Las cosas van y vienen (incluso en el Fin del Mundo)

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El otro día hablé con mi amigo Félix sobre un tema que me escuece un poco. Cuando se complicó lo del Covid-19, mucha gente se lanzó a las calles (bueno, a los supermercados) a comprar papel higiénico. A mí se me ocurren diez mil cosas mejores que comprar antes, pero él, Félix, que devora vídeos y vídeos en YouTube me explicó una teoría que tiene bastante sentido.

Parece ser que, de producirse una falta global de provisiones, el papel higiénico podría convertirse en una nueva moneda de cambio, ya que pocas cosas hay peores que pasearse por el mundo con el culo sucio y relacionados: falta de agua, gasto, pestucia, el plus de moverse por ahí sin saber cómo o dónde podrás plantar un pino, etcétera.  Ante esto, te explota la cabeza y se te abren un porrón de posibilidades: gente que lo sabía y no compro papel de WC, gente que lo sabía y compró papel a saco paco, gente que no lo sabía y se dejó llevar por la locura colectiva…

De producirse una falta global de provisiones, el papel higiénico podría convertirse en una nueva moneda de cambio.

En el libro La psicología de las pandemias, Steven Taylor explica que la oleada  de «ansiedad de anticipación» ante el virus es una reacción habitual. En este caso, hacerse con  rollos de papel higiénico podría interpretarse como un intento de devolver a las personas cierta sensación de control ante algo que genera impotencia en los individuos (¡ajá!, por eso no se acabaron los condones: chiste malo, malísimo). En fin, como me gusta el rollo marrullero, por ahora, me quedo con la hipótesis de mi colega. Sigue leyendo «Las cosas van y vienen (incluso en el Fin del Mundo)»

Si la rosa no fue suficiente, le regalaré un ramo

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“La felicidad depende de nosotros mismos”.

Aristóteles (384 a.C. – 322 a.C.)

Cuando iba al colegio, me enamoraba cada dos por tres. Los psicólogos dicen que, cuando tienes heridas de abandono y de rechazo en la infancia, esto es bastante común. Ni puta idea, pero me lo creo. En el bachillerato, por ejemplo, me enamoré perdidamente de la Mari —mi amiga Mari, con quien, por desgracia, hace un tiempo que no tengo mucho contacto— y tuve hasta una crisis de valores. Esa crisis llegó porque Maria Jesús (que es el nombre completo de la Mari) había sido la novia de mi gran amigo Alfredo y ¡qué cojones! ¿cómo hubiera hecho algo incluso de ser correspondido? Sé, además, que mi yo-adolescente se dejó de liar con unas cuantas chavalas por su ensimismamiento (qué digo ensimismamiento: ¡pasión!). La Mari era todo, y todo estaba fuera, y durante mucho tiempo después de gastarme una pasta e inundar de rosas el salón-comedor de la Mari, seguí buscando la felicidad donde no debía.

El año pasado, me ocurrió algo similar cuando se largó de casa mi exmujer. Me dije: «¡Cagondiós, si ella no tiene ni puta idea de qué quiere en la vida!»  (Como si yo lo tuviera todo muy claro, por cierto.) ¡Es mi culpa! Yo la salvaré: actuaba mucho así yo, con todo quisqui. Pero también empecé a pensar en nuevos detalles de amor: cada vez mejores, a mi juicio. Ella, no sé. Ella follando por ahí, o llorando, o riendo, o lo que cojones hiciese: viviendo su vida, no como yo. Yo, primero, le llevaba flores (pobres flores, ¿cuántas habré matado en vano?); después, compré entradas para el concierto de Extremoduro (nuestra canción era Necesito drogas y amor: pelín cliché, pero mola; aunque ella dice que, para ella, yo soy una de La oreja de Van Gogh, y ella para mí es más una de Lágrimas de sangre por estas fechas: la gente, que cambiamos). Bueno, le escribí cartas de amor, le escribí textos, y listas enteras, con todo aquello que me había dado cuenta de que no había hecho bien, intentaba mantenerla feliz, y segura, y conmigo, y ella —lejísimos— mirando fuera, cada vez más. Sigue leyendo «Si la rosa no fue suficiente, le regalaré un ramo»

