Desahogarse entre adjetivos

Desahogarse es una palabra extraña. Como si lo que no expresas se te atraganta y, ahi, atorado en la garganta, te mata lentamente. (Como usar adverbios como adjetivos para cualquier menda que escribe.)

Lo dicho, dicho está, y suele estar bien dicho, aunque la pifies. Es el más vale haber amado y haber perdido de las palabras.

Eso sí, no confundas necesidad con diarrea mental, o anhelos líricos.

No es extraño creer que quedan cosas por decir cuando ya está todo dicho, o que las cosas van a cambiar cuando ya lo hicieron.

La tapada limeña y la sopa de ají dulce

tapada-limeña

Antes de conocer a A., yo no sabía casi nada del Perú. Sabía que estaba muy lejos, porque a veces decía aquello de “eso está en Lima”.

No sabía lo que era una tapada limeña. No sabía lo que era el ceviche, aunque no lo pueda comer; tampoco la sopa de ají dulce.

Conocía el Machu Picchu, los Andes, el Lago Titicaca; la costa, la sierra y la jungla. Y a Wendy Sulca, no te voy a engañar.

Es curioso cómo cruzar tu vida con la de otra persona… suele ser un viaje de no retorno.

Durante un tiempo, cualquier cosa que olía, sabía o sonaba a Perú, me recordaba a ella. (Incluso el mundial de los desayunos de Ibai me sacaba una lágrima y una sonrisa, según el día.) Luego empezó a suceder algo curioso: como me había pasado con otras personas y otros lugares, Perú ya era una pequeña parte de mí.

Te confieso que es un sentimiento extraño, porque nunca he viajado a Latinoamérica… aún (a Norteamérica y Centroamérica, sí). Es uno de mis sueños, uno de mis viajes anhelados: visitar a un amigo que vive en Bogotá, a otro en Río, y Buenos Aires; conocer Tierra del Fuego, ver un cachito del Amazonas, cruzar la Panamericana… En fin, tantos lugares. Y ese viaje fantástico de Sur a Norte (como yo lo haría), pasa además por dos de mis ciudades fetiche del Perú: Arequipa, primero, y Lima, después.

Se hace raro pensar en que la persona con la que creías que ibas a hacer ese trayecto, o esos trayectos, ya no forma parte de tu vida. Es bien cierto aquello de que no importa tanto el destino, sino los pasos, y con quién recorres el camino. Lo que no te dicen es que, a menudo, la mayoría de las personas de tu vida, irán perdiéndose a través de sus propios senderos.

Qué paja, ¿no?

Quizá te anime pensar en un vídeo de Instagram con el que me topé el otro día. En el reel, una voz en off te animaba a recalcular tu vida tras el final de una etapa, como quien recalcula un trayecto del GPS. Decía: «Google Maps no te grita, no te habla mal, no se enfada contigo.» El navegador vuelve a calcular la ruta tantas veces como sea necesario, conforme a las decisiones que tomas.

Es muy zen, muy budista, la idea de que no se puede vivir en el pasado ni en el futuro.

Lo único que podemos hacer es disfrutar del trayecto presente y ver hacia dónde nos lleva. Si miras muy lejos, no estás atendiendo a la carretera; si miras hacia atrás por el espejo, o bien te paras, porque ¿qué clase de idiota pretende conducir así?, o bien te pegas una buena hostia.

No sé si es un gran mensaje.

Foto: F. Delventhal 

Cinco de enero, una novela animalista y solidaria

caos-portada-cinco-de-enero - novela animalista solidaria

Este mes, por fin, he publicado Cinco de enero en Amazon Kindle (papel y digital). En la página de Caos, la novela tenéis toda la información, pero he decidido hacer un pequeño resumen en formato entrada, por si lo que queréis es darle caña al libro. 😉

Cinco de enero, una novela solidaria por los animales

Para resumir, en dos líneas:

Cinco de enero es una novela animalista que homenajea la historia de Caos, un perro que cambió mi vida para siempre. La historia narra parte del recorrido que compartí con un perro maltratado y abandonado entre 2012 y 2015, con el objetivo de concienciar sobre un problema social al que todavía debemos seguir haciendo frente.

Se trata de una novela de autoficción que lanzo junto a Ushuaia Ediciones este año, coincidiendo con el aniversario de los 10 años del inicio de esta aventura.

La historia la cuentan cinco voces distintas: Julio, Lena, Pedro —el padre de Lena—, el propio Caos y un narrador omnisciente, que aparecerá en algunos momentos de la historia. Conseguir un texto verosímil y, hasta cierto punto, coral en un texto de autoficción es una de las cosas que más me ha quitado el sueño. Si bien ninguna historia se escribe como se piensa en un inicio, estoy muy orgulloso del resultado final.

Dicho esto, Cinco de enero tiene una doble función:

  • por un lado, me gustaría concienciar y apoyar la lucha contra el abandono y el maltrato animal de perros, gatos y fauna
  • por el otro, quiero aportar mi granito de arena, donando gran parte de los beneficios de la novela (50 % de todas las regalías: tienes más info en el enlace de Caos, la novela)

Por último, he compartido los dos primeros capítulos del libro en el blog, porque quiero que cada lector esté seguro de que quiere invertir 2,99 o 9,90 euros, según la edición, y no solo cuente con la garantía de que gran parte de su inversión revertirá en beneficio de otros perros, y gatos, y proyectos animalistas, sino que va a leer y disfrutar de una buena historia.

Ojalá disfrutes leyendo casi tanto como yo escribiendo la historia de Caos, que tuve la gran suerte de que también fuese la mía.

J.

Cinco de enero - Novela animalista y solidaria
Portada de Cinco de Enero (Javier Ruiz, Ushuaia Ediciones, 2022).
cinco-de-enero-novela-animalista-solidaria2
Contraportada de Cinco de enero (Ushuaia Ediciones, 2022) con la sinopsis de la obra.

II. La silueta del ayer

Capítulo 2 - La silueta de ayer - Novela de Caos - Photo: Darwis Alwan (Pexels)

El coche frenó en seco y el cinturón restalló contra el tórax de Lena. De reojo, en lo que debió ser menos de un segundo, vio cómo su compañero cabeceaba con furia contra el salpicadero y, entonces, a ella el dolor se le enquistó en las cervicales. Se había golpeado contra el volante, pero ni un rasguño. La luna del vehículo se estaba empañando: se dio cuenta de que ambos hiperventilaban e intentó relajar su respiración.

Contó en silencio diez misisipis.

Después, deslizó la mano izquierda (que aún le temblaba) hacia la ventanilla y accionó el elevalunas para que entrase algo de aire del exterior. Delante, un perro cojeaba por el minúsculo arcén.

—No lo he visto —murmuró ella—. Estaba todo muy oscuro.

Lena sintió la mano de su chico en el hombro. Algunas lágrimas empezaron a conquistar la escena: miedo, nervios, lo que podía haber pasado, esas cosas. Ella abrió la puerta y bajó del coche intentando calmarse.

—No le has dado tú, Lena: es imposible. No se ha oído nada. Ese perro parece herido, pero ni le has rozado.

Julio salió del coche trastabillando: quizá era por las cervezas, quizá por el susto. Señaló las marcas en el hormigón, que confirmaron sus palabras: se veía con claridad cómo ella había corregido la dirección y frenado en seco invadiendo el carril contrario. A escasos diez metros, la sombra del perro se alejaba; los faros del Ford proyectaban en el pavimento una lengua colgando entre sonoros jadeos, una cola entre las patas, un balanceo que parecía anticipar un batacazo.

—¿Se habrá perdido? —preguntó ella.

Julio negó con la cabeza, no debía saber qué responder.

Lena miró alrededor. A la izquierda había un muro de ladrillo encalado que debía ocultar una finca que no podían ver, y solo un farol de pared, encendido, que parecía parpadear a causa del revoloteo de las polillas que cubrían el haz de luz; bajo el alumbrado, la puerta metálica de un garaje era la única entrada visible. A la derecha, pinos, matas, bosque, el sonido de un riachuelo. Olía a lluvia: a petricor, al aroma de una primavera demasiado seca y un verano que recién empezaba pasado por agua.

—¿Vamos a ver si podemos alcanzarle? —preguntó él.

—Sí, corre, que no se vaya lejos.

Fueron tras el perro con intención de salvar la poca distancia que el animal había recorrido. Debido a las curvas de la carretera, los faros del coche iluminaban solo unos pocos metros del camino, así que Lena no tardó en verse envuelta por la semioscuridad. La ausencia de luz le ayudó a relacionar conceptos:

—Hostia, las luces de emergencia —exclamó ella.

—Voy yo. Asegúrate de no correr tras el perro: acércate poco a poco, ¿eh?

Aunque ella odiaba esa faceta de sabelotodo, admitió que tenía razón. Cualquier animal herido podía ser imprevisible. A diez o quince pasos de distancia, el perro caminaba muy lentamente, renqueaba intentando no apartarse del arcén. Parecía la silueta de un triste ayer.

—Hola, guapo —dijo Lena con un deje de pena en la voz—. ¿Te has perdido?

El animal se dio la vuelta, asustado: temblando, estaba mojado y cubierto de barro. Lena fijó la vista en la trufa: pese a la oscuridad, se veía roja, y olía a infección. El perro volvió a alejarse: lento, patizambo, cojo. Lena se puso a su altura; de cerca, comprobó que era un mestizo (del tamaño de un pastor alemán y de una apariencia similar) cuya vida casi se podía descifrar. Sus orejas: una en alto, la otra inflamada y arrugada sobre sí misma; su cuello: soportando una cadena metálica sujeta a un mosquetón oxidado, ¿y su color? Su gris, que más tarde descubrirían que no era más que pelo muerto, estaba infestado de garrapatas.

 ***

Julio se limitó a observar desde el maletero del coche mientras se colocaba un chaleco reflectante de poliéster; el perro se acercaba a Lena con timidez.

—¿Lo habrán atropellado? —preguntó él.

La gravedad del timbre fue suficiente para alejar al animal fuera de su campo de visión. Varios metros más allá, Lena levantó uno de los dedos de la mano hacia su boca y chistó.

—Calla, tiene mucho miedo —susurró, tajante.

Julio perdió de vista a su mujer tras la curva. Subió al coche, maniobró para dejar el vehículo en el carril derecho y aparcó en el arcén. Apagó el motor, pero dejó encendidas las luces de emergencia y se obligó a caminar despacio hacia donde Lena ahora estaba acuclillada, muy cerca del animal. Apenas había luz allí: solo uno de los focos del Ford y la luna en cuarto creciente alumbraban algo a su chica.

—¿Qué te ha pasado, guapo? —repetía Lena—. ¿Te han abandonado? ¿Estás perdido? Quién te ha hecho esto, ¿eh?

Llamaba al perro, se incorporaba y se alejaba un par de pasos hacia el coche. De algún modo, ese baile resultaba hipnótico a los ojos de Julio: movimientos que fluían con naturalidad, como si ella llevara toda la vida salvando perros en las cunetas. Esa noche, estaba preciosa.

 ***

Cuando Lena consiguió atraer al mestizo a la altura del foco lleno de polillas, se sentó a esperarle en el arcén con las piernas cruzadas sobre sí mismas. Tras ella, se escuchó un suspiro cómplice. Lena advirtió que su marido estaba detrás. Desde el suelo, pudo ver a Julio, embutido ahora en un chaleco reflectante que le quedaba pequeño. Vigilaba la curva donde había frenado. Por fin, el perro hizo ademán de acercarse. Lo hizo sin dejar de mirar a los lados, reculando una y otra vez, y así un buen rato más, hasta que topó con las suaves caricias de una mano amiga.

