Se acabó

Los ojos de un animal tienen el poder de hablar un gran lenguaje.

Martin Buber (Viena, 1878 – Jerusalén, 1965)

Estoy bien. Estoy muy bien, pero se acabó: cierro el blog. No me gustaría que nadie lea la entrada anterior y crea que estoy mal, que estoy en peligro o que necesito ayuda. Aclaro que no es así. No lo estoy: estoy muy bien, en realidad, pese a que un confinamiento no es el ideal para (casi) nadie.

2019 fue una gran mierda.

(Casi acaba conmigo.)

2020 no ha sido mucho mejor.

Ahora, estoy bien. He aprendido que la vida y las emociones son como el tiempo, ¿sabes? Un día llueve, otro está nublado y otro hace un sol de mil demonios, pero tú te levantas de la cama  y sales a la calle a pasear al perro, y quedas con gente, y trabajas, y juegas con las cartas que te han dado.

Empecé a escribir Doblando tentáculos en Caimari, un pueblecito de Mallorca al que me mudé con mi novia, que luego fue mi mujer y, ahora, ya sabéis. La casa se nos la cedieron sus padres y allí comencé a tomarme esto de las letras más en serio. Hay mucho que agradecer, siempre, pero, a menudo, se nos olvida, ¿verdad? Eso es otra cosa que he aprendido: todo el mundo lo hace lo mejor que sabe. No es excusa para no enfrentar y afrontar las consecuencias, pero sí es un buen motivo para seguir viviendo.

Cierro el blog. Lo cierro ahora que vivo solo y con perspectivas de compartir casa (¡a mis 34!, al final será verdad aquello que decía mi padre de que yo todo lo hago al revés). En esencia, ya la comparto —con Dana, con Argos: mis perros, que están viejos de cojones, y duermen casi todo el día—, pero me refiero a dejar entrar a otras personas, a la casa, a mi vida. Lo cierro, en parte, porque de los temas de los que escribía, siento que no me quedan cosas por decir (mas allá de las columnas de opinión: a estas les encontraré otro hogar), pero, sobre todo, miento (y me miento) como un bellaco: lo cierro para seguir aprendiendo a desprenderme de las cosas, a despegarme (y a desapegarme), a demostrarme que hay un momento y un lugar: esa mierda de que las personas somos como ríos (a veces, nuestros cursos van en paralelo y otras se separan). Qué cierto.

Escribo estas líneas agradecido. Un poco triste, supongo. Agradecido a mi exmujer, por todo lo que me ha enseñado estos años (sobre todo, por forzarme a abrir el blog y por confiar tanto en mí: hay cosas que nunca podemos decir tanto como nos gustaría), agradecido a mis amigos, que se pasaban por aquí mucho más de lo que yo creía; a los editores de aquel libro de ética, que vieron algo en algunos de mis textos, y se lanzaron a apoyarme (espero que no les haya salido muy mal). Agradecido al blog, si eso es posible, que me ha enseñado a escribir (o a escribir mejor), que me ha dado mil oportunidades, que ha sido germen de una novela que seguro que algún día publicaré (hace mucho que no soy capaz de sacarla del cajón, pero eso es otra historia). Agradecido a todo aquel que leyó una entrada, aunque solo fuera una, por haberme acompañado en este viaje.

En una despedida, si uno quiere decirlo todo la caga. Quedaos con que sigo escribiendo, con que vuelvo a enfocarme en mis pasiones. De vuelta, al camino. Ya vomité hasta hacerme cliché. Ya vacié las botellas en el fregadero. Ya me fumé unos cuantos cigarrillos y descubrí que ese vicio no iba a volver. Cierro ya, pero con buen sabor de boca, porque todo tiene un principio y un final —todo: creedme— y no por eso vamos a dejar de disfrutar del viaje, ¿verdad?

Gracias.

J.

P.S.: Dejo una foto de Caos que hizo Laura, porque ¿qué os iba a dejar para la posteridad? ¿Mi jeta? Vamos, no me jodas.

Papá estado y un porrón de idiotas

Hoy, 26 de abril, mucha más gente de lo que, a priori, uno podría imaginarse cree que el gobierno de España es «papá estado». Si no, no se entiende esta respuesta colectiva a una pregunta muy simple: ¿Quién es el único que puede decidir cómo te comportas tú? Exacto.

Será que, tras dos meses encerrados entre cuatro paredes, se nos ha olvidado aquello de las libertades individuales, pero me asombra que tanta gente esté reclamando en redes sociales que la encierren en casa y tiren la llave (a él, a ella, al niño y la niña, al abuelo y hasta al vecino del quinto).

El argumento es acojonante: «Ahora que vamos bien, o mejor que hace un mes, habría que esperar otros quince días, y otros quince más, y…» Ni niños en la calle, ni deporte, ni yayos, ni nada. Todo quisqui a su puta casa a seguir confinado y, así, el miedo se carga un país.

