La vida no se recupera

La vida no se recupera - Los de traje y corbata (Bárcenas & Mortadelo y Filemón)

A la mayoría de treintañeros ya no nos sorprende: se ha dicho por activa y por pasiva y, sobre todo, lo hemos vivido en las propias carnes. No podemos esperar lo que tenían nuestros padres, ni en el trabajo, ni en el ahorro, ni en casi nada. ¿En qué se traduce? Menos poder adquisitivo, futuro incierto, ocio low-cost, entre otros.

No sé si viviremos peor, o ya lo hacemos, pero está claro que la estructura social sobre la que todo lo demás se sostenía, ya no es la misma, y no tenemos muy claro hacia dónde va, que es lo peor. Por esto, siempre hay algún tarugo o taruga por ahí con aquello de «¡es que si quisieran esforzarse…!» sin ser consciente de que, cada generación, se esfuerza y juega con las cartas que le han tocado; y la nuestra, y futuras, no tienen una gran mano, la verdad. Revolución digital, nuevas formas de subcontratación, cambio climático, precarización, gentrificación…

A veces, se habla de hipotecar el presente, pero es un paralelismo de mierda. Cuando tú hipotecas tu casa, puedes recuperarla tras la devolución del préstamo; aquí nadie te va a devolver el tiempo, porque es lo único (al menos, por ahora) de lo que somos dueños. Pero como el tiempo de vida no te da de comer, sino más bien lo contrario, nos hemos contentado con cierta estabilidad, con no poner en tela de juicio el statu quo (pasamos de salir a la calle, de protestar, de exigir trabajo y vivienda digna) y seguimos comiendo tres veces al día, pagando Netflix y tomando una caña por encima de nuestras posibilidades. Después, aguantamos que unos economistas imbéciles nos digan que el problema son los gastos hormiga. Dime tú si no es para salir y quemar algo.

La vida no se recupera - Los de traje y corbata (Bárcenas & Mortadelo y Filemón)
Los de traje y corbata… ya se sabe. En la viñeta, un famoso tesorero hace un cameo.

Ya nos han vendido la moto. Lo ves en la gente, en cómo habla, en cómo piensa; en cómo se ha normalizado compartir un piso entre cinco, vivir en un estudio de veinte metros cuadrados por seiscientos euros de alquiler, y dos meses de fianza, y pago de un 10 % de la anualidad para la inmobiliaria. Todo eso, ya es rutinario: cobrar mil pavos y gastarse el 80 % en el alquiler, no poder vivir solo o sola, no poder independizarse. Y si no lo vemos normal, por lo menos, les seguimos el juego. En lugar de preocuparte por la familia que se queda en la calle, nos creemos lo que nos dicen Bankia y Securitas Direct.

No duermes por las noches pensando en que alguien sin recursos va a ocupar la casa de un banco que dejo sin recursos a otro alguien. O como decía aquel famoso grafiti: «La vida es aquello que pasa mientras te preocupas de que no te ocupen la casa que no tienes durante las vacaciones que no puedes pagarte.» Mientras tanto, los ricos siguen haciéndose más ricos y los pobres más pobres. Sí, OK. No todo es blanco o negro, pero la mayoría son cortinas de humo (¡oh, qué casualidad!, de color gris).

Portada-Gentrificacion
Zona gentrificada. Y la gente pobre a tomar por… Que se vaya en silencio, por favor.

La mala noticia es que hay cosas que, probablemente, si no has vivido o puedes vivir ahora —tener tu espacio, independizarte con veintipocos, vivir en pareja, viajar mucho con los amigos—, quizá no puedas vivirlas o, por lo menos, no como las vivirías en este periodo. Nos toca, pues, cambiar y adaptarnos a modelos impuestos —alquiler, pluriempleos, compartir por necesidad, usar coches de tercera mano hasta los cuarenta— o buscar nuevas formas. Aquello de enrabietarse y patalear, suele ser poco funcional, pero quizá es momento de plantearnos como generación hacia dónde queremos ir, qué queremos hacer, cómo vamos a construir nuestro futuro.

En relación con la crisis de la Covid-19, el escritor francés Olivier Marchon dijo: «No somos los dueños del tiempo, y esa quizás sea la lección de esta cuarentena»; yo agrego algo: si la baraja está marcada, quizá está justificado mandar al crupier a tomar por culo (y buscarse otra sala de juegos). A partir de aquí, que cada cual aguante su vela y encuentre su propio camino, pero está claro que los que nos trajeron hasta aquí, están igual de perdidos que nosotros, así que, por mucho que sean tus padres, ¿no es momento de dejar de seguirles el juego?

Al fin y al cabo, la vida no se recupera.

Las pequeñas cosas que mueren

Calabaza - Ronda de Dalt - Las pequeñas cosas que mueren

En la salida 4 de la Ronda de Dalt, hay un ramo de flores y una calabaza. Siempre que voy a ver a mi madre, pongo el intermitente, cien o doscientos metros antes, y pienso: se lo tengo que contar. Llegó a su casa, y ya se me ha ido de la cabeza. En parte, por esto, he decidido hacer una pequeña columna sobre el tema.

