El que ya lo ha visto todo

Máscaras - El que ya lo ha visto todo

Hace unos cuantos «findes» me topé con una tribuna de Joaquín Luna en La Vanguardia. De este señor, ya hablé en su día, así que por ahí no sigo. La columna iba sobre una mujer flexitariana, vegetariana o vegana —no lo sabía ni ella, decía el columnista, y el otro tampoco se preocupó mucho—. Olvidé el texto más rápido de lo que leí, pero me quedé pensando en la máscara «del que ya lo ha visto todo»… Esa que desgastan algunos escritores o periodistas como Arturo Pérez Reverte o Javier Marías.

A veces yo me pongo esa máscara, cuando me entra la depre. Entonces, miras el mundo con un aire más cansado, como el espectador que revisita películas antiguas que no recordaba así; la máscara son las callejuelas de tu ciudad, que apenas pisas yaputa gentrificación—, los que intentan ahorrar para un piso compartiendo entre seis unos meses (y se les pasan los años), el séptimo suegro con el que tampoco compartes ideología política —pero te da lo mismo, porque no le vas a convencer, ni él a ti—, las mismas dinámicas familiares de siempre (sobre todo ahora, en Navidad).

Gente, gente que lo intenta.

Gente que intenta convencer, influir, comprarse una lámpara al cincuenta por ciento y convertirlo en un acto revolucionario; ser polémico, ser escuchado: sobre todo, ser. El que ya lo ha visto todo, tiene un lado bueno: por ejemplo, huir del Sálvame o de las columnas de tipos como el tal Joaquín Luna. Sin embargo, sigue siendo una máscara, una más jodida si cabe que las que nos ponemos, todos, cara a la galería; una máscara que se te pega en el careto cuando no te lo esperas, y te cuesta saber si es o no es parte de ti. El que ha estado deprimido —o sea, que ha pasado una depresión— le pasa igual que al alcohólico o al suicida que «no lo consiguió»: siempre hay un riesgo.

Mira, ¡como con la Covid-19!

Nunca se ha visto todo, nunca se ha visto lo suficiente. Como decía el gran (actor) Federico Luppi (¿o era el personaje que interpretaba Eusebio Poncela?) en aquel papel de padre divorciado: hay que seguir, aunque solo sea por curiosidad, por saber qué viene después.

Eso sí, baja el ritmo, tómalo con calma, saborea las pequeñas cosas e ignora el ruido. Te va a ir mejor.

Esto, puede que sea un mensaje de mí pa’mí: probablemente, el último del 2021. Pero perfectamente puede ser un mensaje de ti (pa’ti).

No sé, dale dos vueltas.

II. La silueta del ayer

Capítulo 2 - La silueta de ayer - Novela de Caos - Photo: Darwis Alwan (Pexels)

El coche frenó en seco y el cinturón restalló contra el tórax de Lena. De reojo, en lo que debió ser menos de un segundo, vio cómo su compañero cabeceaba con furia contra el salpicadero y, entonces, a ella el dolor se le enquistó en las cervicales. Se había golpeado contra el volante, pero ni un rasguño. La luna del vehículo se estaba empañando: se dio cuenta de que ambos hiperventilaban e intentó relajar su respiración.

Contó en silencio diez misisipis.

Después, deslizó la mano izquierda (que aún le temblaba) hacia la ventanilla y accionó el elevalunas para que entrase algo de aire del exterior. Delante, un perro cojeaba por el minúsculo arcén.

—No lo he visto —murmuró ella—. Estaba todo muy oscuro.

Lena sintió la mano de su chico en el hombro. Algunas lágrimas empezaron a conquistar la escena: miedo, nervios, lo que podía haber pasado, esas cosas. Ella abrió la puerta y bajó del coche intentando calmarse.

—No le has dado tú, Lena: es imposible. No se ha oído nada. Ese perro parece herido, pero ni le has rozado.

Julio salió del coche trastabillando: quizá era por las cervezas, quizá por el susto. Señaló las marcas en el hormigón, que confirmaron sus palabras: se veía con claridad cómo ella había corregido la dirección y frenado en seco invadiendo el carril contrario. A escasos diez metros, la sombra del perro se alejaba; los faros del Ford proyectaban en el pavimento una lengua colgando entre sonoros jadeos, una cola entre las patas, un balanceo que parecía anticipar un batacazo.

—¿Se habrá perdido? —preguntó ella.

Julio negó con la cabeza, no debía saber qué responder.

Lena miró alrededor. A la izquierda había un muro de ladrillo encalado que debía ocultar una finca que no podían ver, y solo un farol de pared, encendido, que parecía parpadear a causa del revoloteo de las polillas que cubrían el haz de luz; bajo el alumbrado, la puerta metálica de un garaje era la única entrada visible. A la derecha, pinos, matas, bosque, el sonido de un riachuelo. Olía a lluvia: a petricor, al aroma de una primavera demasiado seca y un verano que recién empezaba pasado por agua.

—¿Vamos a ver si podemos alcanzarle? —preguntó él.

—Sí, corre, que no se vaya lejos.

Fueron tras el perro con intención de salvar la poca distancia que el animal había recorrido. Debido a las curvas de la carretera, los faros del coche iluminaban solo unos pocos metros del camino, así que Lena no tardó en verse envuelta por la semioscuridad. La ausencia de luz le ayudó a relacionar conceptos:

—Hostia, las luces de emergencia —exclamó ella.

—Voy yo. Asegúrate de no correr tras el perro: acércate poco a poco, ¿eh?

Aunque ella odiaba esa faceta de sabelotodo, admitió que tenía razón. Cualquier animal herido podía ser imprevisible. A diez o quince pasos de distancia, el perro caminaba muy lentamente, renqueaba intentando no apartarse del arcén. Parecía la silueta de un triste ayer.

—Hola, guapo —dijo Lena con un deje de pena en la voz—. ¿Te has perdido?

El animal se dio la vuelta, asustado: temblando, estaba mojado y cubierto de barro. Lena fijó la vista en la trufa: pese a la oscuridad, se veía roja, y olía a infección. El perro volvió a alejarse: lento, patizambo, cojo. Lena se puso a su altura; de cerca, comprobó que era un mestizo (del tamaño de un pastor alemán y de una apariencia similar) cuya vida casi se podía descifrar. Sus orejas: una en alto, la otra inflamada y arrugada sobre sí misma; su cuello: soportando una cadena metálica sujeta a un mosquetón oxidado, ¿y su color? Su gris, que más tarde descubrirían que no era más que pelo muerto, estaba infestado de garrapatas.

 ***

Julio se limitó a observar desde el maletero del coche mientras se colocaba un chaleco reflectante de poliéster; el perro se acercaba a Lena con timidez.

—¿Lo habrán atropellado? —preguntó él.

La gravedad del timbre fue suficiente para alejar al animal fuera de su campo de visión. Varios metros más allá, Lena levantó uno de los dedos de la mano hacia su boca y chistó.

