Encarcelados en casa

Estos días de confinamiento a causa del Covid-19 pienso, mucho, sobre la época en la que fui voluntario en  proyectos sociales de las cárceles de Quatre Camins y Brians 2. Ahora que estamos encerrados en casa en una suerte de tercer grado no puedo evitar conectar con toda esa gente que cumplía condena. Lo de la prisión nunca lo vi muy claro, la verdad. Frente a cualquier delito, la justicia impondrá siempre una pena en años de vida —lo que, a priori, parece un buen trato: lo mínimo que la sociedad puede exigir al reo— y en una absoluta privación de libertad.

¿Y si el coronavirus nos obliga a replantear el sistema penitenciario?

Mientras, nosotros, la gente de a pie, miramos hacia otro lado y obviamos que la naturaleza punitiva del castigo obvia, demasiadas veces, la reinserción social.  Pero, sobre todo, ¿nos planteamos si es justo mantener entre cuatro paredes a alguien durante cinco, diez o treinta años? ¿Dependerá del crimen? ¿Importa el delito si la pena resulta más venganza que castigo?

Fotograma de la película Doce hombres sin piedad (Estudio 1, 1973). Se trata de la versión española adaptada de la obra de Reginald Rose. El director de la adaptación fue Gustavo Pérez Puig.

Cuando hablabas con aquella gente —delincuentes sexuales, drogadictos, traficantes, agresores— y les ponías nombre, y cara, e historia, te dabas cuenta de que cualquiera puede entrar a prisión: esa fue la mayor enseñanza que saqué de estar entre rejas un rato por semana. También de que esos hombres y mujeres están doblemente condenados, por el sistema y, en muchos casos, por un pasado que les secuestra un verdadero futuro. En su día, pensé que esto era por la falta de medidas de reinserción: no reconstruyes una vida quitando el módulo de drogodependencia para instalar más celdas de castigo, ni pagando a la gente por montar el cableado eléctrico de un Seat León a 20 céntimos la hora. Claro que había iniciativas positivas: muchas y llevadas a cabo por buenos educadores sociales, psicólogos/as, funcionarios/as.  Sí hay cosas buenas en prisión, claro que las hay: el poder estudiar, la orientación, la rutina, el atenerse a unas normas… Sin embargo, ¿y si el problema mismo de la (relativamente) baja tasa de reinserción va ligado al contexto y no tanto a las medidas? ¿Puede uno aprender a ser persona si le negamos, durante años, una de las formas más básicas de libertad? ¿Funcionará, de veras, el modelo finés de cárceles sin rejas?

La primera semana de confinamiento llega a su fin y la administración admite que esto va para largo, que habrá que tomar decisiones impopulares y que no hay más que hablar. Una medida muy metafórica si pensamos en cómo de volátiles son, a veces, las condenas en el ámbito penitenciario por mala conducta. Pensemos, pues, en algo muy simple: si nosotros no aguantamos cinco putos días en casa, ¿puede una persona reinsertarse con estas reglas de juego?

Ni idea, pero vale la pena darle un par de vueltas, ¿o no?


NdA: Te animo a leer sobre la cárcel en Infoprisión, así como a ver documentales como Un mundo en sombras de RTVE. En 2018, la tasa de reinserción penitenciaria se mantenía en un 69 %.

En 2016, publiqué un post sobre mi experiencia en prisión titulado Castigar y perdonar.

De la escritura a la reescritura

Proceso de reescritura (en narrativa)

Todo lo que se ha escrito, se ha reescrito. Dicho de otro modo: todo lo que leemos se ha reescrito decenas de veces. Y ahí va un tercer intento: la reescritura es, a grandes rasgos, todo el proceso de escritura que iniciamos tras volcar la historia en papel por primera vez. En un cuento o una novela, es aquello que empieza una vez terminas de desarrollar los núcleos narrativos en el papel o en el documento de Word (es decir, cuando construyes la primera versión); en un ensayo o en un artículo periodístico, una vez tenemos el esqueleto de la historia o de lo que vamos a contar. Ahí empieza la reescritura, cuando toca embellecer, agregar, suprimir y pulir.

Por descontado, cada escritor —voy a centrarme en narrativa, que no te despiste lo de ensayos, periodistas y otras pajas mentales de aquí arriba— tiene una visión distinta de la reescritura, que puede moverse entre un puto coñazo mal necesario o la mejor parte de escribir. En mi caso, por ejemplo, la reescritura me parece que es lo que da sentido a la propia escritura: convertir una idea en una obra cada vez más perfecta (sabiendo que aquello que planeamos y lo que estamos creando siempre serán distintos entre sí) es la misma fuerza que mueve a cualquier otro artista: a un pintor, a un escultor, a un cineasta.

Reescribir es la esencia de escribir bien, donde el juego se gana o se pierde.

William Zinsser (1922-2015)

En los talleres literarios, este proceso siempre se plantea a raíz de un documento base (una primera versión de nuestro cuento, novela, microrrelato, lo que sea) a partir del que solucionaremos cuestiones de índole narrativa (es decir, el Fulano que muere en la página 70 y revive por error para fumarse un pitillo en la 120 siendo testigo de un asesinato, por ejemplo) y de estilo, que son las más comunes: ritmo narrativo, redundancias, poner énfasis en escenas innecesarias, falta de diálogos, descripciones que dicen pero no muestran.

reescritura-1
Así todo el santo día.

Cómo revisamos; cómo reescribimos

Hay tres grandes acciones que funcionan conmigo, pero no tienen que funcionar contigo si también te dedicas a escribir (si te dedicas a rescatar tórtolas, seguro que tampoco funcionan, pero no sé qué cojones harás por aquí, así que vamos a descartar esa opción, ¿vale?). Ante todo, y no voy a decir nada nuevo, quítate el miedo de vomitar la historia en el papel, porque este es un paso imprescindible para enfrentar el contenido: reducir todo un libro a su eje narrativo. Clásicos como Madame Bovary, de Flaubert, o Ana Karenina de Tolstoi, tienen un montón de temas y lecturas detrás, ¿verdad? (¡Ojo!, SPOILERS DE UN LIBRO VIEJUNO que ya tendrías que haber leído) OK. Pero también podemos simplificarlos a su eje narrativo, verás:

Ana, esposa de un funcionario de alto grado llamado Karenin, se enamora de un militar buenorro, Vronski; como Vronski y Ana son unos marranos, esta se queda embarazada del oficial. El marido de Ana se entera, pero le preocupa más el qué dirán que la cornamenta; en cualquier caso, los amantes huyen a Italia desafiando las convenciones sociales rusas (OMG!). Más tarde, vuelven a Rusia, pero si bien la peña tolera a Vronski, Ana es mujer decinomónica rusa y casquivana «d’époque«, lo que se traduce en… ¡ostracismo total! Por último, durante varios cientos de páginas, Ana y Vronski se mudan del campo a la ciudad y de la ciudad al campo, a la chica se le va la pinza cada día un poco más y termina por suicidarse tirándose a las vías del tren.

Por descontado, Ana Karenina es mucho más que todo lo anterior (y bastante más triste, y serio, y con muchos otros personajes, y tramas secundarias), pero esta obra de más de mil páginas se puede resumir en un párrafo, que atiende a su eje narrativo. Podríamos hacer lo mismo con Madame Bovary o con cualquier otro libro del mundo mundial (¡Bovary se envenena con arsénico!, toma segundo spoiler que te he colado: hay que leer más libros… 🤭), porque cualquier obra se deconstruye (es decir, se analiza) de más a menos, porque se construye de menos a más (eje narrativo, núcleos narrativos, capítulos…).

Sustituya ‘maldita sea’ cada vez que quiera escribir ‘muy’; su editor lo eliminará y la escritura será tal como debería ser.

Mark Twain (1835-1910)

Y tras este rollo necesario, ahora sí, el por qué la distancia frente al texto es una cabrona y los tres truquillos que me enseñaron a mí para facilitar el proceso de reescritura.

¿Cuál es el principal error en el momento de reescribir?

