Hoy no es 1936

La campaña del ¡votad, coño! fue un éxito: depositaron sus papeletas un 75,7 % de los ciudadanos, y eso que los españoles que viven fuera de las fronteras han de pasar por toda una odisea de libro para ejercer este derecho. No se había votado tanto desde 1982 con Felipe González y, entonces, se tenía mono de democracia y de felipismo. Vamos, unos resultados para llevarse las manos a la cabeza, la hostia. Confieso, sin embargo, que, esta vez, España me ha sorprendido para bien: voté a primera hora y me escapé del colegio electoral con una sensación agridulce, luchando por creer que sí, que estas elecciones tenía que ganarlas el bloque de centro-izquierda, pero con las predicciones del politólogo Francisco Carrera en mente. Nadie más le daba tantos escaños a VOX (setenta, en concreto), ¿y qué? El tal Carrera la había clavado en los comicios andaluces. Así que, a riesgo de no encontrar el modo de hacer un Madonna en la era Trump (o de romper mi palabra como hicieron Barbra Streisand o Bryan Cranston), juré y perjuré que, si lo de VOX iba en serio, me largaba lo más lejos posible.

Si se pasan los derechos de mujeres, inmigrantes, ateos o LGTBI+ por el forro de… las escopetas, ¿qué iba a hacer Abascal con la Warner Bros? Almas de cántaro… Esto lo cuenta mejor Facu Díaz en Lait Motiv.

Siento ser tan gráfico, pero el domingo no me cabía un alfiler en el ojete. Y creo que no era el único, ¿verdad? No por el hecho de que, en España, haya señores de derechas, que sigue habiéndolos hoy, y muchos: ahí siguen sin orden alguno en lo que a fachosidad se refiere el Partido Popular, Ciudadanos y VOX, sino porque, pese a que el CIS a menudo tiene tanta credibilidad como Sanchez Dragó, la victoria de la derecha era posible. Por suerte (agrega tú mismo un emoji de esas de gotilla de sudor por el cogote), los peores presagios no se han confirmado: el primero no ha sabido retener al centro ni a la derecha; el segundo es, con probabilidad, la futura oposición, aunque Rivera ya se trae esta idea al presente y, del tercero en discordia y sus votantes, ¿qué voy a decir? Es bueno que 2.671.173 se hayan quitado la máscara, pero ¡qué cantidad de odio!

Según El Mundo, Ciudadanos y VOX están devorando a los populares en un ejercicio inverso al de Saturno y sus hijos: los primeros le rascaron 1,6 millones; los otros, 1,4. Igual que nos ha ocurrido con Juego de Tronos, de lo que tanto le gusta hablar a Pablo Iglesias hasta en elecciones, después de la batalla —y con menos bajas de las que esperábamos, ¡toma medio spoiler que no te esperabas, que ya es jueves!—, ahora (la mayoría) respiramos algo más tranquilos, aunque confieso que dudé hasta las once de la noche, dudé mucho. Actualizaba la prensa digital cada pocos minutos, preguntándome: ¿Quizá no hay tantos señores ni tantas señoras de izquierdas? ¿Y qué coño hacemos si a las derechas les caen escaños suficientes para pactar? ¿¡Y Cataluña, es que nadie piensa en Cataluña?! Hoy, con menos ácido en el estómago, sigo pensando que no hay tanta gente de izquierdas, que el domingo 28 ganó el miedo (el miedo a volver al pasado, a caer vencidos frente a un futuro más incierto de lo que este ya suele ser; el miedo a la extrema derecha: algo bueno debía tener el guardar todos esos fantasmas en el fondo de un cajón). También ganó el discurso centrista de Pedro Sanchez, al que que ni un Podemos desmembrado desde el interior ni un Cancerbero de derechas pudieron hacer frente (lo del «trifachito» no me gusta, parece de viñeta de Mortadelo y Filemón y, aunque le quita hierro al asunto, que mola, hace otra cosa que no mola nada: subestimar al enemigo).

¡El GAYSPER NO! ¡Todo menos el Gaysper!

Hoy, es lunes escribía el 27 de junio de 2016 ante una mayoría de votantes que habían dado el control del país a un Mariano Rajoy que nunca pareció un tipo peligroso, si acaso bobo, lo que lo hacía todavía más peligroso. Fuese porque era demasiado tonto para plantar cara a los mercados financieros (que, de nuevo, alargan sus tentáculos ante el secretario general del PSOE), fuese porque le salía demasiado bien eso de hacerse el tonto. No escuches a tus electores, le dicen ahora a Sánchez; forja una alianza con Ciudadanos; a Unidas Podemos le das un par de bocatas de queso y un ministerio menor. Por suerte, este lunes no fue tan duro, ni se hace tan difícil soñar hoy como lo ha sido estos años: cuando toca ser positivo, toca ser positivo, ¿o no? No quita esto que la extrema derecha vuelva al Congreso con otro nombre (siempre ha estado allí), que PACMA siga fuera por una injusta Ley d’Hondt y que ERC siga siendo despreciada, con políticos presos con escaños en el Congreso (Junqueras, Sànchez, Turull y Rull) y en el Senado (Raül Romeva) y una situación enquistada que algunos piensan que podría arreglar el federalismo de estado y otros creen que ya no la arregla ni dios. En fin, parafraseándome a mi «yo» pasado diré que sigue siendo bueno recordar que nada es imposible, ni gobernando el Partido Popular ni gobernando el PSOE. Después de mucho tiempo, quizá podemos empezar a creer que nuestra democracia saldrá reforzada de estas, pero es que, para la mayoría, los que somos demócratas, no hay otra: quizá con VOX esto no pasaría: no habría necesidad de que la democracia se superase a sí misma, porque como dice el meme aquel de Kayode Ewumi (el señor negro que piensa mucho): si no hay democracia, no hay por qué preocuparse de que funcione, ¿o no? Por ahora, respiremos tranquilos: el fascismo crece en España, y en todos lados, pero no se impone. Hoy, es jueves, pero no es 1936.

