En fin, si la IA tiene que servir para algo, que sea para crear y soñar, no para robarte algo más de tu esencia. Eso sí que debería darnos miedo. Y está empezando a pasar, ahí tienes a Sam Altman diciéndote que no le des las gracias ni le pidas las cosas por favor a una máquina. Lo que pasa es que ese fulano no entiende que tú no lo haces por la máquina, lo haces por ti, por lo que eres, por lo que seguimos siendo.

Cuando el tóxico eres tú

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Me da por saco eso de la gente tóxica y la gente vitamina (o croqueta, como he oído también). Supongo que no soy yo de blancos y negros, pero es que, además, esta percepción se olvida de algo de lo que no se tiene que olvidar: ¿qué pasa cuando el tóxico eres tú?

Yo lo habré sido mil veces, como todos, y podría ponerte multitud de ejemplos, pero recuerdo dos con mucha tristeza.

El primero, se dio en la secundaria con una chica que se llamaba Emma. Pasé la típica época en la que a mí la Emma me gustaba, supongo. No obstante, yo era un chaval muy inseguro, que ocultaba esa inseguridad bajo máscaras (como todo quisqui, vamos) y ella, la chica, ya tendría sus problemas para aguantar tonterías. En mi caso, para conseguir algo de atención, empecé a piropearla de forma directa, con otros compañeros animándome a dar rienda suelta a la estupidez. La realidad es que me comporté como un imbécil, que seguro que molesté o, peor, herí la sensibilidad de esa persona, pero conseguí alguna raspa. La toxicidad tiene múltiples caras siempre, como el miedo y el egoísmo, que es más miedo: disfrazado.

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De adulto, con alguna breve relación a cuestas ya, hice otra cosa de la que tampoco me enorgullezco con una estudiante erasmus. Creí que ella tenía algún interés en mí, y un día que estábamos de cervezas en un bar… le toqué el culo, por aquello de —creía yo— acelerar las cosas. Sobra decir que no funcionó. Sobra decir que me sigo sintiendo gilipollas y, aunque pueda haber una cuestión de inexperiencia, eso no es excusa para la falta de límites, acoso, poco respeto y educación…

No sé cómo lo vivió ella, la verdad, porque nunca lo hablamos, pero a mí ese episodio me sigue dando vergüenza quince años después. (Y el otro , y van veinticinco.)

Si pudiese, me disculparía con las dos, y con mucha otra gente también.

Supongo que es más fácil correr un tupido velo que responsabilizarse. Es más sencillo creer que los tóxicos son los demás, los que se equivocan, los que te tienen manía. Pero también es inverosímil de cojones. El tóxico también eres tú, más a menudo de lo que te gustaría. A veces, porque eres un niñato imberbe, otras porque no encajas con otras personas, sean amigos, familia o pareja. Hoy día, cuando conozco a otra persona, intento respetar los tiempos de una relación (por aquello de no ser un fuckin’ psycho), pero siempre soy sincero y directo. Esa actitud, puede no gustar: es más, sé a ciencia cierta que, a menudo, no gusta, pero es tan válida como alargar amistades moribundas o pelar la pava ad eternum.

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Nunca he estado en una relación, del tipo que sea, donde lo que fallaba era uno u otro, salvo casos excepcionales, sino la suma de una serie de conductas, creencias o actitudes. ¿Hay gente que se comporta de forma tóxica? Por descontado. Hay gente con serios problemas que no sabe responsabilizarse, que maltrata a terceros, que hace gaslightning, o ghosting, o no acertaría responsabilidad afectiva ni en la Ruleta de la suerte. Pero me niego a reducirlo todo a personas croqueta y personas tofu-pocho. Vale más la pena aprender a seguir tu camino, a limitar el acceso de terceros a tu vida y, por descontado, a priorizarte. Luego, todo se ve más claro.

Nda: Las ilustraciones son de la artista Sako Asko. En Instagram, @SakoAsko. 

Los gastos hormiga son nuestras vacaciones

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¡Felices fiestas! He sacado un rato de las vacaciones para hablar sobre los gastos hormiga, la brecha salarial y generacional y cómo la resiliencia se ha convertido en la única opción para seguir creciendo en un mundo donde vivir y sobrevivir se tocan más de lo que deberían.

Hay un discurso muy manido y rancio sobre la importancia del ahorro y del esfuerzo. Dice así: esforzarse es básico para conseguir lo que uno quiere.

Vale, te lo compro.