El gran error en el momento de reescribir es siempre (pero siempre, ¿eh?) la distancia. A cualquier escritor (o escritora), por bueno que este sea y por mucha experiencia que tenga en cuestiones técnicas, le cuesta y le seguirá costando ver sus propios errores. La explicación simple de este fenómeno es bastante idiota, en realidad: no vemos lo que hay, sino lo que queremos ver; si una metáfora (nuestra) cojea, tendemos a darle una dimensión o una lectura en nuestra cabeza que no tiene por qué transmitir el texto; si faltan comas, o intensidad, o hay un rollo patatero que no te tragas ni tú como introducción de una escena… demasiado a menudo, lo dotarás de un sentido que no tiene. La distancia es la crisis de los cuarenta, Ruiz Mateos vestido de Superman o tu abuelo comprándose unas VANS Old-Skool y unos «pantalones cagaos» y otros tobilleros con los que los críos/as se empeñan en pasar frío en invierno.

Una tira cómica que trata otra de las caras de la reescritura y la reedición. ©Paco Roca

Este es, con diferencia, lo mejor y lo peor de escribir, porque por mucho que sepas y muchos años que lleves en el ajo, siempre te vas a dar de cabezazos con la reescritura y la distancia: al fin y al cabo, el texto que tienes delante, lo has escrito tú. Los lectores profesionales viven de esto, cuando la obra ya está «niquelá», pero hasta ese momento, es cosa tuya escribir, corregir y volver a reescribir. Entonces, ¿qué? Pues atiende.

#1. Aprovecha la fisicidad del papel

Si te dedicas a escribir, planta muchos árboles, porque te vas a cargar un par de bosques pequeñitos en tu vida. Esa es la conclusión. Todo quisqui que conozco y escribe, prefiere corregir en un soporte físico (papel) y la razón es muy simple: aunque no lo parezca, el ordenador queda muy lejos (mentalmente, por lo menos), mientras que el papel te hace sentir ese texto más próximo. Por lo tanto, yo todo lo que quiero reescribir, lo imprimo y aprovecho los márgenes de la hoja (interlineado, 1,5-2) para marcar anotaciones o cambios. Además, me ayuda mucho a leer en voz alta mis propios textos (sí, esto es un consejo extra: leer en voz alta permite captar el ritmo del texto y percibir su musicalidad).

Cuando tu historia esté lista para la reescritura, córtala hasta el hueso. Deshazte de cada onza de exceso de grasa. Esto va a doler; revisar una historia hasta lo esencial es siempre como asesinar niños, pero debe hacerse.

Stephen King (1947)

#2. Eliminar, reducir: orientalizar la escritura

¿Recuerdas la típica frase de Oscar Wilde? Me he pasado el día escribiendo un poema: por la mañana, le he puesto una coma; por la tarde, se la he quitado. Esto es 99 % reescritura. Es bastante graciosa, porque es cierta. Aun así, cada uno entiende aquí la reescritura de un modo: hay un primer proceso de desarrollar la historia y completar todos esos huecos que la primera versión tendrá (por regla general, son los borradores de 50 o 60 páginas, de los que salen novelas de 200 y 300) y, a posteriori, otro proceso de reducción: de quitar todo aquello que sobre, que no aporte a la historia, que no va a interesar al lector.

Leí en algún sitio: escribir implica reducir el número de palabras, pero aumentar su significado. Vaya frasecica, ¿eh? Pues eso. Exact0. Chapó.

#3. Hacer que, nuestro texto, no parezca nuestro

Hay muchos consejos para coger distancia, pero yo siempre opto por el mismo: lo dejo en un cajón, queda entre los borradores del blog, doy tiempo (le doy tiempo al texto; me doy tiempo a mí). También me han enseñado que para poder reescribir, siempre es mejor:

  1. Convertir nuestro texto en algo que no parezca nuestro texto: es decir, cambiar el color de la letra, el tamaño, el estilo…
  2. Apoyarnos en otro escritor o lector profesional (lo que se conoce como sensivity writer) y no en gente cercana que puede o no tener los conocimientos para valorar el texto
  3. Ser valientes para dar por finalizado los cambios y no marcarse un Cela con La familia de Pascual Duarte, que cambió cosas hasta mucho después de su publicación: hay que aprender a abandonar un texto, desapegarte del mismo y dejar que siga su camino. Quizá creamos que haremos la novela perfecta, pero el perfeccionismo es una mierda; la novela perfecta no existe.

A grandes rasgos, estos son los apuntes que me parecen más interesantes para compartir sobre la reescritura. Espero que os sirvan tanto como me han servido (y sirven) a mí.

2020 en el horizonte (Feliz Año, y esas cosas)

A nivel personal, esta no está siendo una época fácil para mí, por lo que me-cuesta/no-me-apetece mucho sacar tiempo para escribir (tanto en el blog, como en el resto de proyectos que tenía, o tengo, en marcha). En cualquier caso, quiero compartir unas cuantas ideas que me guardo para el nuevo año. Si queréis verlos como propósitos de Año Nuevo, pues aceptamos pulpo como animal de compañía, supongo.

Línea 1. Toca empezar a explorar vías complementarias al blog: hace varios años que siento que este medio (los blogs) está envejeciendo mal, sobre todo, desde la aparición de algunas redes sociales. Y no, no seré yo quien intente hacerse instagrammer. Y sí, voy a seguir escribiendo por aquí.

Línea 2. Es probable que este 2020 empiece con un servidor propio para Doblando tentáculos y una buena limpieza de entradas, que ya casi hay 500 y un buen puñado no dejan de ser poco relevantes.

Línea 3. Si trabajáis en el sector (socio)sanitario o colaboráis muchas horas con causas sociales o animalistas, entre otras, leed sobre el síndrome de fatiga por compasión y cuidaos. Esta es una de las razones por las que se me ha visto menos el pelo (creo).

Línea 4.  Aunque grandes cineastas como Woody Allen se hayan empeñado en convertir la psicología en cliché, si sentís que necesitáis ayuda, pedid ayuda y buscad a quien pueda ayudaros. Por cierto, me vi ayer Día de lluvia en [la] Nueva York [de Woody Allen] y, ¡bueh! Problemas inventados de la clase alta neoyorquina y las mismas ideas que pululaban desde los tiempos de Mia Farrow y Diane Keaton.

Línea 5. Devolved siempre la pasta que os presten y los libros, ¿eh? Esto, cuantos más años pasan, más me cabrea. Por lo demás, no hay que preocuparse tanto de hacer las cosas «por obligación» y de «saldar» hasta el más pequeño de los favores, que parece que si uno/a no entra en esa espiral del «quid pro quo» y el ser felices por obligación («happycracia», que ya todo tiene un nombre, y nos lo ponen en inglés), tu vida no funciona.

Línea 6. Tengo varios proyectos (literarios) en marcha, pero llevo un tiempo bloqueado como escritor. Así que, primero, a vivir, a leer, a echarle unas cuantas horas a la PlayStation o al ordenador, a los perros, a lo que me apetezca; una vez desbloqueado, ya volveré a traer más cosas por aquí y por otros lados.

Línea 7. En estos meses de menor actividad (en el blog) que auguro que vienen, iré subiendo, principalmente, algunas entradas sobre literatura como esta, esta o esta, pero será trampa, porque ya las tengo en borrador.

Línea 8.  Como decían los estoicos: «Los acontecimientos no te molestan, tus creencias sí.» Si nos dejamos de contextos o situaciones bizarras en los que viene un «tontolculo» y le pega una patada a un bichejo inocente o de gente cabrona, me vale. Qué importante es preguntarse a uno mismo ¿quiero? y dejarse de tantos tengo que.

Terminad de pasar unas felices fiestas, que las mías (por ahora) no han sido tan buenas como me hubieran gustado, pero seguro que la cosa mejora de un modo u otro. Al fin y al cabo, en un buen porcentaje depende de nosotros.

¡Feliz Año!