Un señor enfadado en Twitter, con razón.

El miedo es lo peor que hay. El miedo, te bloquea; te impide pensar, y aquí tenemos la muestra. Esta semana estaba claro (las cifras, los datos, el número de urgencias hospitalarias) que ya es tiempo de dejar paso a la responsabilidad individual que, a su vez, construye aquella social o colectiva. Es momento de distanciamiento, de medidas de protección y de volver, poco a poco, a las rutinas que podamos recuperar: a salir, caminar, sacar a los chavales, hacer ejercicio y, pronto (espero), a trabajar. Hay rutinas que tardarán en volver (los conciertos, las multitudes, los besos y los abrazos), pero si hay que seguir gritando desde balcones y terrazas que sean palabras de ánimo y un poco de alegría, ¿o no?

Empieza la fase de desescalada, será lenta, da algo de miedo (a todos y todas), sin embargo ¿nos vamos a dejar vencer antes de empezar siquiera? No, no nos volvamos locos y vayamos, flechados, de un extremo al otro. Salgamos a la calle con las medidas de protección necesarias (quien pueda salir), comportémonos, seamos consecuentes con nuestras acciones (algunas imágenes en las calles y en los parques son el fiel reflejo de ese gobierno al que tanta gente crítica, ¿o no?) y volvamos a vivir, a movernos, a poner las cosas en marcha.

No tengamos los santos cojones (u ovarios) de criticar al gobierno por lo que es responsabilidad de los ciudadanos. No, no podemos estar escondidos un año, porque el virus no va a desaparecer de las calles. Y, si el miedo nos impide vivir, ¿no será peor el remedio que la enfermedad?

El trabajo es parte de la ecuación

Así, no sabemos trabajar. Este mensaje me ha llegado de un montón de formas: por Facebook, por los grupos de colegas del WhatsApp, echando una cerveza con algún amiguete por videollamada (¡por dios!, qué hartura de cuarentena: bares, ¡bares! ¡os echo de menos!). Incluso a los autónomos que llevamos toda la vida currando desde casa nos está costando un huevo. Es normal.

Encontré por aquí (en una de las librerías del salón) una copia del Frankenstein de Mary Shelley y, será que ya desvarío, pero ahí está la clave. El monstruo del doctor Frankenstein pudo ser cosido trozo a trozo, pudo hasta pasar por humano (hasta aprender a ser humano), pero no: no era un ser humano. Quizá era más humano que los humanos (para mí, ahí radica parte de la lección de la novela, aunque no tienes porqué compartir esta conclusión, evidentemente), pero no era humano.

No sé cuál es la esencia del ser (humano), pero todo indica que es la suma de las partes. ¿Cuántas?, ¿cuáles?, todavía no se me ha ido tanto la olla como para lanzarme a enumerar, una a una, las que se me ocurran, lo siento. El trabajo, por ejemplo, es parte indisoluble de nuestra esencia, eso yo lo tengo claro: no porque lo dijera Freud (entre otros), sino porque todos necesitamos algunos valores vitales que nos levanten de la cama. Y, por ellos, hay que moverse (físicamente, intelectualmente; a veces, de ambas formas), aunque solo sea por esto, todos necesitamos trabajar.

Pablo Casado en… reflexiones en el aseo. (¡ESE GRIFO GASTANDO AGUA ME PONE DE LOS NERVIOS! He dicho.)

En tiempos del Covid-19, sin embargo, el problema es que (nos hemos dado cuenta de que) necesitamos de muchas otras cosas, ¿verdad? La mayoría, hace dos meses que no las tenemos, que nos sentimos solos, indefensos e indefensas y, lo peor de todo, que no sabemos cuándo volveremos a tenerlas. ¿Qué es más jodido? ¿La represión de un gobierno a sus ciudadanos o la creación de un clima de total indefensión frente a tu propio presente y futuro? Vale, esto no es consecuencia directa de la clase política, pero la gestión del gobierno y del resto de los partidos no siempre ha ayudado.

A la luz de las últimas semanas, está muy claro que ni Europa ni el mundo habían tenido que preocuparse, en serio, por las libertades individuales y colectivas de sus ciudadanos. Para ningún estado es una tarea sencilla, pero suspendemos (suspenden), de calle. Está muy claro que los políticos españoles no están preparados para los verdaderos desafíos que plantea el siglo XXI (vaya coñazo de sesiones en el Congreso, ¡la virgen!), que no tienen nada que ver con las cantinelas y las cortinas de humo con las que llevamos casi una década, entre Cataluña, Venezuela y la madre que los parió.