La putada es que (el discurso) está muy manido y es muy rancio porque es una de esas medias verdades. No lo fue siempre, pero, hoy, no es más que retrotraerse al pasado: es lo contrario a un acto de presentismo, diría yo. Para la mayoría, esforzarse es una obligación para la propia supervivencia diaria, y nada más.

Mientras nuestros padres y abuelos podían pagar alquileres y, a la vez, ahorrar de sus sueldos para una casa, un coche, unas vacaciones… y, años después, una segunda residencia, buenos colegios para los críos, etcétera, aquí nos encontramos con que, aunque tengamos la suerte de haber construido una vida de retazos, solo podemos mirar embobados los huecos de la escalera (social) que tenemos frente a la napia.

Hablo de compartir un piso entre cinco, de comprarse un coche de quinta mano (por obligación, sino no seas idiota: no lo hagas), de no poder tener hijos más que como deporte de riesgo, y de (casi) responsabilizarse económicamente de un animal por los pelos… Al final, lo que tenemos son los gastos hormiga.

Los gastos hormiga son nuestras vacaciones; son los gastos que nos dicen los expertos que evitan o imposibilitan el ahorro, porque el dinero no se escapa en alquileres desproporcionados, ni en la luz, el agua o la gasolina, se va en las cervezas que te tomas con los amigos después del trabajo, en el detalle para la novia o el novio o en ese videojuego que te hace tanta ilusión y te compras cuando has cobrado.

Falta entender que la mentalidad se ha desplazado al presente por una buena razón: la incertidumbre —en la calle, en la prensa, en tu casa— no trae buenos augurios y, además, nos encontramos con que los gastos hormiga son lo único a lo que podemos aferrarnos en una sociedad, en una cultura y en una época en la que ser mileurista es lo habitual para la gente en edad de trabajar. Está también el tema de que a los jóvenes se la sopla todo, pero, con el panorama aquí descrito, ¿eso es un acto de egoísmo o de resiliencia? No sé, dale dos vueltas.

Publicado en Instagram el 16 de abril de 2022.

Estrategas de CCC, prorusos y antinorteamericanos

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¡Muy buenas! Actualmente, estoy subiendo columnas de opinión a Instagram. ¡Nos vemos (también) por allí!

Yo, de geopolítica, poca cosa. Además, aun yendo a contracorriente (época de virólogos, vulcanólogos y estrategas militares de CCC, ya sabes), no me va eso de hablar de lo que no sé. Supongo que los estadounidenses no son la panacea, ni los israelís, ni nosotros; pero si un fulano me suelta una hostia en la cara, yo no desvío la atención al otro fulano que va soltando hostias en la cara a los vecinos, que es un poco lo que está pasando con los anti(norte)americanos. Quizá no son prorusos, no sé, pero el anti(norte)americanismo les puede.

Quizá las grandes superpotencias no sean hermanitas de la caridad, cada uno tendrá sus ideales y sus planes a lo Dr. Maligno, si me apuras, pero no todos son Putin ni Kim Jong-un. Aquí lo tengo claro: el ideal de una persona jamás debería suponer la muerte de otra. Hoy, es el caso de Rusia, pero ha sido el caso de muchos a lo largo de la historia de la humanidad.

Nosotros (los ciudadanos), ante este tipo de situaciones, nos sentimos pequeños, desconectados, extras de una película que lloran, gritan y corren asustados. Bueno, casi siempre es así, por desgracia. Por eso, quizá muchos ucranianos han cogido las armas para matarse con otros hombres y mujeres que preferirían no estar invadiendo un país extranjero.

Es el drama de la raza humana, ¿no? Si no nos matamos nosotros, hemos conseguido que nos mate el planeta y, si algo demostró el Covid, es que aquello que decían en El Señor de los Anillos con otras palabras —cuando hay oscuridad, es bonito pensar en un nuevo día—, está bien, pero, a veces, es una sarta de chorradas, porque ni hemos salido mejores ni estamos aprendiendo un carajo. Si acaso, sobrevivimos mejor cada día que pasa.

Publicado originalmente en Instagram el 14 de marzo de 2022.

¡Que no mires arriba!

Don't look up (Netflix, 2021)

Estos días he hecho lo que todo «quisqui» en vacaciones. Descansar, beber alguna birra de más y mirar Netflix como si el mundo se fuese a acabar; y, bueno, aunque me he visto de todo, también reservé un ratillo para dos de los blockbusters de los que más se ha oído hablar en estas fechas: Don’t look up (No mires arriba)Death to 2021 (A la mierda el 2021).