Las putas grullas

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Yo el Instagram no lo uso bien. A menudo, cuando colocas un artículo delante tú mismo te delatas: la lavadora… ¡vaya trasto!, por no asumir que eres un puto inútil de las tareas domésticas; menudo pieza, el Dieguito… En cambio, si te fijas, Diego (sin el artículo) es un estudiante que te cagas. Con (el) Instagram, tres cuartos de lo mismo. Por eso, hace unos meses, cuando me dio por hacer grullas de origami, varias personas me dijeron que no lo había pillado, que ahí se iba a poner fotos de tu comida, de tus pies o de tus perros.

A fuerza de golpes, no obstante, conseguí colar en la red social mis grullas de papel gracias a la historieta del Senbanzuru, una grulla legendaria que los japoneses dicen que aparece si haces mil figurinas y las atas con un cordel. Ni tengo tantas hojas de papel, ni tengo tanta paciencia, pero más de uno y de una se creyó que iba a cumplir con mi palabra (debo tener fama de tío serio y no lo sé).

Más tarde, algunas personas me han preguntado: ¿ya no haces grullas?, ¿no vas a hacer las mil grullas que habías dicho que ibas a hacer? Aunque no recuerdo que dijese eso, la verdad, pero no pongo la mano en el fuego, que mi memoria no es mi mayor virtud.

En cualquier caso, aunque yo he contestado lo mismo a todo quisqui, no todo el mundo lo entiende. Y es que yo puedo hacer mil grullas, pero eso no hará que Senbanzuru —el tío Camuñas buenrollero este de las grullas— se aparezca y me conceda un deseo. Por mucho que lo diga la leyenda: por algo es una leyenda.

Puedo hacer grullas, cuando me apetezca, y, a lo mejor, un día llego a tener mil grullas por casa, pero también es posible que, un día, la grulla se aparezca y me conceda el deseo sin necesidad de haber hecho las mil grullas. De algún modo, ya no considero que hacer las mil grullas (aunque nunca lo he considerado, en realidad) sea condición sine qua non de «invocar» a ese animal, sino que, en esencia, creo que hacer mil grullas de papel es un buen modo de llamar la atención de una grulla de leyenda.

Cuando explico esto, la mayoría me dice que de qué pollas les estoy hablando. Normal. O también: ¿seguro que estamos hablando de grullas? Y no, evidentemente no estoy hablando de grullas, pero esto también es parte del aprendizaje.

Esta entrada fue publicada, originalmente, en Metepatas el 15 de junio de 2020, blog que reabsorbió un celoso Doblando tentáculos en 2021.

Michael Robinson, Iñaki Gabilondo y El fin de la comedia (con dos emes)

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Hace un par de meses, falleció el locutor Michael Robinson tras una larga batalla contra el cáncer. Ex jugador del Liverpool que se retiró en el Osasuna, a Robinson nuestro país le conquistó por siempre en los ochenta. Entre los adioses que escuché por la radio, me tocó la patata el de Quequé, Ignatius y Broncano en La vida moderna, compañeros suyos de La Ser, a quienes entre gracias con el PC Futbol 5 y «anecdotillas» se les asomaba algo de tristeza y melancolía del tiempo pasado. Por lo menos, a Héctor de Miguel, Quequé, y a David Broncano; a Ignatius le ocurre que el personaje se come a la persona, pero no lo digo como algo malo.

Infravalorado por muchos, Ignatius Farray es lo más cercano a Richard Pryor o Louis C. K. que pulula por España. No es que no tengamos a otros humoristas que no hayan mamado igual o más de la Stand Up Comedy norteamericana (de la que no soy ningún experto, ojo), pero nadie, o casi nadie, se atreve jugar tanto con los límites de la comedia como el tinerfeño.