A la vida se la suda

Estos últimos meses se me ha escurrido el tiempo. ¿No te ha pasado nunca? Seguro que sí: tú te organizas, planificas, y, de repente, descubres que todo el contexto y las suposiciones que habías dado por buenas han hecho lo que les ha dado la gana. Es como el juego aquel tan idiota al que nos hacían jugar de niños: ese en el que se iban quitando sillas y se eliminaba a todo el que no estaba sentado cuando paraban la música, pero no bien, bien; en este caso, cuando te das media vuelta, de repente han desaparecido todas las sillas y, claro, te sientes idiota. El niño o la niña que llevas dentro diría: ¡Eh, eso no vale! ¿Y qué? A la vida se la suda.

A mí, probablemente, este tipo de cosas me dan todavía más rabia que a ti, porque yo soy un tarao de esos de las listas. En serio. A medida que me he hecho mayor, he empezado a hacerme listas hasta de cómo voy a organizarme el tiempo libre (luego las pierdo): quiero leer tal libro, escribir sobre aquella madre que riñó a su hija por perseguir a las palomas, perderme con los perros en la montaña el sábado, seguir estudiando sobre etología a las cuatro de la tarde del viernes, y así, etcétera, etcétera, etcétera. Me van a poner el Google Calendar de pago, no te digo más. Hoy, sé que quiero seguir en la asociación que ayudé a montar hace tres años: Conectadogs. Es curioso, pero para esto no me hace falta ninguna lista. Supongo que esta es una buena razón para escribir sobre el tema. Quizá ahora no tienes ni idea de sobre qué te estoy hablando: normal, no todo el mundo sabrá que estoy en una asociación (entidad, oenegé, llámala como quieras) para ayudar a perros y personas. Por qué van a saberlo, ¿no? Ni que uno fuese Dani Rovira[1]. En definitiva, gracias a esta asociación, y a la gente que la compone, he participado en actividades junto a chavales con TEA, en charlas de tenencia responsable de bichejos, en la rehabilitación de perros de difícil adopción.

Strady es uno de los perros que ahora mismo estamos rehabilitando en Conectadogs.

Poco a poco, el proyecto ha ido tomando forma y, algunas veces, abusando de los contactos y el por favor, que también abre muchas puertas, he publicado o difundido textos sobre lo que hacíamos y hacemos (en Doblando tentáculos, aquí y aquí, en 20minutos, aquí, en Eldiario.es, aquí, en Canarias Ahora, aquí, y esto ya se está haciendo cansino, así que paro). ¿Por qué? Pues lo cierto es que, hasta ahora, no lo había pensado demasiado, supongo que porque es algo que considero importante y trascendente, un proyecto que muchas veces me ha robado más tiempo del que yo esperaba dar. Eso también pasa con todo lo que nos gusta y nos llena, ¿o no? A veces, llego a casa y me da rabia no haber podido terminar aún de depurar la novela o de leerme el Carvalho que ha sacado Carlos Zanón; ni sacar un rato para estructurar la trama de un cuento corto que quiero presentar a algún certamen (y después aún queda escribirlo, y reescribirlo); yo qué sé, de estar con los míos y, ¡qué coño!, de tocarme los huevos una tarde quemando el Netflix (¡que para algo lo pago!). Como escritor (o intento de), eso es algo que tengo asumido: la gente suele creer que el tiempo invertido en escribir (o pintar, o componer) se volverá dinero contante y sonante, pero la mayoría de las veces no es así. Incluso cuando uno «triunfa» y publica (o expone, o graba un disco), claro que sacará algo de pasta, pero ¿qué precio real tienen las miles de horas que has dedicado? Si ganases 50.000 euros por 5.000 horas, estarías ganando 10 euros la hora; por 1.000 horas, 50 euros por hora. Hay trabajos más rentables, ¿no crees? Al final, hacemos las cosas por lo que mueven dentro de nosotros y no tanto por lo que dan.

¿Y por qué te cuento todo este rollo? Hace diez días, pasó algo que todavía no me había pasado nunca (será que soy un tipo afortunado): de repente, todo se desmoronó en Conectadogs. Parte del equipo se largó e incluso se planteó disolver la entidad. Yo tengo un defecto muy grande y es que me paso el día refunfuñando: aquí, con tiempo (e incluso prórrogas que me concedo para escribir con calma), parezco un tipo incluso ocurrente, pero en la vida real no soy más que otro viejoven de esos (que lo sepas). No obstante, así como tengo este defecto, tengo una virtud asociada al mismo: cuando se me pasa el cabreo, intento sacar la parte buena de las cosas (por muy mal que hayan salido) y de la «casi muerte» de Conectadogs, he extraído una lección importante. Verás, me parece a mí que no hay nada más jodido que el miedo. El miedo nos hace desconfiar, dudar de nuestras capacidades, creer que eso tan malo va a volver a pasar, o que vendrá algo que será todavía peor. Y no es así. En diez días, tenemos otro terreno para Conectadogs (del actual tenemos que irnos), recibido miles de euros en donaciones por Facebook, PayPal e ingreso bancario; hemos encontrado el modo de seguir adelante y hemos salido reforzados de este traspiés. Sin embargo, este aprendizaje (el anterior) es importante, pero no es lo más importante. Durante este camino, yo he cometido varios errores de los que quiero aprender, y, si os sirven, en la protectora a la que ayudáis, en la entidad donde hacéis voluntariado o en la vida en general, aquí los dejo. ¿Y por qué? Porque errar nos hace humanos, pero asumir (y aceptar) que, a veces, nos equivocamos es aquello que nos vuelve personas. El primero es ser fiel a uno mismo, porque de nada sirve seguir en la brecha si te estás traicionando día tras día: cuando parece que todo se va a desmoronar, cuídate de no desmoronarte tú. El segundo es ser confiable y aprender a confiar: esto no significa ser un tontopollas, sino lo suficientemente fuerte como para poder asumir que las personas (y nosotros mismos) te van a sorprender, te van a contagiar su ilusión, y también te van a defraudar: cuando venga lo que tiene que venir, actúa en consecuencia. Tampoco olvides nunca (tercero) que el trabajo no es trabajo en una ONG: es tiempo libre, anhelos a cumplir, deseo de dar, pero no trabajo: a mí me ha costado cinco años (soy un poco cortico) aprender la diferencia entre comprometerme y dar más de lo que quiero. Esto parece una idiotez, ya lo sé, pero es el germen de muchos de los problemas en entidades sin ánimo de lucro. Por último, hay algo que yo diría que recoge todo lo anterior: no permitas nunca que te digan lo que tienes que hacer o sentir (cuarto, y último); llegará un momento en el que no estés de acuerdo con alguien, o con casi nadie: si tratan de entenderte, y te escuchan, no hay problema. Puedes estar equivocado o equivocada, pueden estarlo el resto, pero la mayoría de los problemas empiezan cuando te dicen que lo que tú sientes no es real o justo.