—Calla, tiene mucho miedo —susurró, tajante.

Julio perdió de vista a su mujer tras la curva. Subió al coche, maniobró para dejar el vehículo en el carril derecho y aparcó en el arcén. Apagó el motor, pero dejó encendidas las luces de emergencia y se obligó a caminar despacio hacia donde Lena ahora estaba acuclillada, muy cerca del animal. Apenas había luz allí: solo uno de los focos del Ford y la luna en cuarto creciente alumbraban algo a su chica.

—¿Qué te ha pasado, guapo? —repetía Lena—. ¿Te han abandonado? ¿Estás perdido? Quién te ha hecho esto, ¿eh?

Llamaba al perro, se incorporaba y se alejaba un par de pasos hacia el coche. De algún modo, ese baile resultaba hipnótico a los ojos de Julio: movimientos que fluían con naturalidad, como si ella llevara toda la vida salvando perros en las cunetas. Esa noche, estaba preciosa.

 ***

Cuando Lena consiguió atraer al mestizo a la altura del foco lleno de polillas, se sentó a esperarle en el arcén con las piernas cruzadas sobre sí mismas. Tras ella, se escuchó un suspiro cómplice. Lena advirtió que su marido estaba detrás. Desde el suelo, pudo ver a Julio, embutido ahora en un chaleco reflectante que le quedaba pequeño. Vigilaba la curva donde había frenado. Por fin, el perro hizo ademán de acercarse. Lo hizo sin dejar de mirar a los lados, reculando una y otra vez, y así un buen rato más, hasta que topó con las suaves caricias de una mano amiga.

Bajo los escasos metros que iluminaba ese farol de carretera, Lena comprendió que esa bola de pelo que la observaba con timidez había descubierto algo desconocido en su mundo: la bondad.

Es curioso la verdad, pero, por aquella carretera secundaria, no pasó ni un coche en todo ese tiempo. Como si ellos tres hubiesen caído en otra dimensión, o ese cachito de tierra y hormigón entre curva y curva se hubiese fragmentado de la realidad para ofrecer a ese perro malherido una segunda oportunidad.

Lena no dijo nada más; solo miró a los ojos de su marido y, de algún modo, se entendieron. Sentada en el arcén, y envuelta en un silencio que casi aplastaba la escena (solo el clic-clac de las luces de emergencia intentaba romper el embrujo y, a estas alturas, sus oídos ya se habían acostumbrado), ella gesticuló con sutileza hasta captar la atención de su chico.

Julio se acercó muy despacio; el perro emitió un grito sordo, pero, esta vez, no reculó. Su marido parecía concentrado en cada uno de sus movimientos, ligeros como ella nunca había visto; acciones que no pretendían más que resultar inofensivas a ojos del animal: otra mano que se acerca, un nuevo olor, una caricia, una palabra… Y, en la relativa oscuridad de la calzada, los dos intentaron traducir y dar sentido a una historia que acompañaba al mestizo: los ojos, hinchados de terror al más leve movimiento, el cuerpo rígido, bloqueado ante cualquier palabra que sintiese amenazante, y la trufa aún sangrando, pringando las manos de Julio y de Lena entre caricia y caricia.

Quién sabe cuánto tiempo pasaron allí sentados los tres.

En algún momento, Lena cerró los ojos. Al abrirlos, vio cómo Julio había alzado al perro en brazos, que, inmóvil, con los ojos como platos, se dejaba llevar. Lena se incorporó y se apresuró a abrir una de las puertas traseras del vehículo y Julio dejó al perro en los asientos grises de paño de tela; se sentó a su lado. Ella también subió al coche y arrancó el motor mientras pisaba el embrague; sonrió, algo triste, algo feliz. Por el rabillo del ojo, vio en el retrovisor central del Ford cómo Julio mal disimulaba un lagrimeo. El coche empezó a avanzar por la oscura carretera.

—Tendrías que haberlo cogido con una correa, ¿eh? Cualquier animal con miedo es imprevisible —señaló Lena con sorna.

Julio le apartó la mirada fijando los ojos en la ventanilla, donde el bosque se alejaba de ellos tres. Ella condujo callada los escasos dos kilómetros hasta la puerta de su casa y, entonces, ya en la urbanización donde residían, le pareció flotar en un limbo que solo comprenderán aquellas personas a quienes la vida se les revolucionó en un segundo.

Lena aún recuerda que, esa noche, el cielo era naranja, pero no recuerda el tono ni el porqué; lo que ha grabado a fuego en su mente es cómo ellos dos bebían, en silencio, de una imagen que ya no han podido olvidar: un perro mil leches que empezaba a descubrir que el género humano no solo podía contemplarse con horror.

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I. Érase una vez

Capítulo 1 - Érase una vez | Photo: Pexels, Ingo Joseph - BCN

Julio condujo a toda leche por la Ronda. Sonaba en la radio la canción esa del hawaiano gordo del ukelele. Tarareó algo inconexo que trataba de seguir el ritmo de la balada. Aparcó tarde y se arrastró por dentro del puerto de mercancías con la boca seca y pastosa y, en la napia, un olor a gasolina, queroseno y patatas fritas industriales al que resultaba imposible acostumbrarse. Todos sus días empezaban igual: como mucho, cambiaban de banda sonora y, a veces, ni eso.

Llegó al muelle del contradique con los guantes en las manos, el chaleco a medio poner y el casco apenas sujeto en la almendra. Llevaba más de tres años cargando cajas frente a esas aguas; esa mañana, que aún era noche, era su último día allí. El resto de la cuadrilla ya ocupaba sus puestos para la descarga de un buque chino. Julio se dispuso a trabajar, otra jornada más, esclavo de un sueldo, de unas obligaciones que no tenía muy claro cómo habían ido aumentando y aumentando: un alquiler, un frigorífico lleno, el seguro del coche. Pero eso le ocurría a todo dios, ¿no? ¿Por qué estaba tan cabreado entonces? ¿Por qué había tantas tardes, y tantas noches, en las que una cerveza se convertía en tres; una botella de vino en dos; un destilado en un perder la cuenta entre resacas?

—¡Hombre! Su majestad se ha dignado a venir a trabajar —exclamó Pérez, el capataz que dirigía al equipo entre semana.

El pelotón de estibadores se echó a reír. Entre las risas, Julio distinguió el estúpido cacareo del Gonzalo: menudo imbécil. Clavó los ojos en el tipejo ese (vaya careto de zarigüeya). En la dársena, los compañeros eran poco más que figuras a lo lejos: Marquitos ya había subido su panza hasta la grúa RMG, Antonio, el Torete, apilaba cajas con la carretilla elevadora Fiat (la de la mancha de diésel debajo del depósito). ¿Y Jorge? A saber qué estaba haciendo el Jorge con el bigote entre los contenedores de carga: fumaba, y asomaba unos ojos azules y despreocupados hacia la escena. El retaco del Gonzalo se limitaba a acompañar al capataz con la lengua metida en su culo.