Por desgracia, la «commedia», con dos emes, tiene un público más limitado que Eva Hache o Leo Harlem: es el precio que deben pagar aquellos que se descamisan en sótanos mal iluminados y se lían a chupar pezones en público: le dice la hija al padre. Sin embargo, la grandeza de un tipo como Ignatius se ejemplifica en series como El fin de la comedia, que seguro que no ha tenido el éxito que se merecía, pero que consiguió que el gran Iñaki Gabilondo proclamase: “Yo soy Banksy”, y solo por eso vale la pena tragarse los doce capitulazos.

En efecto, todo el rollo anterior: enrevesado de pelotas, lo sé, pretendía llegar hasta Iñaki, coloso de la información periodística de este país. Como prueba de lo anterior, la foto que alguien le ha puesto en la Wikipedia, donde se le puede ver leyendo The Times con cara de NI-PUTA-IDEA-tenéis-de-lo-que-es-noticia. Porque Iñaki Gabilondo, amén de sus mil y un premios e historias que le envidia Antonio Resines, ha conseguido dos cosas muy complicadas para cualquiera: mantenerse en primera línea y sobreponerse a los tiempos, o sea, a la tecnología. Con su columna escrita y, desde hace unos años, locutada —de título, La firma de Iñaki Gabilondo, que se folla a blogs como Patente de corso, de Pérez-Reverte, o La zona fantasma, de Javier Marías—, el periodista es lo más parecido a un Rubius intergeneracional que hay en España.

El menda, de carrera humanista (vamos, que he leído muchas cosas que son útiles, pero que casi nadie valora), recuerda la frase de Bernardo de Chartres: «Somos enanos a espaldas de gigantes» y, aunque tiene cojones, que venga Iñaki Gabilondo a enseñarte a subir vídeos al YouTube, uno tiene que ser humilde y aprender de los mejores. Aquí empiezo una nueva aventura y el nombre del blog y vídeo blog ahí queda, para curarme en salud por las cagadas futuras, pero que también es un mojón de nombre, porque yo tampoco soy Iñaki.

Esta entrada fue publicada, originalmente, en Metepatas el 10 de junio de 2020, blog que reabsorbió un celoso Doblando tentáculos en 2021.

Papá estado y un porrón de idiotas

Hoy, 26 de abril, mucha más gente de lo que, a priori, uno podría imaginarse cree que el gobierno de España es «papá estado». Si no, no se entiende esta respuesta colectiva a una pregunta muy simple: ¿Quién es el único que puede decidir cómo te comportas tú? Exacto.

Será que, tras dos meses encerrados entre cuatro paredes, se nos ha olvidado aquello de las libertades individuales, pero me asombra que tanta gente esté reclamando en redes sociales que la encierren en casa y tiren la llave (a él, a ella, al niño y la niña, al abuelo y hasta al vecino del quinto).

El argumento es acojonante: «Ahora que vamos bien, o mejor que hace un mes, habría que esperar otros quince días, y otros quince más, y…» Ni niños en la calle, ni deporte, ni yayos, ni nada. Todo quisqui a su puta casa a seguir confinado y, así, el miedo se carga un país.

Un señor enfadado en Twitter, con razón.

España es «papá estado»

El miedo es lo peor que hay. El miedo, te bloquea; te impide pensar, y aquí tenemos la muestra. Esta semana estaba claro (las cifras, los datos, el número de urgencias hospitalarias) que ya es tiempo de dejar paso a la responsabilidad individual que, a su vez, construye aquella social o colectiva. Es momento de distanciamiento, de medidas de protección y de volver, poco a poco, a las rutinas que podamos recuperar: a salir, caminar, sacar a los chavales, hacer ejercicio y, pronto (espero), a trabajar. Hay rutinas que tardarán en volver (los conciertos, las multitudes, los besos y los abrazos), pero si hay que seguir gritando desde balcones y terrazas que sean palabras de ánimo y un poco de alegría, ¿o no?