Y termino con una vivécdota, como diría Andreu Buenafuente en el programa de radio que comparte con Berto Romero: el día que empecé este artículo pasaron dos cosas. La primera es que Strady, uno de los perros de nuestra asociación, se puso muy enfermo y todos pensamos que se iba a morir; la segunda es que se quemó la Catedral de Notre-Dame. Después, supimos que Strady no tenía un tumor gigante en el cerebro, que era el 99 % de las posibilidades que nos daban, sino una infección tratable (el otro 1 %, que dejó alucinados a los neurólogos con un buen ¡zas, en toda la boca!) y que la catedral parisina se iba a reconstruir aunque supusiese mil millones de euros (ojalá también se invirtiese así en preservar el futuro de todos, no solo la historia). Y a mí son dos cosas que me hacen sentir muy humano y muy persona: aunar esfuerzos para salvar un monumento del pasado de Europa y perder el culo por salvar a un perro; vamos, lo mismo que hicieron nuestros ancestros, tanto los que construyeron en piedra y en madera un edificio que los sobreviviría a todos, como los que dejaron en el genoma del perro parte de su propio ser.


[1] Por cierto, hace un par de meses el tío me mencionó en el Instagram: no es coña, no.

Las tribute bands y el rock’n’roll

Enciendes la radio: tribute bands. Una hora de rock sin publicidad. Y tribute bands. Un tío con acento de Olot anunciando la mejor banda tributo de Deep Purple (aunque pronuncia dip parpal, e incluso yo, que tengo inglés medio a la española, me descojono), otro con la de Héroes del Silencio, Queen hasta en la sopa, Dire Straits, Iron Maiden, los Beatles, los Rolling, la experiencia Abba; incluso los imitadores de Motorhead también tuvieron sus meses de auge cuando palmó Lemmy: ahora ya no tanto. Si te fías de la publicidad, parece que hay más bandas tributo que bandas auténticas. Y uno podría creer que esto es una moda, un fenómeno de un par de meses, pero ya hace unos cuantos años que dura el tema…

Puede que alguien esté leyendo esto y piense: «Mira este idiota, pues deja a la gente que rinda tributo a quien le salga del jíbiri.» Es cierto, que lo sigan haciendo: os aseguro que no voy a ser yo quien intente boicotear algo tan guay como un tributo. Pero estos homenajes huelen un poco… Os lo razono. Para empezar, un tributo se define como un gesto que va acompañado de un sentimiento de admiración, respeto o afecto, que no es contrario a sacarse unas perras, claro que no, pero si nueve de cada diez minutos de publicidad en la radio anuncian este tipo de bandas… No sé, llámame loco, pero creo que ahí prima lo que viene siendo el business, ¿no?

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«Somos Cianuro, en cariñoso homenaje a Poison.»

Sin embargo, lo anterior me parece rebien. En serio. Puede que, con el humor adecuado, igual que me vi la serie de Carvalho interpretada por Eusebio Poncela, me puedo tragar un homenaje a Enrique Bunbury y al resto de la banda. Ahí no hay maldad, todo lo contrario: mola, y mola hasta que las tribute bands nos ocultan a otras bandas nuevas por eso de anclarnos en el pasado. Si se reúnen los Platero y Fito Cabrales deja de hacer el fitipaldi, pues yo me compro la entrada y me voy a un concierto, pero, si no lo hacen, quizá antes que un tributo, puedo ver qué coño están haciendo las mil y una bandas que siguen yendo al Viña Rock, al Azkena, a Iruña o al Rock Fest (o a lo que coño le guste a cada cual de música, que conste). Tiene esto que comento un nivel 2, además, que son las bandas tributo que rinden tributo a bandas activas, que si ya no es por negocio o por el síndrome del lo quiero aquí y ahora, no sé ya qué puede ser.

Sí es cierto que, si cada día hay más tribute bands, es que hay público y hay pasta de por medio: eso es indiscutible. Así que olé sus huevos. Si todos están contentos, pues aquí me quedo yo escribiendo mis tonterías, y, como sigo escribiendo, se me ocurre una razón más por la que no entiendo a las bandas tributo, y es por ellas mismas. Vaya lío, ¿eh? Me queda la duda, qué le voy a hacer: ¿cómo le sabe eso de triunfar así a un músico? ¿Eso es lo máximo a lo que algunas personas aspiran? ¿A sobrevivir o, casi peor, a vivir del éxito de otros? Está de puta madre ser el mejor imitando a Mercury, a Morrison, a Angus Young; eso mola un huevo, de verdad, pero cuando se convierte en trabajo, no sé, me parece que tiene muy poco de rock and roll. Si alguien puede imitar la escritura de otro alguien famoso, seguro que sabe lo suficiente como para ganarse la vida haciéndolo: ¿valdrá la pena? En lo que a música se refiere, yo solo sé rasgar cuerdas de la guitarra, y hacer punteados, y cuatro acordes, pero ¿puede ser que eso sea lo máximo a lo que alguien aspira como músico? Espero que todos ellos, todas las tribute band, lo vean como un medio, y no como un fin. Y, dicho esto, qué coño sé yo: el rock también es hacer lo que le sale a uno de los cojones, o de donde le salga.