(¿Habéis visto arriba el graffiti que me encontré ayer paseando por Altafulla? 😅)

El método Kominsky: aprender a vivir, aprender a morir

Los iconos de nuestra juventud se nos hacen viejos. Ahí está Clapton, Sprinsgteen, Rod Stewart: la lista siempre es demasiado larga. Le pasa a todo quisqui: le ocurrió a mi padre con Clint Eastwood, que pasó de ser aquel vaquero sin nombre al abuelete que tenía un Gran Torino en el garaje, o a mi madre con los Beatles, que se le fueron muriendo o apergaminando, como Paul McCartney y Ringo Starr,. Cuando llega el día, tragas saliva (porque la cosa también va contigo, ¿sabes?) y lo asumes, porque es lo que toca. En el cine a mí me resulta más agrio y, si no, que se lo digan a Scorsese, a de Niro, a Pacino, a Pesci, despidiéndose de una época, dialogando con sus espectadores de toda la vida y hasta haciéndose arrumacos con la historia del cine y la de toda Norteamérica.

El irlandés es una peli que asusta y no solo por su extensión. Asusta porque el tiempo pasa y, aunque a veces salgan lobos de Wall Street, no iba a ser este filme mejor que Casino ni mejor que Goodfellas (Uno de los nuestros, en español) y, aun así, es mejor que el 99 % de lo que uno puede ver en la gran pantalla (y también en Netflix). Por eso digo filme, que tiene un algo que no tiene la palabra «película», ¿no crees? Lo que pasa es que hoy todo envejece y caduca a otro ritmo, y eso Martin no lo sabe cuando se le llena la boca con chiquilladas sobre la Marvel.

Por todo lo anterior, uno a veces empieza a sentir nostalgia antes de tiempo: eso es lo que pasa con la nueva comedia de Chuck Lorre (El método Kominsky)y, de lo buena que es, ya te echas a temblar pensando en el día en el que se va a acabar o se nos muera uno de estos fenómenos. A mí, por lo menos, me ocurrió con The Big Bang Theory —aunque el tema del asperger superdotado sigue presente con El joven Sheldon para Lorre, Molaro y Parsons—, y eso que en 2007, cuando explotó el gran éxito de los «cerebritos» que volvían «trendy» la física, los juegos de rol inspirados en Dragones y Mazmorras Star Trek, ni yo ni casi nadie esperaba que hubiésemos avanzado tanto y, ¡por fin!, nos lo pudiésemos pasar genial con gente de la que se reían los tipos guays de insti norteamericano, que eran todos quaterbacks, y deportistas, y tenían tupé, como Luke Perry o Zack Morris, pero más cabrones.

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Sin embargo, lo de El método Kominsky nos ha cogido en bragas. ¿Quién coño se iba a imaginar que iban a hacer una buena comedia sobre uno de los temas más tabú de nuestra sociedad? La vejez descarnada, la que no gusta. La vejez que no es madurez bien llevada, y sabiduría, y envejecer con la persona que amas, sino pérdida, sueños que nunca alcanzaste, una próstata de mierda (y Danny de Vito metiéndote un dedo por el culo), cagarse encima tras un infarto de miocardio, cáncer y fragilidad.

Vale, hay quien el año pasado vio la primera temporada y no le cuajó —para muestra, esta crítica en Espinof—, porque esa gente ve problemas en el lenguaje cinematográfico, echa en falta las risas enlatadas, le parece demasiado triste, o melancólico, o negro para encontrarle la parte cómica… En fin, típica gente que ¡ni puta idea tiene!, sobre esto que cada par de ojos mire, y piense, y juzgue: no hay que ser crítico literario para que te guste un buen libro; tampoco aquí uno tiene que haber ido a la Royal Academy of Arts para emitir su propio juicio.

En mi caso, me han enamorado las actuaciones de Michael Douglas y de Alan Arkin —y Arkin se come a Douglas, con patatas—. Los personajes principales (y secundarios), que son inaguantablemente verosímiles (no puede uno ser tan real, ¡joder!). Son personas que sienten y afrontan sus propios dramas como todos nosotros lo hacemos lejos de la televisión y el cine: con sarcasmo, humor negro, esperanza, patetismo.

Esta serie de la que me ha dado por escribir se traduce en un anciano que se inventa que ve a su esposa muerta y puede seguir charlando con ella porque, de no ser así, ¿qué sentido tendría seguir viviendo? ¿Podría superar la pérdida? Es un actor setentón con una próstata que le arruina la semana entera, pero se consuela pudiendo echar un casquete cada equis (triste consuelo para el follador mujeriego que ha sido toda su puta vida), alguien que cree haber empezado a madurar por fin (porque ya no tiene ganas de follar con veinteañeras, por… lo que sea que se invente para autoreafirmar su postura). La serie son vidas individuales llevadas a un diálogo mucho más profundo, y humano, y universal consigo mismas y con todos los que las rodean. Ahí radicaba la grandeza de los mejores años de Woody Allen: Hannah y sus hermanas, Annie Hall, Manhattan, Maridos y mujeres, Delitos y faltas… Ahí estaba el secreto de Allen, que si lo piensas bien no era más que un Macguffin, pero servía a su propósito. Además, hay un nexo indisoluble, y hasta visible, que acompaña al actor cuando interpreta un papel en el que cree: en El método Kominsky uno casi puede tocar esa conexión entre persona y personaje. ¿Solo yo dudo cuando estos dos tipos deambulan en busca de una salida de hospital como péndulos humanos tras la muerte de Eileen? ¿Realmente se puede interpretar algo así? Estoy convencido de que existe un punto de teatralidad y el resto es la propia vejez de estos dos fieras del cine y la televisión que se entremezcla en todas las escenas de esta serie que sigue dando que hablar.

Se nota, y se nota mucho, que El método Kominsky es la forma que ha encontrado su principal guionista (Chuck Lorre) de empezar a afrontar su propia tercera edad. Si lo hace Scorsese, pensará, ¿por qué no yo? Leía en Serializados las siguientes palabras: «A medida que te haces mayor, las cosas pasan muy rápido y te sientes como si estuvieras en un puerto viendo cómo un barco se aleja». Eso será, pero que ese barco tarde en desaparecer en el horizonte y, mientras tanto, que nos siga dando alegrías, y dramas, y buenas historias de las que hablar. Ahora que todo es The Witcher, y ¡qué coño! bien que hacéis echándole un vistazo (o cogiendo un par de libros de Sapkowsky), no perdáis la oportunidad de ver al mejor Douglas, al mejor Arkin, al mejor Lorre de toda su historia televisiva también. No todo va a ser fantasía oscura, que la vida en sí misma ya tiene bastante de tragedia, pero también de comedia.

Nostalgia de lo que no se ha vivido

Una canción de Gainsbourg, de Coltrane, de Edith Piaf, un recuerdo inventado, un puede ser que no fue. Hay pocas cosas que atraigan tanto como el sentir nostalgia de lo que no se ha vivido: es curioso, ¿no? Será que la nostalgia es para el alma humana tan irreemplazable como el placer, el dolor o la tristeza, o qué sé yo.

Si le preguntas a un tipo de ciencias te dirá que son respuestas mediadas por tus propios neurotransmisores: la dopamina, la serotonina, la noradrenalina… Afirmará que es tu cerebro, que te engaña, con objeto de sobrellevar los eventos de tu vida diaria. Ya es cosa tuya aceptarlo, negártelo o mandarlo a tomar por culo, claro. Hay buena parte de verdad en lo que dice el tipo de ciencias, pero eso no hace que las emociones sean menos emociones, no evita que grites con todas tus fuerzas cuando acabas tu primera maratón, que te arrulles en la cama y pierdas la noción del tiempo oliéndole el pelo a la persona a la que amas, que llores como un niño y aprietes tu cara contra el cadáver de tu mascota muerta, que disfrutes de cómo vuelan en círculos los vencejos despidiéndose de las últimas tardes del verano.

Pero a la nostalgia, incluso la que tiene sentido, la nostalgia por lo que se fue o se perdió en el pasado es un sentimiento extraño, ¿no te parece? Las excursiones con tus padres, el primer beso en el patio del colegio, esa chica o ese chico con el que te quedabas chateando hasta la madrugada, cuando aún había chats, o enviándote whatsapps ahora; los perros, los gatos, los amigos, los lugares que ya no existen. La nostalgia llega mucho después de la tristeza, de la pena, pero siempre te cobra un peaje: recordar lo que fue, lo bueno, la esencia de algo, o de alguien, es un vaivén entre el bienestar y la melancolía. No puedes decir que la nostalgia sea mala, porque te conecta de nuevo con lo que hubo; no puedes decir que la nostalgia sea buena, porque podrías llegar a perderte en ella. La nostalgia, sobre todo, es un sentimiento repleto de ambivalencias, porque ni te mira frente a frente ni se presenta siempre del mismo modo.