Lo de siempre.

—Se ha alargado la gripe —gruñó Julio.

Las olas rompían contra las rocas y la maquinaria de carga no conseguía silenciar por completo la fuerza del viento y del mar.

—Sí que te has puesto enfermo este año, ¿eh? Te faltarán vitaminas, noi.

Julio, ausente.

—¿Qué toca hoy, Pérez?

—La reunión es a las seis, pelacanyes. Tres años y todavía no te entra en la mollera, ¿eh? Si es que quien no da pa más, no da pa más.

Julio cerró los ojos.

El encargado siguió largando gilipolleces, pero él rebobinó la escena y se topó con un Pérez gritándole:

—¡Pues tu gripe aún atufa a ginebra! Qué curioso, ¿eh? A eso le olía el coño a tu madre el otro día.

Había un madero en el suelo, y Julio lo cogió. Uno de los cargueros chinos hizo sonar tres pitidos largos de cuerno para abandonar el puerto. El sonido de las olas rompiendo en las rocas se volvió insoportable. Julio descargó la tabla contra las costillas del capataz; este lanzó un grito lastimero y cayó al agua atestada de detritos y basura.

Julio suspiró.

Abrió los ojos: ahí seguía Pérez, rugiendo mierdas al extremo del espigón del puerto, con las greñas grasientas que se le pegan siempre contra la nariz, el mono azul lleno de mugre, los ojos verdes de réptil que lo escrutan todo. Julio, inmóvil. El puño temblando. Pérez que calla entonces, calibrando las puyas con la experiencia de algún traspiés pasado: un silencio de esos que juzgan y, a veces, duelen más que las palabras. Frente a frente, parece preparar su lengua viperina entre esos rasgos de comadreja de mierda, como quien afila un puñal ante su víctima.

Julio intentó volver a atrapar en su mente la imagen del capataz perdiéndose entre las aguas putrefactas del puerto: un Pérez vencido, con el torso ensangrentado, con cuatro o cinco costillas rotas y los pulmones doloridos luchando por una bocanada de aire; subiendo a duras penas por una de las escalerillas de metal oxidado sujetas a la escollera. El espejismo se había desvanecido.

Pérez le palmeó el culo con mala hostia.

—A trabajar, chaval. Por la hora, tú hoy no te paras a desayunar hasta el mediodía. Así, de paso, me aprendes puntualidad.

Puto cuarentón con ínfulas.

Amanecía entonces, y a Julio le pareció que el sol salía por el este para tocarle los cojones.

***

Lena atendía por teléfono al supervisor regional de una compañía de seguros con la que trabajaba la correduría. ¿El nombre de la empresa?, lo había olvidado. El tío era un baboso, pero ella se conformaba con poner las palabras correctas donde el chaval la cagaba todo el tiempo. A Lena, no le encantaba su trabajo, pero le gustaba más que su vida.

A las dos se las había ingeniado para obligarse a comer rápido; después, algún curso: de cocina, de costura, como si es de canto gregoriano; para casa a media tarde, sacar a los perros un rato, cena, serie y a dormir. En piloto automático, pensando lo justo. Lo peor eran los fines de semana: tres de cada cuatro se convertían en discusiones; el otro intentaba no pasarlo con Julio.

Esa última semana en Barcelona se preguntó cientos de veces si era buena idea mudarse juntos a Mallorca: entre ellos seguía algo vivo, algo por lo que creía que valía la pena luchar, pero ¡uf!

A media mañana, llamó Julio: estaban invitados a cenar en casa de unos amigos. Que si nos mudamos en un par de días. Que si habrá que despedirse de la gente.  Que si hostias.

Por teléfono, ella:

—Vale, que tienes razón. Ya te he dicho que iremos.

—¿Paso después a buscarte por el despacho y subimos a casa? —Se oían gritos y sonido de maquinaria al otro lado de la línea.

Lena le puso alguna excusa que minutos después ya no recordaba, ir a pagar esto o a comprar aquello otro. En fin, que subiría en el tren.

—Saca a pasear a los perros.

Julio no dijo nada.

Antes de colgar, Lena miró la mesa de caoba repleta de expedientes; enfrente, tenía una caja con las cuatro cosas que se llevaba: su contrato, la rescisión y dos fotografías en marcos de plata idénticos. Una con sus padres y otra con Julio, besándose: estaba convencida de que ya no tenía los ojos tan azules ni el pelo tan brillante como la chica de la foto. Quizá por ello, esta última cada día estaba un poco más lejos y amenazaba dos o tres veces al día con estamparse contra el suelo de linóleo azul del despacho.

***

A las doce, Julio no podía más. Se sentía morir de cansancio. El sudor le goteaba en la cara y en el mono azul, los ojos escocían. Por llegar tarde, el hijoputa de Pérez le había obligado a cargar con más y más cajas de sus compañeros bajo el sol. Todavía no había probado bocado y ya sentía la bilis en la garganta: recordó un relato de Bukowski que empezaba así, pero amontonando jamones en los camiones de un matadero.

Un grito, una caja; otro grito, otra caja.

Después, llegó un breve parón a la sombra; el bocadillo (a solas), un trago de agua, un cigarro, y vuelta. Si los compañeros se lo permitían, se abstraía: pensaba en otras cosas; no importaba demasiado en qué. Esa mañana había estado dándole vueltas a la última discusión que había tenido con su mujer, y se había cabreado; lo imbécil que había sido irse a vivir fuera de la ciudad para terminar comiéndose dos atascos diarios, y más cabreo; ahora siempre estaba cabreado. Lena llorando, y gritando, y rompiendo contra el fregadero de la cocina las tazas que fueron su primer regalo de novios. En la cabeza, los consejos de su padre moribundo: ¡Estudia derecho, idiota! ¡Cagüendios!, eso sí que lo había cabreado. Pero cabreado trabajaba mejor, más rápido, y pensaba menos en qué coño hacía ahí; licenciado con una doble titulación en letras, mintiendo sobre su currículo, cargando la mierda que miles de chinos traían de China y anhelando un único cigarrillo para calmar un dolor entre las costillas que, antes o después, le cobraría peaje.

A las seis, cuando acabó el turno, pensó en mandar a todos a tomar por culo, pero se despidió, sin más: suele pasar. Después, Julio subió al coche y se largó.

***

El Ford que su padre le había dejado en herencia descansaba en doble fila junto a la Renfe de Molins de Rei. Calle peatonal, edificios de dos o tres plantas y un bar Sport (de los miles que hay por España) que miraba hacia las escaleras de la estación.

Julio fumaba apoyado en el maletero plateado del vehículo: la vista perdida entre los letreros de los comercios. La calle desértica para la hora. Una estatua fea y abstracta de bronce presidía la plaza. Tres niños correteaban por el empedrado y una anciana, que le recordó a Paloma San Basilio, les perseguía para regañarles por jugar cerca de la carretera.

