En 2018, Woody & Woodyganó el Goya al Mejor cortometraje de animación. Me llamó la atención desde el minuto cero, pero (tócate los cojones, ¡qué tío raro que soy!) no fue hasta este año que lo vi en Filmín —pedazo de catálogo se están haciendo en la plataforma, por cierto—.
El corto es el perfecto homenaje a un director, actor y humorista de trayectoria profesional envidiable (y he dicho profesional, para evitar líos); como curiosidad, además, se grabó con actores reales y, después, se le dio la vuelta a la propuesta a base de efectos de animación: no sé, a mí me hizo gracia, por eso te lo cuento. ¡Ah!, y ¡Joan Pera! Porque es normal que no quisieran hacerlo sin Joan Pera.
Woody & Woody (Jaume Carrió, 2017)
Woody & Woodyencara a la figura (pública) del cineasta adulto (treinta y muchos, cuarentón; no recuerdo) con la del anciano. Un concepto surgido, probablemente, de esa típica idea del «¡ay! lo que hubiera hecho entonces con lo que sé ahora». ¿Y qué hace el metraje? Pues traslada y encaja la idea en el mundo interior del neoyorquino. Así, en forma de diálogo imposible,aparecen los grandes temas de su obra: amor, muerte, sexo, religión, neurosis, Nueva York.
Pulsión de vida y pulsión de muerte
Por un lado, Jaume Carrió, el director, sabía que una historia así, por bien contada que esté, no da para un largo; por el otro, doce minutos se hacen cortos para todo lo que te aporta esta sucesión de frases mordaces, tristezas, medias sonrisas y nihilismo que podía ocurrir en cualquier bar del Upper East Side. No son los gags, que denotan que el guion lo ha escrito una seguidora acérrima de Allen (Laura Gost), ni el ambiente, ni la música, es todo eso, y también lo bien que están encajadas las dos perspectivas en el producto —la del joven Woody y la del viejo Woody. Dos formas de ver el mundo que conocemos por las películas: el viejo W mira la vida con más calma —por lo menos, de una forma más pausada, o con la resignación de las últimas décadas—; el joven W es más neurótico, sexual: enfrascado aún en las pulsiones y en Freud.
El universo Woody
Si te gusta como empieza Annie Hall (1977) o los pseudo-monólogos en los que Allen utilizó a Jasson Bigs o Scarlet Johanson, te gustará Woody & Woody. El corto es un ejercicio que, de algún modo, ha hecho mil veces el norteamericano: de primeras, me vienen a la cabeza, Todo lo demás (2003), Desmontando a Harry (1997),Maridos y mujeres (1993) o La última noche de Boris Grushenko (1975). En este caso, se hace desde una visión externa, de acuerdo, pero con un Carrió y un resto del equipo que saben encajar bien a Woody en el propio universo Woody. Esto parece una gilipollez; puede que dicho así, sea una gilipollez; y, aun así, es muy, muy complicado de conseguir.
La realidad es que ni él ni nadie puede enfrentar lo que fue, ni lo que será. Los personajes se preguntan: ¿Qué es esto?, ¿un sueño? Y el joven tiene claro que no soñaría con un viejo con prostatitis; y el anciano, a su vez, sabe que no quiere perder los años que le quedan pensando (demasiado) en lo que hizo y dejó de hacer. Aunque nadie diga nada, los personajes se saben personajes y cierran esa suerte de ejercicio narrativo conscientes de ello. El espectador disfruta de algo que es cine, y recuerda a cine, pero también es la esencia de ser humano. ¿Y qué es ser humano? Ni puñetera idea. Me voy a aventurar a decir que conversar con la pequeña historia, la propia, y la gran historia, la de todos.
La gracia es que Woody, igual que otras estrellas, también es un poco historia de todos.
En el mundillo editorial, parece que una de las cuestiones que han pasado más desapercibidas es la del seudónimo. A un escritor novel, por regla general, será la misma editorial (o la agencia publicitaria) quien le recomendará cómo presentarse. Si hay varios «Javier Ruiz» en el mundo literario, quizá valga la pena utilizar tus dos apellidos, o un seudónimo; o sea, algo que te diferencie. Aun así, el seudónimo es otra cosa; puede servir para diferenciarse de otros escritores, claro, pero suele ir por otros derroteros. Entre ellos: la libertad creativa, el revolotear entre géneros o el unir a varios/as profesionales (o su trabajo) bajo un único nombre.
(By the way, aquí tienes un pequeño compendio del blog de Ana González Duque con ventajas y desventajas.)
¿Por qué se empieza a publicar con seudónimo?
¡Aaaah! Ya no se hace literatura así. Por eso el señor Burns no usaba seudónimo, evidentemente.
Estas notas también las extraigo de mis clases de escritura, y tienen unos años ya, pero creo que siguen bastante al día. En cualquier caso, píllatelas con pinzas. Tradicionalmente, el seudónimo nace de una diferenciación clara; imagínate: tú eres Javier Cercas o Josep Carner, y vas por el mundo publicando novela testimonial o poemas de puta madre. De golpe, te da un algo y te apetece escribir crónicas, o novela negra, o autoficción; mejor todavía: vas fatal de pasta, porque te has divorciado diecisiete veces, y te proponen escribir la típica novela romántica o de landscape para promoción de viajes. Ni de coña lo haces con tu nombre, porque tiene más perjuicio que beneficio para tu imagen profesional (o muy mal lo debes llevar); en cambio, con un seudónimo la cosa cambia. Si tiras de seudónimo, ¿quién va a saber que estás tú detrás?