Los dos títulos utilizan la comedia y la sátira para tratar el cambio climático. Vale, ninguno hace excesivo hincapié en el tema (el segundo, algo más, por razones obvias al ser un falso documental), pero uno mira hacia un enorme meteorito destrozaplanetas que casi nadie quiere ver —ya lo dice el título: no mires arriba— y el otro repasa desgracias (Covid, covid, geopolítica, cambio climático, covid) con el calendario en la mano.

Ambos son productos de ficción, aunque muy reales; en los dos aparecen, de una u otra forma, las gorras de Trump, las consignas pseudoreivindicativas a la espera de que las rellenemos de significado, las grandes fortunas que viven ajenas al 99 % de la población mundial; también remiten a lo mismo: el negacionismo, el mirar hacia otro lado (¡que no mires arriba!), los ciudadanos de primera, de segunda y de tercera división y, por supuesto, el poder de las redes sociales.

Para no repetirme, ni hacer spoilers, este es el segundo tema que me gustaría tocar, porque tras tantos años como autónomo buscavidas, este año me ha salpicado muy, muy cerca. Cuando paramos, si podemos o nos permitimos alejarnos un poco, ¿somos conscientes de cómo nos estamos sumergiendo en realidades alternativas? En el día a día, está claro que no; pero incluso en el tiempo de ocio, cada vez resulta más difícil. Da igual que lo hagas desde tu avatar del futuro metaverso de Facebook, como en el feed de Instagram o en los tiktoks. Ni en vacaciones desconectamos: épocas que, en teoría, guardamos para nosotros y, aun así, ¿cuántas veces olvidamos esto y trasladamos el foco a una segunda vida virtual?; cargando con el peso de dos identidades: la personal, y la virtual.

Como a mí también me da mucha rabia que me destripen pelis y documentales, solo diré que el final de No mires arriba no puede ser más real, pese a ser ficción, y ¿el final del falso documental? Ese está por ver, aunque la previsiones no son muy favorables. Sea como sea, míratela de principio a fin, para saber qué cojones es un bronteroc y porque ya está bien de mirar hacia otro lado, que la hostia nos la vamos a dar igual parece.

El que ya lo ha visto todo

Máscaras - El que ya lo ha visto todo

Hace unos cuantos «findes» me topé con una tribuna de Joaquín Luna en La Vanguardia. De este señor, ya hablé en su día, así que por ahí no sigo. La columna iba sobre una mujer flexitariana, vegetariana o vegana —no lo sabía ni ella, decía el columnista, y el otro tampoco se preocupó mucho—. Olvidé el texto más rápido de lo que leí, pero me quedé pensando en la máscara «del que ya lo ha visto todo»… Esa que desgastan algunos escritores o periodistas como Arturo Pérez Reverte o Javier Marías.

A veces yo me pongo esa máscara, cuando me entra la depre. Entonces, miras el mundo con un aire más cansado, como el espectador que revisita películas antiguas que no recordaba así; la máscara son las callejuelas de tu ciudad, que apenas pisas yaputa gentrificación—, los que intentan ahorrar para un piso compartiendo entre seis unos meses (y se les pasan los años), el séptimo suegro con el que tampoco compartes ideología política —pero te da lo mismo, porque no le vas a convencer, ni él a ti—, las mismas dinámicas familiares de siempre (sobre todo ahora, en Navidad).

Gente, gente que lo intenta.

Gente que intenta convencer, influir, comprarse una lámpara al cincuenta por ciento y convertirlo en un acto revolucionario; ser polémico, ser escuchado: sobre todo, ser. El que ya lo ha visto todo, tiene un lado bueno: por ejemplo, huir del Sálvame o de las columnas de tipos como el tal Joaquín Luna. Sin embargo, sigue siendo una máscara, una más jodida si cabe que las que nos ponemos, todos, cara a la galería; una máscara que se te pega en el careto cuando no te lo esperas, y te cuesta saber si es o no es parte de ti. El que ha estado deprimido —o sea, que ha pasado una depresión— le pasa igual que al alcohólico o al suicida que «no lo consiguió»: siempre hay un riesgo.

Mira, ¡como con la Covid-19!

Nunca se ha visto todo, nunca se ha visto lo suficiente. Como decía el gran (actor) Federico Luppi (¿o era el personaje que interpretaba Eusebio Poncela?) en aquel papel de padre divorciado: hay que seguir, aunque solo sea por curiosidad, por saber qué viene después.