Supongo que (a mí) me sorprende porque soy un tío curioso: de crío, era el típico niño que da por saco con el «por qué esto» y «por qué lo otro». Donde está la calabaza, hace un par de meses había más ramos, y una señal horizontal vencida y, delante, otra provisional, de peligro. Imagino que alguien —un motorista— tuvo un accidente y chocó con esa señal; después, tras el entierro, la gente fue a dejar flores donde falleció, pero hoy solo alguien especial, o un pequeño grupo, sigue acudiendo a la cita. Deja, o dejan, flores y una calabaza, quizá porque era un mote cariñoso, quizá porque le gustaba la crema de calabaza. Eso no importa al mundo, pero, para alguien, estoy seguro que se hace un mundo.

Un ramo y una calabaza

Son las pequeñas cosas las que nos definen. No es casualidad que allí, debajo de la nueva señal de ceda el paso, haya una calabaza y no solo un ramo; o haya una calabaza, y no  una nuez, o una manzana junto a las flores. ¿Qué es lo que más nos cuesta superar cuando alguien desaparece? Diría que es el hecho de entender y aceptar que hay que decir adiós a muchas cosas, que toca hacer un ejercicio de empatía (cagarse un poco en Epicuro y en aquel pobre consuelo del cuando yo soy, ella no es) y entristecerse por lo que esa persona ya no es capaz de sentir.

También hay siempre algo más egoísta, algo más personal.

Esa otra cosa es el decir adiós a las pequeñas cosas.

Esas cosas que le hacían único.

Esos rasgos, rarezas, pasiones que se habían construido y organizado en un ser y que jamás volverán a juntarse del mismo modo.

Esas cosas son las que (también) se van con la persona.

El hecho de saber decir adiós a todas esas pequeñas cosas es el luto más duro, porque, primero, se van con la persona; después, de nuestra conciencia, y, finalmente, quedan en un vacío tal, que ya no importa que hayan o no hayan existido; excepto para nosotros. Esa es la última muerte del que parte antes, la muerte que espera a la propia en la inexistencia.

Y supongo que, algo así, es lo que le quiero contar a mi madre cuando veo la calabaza debajo de la señal de ceda al paso, pero quizá es bueno que, al aparcar, lo haya olvidado; porque tampoco veo tanto a mi madre, porque tampoco nos vemos tanto; todos, nadie, en general. Y yo, por casa de mi madre, suelo pasar a merendar, que no es buena hora para la filosofía.

Pirotecnia y San Juan: «No eres tú, soy yo»

Un perro se esconde debajo de la cama por miedo a los petardos.

Nunca habían tardado tanto en tirar los primeros petardos. Han llegado, esta semana. Las casetas de venta también han abierto tarde. No es por la Covid-19, o no solo es por la Covid, sino por cómo hay cosas que van cuesta abajo y sin frenos, o eso creo.

Quizá me equivoco.

Quizá el mercado ha dicho: «Una po**** me arriesgo este año; mejor abrimos las tiendas tarde; luego, valoramos ventas y ya veremos qué se hace para el año que viene.»

A lo mejor yo le estoy intentando dar una lectura moral, y la cosa va de pasta.

Me ha pasado antes.

El grupo de WhatsApp, y la verbena de San Juan

Estoy en el grupo de WhatsApp de la urbanización, que yo me lo imagino como el típico grupo de padres de colegio. Gente que se pasa el día diciendo cosas políticamente correctas y esconde lo que piensa; luego, otros que están ahí buscando la dosis de interacción social que han perdido en otro lado, y los que lo tienen silenciado. Yo soy del tercer grupo. Abro y cierro cada 300 o 400 mensajes nuevos, pero hoy le he echado un ojo. Algunos hablaban de los petardos, de si podían tirar cohetes y cosas varias que explotan desde su casa, porque es injusto que no les dejen tirarlos en una urbanización de montaña.

Supongo que prevalecerá el sentido común, pero quizá algún idiota quema medio bosque.

No hay que cantar victoria. La estupidez siempre encuentra camino.

Lo que ocurre con los petardos es similar a lo que ha pasado con las mascarillas: responsabilidad individual, o ausencia de. Todo dios quiere democracia, pero, luego, te da palo ir a votar; también que quiten restricciones cuando baja la curva de contagios, pero sin estas, unos no saben qué hacer y otros se van a hacer botellón en burbujas de convivencia de setecientas cincuenta y siete personas.

Ah, la responsabilidad individual… Menuda zorra.

Roma (Pájaros muertos, 1 de enero)
Cientos de pájaros muertos en las calles de Roma debido a la pirotecnia del 1 de enero.

Ecologistas y animalistas que petardean

En definitiva, que el ecologismo, el animalismo y la responsabilidad individual están muy bien, pero el niño tiene que tirar «petardicos» (y el padre). Cuando llegan las verbenas, se nos olvida; nos vale todo: siempre ha sido así, es una tradición… pero, después, tildas al torero de imbécil por la misma frasecita; otro gran hit: la verbena es un único día (mentira, por cierto). En realidad, todas los que quieras: lo hace todo el mundo, no hacen daño a nadie, y blablablá.