De ahí sale, principalmente, el interés por publicar bajo seudónimo en los inicios. Bueno, en los inicios-inicios, porque eras mujer y la sociedad era una mierda y no quería aceptar mujeres. Véase: Caterina Albert i Paradís, o sea, Víctor Català. Por otro lado, hoy día, esto también supone una gran inversión en redes sociales (duplicar perfiles, etc.), por lo que, quizá, lo que se va alejando de las posibilidades reales del escritor novel. Desde mi punto de vista, publicar con seudónimo tiene dos grandes ventajas (que no son, exactamente, las del enlace del primer párrafo).
Por un lado, te da libertad para «probar» material (géneros, estilos de escritura) sin comprometer tu figura en público; para los escritores profesionales (que ganan pasta, de verdad) esta debe ser una buena opción, ya que los editores pueden mover el contenido o encontrar a alguien que lo gestione en las redes sociales.
Por el otro, te permite presentar material al margen de editores y agencias (con otro nombre); en un sector en el que la autopublicación sigue teniendo mala prensa. (En lo personal, entiendo parte de las razones; no obstante, creo que los filtros que se han escogido desde las editoriales para cribar material, tanto en portales de autopublicación como en las empresas son cero eficientes para descubrir a nuevos/as escritores/as.)
La autopublicación, en relación con el seudónimo
A menudo, escuchas a muchos profesionales del sector que siguen defendiendo que la autopublicación no tiene sentido. Por cada autor de best-seller autopublicado que, luego, ha podido negociar con editoriales su caché, hay un millón de aspirantes (cifra completamente inventada aquí, ¡ojo!) que han dilapidado su imagen antes de construirla del todo.
Vamos, que suele venderse la idea de que cualquier recorrido profesional (con editorial) será lento, pero mejor.
Si tienes curiosidad sobre el recorrido, se resumiría en preparar el manuscrito, carta, sinopsis editorial y el resto del material; contactar con agencias y editoriales; enviar el manuscrito; si existe interés, pasará a manos de un lector profesional; revisión del informe literario y comercial…
Estos últimos años, la visión de las editoriales ha sido «meto mano en Amazon, si puedo», pero también lo uso de filtro extra. Por mi parte, tengo una opinión propia al respecto, pero todas son aceptables; yo sigo creyendo que las vías profesionales y el, paso a paso, son la mejor baza para la mayoría.
En Los Simpson no había crisis en el mundo editorial y todo quisqui publica libros, de Homer a Marge y de Marge al señor Burns. En la foto, Apenas me conocía, por Homer Simpson. 😛
Y lo de publicar con seudónimo ya tal, ¿no?
En fin, que me desvío del todo. Creo que hay razones para publicar con seudónimo cuando eres rico y (¡JA!) famoso y quieres diferenciar estilos o no «contaminar» tu imagen como autor; por otro lado, hay casos concretos (probar material, etc.) donde el seudónimo puede ir bien, pero no hay que olvidar que ahora (casi) todo se mueve por Internet, y conseguir relevancia en la red… es lento. Y ahora sí, ya tal.
Estos días, estoy volviendo a escribir mucho bastantealgo un «poquico». De apoyo, me estoy revisando los apuntes de mis cursos de escritura y, de vez en cuando, veo contenido que creo que puede ser muy útil para todo dios. Por ejemplo, los apuntes sobre recursos morfosintácticos que han salido por un cajón.
Nos han vendido la idea de que narrar solo es arte, talento; pero narrar también es artesanía. No puedes aprender a ser Bolaño, Delibes o Cabré con artesanía, pero puedes ser… como otros escritores que publican, y viven bien, y beben champán (que no me quiero yo pelear con nadie). Hoy, desempolvo unos cuantos recursos y voy a rajar un rato sobre esto; algo que te va a ayudar mucho cuando empieces los procesos de reescritura de un manuscrito.
Wait a second,«cheñor»! ¿Qué son los recursos morfosintácticos?
La morfosintaxis es el conjunto de elementos y reglas que permiten construir oraciones con sentido y carentes de ambigüedad mediante el marcaje de relaciones gramaticales, indexaciones y estructura jerárquica de constituyentes sintácticos. Incluye la morfología y la sintaxis, dos componentes de la gramática que, por utilidad didáctica y conceptual, se analizan por separado; sin embargo debe tomarse en cuenta que en realidad son dos unidades indesligables. Para muchas estructuras lingüísticas particulares los fenómenos morfológicos y sintácticos están estrechamente entrelazados y no siempre es posible separarlos. En el caso de las lenguas polisintéticas la distinción es aún más difícil y en ocasiones ni siquiera parece posible separar morfología y sintaxis, ya que una oración puede estar formada por una única palabra que incluye un gran número de morfemas.
Los recursos morfosintácticos son, por definición, aquellas relaciones gramaticales que se basan o dependen de las palabras y de nuestra habilidad para relacionarlas, suprimir, alterar y un largo etcétera. Simplificando (bastante), son aquellos recursos que solo dependen de cómo usamos las palabras. Un recurso morfosintáctico sería, por lo tanto, desde el epíteto, que veremos a continuación, al vesre argentino.
Epíteto
Cuando un adjetivo refuerza la cualidad del sustantivo, tenemos un epíteto: bravo guerrero, fiero león, blanca nieve. Como reforzador, acostumbra a ir antes del sustantivo.
Nocheoscura del alma. […]
La fríanieve en mis manos. […]
¿Dónde fue la mieldulce que nos juramos, y blablablá? […]
Sinonimia
La sinonimia es la enumeración de términos que tienen un significado común. Suele utilizarse, a menudo, en diálogos entre personajes y en el estilo indirecto libre. Puede tener distintos objetivos, pero, por regla general, tanto en narrativa como en prosa, pretende enfatizar una emoción positiva o negativa.