Lena apareció en la puerta de la terminal con un par de bolsas de El Corte Inglés. El pelo largo y rizado, de un rubio cenizo, y vestida de trabajo, con camisa color hueso y pantalones de pinza que dejaban ver sus tobillos: de esos pantalones por los que Julio creía que ambos compartían el odio. Quizá no solo él había cambiado.

El beso de rigor, y al coche.

***

De camino a San Andrés de la Barca, donde vivían sus amigos, Julio pensó en cómo un beso podía describir su relación: cómoda, era la palabra que se le ocurría, y no le gustaba un pelo. ¿Dónde habían quedado los besos cómplices?, de afecto, de amigos, de deseo. Por relaciones anteriores, sabía que la pasión es solo una fase, que no es posible perderse en ella por mucho tiempo, pero ¡joder! y, envuelto en estos pensamientos, maniobró a lo largo de las curvas de la urbanización a la que se dirigían.

Aparcó en la calle y escuchó voces conocidas.

Todavía en el coche:

—¿Estás bien, Lena?

(¿Por qué diría eso?)

Lena respondió con una sonrisa que él advirtió fingida.

Podemos irnos, pensó, aunque no dijo nada.

Entraron, pero no voy a narrar esa parte de la noche. No vale la pena. Me limitaré a decirte que a Julio le pasó el tiempo volado y que Lena completó unas cuantas frases de su marido, rio, bebió, charló con unos y con otros. A veces, en público, ella casi parecía feliz; después, tras las cortinas, la sonrisa quebraba. La tristeza abisal que no siempre encontraba pretextos, y aquella que sí, la del idiota borracho que tenía a su lado, las promesas que se hunden, el bebé.

Abrazos y besos, despedidas, palabras al aire.

Que si ya vendréis a vernos.

Podéis venir alguna vez vosotros también, ¿eh?

Esas cosas.

Quizá la conversación en la calle se hubiera alargado un poco más si la noche no hubiera sido fría pese a la entrada del verano. En algún momento, Lena desapareció y acercó la berlina hasta allí. De pie, junto al coche, Julio agradeció el fin de algo en silencio. Los amigos delante: Pablo, con sus entradas cada vez más pronunciadas que la barba negra no podía disimular; Edu, quien seguía con la misma coleta rubia del bachillerato; Fran, con los ojos rojos de la hierba y la panza de siempre.

Ya no será lo mismo, pensó Julio, y sonrió bobo mientras los presentes se daban media vuelta y volvían a la vivienda. Recordó aquello que les contaban sobre Heráclito en la universidad, lo de que nunca te bañas dos veces en el mismo río, y también la paradoja de Teseo, que dice así: si a un objeto se le reemplazan todas sus partes, ¿sigue siendo el mismo objeto?

Subió al coche.

Cerró la puerta, pero la melancolía había sido más rápida.

***

Lena prendió la llave y el motor del coche despertó. El diésel de las arterias se inyectó en la cámara de combustión y se alejaron de la casa sin prisas. Julio se frotaba los ojos, cansado, borracho (aunque no mucho para las cuatro o cinco cervezas que se había bebido).

Había cierta inquietud flotando en el silencio, en la respiración de ambos, en la forma en la que sus ojos se rehuyeron por varios minutos. Terminó por explotar:

—Por un día podías haberte controlado: ya te he dicho que no me apetecía nada coger el coche —espetó ella, de improviso.

Julio dejó que los segundos escapasen: uno, dos, tres…

Lena resolló.

—Te lo he preguntado dos veces, tía. Cuando me cogía una cerveza al llegar y cuando Pablo me ha ofrecido otra al cabo de un buen rato.

—Ya te habías bebido dos más.

—Tampoco me has dejado ir a por el coche.

Ella no contestó. Si algo no hacía Julio era conducir borracho. La segunda o tercera birra habían sellado el cambio de papeles, como un acuerdo tácito en la pareja.

El coche serpenteaba por las calles de la urbanización, que se enroscaban, se abrían y cerraban emulando un laberinto de decadencia gris. Llegaron al pueblo de San Andrés.

Él:

—¿Autopista o secundaria?

Ella:

—Qué más da.

Y el Ford se perdió por la secundaria que se abría a la izquierda.

—Si quieres puedo conducir yo, de veras —añadió Julio.

—Déjalo.

—Lo estoy intentando, peque —murmuró.

El peque ya no sonaba como antes.

—Lo sé.

Julio se descubrió mirando a su pareja a escondidas: Lena achinaba la vista bajo sus gafas verdes de pasta y se mordía las cortísimas uñas de una de sus manos, algo que Julio sabía que detestaba que le recordasen.

No lo hizo.

Un rizo le caía a Lena entre los ojos, pero Julio ya no se atrevía a invadir esos espacios.

—Gracias por venir conmigo —dijo Julio, sonriendo.

Ella se encogió de hombros mientras tomaba otra curva con suavidad, y otra, y otra más. La secundaria se retorcía sobre sí misma para respetar el trazado original de los caminos. Los faros del vehículo iluminaban unos pocos metros, y el esqueleto de la vía no permitía grandes acelerones allí. Quizá por esto…

—¡Joder! —gritó Lena, de improviso.

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«La silueta del ayer»

Ø. Ladrar al ruido y a la muerte

00. Presentación - Novela Caos

El perro observó la gigantesca bodega del barco sin saber qué era una bodega; a continuación, ladeó la cabeza a derecha e izquierda, mezclando miedo e incomprensión. Olía fuerte: a latas de aceite y a alquitrán, olía a cubierta manchada en negro, olía a sucio que nadie se esmeraba en limpiar. Alrededor, había cientos de coches aparcados.

Cada poco, alguien pasaba cerca suyo: señoras arrugadas que se escondían tras el maquillaje, camioneros que apretaban el paso fuera de su campo de visión, jóvenes que reían cómplices y algún niño o niña, que decía:

—¡Mira qué perrazo en ese coche, mamá!

Él sentía en los huesos la humedad de la primera noche. Esa noche que siempre llega más fría en la mar y que sus enamorados tan bien conocen; una humedad que, incluso en junio, se enganchaba a las extremidades del perro como una legión de garrapatas y embestía contra la columna, donde dolía ya por tanto tiempo que cualquier molestia resultaba fútil.

Si alguien se hubiera detenido a observar en el maletero, cosa que no ocurrió, hubiese comprobado que el perro se encontraba en una postura extraña: no quería tumbarse, pero tampoco podía mantenerse erguido; sin embargo, lo que nadie hubiera imaginado es que esto no era debido a la altura del portaequipajes, que era suficiente, sino a la fuerza cada vez menor de sus miembros, enfrascados en una batalla perdida de antemano; en un perenne medio incorporar hasta que sus patas le vencían, caía contra la felpa, descansaba por unos segundos, y volvía a adoptar aquella posición antinatural que atesoraba kilos de fortaleza.