Empieza la fase de desescalada, será lenta, da algo de miedo (a todos y todas), sin embargo ¿nos vamos a dejar vencer antes de empezar siquiera? No, no nos volvamos locos y vayamos, flechados, de un extremo al otro. Salgamos a la calle con las medidas de protección necesarias (quien pueda salir), comportémonos, seamos consecuentes con nuestras acciones (algunas imágenes en las calles y en los parques son el fiel reflejo de ese gobierno al que tanta gente crítica, ¿o no?) y volvamos a vivir, a movernos, a poner las cosas en marcha.

No tengamos los santos cojones (u ovarios) de criticar al gobierno por lo que es responsabilidad de los ciudadanos. No, no podemos estar escondidos un año, porque el virus no va a desaparecer de las calles. Y, si el miedo nos impide vivir, ¿no será peor el remedio que la enfermedad?

El trabajo es parte de la ecuación

Así, no sabemos trabajar. Este mensaje me ha llegado de un montón de formas: por Facebook, por los grupos de colegas del WhatsApp, echando una cerveza con algún amiguete por videollamada (¡por dios!, qué hartura de cuarentena: bares, ¡bares! ¡os echo de menos!). Incluso a los autónomos que llevamos toda la vida currando desde casa nos está costando un huevo. Es normal.

Encontré por aquí (en una de las librerías del salón) una copia del Frankenstein de Mary Shelley y, será que ya desvarío, pero ahí está la clave. El monstruo del doctor Frankenstein pudo ser cosido trozo a trozo, pudo hasta pasar por humano (hasta aprender a ser humano), pero no: no era un ser humano. Quizá era más humano que los humanos (para mí, ahí radica parte de la lección de la novela, aunque no tienes porqué compartir esta conclusión, evidentemente), pero no era humano.

No sé cuál es la esencia del ser (humano), pero todo indica que es la suma de las partes. ¿Cuántas?, ¿cuáles?, todavía no se me ha ido tanto la olla como para lanzarme a enumerar, una a una, las que se me ocurran, lo siento. El trabajo, por ejemplo, es parte indisoluble de nuestra esencia, eso yo lo tengo claro: no porque lo dijera Freud (entre otros), sino porque todos necesitamos algunos valores vitales que nos levanten de la cama. Y, por ellos, hay que moverse (físicamente, intelectualmente; a veces, de ambas formas), aunque solo sea por esto, todos necesitamos trabajar.

Pablo Casado en… reflexiones en el aseo. (¡ESE GRIFO GASTANDO AGUA ME PONE DE LOS NERVIOS! He dicho.)

En tiempos del Covid-19, sin embargo, el problema es que (nos hemos dado cuenta de que) necesitamos de muchas otras cosas, ¿verdad? La mayoría, hace dos meses que no las tenemos, que nos sentimos solos, indefensos e indefensas y, lo peor de todo, que no sabemos cuándo volveremos a tenerlas. ¿Qué es más jodido? ¿La represión de un gobierno a sus ciudadanos o la creación de un clima de total indefensión frente a tu propio presente y futuro? Vale, esto no es consecuencia directa de la clase política, pero la gestión del gobierno y del resto de los partidos no siempre ha ayudado.

A la luz de las últimas semanas, está muy claro que ni Europa ni el mundo habían tenido que preocuparse, en serio, por las libertades individuales y colectivas de sus ciudadanos. Para ningún estado es una tarea sencilla, pero suspendemos (suspenden), de calle. Está muy claro que los políticos españoles no están preparados para los verdaderos desafíos que plantea el siglo XXI (vaya coñazo de sesiones en el Congreso, ¡la virgen!), que no tienen nada que ver con las cantinelas y las cortinas de humo con las que llevamos casi una década, entre Cataluña, Venezuela y la madre que los parió.