Ese zángano,inútil, comemierda…
“Aunque tengas la cresta rala y lisa no es tu actitud sumisa. Tú, que por el margen de la noche vagas, dime, cuál es tu nombre, antes de que deshagas lo que plutónicamente te da el hombre, pájaro carroñero.” Y el pájaro dijo: ¡Multiplícate por cero!
Asíndeton
Consiste en la supresión de las conjunciones, que establecen relaciones entre las palabras o las oraciones. Un ejemplo típico sería «Veni, vidi, vinci», aunque suele utilizarse mucho en poesía y no tanto en otros estilos de narración. Entre los recursos morfosintácticos, el asíndeton no es tan usual como el polisíndeton que sí suele verse más en la prosa.
Ella canta, baila, goza. Acude, corre, vuela,
traspasa la alta sierra, ocupa el llano,
no perdones la espuela,
no des paz a la mano,
menea fulminando el hierro insano
Polisíndeton
Entre los recursos morfosintácticos para narrar, el polisíndeton suele lucir bastante. Consiste en agregar conjunciones innecesarias con la idea de reforzar el sentido o dar mayor intensidad a la acción.
Y cogí una 9mm, y me la metí en la boca, y escuché el clic del percutor.
Elipsis
Supresión de términos porque consideramos que no son necesarios. Entre los recursos morfosintácticos, la elipsis puede, por ejemplo, comerse un verbo (primer ejemplo) o dejar una frase partida por la mitad (segundo ejemplo), pues, o bien el lector puede completarla y la frase queda más, ¿qué sé yo?, ¡dinámica!, o bien confiamos en que el lector/a la terminará de dotar de sentido.
Lo bueno, si breve, dos veces bueno.
A quien buen árbol se arrima…
Anáfora
Consiste en repetir una o varias palabras del inicio de la frase. Como recurso morfosintáctico suele funcionar si no abusamos del mismo y lo utilizamos en momentos muy concretos de la narración, que requieran emoción, desentimiento exacerbado, etc.
Duele la cicatriz de la luz, duele en el suelo la misma sombra de los dientes, duele todo,
hasta el zapato triste que se lo llevó el río.
Consiste en repetir construcciones similares y puede utilizarse tanto en verso como en prosa; igual que ocurre con otros recursos morfosintácticos (como la anáfora), el paralelismo es típico de la poesía, pero se ha adaptado mejor que otros a la prosa.
—Contéstame solo a una cosa: ¿por qué?
—Porque no quiero verte, porque me repugnas, porqueLa jungla de cristal es la mejor película navideña de la historia, porque yipi ka yei, hijo de puta.
Querida Edna, tu carta repleta de recursos morfosintácticos me dejó sin aliento. Yo me llamo Woodrow…
Epanodipsis
La epanodipsis consiste en utilizar la misma palabra para empezar y terminar una misma unidad métrica o sintáctica. En cristiano, esto se traduce a comenzar y acabar una frase con la misma palabra (Verde que te quiero verde.), pero también en otras construcciones, como empezar y acabar un capítulo de una novela o un poema con la misma frase, lo que demuestra la elegancia de un texto que se ha trabajado mucho.
Aquel día, Pepa supo que mataría a Pepe.
[…] Bla, bla, blá. Todo el texto del capítulo. Pepe engaña a Pepe, se va a un hotel con Juani, y vuelve a Vallecas, por la noche, oliendo a perfume barato. […]
Aquel día, Pepe supo que mataría a Pepe.
Igual que otros recursos morfosintácticos, la epanodipsis ha evolucionado a lo largo del tiempo, permitiendo intercambiar algunos elementos de la frase.
Retruécano
Repetir las mismas palabras en una frase con un orden distinto. Es un recurso que se ha utilizado mucho en prensa y que ya se puede observar en obras como Artículos de Mariano José de Larra (1809-1837). O sea, que es más viejo que el comer.
En este país, no se lee porque no se escribe, o no se escribe porque no se lee.
Hipérbaton
Como último de los recursos morfosintácticos que he recopilado (a ver si me animo a seguir alargando el artículo, ¿no?) está el hipérbaton. El hipérbaton consiste en un cambio del orden lógico de las palabras, que es muy común en poesía, pero apenas residual en prosa y narrativa.
Cerca del Tajo en soledad amena de verdes sauces hay una espesura, toda de yedra revestida y llena, que por el tronco va hasta la altura, y así la teje arriba y encadena, que el sol no halla paso a la verdura; el agua baña el prado con sonido alegrando la vista y el oído.
Hay unos pinos en los bosques de por aquí que, a veces, crecen hasta quebrarse. Aunque me dé vergüenza admitirlo, yo los llamo «los árboles que crujen». Si caminas solo por las montañas, terminas familiarizándote con estos sonidos: el canto de los pájaros, el viento en los valles, los árboles que crujen. Hay algo de humano en esos pinos que suben hasta perder el equilibrio y combarse sobre sí mismos; entonces, es posible que caigan contra otros árboles —quizá, hermanos— y, con su peso, los arrastren en la caída.
Cuando me canso de caminar —a los diez o doce kilómetros, como mucho—, me siento, doy tregua a los perros (o ellos a mí) y miro los árboles. No sé qué es, pero algo proyectas en las ramas: en cómo crecen, en cómo bailan, en cómo mueren. Ya lo he dicho, hay algo de humano en los árboles que crujen. El observador poco experimentado quizá cometa un error de principiante e intente buscar solución, o respuestas; como mucho, se reirán de él o de ella y, por desgracia, puede que esas mismas risas le alejen de su propia naturaleza.