El olor de Lena y Julio ya no era tan intenso: se habían desvanecido más allá del capó. Entre el vidriado al que le condenaban sus ojos, el mestizo de pastor alemán había visto a la pareja mirarle por unos segundos, y confundirse, de inmediato, entre decenas de olores y figuras que fueron emborronándose en la distancia. No ladró entonces, y tampoco lo había hecho en el tiempo que llevaba esperando en el maletero.

Desde el Ford, la noche se proyectaba en el iris opaco del perro. Él se obligaba a enfocar el espigón del puerto y más lejos aún, donde un faro trabajaba con mecánica regularidad: una vuelta, y otra vuelta, y otra más. Le gustaba observar todo aquello que se desvivía por demostrarle que no era su enemigo.

El foco de luz nunca se cansaba, no perdía fuelle, pero el perro sí; así que, mientras el ruido de los motores desperezaba al buque y los pasos se aceleraban en la cubierta, él se dejó caer contra la felpa una vez más, y ya descansó allí por un buen rato, incapaz de incorporarse de nuevo.

Jadeó.

Una pareja joven se asomó al maletero.

No era Julio; no era Lena.

—¡Oye! Aquí hay un pastor alemán. ¡Qué viejo!

—Batuadell. Que tinc fam. Espavila, nina!

Y fuera, lejos, quizá avisaron a un marino o dieron nota en el mostrador de información, o puede que corrieran directamente hacia el bar-restaurant y se olvidaran del perro poco después.

El perro olió por largo rato el humo de los coches, cientos de esencias que se perdían tras cruzarse contra su trufa y, luego, los motores del ferry empezaron a emitir un ruido atronador; Caos siguió mirando el faro, y, cuando ya nadie podía oírle, empezó a sollozar y a ladrar a los ruidos. El humo empezó a cubrirlo todo, y él comenzó a temblar, a solas, como siempre había vivido, mientras se sentía flotar, y caer, más y más hondo, y la luz del faro se perdía.

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«Érase una vez»

Una canción de Manel en las montañas

Subir las montañas (que yo quiero) - Puig Vicenç 2020

I es va perdre entre unes mates remugant que era molt trist
que realment jo necessiti tot això per ser feliç.

La jungla (Manel, 2021)

Hay una historia recurrente en la que pienso. La historia me atrapa, casi siempre, en las montañas, como si estuviese agazapada tras el tercer o el séptimo kilómetro de verde —nunca sé—, lista para abalanzarse.

Te explico.

Cuando vivía con mi ex, muy de vez en cuando salíamos juntos a andar. Era raro que hubiese tiempo para andar: sí, en serio, para andar; la vida en pareja, a veces, puede ser complicada. Quizá no supimos defender nuestras parcelas para hacer cosas normales, que nos gustaban, como andar o, todavía mejor, deambular, vagar, callejear; quizá a ella no le gustaba y nunca me dijo «ve tú», o yo no supe entenderla. De este modo, cuando nos separamos, volví a las montañas; en parte, porque me había pasado muchos días de confinamiento leyendo a Thoreau; en parte, porque las restricciones favorecían estas nuevas rutinas.

Las pocas veces que ella salía a caminar conmigo y a hacer senderismo, advertí que dábamos la vuelta en los mismos puntos: a unos veinte minutos de la segunda masía, en la pendiente que sube hasta el punto equis o en el desvío que, a través de una ruta circular, permite desandar lo andado y, como suele decirse, ganar tiempo al tiempo. (Qué expresión más fea.)

Durante esa época, pensé mucho en que, si hubiésemos seguido juntos, es posible que yo nunca hubiese conocido todas estas montañas como la palma de mi mano. No habría podido conectar, punto a punto, los senderos verdes que rodean Cervelló con Vallirana, Torrelles de Llobregat, Sant Vicenç dels Horts y hasta Sant Boi; y, poco a poco, ir ampliar ese imaginario hacia el Ordal, las Montañas de can Rigol y, para abajo, hasta el Garraf, si me apuras. Un pequeño microcosmos de naturaleza que vas extendiendo y haciendo un poco más tuyo jornada a jornada.

Alguien me comentó que ella está viajando más (otros, otras; podrían habérmelo chivado las redes sociales, supongo, aunque yo no soy mucho de eso del stalkeo), porque quizá algunas ciudades eran sus montañas. Aun así, hubo un día en el que sí vi unas fotos que me hicieron sonreír; eran decenas de fotos haciendo cima en una montaña, mientras yo había hecho cien cimas sin acordarme del teléfono. Tan distintos… Ni bien ni mal, en realidad; solo distintos. Hay una canción de Manel que dice algo así, pero diferente.

Cuando subo montañas, ya casi nunca pienso en ella. Pero me hace muy feliz poder subir las montañas que yo quiero, y eso es algo a lo que no se debería renunciar por nadie; también espero que ella suba las suyas, aunque no es asunto mío y, en parte, mejor sentirlo así, que la ruta ha sido larga.

¿Os acordáis de que Internet iba a ser la hostia?

Internet KIng - Los Simpson - Internet iba a ser la hostia

De mi vida de copy[writer], mantengo algunas lecturas semanales. Hay un señor, Calvo con Barba (así, con mayúsculas), del que me lo sigo leyendo casi todo. Este hombre —de quien no recuerdo su nombre, aunque lo podría mirar— tiene una columna breve, que se llama Querida Marca, en la que aprovecha para lanzar ganchos y directos una vez por semana; después, escribe posts más extensos en su página profesional, por aquello del branding, supongo.

Hace poco, publicó un texto con mucha verdad, bastante largo y un poco triste. Trata sobre Internet, y es que quizá no lo sabes, pero Internet se va a la mierda. Como niño de los noventa, yo recuerdo que Internet iba a ser la hostia desde el módem de 26 kbps, y la cagamos. Como explica José Carlos Ruiz, en su último best-seller (Filosofía ante el desánimo, Imago Mundi, 2021), la digitalización podía haberse convertido en un verdadero camino para el conocimiento (en parte, lo ha hecho), pero la realidad es que nos ha llevado a la fatiga; concretamente, a la fatiga por exceso de información: a ser más vagos, más crédulos, más ideológicos y menos librepensadores.

Señor con barba explica… por qué Internet iba a ser la hostia

Es bastante triste ver a gente famosilla de Instagram trabajando en vacaciones.

Slurm McKenzie (Futurama) - Internet iba a ser la hostia (post)
El contrato de Slurm McKenzie con la fábrica de Slurm (que emula la fábrica de chocolate de Charlie y la fábrica de chocolate) le obliga a estar de fiesta 24 horas al día.