La realidad es que es muy fácil llamarse ecologista cuando nada te afecta; es muy fácil decir que estás contra el racismo o a favor del feminismo, siempre que no cuestionen tus privilegios y, sí, es sencillísimo decir que no te gustan los petardos, mientras compras, y prendes, y lanzas, y das por culo a niños y niñas con TEA (o adultos), gente mayor, fauna salvaje, y perros, y gatos. Para cambiar algo, hay que ser conscientes todo el año, no cuando nos conviene.

¿Y si empezamos a hacer autocrítica? Podemos empezar por ser valientes para decir al padre, al hermano, al hijo: «No, no quiero petardos: yo estoy en contra por esto, esto y esto». Decir: oye, no quiero pirotecnia sonora, porque mata animales, hace daño: tiene consecuencias. Decir: no eres tú, ¿sabes?, soy yo también. Soy yo quien decide, quien da ejemplo, quien ayuda a cambiar las cosas.

¿Cómo daña la pirotecnia a los animales?
Gorrión muerto debido a la pirotecnia. Copyright: Animal Ethics.

Siempre estamos exigiendo a los políticos que sean valientes para actuar y legislar, pero ¿y nosotros?

La base de la democracia es la participación ciudadana, ¿no?

Pues empecemos a actuar.

Y no hablo de convertirse en policías de balcón, sino en posicionarnos (activamente) en contra de una tradición, en hacer carteles —como alguien que empezó a informar en Terrassa sobre los peligros de la pirotecnia hace unos días—; en atrevernos a educar, dialogar, y cambiar las cosas.

Deja de contentarte con lo que tienes; deja de contentarte con lo que eres: haz autocrítica y atrévete a seguir cambiando.

Entradas relacionadas sobre las consecuencias de la pirotecnia

Los árboles que crujen

Los árboles que crujen (fotografía, Cervelló - 2021)

Hay unos pinos en los bosques de por aquí que, a veces, crecen hasta quebrarse. Aunque me dé vergüenza admitirlo, yo los llamo «los árboles que crujen». Si caminas solo por las montañas, terminas familiarizándote con estos sonidos: el canto de los pájaros, el viento en los valles, los árboles que crujen. Hay algo de humano en esos pinos que suben hasta perder el equilibrio y combarse sobre sí mismos; entonces, es posible que caigan contra otros árboles —quizá, hermanos— y, con su peso, los arrastren en la caída.

Cuando me canso de caminar —a los diez o doce kilómetros, como mucho—, me siento, doy tregua a los perros (o ellos a mí) y miro los árboles. No sé qué es, pero algo proyectas en las ramas: en cómo crecen, en cómo bailan, en cómo mueren. Ya lo he dicho, hay algo de humano en los árboles que crujen. El observador poco experimentado quizá cometa un error de principiante e intente buscar solución, o respuestas; como mucho, se reirán de él o de ella y, por desgracia, puede que esas mismas risas le alejen de su propia naturaleza.

Los veteranos —los que hemos observado muchos árboles de los que crujen— sabemos cómo actuar: hay que quedarse quietos, callados, y contemplar su balanceo a favor del viento. Si esperas lo suficiente, quizá veas cómo el tronco termina por quebrarse, y el árbol cae: aquí puede morir solo, o matar muriendo; si ese día no cae, no te angusties, porque, cuando asistes a alguna de las escenas de esta historia, puedes tener la certeza de que se trata de la crónica de una muerte anunciada. Solo es cuestión de tiempo: puede que vuelvas otro día, y te hayas perdido el clímax, pero no es habitual llegar tras los créditos. Si dejas pasar mucho tiempo, el árbol ya no crujirá, pero seguirá ahí: en el suelo.

Quizá alguien haya salvado, alguna vez, un árbol de los que crujen. Es viable, en teoría. Podrías coger altura y ayudarlo: reducir el peso de su copa, su altura, su rápido crecimiento. La tragedia, sin embargo, es que el árbol que cruje no es más que la suma de una serie de malas decisiones, un cúmulo de errores que lo llevará al suelo. Podrías cortarlo, pero solo conseguirías hacerlo brotar con más fuerza, provocar una caída todavía más enérgica y darle un final mucho menos digno. Si los árboles que crujen pudiesen hablar, se cagarían en todos tus muertos por atreverte a hacer algo así, ¿sabes? Porque no hay fracaso peor que aquel que uno puede cargar en los demás. No sería verdad, claro, porque fue el árbol quien creció demasiado rápido, endeble, maquinal incluso, pero también él o ella vería antes la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio.

Lo más justo es dejar que caiga. Puede parecer duro, pero, de las caídas, se aprende. A todas luces, los árboles que crujen son el corazón del bosque. El árbol que cruje morirá, pero en su sitio renacerá otro que no crecerá ni tan rápido, ni tan endeble, ni tan maquinal. Si en el transcurso de su muerte, carga contra otros árboles, estos otros no crecerán tan cerca, sobreviviendo solo aquellos fuertes para soportar las embestidas de sus compañeros o lo suficiente audaces para no entrometerse en su camino. De las caídas de cada árbol, el bosque aprende. ¿No es eso lo que nos ocurre a nosotros con los errores? Observar los árboles que crujen es, de alguna manera, comprender algo de la propia naturaleza: pues, los errores propios son aquellos que más nos cuesta aceptar, pero también los que nos permiten crecer. Después, el bosque se enriquece.