Los veteranos —los que hemos observado muchos árboles de los que crujen— sabemos cómo actuar: hay que quedarse quietos, callados, y contemplar su balanceo a favor del viento. Si esperas lo suficiente, quizá veas cómo el tronco termina por quebrarse, y el árbol cae: aquí puede morir solo, o matar muriendo; si ese día no cae, no te angusties, porque, cuando asistes a alguna de las escenas de esta historia, puedes tener la certeza de que se trata de la crónica de una muerte anunciada. Solo es cuestión de tiempo: puede que vuelvas otro día, y te hayas perdido el clímax, pero no es habitual llegar tras los créditos. Si dejas pasar mucho tiempo, el árbol ya no crujirá, pero seguirá ahí: en el suelo.
Quizá alguien haya salvado, alguna vez, un árbol de los que crujen. Es viable, en teoría. Podrías coger altura y ayudarlo: reducir el peso de su copa, su altura, su rápido crecimiento. La tragedia, sin embargo, es que el árbol que cruje no es más que la suma de una serie de malas decisiones, un cúmulo de errores que lo llevará al suelo. Podrías cortarlo, pero solo conseguirías hacerlo brotar con más fuerza, provocar una caída todavía más enérgica y darle un final mucho menos digno. Si los árboles que crujen pudiesen hablar, se cagarían en todos tus muertos por atreverte a hacer algo así, ¿sabes? Porque no hay fracaso peor que aquel que uno puede cargar en los demás. No sería verdad, claro, porque fue el árbol quien creció demasiado rápido, endeble, maquinal incluso, pero también él o ella vería antes la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio.
Lo más justo es dejar que caiga. Puede parecer duro, pero, de las caídas, se aprende. A todas luces, los árboles que crujen son el corazón del bosque. El árbol que cruje morirá, pero en su sitio renacerá otro que no crecerá ni tan rápido, ni tan endeble, ni tan maquinal. Si en el transcurso de su muerte, carga contra otros árboles, estos otros no crecerán tan cerca, sobreviviendo solo aquellos fuertes para soportar las embestidas de sus compañeros o lo suficiente audaces para no entrometerse en su camino. De las caídas de cada árbol, el bosque aprende. ¿No es eso lo que nos ocurre a nosotros con los errores? Observar los árboles que crujen es, de alguna manera, comprender algo de la propia naturaleza: pues, los errores propios son aquellos que más nos cuesta aceptar, pero también los que nos permiten crecer. Después, el bosque se enriquece.
Hay que hacer listas para ir a la compra y apuntar las citas en un calendario. Te puede gustar o no, pero así es la vida. Si no, irás al supermercado y se te olvidará comprar papel higiénico, o se te pasará la revisión con el dermatólogo y resulta que era candidiasis, que se pone peor la cosa.
Cuando te quieres dar cuenta, vas en piloto automático. Así, pasan los días. Lo del piloto automático es eso que dice la gente de que el tiempo va más rápido cuanto más mayor te haces. Todo [eso] es falso, salvo alguna cosa, como dijo M. Rajoy. Lo que sí es cierto es que te dejas llevar por la inercia. Bueno, claro, un adulto tiene más responsabilidades que un crío o una cría, ¿y qué? No te flipes; tampoco tantas. ¿Cuántas te pones tú?, ¿o yo?, ¿o cualquiera? La hipoteca, por cojones; el deporte día sí, día también; ganar por lo menos… et-cé-te-ra.
Yo, por ejemplo, hacía muchas cosas por creer que era lo que se esperaba de mí: no-sé-quién está deprimida, es mi obligación que no lo esté; mi pareja quiere ir a ver a su familia cada vez que podemos coger vacaciones, habrá que ir; Mengano (agárramela con la… ¡perdón!) me ha pedido un favor… ¡¿cómo voy a decirle que no!? ¿Cómo voy a negarme o a hacer lo que yo quiero? O, dicho de otro modo, ¿cómo voy a ponerme yo como prioridad?
Un día, te paras, aunque sea porque estás reventado de ir siempre a diez mil revoluciones,y aparece la pregunta: ¿Qué cojones es lo que quiero? Esa pregunta es la crisis de la adolescencia, la crisis de los cuarenta, la crisis del jubilado. Es la misma, pero la vida va pasando y, como la mayoría seguimos igual (ahora te cuento), se repite, y repite, y repite. ¿Y sabes qué hacemos? Seguir corriendo hacia delante. Y tenemos los santos cojones, u ovarios, de decir: ¡es que la vida va cada vez más rápido! ¡No, cabrón! Es que tú vas corriendo to’follao.
¿Tú te has parado a pensar en esto que estoy contando? ¿Por qué tanta gente envidia a los niños y los animales? Porque saben vivir mejor, esa es la típica respuesta. No es que no hagan lo que tienen que hacer, ¿verdad? Comen, y duermen, y cagan, y hacen los deberes (cada especie, los suyos). Eso sí, cuando están haciendo algo, están aquí, haciendo ese algo, haciéndolo «de verdad». Sea tostándose al sol, como no has visto tú en tu vida a alguien disfrutando del Sol, o inventándose una historieta con el barco pirata de Playmobil (¿existe aún?). No están pensando en las siete cosas distintas que tienen que hacer luego.
No tienen nada de malo las listas, ni los calendarios, ni el compromiso; incluso hay obligaciones que, bueno, estamos obligadas a hacer: la mayoría, tenemos que trabajar para vivir, pero ¿qué más? Vale, limpiar la casa para no movernos entre la mierda, comprar, cuidar de los críos, el hámster o la abuela, si tienes. Si te pones así, no hay tantas cosas que hacer por obligación. Y hay días difíciles, y días menos difíciles, pero quizá la clave está en dos pequeñas cosas que casi siempre pasamos por alto.