A medida que se alarga esta crisis, y tras ERTEs, ERTOs y EREs a tutiplén, muchas empresas empiezan a presionar para que sus empleados alcancen un ritmo laboral como el que había antes del coronavirus. El culmen del gilipollismo, o del cuñadismo neoliberal, es creer que la gente puede teletrabajar al mismo nivel desde sus casas, pero sin casi nada de la vida que conocía. Sin deporte, sin relaciones humanas, sin contacto, sin follar, o sin deseo. Si te roban buena parte de de tu esencia como ser humano, si te dejan incompleto, no pueden pedirte que sigas trabajando como cuando tenías todo lo que necesitas o, por lo menos, contabas con la capacidad de intentar procurártelo. A ver si va a ser que al estado se le ha caído la máscara, al muy cabrón, y debajo sigue habiendo un Leviatán, como aquel del que hablaba Hobbes, que solo se lamenta de que los androides y la cuarta etapa de la revolución industrial nos haya cogido en bragas.

Siempre es el primer día

En Palma (bueno, en el Arenal), tengo un amigo. Se llama Pedro Palau. Pedro es un tío grande de cojones y, además, es altísimo, por el metro noventa y muchos andará. Una vez, fue mi suegro —y yo, cobarde, siempre me quedé con aquel qué-se-yo de decirle que también le sentía un poco padre—. En fin, te hablo de otra vida, supongo.

La cuestión es que, hace años, cuando nos veíamos más (en aquella época, yo vivía en Mallorca), hubo una conversación que se repitió mucho sobre el vivir alquilado: No es tu casa, decía yo, para qué le vas a arreglar las cosas a otro. Y él, que discute con todo quisqui como el que más, a mí poco me discutía sobre esto, en realidad. Pero yo le veía la mirada esa de zorro viejo al cabronazo, como susurrando: ya lo entenderás, chaval (aunque en su cabeza, el chaval debía ser un pardal, que le pega más) y se limitaba a señalarme el ahora o el quién veía y disfrutaba del sitio en ese momento.

Siempre es el primer día - Pedro y Javier

Ahora vivo, solo, en la casa que compartí con mi exmujer —su única hija—, y me paso el día haciendo chapuzas dentro y fuera, pese a que también es una vivienda alquilada. Quizá, en parte, por todo el tema este del coronavirus, pero (sé que) no. Lo cierto es que me he dado cuenta de dos realidades que Pedro no podía enseñarme entonces, ni te puede enseñar nadie, porque hay que vivirlas. Lo que hago aquí, un día quedará para otro, claro, ¿y ahora?, ahora es mi casa. Esta es la lección menos importante: vamos, lo que casi me decía él de forma literal (y yo: cerril); y la más importante, la lección que hay que rascar, masticar y cuesta de tragar, es que solo existe el hoy.

Hoy, siempre es el primer día de tu vida: el primer día fue cuando conocí a la hija de Pedro; el primer día fue cuando me casé; el primer día fue cuando ella se marchó de casa; y hoy también es el primer día, mientras pienso en Pedro (y en su hija, claro, pero en su hija pienso mucho) moviendo trastos por el jardín, haciendo un capazo de hormigón como él me enseñó y arrancando los hierbajos.

¿Qué cojones estará haciendo Pedro hoy? Espero que, como dicen en sa Roqueta, faci bonda (bondad), que es paciente de riesgo. Yo, mientras, me consuelo reflexionando: ¿Sabes qué otro día será también el primer día? Uno en el que me dé por coger un avión, aparezca por Palma y, si le apetece, me vaya con él y su mujer, Marga, a comer o a echar unos vinos. Aunque solo sea por agradecerle estas dos lecciones a ese padre adoptivo que una vez tuve.

Encerrados en casa

Estos días de confinamiento a causa del Covid-19 pienso, mucho, sobre la época en la que fui voluntario en  proyectos sociales de las cárceles de Quatre Camins y Brians 2. Ahora que estamos encerrados en casa en una suerte de tercer grado no puedo evitar conectar con toda esa gente que cumplía condena.