Estar aquí

Estar aquí - disfrutar del presente (1) 72kilos

Hay que hacer listas para ir a la compra y apuntar las citas en un calendario. Te puede gustar o no, pero así es la vida. Si no, irás al supermercado y se te olvidará comprar papel higiénico, o se te pasará la revisión con el dermatólogo y resulta que era candidiasis, que se pone peor la cosa.

Cuando te quieres dar cuenta, vas en piloto automático. Así, pasan los días. Lo del piloto automático es eso que dice la gente de que el tiempo va más rápido cuanto más mayor te haces. Todo [eso] es falso, salvo alguna cosa, como dijo M. Rajoy. Lo que sí es cierto es que te dejas llevar por la inercia. Bueno, claro, un adulto tiene más responsabilidades que un crío o una cría, ¿y qué? No te flipes; tampoco tantas. ¿Cuántas te pones tú?, ¿o yo?, ¿o cualquiera? La hipoteca, por cojones; el deporte día sí, día también; ganar por lo menos… et-cé-te-ra.

Yo, por ejemplo, hacía muchas cosas por creer que era lo que se esperaba de mí: no-sé-quién está deprimida, es mi obligación que no lo esté; mi pareja quiere ir a ver a su familia cada vez que podemos coger vacaciones, habrá que ir; Mengano (agárramela con la… ¡perdón!) me ha pedido un favor… ¡¿cómo voy a decirle que no!? ¿Cómo voy a negarme o a hacer lo que yo quiero? O, dicho de otro modo, ¿cómo voy a ponerme yo como prioridad?

Estar aquí - disfrutar del presente (1) 72kilos (grande)

Un día, te paras, aunque sea porque estás reventado de ir siempre a diez mil revoluciones, y aparece la pregunta: ¿Qué cojones es lo que quiero? Esa pregunta es la crisis de la adolescencia, la crisis de los cuarenta, la crisis del jubilado. Es la misma, pero la vida va pasando y, como la mayoría seguimos igual (ahora te cuento), se repite, y repite, y repite. ¿Y sabes qué hacemos? Seguir corriendo hacia delante. Y tenemos los santos cojones, u ovarios, de decir: ¡es que la vida va cada vez más rápido! ¡No, cabrón! Es que tú vas corriendo to’follao.

¿Tú te has parado a pensar en esto que estoy contando? ¿Por qué tanta gente envidia a los niños y los animales? Porque saben vivir mejor, esa es la típica respuesta. No es que no hagan lo que tienen que hacer, ¿verdad? Comen, y duermen, y cagan, y hacen los deberes (cada especie, los suyos). Eso sí, cuando están haciendo algo, están aquí, haciendo ese algo, haciéndolo «de verdad». Sea tostándose al sol, como no has visto tú en tu vida a alguien disfrutando del Sol, o inventándose una historieta con el barco pirata de Playmobil (¿existe aún?). No están pensando en las siete cosas distintas que tienen que hacer luego.

No tienen nada de malo las listas, ni los calendarios, ni el compromiso; incluso hay obligaciones que, bueno, estamos obligadas a hacer: la mayoría, tenemos que trabajar para vivir, pero ¿qué más? Vale, limpiar la casa para no movernos entre la mierda, comprar, cuidar de los  críos, el hámster o la abuela, si tienes. Si te pones así, no hay tantas cosas que hacer por obligación. Y hay días difíciles, y días menos difíciles, pero quizá la clave está en dos pequeñas cosas que casi siempre pasamos por alto.

Por un lado, creer que la mayoría de las cosas que hacemos no pueden ser de otro modo. En realidad, si estás en pareja, es porque quieres estar en pareja; si te apuntas a kárate, a bailes de salón, o a hacer pasteles y no te gusta (o no te hace bien), no tienes por qué seguir yendo. Incluso si no quieres visitar a tu madre o a tu abuela, si eso es lo que sientes, no lo hagas. Tú sabes qué te aporta y qué necesitas en cada momento, pero ahí es cuando hay que ser valiente y afrontar la incertidumbre. Esa es la gran trampa de las obligaciones: la certidumbre es enfermiza, nos pone malísimos, pero te vende la mentira más peligrosa que existe: todo es de la única forma que podría ser. 

Dedicarse tiempo a uno y cuidarse, 72kilos

Por otro lado, quizá necesitamos aprender y entender que nada se repite. Todo fluye, y cambia, y termina. Si tuviésemos esto más presente, no nos preocuparíamos tanto. El niño llora, y te despierta, y da por culo; el perro se ha comido el sofá; la abuela ha tenido que venir tres meses a casa porque le han detectado un cáncer. Pero en un pis-pas, el niño crecerá, y se irá de Erasmus a echar cuatro polvetes, y cogerá la candidiasis que había por ahí arriba, y no querrá saber nada de ti; el perro envejecerá y solo durante unos meses será ese cachorro enérgico y un trasto, y la abuela morirá, quizá no del cáncer, pero probablemente mucho antes que tú, y la echarás mucho de menos, y pensarás que vaya mierda, porque las abuelas de los demás duraron mucho más que la tuya. A mí me pasa eso, no creo que sea tan raro.