Por un lado, creer que la mayoría de las cosas que hacemos no pueden ser de otro modo. En realidad, si estás en pareja, es porque quieres estar en pareja; si te apuntas a kárate, a bailes de salón, o a hacer pasteles y no te gusta (o no te hace bien), no tienes por qué seguir yendo. Incluso si no quieres visitar a tu madre o a tu abuela, si eso es lo que sientes, no lo hagas. Tú sabes qué te aporta y qué necesitas en cada momento, pero ahí es cuando hay que ser valiente y afrontar la incertidumbre. Esa es la gran trampa de las obligaciones: la certidumbre es enfermiza, nos pone malísimos, pero te vende la mentira más peligrosa que existe: todo es de la única forma que podría ser.
Por otro lado, quizá necesitamos aprender y entender que nada se repite. Todo fluye, y cambia, y termina. Si tuviésemos esto más presente, no nos preocuparíamos tanto. El niño llora, y te despierta, y da por culo; el perro se ha comido el sofá; la abuela ha tenido que venir tres meses a casa porque le han detectado un cáncer. Pero en un pis-pas, el niño crecerá, y se irá de Erasmus a echar cuatro polvetes, y cogerá la candidiasis que había por ahí arriba, y no querrá saber nada de ti; el perro envejecerá y solo durante unos meses será ese cachorro enérgico y un trasto, y la abuela morirá, quizá no del cáncer, pero probablemente mucho antes que tú, y la echarás mucho de menos, y pensarás que vaya mierda, porque las abuelas de los demás duraron mucho más que la tuya. A mí me pasa eso, no creo que sea tan raro.
Hace ya bastante tiempo que medito, o hago mindfulness, o atención plena, o como quieras llamarlo (que ahora tiene muchos nombres, como todo), y es complicado, y difícil de explicar, y tendríamos que hablar de conciencia y consciencia, y de la respiración como ancla, y de pensar y observar, y de dedicarte tiempo a ti, y de muchas más cosas. No obstante, yo lo resumo en lo siguiente: estoy aquí, respirandoy, entonces, te das cuenta de que estar aquí es todo lo que importa. A veces, parece una gilipollez, pero no lo es.
Las ilustraciones pertenecen al artista 72kilos a quien, si sois gente de bien, seguiréis por Instagram y compraréis sus libros.
Antes tenía la costumbre de seguir las páginas del Facebook de muchos diarios, pero ya no. Hay dos razones para ese antes: la primera, que ahora toca entrar en modo incógnito para que no te pillen las cookies y te limiten el número de artículos que puedes leer (pequeño truco: ahí lo dejo), así que prefiero hacerlo por el navegador; la segunda son los comentarios de algunos descerebrados. Siempre ha habido descere… idiotas, siempre ha habido idiotas (¿para qué ser políticamente correcto cuando no hay razones?), pero desde la pandemia de la Covid-19 está el tema pasado de rosca.
El otro día, justo estaba yo ahí, bien dispuesto a cabrearme con las noticias. Ya tenía delante varias—todas Covid entonces, aunque ahora parece que empiezan a entremezclarse con la nueva y vieja Venezuela: Pablo Hásel y Cataluña, again—, pero me quedé con «La vacuna de la Covid-19 podría acabar con medio millón de tiburones», que no era ni una noticia actual, sino una republicación (luego me di cuenta).
Acabar con medio millón de tiburones
Vamos, que veo la publicación, hago clic, me leo la noticia (suele ser una buena práctica, pero apenas se practica) y, después, me da por volver a los comentarios. Un idiota: «Pues si hay que matarlos, criamos más.» Lógica aplastante, la del tipo. Como si los seres vivos con los que compartimos medio fuesen un comodín: mato a medio millón, pero crío a no sé cuántos: va, ya que te pones, críate tres o cuatro de más, si eso. Por suerte, por cada diarrea mental del estilo, van apareciendo más y más comentarios coherentes. En cualquier caso, cuando leí: «¿tan malo sería que se extinguiesen?, el mar sería más seguro» y «solo es un pescado más», cerré el Facebook, asustado.
Activistas de la organización para la protección de tiburones Shark Allies advierten que la producción masiva de algunas vacunas contra el coronavirus, que contienen la sustancia escualeno, pueden poner en peligro a un alto número de escualos de diversas especies. pic.twitter.com/DLoKNTNzWf
Si tú le propones a ese tío o al resto de su línea de pensamiento el mismo caso con personas (si vas mal de pasta por la crisis que se te viene encima, cárgate a tus tres críos y, luego, ya tendrás otros tres cuando pase lo del coronavirus), como poco, te van a tachar de demagogo. Bueno, a saber: quizá alguno te dice que no, pero porque es delito. Sin embargo ¿es tan distinto? ¿Qué derecho tenemos para matar a medio millón de tiburones por nuestra conveniencia? Debido a una zoonosis que, de un modo u otro, hemos provocado nosotros como especie, que nadie lo olvide.
Se llama empatía y empieza a traspasar las fronteras de la especie.
Más que nada porque el planeta ya ha empezado a soltar hostias kármicas.
Quizá ya no es cuestión de centrarnos en ideas como la de Albert Schweitzer, Premio Nobel de la Paz en 1952, que dijo: «No me importa si un animal es capaz de razonar. […] Solo sé que es capaz de sufrir.» Si no de otra cosa, de meternos en la cabeza que el egoísmo y el creerse superior al resto nunca ha hecho más que joder y complicar las cosas: tenemos bastantes ejemplos a lo largo de la historiografía contemporánea, échale un ojo a la Wiki. Por mi parte, casi nunca escribo comentarios en redes, pero se me ocurrió una respuesta para el de la retórica mata-tiburones: «¡Deja en paz a los tiburones, estúpido primate!», porque idiota se le quedaba corto, y como primate, también deja mucho que desear, ¿no crees?