De crío y no tan crío, a mí la nostalgia me provocaba un hormigueo en la nuca (no supe nunca a qué atribuirlo, entonces); poco a poco, la conecté con las cosas que se iban marchando, los primeros finales, la gente de la que ya no volví a saber. Por eso, estoy convencido hasta las trancas de que el exceso de nostalgia es algo malo, no hay duda. Pero cómo será esa cabrona que, si un día no tienes qué añorar, aflora en una ciudad que visitas por primera vez, en una persona de la que aún no sabes nada, en un cuadro o una fotografía que justo acabas de descubrir.

Detrás de la risa fácil que, a menudo, me atribuyen, en esencia, debo ser un tipo nostálgico, sino ¿qué razón me debo estar ocultando a mí mismo? No habrá temas de los que escribir ni cosas por hacer… Y a mí me ha dado por escuchar música en el ordenador y saltar, por la magia de YouTube, hasta el Leningrado de Sabina y casi echarme a llorar. Y digo casi, porque no soy yo de esos que dejan que la nostalgia dé paso a la tristeza. Flaco favor me haría, ya lo dice la canción del ubetense: un Talón de Aquiles al portador.

Por qué no renunciar a tu trabajo y lanzarte a escribir

Es complicado vivir de escribir. Ya ves que no digo de la escritura, porque eso puede inducir a error, digo «de escribir». O sea, vivir de lo que tú escribes; no ganarse el pan escribiendo para un diario, editando a otros fulanos, corrigiendo textos… Estoy hablando de Bukowski, Faulkner, Kerouac, Harper Lee… Esa gente que siempre nos venden que dejó sus trabajos para dedicarse a escribir. Ante esta afirmación, no obstante, no solemos caer en la cuenta de que, a menudo, tuvieron trabajos antes de poder vivir de la escritura, otros complementaron su perfil de escritor o escritora con otras tareas diarias que les daban cuatro duros para el alquiler, las cervezas y el vicio del comer; y alguno habrá que se jugó el todo por el todo y le salió bien la cosa.

El problema de vivir de la escritura es el mismo que se plantea en el primer capítulo de la segunda temporada de El método Kominsky (qué serie, ¡dios!),cuando el personaje de Michael Douglas se sincera sobre lo jodido que es triunfar, pero todo dios cree que el fracaso le sucederá a otro. Si uno le echa un ojo a la historia de la literatura, percibe rápidamente cómo antes escribían los ricos; los pobres, por regla general, vivían en la mierda y, a veces, daban con la tecla adecuada; que Gabriel García Márquez se muriese de hambre y su mujer estuviese hasta el papo de apoyarle, debería darnos alguna pista. Ahora, es incluso peor, porque no lo es, pero nos empeñamos en creer que todo tiempo pasado fue mejor —esa es la trampa—. Hay cosas que son una mierda entonces, son una mierda ahora. Y lo peor de ahora no son las dificultades, o el mercado editorial, sino que nos queremos creer eso de que nos falta tiempo para triunfar y los cuentos que se le ocurrieron a algún tipo sobre cómo antes era más fácil vivir de la escritura y que si no dejas tu trabajo y te pones a escribir no vas a triunfar: lo segundo, vale; lo primero, mierda.

Bukowski de botellón. Un buen artículo que leí (y del que he «mangado» la foto) es El último brindis, en Resaca Cultural.

Voy a explicarte mi experiencia, pero antes copio-pego un fragmento de una carta de Bukowski que he releído tres docenas de veces en mi vida y que, en parte, es muy útil para seguir persiguiendo tus objetivos y, por otro lado, es una putada, porque es gasolina para esas creencias del escritor que tiene que enfocar todos sus esfuerzos a la literatura si quiere triunfar.*

Tú conoces los lugares de donde yo vengo. Incluso las personas que intentan escribir o hacer películas al respecto, no lo entienden bien. Lo llaman De 9 a 5. Sólo que nunca es de 9 a 5. En esos lugares no hay hora de comida y, de hecho, si quieres conservar tu trabajo, no sales a comer. Y está el tiempo extra, pero el tiempo extra nunca se registra correctamente en los libros, y si te quejas de eso hay otro zoquete dispuesto a tomar tu lugar. Lo que duele es la pérdida constante de humanidad en aquellos que pelean para mantener trabajos que no quieren pero temen una alternativa peor. Pasa, simplemente, que las personas se vacían. Son cuerpos con mentes temerosas y obedientes. El color abandona sus ojos. La voz se afea. Y el cuerpo. El cabello. Las uñas. Los zapatos. Todo. A los esclavos nunca se les paga tanto como para que se liberen, sino apenas lo necesario para que sobrevivan y regresen a trabajar. Así que la suerte de, finalmente, haber salido de esos lugares, sin importar cuánto tiempo tomó, me ha dado una especie de felicidad, la felicidad alegre del milagro. No haber desperdiciado por completo la vida parece ser un logro, al menos para mí.

Carta de Charles Bukowski al publicista John Martin; después, parte de estas ideas las reflejaría con Chinaski en Cartero (1971)

Verás, en 2016-2017, este blog empezaba a tener «muchas» visitas, yo estaba inmerso en varios proyectos relacionados con la escritura (ensayo, narrativa…) y todo parecía ir en la misma dirección. Las cosas me iban bien a nivel profesional: por suerte, el marketing es un sector que, desde hace años, se porta bien conmigo. Todo estaba en su sitio, incluso había tenido dos ofertas laborales de grandes empresas para incorporarme en plantilla: en esa tesitura, era cuestión de minutos, días o, como mucho, semanas que la cagara bien cagada. Así que se me ocurrió dejar de trabajar por un tiempo, focalizar mi energía en la escritura y… vamos, lo que te acabo de decir, cagarla. En serio. Creo que es la mayor cagada que he hecho nunca. No me arrepiento de que sucediese, porque cuando yo hago algo, lo hago siempre hasta las últimas consecuencias; si la cago, la cago bien y aprendo, y me sacudo el polvo, me sorbo los mocos y tiro para adelante. Pero voy a dedicar esta entrada a explicarte por qué renunciar a tu trabajo y lanzarte a escribir es una muy mala idea.

Hay tres grandes razones:

Primera, la escritura requiere estabilidad.

Segunda, el oficio de escritor no suele dar estabilidad.

Tercera, vas a estar haciendo muchas más mierdas por mucho menos dinero.

Aquí un típico enlace de grandes escritores con trabajos caca, de Cultura Colectiva, para ponernos en antecedentes.

Hace no mucho tiempo expliqué por aquí (Enviar el manuscrito a una editorial y ser aceptado a la primera) que, para mí, no es lo mismo un oficio creativo o un trabajo de dirección que un trabajo alienante (yo qué sé: enhebrar agujas todo el santo día o instalar una pieza X en un Seat Ibiza tras otro), pero sea como sea, ambas opciones me sirven: una es un putadón y la otra solo llega a putada. Y yo sé por qué te digo esto y, sobre todo, ya sé lo que me vas a decir: a mí lo que me gusta es escribir, blablablá, en un trabajo tradicional estoy vendiendo mi tiempo por un sueldo y siento que eso afecta a mi creatividad (en realidad, lo hace) y no me deja alcanzar los objetivos artísticos que me he propuesto.

La escritura requiere estabilidad

Vale, ahora dejas ese trabajo. En el mejor de los casos, si no eres rico o rica (en tal caso, ¿qué coño hacías trabajando en vez de ponerte a escribir?) puedes mantenerte por un tiempo limitado; a medida que los ahorros mengüen, te vas a agobiar y, cuanto más te agobies, más rápido te darás cuenta de que la escritura requiere estabilidad y que, ese trabajo, te estaba dando la posibilidad de una rutina donde podías escribir a diario. Vamos, lo que te he dicho arriba.

Como devoto lector de Tolstoi y Dostoievski me ha encantado esta imagen que me he encontrado a lo Street Fighter y tenía que meterla en el artículo.