Lo de la prisión nunca lo vi muy claro, la verdad. Frente a cualquier delito, la justicia impondrá siempre una pena en años de vida —lo que, a priori, parece un buen trato: lo mínimo que la sociedad puede exigir al reo— y en una absoluta privación de libertad.

¿Y si el coronavirus nos obliga a replantear el sistema penitenciario?

Mientras, nosotros, la gente de a pie, miramos hacia otro lado y obviamos que la naturaleza punitiva del castigo obvia, demasiadas veces, la reinserción social.  Pero, sobre todo, ¿nos planteamos si es justo mantener entre cuatro paredes a alguien durante cinco, diez o treinta años? ¿Dependerá del crimen? ¿Importa el delito si la pena resulta más venganza que castigo?

Fotograma de la película Doce hombres sin piedad (Estudio 1, 1973). Se trata de la versión española adaptada de la obra de Reginald Rose. El director de la adaptación fue Gustavo Pérez Puig.

Cuando hablabas con aquella gente —delincuentes sexuales, drogadictos, traficantes, agresores— y les ponías nombre, y cara, e historia, te dabas cuenta de que cualquiera puede entrar a prisión: esa fue la mayor enseñanza que saqué de estar entre rejas un rato por semana. También de que esos hombres y mujeres están doblemente condenados, por el sistema y, en muchos casos, por un pasado que les secuestra un verdadero futuro. En su día, pensé que esto era por la falta de medidas de reinserción: no reconstruyes una vida quitando el módulo de drogodependencia para instalar más celdas de castigo, ni pagando a la gente por montar el cableado eléctrico de un Seat León a 20 céntimos la hora. Claro que había iniciativas positivas: muchas y llevadas a cabo por buenos educadores sociales, psicólogos/as, funcionarios/as.  Sí hay cosas buenas en prisión, claro que las hay: el poder estudiar, la orientación, la rutina, el atenerse a unas normas… Sin embargo, ¿y si el problema mismo de la (relativamente) baja tasa de reinserción va ligado al contexto y no tanto a las medidas? ¿Puede uno aprender a ser persona si le negamos, durante años, una de las formas más básicas de libertad? ¿Funcionará, de veras, el modelo finés de cárceles sin rejas?

La primera semana de confinamiento llega a su fin y la administración admite que esto va para largo, que habrá que tomar decisiones impopulares y que no hay más que hablar. Una medida muy metafórica si pensamos en cómo de volátiles son, a veces, las condenas en el ámbito penitenciario por mala conducta. Pensemos, pues, en algo muy simple: si nosotros no aguantamos cinco putos días en casa, ¿puede una persona reinsertarse con estas reglas de juego?

Ni idea, pero vale la pena darle un par de vueltas, ¿o no?


NdA: Te animo a leer sobre la cárcel en Infoprisión, así como a ver documentales como Un mundo en sombras de RTVE. En 2018, la tasa de reinserción penitenciaria se mantenía en un 69 %.

En 2016, publiqué un post sobre mi experiencia en prisión titulado Castigar y perdonar.

De la escritura a la reescritura

Proceso de reescritura (en narrativa)

Todo lo que se ha escrito, se ha reescrito. Dicho de otro modo: todo lo que leemos se ha reescrito decenas de veces. Y ahí va un tercer intento: la reescritura es, a grandes rasgos, todo el proceso de escritura que iniciamos tras volcar la historia en papel por primera vez. En un cuento o una novela, es aquello que empieza una vez terminas de desarrollar los núcleos narrativos en el papel o en el documento de Word (es decir, cuando construyes la primera versión); en un ensayo o en un artículo periodístico, una vez tenemos el esqueleto de la historia o de lo que vamos a contar. Ahí empieza la reescritura, cuando toca embellecer, agregar, suprimir y pulir.