NdA: Ya hace varios años que escribía entradas por el Día de la Mujer, pero este año no. Yo me sumo siempre, e intento aportar todo lo que puedo en este día, y apoyo, si se me permite. Si a alguien le apetece recordar entradas anteriores —como la columna de opinión del 2018, ¿Entonces nosotros no vamos? ¿Vais solas?o la de 2017, El cumpleaños de un feminista, aquí están—, pero creo que es mejor aprovechar estas últimas líneas para recomendar textos de mujeres como el de Lucía Lijtmaer en Público: Feliz Día de la Muj… ¿Me puedes pagar, por favor? Gracias. Eso va a valer más la pena que venir a leer a un rockero tontaina que se pone a rajar sobre tribute bands el 8-M, ¿no crees? Si al menos lo escribiese una tía, como decía Lucía Lijtmaer… Y ya no sabes de qué coño estoy hablando, ¿eh? ¡Pues lee su columna!

Si Marie Kondo metiese la cabeza en mi armario…

Si Marie Kondo metiese la cabeza en mi armario… iba a alucinar. Pero no por el desorden, sino por la guarrería (los pelos en las sudaderas, las botas desgastadas, las manchas que no salen aquí tan bien como en casa de mi madre). Nada extremo, por supuesto: soy de esos que se dan por satisfechos al encontrar algún estudio científico que me deje llevar los mismos tejanos un par de días más; mi mujer lo acepta, pero no lo soporta. Por el contrario, ella es bastante desordenada, y yo no lo soporto, pero lo acepto. Ella no es de buscar artículos en los periódicos: es más de frasecicas. Tiene una muy chula: «Aun en el caos, hay orden», dice a todas horas, orgullosa, haciendo referencia a la Teoría del caos; pero me huelo que Marie Kondo no estaría muy de acuerdo.

Sin embargo, y aunque no soporto las pilas y pilas de ropa que se acumulan en los armarios del vestidor mientras estoy escribiendo esto, más miedo me da la moda de los organizadores profesionales: sobre todo, si pasa de moda a tendencia, como los coachs, y los asistentes, y los personal trainers ( ¡ojo!, quien crea que los necesita, que los contrate). Como siempre que me agarro los machos y me pongo a lanzar opiniones por aquí y por allá, puedo estar equivocado, pero se me han ocurrido tres razones que no he encontrado aún quien me las rebata (y me he envalentonado, claro).

Tidying Up with Marie Kondo
Marie Kondo con un pirata que le hace feliz. © Netflix

La primera es la más tonta, y, a la vez, la que más pica si lo piensas: con esto del organizador profesional, vamos a sumar unas cuantas responsabilidades más a nuestro día a día, ¿no os parece? Ya no solo hay que tener el cuerpo perfecto, y el trabajo perfecto, y la pareja perfecta, ahora también hay que tener el fondo de armario o el trastero perfectos. Por favor, Decidme que por ahí fuera hay alguien más a quien se la suda colgar las camisetas o enrollarlas en un cajón: ¡tanto perfeccionismo genera angustia vital!

La segunda es la más importante, diría yo. No sé si alguien ha leído sobre eso de tirar todos los libros que tenemos a excepción de aquellos treinta (¿¡TREINTA?!) que nos hacen felices. Ya le han dicho (a Marie Kondo) por activa y por pasiva que los libros no solo tienen que hacernos felices, sino que despiertan muchas otras emociones (como cualquier tipo de arte), así que yo me voy a ir por otros derroteros, ¿de acuerdo?, porque no me gusta nada esa idea de proyectar la vida que quieres en algo tan estúpido como organizar tu armario. Por supuesto que cualquier gran gesta empieza con una pequeña acción —por casualidad, este fin de semana vi un discurso de un navy seal estadounidense sobre ese tema, titulado Change the World by Making Your Bed—, pero ¿qué es eso de hacer creer a la gente que los problemas de su vida diaria (el padre poco colaborador en casa, la viuda que debe sobrellevar su dolor… ¡¿tener demasiados libros?! ¿¡TIRAR LIBROS!?, ¡joder!) se van a solucionar cambiando el modo en el que ordenamos nuestras posesiones?

La tercera razón es la más obvia, porque incluso aparece mencionada así en el programa de Marie Kondo, pero ¿cuántas veces más que faltar espacio nos sobran cosas? Y lo más importante de todo esto, ¿eso de veras requiere una nueva especialización laboral? ¿Entender que vivimos en un mundo capitalista y en casas llenas de cosas que no necesitamos? En el derecho romano hay un aforismo que dice: Accesorium sequitur principale (Lo accesorio sigue la suerte de lo principal), es decir, si hay una sentencia de expropiación de una casa, en esa misma casa se expropiará lo accesorio que se entiende que compone lo principal: las ventanas, las baldosas, los grifos y las tuberías. Pero, ¿estamos seguros que con Marie Kondo no lo hemos entendido al revés? ¿El problema no será que no sabemos para qué queremos todo lo que hay dentro de ese armario y no tanto que necesitemos ordenarlo?

Quizá la cuestión no sea conservar la camiseta de los Guns N’Roses de tu primer concierto de rock, ni esos patines que no usas desde los quince (pero que a tu madre le costaron medio sueldo). No siempre es cuestión de orden y de espacio, Marie Kondo, a veces, cuando metes la cabeza en un armario ves lo que hay, y no lo que hubo; a veces, en cuestión de armarios, importa más el olor de tu perro en una vieja correa de nailon oculta en el cajón de los calcetines, la dedicatoria de tu abuelo en un libro que no te hace feliz, la ropa hecha un asco en el vestidor porque te estás tomando una cerveza fuera, con los tuyos.

¿No estaremos demasiado empeñados en buscar la perfección, Marie? Mi amigo Félix, que siempre cita a otro amigo que no sabe que cita a Voltaire, me ha dicho cien veces: «Lo mejor es enemigo de lo bueno.» Y es que, a lo mejor, no necesitamos casas perfectas, ni trabajos perfectos, ni cuerpos perfectos, sino encontrar el modo de ser gente feliz. 

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Desmembrar la verdad en un Occidente ciego

Si el asesino de Jamal Khashoggui era un verdadero psicópata, yo lo imagino escuchando el Wannabe de las Spice Girls mientras trocea los brazos del periodista —aterrado, agónico— con una sierra de cortar huesos. Pero no creo que fuese solo un psicópata: era soldado de un rey, por lo que es muy probable que la escena de verdad fuese peor todavía, porque, en el deber, se enmascaran siempre las grandes atrocidades; porque la realidad siempre supera la ficción.