Hace ya bastante tiempo que medito, o hago mindfulness, o atención plena, o como quieras llamarlo (que ahora tiene muchos nombres, como todo), y es complicado, y difícil de explicar, y tendríamos que hablar de conciencia y consciencia, y de la respiración como ancla, y de pensar y observar, y de dedicarte tiempo a ti, y de muchas más cosas. No obstante, yo lo resumo en lo siguiente: estoy aquí, respirando y, entonces, te das cuenta de que estar aquí es todo lo que importa. A veces, parece una gilipollez, pero no lo es.


Las ilustraciones pertenecen al artista 72kilos a quien, si sois gente de bien, seguiréis por Instagram y compraréis sus libros.

España no ha envejecido bien

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Se nos ha pasado un poco aquella primera euforia por hacer cosas y aprovechar el tiempo. Será que empezamos a estar hartos de encierros: en casa, en el municipio, en el trabajo, ya sabes. La realidad es que, ahora, pero no hace un mes, nos toca ser coherentes de nuevo: en Navidades, fiestas de guardar y cuando tocaba salir a las rebajas, no. Ahí, despiporre y, luego, día de la marmota y más «quemaos» que Bill Murray en la puta peli.

No voy a repetir más de lo mismo, porque ¿para qué? Es cierto que la gente no se comporta como en China, es cierto que España no es Alemania, que la (mayor parte de la) prensa vendería a su abuela por un par de birras (o un succionador de clítoris, que están de moda) y blablablablá.

A mí lo que me toca los huevos es que nos traten como niños, y encima que encuentren apoyo en innumerables grupos de población. Las medidas son necesarias, las explicaciones también.

Mientras tanto, los yayos, cagados, repitiendo una y otra vez que todos a casa hasta que pase la pandemia, y que la juventud es la única culpable, porque es muy mala, porque quiere vivir un poco y echar un polvete. Los autónomos que ya no saben ni porqué lloran. Las 150.000 empresas que tienen que cerrar antes del verano.

marquesina-coronavirus
Una marquesina en Asturias para concienciar a la población española sobre las medidas de prevención de la Covid-19.

Sale el presi del Gobierno y presenta nuevas medidas y planes de vacunación, pero la realidad es que hemos vuelto a los gobiernos de cifras y letras: quizá aquí nunca los superamos. Que sí 72.000 millones de euros de ayudas, que si 200.000 nuevas plazas de formación profesional.

¿Sabes a qué gobierno respetaría yo? A uno que me dijese:

—Señoras, señores; hemos revisado las cuentas y no podemos poner cuotas de autónomos por tramos de ingresos, porque se nos va a la mierda el país, que lo aguantan ustedes: sigan agarrándose los machos, gracias.

O:

—Oigan, ya sabemos que suena impopular, pero lo que toca ahora es no Navidad, no fiestas de guardar, no compras ni aglomeraciones, nada abierto, no ver a los tuyos durante 15 días, o 30 días, o lo que toque, pero explicao’ y argumentao’.

Y después:

Nos equivocamos.

O todo lo contrario:

Aquí están los números y las interpretaciones pertinentes: pueden ver cómo teníamos razón.

Lo que harta es que te traten como un crío y te manden a tu habitación, pero allí nadie te lleva comida, ni ropa, ni te paga las facturas; harta llevar un año entrando y saliendo para trabajar y poco más y, sobre todo, harta ver cómo los intereses políticos priman sobre los sanitarios, los laborales y los sociales. Hemos ido a caer en una suerte de 1984, orwelliano y cutre, donde todo lo colectivo, todo, prima sobre el individuo y su individualidad y empieza a asfixiar. ¿No se suponía que el ciudadano debía querer pertenecer al grupo? ¿No se suponía que ya habíamos superado aquello del despotismo ilustrado? Luego, nos encontramos con escenarios como el que describe el «menda» para terminar.

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Los actores Ángel de Andrés (1951-2016) y Carlos Iglesias (1955).

Unos cuantos amigos, de amigos, de amigos: algunos autónomos, otros funcionarios del estado, otros parados de larga duración o acogidos al ERTE. Pues unos y otros me cuentan que se hacen la declaración de responsabilidad que piden al trabajador autónomo, otros van con su «papelajo», porque hoy han trabajado, el de la esquina que vive en la esquina y los del ERTE de hace un año que han visto demasiado Mad Max y todo se la pica un pollo; pues, todos estos amiguetes que antes que trabajadores son personas, se juntan en un local que tienen, se echan unas cervezas y se cagan en tó. Y, luego, se van, y besan a sus parejas o a su perro (si yo fuese uno de estos, que juro solemnemente que no lo soy, pues, besaría a mi perro, porque no tengo chicas cerca que se dejen besar), y recogen al crío del cole, y acompañan al yayo a urgencias, porque le ha reventado el bazo y ni quisqui le hace caso en el teléfono ese que han puesto para pasar consulta por telepatía telefónica.