Se nos ha pasado un poco aquella primera euforia por hacer cosas y aprovechar el tiempo. Será que empezamos a estar hartos de encierros: en casa, en el municipio, en el trabajo, ya sabes. La realidad es que, ahora, pero no hace un mes, nos toca ser coherentes de nuevo: en Navidades, fiestas de guardar y cuando tocaba salir a las rebajas, no. Ahí, despiporre y, luego, día de la marmota y más «quemaos» que Bill Murray en la puta peli.
No voy a repetir más de lo mismo, porque ¿para qué? Es cierto que la gente no se comporta como en China, es cierto que España no es Alemania, que la (mayor parte de la) prensa vendería a su abuela por un par de birras (o un succionador de clítoris, que están de moda) y blablablablá.
A mí lo que me toca los huevos es que nos traten como niños, y encima que encuentren apoyo en innumerables grupos de población. Las medidas son necesarias, las explicaciones también.
Mientras tanto, los yayos, cagados, repitiendo una y otra vez que todos a casa hasta que pase la pandemia, y que la juventud es la única culpable, porque es muy mala, porque quiere vivir un poco y echar un polvete. Los autónomos que ya no saben ni porqué lloran. Las 150.000 empresas que tienen que cerrar antes del verano.
Una marquesina en Asturias para concienciar a la población española sobre las medidas de prevención de la Covid-19.
Sale el presi del Gobierno y presenta nuevas medidas y planes de vacunación, pero la realidad es que hemos vuelto a los gobiernos de cifras y letras: quizá aquí nunca los superamos. Que sí 72.000 millones de euros de ayudas, que si 200.000 nuevas plazas de formación profesional.
¿Sabes a qué gobierno respetaría yo? A uno que me dijese:
—Señoras, señores; hemos revisado las cuentas y no podemos poner cuotas de autónomos por tramos de ingresos, porque se nos va a la mierda el país, que lo aguantan ustedes: sigan agarrándose los machos, gracias.
O:
—Oigan, ya sabemos que suena impopular, pero lo que toca ahora es no Navidad, no fiestas de guardar, no compras ni aglomeraciones, nada abierto, no ver a los tuyos durante 15 días, o 30 días, o lo que toque, pero explicao’ y argumentao’.
Y después:
Nos equivocamos.
O todo lo contrario:
Aquí están los números y las interpretaciones pertinentes: pueden ver cómo teníamos razón.
Lo que harta es que te traten como un crío y te manden a tu habitación, pero allí nadie te lleva comida, ni ropa, ni te paga las facturas; harta llevar un año entrando y saliendo para trabajar y poco más y, sobre todo, harta ver cómo los intereses políticos priman sobre los sanitarios, los laborales y los sociales. Hemos ido a caer en una suerte de 1984, orwelliano y cutre, donde todo lo colectivo, todo, prima sobre el individuo y su individualidad y empieza a asfixiar. ¿No se suponía que el ciudadano debía querer pertenecer al grupo? ¿No se suponía que ya habíamos superado aquello del despotismo ilustrado? Luego, nos encontramos con escenarios como el que describe el «menda» para terminar.
Los actores Ángel de Andrés (1951-2016) y Carlos Iglesias (1955).
Unos cuantos amigos, de amigos, de amigos: algunos autónomos, otros funcionarios del estado, otros parados de larga duración o acogidos al ERTE. Pues unos y otros me cuentan que se hacen la declaración de responsabilidad que piden al trabajador autónomo, otros van con su «papelajo», porque hoy han trabajado, el de la esquina que vive en la esquina y los del ERTE de hace un año que han visto demasiado Mad Max y todo se la pica un pollo; pues, todos estos amiguetes que antes que trabajadores son personas, se juntan en un local que tienen, se echan unas cervezas y se cagan en tó. Y, luego, se van, y besan a sus parejas o a su perro (si yo fuese uno de estos, que juro solemnemente que no lo soy, pues, besaría a mi perro, porque no tengo chicas cerca que se dejen besar), y recogen al crío del cole, y acompañan al yayo a urgencias, porque le ha reventado el bazo y ni quisqui le hace caso en el teléfono ese que han puesto para pasar consulta por telepatía telefónica.
El problema es que esto no ocurre con esos amigos, sino con todo dios, porque si no hay medidas claras, ni hojas de ruta, y encima te culpan de las cagadas propias y de las ajenas, terminas por gritar aquello de o jugamos todos, o rompemos la baraja. Que ya lo decía mucho el gran Ángel de Andrés en la mítica serie Manos a la obra, que quizá no ha envejecido bien, pero estamos viendo que España tampoco.
Esta entrada fue publicada, originalmente, en Metepatas el 24 de enero de 2021, blog que reabsorbió un celoso Doblando tentáculos en 2021.
Hay un término japonés que me gusta más que cualquier otro. Quien me conozca un poco, quizá intente adivinarlo, pero la caga seguro. Puede que piense en conceptos como rei (令; respeto, cortesía), makoto (誠; sinceridad), meiyo (名誉; honor) o chuugi (忠義; lealtad). Este último, por ejemplo, es importantísimo para mí: ser leal a los demás y a mis propias convicciones. Sin embargo, y aunque choque, el término del que hablo es el Wabi-sabi (侘寂), pero ampliado hacia las relaciones humanas.
Confieso que siempre me ha atraído el pensamiento oriental y, en cambio, nunca he conseguido profundizar en la literatura japonesa: qué vergüenza (mentira: no me da ninguna), ¡con treinta y tantos que tengo ya! He leído lo típico: Natsume Sōseki, Yukio Mishima, Jun’ichirō Tanizaki, Kyōka Izumi y me atrevería a decir que algo de Köbö Abe. Conozco el porqué: es por su estilo. Un profesor de escritura que tuve hablaba siempre de orientalizar como sinónimo de reducir o dejar el texto en su esencia, pero a mí casi toda la literatura oriental que he ojeado me resulta terriblemente enrevesada en su expresión. Supongo que son culturas que han mantenido el pensamiento, el debate y la meditación en el centro de su vida, pública y privada, y eso pesa: quizá si Roma no hubiese colapsado, nosotros también escribiríamos así.