A medida que se alarga esta crisis, y tras ERTEs, ERTOs y EREs a tutiplén, muchas empresas empiezan a presionar para que sus empleados alcancen un ritmo laboral como el que había antes del coronavirus. El culmen del gilipollismo, o del cuñadismo neoliberal, es creer que la gente puede teletrabajar al mismo nivel desde sus casas, pero sin casi nada de la vida que conocía. Sin deporte, sin relaciones humanas, sin contacto, sin follar, o sin deseo. Si te roban buena parte de de tu esencia como ser humano, si te dejan incompleto, no pueden pedirte que sigas trabajando como cuando tenías todo lo que necesitas o, por lo menos, contabas con la capacidad de intentar procurártelo. A ver si va a ser que al estado se le ha caído la máscara, al muy cabrón, y debajo sigue habiendo un Leviatán, como aquel del que hablaba Hobbes, que solo se lamenta de que los androides y la cuarta etapa de la revolución industrial nos haya cogido en bragas.

Siempre es el primer día

En Palma (bueno, en el Arenal), tengo un amigo. Se llama Pedro Palau. Pedro es un tío grande de cojones y, además, es altísimo, por el metro noventa y muchos andará. Una vez, fue mi suegro —y yo, cobarde, siempre me quedé con aquel qué-se-yo de decirle que también le sentía un poco padre—. En fin, te hablo de otra vida, supongo.

La cuestión es que, hace años, cuando nos veíamos más (en aquella época, yo vivía en Mallorca), hubo una conversación que se repitió mucho sobre el vivir alquilado: No es tu casa, decía yo, para qué le vas a arreglar las cosas a otro. Y él, que discute con todo quisqui como el que más, a mí poco me discutía sobre esto, en realidad. Pero yo le veía la mirada esa de zorro viejo al cabronazo, como susurrando: ya lo entenderás, chaval (aunque en su cabeza, el chaval debía ser un pardal, que le pega más) y se limitaba a señalarme el ahora o el quién veía y disfrutaba del sitio en ese momento.

Ahora vivo, solo, en la casa que compartí con mi exmujer —su única hija—, y me paso el día haciendo chapuzas dentro y fuera, pese a que también es una vivienda alquilada. Quizá, en parte, por todo el tema este del coronavirus, pero (sé que) no. Lo cierto es que me he dado cuenta de dos realidades que Pedro no podía enseñarme entonces, ni te puede enseñar nadie, porque hay que vivirlas. Lo que hago aquí, un día quedará para otro, claro, ¿y ahora?, ahora es mi casa. Esta es la lección menos importante: vamos, lo que casi me decía él de forma literal (y yo: cerril); y la más importante, la lección que hay que rascar, masticar y cuesta de tragar, es que solo existe el hoy.

Hoy, siempre es el primer día de tu vida: el primer día fue cuando conocí a la hija de Pedro; el primer día fue cuando me casé; el primer día fue cuando ella se marchó de casa; y hoy también es el primer día, mientras pienso en Pedro (y en su hija, claro, pero en su hija pienso mucho) moviendo trastos por el jardín, haciendo un capazo de hormigón como él me enseñó y arrancando los hierbajos.

¿Qué cojones estará haciendo Pedro hoy? Espero que, como dicen en sa Roqueta, faci bonda (bondad), que es paciente de riesgo. Yo, mientras, me consuelo reflexionando: ¿Sabes qué otro día será también el primer día? Uno en el que me dé por coger un avión, aparezca por Palma y, si le apetece, me vaya con él y su mujer, Marga, a comer o a echar unos vinos. Aunque solo sea por agradecerle estas dos lecciones a ese padre adoptivo que una vez tuve.

Encarcelados en casa

Estos días de confinamiento a causa del Covid-19 pienso, mucho, sobre la época en la que fui voluntario en  proyectos sociales de las cárceles de Quatre Camins y Brians 2. Ahora que estamos encerrados en casa en una suerte de tercer grado no puedo evitar conectar con toda esa gente que cumplía condena.

Lo de la prisión nunca lo vi muy claro, la verdad. Frente a cualquier delito, la justicia impondrá siempre una pena en años de vida —lo que, a priori, parece un buen trato: lo mínimo que la sociedad puede exigir al reo— y en una absoluta privación de libertad.

¿Y si el coronavirus nos obliga a replantear el sistema penitenciario?

Mientras, nosotros, la gente de a pie, miramos hacia otro lado y obviamos que la naturaleza punitiva del castigo obvia, demasiadas veces, la reinserción social.  Pero, sobre todo, ¿nos planteamos si es justo mantener entre cuatro paredes a alguien durante cinco, diez o treinta años? ¿Dependerá del crimen? ¿Importa el delito si la pena resulta más venganza que castigo?

Fotograma de la película Doce hombres sin piedad (Estudio 1, 1973). Se trata de la versión española adaptada de la obra de Reginald Rose. El director de la adaptación fue Gustavo Pérez Puig.