El problema es que esto no ocurre con esos amigos, sino con todo dios, porque si no hay medidas claras, ni hojas de ruta, y encima te culpan de las cagadas propias y de las ajenas, terminas por gritar aquello de o jugamos todos, o rompemos la baraja. Que ya lo decía mucho el gran Ángel de Andrés en la mítica serie Manos a la obra, que quizá no ha envejecido bien, pero estamos viendo que España tampoco.

Esta entrada fue publicada, originalmente, en Metepatas el 24 de enero de 2021blog que reabsorbió un celoso Doblando tentáculos en 2021.

Wabi-sabi y las cicatrices que nos embellecen

El wabi-sabi cultiva todo lo que es auténtico reconociendo tres sencillas realidades: nada dura, nada está completado y nada es perfecto.

Richard R. Powell, Wabi Sabi Simple: Create Beauty, Value Imperfection, Live Deeply

Hay un término japonés que me gusta más que cualquier otro. Quien me conozca un poco, quizá intente adivinarlo, pero la caga seguro. Puede que piense en conceptos como rei (令; respeto, cortesía), makoto (誠; sinceridad), meiyo (名誉; honor) o chuugi (忠義; lealtad). Este último, por ejemplo, es importantísimo para mí: ser leal a los demás y a mis propias convicciones. Sin embargo, y aunque choque, el término del que hablo es el Wabi-sabi (侘寂), pero ampliado hacia las relaciones humanas

Confieso que siempre me ha atraído el pensamiento oriental y, en cambio, nunca he conseguido profundizar en la literatura japonesa: qué vergüenza (mentira: no me da ninguna), ¡con treinta y tantos que tengo ya! He leído lo típico: Natsume Sōseki, Yukio Mishima, Jun’ichirō Tanizaki, Kyōka Izumi y me atrevería a decir que algo de Köbö Abe. Conozco el porqué: es por su estilo. Un profesor de escritura que tuve hablaba siempre de orientalizar como sinónimo de reducir o dejar el texto en su esencia, pero a mí casi toda la literatura oriental que he ojeado me resulta terriblemente enrevesada en su expresión. Supongo que son culturas que han mantenido el pensamiento, el debate y la meditación en el centro de su vida, pública y privada, y eso pesa: quizá si Roma no hubiese colapsado, nosotros también escribiríamos así.

De vuelta al Wabi-sabi este es, por definición, un término estético que describe la belleza de la imperfección. A menudo, se conecta con la práctica del kintsugi (arreglar objetos rellenando las grietas con oro para devolver la funcionalidad a la pieza y, a la vez, acentuar esa imperfección), pero es una idea que podemos encontrar en todas partes. El concepto nace vinculado al Tri-Laksana, una de las enseñanzas fundamentales del budismo, que dice así: no hay nada que dure, esté completo o sea perfecto. Cuando leo sobre las tres características de la existencia para los budistas, recuerdo también a Bruce Lee —encajonado y reducido a la cultura pop—, que nos habló a los occidentales de que el cambio es algo natural y de cómo fluye la realidad.

En las calles de Japón, el Wabi-sabi se acerca al rusticismo, al minimalismo y a la naturaleza. En El elogio de la sombra, el autor describe cómo la oscuridad, en todas sus formas, define positivamente la estética japonesa en contraposición con nuestra concepción del arte y el diseño. Entre otras cosas, Tanizaki habla de un retrete exterior integrado en el bosque —si no recuerdo mal—. Allí, la imperfección, la impermanencia y el cambio natural juegan un papel fundamental en la forma en la que un cagadero se integra en el espacio: es el wáter lo que se naturaliza en el Japón, eso es lo que se valora; por el contrario, en Occidente crearíamos un entorno artificial con ese objeto en el centro: no lo dispondríamos como un elemento más que tratase de no alterar el conjunto.

Pero ¿qué tiene que ver todo esto con las relaciones humanas? ¿Se me ha ido la olla? Pues no. Todos nosotros arrastramos heridas, visibles e invisibles, e incluso decidimos mostrar algunas de estas lesiones internas a las personas que nos importan. Para mí, el Wabi-sabi no solo me conecta con el hecho de que cualquier evento, relación o instante sigue las mismas tres grandes verdades del Tri Laksana, sino que aceptar esto y embellecer nuestras cicatrices —aprendiendo, compartiendo, empoderándonos a través de ellas— es imprescindible para conectar con las personas que nos rodean.

Hay mil cosas que nos acercan a los demás, pero la conexión más perfecta entre dos personas —en especial, entre dos personas que se eligen— también debería fortalecerse recordando que reconocer las cicatrices del otro es también ser parte de esa materia que las baña en oro y las hace refulgir. A nivel humano, el Wabi-sabi es aceptar la parte oscura, imperfecta, cambiante, que todos tenemos y, todavía más importante, aceptar la de los demás, no como un ejercicio de empatía o bondad, sino comprendiendo que tanto el yin como el yang es aquello que define nuestra esencia y quiénes somos.


En los enlaces siguientes puedes leer más sobre Paige Bradley y sus bronces figurativos. Me parece importante atribuir tras coger una de sus obras más conocidas y utilizarla para ilustrar esta columna de opinión.

Esta entrada fue publicada, originalmente, en Metepatas el 9 de enero de 2021blog que reabsorbió un celoso Doblando tentáculos en 2021.