Eso sí, baja el ritmo, tómalo con calma, saborea las pequeñas cosas e ignora el ruido. Te va a ir mejor.

Esto, puede que sea un mensaje de mí pa’mí: probablemente, el último del 2021. Pero perfectamente puede ser un mensaje de ti (pa’ti).

No sé, dale dos vueltas.

Una canción de Manel en las montañas

Subir las montañas (que yo quiero) - Puig Vicenç 2020

I es va perdre entre unes mates remugant que era molt trist
que realment jo necessiti tot això per ser feliç.

La jungla (Manel, 2021)

Hay una historia recurrente en la que pienso. La historia me atrapa, casi siempre, en las montañas, como si estuviese agazapada tras el tercer o el séptimo kilómetro de verde —nunca sé—, lista para abalanzarse.

Te explico.

Cuando vivía con mi ex, muy de vez en cuando salíamos juntos a andar. Era raro que hubiese tiempo para andar: sí, en serio, para andar; la vida en pareja, a veces, puede ser complicada. Quizá no supimos defender nuestras parcelas para hacer cosas normales, que nos gustaban, como andar o, todavía mejor, deambular, vagar, callejear; quizá a ella no le gustaba y nunca me dijo «ve tú», o yo no supe entenderla. De este modo, cuando nos separamos, volví a las montañas; en parte, porque me había pasado muchos días de confinamiento leyendo a Thoreau; en parte, porque las restricciones favorecían estas nuevas rutinas.

Las pocas veces que ella salía a caminar conmigo y a hacer senderismo, advertí que dábamos la vuelta en los mismos puntos: a unos veinte minutos de la segunda masía, en la pendiente que sube hasta el punto equis o en el desvío que, a través de una ruta circular, permite desandar lo andado y, como suele decirse, ganar tiempo al tiempo. (Qué expresión más fea.)

Durante esa época, pensé mucho en que, si hubiésemos seguido juntos, es posible que yo nunca hubiese conocido todas estas montañas como la palma de mi mano. No habría podido conectar, punto a punto, los senderos verdes que rodean Cervelló con Vallirana, Torrelles de Llobregat, Sant Vicenç dels Horts y hasta Sant Boi; y, poco a poco, ir ampliar ese imaginario hacia el Ordal, las Montañas de can Rigol y, para abajo, hasta el Garraf, si me apuras. Un pequeño microcosmos de naturaleza que vas extendiendo y haciendo un poco más tuyo jornada a jornada.

Alguien me comentó que ella está viajando más (otros, otras; podrían habérmelo chivado las redes sociales, supongo, aunque yo no soy mucho de eso del stalkeo), porque quizá algunas ciudades eran sus montañas. Aun así, hubo un día en el que sí vi unas fotos que me hicieron sonreír; eran decenas de fotos haciendo cima en una montaña, mientras yo había hecho cien cimas sin acordarme del teléfono. Tan distintos… Ni bien ni mal, en realidad; solo distintos. Hay una canción de Manel que dice algo así, pero diferente.

Cuando subo montañas, ya casi nunca pienso en ella. Pero me hace muy feliz poder subir las montañas que yo quiero, y eso es algo a lo que no se debería renunciar por nadie; también espero que ella suba las suyas, aunque no es asunto mío y, en parte, mejor sentirlo así, que la ruta ha sido larga.

¿Os acordáis de que Internet iba a ser la hostia?

Internet KIng - Los Simpson - Internet iba a ser la hostia

De mi vida de copy[writer], mantengo algunas lecturas semanales. Hay un señor, Calvo con Barba (así, con mayúsculas), del que me lo sigo leyendo casi todo. Este hombre —de quien no recuerdo su nombre, aunque lo podría mirar— tiene una columna breve, que se llama Querida Marca, en la que aprovecha para lanzar ganchos y directos una vez por semana; después, escribe posts más extensos en su página profesional, por aquello del branding, supongo.

Hace poco, publicó un texto con mucha verdad, bastante largo y un poco triste. Trata sobre Internet, y es que quizá no lo sabes, pero Internet se va a la mierda. Como niño de los noventa, yo recuerdo que Internet iba a ser la hostia desde el módem de 26 kbps, y la cagamos. Como explica José Carlos Ruiz, en su último best-seller (Filosofía ante el desánimo, Imago Mundi, 2021), la digitalización podía haberse convertido en un verdadero camino para el conocimiento (en parte, lo ha hecho), pero la realidad es que nos ha llevado a la fatiga; concretamente, a la fatiga por exceso de información: a ser más vagos, más crédulos, más ideológicos y menos librepensadores.