Bajo los escasos metros que iluminaba ese farol de carretera, Lena comprendió que esa bola de pelo que la observaba con timidez había descubierto algo desconocido en su mundo: la bondad.

Es curioso la verdad, pero, por aquella carretera secundaria, no pasó ni un coche en todo ese tiempo. Como si ellos tres hubiesen caído en otra dimensión, o ese cachito de tierra y hormigón entre curva y curva se hubiese fragmentado de la realidad para ofrecer a ese perro malherido una segunda oportunidad.

Lena no dijo nada más; solo miró a los ojos de su marido y, de algún modo, se entendieron. Sentada en el arcén, y envuelta en un silencio que casi aplastaba la escena (solo el clic-clac de las luces de emergencia intentaba romper el embrujo y, a estas alturas, sus oídos ya se habían acostumbrado), ella gesticuló con sutileza hasta captar la atención de su chico.

Julio se acercó muy despacio; el perro emitió un grito sordo, pero, esta vez, no reculó. Su marido parecía concentrado en cada uno de sus movimientos, ligeros como ella nunca había visto; acciones que no pretendían más que resultar inofensivas a ojos del animal: otra mano que se acerca, un nuevo olor, una caricia, una palabra… Y, en la relativa oscuridad de la calzada, los dos intentaron traducir y dar sentido a una historia que acompañaba al mestizo: los ojos, hinchados de terror al más leve movimiento, el cuerpo rígido, bloqueado ante cualquier palabra que sintiese amenazante, y la trufa aún sangrando, pringando las manos de Julio y de Lena entre caricia y caricia.

Quién sabe cuánto tiempo pasaron allí sentados los tres.

En algún momento, Lena cerró los ojos. Al abrirlos, vio cómo Julio había alzado al perro en brazos, que, inmóvil, con los ojos como platos, se dejaba llevar. Lena se incorporó y se apresuró a abrir una de las puertas traseras del vehículo y Julio dejó al perro en los asientos grises de paño de tela; se sentó a su lado. Ella también subió al coche y arrancó el motor mientras pisaba el embrague; sonrió, algo triste, algo feliz. Por el rabillo del ojo, vio en el retrovisor central del Ford cómo Julio mal disimulaba un lagrimeo. El coche empezó a avanzar por la oscura carretera.

—Tendrías que haberlo cogido con una correa, ¿eh? Cualquier animal con miedo es imprevisible —señaló Lena con sorna.

Julio le apartó la mirada fijando los ojos en la ventanilla, donde el bosque se alejaba de ellos tres. Ella condujo callada los escasos dos kilómetros hasta la puerta de su casa y, entonces, ya en la urbanización donde residían, le pareció flotar en un limbo que solo comprenderán aquellas personas a quienes la vida se les revolucionó en un segundo.

Lena aún recuerda que, esa noche, el cielo era naranja, pero no recuerda el tono ni el porqué; lo que ha grabado a fuego en su mente es cómo ellos dos bebían, en silencio, de una imagen que ya no han podido olvidar: un perro mil leches que empezaba a descubrir que el género humano no solo podía contemplarse con horror.

Siguiente capítulo…
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I. Érase una vez

Capítulo 1 - Érase una vez | Photo: Pexels, Ingo Joseph - BCN

Julio condujo a toda leche por la Ronda. Sonaba en la radio la canción esa del hawaiano gordo del ukelele. Tarareó algo inconexo que trataba de seguir el ritmo de la balada. Aparcó tarde y se arrastró por dentro del puerto de mercancías con la boca seca y pastosa y, en la napia, un olor a gasolina, queroseno y patatas fritas industriales al que resultaba imposible acostumbrarse. Todos sus días empezaban igual: como mucho, cambiaban de banda sonora y, a veces, ni eso.

Llegó al muelle del contradique con los guantes en las manos, el chaleco a medio poner y el casco apenas sujeto en la almendra. Llevaba más de tres años cargando cajas frente a esas aguas; esa mañana, que aún era noche, era su último día allí. El resto de la cuadrilla ya ocupaba sus puestos para la descarga de un buque chino. Julio se dispuso a trabajar, otra jornada más, esclavo de un sueldo, de unas obligaciones que no tenía muy claro cómo habían ido aumentando y aumentando: un alquiler, un frigorífico lleno, el seguro del coche. Pero eso le ocurría a todo dios, ¿no? ¿Por qué estaba tan cabreado entonces? ¿Por qué había tantas tardes, y tantas noches, en las que una cerveza se convertía en tres; una botella de vino en dos; un destilado en un perder la cuenta entre resacas?

—¡Hombre! Su majestad se ha dignado a venir a trabajar —exclamó Pérez, el capataz que dirigía al equipo entre semana.

El pelotón de estibadores se echó a reír. Entre las risas, Julio distinguió el estúpido cacareo del Gonzalo: menudo imbécil. Clavó los ojos en el tipejo ese (vaya careto de zarigüeya). En la dársena, los compañeros eran poco más que figuras a lo lejos: Marquitos ya había subido su panza hasta la grúa RMG, Antonio, el Torete, apilaba cajas con la carretilla elevadora Fiat (la de la mancha de diésel debajo del depósito). ¿Y Jorge? A saber qué estaba haciendo el Jorge con el bigote entre los contenedores de carga: fumaba, y asomaba unos ojos azules y despreocupados hacia la escena. El retaco del Gonzalo se limitaba a acompañar al capataz con la lengua metida en su culo.

Lo de siempre.

—Se ha alargado la gripe —gruñó Julio.

Las olas rompían contra las rocas y la maquinaria de carga no conseguía silenciar por completo la fuerza del viento y del mar.

—Sí que te has puesto enfermo este año, ¿eh? Te faltarán vitaminas, noi.

Julio, ausente.

—¿Qué toca hoy, Pérez?

—La reunión es a las seis, pelacanyes. Tres años y todavía no te entra en la mollera, ¿eh? Si es que quien no da pa más, no da pa más.

Julio cerró los ojos.

El encargado siguió largando gilipolleces, pero él rebobinó la escena y se topó con un Pérez gritándole:

—¡Pues tu gripe aún atufa a ginebra! Qué curioso, ¿eh? A eso le olía el coño a tu madre el otro día.

Había un madero en el suelo, y Julio lo cogió. Uno de los cargueros chinos hizo sonar tres pitidos largos de cuerno para abandonar el puerto. El sonido de las olas rompiendo en las rocas se volvió insoportable. Julio descargó la tabla contra las costillas del capataz; este lanzó un grito lastimero y cayó al agua atestada de detritos y basura.

Julio suspiró.

Abrió los ojos: ahí seguía Pérez, rugiendo mierdas al extremo del espigón del puerto, con las greñas grasientas que se le pegan siempre contra la nariz, el mono azul lleno de mugre, los ojos verdes de réptil que lo escrutan todo. Julio, inmóvil. El puño temblando. Pérez que calla entonces, calibrando las puyas con la experiencia de algún traspiés pasado: un silencio de esos que juzgan y, a veces, duelen más que las palabras. Frente a frente, parece preparar su lengua viperina entre esos rasgos de comadreja de mierda, como quien afila un puñal ante su víctima.

Julio intentó volver a atrapar en su mente la imagen del capataz perdiéndose entre las aguas putrefactas del puerto: un Pérez vencido, con el torso ensangrentado, con cuatro o cinco costillas rotas y los pulmones doloridos luchando por una bocanada de aire; subiendo a duras penas por una de las escalerillas de metal oxidado sujetas a la escollera. El espejismo se había desvanecido.

Pérez le palmeó el culo con mala hostia.

—A trabajar, chaval. Por la hora, tú hoy no te paras a desayunar hasta el mediodía. Así, de paso, me aprendes puntualidad.

Puto cuarentón con ínfulas.

Amanecía entonces, y a Julio le pareció que el sol salía por el este para tocarle los cojones.

***

Lena atendía por teléfono al supervisor regional de una compañía de seguros con la que trabajaba la correduría. ¿El nombre de la empresa?, lo había olvidado. El tío era un baboso, pero ella se conformaba con poner las palabras correctas donde el chaval la cagaba todo el tiempo. A Lena, no le encantaba su trabajo, pero le gustaba más que su vida.

A las dos se las había ingeniado para obligarse a comer rápido; después, algún curso: de cocina, de costura, como si es de canto gregoriano; para casa a media tarde, sacar a los perros un rato, cena, serie y a dormir. En piloto automático, pensando lo justo. Lo peor eran los fines de semana: tres de cada cuatro se convertían en discusiones; el otro intentaba no pasarlo con Julio.

Esa última semana en Barcelona se preguntó cientos de veces si era buena idea mudarse juntos a Mallorca: entre ellos seguía algo vivo, algo por lo que creía que valía la pena luchar, pero ¡uf!

A media mañana, llamó Julio: estaban invitados a cenar en casa de unos amigos. Que si nos mudamos en un par de días. Que si habrá que despedirse de la gente.  Que si hostias.

Por teléfono, ella:

—Vale, que tienes razón. Ya te he dicho que iremos.

—¿Paso después a buscarte por el despacho y subimos a casa? —Se oían gritos y sonido de maquinaria al otro lado de la línea.

Lena le puso alguna excusa que minutos después ya no recordaba, ir a pagar esto o a comprar aquello otro. En fin, que subiría en el tren.

—Saca a pasear a los perros.

Julio no dijo nada.

Antes de colgar, Lena miró la mesa de caoba repleta de expedientes; enfrente, tenía una caja con las cuatro cosas que se llevaba: su contrato, la rescisión y dos fotografías en marcos de plata idénticos. Una con sus padres y otra con Julio, besándose: estaba convencida de que ya no tenía los ojos tan azules ni el pelo tan brillante como la chica de la foto. Quizá por ello, esta última cada día estaba un poco más lejos y amenazaba dos o tres veces al día con estamparse contra el suelo de linóleo azul del despacho.

***

A las doce, Julio no podía más. Se sentía morir de cansancio. El sudor le goteaba en la cara y en el mono azul, los ojos escocían. Por llegar tarde, el hijoputa de Pérez le había obligado a cargar con más y más cajas de sus compañeros bajo el sol. Todavía no había probado bocado y ya sentía la bilis en la garganta: recordó un relato de Bukowski que empezaba así, pero amontonando jamones en los camiones de un matadero.

Un grito, una caja; otro grito, otra caja.

Después, llegó un breve parón a la sombra; el bocadillo (a solas), un trago de agua, un cigarro, y vuelta. Si los compañeros se lo permitían, se abstraía: pensaba en otras cosas; no importaba demasiado en qué. Esa mañana había estado dándole vueltas a la última discusión que había tenido con su mujer, y se había cabreado; lo imbécil que había sido irse a vivir fuera de la ciudad para terminar comiéndose dos atascos diarios, y más cabreo; ahora siempre estaba cabreado. Lena llorando, y gritando, y rompiendo contra el fregadero de la cocina las tazas que fueron su primer regalo de novios. En la cabeza, los consejos de su padre moribundo: ¡Estudia derecho, idiota! ¡Cagüendios!, eso sí que lo había cabreado. Pero cabreado trabajaba mejor, más rápido, y pensaba menos en qué coño hacía ahí; licenciado con una doble titulación en letras, mintiendo sobre su currículo, cargando la mierda que miles de chinos traían de China y anhelando un único cigarrillo para calmar un dolor entre las costillas que, antes o después, le cobraría peaje.

A las seis, cuando acabó el turno, pensó en mandar a todos a tomar por culo, pero se despidió, sin más: suele pasar. Después, Julio subió al coche y se largó.