Donald Trump, el presidente de los 3.000 niños migrantes en el limbo advierte locura en el mundo y está por mandar a tomar por saco su estrategia en Oriente Medio: preocupémonos. Mientras, en la península arábiga, la versión oficial que mantiene Arabia Saudita no es otra que una pelea a puñetazos que se fue de madre (en serio), y tanto la monarquía como el gobierno español aceptan Khashoggui como daño colateral. Al fin y al cabo, excepto Pablo Iglesias y cuatro bolivarianos más de esos, la clase política no va a joder un negocio de miles de millones en venta de armas por un quítame allá esas pajas. Mejor pasamos otra crisis más de puntillas, que nos siga pesando más la cartera que la conciencia. Si la Merkel no envía más armas a Riad tendrá sus motivos, pero, oiga, que un plato es un plato y un vaso es un vaso… y un periodista no va a pesar más que buena parte del curro en los astilleros gaditanos.

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Jamal Khashoggi y Hatice Cengiz, su prometida, en una fotografía de archivo.

De esto fue el debate en el Congreso de los Diputados, en el que unos y otros se desgañitaron: unos por vincular ética, geopolítica y trabajo; otros por desvincular todo lo anterior. Quizá no todo sea blanco o negro, ¡faltaría más!, pero a ver si no solo queremos pasar de puntillas la crisis en Oriente Medio, sino también hacernos los gilipollas, ¿no? Dicen en El País: Los trabajadores de Navantia rechazan que se vinculen sus puestos de trabajo con el debate internacional sobre la venta de armas. Esta es la gran masa de la clase política española que tenemos: ¿aprovechamos esta crisis para diversificar esfuerzos? No, mejor nos guardamos la moral en el culo y con la boca pequeña susurramos lo que decía uno de los trabajadores de la bahía: “todos sabemos qué se va a hacer con las armas y los buques, pero viviendo aquí la cosa se ve diferente, conozco a mucha gente a la que este contrato le va a salvar el año.”

Quizá sea cierto aquello a lo que apuntan otras voces: cada país ha actuado frente a esta tragedia evaluando con cautela el equilibrio entre costes y beneficios, también lo está haciendo Salmán bin Abdulaziz, rey de Arabia Saudita, Guardián de los Santos Lugares y jefe de la Casa de Saúd según la Wikipedia, quien podría destituir como príncipe heredero a su hijo mayor; en paralelo, siguen apareciendo noticias sobre los últimos momentos de vida de Khashoggui, que no parecen aclarar mucho más allá del morbo. ¿Llegará hasta nosotros la verdad acaso o nos quedaremos con la conocida cotidianidad entre grandes titulares que ya dicen poco? Es evidente que no: porque la verdad es, hoy más que nunca, un riesgo; un riesgo en un mundo que oculta todo tipo de atrocidades bajo el velo de la democracia, lo que resulta mucho más peligroso aún, pues antes, uno sabía que la barbarie y el salvajismo reinaban en castillos y cortes, pero, hoy, nos mienten a la cara mientras desmiembran la verdad en un Oriente silenciado con la complicidad de un Occidente ciego.

¡Y viva España!, decía Manolo Escobar

La ciudad (Barcelona) no vive de espaldas al mar, vive de espaldas a su gente y a sus vecinos porque no siente nada por ellos.

Javier Pérez-AndújarPaseos con mi madre (Planeta de Libros, 2011)

Cuando yo era un crío, veraneaba con mis padres, hermanos y abuelos en un pueblo de la provincia de Gerona. Al llegar el calor, los hermanos queríamos ir allí cuanto antes mejor, no salir en dos meses de la piscina comunitaria y largarnos cuando llegaban las tormentas de agosto; pero como esto último era lo que más le gustaba a mi padre, nos jodíamos y nos quedábamos hasta mediados de la segunda quincena. No recuerdo cuántos años subimos y bajamos —ocho o nueve—, sin embargo, sí puedo rememorar cómo temblábamos asustados por la llegada del efecto 2000 y cómo me paseaba por las calles del pueblo entre señoras marías e inmigrantes subsaharianos, vistiendo casi siempre una camiseta de la selección española de fútbol. En algún momento, mis padres vendieron la casa y ya no hubo más veranos, ni pueblo postizo; hicimos algún que otro viaje familiar, pero, sobre todo, pasamos julio y agosto en Barcelona.

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De todo esto me acordé ayer, relacionando ideas: este fin de semana invitamos a varios compañeros madrileños de kendo a dormir en casa, pues había un evento dedicado a la selección española —mi mujer forma parte de la misma— y el equipo masculino y femenino se ha repartido entre los hogares de otros compañeros por aquello de ahorrar lo máximo posible antes del campeonato mundial. Por la mañana, salieron uniformados, igual que la selección húngara, que ha venido a entrenar con ellos, pero volvieron con otras camisetas. Como no fue una, ni uno, sino todos los que dormían aquí (cuatro, contando a mi pareja), les pregunté y me dijeron que habían tenido problemas en la calle por vestir el uniforme de la selección. Lo cierto es que no sé qué me sorprendió más, si el hecho de que tuvieran problemas o que los tuvieran en Hospitalet de Llobregat, que es el homónimo a tenerlos en la Badalona sui generis de Manolo Escobar o el San Adrián del Besós de Pérez Andújar.

Asumo que siempre hay imbéciles —y que esto es un ejemplo de ello, no una generalidad—, que la imbecilidad parece contagiarse y polarizarse en este país con pasmosa rapidez; que nos quejamos de no ser escuchados, sin escuchar; que queremos sentirnos parte de algo sin permitir que el resto tengan ese derecho. Pero es tragiquísimo —y un poco tragicómico, y esperpéntico a lo Valle-Inclán— cuando la política llega a la calle: unos pitaban, otros increpaban; también había quien confundía deporte y política, y aplaudía. Hay idiotas que se creen que el problema es que la selección española vista el uniforme de la selección española, o que una persona se envuelva en una bandera de España o la plante al sol en su balcón, o que esto último sea entendido como una provocación y tengan que aparecer otros tantos memos que responden con esteladas, o a la inversa: plantar en tu casa esteladas, senyeres o banderas republicanas y rojigualdas por sentimiento no tiene nada de malo, ¡faltaría más!, aunque me preguntó quién lo hacía antes de considerar que la libertad del prójimo no era más que un ataque a la suya propia.