Enfrentar lo inafrontable

Enfrentar lo inafrontable (toteking-barleby-and-co-2018)

Si lo analizo fríamente
Creo que en total hablo más solo que con gente
Perdiéndome la vida pa’contársela al de enfrente […]

Bartleby & Co. (ToteKing, Lebron, 2018)

Enfrentar lo que una vez te resultó inafrontable es una de las grandes sorpresas que te da la vida. Poder volver a leer aquel libro, a escuchar la que fue vuestra canción, recuperar un espacio  o, simplemente, recomponerse tras un duelo.

Atreverte a mostrar, de nuevo, tus excentricidades y que alguna de estas rarezas que te hacen único le parezcan adorables a alguien, y otras no le gusten nada (pero las acepte). Eso también es parte del amor —a menudo, la más imperecedera de todas.

No recuerdo quién lo dijo, pero estoy seguro de que alguien (famoso) dijo: muchas veces amamos a alguien por ese algo por el que, más tarde, le odiaremos. ¿Y sabes qué? Eso es una gilipollez. Eso es porque amábamos desde el egoísmo. Cuando te gusta alguien, te gustan hasta sus cicatrices.

He dejado durante un año y medio el manuscrito de una novela —una que ya es buena per se, pues me hizo reír, llorar, devolver la vida a los muertos, frustrarme, pelear y, sobre todo, aprender: qué más quieres— y vuelvo a ella tras dos años muy duros. Eso me ha reactivado un no-sé-qué, que me ha hecho clic por otro lado y me han venido ganas de volver a escribir tonterías por todas partes: fíjate tú. Lo gracioso es que el coronavirus poco, o nada, ha tenido que ver con todo esto que te cuento, porque, a veces, la desgracia viaja con nosotros y otras, como ya hemos comprobado este año pasado, nos impide viajar y hasta vivir como nos gustaría.

En cualquier caso, empiezo mal, porque este es un texto idiota, en realidad. Palabras de esas que escribimos, y arrejuntamos, y parecen decir mucho, pero no dicen nada a quien las lee (y ese es el peor de los pecados para un escritor).

Masturbación literaria llamo yo al invento.

Estos cuatro párrafos vendrían a decir que vuelvo a darle caña, a sentarme a ratos, a aguantarme y a disfrutar de lo que hago: a recuperar las letras como constante.

Queda dicho.

Qué tiempo de mierda para quien no sepa disfrutar de las pequeñas cosas.

En fin, ¿qué te voy a decir para que esto no queda tan frívolo? Pues que elijas desde la libertad y siempre elegirás bien (aunque termines por cagarla).

Preocúpate, simplemente, de no ser  ese tipo de gente, por favor.

Sí, ese tipo.

Esa gente tan preocupada por lo que podría suceder que no dejan que nada suceda.

Esta entrada fue publicada, originalmente, en Metepatas el 4 de enero de 2021blog que reabsorbió un celoso Doblando tentáculos en 2021.

De un zen que da asco

hemingway-de-farra

Estoy de un zen que da asco. Pero yo, feliz. Eso sí, hoy, traigo filosofía barata, que conste, así que, depende de cómo lo veas, date el piro. Verás, me he dado cuenta de que hay un tipo de gente que no me gusta nada, que no quiero en mi vida e incluso que, si está hoy rondando por aquí, terminaremos cogiendo caminos distintos, así que plim.  Y, no sé, quiero compartirlo contigo, supongo (seas quien seas). Hablo de esa gente a la que le molesta todo, esa gente a la que todos le tocan los huevos (u ovarios), y todo está contra ellos. Joder, cómo sufre esa gente, en realidad: ¡pobres!

Da gusto ver cómo sabe estar bien consigo y con sus demonios: es ejemplar, el cabrón.

Quedé con mi amigo Enric (¿cuándo?, yo qué sé, hace poco, ya no me acuerdo); menudo tío, el Enric: grandote, a lo teddy bear que te ocupa tres cuartos de la cama de metro treinta y cinco. Pues va y me dice, medio asustado: «yo es que lo he pasado de puta madre en el confinamiento; a mí me han dejado salir y, porque me has llamado, que si no yo sigo a lo mío en casa: leyendo, trabajando, contento.» ¿Y qué problema hay? Enric es un tío genial, y yo me lo quiero un montón (no hace tantos años que lo conozco, pero tenemos feeling, o yo me lo invento, que me vale igual) y, sobre todo, es que da gusto ver cómo sabe estar bien consigo y con sus demonios: es ejemplar, el cabrón.

Yo tengo mis momentos también. El otro día —no el día que quedé con Enric, sino otro que iba al cine con mi amigo Andrea a ver Por un puñado de dólares, peliculón, aunque la más floja de la trilogía—, casi me llevo por delante a una moto. El puto espejo derecho de la Berlingo, que tiene un pedazo de punto muerto que te cagas. Y yo, por regla general, echo la cabeza un poco para adelante, me aseguro de que no hay nadie adelantando por donde no deben, y me cambio de carril con maniobra de fitipaldi. Pues justo ese día, no lo hice. Avanzaba por mi derecha un chaval en moto (con 34, la gente de 40 ya son chavales) y casi me lo llevo por delante.