***

El Ford que su padre le había dejado en herencia descansaba en doble fila junto a la Renfe de Molins de Rei. Calle peatonal, edificios de dos o tres plantas y un bar Sport (de los miles que hay por España) que miraba hacia las escaleras de la estación.

Julio fumaba apoyado en el maletero plateado del vehículo: la vista perdida entre los letreros de los comercios. La calle desértica para la hora. Una estatua fea y abstracta de bronce presidía la plaza. Tres niños correteaban por el empedrado y una anciana, que le recordó a Paloma San Basilio, les perseguía para regañarles por jugar cerca de la carretera.

Lena apareció en la puerta de la terminal con un par de bolsas de El Corte Inglés. El pelo largo y rizado, de un rubio cenizo, y vestida de trabajo, con camisa color hueso y pantalones de pinza que dejaban ver sus tobillos: de esos pantalones por los que Julio creía que ambos compartían el odio. Quizá no solo él había cambiado.

El beso de rigor, y al coche.

***

De camino a San Andrés de la Barca, donde vivían sus amigos, Julio pensó en cómo un beso podía describir su relación: cómoda, era la palabra que se le ocurría, y no le gustaba un pelo. ¿Dónde habían quedado los besos cómplices?, de afecto, de amigos, de deseo. Por relaciones anteriores, sabía que la pasión es solo una fase, que no es posible perderse en ella por mucho tiempo, pero ¡joder! y, envuelto en estos pensamientos, maniobró a lo largo de las curvas de la urbanización a la que se dirigían.

Aparcó en la calle y escuchó voces conocidas.

Todavía en el coche:

—¿Estás bien, Lena?

(¿Por qué diría eso?)

Lena respondió con una sonrisa que él advirtió fingida.

Podemos irnos, pensó, aunque no dijo nada.

Entraron, pero no voy a narrar esa parte de la noche. No vale la pena. Me limitaré a decirte que a Julio le pasó el tiempo volado y que Lena completó unas cuantas frases de su marido, rio, bebió, charló con unos y con otros. A veces, en público, ella casi parecía feliz; después, tras las cortinas, la sonrisa quebraba. La tristeza abisal que no siempre encontraba pretextos, y aquella que sí, la del idiota borracho que tenía a su lado, las promesas que se hunden, el bebé.

Abrazos y besos, despedidas, palabras al aire.

Que si ya vendréis a vernos.

Podéis venir alguna vez vosotros también, ¿eh?

Esas cosas.

Quizá la conversación en la calle se hubiera alargado un poco más si la noche no hubiera sido fría pese a la entrada del verano. En algún momento, Lena desapareció y acercó la berlina hasta allí. De pie, junto al coche, Julio agradeció el fin de algo en silencio. Los amigos delante: Pablo, con sus entradas cada vez más pronunciadas que la barba negra no podía disimular; Edu, quien seguía con la misma coleta rubia del bachillerato; Fran, con los ojos rojos de la hierba y la panza de siempre.

Ya no será lo mismo, pensó Julio, y sonrió bobo mientras los presentes se daban media vuelta y volvían a la vivienda. Recordó aquello que les contaban sobre Heráclito en la universidad, lo de que nunca te bañas dos veces en el mismo río, y también la paradoja de Teseo, que dice así: si a un objeto se le reemplazan todas sus partes, ¿sigue siendo el mismo objeto?

Subió al coche.

Cerró la puerta, pero la melancolía había sido más rápida.

***

Lena prendió la llave y el motor del coche despertó. El diésel de las arterias se inyectó en la cámara de combustión y se alejaron de la casa sin prisas. Julio se frotaba los ojos, cansado, borracho (aunque no mucho para las cuatro o cinco cervezas que se había bebido).

Había cierta inquietud flotando en el silencio, en la respiración de ambos, en la forma en la que sus ojos se rehuyeron por varios minutos. Terminó por explotar:

—Por un día podías haberte controlado: ya te he dicho que no me apetecía nada coger el coche —espetó ella, de improviso.

Julio dejó que los segundos escapasen: uno, dos, tres…

Lena resolló.

—Te lo he preguntado dos veces, tía. Cuando me cogía una cerveza al llegar y cuando Pablo me ha ofrecido otra al cabo de un buen rato.

—Ya te habías bebido dos más.

—Tampoco me has dejado ir a por el coche.

Ella no contestó. Si algo no hacía Julio era conducir borracho. La segunda o tercera birra habían sellado el cambio de papeles, como un acuerdo tácito en la pareja.

El coche serpenteaba por las calles de la urbanización, que se enroscaban, se abrían y cerraban emulando un laberinto de decadencia gris. Llegaron al pueblo de San Andrés.

Él:

—¿Autopista o secundaria?

Ella:

—Qué más da.

Y el Ford se perdió por la secundaria que se abría a la izquierda.

—Si quieres puedo conducir yo, de veras —añadió Julio.

—Déjalo.

—Lo estoy intentando, peque —murmuró.

El peque ya no sonaba como antes.

—Lo sé.

Julio se descubrió mirando a su pareja a escondidas: Lena achinaba la vista bajo sus gafas verdes de pasta y se mordía las cortísimas uñas de una de sus manos, algo que Julio sabía que detestaba que le recordasen.

No lo hizo.

Un rizo le caía a Lena entre los ojos, pero Julio ya no se atrevía a invadir esos espacios.

—Gracias por venir conmigo —dijo Julio, sonriendo.

Ella se encogió de hombros mientras tomaba otra curva con suavidad, y otra, y otra más. La secundaria se retorcía sobre sí misma para respetar el trazado original de los caminos. Los faros del vehículo iluminaban unos pocos metros, y el esqueleto de la vía no permitía grandes acelerones allí. Quizá por esto…

—¡Joder! —gritó Lena, de improviso.

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Ø. Ladrar al ruido y a la muerte

00. Presentación - Novela Caos

El perro observó la gigantesca bodega del barco sin saber qué era una bodega; a continuación, ladeó la cabeza a derecha e izquierda, mezclando miedo e incomprensión. Olía fuerte: a latas de aceite y a alquitrán, olía a cubierta manchada en negro, olía a sucio que nadie se esmeraba en limpiar. Alrededor, había cientos de coches aparcados.

Cada poco, alguien pasaba cerca suyo: señoras arrugadas que se escondían tras el maquillaje, camioneros que apretaban el paso fuera de su campo de visión, jóvenes que reían cómplices y algún niño o niña, que decía:

—¡Mira qué perrazo en ese coche, mamá!

Él sentía en los huesos la humedad de la primera noche. Esa noche que siempre llega más fría en la mar y que sus enamorados tan bien conocen; una humedad que, incluso en junio, se enganchaba a las extremidades del perro como una legión de garrapatas y embestía contra la columna, donde dolía ya por tanto tiempo que cualquier molestia resultaba fútil.

Si alguien se hubiera detenido a observar en el maletero, cosa que no ocurrió, hubiese comprobado que el perro se encontraba en una postura extraña: no quería tumbarse, pero tampoco podía mantenerse erguido; sin embargo, lo que nadie hubiera imaginado es que esto no era debido a la altura del portaequipajes, que era suficiente, sino a la fuerza cada vez menor de sus miembros, enfrascados en una batalla perdida de antemano; en un perenne medio incorporar hasta que sus patas le vencían, caía contra la felpa, descansaba por unos segundos, y volvía a adoptar aquella posición antinatural que atesoraba kilos de fortaleza.

El olor de Lena y Julio ya no era tan intenso: se habían desvanecido más allá del capó. Entre el vidriado al que le condenaban sus ojos, el mestizo de pastor alemán había visto a la pareja mirarle por unos segundos, y confundirse, de inmediato, entre decenas de olores y figuras que fueron emborronándose en la distancia. No ladró entonces, y tampoco lo había hecho en el tiempo que llevaba esperando en el maletero.

Desde el Ford, la noche se proyectaba en el iris opaco del perro. Él se obligaba a enfocar el espigón del puerto y más lejos aún, donde un faro trabajaba con mecánica regularidad: una vuelta, y otra vuelta, y otra más. Le gustaba observar todo aquello que se desvivía por demostrarle que no era su enemigo.

El foco de luz nunca se cansaba, no perdía fuelle, pero el perro sí; así que, mientras el ruido de los motores desperezaba al buque y los pasos se aceleraban en la cubierta, él se dejó caer contra la felpa una vez más, y ya descansó allí por un buen rato, incapaz de incorporarse de nuevo.

Jadeó.

Una pareja joven se asomó al maletero.

No era Julio; no era Lena.

—¡Oye! Aquí hay un pastor alemán. ¡Qué viejo!

—Batuadell. Que tinc fam. Espavila, nina!

Y fuera, lejos, quizá avisaron a un marino o dieron nota en el mostrador de información, o puede que corrieran directamente hacia el bar-restaurant y se olvidaran del perro poco después.

El perro olió por largo rato el humo de los coches, cientos de esencias que se perdían tras cruzarse contra su trufa y, luego, los motores del ferry empezaron a emitir un ruido atronador; Caos siguió mirando el faro, y, cuando ya nadie podía oírle, empezó a sollozar y a ladrar a los ruidos. El humo empezó a cubrirlo todo, y él comenzó a temblar, a solas, como siempre había vivido, mientras se sentía flotar, y caer, más y más hondo, y la luz del faro se perdía.

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«Érase una vez»

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Llevo ocho años publicando entradas en este blog. Un blog personal que no sé muy bien cómo empezó más allá del «típico sitio donde escribir bobadas», pero con el que diría que he conseguido dos cosas que busco en casi todo lo que hago: ser mejor en esto y ser mejor persona. No, pasta no he sacado (bueno, directamente no), aunque yo no soy mucho de intentar sacar pasta de cualquier cosa que hago: ese gen se lo quedó otro. Además, cada vez es más difícil conseguir ingresos por escribir un blog. Tras las vacas gordas —allá por el dos mil y poco—, generar contenido de éxito te abre más puertas que duros te entran en la cuenta corriente: vamos, que no deja de ser un mero escaparate.

Lisa de cosplay de Alicia en el país de las maravillas. Se lo ha tomado en serio.

Spoiler: el blog personal es una cosa viejuna

Claro que sale gente que se lanza a escribir en WordPress, y le dan premios, y se convierte en un/una influencer de esos, y se pega la gran vida. Bueno, supongo que los habrá, o los había, porque ahora todo eso ha saltado a YouTube y a Instagram, ¿no te parece? Hoy, te lees un artículo sobre blogueros famosos como el de Ciudadano 2.0 y te da un poco la risa (y eso que tampoco es tan, tan viejo; el artículo, digo). Es normal: los canales cambian. El blog queda para vender la marca personal, para aprovechar los últimos coletazos de meter anuncios y coger cuatro duros por publicidad o para fusionarse con otras plataformas. Aquellos blogs con cuentitos, como el de Hernán Casciari, o con experiencias rocambolescas como el de El sentido de la vida quedaron atrás. Quedan blogs, muchos blogs, pero cada día son más lo que los diarios en papel a Internet. No van a desaparecer ni mucho menos, pero «the most», lo innovador, está pululando por otros lares.

Un blog personal es lo que es (aunque parezca tonto decirlo)

Hoy, quizá (no lo creo) hay más direcciones web que nunca en la blogosfera, pero parte de su relevancia se ha perdido (por algo a partir de este año cobran 6 € por inscribirte en los Premios 20Blogs del 20 Minutos, y su gran qué no es pasta ni premios, sino un espacio en los blogs destacados del diario web).