Escribir no suele dar estabilidad

No solo eso: puede que te salga «un novelón de tres pares», pero todavía tendrá que llegar a editorial, ser aceptado, recibir un anticipo (¿eres novel?, pues… poco más que un sueldo mínimo, y date con un canto en los dientes), lanzarse al mercado, empezar a venderse y recibir los primeros royalties (si no los cubre el anticipo) en marzo del año siguiente. Total, que ya puedes petarlo a lo grande. Imagínate que te dan un 10 % y vendes 20.000 libros a 20 euros el libro: 40.000 eurazos. Ahora, aterrizamos y somos conscientes de que eso depende de muchos factores, ¿vale? Para empezar, nadie te va a hacer una tirada de 20.000 libros, ni te va a dar un anticipo de la leche si no eres, yo qué sé, ¡Eduardo Mendoza! En otras palabras, tú vas a querer que las cosas avancen a una velocidad a la que no van a avanzar y, entonces, cuando la hostia sea inminente, te darás cuenta de que, si no eres un best-seller (e incluso ahí deben haber subidas y bajadas, pero hablamos de otras ligas), no hay estabilidad que valga. 

Te vas a hartar de hacer mierdas que no te gusta nada hacer

Vamos, pues, al tercer punto. Publicar un libro supone un contrato con una editorial y, a su vez, actos de presentación y promoción, menciones en el Twitter y el Instagram y cosas chulis, ¿y después? El resto del tiempo se supone que vas a tener que estar trabajando para generarte un sueldo escribiendo, ¿no? Si los tiempos del editor son «curiosetes», ya sabes cómo son los del escritor, ¿verdad? ¿Te has fijado la cantidad de novelistas que colaboran también como columnistas para prensa o trabajan como profesores, publicistas o guionistas? Y, claro, por cada Pérez-Reverte en el XL Semanal o cada Javier Marías en el dominical de El País, la mayoría lo hace para llegar a fin de mes con cierta solvencia. ¿Y qué ocurre? Pues, a grandes rasgos, lo siguiente: o te aprietas el cinturón y empiezas a hacer durante un tiempo todo tipo de acciones extra de promoción (un blog, redes sociales, colaboraciones por aquí y por allá) hasta que te das cuenta de que no puedes crearte un sueldo de la nada o generas una marca personal que vinculas a tu perfil de escritor o escritora y vendes productos o servicios que ni fu ni fa: te haces community manager, escribes contenidos para internet; incluso hay quien se lanza al mundo de los negros literarios a los que explota Ana Rosa Quintana o a las novelas por encargo con pseudónimo. Todo ello, ocupaciones muy respetables, pero siendo conscientes de por dónde van los tiros.

En cualquier caso, coges todo lo anterior, lo metes en una coctelera, lo remueves y… te das cuenta de que eso no es lo que querías, ¿verdad? Hay excepciones, claro: en España, yo conozco el caso de Rafael Fernández (Ezcritor), que es un hombre «bastante multitarea» y se saca sus perras (según él mismo dice, a rachas más que suficientes; en otras, no le cabe un alfiler por el culo del agobio) con sus libros, su propia editorial y, si me apuras, con un par de huevos. Pero ya está. Seguro que hay más gente, está claro, seguro que hay mil formas en las que yo nunca he pensado, pero la realidad es que la mayoría sirven, sobre todo, como escaparate de tu talento y, cuando salen las verdaderas oportunidades, es buena idea tener cierta estabilidad que te permita trabajar en tu escritura. Yo aproveché ese tiempo para crear el primer borrador de una novela; después, la rehice entera con mayor estabilidad personal y profesional y, al final, mi conclusión es que correr e intentar apostar por la vía rápida solo me ha hecho avanzar más lento y a trompicones.

Mi conclusión (que no tiene por qué ser la tuya, pero a mí me funciona) es que te plantees la escritura profesional como la propia empresa. Muy poca gente puede montarse un negocio a los dieciocho, veinte o veinticinco; hay personas que se pasan media vida ahorrando y estudiando para poder lanzar su propio proyecto profesional, ¿verdad? Con la literatura pasa algo similar: nos han metido en la cabeza que Dostoievski (ludópata degenerado…) escribía novelones para pagar sus deudas de juego en tiempo récord y se los compraban, pero es que ni tú ni yo somos Dostoievski, ¿no te parece? Y aunque lo fuéramos, hoy existe una saturación en el mercado como jamás se había visto antes (que no digo que no se publique, ni mucho menos: se publica más que nunca). No quiere decir que, si eres bueno o buena, no vayas a triunfar, pero con escasas excepciones, nadie va a perder el culo por publicar tu novela el mes que viene. Las reglas están para romperse, claro que sí, pero los porcentajes dicen que te vas a dar una hostia, así que sé más listo o lista que yo, y haz las cosas paso a paso.

Bukowski fue cartero y, luego, lo petó.


NdA: Otras entradas interesantes que he encontrado sobre el tema son: Dejar tu trabajo para ser escritor, Cuándo dejar tu trabajo para dedicarte a escribir y Dejarlo todo para dedicarse a escribir, que es aquella que más me ha gustado.

* Ante todo, no estoy diciendo que uno no tenga que dedicar su mayor esfuerzo cuando crea —no importa que se dedique a pintar al óleo o a escribir novelas—, sino que dedicar una jornada laboral diaria a escribir —si no estás en disposición de hacerlo—, no tiene sentido y traerá siempre más problemas que beneficios.

Gretasthunberg del mundo, ¡uníos!

El periodista Lluis Amiguet se compró un híbrido; yo me compré el diario. Él confesaba, medio-en-coña/medio-en-serio, que su hija (otra pequeña gretathunsberg) había empezado con aquello de que nada de envolverle el bocata con papel de plata… y la cosa había derivado a 10.000 euros menos en el banco. Esto no me sorprendió: hace tiempo que me informé del coste extra por intentar contaminar menos; es más, cuando me cambié el coche hace un año y pico, me di cuenta que mi maldición es ir de Ford en Ford —Walt Kowalski estaría orgulloso de mí— y tiro hasta que me toque… la lotería. Con las cifras delante de la jeta, me olvidé de Honda CR-V y Toyota Prius, y Ford Focus que te crió.

El problema, decía Amiguet, y con razón, es que, por cada vehículo híbrido o eléctrico, hay un porrón de todoterrenos circulando por las calles. Todo indica, además, que no hay motivos más allá de medirse las pollas sacar pecho y exhibirse a ritmo de rugidos de motor. Eso de pensar si nos estamos cargando el planeta, ya si tal. Aun así, como buen tocapelotas, empezaré por sacar punta a lo que decía este pobre hombre a quien sus hijas le obligan a envolverle el bocata con las portadas y las contras que tantos sudores le provocan en redacción. Porque ocurre que, si nos preocupamos por el qué dirán y por qué hace y no hace el vecino, nuestro ejemplo vale poco. Llegados a este punto, no habría activistas antitaurinos, porque se siguen matando toros en media España, no habría gente vegetariana, porque una buena parte del mundo sigue comiéndose a otros bichos, ni habría nadie que se saliera del statu quo, porque ¿para qué? Como digo, lo hago para tocar un poco las bolas: soy muy consciente de que una columna o una tribuna, es una columna o una tribuna (mira, ¡qué dixit rajoyesco!, ¡el segundo ya!): vamos, que el espacio es el que es y las ideas que pueden plantearse, pues también son las que son.

Greta Thunsberg. ©Reuters

Por otro lado, la realidad del mercado denota claramente cómo están las cosas. Si sale al mismo precio un Audi A3 o un Jeep Renegade que un híbrido o un eléctrico (espera, que me da la risa) es que no nos estamos tomando las cosas en serio. Saltará uno: ¡es que la tecnología! ¡Es que la infraestructura…! ¡TU PADRE! (esto es más rubianesco, pero sin tacos, ¿verdad?) Pobre hombre, qué culpa tendrá el padre del que saltaba hace un par de líneas… Si es una cuestión de costes, se subvenciona por interés nacional, como a los políticos, la banca y lo que les sale de los huevos a los de siempre. Si no es una cuestión de costes, todavía es peor: nos quieren vender lo barato, caro, y lo caro, barato; lo que se carga (más) el planeta antes que aquello que puede frenar el irnos todos al carajo.