Cuando hablabas con aquella gente —delincuentes sexuales, drogadictos, traficantes, agresores— y les ponías nombre, y cara, e historia, te dabas cuenta de que cualquiera puede entrar a prisión: esa fue la mayor enseñanza que saqué de estar entre rejas un rato por semana. También de que esos hombres y mujeres están doblemente condenados, por el sistema y, en muchos casos, por un pasado que les secuestra un verdadero futuro. En su día, pensé que esto era por la falta de medidas de reinserción: no reconstruyes una vida quitando el módulo de drogodependencia para instalar más celdas de castigo, ni pagando a la gente por montar el cableado eléctrico de un Seat León a 20 céntimos la hora. Claro que había iniciativas positivas: muchas y llevadas a cabo por buenos educadores sociales, psicólogos/as, funcionarios/as.  Sí hay cosas buenas en prisión, claro que las hay: el poder estudiar, la orientación, la rutina, el atenerse a unas normas… Sin embargo, ¿y si el problema mismo de la (relativamente) baja tasa de reinserción va ligado al contexto y no tanto a las medidas? ¿Puede uno aprender a ser persona si le negamos, durante años, una de las formas más básicas de libertad? ¿Funcionará, de veras, el modelo finés de cárceles sin rejas?

La primera semana de confinamiento llega a su fin y la administración admite que esto va para largo, que habrá que tomar decisiones impopulares y que no hay más que hablar. Una medida muy metafórica si pensamos en cómo de volátiles son, a veces, las condenas en el ámbito penitenciario por mala conducta. Pensemos, pues, en algo muy simple: si nosotros no aguantamos cinco putos días en casa, ¿puede una persona reinsertarse con estas reglas de juego?

Ni idea, pero vale la pena darle un par de vueltas, ¿o no?


NdA: Te animo a leer sobre la cárcel en Infoprisión, así como a ver documentales como Un mundo en sombras de RTVE. En 2018, la tasa de reinserción penitenciaria se mantenía en un 69 %.

En 2016, publiqué un post sobre mi experiencia en prisión titulado Castigar y perdonar.

De la escritura a la reescritura

Proceso de reescritura (en narrativa)

Todo lo que se ha escrito, se ha reescrito. Dicho de otro modo: todo lo que leemos se ha reescrito decenas de veces. Y ahí va un tercer intento: la reescritura es, a grandes rasgos, todo el proceso de escritura que iniciamos tras volcar la historia en papel por primera vez. En un cuento o una novela, es aquello que empieza una vez terminas de desarrollar los núcleos narrativos en el papel o en el documento de Word (es decir, cuando construyes la primera versión); en un ensayo o en un artículo periodístico, una vez tenemos el esqueleto de la historia o de lo que vamos a contar. Ahí empieza la reescritura, cuando toca embellecer, agregar, suprimir y pulir.

Por descontado, cada escritor —voy a centrarme en narrativa, que no te despiste lo de ensayos, periodistas y otras pajas mentales de aquí arriba— tiene una visión distinta de la reescritura, que puede moverse entre un puto coñazo mal necesario o la mejor parte de escribir. En mi caso, por ejemplo, la reescritura me parece que es lo que da sentido a la propia escritura: convertir una idea en una obra cada vez más perfecta (sabiendo que aquello que planeamos y lo que estamos creando siempre serán distintos entre sí) es la misma fuerza que mueve a cualquier otro artista: a un pintor, a un escultor, a un cineasta.

Reescribir es la esencia de escribir bien, donde el juego se gana o se pierde.

William Zinsser (1922-2015)

En los talleres literarios, este proceso siempre se plantea a raíz de un documento base (una primera versión de nuestro cuento, novela, microrrelato, lo que sea) a partir del que solucionaremos cuestiones de índole narrativa (es decir, el Fulano que muere en la página 70 y revive por error para fumarse un pitillo en la 120 siendo testigo de un asesinato, por ejemplo) y de estilo, que son las más comunes: ritmo narrativo, redundancias, poner énfasis en escenas innecesarias, falta de diálogos, descripciones que dicen pero no muestran.

reescritura-1
Así todo el santo día.

Cómo revisamos; cómo reescribimos

Hay tres grandes acciones que funcionan conmigo, pero no tienen que funcionar contigo si también te dedicas a escribir (si te dedicas a rescatar tórtolas, seguro que tampoco funcionan, pero no sé qué cojones harás por aquí, así que vamos a descartar esa opción, ¿vale?). Ante todo, y no voy a decir nada nuevo, quítate el miedo de vomitar la historia en el papel, porque este es un paso imprescindible para enfrentar el contenido: reducir todo un libro a su eje narrativo. Clásicos como Madame Bovary, de Flaubert, o Ana Karenina de Tolstoi, tienen un montón de temas y lecturas detrás, ¿verdad? (¡Ojo!, SPOILERS DE UN LIBRO VIEJUNO que ya tendrías que haber leído) OK. Pero también podemos simplificarlos a su eje narrativo, verás:

Ana, esposa de un funcionario de alto grado llamado Karenin, se enamora de un militar buenorro, Vronski; como Vronski y Ana son unos marranos, esta se queda embarazada del oficial. El marido de Ana se entera, pero le preocupa más el qué dirán que la cornamenta; en cualquier caso, los amantes huyen a Italia desafiando las convenciones sociales rusas (OMG!). Más tarde, vuelven a Rusia, pero si bien la peña tolera a Vronski, Ana es mujer decinomónica rusa y casquivana «d’époque«, lo que se traduce en… ¡ostracismo total! Por último, durante varios cientos de páginas, Ana y Vronski se mudan del campo a la ciudad y de la ciudad al campo, a la chica se le va la pinza cada día un poco más y termina por suicidarse tirándose a las vías del tren.