Al principio, el mundo digital iba a conectarnos a todos, pero, al final, nadie escucha a nadie y todo es un gran escenario que exige mucho más de lo que da. Es la paradoja de la identidad (personal) y el avatar, o identidad virtual. ¿Dónde empieza una y termina la otra? Los youtubers, twitchers e instagrammers, ni lo saben ya y, si lo piensas, es bastante triste ver a gente famosilla de Instagram trabajando en vacaciones; intentando convencer a los críos y a las crías de que su vida es una fiesta y sintiéndose como el gusano aquel de la fábrica de Slurm (Futurama, ¡cacho de carne!).

El señor de la barba que he mencionado arriba hablaba de porqué mi trabajo (como creador de contenido para terceros), cada vez, es menos relevante. La clave es la palabra difusión, que casa con oferta y demanda y que, a su vez, pasa por estándares más y más exigentes de calidad y profundidad, convirtiéndolo todo en una carrera de ratas. Desde Instagram a LinkedIn tienen a los usuarios creando contenidos con escasa difusión, algoritmos muy cabrones y una pizca de «aunque te vean, a tu audiencia quizá le importa una mierda».

El curioso caso de Guille Aquino

Si estaba vivo ¿qué cojones hacía sin generar contenido para Internet?

El curioso caso del argentino Guille Aquino mola para ejemplificar el párrafo anterior. El tío lo petó en la década pasada con los virales que hacia con su equipo (Lucía Iacono, Pablo Mir y compañía) y llegó muy, muy fuerte a finales de 2020 y, entonces, desapareció. Y ya empieza Internet —iba a ser la hostia, ¿recuerdas?— a romper las pelotas, como dirían ellos, a lanzar mierda rosa por la compu-global.

¿Está vivo Guillermo Aquino?

¿Qué fue de…?

Está vivo, preguntaban. En serio. Porque… si estaba vivo ¿qué cojones hacía sin generar contenido para Internet? ¿Te das cuenta de que hemos creado una sociedad en la que importa más el avatar que la persona? Da yuyu. Decía Guillermo Aquino en una entrevista en YouTube: «[A] Larry David lo he esperado cuatro temporadadas […], Dave Chappelle desapareció doce años. […] Qué poca paciencia, ¿no?» Miraos el vídeo, que he borrado los chistes y he metido puntos suspensivos.

En definitiva, que Internet iba a ser la hostia, pero cada vez pide más y da menos. No sé si es culpa de Santa Claus, del capitalismo o de las putas élites neoliberales, pero hacerse espacio en el mundo virtual ya resulta más difícil que ganarse la vida en el real, y, a este lado de la pantalla, nadie regala nada tampoco. No obstante, si hemos tenido tiempo de contagiar a todo quisqui el peor virus de todos, el del para-qué si nadie lo va a ver.

Ahora que se empieza a hablar de la siguiente revolución digital, los metaversos, yo he decidido que me bajo, que ya me gano bien la vida educando a humanos y a sus perros y escribiendo (todo lo que me dejan). Que sí, que está chulo subir alguna cosilla en redes sociales, pero si la decisión está entre cultivar la propia identidad o el avatar virtual, parad las redes, que yo me largo; o ¡qué coño!, me bajo en marcha, a riesgo de una hostia, que esta fabrica de egos heridos tampoco para nunca en realidad.

Como la vida está llena de ironía, a mi pareja actual la conocí en Instagram. Pero ya lo dijo Ortega, yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo. Así pues, quien no haya abierto nunca el Tinder, que tire la primera piedra.

Javier Ruiz (Munch) - Google Arts
—¿Y tú para qué quieres Internet?
Yo:

Edito: Me acabo de dar cuenta de que he hecho un queísmo de la leche. Sorry!

La vida no se recupera

La vida no se recupera - Los de traje y corbata (Bárcenas & Mortadelo y Filemón)

A la mayoría de treintañeros ya no nos sorprende: se ha dicho por activa y por pasiva y, sobre todo, lo hemos vivido en las propias carnes. No podemos esperar lo que tenían nuestros padres, ni en el trabajo, ni en el ahorro, ni en casi nada. ¿En qué se traduce? Menos poder adquisitivo, futuro incierto, ocio low-cost, entre otros.

No sé si viviremos peor, o ya lo hacemos, pero está claro que la estructura social sobre la que todo lo demás se sostenía, ya no es la misma, y no tenemos muy claro hacia dónde va, que es lo peor. Por esto, siempre hay algún tarugo o taruga por ahí con aquello de «¡es que si quisieran esforzarse…!» sin ser consciente de que, cada generación, se esfuerza y juega con las cartas que le han tocado; y la nuestra, y futuras, no tienen una gran mano, la verdad. Revolución digital, nuevas formas de subcontratación, cambio climático, precarización, gentrificación…

A veces, se habla de hipotecar el presente, pero es un paralelismo de mierda. Cuando tú hipotecas tu casa, puedes recuperarla tras la devolución del préstamo; aquí nadie te va a devolver el tiempo, porque es lo único (al menos, por ahora) de lo que somos dueños. Pero como el tiempo de vida no te da de comer, sino más bien lo contrario, nos hemos contentado con cierta estabilidad, con no poner en tela de juicio el statu quo (pasamos de salir a la calle, de protestar, de exigir trabajo y vivienda digna) y seguimos comiendo tres veces al día, pagando Netflix y tomando una caña por encima de nuestras posibilidades. Después, aguantamos que unos economistas imbéciles nos digan que el problema son los gastos hormiga. Dime tú si no es para salir y quemar algo.

La vida no se recupera - Los de traje y corbata (Bárcenas & Mortadelo y Filemón)
Los de traje y corbata… ya se sabe. En la viñeta, un famoso tesorero hace un cameo.

Ya nos han vendido la moto. Lo ves en la gente, en cómo habla, en cómo piensa; en cómo se ha normalizado compartir un piso entre cinco, vivir en un estudio de veinte metros cuadrados por seiscientos euros de alquiler, y dos meses de fianza, y pago de un 10 % de la anualidad para la inmobiliaria. Todo eso, ya es rutinario: cobrar mil pavos y gastarse el 80 % en el alquiler, no poder vivir solo o sola, no poder independizarse. Y si no lo vemos normal, por lo menos, les seguimos el juego. En lugar de preocuparte por la familia que se queda en la calle, nos creemos lo que nos dicen Bankia y Securitas Direct.

No duermes por las noches pensando en que alguien sin recursos va a ocupar la casa de un banco que dejo sin recursos a otro alguien. O como decía aquel famoso grafiti: «La vida es aquello que pasa mientras te preocupas de que no te ocupen la casa que no tienes durante las vacaciones que no puedes pagarte.» Mientras tanto, los ricos siguen haciéndose más ricos y los pobres más pobres. Sí, OK. No todo es blanco o negro, pero la mayoría son cortinas de humo (¡oh, qué casualidad!, de color gris).