Si no eres George R. R. Martin, J.K. Rowling o James Patterson, a los «juntaletras» no nos ofrecen demasiado y, ya ves, pongo ejemplos de gente que escribe libros, no blogs (bueno, excepto George, que yo sepa, y quién sabe qué fue primero, si el huevo o la gallina). Lo más que vas a sacar con un blog personal son oportunidades en otros medios y date con un canto en los dientes. Ahora bien, si quieres tener un espacio propio en el que seguir escribiendo con ganas (y puede que suene la flauta, ¿o no?), ahí sí puedo ayudarte un poco y, es más, esa es la primera condición, porque si no es divertido, no vale la pena.

¿Siguen los blogs siendo un canal estupendísimo para formarse e informarse? Claro, y para debatir, compartir opiniones y descubrir nuevas voces. En el otro lado está el pero: y el pero es que hay mejores espacios para transmitir contenidos de una forma rápida y directa para su consumo. Se suma el hecho de que un blog personal siempre tendrá más complicado generar visitas, porque mientras que uno profesional suele tratar temas que, potencialmente, muevan a miles y miles de personas, un blog personal, por regla general, está centrado en el punto de vista del autor con relación a.. bueno, a todo tipo de cosas, ¿no? El error, sin embargo, es intentar hacer lo mismo en YouTube que en WordPress, o en un blog personal de lo que harías en otro profesional, pero si lo que quieres es escribir un blog y pasártelo genial, quizá estos consejos funcionen.

A ti te hacen homenajes como a George, ¿eh? Pues eso, a seguir escribiendo tu blog.

Uno. Todo requiere rutina, pero si no es divertido, no vale la pena

A ver si te sirve mi experiencia: después de publicar De cómo los animales viven y mueren, empecé a dedicar muchísimo tiempo a escribir entradas sobre animalismo y ética animal (tanto en este blog como en páginas y medios de terceros), a preparar presentaciones, a realizar charlas, a devanarme los sesos. En mi cabeza tenía todo el sentido del mundo: la editorial estaba haciendo equis promoción, consiguiendo oportunidades para difundir mi trabajo (en la radio, en la prensa, en espacios relacionados) y yo también podía (¿debía?) abrirme paso para conseguir más y más relevancia para el texto y el equipo que había detrás. Al final, el blog se convirtió, allá por 2017, en una herramienta de promoción en la que muchas de las cosas que me gustaban (narrativa, medios audiovisuales, columnas de opinión, etc.) ya no parecían tener cabida. Entonces, comencé a escribir menos (aquí) y a dedicar tiempo a otras cosas: a un posgrado, a replantear un libro, a seminarios de fin de semana, a una escuela de escritura…

En su momento, lo achaqué a la falta de tiempo (entre responsabilidades y el día a día: que también, supongo). No obstante, un año y medio después, nada ha cambiado en lo que a disponibilidad se refiere, y vuelvo a tener muchas más ganas de dedicar un buen rato aquí cada semana. Por descontado, durante estos dos o tres años, también he estado escribiendo una novela, lo que lleva sus cientos y cientos de horas, pero, en otro momento, eso no hubiera sido más que un «daño colateral» o un picor en la nuca que me avisaba de que me organizase un poco mejor o no me exigiese tanto, tanto. Escribir un blog es una rutina, y cuanto más lo hagas, mejor te lo vas a pasar, pero a excepción del trabajo para vivir, la mayoría de cosas que no son divertidas, no valen la pena. Y, ¡ojo!, siempre hay formas de hacerlas divertidas: estemos hablando de hacer ejercicio, de escribir o de la vida en general.

Dos. Haz cosas y, luego, escribe

Yo qué sé. Vete de museos, hombre.

Hay un montón de escritores que pensaban con los pies; otros preferían el escritorio de su despacho. Escribas un blog o Cien años de soledad —no sé, aquí me pega esa novela— siempre vas a necesitar sentar el culo en una silla y ponerte a teclear, pero el proceso no tiene nada que ver. Puedes escribir de lo que vives o puedes escribir sin necesidad de vivir, pero ninguna de las dos es contraria a vivir de lo que escribes o vivir lo que escribes. En mi caso, cuanto menos hago, menos ideas tengo: centrar todo el proceso en la escritura y limitar cualquier otra experiencia es la mejor forma que yo tengo para quedarme sin temas. Los tiempos de mayor actividad nunca me han saturado, sino que me han inspirado, pero, claro, esto es un truco que funciona conmigo: ¿me bloqueo? leo, salgo de fiesta con los amigos, hago un viaje, me voy a descubrir un rincón de la ciudad, vivo una aventurilla en compañía canina (como diría mi perro, si pudiese: casi todo está por oler). Haz algo, lo que sea, pero haz cosas y, luego, escribe.

Tres. Escribe de lo que te gusta

Por deficiente o incompleto que sea cualquier proyecto en un inicio, si te apasiona, encuentras el camino. Aunque seamos más hippies que los amigos de la madre de Homer Simpson, nos va a tocar hacer un montón de cosas que no nos apetecen demasiado. Por lo menos, escribe de lo que te gusta. Siempre va a haber gente a quien le apetezca leer sobre perros braquicéfalos, pintores impresionistas franceses o teoría económica neoliberal. Vamos, lo que dicen las abuelas, que siempre hay un roto pa’un descosido, así que aprovéchalo. La otra opción es ponerte a escribir cosas que crees que le van a gustar a los demás (para eso, intenta escribir algo por lo que te paguen directamente, hombre) y tanto traicionarte a ti mismo/a como mandar la autenticidad a tomar por culo, porque pocas cosas hay peores que fingir lo que no eres.

Cuatro. La actualidad inspira o desespera, pero da temas de los que escribir

En la mayoría de los blogs (excepto si escribes sobre cruzados españoles en Tierra Santa, o cosas así) vas a tocar temas de actualidad. Puede que la actualidad se traduzca en analizar Los Caín de Enrique Llamas, Ordesa de Manuel Vilas y Problemas de identidad de Carlos Zanón para tu blog literario, aprender sobre el infierno de las rehalas y la montería que sufren los perros de caza en España o en escuchar el podcast con lo último del Captcha de Xataka para enterarte de qué avances se están produciendo en IA, bioética y posthumanismo. Yo qué sé: puede que escribas sobre influencers y leas el Quore para hacer una antología del culo de la Kardashian (spoiler: ya lo hizo alguien). Lo que sea. En cualquier caso, una buena lista de feeds y muchas ganas de seguir descubriendo cosas nuevas te ayudarán a generarte una opinión y unas cuantas ideas que trasladar al blog. Quizá este punto parece un poco estúpido y, sin embargo, ¿cuánta gente se ha sentado a escribir y no sabía de qué? Una búsqueda activa siempre inspira y, si te paseas por las noticias de política y sociedad, quizá también desespera.

Hablar de actualidad será suficiente: no hace falta adivinar el futuro como hacen Los Simpson.

Quinto. Un blog solo es un blog.

Si no confundes desvalorizar con relativizar, relativizar siempre va bien. Un blog solo son entradas sobre un tema (o muchos) que se interrelacionan (o no) y que, a ti, te sirven para escribir acerca de lo que te apasiona, inspira o seduce. Cuando empiezas a darle demasiada importancia a lo que debes frente a lo que querías, conviertes un pasatiempo en trabajo y eso no era lo que buscábamos aquí, ¿no? Aun así, cuando uno escribe como trabajo (como estos chicos tan majos del blog 40defiebre, o un servidor) descubre que el éxito siempre es relativo frente a la constancia y que, si no te lo pasas bien, te va a salir un mojón, porque siempre hay gente a quien le apasionan las anémonas, el Bronx de los setenta o el barranquismo y el psicobloc.

Guía de lectura del Mundodisco de Terry Pratchett (1 de 2)

Con la salida de la miniserie Buenos presagios (Good Omens, Douglas Mackinnon, BBC Two/Amazon Prime Video, 2019), me ha dado por hacer una recopilación de todas las novelas del Mundodisco de Terry Pratchett. Las cosas que se le ocurren a uno cuando el verano te hierve el cerebro, ¿eh? Bueno, Mundodisco es una de mis sagas favoritas, así que supongo que solo necesitaba una excusa. Pero qué es Mundodisco, ¿no? ¿En serio queda gente que no ha oído hablar sobre la historia de ese planeta (en forma de disco, dicen… ¡ja!, jaque mate, tierraplanistas) que viaja a lomos de cuatro elefantes que, a su vez, viajan a lomos de una gigantesca tortuga por el espacio sideral? Vamos, lo típico que suele decirse sobre Gran T’Phon, Tubul, Berilia, Jerakeen y, por supuesto, de Gran A’Tuin: la tortuga. No obstante, más allá de lo (a)típico que todo dios sabe sobre la obra de Prattchet, si nos adentramos en la cosmogonía de ese universo se nos van a poner en fila personajes, lugares, situaciones y todo tipo de poderes mágicos para darnos un bofetón y que nunca, pero nunca, nunca, se nos olvide la genialidad del Hombre del Sombrero.

Vamos primero a 2017, ¿vale? Ese año, el disco duro con las novelas de Terry Pratchett sin terminar era destruido por una apisonadora: fue uno de sus últimos deseos y está bien, ¿no? Al fin y al cabo, ¿cómo iba a acabarse algo como el Mundodisco? Pratchett creó a Rincewind, a Lord Havelock Vetinari, a Yaya Ceravieja, a Húmedo von Mustachen, a Sam Vimes, a la Muerte más chula de todas las novelas de fantasía. Y ni él ni nadie se tragó nunca que, cuando nos faltase tras ser reclamado por el Segador (o por Susan Sto Helit, si los Auditores de la Realidad la habían vuelto a liar) se acabaría el Mundodisco. Creer algo así es no entender de qué están hechas las historias, pero el deseo de dejar a la imaginación lo que no se pudo acabar es más que legítimo: ya sabemos que hay mundos que terminan por superar a las propias mentes que los pensaron. En fin, que aplastaron el disco duro y Pratchett consiguió lo que no le permitieron, entre otros, a Virgilio, a Shakespeare, a Petrarca o a Kafka. ¿Y qué quiere decir esto? Que la bibliografía del Mundodisco está, desde entonces, tan completa como ya lo podrá estar por siempre entre novelas, cuentos y relatos, así que no es mal momento para… una Guía de lectura del Mundodisco de Terry Prattchet. 

Antecedentes de esta entrada monstruosa propia de las Dimensiones Mazmorra

Al César lo que es del César: esto no es algo que sea el primer listillo al que se le ocurre. Bueno, no bien bien. Es más, sin la Guía de Orden de Lectura del Mundodisco de Fancueva (que creo que descubrí a través de este artículo en Xataka) me parece a mí que esta entrada seguiría en mi cabeza y poco más, porque el gran trabajo de documentación se lo pegaron esos mozos. Del mismo modo, yo me enteré de la última versión (3.0) de la Guía de Orden de Lectura en un tuit de la cuenta Café de Tinta (al final del artículo, tienes un enlace al tuit original) que recopiló las 41 novelas en una de esas cadenas que ahora hace todo dios en el Twitter. En su momento, me pareció una idea cojonuda, pero luego pensé que, en ambas, faltaba algo que no he encontrado en ningún otro blog o portal literario: una recopilación que te dé el orden, la saga a la que pertenece cada novela y, sí, una sinopsis de la misma, porque… bueno, es Mundodisco, te va a enganchar igual leas el libro que leas, pero hay mucha gente con poca fe (ya sabes, pobres dioses menores…). ¿Y cuál es la diferencia entre esto y la típica «Wiki Fandom»? Pues que mi intención no es hacer dos o tres entradas supercompletísimas, sino dos o tres entradas que recojan la esencia de todos los libros y permitan una consulta rápida. ¿Lo pillas?