Señor con barba explica… por qué Internet iba a ser la hostia

Es bastante triste ver a gente famosilla de Instagram trabajando en vacaciones.

Slurm McKenzie (Futurama) - Internet iba a ser la hostia (post)
El contrato de Slurm McKenzie con la fábrica de Slurm (que emula la fábrica de chocolate de Charlie y la fábrica de chocolate) le obliga a estar de fiesta 24 horas al día.

Al principio, el mundo digital iba a conectarnos a todos, pero, al final, nadie escucha a nadie y todo es un gran escenario que exige mucho más de lo que da. Es la paradoja de la identidad (personal) y el avatar, o identidad virtual. ¿Dónde empieza una y termina la otra? Los youtubers, twitchers e instagrammers, ni lo saben ya y, si lo piensas, es bastante triste ver a gente famosilla de Instagram trabajando en vacaciones; intentando convencer a los críos y a las crías de que su vida es una fiesta y sintiéndose como el gusano aquel de la fábrica de Slurm (Futurama, ¡cacho de carne!).

El señor de la barba que he mencionado arriba hablaba de porqué mi trabajo (como creador de contenido para terceros), cada vez, es menos relevante. La clave es la palabra difusión, que casa con oferta y demanda y que, a su vez, pasa por estándares más y más exigentes de calidad y profundidad, convirtiéndolo todo en una carrera de ratas. Desde Instagram a LinkedIn tienen a los usuarios creando contenidos con escasa difusión, algoritmos muy cabrones y una pizca de «aunque te vean, a tu audiencia quizá le importa una mierda».

El curioso caso de Guille Aquino

Si estaba vivo ¿qué cojones hacía sin generar contenido para Internet?

El curioso caso del argentino Guille Aquino mola para ejemplificar el párrafo anterior. El tío lo petó en la década pasada con los virales que hacia con su equipo (Lucía Iacono, Pablo Mir y compañía) y llegó muy, muy fuerte a finales de 2020 y, entonces, desapareció. Y ya empieza Internet —iba a ser la hostia, ¿recuerdas?— a romper las pelotas, como dirían ellos, a lanzar mierda rosa por la compu-global.

¿Está vivo Guillermo Aquino?

¿Qué fue de…?

Está vivo, preguntaban. En serio. Porque… si estaba vivo ¿qué cojones hacía sin generar contenido para Internet? ¿Te das cuenta de que hemos creado una sociedad en la que importa más el avatar que la persona? Da yuyu. Decía Guillermo Aquino en una entrevista en YouTube: «[A] Larry David lo he esperado cuatro temporadadas […], Dave Chappelle desapareció doce años. […] Qué poca paciencia, ¿no?» Miraos el vídeo, que he borrado los chistes y he metido puntos suspensivos.

En definitiva, que Internet iba a ser la hostia, pero cada vez pide más y da menos. No sé si es culpa de Santa Claus, del capitalismo o de las putas élites neoliberales, pero hacerse espacio en el mundo virtual ya resulta más difícil que ganarse la vida en el real, y, a este lado de la pantalla, nadie regala nada tampoco. No obstante, si hemos tenido tiempo de contagiar a todo quisqui el peor virus de todos, el del para-qué si nadie lo va a ver.

Ahora que se empieza a hablar de la siguiente revolución digital, los metaversos, yo he decidido que me bajo, que ya me gano bien la vida educando a humanos y a sus perros y escribiendo (todo lo que me dejan). Que sí, que está chulo subir alguna cosilla en redes sociales, pero si la decisión está entre cultivar la propia identidad o el avatar virtual, parad las redes, que yo me largo; o ¡qué coño!, me bajo en marcha, a riesgo de una hostia, que esta fabrica de egos heridos tampoco para nunca en realidad.

Como la vida está llena de ironía, a mi pareja actual la conocí en Instagram. Pero ya lo dijo Ortega, yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo. Así pues, quien no haya abierto nunca el Tinder, que tire la primera piedra.

Javier Ruiz (Munch) - Google Arts
—¿Y tú para qué quieres Internet?
Yo:

Edito: Me acabo de dar cuenta de que he hecho un queísmo de la leche. Sorry!