Portada-Gentrificacion
Zona gentrificada. Y la gente pobre a tomar por… Que se vaya en silencio, por favor.

La mala noticia es que hay cosas que, probablemente, si no has vivido o puedes vivir ahora —tener tu espacio, independizarte con veintipocos, vivir en pareja, viajar mucho con los amigos—, quizá no puedas vivirlas o, por lo menos, no como las vivirías en este periodo. Nos toca, pues, cambiar y adaptarnos a modelos impuestos —alquiler, pluriempleos, compartir por necesidad, usar coches de tercera mano hasta los cuarenta— o buscar nuevas formas. Aquello de enrabietarse y patalear, suele ser poco funcional, pero quizá es momento de plantearnos como generación hacia dónde queremos ir, qué queremos hacer, cómo vamos a construir nuestro futuro.

En relación con la crisis de la Covid-19, el escritor francés Olivier Marchon dijo: «No somos los dueños del tiempo, y esa quizás sea la lección de esta cuarentena»; yo agrego algo: si la baraja está marcada, quizá está justificado mandar al crupier a tomar por culo (y buscarse otra sala de juegos). A partir de aquí, que cada cual aguante su vela y encuentre su propio camino, pero está claro que los que nos trajeron hasta aquí, están igual de perdidos que nosotros, así que, por mucho que sean tus padres, ¿no es momento de dejar de seguirles el juego?

Al fin y al cabo, la vida no se recupera.

Las pequeñas cosas que mueren

Calabaza - Ronda de Dalt - Las pequeñas cosas que mueren

En la salida 4 de la Ronda de Dalt, hay un ramo de flores y una calabaza. Siempre que voy a ver a mi madre, pongo el intermitente, cien o doscientos metros antes, y pienso: se lo tengo que contar. Llegó a su casa, y ya se me ha ido de la cabeza. En parte, por esto, he decidido hacer una pequeña columna sobre el tema.

Supongo que (a mí) me sorprende porque soy un tío curioso: de crío, era el típico niño que da por saco con el «por qué esto» y «por qué lo otro». Donde está la calabaza, hace un par de meses había más ramos, y una señal horizontal vencida y, delante, otra provisional, de peligro. Imagino que alguien —un motorista— tuvo un accidente y chocó con esa señal; después, tras el entierro, la gente fue a dejar flores donde falleció, pero hoy solo alguien especial, o un pequeño grupo, sigue acudiendo a la cita. Deja, o dejan, flores y una calabaza, quizá porque era un mote cariñoso, quizá porque le gustaba la crema de calabaza. Eso no importa al mundo, pero, para alguien, estoy seguro que se hace un mundo.

Un ramo y una calabaza

Son las pequeñas cosas las que nos definen. No es casualidad que allí, debajo de la nueva señal de ceda el paso, haya una calabaza y no solo un ramo; o haya una calabaza, y no  una nuez, o una manzana junto a las flores. ¿Qué es lo que más nos cuesta superar cuando alguien desaparece? Diría que es el hecho de entender y aceptar que hay que decir adiós a muchas cosas, que toca hacer un ejercicio de empatía (cagarse un poco en Epicuro y en aquel pobre consuelo del cuando yo soy, ella no es) y entristecerse por lo que esa persona ya no es capaz de sentir.

También hay siempre algo más egoísta, algo más personal.

Esa otra cosa es el decir adiós a las pequeñas cosas.

Esas cosas que le hacían único.

Esos rasgos, rarezas, pasiones que se habían construido y organizado en un ser y que jamás volverán a juntarse del mismo modo.

Esas cosas son las que (también) se van con la persona.

El hecho de saber decir adiós a todas esas pequeñas cosas es el luto más duro, porque, primero, se van con la persona; después, de nuestra conciencia, y, finalmente, quedan en un vacío tal, que ya no importa que hayan o no hayan existido; excepto para nosotros. Esa es la última muerte del que parte antes, la muerte que espera a la propia en la inexistencia.

Y supongo que, algo así, es lo que le quiero contar a mi madre cuando veo la calabaza debajo de la señal de ceda al paso, pero quizá es bueno que, al aparcar, lo haya olvidado; porque tampoco veo tanto a mi madre, porque tampoco nos vemos tanto; todos, nadie, en general. Y yo, por casa de mi madre, suelo pasar a merendar, que no es buena hora para la filosofía.

El final de Seinfeld

Estas semanas he vuelto a ver Seinfeld. Creo que puse Netflix, me enganché unos días a los primeros episodios de Comedians in Cars Getting Coffee; me desenganché a media temporada, y volví a reencontrarme con la sitcom por antonomasia, again. Como no vengo a hablar de la serie en sí misma, solo mencionaré dos cosas igual de inquietantes, lo viejo que ha sido siempre Jason Alexander (o lo joven: no sé), y lo buena que es Julia Louis-Dreyfus como actriz.

La cosa es que, a golpe de repetición, como pasa con Los Simpson, hay capítulos que se te graban: el sopero nazi, el del bolígrafo de Jack Klompus, el del póster de George medio desnudo, el del detective de la biblioteca… Muchos. ¿Mi favorito? Creo que The Opposite, donde George hace todo lo contrario a lo que haría y las cosas le van a las mil maravillas (¡incluso le fichan los New York Yankees!), pero es que, si por mi fuera, Seinfeld sería más Constanza(s).

Seinfeld (actores, protagonistas)
Los protagonistas de la serie: Cosmo Kramer, George Costanza, Elaine Benes y Jerry Seinfeld.

Aun así, no me acordaba del final. Algo me sonaba, que la novena temporada pegaba bajón, pero no cómo terminaba. Y va un spoiler ahora. Arrestan a la cuadrilla, riéndose de un chico gordo  y son encarcelados y llevados a juicio con posible pena de prisión. La serie se saca de la manga la ley del buen ciudadano y, con esta excusa, se arma un juicio de tres pares que concentra en un pueblo —Latham, Albany— a los principales secundarios de la serie: las parejas, el sopero nazi, el abogado de Kramer, las familias, y… ¡Newman! El capítulo en sí mismo es un refrito con cierre, pero vamos a dejarlo pasar, porque lo que me sorprendió fue otra cosa.

Buenos chistes, malas personas

Jerry, George, Elaine y Kramer son malas personas. Los cuatro. Son muy malas personas, en realidad. No por haber dejado que robasen a un señor bien rollizo sin hacer nada, sino que le han grabado, se han reído de él e incluso se han sorprendido, porque tampoco son conscientes de que son malas personas. Esto… no gustó. Me imagino a la gente de los noventa, explotándoles la cabeza. Pensando: «Si son misóginos, homófobos, egoístas, vanidosos y rencorosos… ¿qué dice eso de mí como espectador?, ¿por qué les he estado riendo las gracias?»