El Mundodisco se compone de siete sagas que siguen las aventuras y desventuras de incontables personajes, los principales son:

  1. Los magos de la Universidad Invisible, con Rincewind casi siempre a la cabeza (pero de la cola, por si hay que salir huyendo)
  2. Las brujas de Lancre: Yaya Ceravieja, Tata Ogg y Magrat Ajostiernos
  3. La Guardia de Ankh-Morpork
  4. Las novelas de La Muerte
  5. La saga de Tiffany Dolorido que, a grandes rasgos, se trata de una prolongación de la saga de las brujas
  6. Las novelas que siguen las aventuras de Húmedo von Mustachen
  7. Las novelas independientes que, en la Fancueva, dividieron en su día entre aquellas que narran historia antigua —Pirómides, Dioses menores— y otras centradas en algún tipo de revolución tecnológica o industrial, como Imágenes en acción, La verdad, Regimiento monstruoso, etcétera

¿Por dónde empiezo en el Mundodisco?

Como me he tragado varias decenas de enlaces para hacer esta guía de lectura, te resumo por dónde dicen que puedes empezar y por dónde empecé y empezaría yo. En mi caso, empecé a leer por El color de la magia y La luz fantástica, que son dos libros que te zampas rápido uno detrás de otro. He leído en varias páginas web y blogs que el autor recomendaba empezar por Rechicero (uno de mis libros favoritos de Pratchett: llega un rechicero de solo ocho años a la Universidad Invisible, o sea, un octavo hijo de un octavo hijo de un octavo hijo y, de golpe, todo dios sabe lanzar hechizos de un nivel asombroso, un claro antecedente de que se va a liar parda), pero no conozco el porqué. En cualquier caso, cualquiera de los cinco libros que inician línea argumental es igual de bueno para empezar, supongo:

Además, aquí tienes otra «Guía para iniciarse en el Mundodisco de Pratchett» (en inglés), donde añaden Dinero a mansalva (Mundodisco, 36), pero mucho ha llovido en Ankh-Morpork hasta la primera aparición de Húmedo en el cadalso, así que yo no empezaría por ahí. Por supuesto, cada uno es muy libre de hacer lo que quiera. Ya lo decía el tipejo este del sombrero: «A veces es mejor encender un lanzallamas que maldecir a la oscuridad.«

Mundodisco 1. El color de la magia (Rincewind)

Página de la Wikipedia: ES

A Ankh-Morpork llega Dosflores, el primer turista del Mundodisco, un tipo confiado e inocente del Continente Contrapeso que considera que nada malo puede pasarte si hablas muy despacito y en voz alta para hacerte entender. Le acompaña El Equipaje, un baúl de peral sabio con tendencias homicidas repleto de oro. En paralelo a la llegada de Dosflores a la gran ciudad, el cobarde mago Rincewind es expulsado de la Universidad invisible, ya que desde que uno de los hechizos de El Octavo (los ocho hechizos más poderosos del Mundodisco) entró en su cabeza no puede aprender magia, por sencilla que esta sea. Debido a la importancia del primer visitante a la ciudad-estado de Ankh-Morpork, Lord Havelock Vetinari, el patricio, encomienda a Rincewind el papel de guía turístico…

Mundodisco 2. La luz fantástica (Rincewind)

Página de la Wikipedia: ES

La luz fantástica recupera la acción de la que se empeñaba en huir Rincewind con Dosflores a cuestas. El echizero, como pone en el sombrero del mago porque ni lo de deletrear se le da bien al pobre, descubre que si no leen los ocho hechizos del Octavo (incluso aquel que está perdido en su cabeza) el mundo va a terminar. Para subir la tensión un poco más, todo bicho viviente que sepa de magia quiere matar a Rincewind y robarle el poder del hechizo (pues pasaría a vivir en la cabeza del mago más cercano tras la muerte de Rincewind). Además, Gran A’Tuin, la gigantesca tortuga que se mueve por el espacio cargando a los cuatro elefantes que llevan el peso del propio Mundodisco, está a punto de estrellarse contra una estrella roja y encima por ahí andan Cohen el Bárbaro y su prometida, para complicarlo todo un poco más.

Adaptaciones de El color de la magia y La luz fantástica

En 2008, se lanzó una adaptación televisiva de la primera gran historia de Rincewind en el Mundodisco titulada El color de la magia (ficha de FilmAffinity) que recoge la trama de los dos primeros tomos que nos legó este buen hombre. El Rincewind, a mi gusto, es demasiado viejales, pero si no llevamos demasiadas expectativas… Sin embargo, ya adelanto que, para mí (y, para gustos, colores), ninguna de las tres adaptaciones que hay hasta la fecha son una obra de arte.

Mundodisco 3.  Ritos iguales (Las brujas de Lancre)

Página de la Wikipedia: ES

En esta novela se da inicio al arco de las brujas de Lancre: Yaya Ceravieja, Tata Ogg y Magrat Ajostiernos se ven envueltas en una aventura tan loca como reivindicativa —en el original, Equal rites (Ritos iguales) es un juego de palabras con equal rights, o sea, igualdad de derechos— para conseguir que la Universidad Invisible acepte a Eskarina, la primera mujer mago del Mundodisco. Y todo porque un mago despistado que vagaba por las Montañas del Carnero ¡no se dio cuenta ni de qué genero era el bebé al que nombra sucesor! En fin, aquí empieza la lucha contra la intolerancia en el Mundodisco y, como siempre, lo hace con mucho humor.

Mundodisco 4. Mort (La Muerte)

Página de la Wikipedia: ES

La Muerte ya había hechos su aparición COMO UN SECUNDARIO DE RENOMBRE en títulos anteriores de Mundodisco. Ahora empieza lo bueno. Mort se resume en una premisa en apariencia simple: ¿puede La Muerte tomarse un descanso e irse de copas? No así porque sí, claro, sino designando a un aprendiz y dejándole al cargo. Pues eso es lo que hace, deja a Mort al cargo por unas horas y, mientras La Muerte se enfrasca en rocambolescas discusiones filosóficas de bar, al chaval no se le ocurre nada mejor que perdonarle la vida a cierta princesa…

Novela destacada

Mundodisco 5. Rechicero (Rincewind)

Página de la Wikipedia: ES

Para ser hechicero en el Mundodisco es condición sine qua non ser octavo hijo de un octavo hijo… Y aquí viene la regla de oro: los magos no pueden tener relaciones sexuales, porque, si las tuvieran, podría salir un… rechicero: es decir, el octavo hijo de un octavo hijo de un octavo hijo, y eso no es bueno. Nada bueno. Rincewind y el resto de la tropa de la Universidad Invisible lo aprenden a las malas aquí, cuando llega un rechicero de ocho años a la Universidad Invisible y todo quisqui puede lanzar hechizos inimaginables de golpe, y todo indica que ha empezado el Aprocrilipsis, el Despido de los Dioses y se están abriendo portales de las Dimensiones Mazmorra. De las mejores.

Novela destacada

Mundodisco 6. Brujerías (Las brujas de Lancre)

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El rey Verence I de Lancre es asesinado por su primo, el duque Felmet, y el bebé de Verence y la corona del reino son entregados por un sirviente a Yaya Ceravieja, Tata Ogg y Magrat Ajostiernos, las brujas de Lancre. Estas se encargarán de que, Tomjon, el heredero del trono de Lancre se una a una compañía de artistas viajeros que, con el paso del tiempo (el tiempo es algo muy voluble en el Mundodisco, aunque no lo sepas aún) derrocará al duque Felmet. En definitiva, que un día Terry se levantó con ganas de Shakespeare (y de Macbeth).

Adaptaciones de Brujerías

Hay una película animada de la BBC, ronda por YouTube también, que algún buen samaritano subtituló al castellano. La dejo aquí incrustada.

Mundodisco 7. Pirómides (Independiente)

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Primera novela independiente del Mundodisco. A menudo, se relaciona con Dioses menores, puesto que son los dos títulos que mejor nos permiten conocer las deidades de este cosmos.

Por designios paternos, Pteppic, príncipe del reino de Djelibeibi (pequeña región que se parece mosqueantemente al Antiguo Egipto, oye), ha sido educado en Ankh-Morpork por la flor y nata del Gremio de Asesinos. Tras la muerte de su padre, debe volver al reino y asumir sus deberes como Rey-Divinidad, pero la educación recibida parece que choca con las tradiciones de su propio pueblo, que no han cambiado en 1.500 años de historia.

Mundodisco 8. ¡Guardias! ¿Guardias? (La guardia de Ankh-Morpork)

Página de la Wikipedia: ES

Podría parecer que una ciudad como Ankh-Morpork necesitaría de un cuerpo de guardia especial, pero no. En realidad, la Guardia Nocturna de la ciudad de Ankh-Morkpok no tiene mucho trabajo: de los crímenes se ocupan el Gremio de Ladrones y el de Asesinos, sin pasarse de una cuota fija al mes, por supuesto. Así, la guardia tampoco requiere de muchos efectivos y consta de tan solo tres hombres: el capitán Vimes, el sargento Colon y el cabo Nobbs. Sin embargo, cuando un nuevo recluta, el idealista «enano» Zanahoria Fundidordehierroson, se integra en su equipo y no tiene mejor idea que arrestar a ladrones y asesinos haciendo cumplir la ley, los tres veteranos guardias verán cómo su rutina se rompe. Y por si fuera poco, un dragón, criatura que se creía extinta, ha aparecido en la ciudad, aunque esto no parece interesarle mucho a nadie…

Adaptaciones de ¡Guardias! ¿Guardias?

Según la Wikipedia:

Mundodisco 9. Fausto Eric (Rincewind)

Página de la Wikipedia: ES

Se trata de una parodia del Fausto de J.W. Goethe. Volvemos al arco argumental de Rincewind en la que es su cuarta novela. Rincewind es invocado por un demonólogo de 13 años, Eric Thursley, que quiere ser el gobernante del mundo, conocer a la mujer más hermosa que haya existido jamás y vivir para siempre. El chaval se cree que el mago es un demonio y el hechicero, para su horror, descubre que sí puede cumplir los deseos de Eric.

Novela destacada

Eric explica TANTO —como diría La Muerte— sobre los orígenes del Mundodisco, su naturaleza y su humor que, con toda probabilidad, es de las novelas imprescindibles de Pratchett. Al menos, para un servidor. Además, es divertida a rabiar. En su entrada de la Wikipedia en español, y a diferencia de otros títulos de la saga con cuatro líneas de texto, hay una completa sinopsis argumental de Eric.

Mundodisco 10. Imágenes en acción (Independiente)

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El mejor truco de los alquimistas del Mundodisco es convertir el oro en… menos oro. Así que, cuando por fin hacen algo de magia y crean las imágenes en acción (un símil del cine mudo, para entendernos), es normal que todo el mundo pierda un poco la cabeza, ¿o no? Victor Tugelbend, un estudiante de la Universidad Invisible, decide mudarse a Holy Wood y probar suerte en la nueva industria; lo mismo le ocurre a la joven Theda «Ginger» Withel. Mientras tanto, algo raro sucede por allí entre animales que empiezan a hablar, rupturas del espacio-tiempo y criaturillas de las Dimensiones Mazmorra que no deberían estar pululando por donde están pululando.

Imágenes en acción es otra novela independiente del Mundodisco que, principalmente, se centra en la historiografía del cine, con homenajes constantes a la edad dorada de Hollywood.