Por descontado, Ana Karenina es mucho más que todo lo anterior (y bastante más triste, y serio, y con muchos otros personajes, y tramas secundarias), pero esta obra de más de mil páginas se puede resumir en un párrafo, que atiende a su eje narrativo. Podríamos hacer lo mismo con Madame Bovary o con cualquier otro libro del mundo mundial (¡Bovary se envenena con arsénico!, toma segundo spoiler que te he colado: hay que leer más libros… 🤭), porque cualquier obra se deconstruye (es decir, se analiza) de más a menos, porque se construye de menos a más (eje narrativo, núcleos narrativos, capítulos…).

Sustituya ‘maldita sea’ cada vez que quiera escribir ‘muy’; su editor lo eliminará y la escritura será tal como debería ser.

Mark Twain (1835-1910)

Y tras este rollo necesario, ahora sí, el por qué la distancia frente al texto es una cabrona y los tres truquillos que me enseñaron a mí para facilitar el proceso de reescritura.

¿Cuál es el principal error en el momento de reescribir?

El gran error en el momento de reescribir es siempre (pero siempre, ¿eh?) la distancia. A cualquier escritor (o escritora), por bueno que este sea y por mucha experiencia que tenga en cuestiones técnicas, le cuesta y le seguirá costando ver sus propios errores. La explicación simple de este fenómeno es bastante idiota, en realidad: no vemos lo que hay, sino lo que queremos ver; si una metáfora (nuestra) cojea, tendemos a darle una dimensión o una lectura en nuestra cabeza que no tiene por qué transmitir el texto; si faltan comas, o intensidad, o hay un rollo patatero que no te tragas ni tú como introducción de una escena… demasiado a menudo, lo dotarás de un sentido que no tiene. La distancia es la crisis de los cuarenta, Ruiz Mateos vestido de Superman o tu abuelo comprándose unas VANS Old-Skool y unos «pantalones cagaos» y otros tobilleros con los que los críos/as se empeñan en pasar frío en invierno.

Una tira cómica que trata otra de las caras de la reescritura y la reedición. ©Paco Roca

Este es, con diferencia, lo mejor y lo peor de escribir, porque por mucho que sepas y muchos años que lleves en el ajo, siempre te vas a dar de cabezazos con la reescritura y la distancia: al fin y al cabo, el texto que tienes delante, lo has escrito tú. Los lectores profesionales viven de esto, cuando la obra ya está «niquelá», pero hasta ese momento, es cosa tuya escribir, corregir y volver a reescribir. Entonces, ¿qué? Pues atiende.

#1. Aprovecha la fisicidad del papel

Si te dedicas a escribir, planta muchos árboles, porque te vas a cargar un par de bosques pequeñitos en tu vida. Esa es la conclusión. Todo quisqui que conozco y escribe, prefiere corregir en un soporte físico (papel) y la razón es muy simple: aunque no lo parezca, el ordenador queda muy lejos (mentalmente, por lo menos), mientras que el papel te hace sentir ese texto más próximo. Por lo tanto, yo todo lo que quiero reescribir, lo imprimo y aprovecho los márgenes de la hoja (interlineado, 1,5-2) para marcar anotaciones o cambios. Además, me ayuda mucho a leer en voz alta mis propios textos (sí, esto es un consejo extra: leer en voz alta permite captar el ritmo del texto y percibir su musicalidad).

Cuando tu historia esté lista para la reescritura, córtala hasta el hueso. Deshazte de cada onza de exceso de grasa. Esto va a doler; revisar una historia hasta lo esencial es siempre como asesinar niños, pero debe hacerse.

Stephen King (1947)

#2. Eliminar, reducir: orientalizar la escritura

¿Recuerdas la típica frase de Oscar Wilde? Me he pasado el día escribiendo un poema: por la mañana, le he puesto una coma; por la tarde, se la he quitado. Esto es 99 % reescritura. Es bastante graciosa, porque es cierta. Aun así, cada uno entiende aquí la reescritura de un modo: hay un primer proceso de desarrollar la historia y completar todos esos huecos que la primera versión tendrá (por regla general, son los borradores de 50 o 60 páginas, de los que salen novelas de 200 y 300) y, a posteriori, otro proceso de reducción: de quitar todo aquello que sobre, que no aporte a la historia, que no va a interesar al lector.

Leí en algún sitio: escribir implica reducir el número de palabras, pero aumentar su significado. Vaya frasecica, ¿eh? Pues eso. Exact0. Chapó.