El del restaurante chino (Episodio, Seinfeld)
Episodio 2×11: El restaurante chino

Si Elaine arruina al sopero nazi cuando este le regalaba un mueble a Kramer; si Jerry provoca que un inmigrante paquistaní tenga que volver a su país deportado, y se la suda; si Elaine va a comprobar si el posible rollo de Jerry tiene las tetas operadas… Y si has visto la serie, empiezas a caer en situaciones: las langostas de Kramer, todo quisqui hablando sin interesarse mínimamente por los demás, George alegrándose de la crisis nerviosa de Lloyd Braun, o totalmente indiferente ante la muerte de su prometida; en cada capítulo, hay media docena.

¿Es un buen final para Seinfeld?

En España, tenemos una palabra que les faltaba a los yanquis, porque los yanquis tuvieron muchas cosas, pero no a Valle-Inclán. Aquí nació el esperpento, porque solo un género literario como ese podía representar la realidad grotesca más castiza. Si los norteamericanos lo hubiesen sabido, no se habrían sentido tan mal. Seinfeld, como serie, es exactamente eso, y lo peor que se puede decir del final es que traiciona su propia esencia. Los cuatro eran malos, malos de pelotas, pero pasaban desapercibidos en un microcosmos con profesores de gimnasia sádicos, niños burbuja psicóticos o dentistas que se convierten al judaísmo para poder contar chistes de judíos.

The Strike (Festivus!)
Episodio 9×10: La huelga (Happy Festivus!)

Si nos ponemos moralistas, ¿qué sentido tiene castigar a esos cuatro? Parafraseando a Marge y al jefe Wiggum, se cumple lo del episodio de Marge, la Loca (Marge está loca, loca, loca, loca, BABF18). «¡Usted dijo que la justicia no podía ayudarme!», y contesta Wiggum: «Ayuda, no. ¡Pero sí castigo!»  Ellos, y las personas de su órbita más próxima (los Seinfeld, los Costanza, etc.), no ven más allá de ese pequeño mundo, y demuestran que, fuera de las pantallas, algo así nunca podría funcionar.

Por algún sitio leí algo de que era una metáfora relacionada con una obra de teatro…

En cualquier caso, aunque Seinfeld siempre fue el que menos me gustó, me quedo con el de la serie, que el de la vida real parece más idiota: ¡no quiso darle un abrazo a Ke$ha! Es broma, pero me da en la nariz que sí que arrastra alguna crisis de mal envejecer, porque necesita fardar de coches cada cinco minutos, ¿no?

Queda algo pendiente, algo muy inquietante a lo que no puedo dejar de darle vueltas.

¿El menos malo era Newman?

No jodas.

Pirotecnia y San Juan: «No eres tú, soy yo»

Un perro se esconde debajo de la cama por miedo a los petardos.

Nunca habían tardado tanto en tirar los primeros petardos. Han llegado, esta semana. Las casetas de venta también han abierto tarde. No es por la Covid-19, o no solo es por la Covid, sino por cómo hay cosas que van cuesta abajo y sin frenos, o eso creo.

Quizá me equivoco.

Quizá el mercado ha dicho: «Una po**** me arriesgo este año; mejor abrimos las tiendas tarde; luego, valoramos ventas y ya veremos qué se hace para el año que viene.»

A lo mejor yo le estoy intentando dar una lectura moral, y la cosa va de pasta.

Me ha pasado antes.

El grupo de WhatsApp, y la verbena de San Juan

Estoy en el grupo de WhatsApp de la urbanización, que yo me lo imagino como el típico grupo de padres de colegio. Gente que se pasa el día diciendo cosas políticamente correctas y esconde lo que piensa; luego, otros que están ahí buscando la dosis de interacción social que han perdido en otro lado, y los que lo tienen silenciado. Yo soy del tercer grupo. Abro y cierro cada 300 o 400 mensajes nuevos, pero hoy le he echado un ojo. Algunos hablaban de los petardos, de si podían tirar cohetes y cosas varias que explotan desde su casa, porque es injusto que no les dejen tirarlos en una urbanización de montaña.

Supongo que prevalecerá el sentido común, pero quizá algún idiota quema medio bosque.

No hay que cantar victoria. La estupidez siempre encuentra camino.

Lo que ocurre con los petardos es similar a lo que ha pasado con las mascarillas: responsabilidad individual, o ausencia de. Todo dios quiere democracia, pero, luego, te da palo ir a votar; también que quiten restricciones cuando baja la curva de contagios, pero sin estas, unos no saben qué hacer y otros se van a hacer botellón en burbujas de convivencia de setecientas cincuenta y siete personas.

Ah, la responsabilidad individual… Menuda zorra.

Roma (Pájaros muertos, 1 de enero)
Cientos de pájaros muertos en las calles de Roma debido a la pirotecnia del 1 de enero.

Ecologistas y animalistas que petardean

En definitiva, que el ecologismo, el animalismo y la responsabilidad individual están muy bien, pero el niño tiene que tirar «petardicos» (y el padre). Cuando llegan las verbenas, se nos olvida; nos vale todo: siempre ha sido así, es una tradición… pero, después, tildas al torero de imbécil por la misma frasecita; otro gran hit: la verbena es un único día (mentira, por cierto). En realidad, todas los que quieras: lo hace todo el mundo, no hacen daño a nadie, y blablablá.

La realidad es que es muy fácil llamarse ecologista cuando nada te afecta; es muy fácil decir que estás contra el racismo o a favor del feminismo, siempre que no cuestionen tus privilegios y, sí, es sencillísimo decir que no te gustan los petardos, mientras compras, y prendes, y lanzas, y das por culo a niños y niñas con TEA (o adultos), gente mayor, fauna salvaje, y perros, y gatos. Para cambiar algo, hay que ser conscientes todo el año, no cuando nos conviene.

¿Y si empezamos a hacer autocrítica? Podemos empezar por ser valientes para decir al padre, al hermano, al hijo: «No, no quiero petardos: yo estoy en contra por esto, esto y esto». Decir: oye, no quiero pirotecnia sonora, porque mata animales, hace daño: tiene consecuencias. Decir: no eres tú, ¿sabes?, soy yo también. Soy yo quien decide, quien da ejemplo, quien ayuda a cambiar las cosas.

¿Cómo daña la pirotecnia a los animales?
Gorrión muerto debido a la pirotecnia. Copyright: Animal Ethics.

Siempre estamos exigiendo a los políticos que sean valientes para actuar y legislar, pero ¿y nosotros?

La base de la democracia es la participación ciudadana, ¿no?

Pues empecemos a actuar.

Y no hablo de convertirse en policías de balcón, sino en posicionarnos (activamente) en contra de una tradición, en hacer carteles —como alguien que empezó a informar en Terrassa sobre los peligros de la pirotecnia hace unos días—; en atrevernos a educar, dialogar, y cambiar las cosas.

Deja de contentarte con lo que tienes; deja de contentarte con lo que eres: haz autocrítica y atrévete a seguir cambiando.

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