Mundodisco 11. El segador (La Muerte)

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Los Auditores de la Realidad —entidades sobrenaturales y burócratas celestiales— son seres sobrenaturales que se aseguran de que las leyes de la física funcionen como es debido. A grandes rasgos, se podría decir que ven a los humanos —desordenados, imprevisibles— como una molestia y una enorme carga de trabajo y prefieren otras entidades con un porcentaje menor de libre albedrío, como las piedras. Por esto, cuando La Muerte empieza a desarrollar personalidad, los Auditores argumentan a Azrael, el Señor de las Muertes, que no está cumpliendo con sus deberes y lo liberan de sus funciones. La Muerte, que tampoco tiene mucha experiencia en temas humanos, elige el nombre de Bill Puerta, se baja al Mundodisco y se larga a la granja de la señorita Flitworth a trabajar como… segador (¿qué esperabas?), con la mala pata de que alguien acaba de inventar la primera máquina de siega industrial. En paralelo, el mago Windle Poons prevé la hora de su muerte, como es propio de todos los magos y las brujas, pero esta no llega: con el mosqueo general, Poons se une a zombis, vampiros, banshees y hasta hombres del saco para saber qué leches está pasando, mientras que los magos de la Universidad Invisible intentan que Windle Poons siga… bueno, muerto.

Novela destacada

Mundodisco 12. Brujas de viaje (Las brujas de Lancre)

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Cuando Magrat Ajostiernos, la bruja más joven del aquelarre, recibe la vara mágica de una hada madrina moribunda, las tres brujas deben emprender un viaje para salvar a una chica envuelta en un… ¿cuento de hadas? Según descubren Yaya Ceravieja, Tata Ogg y Magrat Ajostiernos, otra hada, harta de que nadie sepa lo que es mejor para ellos mismos, ha empezado a cumplir los deseos que la gente debería desear. El libro está plagado de referencias a cuentos y novelas fantásticas, incluyendo The Frog Princess, la Caperucita Roja, El gato con botas, La bella durmiente, Cenicienta y El maravilloso Mago de Oz.

Mundodisco 13. Dioses menores (Independiente)

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Dioses menores sigue el recorrido de (en teoría) uno de los dioses más importantes del Mundodisco: Om. A veces, los dioses deciden tomar forma física y pasearse entre los humanos, pero cuando se le ocurre hacer esto a Om  se da cuenta de que, pese a la enorme estructura religiosa tras su figura, solo tiene un verdadero creyente: Brutha. El principal problema de Om es que un dios del Mundodisco es tan poderoso como creyentes tenga, por lo que él está a punto de desaparecer en el olvido.

La novela se mueve entre Efebia, una parodia de las polis griegas —en constantes luchas con Espadarta—, Omnia, Ankh-Morpork y otras zonas del gran cosmos de Pratchett a través de dos visiones enfrentadas de la misma religión monoteísta: la de Vorbis, que considera que todo lo que hace está bendecido por Om, pues si no fuera así el dios no dejaría que lo hiciese, y la de Brutha, que sigue escrupulosamente los preceptos del omnianismo.

Mundodisco 14. Lores y damas (Las brujas de Lancre)

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Tras lo ocurrido en Brujas de viaje, Magrat Ajostiernos se va a casar con Verence II, antiguo bufón y actual rey de Lancre. Todo está preparado para la ceremonia, pero Magrat no aparece por ningún lado. Por si fuera poco, cinco jovencitas empiezan a plantarle cara a Yaya Ceravieja y a esta le da en la nariz que el día de su muerte está cada vez más próximo. Y los elfos (que nada tienen que ver con son esas criaturas dulces de los cuentos: es más, son unos hijos de p*** de mucho cuidado y, por eso, ya se preocuparon en el pasado de mandarlos a otra dimensión) han encontrado el modo devolver al Mundodisco para apoderarse de él para siempre.

Mundodisco 15. Hombres de armas (La guardia de Ankh-Morpork)

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Edward de M’uerthe está obsesionado con devolver un rey a Ankh-Morpork y recuperar la importancia nobiliaria de su familia. Gracias a su posición en el Gremio de Asesinos descubre que el cabo Zanahoria Fundidordehierroson es el heredero legítimo al trono. Mientras tanto, en la guardia, el capitán Vimes tiene sus propios problemas: se va a casar con la mujer más rica de la ciudad, para lo bueno y para lo malo, y Lord Vetinari le ha colocado tres nuevos reclutas entre sus filas: Detritus el Trol, Cuddy el Enano y Angua, ¡una mujer! (y mujer-loba encima, aunque esto los guardias todavía no lo saben). Y, por si fuera poco, empieza a morir gente con heridas extrañas de un arma que nunca se había visto en Ankh-Morpork, y los enanos y los trols se culpan mutuamente, y todo está a punto de saltar por los aires…

Novela destacada

Mundodisco 16. Soul Music (La Muerte)

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Buddy, un músico del país de Nellofselek consigue un extraño instrumento con cuerdas que lo catapulta a la fama casi de inmediato. El joven músico decide formar una banda con Odro, un enano que toca el cuero, y Cliff, un trol percusionista. ¡Es el primer grupo de «música con rocas» del Mundodisco! Y-Voy-A-La-Ruina Escurridizo, a su vez, ve negocio en el merchandising y adopta el papel de mánager del grupo. La locura por la música con rocas no es lo único extraño que está sucediendo en el Mundodisco: La Muerte ha desaparecido y sus poderes (y responsabilidades) se están transfiriendo a Susan Sto Helit, hija de Mort e Ysabell…

Adaptaciones de Soul Music

En 1997, Channel 4 estrenó una adaptación televisiva con Cristopher Lee como… La Muerte. Puede encontrarse en YouTube (por lo menos) en versión original.

Mundodisco 17. Tiempos interesantes (Rincewind)

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El imperio más antiguo del Mundodisco anda revuelto… Y la culpa de todo la tienen, por este orden: un panfleto revolucionario titulado «Lo que hice en mis vacaciones…» , el mago Rincewind y su fiel Equipaje, una horda de bárbaros, capitaneados por un viejo héroe llamado Gengis Cohen, y una mariposa muy especial. ¿Quizá por eso la peor maldición que se puede echar en el refinadísimo Imperio Ágata es aquello del «ojalá vivas en tiempos interesantes»?

Novela destacada

Mundodisco 18. Mascarada (Las brujas de Lancre)

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Agnes Nitt deja Lancre antes de que las brujas del aquelarre la conviertan en una de las suyas. ¿Su sueño? Cambiarse el nombre por algo con clase —con una equis por ahí en medio, por ejemplo— y cantar en la Casa de la Opera de Ankh-Morpork. Yaya Ceravieja se entera de que Tata Ogg ha publicado un libro de cocina… mágica y que le adeudan un buen pastón los editores de Ankh-Morpork, así que deciden hacer una escapadita y, de paso, ver qué pasa con la chica de los Nitt.

De nuevo, en Ankh-Morpork, Agnes tiene el problema de su falta de… presencia escénica (o todo lo contrario, depende de cómo se mire) y los responsables deciden que sea su compañera Christine quien aparezca en el escenario mientras Agnes, o Perdita X. Nitt como le gustaría llamarse, hace todo el trabajo detrás del coro. Además, la Casa de la Opera tiene un tarado que va escribiendo notitas con ¡¡¡¡¡CINCO!!!!! exclamaciones y arruinando, poco a poco, el negocio, que va como siempre va el arte: entra mucho dinero, sale mucho dinero y el espectáculo debe continuar. El problema es que parece que el Fantasma de la Ópera ha pasado de destrozar violines y zapatillas de ballet a matar gente, y eso, quizá, es demasiado.

Mundodisco 19. Pies de barro (La guardia de Ankh-Morpork)

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Nobby Nobbs podría haber tenido un pasado muy distinto si alguien hubiese sabido que descendía del conde de Ankh… Cuando la clase aristocrática de Ankh-Morpork y los líderes de los gremios se enteran, se unen para deponer a Lord Vetinari como patricio de la ciudad-estado. Sin embargo, alguien parece haberse adelantado y ¡está envenenando al patricio! ¿Acaso era eso posible conociendo a Havelock Vetinari? La nueva agente de la guardia de la ciudad, Jovial Culopequeño, lo está investigando… En paralelo, alguien está matando a ciudadanos respetables de la ciudad (tan respetable como puede ser el ciudadano medio de Ankh-Morpork) y todo apunta como culpable a un gólem. Pero Dorfl, un… golem (qué casualidad, oye) está dispuesto a ayudar a la guardia a descubrir el misterio.

Mundodisco 20. Papá Puerco (La Muerte)

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¿Qué sentido tiene la celebración de Papá Puerco? Según los antiguos ritos del Mundodisco supone la transición del invierno al verano. Los Auditores de la Realidad siguen haciendo de las suyas y han encontrado a alguien que puede «cargarse» al Padre Cerdo, lo que supone una catástrofe de proporciones épicas: el sol no volverá a salir. Ahora, La Muerte debe tomar el papel de Papá Cerdo y hacer que la gente no pierda la fe. Pero ¿qué pasa con esa fe en la existencia de Papá Puerco? Toda esa fe ha quedado libre y han empezado a aparecer personificaciones algo extrañas, como el Monstruo Come-calcetines, el Hada de la Felicidad y, por supuesto, el Oh Dios de las resacas, con un peso especial en Ankh-Morpork y con un clarísimo epicentro en la Universidad Invisible.

Papá Puerco explica por qué la humanidad se empeña en crear personajes en su propio beneficio, como Papá Puerco (algo así como Papá Noel), el Hada de los Dientes (para nosotros, el Ratoncito Pérez) o… bueno, La Muerte.

Novela destacada

Adaptaciones de Papá Puerco

Este libro se adaptó a TV con una miniserie de 2 episodios en 2006: Papá Puerco. La fábula navideña de Pratchett en vivo y en directo.

Enlaces relacionados:

Sentíos libres de contactar conmigo para sugerirme enlaces de interés u otras adaptaciones que no estén en la entrada. Sobre videojuegos, juegos de mesa, novelas científicas, atlas y el resto de materiales que no aparecen por aquí relacionados con Mundodisco quedan para la segunda parte de esta guía (o quizá para la tercera).


Esta Guía de lectura del Mundodisco de Terry Pratchett está inspirada en una cadena de tuits de Café de Tinta y en la Guía de Orden de Lectura de Mundodisco v3 de la Fan Cueva.

Para las imágenes y las portadas me ha ayudado mucho una entrada del blog Geek Soil con muestras del trabajo de Josh Kirby para la saga Mundodisco.

Actualizada en abril de 2018. Creative Commons (BY; SA)

Continuará.

BoJack Horseman y sus lecciones sobre cómo contar una historia

Estos días me he vuelto a ver la quinta temporada de BoJack Horseman (Netflix, 2014), una sitcom de animación —a partir de aquí, todo es posible— sobre un actor de televisión que vive en Hollywoo(d). Él es un caballo; su mánager, una gata persa de color rosa; su álter-ego, un perro labrador, que también es actor. Por ahí está Todd, que es humano, pero el menos normal de todos ellos, y Diane, que es una escritora-redactora creativa de ascendencia vietnamita. ¿Y cómo es esto posible? En este mundo, conviven personas y animales antropomorfos, pero eso es lo más sencillo que su creador, Raphael Bob-Waksberg, nos tira a la cara para que digiramos o nos atragantemos: a menudo, parece que se la suda (y hace bien).