#3. Hacer que, nuestro texto, no parezca nuestro

Hay muchos consejos para coger distancia, pero yo siempre opto por el mismo: lo dejo en un cajón, queda entre los borradores del blog, doy tiempo (le doy tiempo al texto; me doy tiempo a mí). También me han enseñado que para poder reescribir, siempre es mejor:

  1. Convertir nuestro texto en algo que no parezca nuestro texto: es decir, cambiar el color de la letra, el tamaño, el estilo…
  2. Apoyarnos en otro escritor o lector profesional (lo que se conoce como sensivity writer) y no en gente cercana que puede o no tener los conocimientos para valorar el texto
  3. Ser valientes para dar por finalizado los cambios y no marcarse un Cela con La familia de Pascual Duarte, que cambió cosas hasta mucho después de su publicación: hay que aprender a abandonar un texto, desapegarte del mismo y dejar que siga su camino. Quizá creamos que haremos la novela perfecta, pero el perfeccionismo es una mierda; la novela perfecta no existe.

A grandes rasgos, estos son los apuntes que me parecen más interesantes para compartir sobre la reescritura. Espero que os sirvan tanto como me han servido (y sirven) a mí.

2020 en el horizonte (Feliz Año, y esas cosas)

A nivel personal, esta no está siendo una época fácil para mí, por lo que me-cuesta/no-me-apetece mucho sacar tiempo para escribir (tanto en el blog, como en el resto de proyectos que tenía, o tengo, en marcha). En cualquier caso, quiero compartir unas cuantas ideas que me guardo para el nuevo año. Si queréis verlos como propósitos de Año Nuevo, pues aceptamos pulpo como animal de compañía, supongo.

Línea 1. Toca empezar a explorar vías complementarias al blog: hace varios años que siento que este medio (los blogs) está envejeciendo mal, sobre todo, desde la aparición de algunas redes sociales. Y no, no seré yo quien intente hacerse instagrammer. Y sí, voy a seguir escribiendo por aquí.

Línea 2. Es probable que este 2020 empiece con un servidor propio para Doblando tentáculos y una buena limpieza de entradas, que ya casi hay 500 y un buen puñado no dejan de ser poco relevantes.

Línea 3. Si trabajáis en el sector (socio)sanitario o colaboráis muchas horas con causas sociales o animalistas, entre otras, leed sobre el síndrome de fatiga por compasión y cuidaos. Esta es una de las razones por las que se me ha visto menos el pelo (creo).

Línea 4.  Aunque grandes cineastas como Woody Allen se hayan empeñado en convertir la psicología en cliché, si sentís que necesitáis ayuda, pedid ayuda y buscad a quien pueda ayudaros. Por cierto, me vi ayer Día de lluvia en [la] Nueva York [de Woody Allen] y, ¡bueh! Problemas inventados de la clase alta neoyorquina y las mismas ideas que pululaban desde los tiempos de Mia Farrow y Diane Keaton.

Línea 5. Devolved siempre la pasta que os presten y los libros, ¿eh? Esto, cuantos más años pasan, más me cabrea. Por lo demás, no hay que preocuparse tanto de hacer las cosas «por obligación» y de «saldar» hasta el más pequeño de los favores, que parece que si uno/a no entra en esa espiral del «quid pro quo» y el ser felices por obligación («happycracia», que ya todo tiene un nombre, y nos lo ponen en inglés), tu vida no funciona.

Línea 6. Tengo varios proyectos (literarios) en marcha, pero llevo un tiempo bloqueado como escritor. Así que, primero, a vivir, a leer, a echarle unas cuantas horas a la PlayStation o al ordenador, a los perros, a lo que me apetezca; una vez desbloqueado, ya volveré a traer más cosas por aquí y por otros lados.

Línea 7. En estos meses de menor actividad (en el blog) que auguro que vienen, iré subiendo, principalmente, algunas entradas sobre literatura como esta, esta o esta, pero será trampa, porque ya las tengo en borrador.

Línea 8.  Como decían los estoicos: «Los acontecimientos no te molestan, tus creencias sí.» Si nos dejamos de contextos o situaciones bizarras en los que viene un «tontolculo» y le pega una patada a un bichejo inocente o de gente cabrona, me vale. Qué importante es preguntarse a uno mismo ¿quiero? y dejarse de tantos tengo que.

Terminad de pasar unas felices fiestas, que las mías (por ahora) no han sido tan buenas como me hubieran gustado, pero seguro que la cosa mejora de un modo u otro. Al fin y al cabo, en un buen porcentaje depende de nosotros.

¡Feliz Año!