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En cualquier caso, los charnegos que ya se sienten catalanes en la periferia —y lo digo metiéndome en el saco, y con orgullo—, aún no han aprendido que nadie pertenece a Barcelona por el mero hecho de vivir en ella, ni siquiera de haber nacido aquí. Lo dijo uno criado a los pies del río Besós, no del Llobregat, pero tanto da: «En Barcelona se está en el cuarto de los invitados durante un par de generaciones, y luego ya se accede al cuarto de servicio. Porque de Barcelona solo se es por familia y por dinero, en riguroso orden.» Quien crea que despreciar o condenar una bandera es lo que une a un pueblo o a una nación, descubrirá antes o después que él, o ella, no es más que carne de cañón de políticos despiadados y vacuos.

Por mi parte, hace mucho que perdí la pasión por el fútbol, pero, casualidades de la vida, hace solo un par de semanas que hicimos un viaje familiar al pueblo del que hablaba por ahí arriba. De camino, decenas de personas saludaban envueltos en banderas independentistas en los pasos elevados de la AP-7, los puentes se habían adornado de lazos amarillos y yo les sonreía, feliz, y les devolvía el saludo conduciendo hacia Gerona. Hoy, no puedo dejar de preguntarme cuánta gente me hubiese mirado con desprecio si siguiese vistiendo parte de la equipación con la que soñaba con ser como Guardiola, Bakero o Luis Enrique en el verano del noventa y ocho: con Raúl no, que era del Madrid. Ya hubo imbéciles entonces que confundieron la pasión por el deporte de un chaval con la política —siempre los hay— y me gritaban, ¡y viva España!, cual Manolo, pero ¡coño!, ahora parece que todos estos capullos salen de debajo de las piedras.

Ideas que inspiran

Estos días de calor asqueroso y vacaciones me he aficionado a las charlas TED y TEDx. Quizá no sabes qué demonios son, pero lo más probable es que hayas visto unas cuantas en el Facebook, o te hayan enviado alguna por el WhatsApp; también es posible que el ponente de esa charla tan inspiradora no te haya hecho ni fu ni fa, pero, en realidad, eso es lo mejor de esta plataforma-oenegé: recoge ideas dignas de difundir para todos los públicos; algunas te pueden cambiar la vida, otras no; la mayoría de charlas abrirán un poco más tu mente, que no es poco. Ahí te vas a encontrar desde Monica Lewinsky hablando sobre ciberacoso —y créeme, esa chica sabe bien lo que dice— hasta biólogos marinos como Carl Safina que te explican qué sienten y piensan los animales; novelistas como Amy Tan, Abha Dawesar o Chimamanda Ngozi disertando acerca de la creatividad, la escritura en el mundo digital o la pobreza y el daño que pueden hacer una narrativa única, tanto en la literatura como en nuestra relación con otras personas, países y continentes.

Y hablando de narrativa, quizá ahí está la clave del gran éxito de la comunidad TED, en que las charlas no tienen una narrativa única, sino que poseen una multiplicidad de lecturas: Carl Safina habla de animales, pero, a la vez, habla de nosotros como especie, Juan Pablo Escobar relata la historia de su padre, pero también la del narcoterrorismo y el narcotráfico en Latinoamérica; lo mismo hacen ponentes como Ken Robinson, Yordi Rosado, Simon Sinek, Sam Berns o Robert Waldinger; y estos solo son algunos de los nombres y de las historias que me han llamado la atención, entre cientos, porque lo mejor es que es una experiencia que nos permite acercarnos a otras formas de pensar, ver y sentir y, en parte, hacerlas propias. Hay miles, y miles más, pero esto funciona de la siguiente manera: uno se relaja un rato, y escucha con atención lo que esa gente tiene que decir; después se deja guiar por sus intereses, o descubre otros nuevos. Vale la pena, en serio.

Chimamanda Ngozi Adichie | The Danger of a Single Story

El peligro de una sola historia

Ken Robinson | Do Schools Kill Creativity?

¿Las escuelas matan la creatividad?

Sam Berns | My philosophy for a happy life

Mi filosofía para una vida feliz

Monica Lewinsky | The Price of Shame

Simon Sinek | How Great Leaders Inspire Action

Cómo los grandes líderes inspiran a la acción

Amy Tan | Where Does Creativity Hide?

¿Dónde se esconde la creatividad?

Tim Harford | How Frustration Can Make us More Creative

Cómo la frustración puede hacernos más creativos

Emilie Wapnick | Why Some of Us Don’t Have One True Calling

Por qué algunos de nosotros no tenemos una verdadera vocación

Abha Dawesar | Life in the «Digital Now»

La vida en el «ahora digital»

Olutimehin Adegbeye | Who Belongs in a City?

¿Quién pertenece a una ciudad?

Jennifer Dahlgren | El martillo volador

Ari Wallach | 3 Ways To Plan for the (very) Long Term

3 formas de planificar para el (muy) largo plazo

Yordi Rosado | El cerebro de los adolescentes y ¿por qué actúan así?

Pablo Fernández | Lo imposible está en la mente de los cómodos

Sebastián Marroquín | Pecados de mi padre


NdA (@jvruiz) : Aquí dejo una lista con las 25 charlas TED más populares; quizá os interese más que esta lista mía, que no deja de ser más personal que la anterior.