De vuelta al Wabi-sabi este es, por definición, un término estético que describe la belleza de la imperfección. A menudo, se conecta con la práctica del kintsugi (arreglar objetos rellenando las grietas con oro para devolver la funcionalidad a la pieza y, a la vez, acentuar esa imperfección), pero es una idea que podemos encontrar en todas partes. El concepto nace vinculado al Tri-Laksana, una de las enseñanzas fundamentales del budismo, que dice así: no hay nada que dure, esté completo o sea perfecto. Cuando leo sobre las tres características de la existencia para los budistas, recuerdo también a Bruce Lee —encajonado y reducido a la cultura pop—, que nos habló a los occidentales de que el cambio es algo natural y de cómo fluye la realidad.
En las calles de Japón, el Wabi-sabi se acerca al rusticismo, al minimalismo y a la naturaleza. En El elogio de la sombra, el autor describe cómo la oscuridad, en todas sus formas, define positivamente la estética japonesa en contraposición con nuestra concepción del arte y el diseño. Entre otras cosas, Tanizaki habla de un retrete exterior integrado en el bosque —si no recuerdo mal—. Allí, la imperfección, la impermanencia y el cambio natural juegan un papel fundamental en la forma en la que un cagadero se integra en el espacio: es el wáter lo que se naturaliza en el Japón, eso es lo que se valora; por el contrario, en Occidente crearíamos un entorno artificial con ese objeto en el centro: no lo dispondríamos como un elemento más que tratase de no alterar el conjunto.
Pero ¿qué tiene que ver todo esto con las relaciones humanas? ¿Se me ha ido la olla? Pues no. Todos nosotros arrastramos heridas, visibles e invisibles, e incluso decidimos mostrar algunas de estas lesiones internas a las personas que nos importan. Para mí, el Wabi-sabi no solo me conecta con el hecho de que cualquier evento, relación o instante sigue las mismas tres grandes verdades del Tri Laksana, sino que aceptar esto y embellecer nuestras cicatrices —aprendiendo, compartiendo, empoderándonos a través de ellas— es imprescindible para conectar con las personas que nos rodean.
Hay mil cosas que nos acercan a los demás, pero la conexión más perfecta entre dos personas —en especial, entre dos personas que se eligen— también debería fortalecerse recordando que reconocer las cicatrices del otro es también ser parte de esa materia que las baña en oro y las hace refulgir. A nivel humano, el Wabi-sabi es aceptar la parte oscura, imperfecta, cambiante, que todos tenemos y, todavía más importante, aceptar la de los demás, no como un ejercicio de empatía o bondad, sino comprendiendo que tanto el yin como el yang es aquello que define nuestra esencia y quiénes somos.
En los enlaces siguientes puedes leer más sobre Paige Bradley y sus bronces figurativos. Me parece importante atribuir tras coger una de sus obras más conocidas y utilizarla para ilustrar esta columna de opinión.
Enfrentar lo que una vez te resultó inafrontable es una de las grandes sorpresas que te da la vida. Poder volver a leer aquel libro, a escuchar la que fue vuestra canción, recuperar un espacio o, simplemente, recomponerse tras un duelo.
Atreverte a mostrar, de nuevo, tus excentricidades y que alguna de estas rarezas que te hacen único le parezcan adorables a alguien, y otras no le gusten nada (pero las acepte). Eso también es parte del amor —a menudo, la más imperecedera de todas.
No recuerdo quién lo dijo, pero estoy seguro de que alguien (famoso) dijo: muchas veces amamos a alguien por ese algo por el que, más tarde, le odiaremos. ¿Y sabes qué? Eso es una gilipollez. Eso es porque amábamos desde el egoísmo. Cuando te gusta alguien, te gustan hasta sus cicatrices.
He dejado durante un año y medio el manuscrito de una novela —una que ya es buena per se, pues me hizo reír, llorar, devolver la vida a los muertos, frustrarme, pelear y, sobre todo, aprender: qué más quieres— y vuelvo a ella tras dos años muy duros. Eso me ha reactivado un no-sé-qué, que me ha hecho clic por otro lado y me han venido ganas de volver a escribir tonterías por todas partes: fíjate tú. Lo gracioso es que el coronavirus poco, o nada, ha tenido que ver con todo esto que te cuento, porque, a veces, la desgracia viaja con nosotros y otras, como ya hemos comprobado este año pasado, nos impide viajar y hasta vivir como nos gustaría.
En cualquier caso, empiezo mal, porque este es un texto idiota, en realidad. Palabras de esas que escribimos, y arrejuntamos, y parecen decir mucho, pero no dicen nada a quien las lee (y ese es el peor de los pecados para un escritor).
Masturbación literaria llamo yo al invento.
Estos cuatro párrafos vendrían a decir que vuelvo a darle caña, a sentarme a ratos, a aguantarme y a disfrutar de lo que hago: a recuperar las letras como constante.
Queda dicho.
Qué tiempo de mierda para quien no sepa disfrutar de las pequeñas cosas.
En fin, ¿qué te voy a decir para que esto no queda tan frívolo? Pues que elijas desde la libertad y siempre elegirás bien (aunque termines por cagarla).
Preocúpate, simplemente, de no ser ese tipo de gente, por favor.
Sí, ese tipo.
Esa gente tan preocupada por lo que podría suceder que no dejan que nada suceda.
Esta entrada fue publicada, originalmente, en Metepatas el 4 de enero de 2021, blog que reabsorbió un celoso Doblando tentáculos en 2021.