Por eso, el columnista de La Vanguardia acababa pidiendo a los señores de arriba (los que nos mean y dicen que llueve, digo) que Greta no le saliese más cara, pero es que, ahí, es donde más en desacuerdo está un servidor, porque no es cuestión de pedirle a estos mangurrianes que nos protejan de aquella (de la Greta), es ver si, de una vez por todas, las grethathunsberg y los grethathunsberg del mundo nos pueden ayudar a librarnos de estos tipejos que favorecen sus bolsillos, los cuatro por cuatro y que todo siga como el culo, aquí y fuera: en esto no tenemos la exclusiva. Y termino diciendo: ¿y lo bonito que es un vehículo todoterreno haciendo cosas de todoterreno? ¡Pues la de gente que lo compra para irse a cargar al supermercado y pasearse por Las Ramblas y Sarrià-Sant Gervasi!

En fin, gretasthunberg del mundo: ¡uníos!

El porqué del eje narrativo

Cuando empecé a darle caña a textos más largos habían dos cosas que me llevaban por el camino de la amargura: escribir por intuición y hacerlo con una estructura demasiado rígida. Vamos, que me costó encontrar el «punto medio» que andaba buscando.

Sin embargo, aunque sabía que tenía que organizar un poco aquello que quería narrar (soy un p*** caos), no tenía ni puñetera idea de cómo incorporar un eje narrativo al proceso, recurrir al mismo y sacarle partido. En parte, porque no sabía cómo se construía, de verdad, un eje narrativo, pero especialmente porque quería convencerme (vete tú a saber por qué) de que, cuando escribía, era más intuitivo que racional.

¿Qué es el eje narrativo?

Sobre este tema (el escritor intuitivo y racional) hay bibliografía a porrillo, como de todo ya, pero pasa de puntillas si lo comparamos con los tiempos narrativos, los puntos de vista, los tipos de narrador o los más variopintos recursos literarios. Y es curioso, porque entender que incluso aquellos que escriben por intuición necesitan unas líneas generales, le da la vuelta a muchos conceptos que suelen rondar por las cabezas. De algún modo, estoy convencido de que la falta de información (fidedigna) sobre el eje narrativo —más allá de algunos buenos manuales de escritura— está relacionado con lo anterior: si quieres informarte sobre esto, dos piedras, y el ahí tienes el lío padre. En fin, que voy a intentarlo yo:

El eje narrativo es el hilo conductor de la historia, el cual recoge los sucesos que les ocurren a los protagonistas y a otros personajes secundarios relacionados con la trama y, a su vez, se subdivide en núcleos narrativos que componen los grandes eventos de la narración.
Dicho de otro modo, se trata de una ampliación del típico esquema de introducción o planteamiento de la historia (que da comienzo con un detonante), un nudo (aparece un objetivo poderoso que el protagonista deberá resolver), un clímax (donde sucede el choque definitivo de las fuerzas dramáticas) y un desenlace (el conflicto y los subconflictos se resuelven y se cierra la historia).

Eje narrativo de Caperucita Roja

Para entender el eje narrativo y que a nadie más le ocurra lo que a mí, me he currado una explicación de los principales núcleos narrativos de un cuento clásico (versión de los hermanos Grimm, que no es tan chunga como la de Charles Perrault), donde podemos releer el cuento de Caperucita Roja y visualizar cuáles son sus núcleos narrativos. Por descontado, dependerá de la versión, pero los núcleos narrativos de Caperucita podrían ser:
  • Núcleo 1: La abuela de Caperucita está enferma y solo la niña puede ir a llevarle su medicina de vieja chocha (detonante) y un pastelito para que le pegue un shock glucémico.
  • Núcleo 2: Caperucita debe salir de casa y meterse en el bosque, que es muy chungo como todos los bosques antes de los runners y los senderistas. La madre le hace una advertencia o cuela por ahí un informante o algún indicio (luego vemos qué es esto).
  • Núcleo 3: Caperucita Roja, que no tiene muchas luces, se encuentra con el Lobo feroz (o sea, el antagonista de la historia), que le da a la niña mil vueltas corriendo, mordiendo y rugiendo, pero prefiere engañarla para llegar antes a casa de la abuela de Caperucita.
  • Núcleo 4: El lobo urde su malvado plan: engaña a Caperucita con el objetivo de llegar antes a casa de la abuela, que vive en medio del bosque, pese a que la vieja ya está medio impedida y con la casa sin adaptar para su edad (sin agarraderas en la ducha: imagínate).
  • Núcleo 5: Llega Caperucita Roja a casa de su abuela, pero como seguimos el punto de vista de Caperucita (si no, vaya gracia), no tenemos ni «repajolera» idea de que el Lobo feroz se ha zampado a la abuela (so ¡gerontófilo!) y se ha travestido para engañar a la niña (¿?). Nunca entendí esto: filias, supongo.
A partir de aquí, o viene un cazador (si eres de familia con licencia de armas) o viene un leñador (que casi es más bestia la cosa).
  • Núcleo 6: El Lobo intenta engañar a Caperucita para comérsela. Te preguntas por qué no se la comió en el bosque, ¿eh? Los psicópatas son raros… mira los tipejos que salen en Mindhunter, por ejemplo. En fin, sigo: Caperucita consigue zafarse de las dentelladas y escapa (clímax). Un tipo, digamos cazador nivel 7/leñador nivel 3 a lo Dragones y mazmorras, para que sea inclusivo y todo dios esté contento, salva a Caperucita y revienta al Lobo a tiros/hachazos.
  • Núcleo 7: El Lobo feroz agoniza, suelta una lagrimita y dice que el mundo lo ha hecho así. Caperucita Roja sonríe feliz y, en algunas versiones, el cazador/leñador rescata a la vieja de la panza del bicho, condenando a la pobre mujer a una jubilación de mierda, sin seguridad social ni grado alguno de discapacidad (desenlace).

Si unimos todos los núcleos obtenemos el eje narrativo. Los núcleos narrativos (sucesos principales) componen la novela, si bien alrededor puede haber todo tipo de sucesos secundarios (Caperucita espera ocho años y le regala su virginidad al cazador/leñador; añadimos un soliloquio de la madre de Caperucita, que es pastelera y viuda, el Leñador tiene problemas de incontinencia urinaria…) que no afectan al esquema principal de la historia.

¿Cómo sabemos, entonces, qué es un núcleo narrativo? Fácil: si cambias un núcleo narrativo, cambia la historia. En cambio, si modificamos algún elemento de conexión, el esqueleto no se ve afectado. Cuando me lo explicaron a mí, me dijeron lo siguiente: el eje narrativo es una cadena, los núcleos son los eslabones y yo agrego: el resto de elementos secundarios son las muescas, colores o formas de cada eslabón de la cadena.

Caperucita roja (DLH; 2)
—¿Y esos dientes que me enseñas…?
—¡Para comerte… mejor!
—Quiero ir al baño.
—¿¡Cómo!?

Catálisis, informantes e indicios

Por esta razón, la mayoría de las historias no son buenas o malas debido a sus núcleos narrativos (aunque estos son imprescindibles para la estructura), sino por elementos de conexión secundarios, como las catálisis, los informantes o los indicios. A través de estos últimos es como damos corporeidad a una narración y hacemos que avance, se detenga, vuelva hacia atrás, amplíe información, complete un vacío… Lo que hace guay la historia de la Caperucita es el ¡qué ojos más grandes tienes! y ¡qué boca llena de dientes, colega! y no tanto que una niña se vaya al bosque a ver a su abuela y se tope con un lobo chalado.