En BoJack Horseman los personajes evolucionan a través de la trama: algo a lo que no estamos acostumbrados en las series de animación. Tampoco es habitual que este tipo de series oscilen entre el drama y la comedia (o la tragicomedia), ni se atrevan a tratar temas tan profundos como el éxito y el fracaso, la necesidad de ser amado, las carencias afectivas de las personas, la búsqueda de atención constante. Todas estas cuestiones dan una profundidad a la serie que hace que valga la pena verla, pero, en realidad, yo he descubierto algo mucho más importante para aquellas personas que queremos aprender a contar una historia: ahí metidos hay verdaderos maestros de la narración, y voy a hablaros de algunos capítulos que lo demuestran, ¿vale? Por supuesto, hay mucho escrito sobre la serie, pero si queréis un texto que os convenza de que tenéis que ver este pelotazo de Netflix, leed este artículo de Ana Pacheco: Regodearse en la miseria, como BoJack Horseman. Por mi parte, yo os voy a hablar un rato sobre literatura…

BoJack… ¿qué?

Las dos primeras temporadas de Bojack son una especie de Charlie Harper viviendo la vida de Charlie Sheen (Dos hombres y medio, Chuck Lorre, Lee Aronsohn, 2003-2015). Bojack es una ex estrella de televisión; alcohólico, drogadicto, disfuncional. Gracias al éxito de su antigua serie, Horsin’ Around, Bojack puede mantener un buen nivel de vida mientras sigue sin reconocer sus problemas, su frustración, resentimiento y odio por sí mismo. Hasta aquí, todo es bastante más negro de lo que uno imaginaría para una serie de animación, ¿verdad? Bueno, esa parece ser la clave de su éxito. En cualquier caso, sobre las virtudes de la serie que te hable otro (u otra), para mí ya estás tardando en tragártela a palo seco, y con ansia, y ahora voy a hablar de los capítulos que me han dado una buena hostia en la cara (con [algunos] spoilers [pequeñitos], luego no llores: aunque intentaré no destripar más que lo estrictamente necesario) y me han enseñado cuatro cosas más sobre cómo contar una historia. ¿Te apuntas?

BoJack Horseman es una de las primeras series de animación en Estados Unidos con un hilo narrativo serializado, donde los sentimientos de los protagonistas evolucionan conforme avanza la trama. Will Arnett, actor de voz de BoJack, la ha definido de la siguiente forma: «La paradoja es que los animales protagonizan una comedia cruda sobre la condición humana y sobre una persona que no sabe avanzar (…) Parodiamos lo absurdo de este mundo interesado en las bajezas de los famosos. Es lo más dramático que he hecho. Raphael Bob-Waksberg y yo salimos de la grabación hechos polvo».​

He recopilado diez capítulos que narran una historia (o parte de esta) de formas muy distintas entre sí. ¿Por qué diez episodios? Por nada en especial, porque son diez los episodios que más me han llamado la atención y más difíciles me parecen de construir y mover conforme a sus respectivas tramas. ¿Son mis capítulos favoritos? Algunos sí y otros no. Como pez fuera del agua, por ejemplo, ni tan siquiera me gustó demasiado, pero el final te da un buen meneo a la cabeza y, de paso, explica todo lo que ha ocurrido durante, y hay que reconocerlo: eso no es fácil de hacer.

Final infeliz (Bojack Horseman, 1×11)

Sinopsis del capítulo: BoJack, aún molesto por el libro que escribió Diane, le pide al señor Pinky Pingüino que le dé una semana para escribir una versión mejor. Al no poderse concentrar para escribir, pide ayuda al doctor Hu, quien le ofrece drogas para dejar fluir su creatividad. Sara Lynn y Todd deciden ayudar a BoJack, pero este termina en un «viaje» alucinógeno. 

El cambio de narrativa en ese capítulo es uno de los primeros ejemplos para acercarnos a un Bojack sin filtros. Algo que apenas conseguimos como espectadores en la primera temporada debido al carácter del personaje (en BoJack odia a los soldados, BoJack Horseman, 1×02, somos testigos de la mala relación con su padre en un flashback), pero no es hasta esta experiencia a lo gonzo cuando podemos observar muchos de sus traumas: infancia, amigos dejados a un lado, sentimientos contradictorios hacia el señor Peanutbutter, el cacao mental entre lo que se ve de cualquier famoso y lo que queda detrás y, por descontado, guiños a un montón de cosas, desde los Peanuts hasta Dr. Who que nos recuerdan todo el tiempo que Bojack sigue siendo un dibujo animado: le quitan la línea de contorno, lo borran… En las pesadillas psicotrópicas, parece que todo vale, incluso jugar con la cuarta pared. Sobre el uso de la animación a favor de la narrativa, en Hablemos de BoJack Horseman: La autodestrucción y el miedo a la infelicidad (de la cuenta de YouTube Un Mapache A Prueba de Todo) se listan varios ejemplos de los que hablo.

Diane y el señor Peanutbutter caracterizados como dos personajes de Peanuts en el viaje alucinógeno de BoJack…

Tras la fiesta (Bojack Horseman, 2×04)

Sinopsis del capítulo: La historia se divide en tres partes que se enfocan en distintas visiones sobre la fiesta sorpresa de cumpleaños de Diane. Al largarse de la fiesta, Princess Carolyn intenta descubrir qué oculta su nuevo novio, Vincent; mientras tanto, el sistema operativo de teléfono de Todd se enamora del sistema operativo del teléfono de Princess Carolyn por un fallo en el software. BoJack y Wanda golpean a un venado mientras Wanda se dirige al bosque para ver si está bien y Diane y el Señor Peanutbutter discuten sobre si Tony Curtis está muerto o no y por qué demonios eso importa.

Este episodio se divide en tres historias distintas que nacen de un punto de partida que comparten todos los personajes, algo que no es una gran novedad (por ejemplo, Trilogía del error en Los Simpson, 12×18), pero que no deja de ser bastante difícil de articular y que quede como dios manda en la narración. Aun así, de las tres historias, lo más interesante es el uso de un recurso bastante complejo en forma de chiste que le cuenta Wanda a Bojack. El chiste en sí parece no tener sentido hasta que lo conecta con la segunda parte de otra historia que, a su vez, no parecía tener ninguna relación con la primera historia que le ha explicado un buen rato antes. Además, resulta un guiño hacia el espectador y hacia el personaje de BoJack (a veces las cosas buenas necesitan de tiempo, le dice).

El «chiste» de Wanda y el jardinero que siempre acertaba con la cantidad de abono.

Mi hogar es el mar (Bojack Horseman, 2×12)

Sinopsis del capítulo: Al volver a Hollywoo, BoJack se entera por parte de Princess Carolyn que la filmación de Secretariat terminó sin él cuando Lenny Turtletaub reemplaza al verdadero Bojack con una versión CGI. El caballo consigue dinero para el establecimiento del «Orfanato BoJack Horseman» como parte de una promesa que hizo en el funeral de Herb Kazzaz. Princess Carolyn y Rutabaga Rabbitowitz están cerca de abrir su propia agencia. Todd abandona la casa de BoJack para trabajar en el crucero propiedad del grupo de comedia de improvisación, donde al final termina descubriendo que se trata de una secta y es rescatado por su mejor amigo.

El equipo creativo sigue probando cosas nuevas en Mi hogar es el mar con un capítulo que empieza mostrando, en paralelo (pantalla partida en el episodio), el día a día de Diane y el señor Peanutbutter que están afrontando una crisis de pareja: Peanutbutter cree que su mujer está fuera del país y Diane se niega a admitir que ha fracasado otra vez. La construcción de esta escena inicial nos permite asistir a una narración no lineal mientras seguimos, a la par, las acciones de estos dos personajes. Sin embargo, la parte más divertida del episodio es aquella en la que Todd se une a un grupo de improvisación y, para escapar del crucero, debe vencer a sus antiguos amigos mediante la improvisación, una narrativa en la que BoJack participa a regañadientes para poder recuperar a su amigo. A ver si me explico, en este caso, BoJack no cree que lo que las acciones de Todd y los marineros improvisadores tengan sentido ni relevancia, pero les sigue el rollo aceptando ese «nivel ontológico de realidad» para poder largarse del barco con su colega y, a la vez, todo lo anterior se hace necesario para nosotros como espectadores para que avance la trama. Rebuscadillo, ¿eh?

Todd Chávez: «Tú no lo entiendes, si mueres en teatro improvisado, ¡MUERES en la vida real!»
BoJack: «Este barco está lleno de imbéciles.»

Por descontado, pueden haber muchas otras muestras en las dos primeras temporadas que me he saltado o he obviado, pero se trata siempre de pinceladas o de pequeños ejemplos: del narrador protagonista al monólogo interior, de recursos como la elipsis, la paraelipsis, la anticipación, el suspense, el macguffin… Sin embargo, a partir de la tercera temporada, BoJack Horseman empieza a tener capítulos que consiguen cosas que series de televisión con muchísima más trascendencia (y no estoy hablando solo de series de animación) ni se han atrevido a soñar. Estoy hablando de episodios como Como pez fuera del agua, Estúpido desgraciado, La flecha del tiempo o Las novias del señor Peanutbutter. Junto a los tres anteriores, he escogido otros siete episodios que cree que enseñan más que cientos de horas de lectura y cine.

En fin, sigo.

Como pez fuera del agua (Bojack Horseman, 3×04)

Sinopsis del capítulo: BoJack llega al Festival de Cine del Océano Pacífico, en donde se está presentando «Secretariat». En el lugar trata de encontrarse con Kelsey para disculparse por haber provocado su despido. Al mismo tiempo, BoJack trata de devolver a un caballito de mar bebé a su familia.

¿Qué ocurre si a una serie cuya principal fortaleza son los diálogos se los arrancamos de cuajo y sin previo aviso? Este parece el planteamiento que se hicieron para este episodio. Como pez fuera del agua tiene como característica principal la ausencia total de diálogos tras la introducción del episodio, donde BoJack y Ana Spanakopita hablan sobre por qué el actor tiene que asistir a la presentación de su nueva película en el Festival de Cine del Oceáno Pacífico (FCOP). A partir de aquí, la mímica y la gestualidad de los personajes, la belleza de las animaciones y la música acogen una importancia enorme como recursos que nos ayudan a sumergirnos en la trama. Confieso que no es de mis episodios favoritos, ni mucho menos, pero igual que a muchos escritores no les encantan las larguísimas descripciones estilo Tolkien, entienden su por qué dentro de la narración, ¿verdad? Aquí, igual.

(Imagina el sonido de cientos de sardinas en el autobús…)

Estúpido desgraciado (Bojack Horseman, 4×06)

Sinopsis del capítulo: En su monólogo interno, BoJack se come el coco después de que su madre y su enfermera se mudan con él. Para salvar la película fallida, Princess Carolyn decide avanzar la falsa relación de Courtney y Todd con un matrimonio simulado con la ayuda de Rutabaga. Todd está en conflicto sobre esto, sobre todo porque se está sintiendo más cómodo identificándose como asexual.

Aunque se ha visto anteriormente, este capítulo explota los sentimientos y pensamientos de BoJack a través de una narrativa interna a la que el espectador puede asistir en paralelo al desarrollo de las distintas escenas que se suceden. La composición del monólogo interior del protagonista es muy distinto al estilo general de la serie para ayudarnos a diferenciar rápido lo que BoJack dice de lo que BoJack piensa: dibujo, sonido y animaciones que nada tienen que ver con el estilo habitual en el que se presenta la serie son recursos que completan todo esto.