Estoy de un zen que da asco. Pero yo, feliz. Eso sí, hoy, traigo filosofía barata, que conste, así que, depende de cómo lo veas, date el piro. Verás, me he dado cuenta de que hay un tipo de gente que no me gusta nada, que no quiero en mi vida e incluso que, si está hoy rondando por aquí, terminaremos cogiendo caminos distintos, así que plim. Y, no sé, quiero compartirlo contigo, supongo (seas quien seas). Hablo de esa gente a la que le molesta todo, esa gente a la que todos le tocan los huevos (u ovarios), y todo está contra ellos. Joder, cómo sufre esa gente, en realidad: ¡pobres!
Da gusto ver cómo sabe estar bien consigo y con sus demonios: es ejemplar, el cabrón.
Quedé con mi amigo Enric (¿cuándo?, yo qué sé, hace poco, ya no me acuerdo); menudo tío, el Enric: grandote, a lo teddy bear que te ocupa tres cuartos de la cama de metro treinta y cinco. Pues va y me dice, medio asustado: «yo es que lo he pasado de puta madre en el confinamiento; a mí me han dejado salir y, porque me has llamado, que si no yo sigo a lo mío en casa: leyendo, trabajando, contento.» ¿Y qué problema hay? Enric es un tío genial, y yo me lo quiero un montón (no hace tantos años que lo conozco, pero tenemos feeling, o yo me lo invento, que me vale igual) y, sobre todo, es que da gusto ver cómo sabe estar bien consigo y con sus demonios: es ejemplar, el cabrón.
Yo tengo mis momentos también. El otro día —no el día que quedé con Enric, sino otro que iba al cine con mi amigo Andrea a ver Por un puñado de dólares,peliculón, aunque la más floja de la trilogía—, casi me llevo por delante a una moto. El puto espejo derecho de la Berlingo, que tiene un pedazo de punto muerto que te cagas. Y yo, por regla general, echo la cabeza un poco para adelante, me aseguro de que no hay nadie adelantando por donde no deben, y me cambio de carril con maniobra de fitipaldi. Pues justo ese día, no lo hice. Avanzaba por mi derecha un chaval en moto (con 34, la gente de 40 ya son chavales) y casi me lo llevo por delante.
Le hice una seña, circulando, y nos cogió un semáforo en rojo a pocos metros del Túnel de la Rovira. Bajo la ventanilla, asomo la cabeza y le hago señas: le vi venir, me pareció que pegaba un acelerón a mi altura, cabreado.
Venía encendidillo.
Le digo:
—¿Estás bien? Joder, lo siento mucho: no te he visto.
¡Ja, ja, ja, ja! Le cambió la cara al tío, no se esperaba eso. Casi le dio la risa.
Yo empecé a sonreír como un idiota.
No sé qué me dijo exactamente. Que sí, que estaba bien, que no me preocupase: que estuviese tranquilo.
Me medio abrazó el brazo ese que que tengo lleno de tatuajes, apretando.
Me di cuenta de que se creía que quería gritarle, que iba a recriminarle que por qué cojones me adelantaba por la derecha, que… yo qué coño sé. A mí todo eso me valía mierda (y me la sigue valiendo), pero es una actitud rara en las putas vidas que nos hemos creado, y no es por tirarme flores tampoco. Yo quería saber si estaba bien. Asumí, de inmediato, que parte de la culpa de la situación era mía (confieso que, hace unos años, esto hubiera sido muy raro); que si hay un accidente, lo que te preocupan son las personas, no quién la ha cagado; que la gente sale a la calle y lo hace lo mejor que sabe y puede (ese es mi mantra ya, para siempre jamás). Y eso es todo.
No tengo ni puta idea de si el chico de la moto se acordará de mí: el barbudo canoso de la Berlingo blanca, pero yo me acuerdo de él. A mí no me gustó nada lo que pasó, pero me encanté a mí mismo en la reacción. Sobre todo, después de tanto tiempo creyendo que el mundo quería joderme; sobre todo, después de tantos años pensando que yo tenía que ser como el mundo quería que fuese. Yo soy como soy y, a quien no le gusta, que me lo diga (ya habías pensado que iba a soltar un que le den por culo, ¿eh?, ¡no hombre, no! Qué «esageraó» barra «esagerá»), pero si yo estoy bien conmigo y no hago daño a nadie, quizá el problema sea del otro.
Pocos días después, fue cuando vi a Enric y no sé si le conté esto. Sí que sé que me tomé una Voll-Damm (vale, dos) y reafirmé lo que te decía en estos párrafos. Vamos, que si te cabreas y te gritas con el de la moto, el de la moto se larga para un lado y tú para el otro, ¿y el cabreo qué?, el cabreo se va contigo. También aprendí que, cuando estás bien contigo mismo, no necesitas estar todo el puto día rodeado de gente. Eso le pasa al Enric, que me lleva ventaja (bueno, y unos cuantos años también, ahí que se joda, no iba a ser más joven encima). Pero lo que ocurre, por encima de todo lo demás, es que quieres relaciones de verdad, quieres cerca a gente que te haga vibrar, que cante contigo a voz en grito una canción de Queen haciendo gorgoritos en el coche, que salga a caminar bajo la lluvia, que se emborrache, o llore, o ría, o folle, o cree algo, o te llame y te diga cualquier tontería por decimoquinta vez, o te pida perdón porque la cagó, y que lo haga de forma real, y auténtica, y radical. Bueno, yo quiero eso. Tú preocúpate de lo que quieres tú.
En la foto, Hemingway y coetáneos de farra.
Esta entrada fue publicada, originalmente, en Metepatas el 6 de agosto de 2020, blog que reabsorbió un celoso Doblando tentáculos en 2021.