Le hice una seña, circulando, y nos cogió un semáforo en rojo a pocos metros del Túnel de la Rovira. Bajo la ventanilla, asomo la cabeza y le hago señas: le vi venir, me pareció que pegaba un acelerón a mi altura, cabreado.

Venía encendidillo.

Le digo:

—¿Estás bien? Joder, lo siento mucho: no te he visto.

¡Ja, ja, ja, ja! Le cambió la cara al tío, no se esperaba eso. Casi le dio la risa.

Yo empecé a sonreír como un idiota.

No sé qué me dijo exactamente. Que sí, que estaba bien, que no me preocupase: que estuviese tranquilo.

Me medio abrazó el brazo ese que que tengo lleno de tatuajes, apretando.

Me di cuenta de que se creía que quería gritarle, que iba a recriminarle que por qué cojones me adelantaba por la derecha, que… yo qué coño sé. A mí todo eso me valía mierda (y me la sigue valiendo), pero es una actitud rara en las putas vidas que nos hemos creado, y no es por tirarme flores tampoco. Yo quería saber si estaba bien. Asumí, de inmediato, que parte de la culpa de la situación era mía (confieso que, hace unos años, esto hubiera sido muy raro); que si hay un accidente, lo que te preocupan son las personas, no quién la ha cagado; que la gente sale a la calle y lo hace lo mejor que sabe y puede (ese es mi mantra ya, para siempre jamás). Y eso es todo.

No tengo ni puta idea de si el chico de la moto se acordará de mí: el barbudo canoso de la Berlingo blanca, pero yo me acuerdo de él. A mí no me gustó nada lo que pasó, pero me encanté a mí mismo en la reacción. Sobre todo, después de tanto tiempo creyendo que el mundo quería joderme; sobre todo, después de tantos años pensando que yo tenía que ser como el mundo quería que fuese. Yo soy como soy y, a quien no le gusta, que me lo diga (ya habías pensado que iba a soltar un que le den por culo, ¿eh?, ¡no hombre, no! Qué «esageraó» barra «esagerá»), pero si yo estoy bien conmigo y no hago daño a nadie, quizá el problema sea del otro.

Pocos días después, fue cuando vi a Enric y no sé si le conté esto. Sí que sé que me tomé una Voll-Damm (vale, dos) y reafirmé lo que te decía en estos párrafos. Vamos, que si te cabreas y te gritas con el de la moto, el de la moto se larga para un lado y tú para el otro, ¿y el cabreo qué?, el cabreo se va contigo. También aprendí que, cuando estás bien contigo mismo, no necesitas estar todo el puto día rodeado de gente. Eso le pasa al Enric, que me lleva ventaja (bueno, y unos cuantos años también, ahí que se joda, no iba a ser más joven encima). Pero lo que ocurre, por encima de todo lo demás, es que quieres relaciones de verdad, quieres cerca a gente que te haga vibrar, que cante contigo a voz en grito una canción de Queen haciendo gorgoritos en el coche, que salga a caminar bajo la lluvia, que se emborrache, o llore, o ría, o folle, o cree algo, o te llame y te diga cualquier tontería por decimoquinta vez, o te pida perdón porque la cagó, y que lo haga de forma real, y auténtica, y radical. Bueno, yo quiero eso. Tú preocúpate de lo que quieres tú.


En la foto, Hemingway y coetáneos de farra.

Esta entrada fue publicada, originalmente, en Metepatas el 6 de agosto de 2020blog que reabsorbió un celoso Doblando tentáculos en 2021.

Las cosas van y vienen (incluso en el Fin del Mundo)

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El otro día hablé con mi amigo Félix sobre un tema que me escuece un poco. Cuando se complicó lo del Covid-19, mucha gente se lanzó a las calles (bueno, a los supermercados) a comprar papel higiénico. A mí se me ocurren diez mil cosas mejores que comprar antes, pero él, Félix, que devora vídeos y vídeos en YouTube me explicó una teoría que tiene bastante sentido.

Parece ser que, de producirse una falta global de provisiones, el papel higiénico podría convertirse en una nueva moneda de cambio, ya que pocas cosas hay peores que pasearse por el mundo con el culo sucio y relacionados: falta de agua, gasto, pestucia, el plus de moverse por ahí sin saber cómo o dónde podrás plantar un pino, etcétera.  Ante esto, te explota la cabeza y se te abren un porrón de posibilidades: gente que lo sabía y no compro papel de WC, gente que lo sabía y compró papel a saco paco, gente que no lo sabía y se dejó llevar por la locura colectiva…

De producirse una falta global de provisiones, el papel higiénico podría convertirse en una nueva moneda de cambio.

En el libro La psicología de las pandemias, Steven Taylor explica que la oleada  de «ansiedad de anticipación» ante el virus es una reacción habitual. En este caso, hacerse con  rollos de papel higiénico podría interpretarse como un intento de devolver a las personas cierta sensación de control ante algo que genera impotencia en los individuos (¡ajá!, por eso no se acabaron los condones: chiste malo, malísimo). En fin, como me gusta el rollo marrullero, por ahora, me quedo con la hipótesis de mi colega. Sigue leyendo «Las cosas van y vienen (incluso en el Fin del Mundo)»