El Infierno son las rondas

Si no eres de Barcelona, o nunca has visitado la ciudad, quizá no tienes ni idea de cómo se estructura aquí el tráfico ni por qué el Infierno tiene forma de vía de circunvalación. Es un fenómeno curioso, verás: tenemos tres rondas: la Ronda de Dalt, la Ronda del Mig y la Ronda del Litoral. La de Dalt fue la última en llegar, y cuando el imaginario colectivo todavía no había olvidado lo del segundo cinturón, ya se daban las primeras retenciones. Los atascos, además, llegaron acompañados de una cicatriz que se ha mal curado en los barrios de Horta-Guinardó y quizá en algunos puntos de la Gracia que, incluso a los de aquí, casi se nos olvida que es Gracia —Vallcarca i els Penitents— y Sarrià-Sant Gervasi, donde hay más pasta para insonorizar ventanas.

Pero sobre la historia de los cinturones, y el por qué dejaron de llamarse cinturones, Enric Sierra, subdirector de La Vanguardia, tiene una columna muy esclarecedora titulada Cuando el cinturón perdió el nombre; yo poco más puedo añadir ahí. También hay noticias suficientes acerca de las reivindicaciones de los vecinos y del mosqueo ante tanta tomadura de pelo con la cobertura de la vía, y de la guerra que lleva veintiocho años reivindicando una muchedumbre que se nos ha hecho anciana… Este tema da para mucho.

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Fotografía de archivo que muestra las obras de construcción de la Ronda del Litoral, en 1989. Al fondo se pueden ver las Torres Mapfre, también en construcción.

A grandes rasgos, parece ser que la crisis financiera de 2008 salvó a Barcelona de colapsarse antes (qué ironía, ¿no?), pero ya hace un par de años que, por todos lados (aquí, por ejemplo), alertan de que la recuperación trae consigo serios riesgos para el tráfico en la ciudad. ¿Y cuál es la solución planteada? La restricción parcial de coches y el desmantelamiento paulatino del parque automovilístico. Y, con razón, me dirás: «¿Y te parece mal, Javier? Se está haciendo en todos lados.» Y a mí me parece de puta madre —en especial, frente a los niveles de polución a los que nos enfrentamos en Madrid o Barcelona—, pero con cabeza.

Vamos a hacer un poco de historia para que se entienda. Un Once Upon a Time de esos. Hubo un tiempo en el que las aglomeraciones en la ciudad —en especial en una ciudad como esta, limitada en dos de sus cuatro direcciones por mar y montaña— se resolvieron chutando gente a las cercanías y prometiendo unas buenas comunicaciones que nunca han llegado. Más tarde, este modelo se ha invertido: a nivel ecológico y económico, es mucho mejor concentrar gente en vertical que extender viviendas en horizontal (servicios, calefacción, infraestructuras, etcétera). Sin embargo, a nivel de transporte, ni se hizo la inversión entonces, ni se han buscado alternativas durante todos estos años. Esta falta de previsión viene de lejos, es casi una tradición, eso sí: para muestra, cuando se inauguró el tramo completo de la Ronda de Dalt, en 1996, los seis carriles —tres en dirección al Besós y tres en dirección al Llobregat— eran insuficientes para acoger el tráfico de la época: no se supo ver más allá de los JJ. OO ni se proyectó siquiera una posible ampliación o un probable aumento del tráfico de la capital catalana.

La respuesta política en Barcelona ha sido eliminar plazas de aparcamiento público y carriles para la circulación e incentivar la bicicleta. ¿Funciona? Parece que no. Desde 2011 (según El País: La cifra de ciclistas diarios se mantiene estable) a 2017 no ha habido cambios (190.000 personas aparcan el coche para desplazarse en bici): unos 400.000 en toda Cataluña. Ni puñetera idea de cuántos de estos viven en la capital: no he conseguido encontrarlo. Lo que sí sé es que estas actuaciones no pueden solucionar el problema de un buen porcentaje de municipios con accesos deficitarios a Barcelona mediante el transporte público: las 800.000 personas que viven en el Baix Llobregat, por ejemplo. Visto así, por lentas e infernales que sean las rondas, el coche es una ayuda. A todo ello se suman los retrasos de RENFE y la limitación de las rutas acogidas por los Ferrocarriles de la Generalitat de Catalunya, que apenas han incrementado el número de usuarios en una década: algo no se está haciendo bien.

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Trabajos de construcción de uno de los túneles de la Ronda del Litoral.

En cualquier caso, la decisión está tomada: limitar vehículos a partir de 2019 y renovar el parque automovilístico antes de 2025. Habrá quien diga que es poco tiempo, pero a mí me parece más que suficiente para adaptarse al cambio. Y este es el otro gran problema del que no he oído hablar ni la DGT, ni el RACC ni a ningún gurú de la circulación: limitar las emisiones de CO2 es una buena noticia, ¿pero cómo planteamos terminar con los atascos? ¿Acaso el planeamiento urbanístico los da por perdidos? Desde luego, esa es la impresión. Y peor todavía: ¿por qué no se plantea ningún tipo de control de la circulación interna? Estamos convencidos de que todas las grandes vías de las capitales —en Barcelona: las rondas, la avenida Diagonal, la calle Aragón, la Gran Vía de les Cortes Catalanas, etc.—, se colapsan por ese porcentaje de personas que tienen que utilizar su vehículo para desplazarse desde fuera de la ciudad a la misma, y viceversa. ¿Y todo el tráfico que coge el coche por comodidad para ir a trabajar a dos barrios de distancia?, ¿y el colapso que agravan las entradas y las salidas de los colegios? Porque, vale, por la mañana quizá se unen niños y adultos, pero si en España el 90 % de los trabajos terminan más allá de las seis de tarde, ¿por qué cojones están colapsadas las carreteras a las cuatro, y a las cinco, y a las seis? Por esto mismo, cada verano nos queremos creer que la (relativísima) fluidez del tráfico se debe a que la gente se ha largado de vacaciones, y no a que han cerrado colegios, y a que somos demasiado cómodos para coger el metro o el autobús para ir a buscar a los críos.

En definitiva, no hay dinero para invertir en transporte público, no hay ganas de usarlo y nos puede la comodidad. Pues estamos apañaos. Y habrá quien crea  que el Infierno son las rondas, pero no, como ya ocurría cuando Sartre escribió El ser y la nada, el Infierno siguen siendo los otros.


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¿Qué va a saber Mario?