Los tres elementos secundarios de conexión narrativa más habituales son:

  • Catálisis, que son acciones secundarias cuya función es rellenar o retrasar las acciones principales. Las catálisis complementan, distraen, amplían, detienen el ritmo narrativo y, por encima de todo, describen. (Tras llegar a casa de la abuela, Caperucita Roja escucha ruidos en el interior, pasos acelerados, y descubre que la puerta está entreabierta… después, observa un pequeño reguero de sangre en el recibidor y… una voz ronca la llama desde una de las habitaciones.)
  • Informantes: datos que nos sitúan en un espacio y un tiempo determinado, aportan información concreta de los personajes. (Podría tratarse de una descripción de la vida tradicional en el pueblo de Caperucita, el baile regional de la zona u otros elementos que aporten contexto al lector.)
  • En cambio, los indicios son los más majos porque requieren de un trabajo de interpretación por parte del lector y remiten a un estado emocional o a un sentimiento. En la novela realista o naturalista esto era bastante raro, pero, hoy día, la literatura está llena de indicios en los textos. (Cuando Caperucita se encuentra con el Lobo feroz en el bosque, este le indica que coja uno de los caminos, pero hay algo en sus ojos que a la niña le da mala espina… En este caso, la niña es cortica y le sorprende cómo la mira un lobo parlante, pero ya me entiendes).

A grandes rasgos, eso viene siendo todo lo que se me ocurre qué puede ser interesante saber sobre el eje narrativo.

Para construir un eje hay que devanarse los sesos y estructurar cada uno de los núcleos. Una vez tengamos esto, deberíamos plantearnos escribir una sinopsis argumental y, cuando tengamos la sinopsis, valorar si nos vale la pena plantear una escaleta por capítulos antes de la escritura del borrador o manuscrito (de lo que sea que estemos escribiendo: relato, guion, novela, novelón). Esto dependerá de mil factores: a mí, por ejemplo, me ayuda preparar el eje y la sinopsis argumental, pero me agobia estructurar las cosas mucho más allá, así que no me obsesiono.

Quizá en una historia de ciencia ficción, una novela negra o un cuento a lo Sherlock Holmes (cuándo aparecen los indicios, qué se deduce, qué pistas son falsas, etcétera) puede ser bastante más necesario que en una historia de autoficción o en una novela de enamoramientos, pero, al final, todo depende de tu forma de escribir y con qué te sientes más cómodo o cómoda escribiendo.


NdA: Tanto hablar de Caperucita… relacioné conceptos y me acordé de Javier Gurruchaga y la Orquesta Mondragón.

¡Solo queríamos votar!

Había un grafiti entre los escombros que gritaba en mayúsculas: ¡SOLO QUERÍAMOS VOTAR! Lo que no he visto en ninguna otra pared de Barcelona es una respuesta de los «partidarios de la unidad de España», como han rebautizado TVE y Mediaset a neonazis y fachas de la bandera del aguilucho. Tampoco el estado ha dado respuesta, más allá de las aburridas comparecencias de Grande-Marlaska en las que no dice nada (pero bueno, en la misma línea en la que a Torra también le suda la polla todo: diciéndole a la peña, el lunes pasado, que «revolució» y, «a luego» te saco los Mossos d’Esquadra para que te «atonyinin una miqueta»). Una buena respuesta desde la clase política española podría ser: «Nosotros teníamos mejores cartas», ¿no? Entre otras (cartas), parece ser que cuentan con el monopolio de la violencia (institucionalizada, eso sí) y la posibilidad de dictar sentencia sobre qué es y qué no es democracia, pasándose por la piedra el concepto en sí (que es lo más interesante de todo) mediante un tribunal de justicia superior o el mismísimo Tribunal Supremo: en fin, este cuento ya nos lo sabemos.

Lo de siempre: la violencia nunca está justificada, pero en estas hospedas ocurre hasta en las mejores familias: en pequeños grupos de radicales, en la policía, policía y policía y, sí, también en todos esos que oyen tangana y vienen corriendo de dentro y de fuera: ahí están los seis meses de reivindicaciones de los chalecos amarillos en Francia, como ejemplo, del que podríamos aprender mucho de gestión de una crisis, por cierto. No obstante, creer que el estallido de ira acumulada tras la sentencia a los líderes del «procés» (de 9 a 13 años, recuerdo) no iba a generar tensión social es ser muy crédulo o querer creerte tus propias tonterías. Si la excusa de «es que son momentos de tensión» vale para la policía (que son gente entrenada y profesional), también tendríamos que aceptar barco para los manifestantes con los ánimos encendidos, ¿o no? Espera, ¿será que interesa dejar el foco aquí? ¿Quién se acuerda ahora de cómo empezó esto? ¡Si casi es historia ya! Mientras se incendia Barcelona y se plantean semanas enteras de continuas movilizaciones, ¿quién habla de por qué ningún político se ha sentado a hablar (más lentamente o menos lentamente, ojo) sobre si una autonomía puede o no independizarse, sobre el derecho a la autodeterminación de los pueblos, sobre lo que es justo o democrático, sobre posibles soluciones a todo esto? A lo mejor deberíamos recelar de aquel que no quiere hablar nunca de lo que pueden hacer catalanes y españoles para convivir en armonía, ¿no? En este caso y, hasta donde yo sé, los noes siempre llegan del mismo sitio… y son rotundos.

No creo que, ahora mismo, importe mucho si la oligarquía catalana ha hecho negoci o no ha hecho negoci con el sentimiento de nación que tiene mucha gente en las cabezas: ese es el quid de la cuestión, ¿verdad? Lo que tiene mucha gente en las cabezas. Porque la búsqueda de la autodeterminación no se la han inyectado a jeringazos los Jordis, el Puigdemont, la Forcadell o el Junqueras a la peña, sino que cada uno la traía de su casa. Y esos millones de personas van a seguir luchando por lo que consideran justo (es lógico, ¿no te parece?) y, a partir de aquí, pues está genial que el estado español busque todo tipo de argumentos donde legitimarse: es que querían replantear un estatuto de autonomía similar al de otras comunidades (como Andalucía o Valencia, y se dijo que tararí), es que querían un referéndum con garantías (y no se permitió de ningún modo), es que me sacaron unas urnas a la calle (y se criminalizó la acción) y, así, hasta la DUI y más allá, que luego no era DUI, porque cuando llegan los juicios por lo penal, nos cagamos un poquito.

©Lluís Gené/AFP)

Por descontado, hay cosas mal hechas por todas partes: lo peor que veo, desde Cataluña, es cómo muchos líderes catalanes han jugado con el sentimiento de la gente (a mí esto me cuesta entenderlo, porque no tengo gen patriótico, ya me sabe mal) y de ahí los abucheos a Rufián, el desprestigio de JuntsxCAT (en gran parte, por culpa de Torra) y la rabia y la frustración de la gente que ve que aquí, igual que en España, esa gente que tiene que representarlos no está a la altura. En esta misma línea, me preocupan las reacciones llenas de bilis de todos contra todos (masivas contra los catalanes independentistas, todo sea dicho) en prensa y redes sociales, que ya sufrió en su día el pueblo vasco, el aumento de la violencia en la calle y, por encima de todo, el silencio desde el Gobierno de España, que sigue demostrando que su hoja de ruta nunca pasará por sentarse, hablar y negociar (en relación con esto, me ha gustado el hashtag de Twitter #SpainSitAndTalk), sino por castigar, ignorar y reírse de las reivindicaciones de millones de sus ciudadanos. Triste, ¿eh?

Tras el 1-O (de 2017), el analista, columnista y escritor británico Owen Jones planteaba una analogía para definir la situación actual entre Cataluña y España que, a mí, me ha parecido siempre muy acertada. Para ello, utilizaba el ejemplo de una pareja en la que una de las partes quiere divorciarse: si no dejas que la otra parte se separe, pero tampoco quieres sentarte a hablar, a solucionar vuestros problemas, a trabajar juntos… luego, llega la violencia, la opresión, el control absoluto y pasamos de un matrimonio feliz a una relación de abuso y violencia. ¿No es aquí hacia donde vamos? O quizá ya estamos más que repanchingados por esos lares, qué coño.

Instantánea del lunes, 14 de octubre, con las primeras protestas en el aeropuerto de Barcelona. Fuente: RTVE.