La flecha del tiempo (Bojack Horseman, 4×11)

Sinopsis del capítulo: A través de los borrosos recuerdos de Beatrice, se revela cómo en 1963 su padre la empujó hacia un matrimonio concertado. Ella rechazó a su pretendiente y se enamoró de un apuesto aspirante a escritor, Butterscotch Horseman. Más tarde, viviendo en pareja en San Francisco, su matrimonio vacila; no son felices, no han alcanzado nada de lo que se proponían de jóvenes: ambos beben mucho y pagan sus frustraciones con su hijo, BoJack. Años después, cuando BoJack ya es un adulto, Butterscotch tiene una aventura con una doncella llamada Henrietta, una aspirante a enfermera. Beatrice convence a Henrietta para que entregue al bebé en adopción para que pueda continuar en la escuela de enfermería.

El viaje en coche a una residencia donde BoJack planea ingresar a su madre se difumina entre los recuerdos de Beatrice, quien ya no distingue la realidad. Esto nos permite asistir a un capítulo en el que la información se nos ofrece de forma parcial debido al alzheimer o la demencia senil. Para ejemplificar esto, los rostros de muchos de los personajes que Beatrice no recuerda aparecen tachados o difuminados (a menudo, solo son siluetas) y lo mismo ocurre con los escenarios, vacíos de objetos y detalles.

La flecha del tiempo es uno de esos capítulos que no solo son importantísimos para la serie (explican al espectador por qué Beatrice es como es, quién es, en realidad, Hollyhock, qué ocurrió en la infancia y juventud de BoJack, Butterscotch, Beatrice, etc.), sino porque presenta una narrativa segmentada e incompleta que el espectador puede entender mejor así, y con más profundidad, que si se le diese de golpe toda la información que nos faltaba al inicio. La forma en la que se reserva con cuentagotas la información que nos llega como espectadores (lo que los personajes dicen, lo que vemos y lo que no…) lo convierte en un capítulo asombroso y, sobre todo, muy humano: se hace difícil pensar en otros ejemplos que hablen de la vejez con la misma emotividad.

Free churro (Bojack Horseman, 5×06)

Sinopsis del capítulo: BoJack recita su elegía en el funeral de su madre delante de un público al que no vemos y al más puro estilo del comediante americano de clubs nocturnos.

Free Churro es una puñetera locura que empieza con un flashback muy agrio que recupera al padre de BoJack y la relación de desatención que mantuvo con su hijo durante toda su vida. En muchos sentidos es un episodio muy arriesgado que se apoya, a la fuerza, en un texto trabajadísimo para funcionar, ya que solo vamos a ver a BoJack y un ataúd cerrado a lo largo de 25 minutos en los que pretende hablar sobre su madre (aunque habla sobre muchas más cosas).

La elegía se convertirá casi desde el primer momento en un monólogo en el que se entremezcla comedia y tragedia: sin duda, pongo la mano en el fuego en que este es el capítulo más triste de toda la serie hasta la fecha. A nivel narrativo, los guionistas optaron por un modelo muy cercano a la stand-up comedy y un humor negrísimo que llega a picar, y juegan magistralmente con lo que se ve y lo que no se ve en pantalla (el tío del órgano, los recuerdos superpuestos como imágenes de la madre de BoJack bailando en las fiestas que hacía en casa, la sorpresa final…) para aliviar un poco la tensión y descargar la catarata de emociones que se nos viene encima.

Free Churro es como si Richard Pryor, Jerry Seinfeld o Woody Allen sacasen sus demonios en un show de comedia en vivo en un funeral. Algo que, de algún modo, emula una de las grandes revelaciones de 2018-2019 con El método Kominsky (Chuck Lorre, 2018). ¿Y sabes qué? El funeral que vamos a ver en la primera temporada con Michael Douglas y Alan Larkin no le llega ni a la suela de los zapatos a este episodio, que no solo lleva a BoJack a ver lo vacía que estuvo hasta el final la relación con su madre (I see you: ya lo pillaréis), sino que se atreve a demostrar cómo su padre solo quería lo que tiene su hijo (fama, atención, saber si aquel tarado de Montana había leído su novela…), pero su hijo no puede disfrutar de lo que, de un modo u otro, ha conseguido por culpa de lo que sus padres le hicieron vivir de niño.

Tras el flashback inicial, Free Churro se desarrolla durante la casi media hora de capítulo con BoJack hablando a una audiencia de la que no sabemos nada.

No estoy muy de acuerdo con el análisis del episodio Free Churro de Cinema Ivis, pero es interesante. ¡Echadle un ojo!

Interior Sub (Bojack Horseman, 5×07)

Sinopsis del capítulo: La narrativa se vuelve un poco loca cuando una psicóloga le cuenta a su esposa la historia de BoBo, la cebra angustiada; mientras tanto, la esposa de la psicóloga, que es mediadora profesional, le explica el último caso en el que ha tenido que mediar, la grave disputa entre el Rey Caramano y Bruma de cacao mental anhelante con forma de mujer por la desaparición de un trozo de queso.

Este es uno de los capítulos más cojonudos que existen de esta serie y de cualquier serie. Una pareja de mujeres afroamericanas de mediana edad quedan a comer en un restaurante italiano y la historia se divide en dos tramas y se plantea a través de dos narradores testigo: una de ellas es psicóloga y está tratando a una paciente (Dian… Diana, princesa de… ¡Gallos! [Diane, Princess of Whales]) debido a su insana relación con BoJa…  ¡BoBo, la cebra angustiada! que intenta superar la muerte de su madre; la otra es mediadora profesional y no sabe si podrá resolver, sin llegar al arbitraje, el caso del… Rey Caramano (Emperador Finger-Face) y Bruma de cacao mental anhelante con forma de mujer [Tangled Fog of Pulsating Yearning in the shape of a woman] que han discutido por quién se comió el último queso hilado (string cheese) del apartamento que comparten. El capítulo oculta a los personajes que conocemos: BoJack, Todd, Princess Carolyn, Diane… y los caracteriza (con el secreto profesional de esa pareja como excusa) en un juego con el espectador en el que, poco a poco, las dos narradores que creen contar dos historias diferentes se dan cuenta de que los protagonistas de ambas están conectados entre sí.

El Rey Caramano y Bruma de cacao
El Rey Caramano y Bruma de cacao anhelante con forma de mujer en una sesión de mediación.

Las novias del señor Peanutbutter (BoJack Horseman, 5×08)

Sinopsis del capítulo: Durante la fiesta número 25 de Halloween de BoJack nos adentramos en las relaciones de pareja del Sr. Peanutbutter a través de cuatro mujeres que han compartido parte de su vida con el labrador: su actual novia, Pickles the Pug, y sus tres ex mujeres: Katrina, Jessica Biel y Diane.

En 1993, el señor Peanutbutter inicia una extraña tradición, llevar sus fiestas de Halloween a casa de su amigo BoJack. Para ello, la narración nos presenta cuatro saltos temporales para situarnos en poco más de tres minutos y los interrelaciona entre ellos. El episodio está repleto de guiños y licencias narrativas que funcionan a las mil maravillas, por ejemplo: para que el espectador no se pierda, los personajes se toman la libertad de decir en qué año están, se hacen guiños constantes del pasado hacia el futuro (como el famoso, wait for it… de Cómo conocí a vuestra madre) o se conectan de forma directa situaciones que han ocurrido en esos veinticinco años (siendo esto posible porque nos han realizado una presentación de todas las reglas del juego que el capítulo utilizará desde el inicio: conexión entre personajes, saltos temporales, uso de elementos presentes en el pasado y viceversa, etc.). En cualquier caso, el capítulo utiliza los eventos anteriores para explicar el presente del señor Peanutbutter (y, en parte, también de otros personajes, como BoJack, Todd o Princess Carolyn), pero sobre todo nos ayuda a entender mejor por qué ese labrador bobalicón es como es y cómo los errores que ha cometido en el pasado le ayudarán a crecer como… ¿persona? Bueno, sí, persona… supongo.

La serie se va a la ruina (Bojack Horseman, 5×11)

Sinopsis del capítulo: Cuando la adicción a las drogas de BoJack llega tan lejos que no logra distinguir la realidad con su programa de televisión, su actual novia, Gina, lo enfrenta a su problema.

Quizá este es uno de los episodios más magistrales de la serie (y creo que mi favorito de las cinco temporadas: o este, o Interior Sub). No es casual que el opening con el que empieza el capítulo sea el de Philbert —la serie que está grabando Bojack con Gina como coprotagonista— y no el de Bojack Horseman; a partir de aquí, las escenas se confunden, la voz del narrador de Philbert, que es Bojack interpretando al detective Philbert, se diluye con el monólogo interior del propio Bojack; cuesta saber cuándo Bojack está grabando y cuándo está viviendo en su paranoia, hay guiños constantes entre los distintos niveles de realidad y el argumento está planteado para seguir llevando al protagonista a una situación límite hasta que, totalmente desubicados y dudando como espectadores de si tenemos delante a un narrador fiable (es evidente que no, al menos en este episodio) todo explota en el plató.

Como ves, en BoJack Horseman se han inventado un mundo de mierda para hablar sin tapujos de nuestro mundo de mierda. Con temas recurrentes como el éxito y el fracaso, el aborto, el feminismo, la cultura de la violación, la caricaturización de uno mismo, lo que exige la fama y el éxito, la necesidad de ser amado, las personas con enormes carencias siendo admiradas y replicadas como modelo… Y todo esto, además, evoluciona, así que a saber dónde nos llevarán las siguientes temporadas y, sobre todo, cómo lo harán, que es una de las grandes fortalezas de esta serie. Leí por ahí que, en otras series de animación, como Los Simpson, la realidad flexible llevada al límite hace que todo quepa ahí, pero, en en BoJack Horseman parece que el verdadero secreto es que sus creadores no tienen miedo a nada. En definitiva, habrá que seguir en la brecha. Si habéis visto la serie, ya sabes que la solución la tenemos desde la segunda temporada, cuando el papión le dice: ‘Se vuelve más fácil, cada día se hace un poco más fácil; la parte mala es que tienes que hacerlo cada día, pero se vuelve más fácil’.

Ahora veamos si BoJack lo consigue…


Enlaces relacionados:

Ladrar a las bombas

Argos y yo tenemos una relación difícil. Los días de sol, mientras tecleo sobre la mesa blanca del despacho, él se queda durmiendo en la terraza de tablones agrietados. De repente, se arranca a ladrar y yo salgo escopetado a reñirle. Eso hago, sí. Le llamo la atención y le invito a entrar en casa, a tumbarse en el colchón que tienen en nuestra habitación; le susurro promesas: que luego iremos a pasear; que jugaremos un rato con la pelota; que descanse, que el día es largo. Pero no soy muy duro, nunca, porque yo también debo molestar al perro con mis mierdas, y Argos no me riñe a mí: él lo soporta todo, estoico. Por esto, aunque sé que hago mal, algunas veces no salgo tras el perro, y le dejo alborotar un poco el vecindario: sin excesos. Hoy, se da esta situación que describo, porque se ha levantado tormenta, y Argos no soporta los truenos, y, durante esos segundos de desatención, le imagino hermanado con un perro sirio, un perro que ladra a las bombas, a los gritos de la gente, al absurdo de la lucha, sin advertir que cada estruendo podría ser su fin; y ladrando a la guerra, que lo despierta una y otra vez de su apacible paz, espero todavía un poco, pensando en que es maravilloso cómo los perros no cesan de preocuparse jamás por su orgullo herido. Y salgo fuera, y ladro con él.

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Una combatiente kurda junto a su perro en Qahtaniya, en la frontera entre Siria y Turquía, el 13 de febrero de 2015.
Fotografía © AFP/Archivos | Delil Souleiman