Baudelaire no es más de un francés que mío. De veras. Quizá por esto tengo tantísima facilidad por cagarme en los nacionalismos (incluso hoy), y me atrevo a cribar a la gente que conozco a través de esas emociones que exhiben o esconden, porque casi nunca hay medias tintas. Me agrada saber si se consideran patriotas, o sienten la tierra, que es algo que yo nunca he entendido: si lees la Historia, el estado ha sido siempre el gran Leviatán que enviaba a sus hijos a morir a las guerras, y, hoy, de tintes más moderados, solo los esclaviza en trabajos precarios y les roba el futuro. Ha mejorado la cosa, pero no mucho.

La patria es mierda, y, a menudo, muerte. Imaginar que la patria es el arte, las letras, es tan idiota como creer, a pies juntillas, que de verdad importa quién llegó antes a la luna, si los rusos o los americanos. Ni el arte ni la ciencia corresponden a un país, sino a la humanidad, y, como mucho, a las personas que llevaron a cabo tal gesta. Al Vargas Llosa de La ciudad y los perros, al Baudelaire de Las flores del mal o al Cervantes de El Quijote. Y ni ellos no son tan dueños de su obra como historia de otros, porque ni Vargas Llosa ni Baudelaire ni Cervantes supieron en su puñetera vida que eran Vargas Llosa, Baudelaire y Cervantes. Y el primero, que aún vive, ¡ni tan siquiera lo sabe hoy! ¿Qué va a saber Mario? Estará ocupado con la súcubo aquella, pero ni reputa idea tiene de hasta dónde ha llegado la proyección de su ser en otros. Puede imaginarlo, claro, y regodearse en ello: aunque haciendo esto me imagino más a Javier Marías, por ejemplo, encerrado en un cuartucho lleno de librerías repletas de libros ya abandonados, fumando, siempre solo, frente a su máquina de escribir demodé.

Vargas Llosa - Isabel Presley
Una fotografía de Vargas Llosa junto a Isabel Preysler (2015).

Y esto pasa en cualquier arte. En el cine, por ejemplo, y a Federico Luppi, que se nos fue. A Luppi le dieron una perita en dulce con aquella película de Adolfo Aristarain coprotagonizada por Juan Diego Botto. El personaje de Luppi era un cineasta, expulsado de la Argentina, apátrida, burgués, burgués de esos que se flagelan hablando de aquella revolución de la que se tiraron en marcha… pues, ni con todo esto, llegó tan lejos como hubiera merecido, ya que no era una película gringa: era una coproducción española, y Federico, que no se sabía Luppi, tampoco era —yo qué sé— Anthony Hopkins o algún otro viejales (¿Connery?), y luego se murió, y antes de esto, pegaba a las mujeres que tenían la mala pata de tropezarse contra él, el muy hijoputa, y ahora, quizá con razón, la vida condena al arte. Pero a lo que iba, lo que decía Luppi —bueno, el personaje—; decía: se estima a la gente, y no al país, ni tan siquiera al barrio; la patria es un invento, cojones; cojones que aquí agrego yo.

Luego se acabaron las historias de fachas, porque gobiernan en Argentina, y también aquí, pero yo hace mucho que supe de esto, y vivo tranquilo en cualquier lugar, puesto que de adolescente leí a un ruso de esos del siglo diecinueve, cuando por allí todo despertaba, y empezaban las peleas, y él se gritaba, y se despreciaba con los Marx y con los Engels, y decía: Mi patria es el mundo; mi familia la humanidad.

Pues ya está, coño.

Las calles están que aúllan

La Manada… ¡menudo nombre! La Manada son ellas, ¡que han demostrado todo lo bueno de esa palabra! Y no cinco violadores cobardes, basura de la peor calaña, que no han tenido valor ni para admitir su culpa.

Hoy, sigo creyendo que el camino es el de las verdaderas manadas: las de los siempre sufridos lobos ibéricos, que son familias, y las de las mujeres valientes que inundan las calles de esperanza. Sigo creyendo que unidos somos más, que ellas no nos necesitan, pero, joder, ¡vamos a estar ahí!, a su lado, porque eso es ser hombre, y ser persona, también. Sigo creyendo que no hay nada que no podamos cambiar, que hay que seguir saliendo a la calle, y que no nos van a callar, ni a vencer.

la-manada

Hoy, me da pena España, que maltrata y encarcela a los catalanes que quieren un referéndum, a los raperos que denuncian las injusticias levantando la voz; me da pena el poder, que sigue llenándose la boca con ETA, y generando conflicto, y dividiendo, en Alsasua, en Cataluña, en Murcia, y hasta en la Audiencia Provincial de Navarra; sobre todo en la Audiencia Provincial de Navarra, donde dicen que cinco hombres metiendo a una chica en un portal y rompiéndole el cuerpo y el alma no es violación, es abuso.

Me dan pena los españoles —y me da igual que sean vascos, catalanes o madrileños— que creen que el Código Penal son las putas tablas de Moisés, los que dicen que la ley llega hasta donde llega, y los que aprovechan para hacer política incluso aquí.

Me da pena España, y el Gobierno, que no es que se crean canovistas viviendo en el siglo XIX, sino que, excepto por las pantallas de plasma donde se oculta el presidente, se atreven con el disfraz del Leviatán de Hobbes, condenando al peor absolutismo a sus votantes, y peor, a los que ni se les ocurriría votar a esa mafia. El lobo es un lobo para el hombre, ¿eh? Vosotros lo que sois es basura humana, bastardos hijos de puta.

Violaron a una niña de dieciocho años que se fue de fiesta, y encima la han juzgado a ella: que si seguía con su vida, que si consentía, que si no se defendió frente a cinco malnacidos que no valen ni el aire que respiran. Han estirado la sentencia tanto como les ha sido posible, han esperado, a ver si se enfriaban los ánimos; se han atrevido a decirle a la víctima que disfrutó, que es culpable de no haber muerto, que nadie la va a creer. Pues aquí no se ha enfriado nada: y yo sí la creo; joder, si la creo, y sé que todo el mundo te cree, y que las calles son nuestras y ya pueden empezar a cambiar las cosas, hermana, porque, las calles están que arden, las calles están que aúllan.

Que se preparen.