Yo no quiero que mi comunidad autónoma se independice del estado, otros tantos millones de personas que pueden votar en Cataluña tampoco quieren independizarse (muchas otras sí, ya lo hemos visto), pero negarnos el derecho a decidir es propio de un estado fascista y opresor. Esto es lo que más me avergüenza de todo el embrollo. ¿Tan difícil resulta entenderlo? Si los políticos hubieran hecho su trabajo (hablar, llegar a acuerdos), nada de esto habría sucedido; si no hacen su trabajo, los problemas que salen de la calle vuelven a la calle, y explotan. Y el problema de base es el mismo de siempre: todo quisqui está intentando sacar réditos políticos y con unas nuevas generales a la vuelta de la esquina, nos vale igual ETA, que Cataluña que Venezuela.

Dónde escribir un libro (o lo que sea que estés escribiendo)

Esta entrada es un poco idiota (por eso la escribo yo, mira tú), pero, tras darle cuatro vueltas, me sigue pareciendo necesaria: hay un porrón de textos (y vídeos, y podcasts) en Internet sobre «cómo» escribir un libro (una novela, lo que sea), pero no ocurre lo mismo con «dónde» escribirlo, que no deja de ser algo mucho más importante de lo que, a priori, pensamos.

Escritores «cliché» de best-seller americano

Será que tenemos muy metido en la cabeza el típico cliché del escritor que se va a la cafetería  y repite «soy escritor, ¿lo sabías?» y apunta cosas en una libreta, y hace rayajos, o piensa mucho, y graba ideas en su smartphone a lo tipo pedante de peli ochentera o noventera de Woody Allen (apostaría que el tipejo del que hablo salía en Hannah y sus hermanas, pero quizá era en Maridos y mujeres, o en Manhattan). Incluso hay aplicaciones móviles que emulan ruidos y entornos, como un bar, una cafetería o el club de campo para inspirarte… mejor. A mi modo de ver, payasadas, pero habrá a quien le sirvan. Lo que sí está claro es que escribir una historia, una novela, un libro, un guion, es mucho más que sentarse y empezar a teclear (aunque, en esencia, es hacer eso mucho rato).

El cineasta Woody Allen en un capítulo de Los Simpson.

La dimensión desconocida

Cuando te lanzas de cabeza en un nuevo proyecto, escribir es un proceso creativo 24/7/365 y suele requerir de cierto «impasse» o tiempo muerto entre una historia y la siguiente. Pero el desarrollo en sí mismo se concentra siempre en un sitio: una habitación, un lugar, por lo que dónde escribir se convierte también en cómo escribir y, por esto, es tan absurdo que el dónde se pierda dentro del cómo con tanta facilidad. Menudo lío, ¿eh? En definitiva, vamos a ver cómo creo yo que se debería acoger la escritura y, luego, tú me dices que «nanai» y que tú escribes con los críos revoloteando a tu alrededor en el comedor de tu casa o con heavy metal a todo trapo a lo Stephen King, ¿vale?

Ante todo, necesitas un espacio propio, en el que estar relajado, a gusto, inspirado. Yo tengo dos, porque soy más chulo que un ocho: un trocito del comedor —tanto yo como mi pareja trabajamos en casa en una habitación-despacho y, allí, no siempre puedo quedarme a solas—, así como un tercio del comedor (escritorio, cajonera, ya sabes). En general, cualquier lugar que sea adecuado para estudiar, debería ser funcional a la hora de escribir: silencio, pocas distracciones, espacio para organizarte y mover todo el material (libros, apuntes, libretas, ordenador, bolígrafos, pizarra, etc.).

Contar con una zona que solo utilizas para eso, si es posible, es la leche, porque te permite abstraerte y evitar cualquier tipo de distracción: en mi caso, intento tener Internet a mano para posibles consultas y reservar entre una y dos de tiempo diario a la lectura y la escritura.

Hablando de malos sitios donde ponerse a escribir… Brian Griffin no ha tenido una gran idea.

Escribir cuando no estás escribiendo

Dicho esto, para mí, la escritura no empieza ni termina en esa sala (o salas). ¿Cuántas buenas ideas aparecen paseando, duchándose, comiendo o cag… o leyendo el periódico? Muchas, en realidad. Los seres humanos piensan con los pies, y muchos escritores también.

Mis tres grandes trucos son:

  • Lápiz y papel (una libreta) a mano siempre que sea posible
  • Móvil y notas de voz (sí, también hago esa pedantería de grabar audios: ¡es útil, joder!). En mi caso, me creé un grupo de WhatsApp para mí (bueno, invité a no sé quién y le eché del grupo) y allí apunto ideas estúpidas y otras no tan estúpidas
  • Reservar un tiempo semanal para aburrirme: hacer cosas, en casa y fuera, que nos aburran también es algo imprescindible para el pensamiento (desde niños), para organizar ideas, para sentarse a escribir con la cabeza mejor amueblada que el día anterior

Cuando el dónde se convierte en cuándo

Dónde escribir no solo acoge un espacio, además, sino también un tiempo. Habrá mucha gente a la que le encantaría escribir de 7:00 a 9:00 pero tiene que desayunar, llevar a los niños al colegio y largarse a trabajar. A mí, por ejemplo, de 8:00 a 10:00 son las horas que mejor me han ido siempre (y ahora mismo no estoy escribiendo en esos horarios por temas laborales), pero también hay aquí dos puntos que considero imprescindibles:

  1. Tratar de escribir todos los días es la forma de crear una buena rutina (no siempre hay que tratar de escribir best-sellers: artículos, entradas de blog, ensayo, cuentos cortos, microrrelatos… ¡no habrá cosas!). Dedicar un rato al día supone afrontar que hay días en los que no sale nada y otros asombrosamente productivos: también aquí hay todo tipo de opiniones, hay quien para de escribir cuando está «on-fire» y a mí, en cambio, cortar esa inercia narrativa me parece una locura, incluso para ir a mear. Quizá hay gente que prefiere escribir tres días por semana, o cuatro, o dos, allá cada cual.
  2. Mantener, siempre que sea posible, horarios similares también genera previsibilidad y nos ayuda a prepararnos para la escritura. Si yo tengo que sentarme a las cinco de la tarde o no escribir, prefiero escribir de cinco a seis que no hacerlo, pero si puedo hacerlo en un horario más funcional, mejor que mejor. Sin embargo, en cualquiera de las dos situaciones anteriores, saber que voy a tener un rato para escribir, me ayuda a darle vueltas y a prepararme para ello.

En relatos o proyectos de largo recorrido…

Como hábito adquirido, cuando escribo un relato largo o una novela, por ejemplo, suelo empezar releyendo todo lo que hice el día anterior, corrigiéndolo, reescribiendo ligeramente y, esta acción, de algún modo, favorece la inercia narrativa entre un día y el siguiente. Otras personas prefieren leer, pero dejar las correcciones o los cambios para más adelante: desde mi punto de vista, cada texto se reescribe cien mil veces, así que una más o una menos… Por descontado, aquello que no hago es centrarme a corregir ese texto durante más de 10 o 15 minutos, pues la idea es favorecer la continuidad y seguir donde lo habíamos dejado (ya habrá tiempo para reescribir, como digo).

De cualquier modo, los manuales de escritura están repletos de estos pequeños «trucos», así que puede ser buena idea echarle una ojeada a un par con el objetivo de quedarte con algunas buenas prácticas: uno (re)típico, ya que he mencionado antes a su autor, es Mientras escribo, de Stephen King, por ejemplo.

Bloqueos de escritor cuando tienes tu propio espacio

Por último, la hoja en blanco (sobre los bloqueos de escritor ya hablé en el blog) suele ser más fácil de vencer cuando separamos la figura del creador de la del crítico que todos llevamos dentro. Cuando escribes, escribe; cuando corriges, corrige. Los dos papeles son necesarios, pero escribe por placer y, luego, ya habrá tiempo para despedazar una y mil veces el texto.

De algún modo, también parece más fácil concentrarse cuando tienes un espacio propio donde escribir y organizar todo tu material. Pero no te engañes: habrá días en los que no salga nada, a veces, incluso semanas o meses. Yo me obligo a escribir de lo que me apetece: eso de escribir sobre temas que no me gustan o interesan lo dejo para otros; en mi caso, si me aburro o me deja de interesar: cojo el papel, hago una bola, la tiro y a otra cosa (o borro el documento de texto). Con un libro, hago exactamente lo mismo: lo cierro y empiezo otro que aún me puede apasionar.