(¿Habéis visto arriba el graffiti que me encontré ayer paseando por Altafulla? 😅)

El método Kominsky: aprender a vivir, aprender a morir

Los iconos de nuestra juventud se nos hacen viejos. Ahí está Clapton, Sprinsgteen, Rod Stewart: la lista siempre es demasiado larga. Le pasa a todo quisqui: le ocurrió a mi padre con Clint Eastwood, que pasó de ser aquel vaquero sin nombre al abuelete que tenía un Gran Torino en el garaje, o a mi madre con los Beatles, que se le fueron muriendo o apergaminando, como Paul McCartney y Ringo Starr,. Cuando llega el día, tragas saliva (porque la cosa también va contigo, ¿sabes?) y lo asumes, porque es lo que toca. En el cine a mí me resulta más agrio y, si no, que se lo digan a Scorsese, a de Niro, a Pacino, a Pesci, despidiéndose de una época, dialogando con sus espectadores de toda la vida y hasta haciéndose arrumacos con la historia del cine y la de toda Norteamérica.

El irlandés es una peli que asusta y no solo por su extensión. Asusta porque el tiempo pasa y, aunque a veces salgan lobos de Wall Street, no iba a ser este filme mejor que Casino ni mejor que Goodfellas (Uno de los nuestros, en español) y, aun así, es mejor que el 99 % de lo que uno puede ver en la gran pantalla (y también en Netflix). Por eso digo filme, que tiene un algo que no tiene la palabra «película», ¿no crees? Lo que pasa es que hoy todo envejece y caduca a otro ritmo, y eso Martin no lo sabe cuando se le llena la boca con chiquilladas sobre la Marvel.

Por todo lo anterior, uno a veces empieza a sentir nostalgia antes de tiempo: eso es lo que pasa con la nueva comedia de Chuck Lorre (El método Kominsky)y, de lo buena que es, ya te echas a temblar pensando en el día en el que se va a acabar o se nos muera uno de estos fenómenos. A mí, por lo menos, me ocurrió con The Big Bang Theory —aunque el tema del asperger superdotado sigue presente con El joven Sheldon para Lorre, Molaro y Parsons—, y eso que en 2007, cuando explotó el gran éxito de los «cerebritos» que volvían «trendy» la física, los juegos de rol inspirados en Dragones y Mazmorras Star Trek, ni yo ni casi nadie esperaba que hubiésemos avanzado tanto y, ¡por fin!, nos lo pudiésemos pasar genial con gente de la que se reían los tipos guays de insti norteamericano, que eran todos quaterbacks, y deportistas, y tenían tupé, como Luke Perry o Zack Morris, pero más cabrones.

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Sin embargo, lo de El método Kominsky nos ha cogido en bragas. ¿Quién coño se iba a imaginar que iban a hacer una buena comedia sobre uno de los temas más tabú de nuestra sociedad? La vejez descarnada, la que no gusta. La vejez que no es madurez bien llevada, y sabiduría, y envejecer con la persona que amas, sino pérdida, sueños que nunca alcanzaste, una próstata de mierda (y Danny de Vito metiéndote un dedo por el culo), cagarse encima tras un infarto de miocardio, cáncer y fragilidad.

Vale, hay quien el año pasado vio la primera temporada y no le cuajó —para muestra, esta crítica en Espinof—, porque esa gente ve problemas en el lenguaje cinematográfico, echa en falta las risas enlatadas, le parece demasiado triste, o melancólico, o negro para encontrarle la parte cómica… En fin, típica gente que ¡ni puta idea tiene!, sobre esto que cada par de ojos mire, y piense, y juzgue: no hay que ser crítico literario para que te guste un buen libro; tampoco aquí uno tiene que haber ido a la Royal Academy of Arts para emitir su propio juicio.

En mi caso, me han enamorado las actuaciones de Michael Douglas y de Alan Arkin —y Arkin se come a Douglas, con patatas—. Los personajes principales (y secundarios), que son inaguantablemente verosímiles (no puede uno ser tan real, ¡joder!). Son personas que sienten y afrontan sus propios dramas como todos nosotros lo hacemos lejos de la televisión y el cine: con sarcasmo, humor negro, esperanza, patetismo.

Esta serie de la que me ha dado por escribir se traduce en un anciano que se inventa que ve a su esposa muerta y puede seguir charlando con ella porque, de no ser así, ¿qué sentido tendría seguir viviendo? ¿Podría superar la pérdida? Es un actor setentón con una próstata que le arruina la semana entera, pero se consuela pudiendo echar un casquete cada equis (triste consuelo para el follador mujeriego que ha sido toda su puta vida), alguien que cree haber empezado a madurar por fin (porque ya no tiene ganas de follar con veinteañeras, por… lo que sea que se invente para autoreafirmar su postura). La serie son vidas individuales llevadas a un diálogo mucho más profundo, y humano, y universal consigo mismas y con todos los que las rodean. Ahí radicaba la grandeza de los mejores años de Woody Allen: Hannah y sus hermanas, Annie Hall, Manhattan, Maridos y mujeres, Delitos y faltas… Ahí estaba el secreto de Allen, que si lo piensas bien no era más que un Macguffin, pero servía a su propósito. Además, hay un nexo indisoluble, y hasta visible, que acompaña al actor cuando interpreta un papel en el que cree: en El método Kominsky uno casi puede tocar esa conexión entre persona y personaje. ¿Solo yo dudo cuando estos dos tipos deambulan en busca de una salida de hospital como péndulos humanos tras la muerte de Eileen? ¿Realmente se puede interpretar algo así? Estoy convencido de que existe un punto de teatralidad y el resto es la propia vejez de estos dos fieras del cine y la televisión que se entremezcla en todas las escenas de esta serie que sigue dando que hablar.

Se nota, y se nota mucho, que El método Kominsky es la forma que ha encontrado su principal guionista (Chuck Lorre) de empezar a afrontar su propia tercera edad. Si lo hace Scorsese, pensará, ¿por qué no yo? Leía en Serializados las siguientes palabras: «A medida que te haces mayor, las cosas pasan muy rápido y te sientes como si estuvieras en un puerto viendo cómo un barco se aleja». Eso será, pero que ese barco tarde en desaparecer en el horizonte y, mientras tanto, que nos siga dando alegrías, y dramas, y buenas historias de las que hablar. Ahora que todo es The Witcher, y ¡qué coño! bien que hacéis echándole un vistazo (o cogiendo un par de libros de Sapkowsky), no perdáis la oportunidad de ver al mejor Douglas, al mejor Arkin, al mejor Lorre de toda su historia televisiva también. No todo va a ser fantasía oscura, que la vida en sí misma ya tiene bastante de tragedia, pero también de comedia.

Nostalgia de lo que no se ha vivido

Una canción de Gainsbourg, de Coltrane, de Edith Piaf, un recuerdo inventado, un puede ser que no fue. Hay pocas cosas que atraigan tanto como el sentir nostalgia de lo que no se ha vivido: es curioso, ¿no? Será que la nostalgia es para el alma humana tan irreemplazable como el placer, el dolor o la tristeza, o qué sé yo.

Si le preguntas a un tipo de ciencias te dirá que son respuestas mediadas por tus propios neurotransmisores: la dopamina, la serotonina, la noradrenalina… Afirmará que es tu cerebro, que te engaña, con objeto de sobrellevar los eventos de tu vida diaria. Ya es cosa tuya aceptarlo, negártelo o mandarlo a tomar por culo, claro. Hay buena parte de verdad en lo que dice el tipo de ciencias, pero eso no hace que las emociones sean menos emociones, no evita que grites con todas tus fuerzas cuando acabas tu primera maratón, que te arrulles en la cama y pierdas la noción del tiempo oliéndole el pelo a la persona a la que amas, que llores como un niño y aprietes tu cara contra el cadáver de tu mascota muerta, que disfrutes de cómo vuelan en círculos los vencejos despidiéndose de las últimas tardes del verano.

Pero a la nostalgia, incluso la que tiene sentido, la nostalgia por lo que se fue o se perdió en el pasado es un sentimiento extraño, ¿no te parece? Las excursiones con tus padres, el primer beso en el patio del colegio, esa chica o ese chico con el que te quedabas chateando hasta la madrugada, cuando aún había chats, o enviándote whatsapps ahora; los perros, los gatos, los amigos, los lugares que ya no existen. La nostalgia llega mucho después de la tristeza, de la pena, pero siempre te cobra un peaje: recordar lo que fue, lo bueno, la esencia de algo, o de alguien, es un vaivén entre el bienestar y la melancolía. No puedes decir que la nostalgia sea mala, porque te conecta de nuevo con lo que hubo; no puedes decir que la nostalgia sea buena, porque podrías llegar a perderte en ella. La nostalgia, sobre todo, es un sentimiento repleto de ambivalencias, porque ni te mira frente a frente ni se presenta siempre del mismo modo.

De crío y no tan crío, a mí la nostalgia me provocaba un hormigueo en la nuca (no supe nunca a qué atribuirlo, entonces); poco a poco, la conecté con las cosas que se iban marchando, los primeros finales, la gente de la que ya no volví a saber. Por eso, estoy convencido hasta las trancas de que el exceso de nostalgia es algo malo, no hay duda. Pero cómo será esa cabrona que, si un día no tienes qué añorar, aflora en una ciudad que visitas por primera vez, en una persona de la que aún no sabes nada, en un cuadro o una fotografía que justo acabas de descubrir.

Detrás de la risa fácil que, a menudo, me atribuyen, en esencia, debo ser un tipo nostálgico, sino ¿qué razón me debo estar ocultando a mí mismo? No habrá temas de los que escribir ni cosas por hacer… Y a mí me ha dado por escuchar música en el ordenador y saltar, por la magia de YouTube, hasta el Leningrado de Sabina y casi echarme a llorar. Y digo casi, porque no soy yo de esos que dejan que la nostalgia dé paso a la tristeza. Flaco favor me haría, ya lo dice la canción del ubetense: un Talón de Aquiles al portador.