¿Qué es escribir?; ¿qué es reescribir?

Por descontado, cada escritor —voy a centrarme en narrativa, que no te despiste lo de ensayos, periodistas y otras pajas mentales de aquí arriba— tiene una visión distinta de la reescritura, que puede moverse entre un puto coñazo mal necesario o la mejor parte de escribir. En mi caso, por ejemplo, la reescritura me parece que es lo que da sentido a la propia escritura: convertir una idea en una obra cada vez más perfecta (sabiendo que aquello que planeamos y lo que estamos creando siempre serán distintos entre sí) es la misma fuerza que mueve a cualquier otro artista: a un pintor, a un escultor, a un cineasta.

Reescribir es la esencia de escribir bien, donde el juego se gana o se pierde.

William Zinsser (1922-2015)

En los talleres literarios, este proceso siempre se plantea a raíz de un documento base (una primera versión de nuestro cuento, novela, microrrelato, lo que sea) a partir del que solucionaremos cuestiones de índole narrativa (es decir, el Fulano que muere en la página 70 y revive por error para fumarse un pitillo en la 120 siendo testigo de un asesinato, por ejemplo) y de estilo, que son las más comunes: ritmo narrativo, redundancias, poner énfasis en escenas innecesarias, falta de diálogos, descripciones que dicen pero no muestran.

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Así todo el santo día.

Cómo revisamos; cómo reescribimos

Hay tres grandes acciones que funcionan conmigo, pero no tienen que funcionar contigo si también te dedicas a escribir (si te dedicas a rescatar tórtolas, seguro que tampoco funcionan, pero no sé qué cojones harás por aquí, así que vamos a descartar esa opción, ¿vale?). Ante todo, y no voy a decir nada nuevo, quítate el miedo de vomitar la historia en el papel, porque este es un paso imprescindible para enfrentar el contenido: reducir todo un libro a su eje narrativo. Clásicos como Madame Bovary, de Flaubert, o Ana Karenina de Tolstoi, tienen un montón de temas y lecturas detrás, ¿verdad? (¡Ojo!, SPOILERS DE UN LIBRO VIEJUNO que ya tendrías que haber leído) OK. Pero también podemos simplificarlos a su eje narrativo, verás:

Eje narrativo de Ana Karenina

Ana, esposa de un funcionario de alto grado llamado Karenin, se enamora de un militar buenorro, Vronski; como Vronski y Ana son unos marranos, esta se queda embarazada del oficial. El marido de Ana se entera, pero le preocupa más el qué dirán que la cornamenta; en cualquier caso, los amantes huyen a Italia desafiando las convenciones sociales rusas (OMG!). Más tarde, vuelven a Rusia, pero si bien la peña tolera a Vronski, Ana es mujer decinomónica rusa y casquivana «d’époque«, lo que se traduce en… ¡ostracismo total! Por último, durante varios cientos de páginas, Ana y Vronski se mudan del campo a la ciudad y de la ciudad al campo, a la chica se le va la pinza cada día un poco más y termina por suicidarse tirándose a las vías del tren.

Por descontado, Ana Karenina es mucho más que todo lo anterior (y bastante más triste, y serio, y con muchos otros personajes, y tramas secundarias), pero esta obra de más de mil páginas se puede resumir en un párrafo, que atiende a su eje narrativo. Podríamos hacer lo mismo con Madame Bovary o con cualquier otro libro del mundo mundial (¡Bovary se envenena con arsénico!, toma segundo spoiler que te he colado: hay que leer más libros… 🤭), porque cualquier obra se deconstruye (es decir, se analiza) de más a menos, porque se construye de menos a más (eje narrativo, núcleos narrativos, capítulos…).

Sustituya ‘maldita sea’ cada vez que quiera escribir ‘muy’; su editor lo eliminará y la escritura será tal como debería ser.

Mark Twain (1835-1910)

Y tras este rollo necesario, ahora sí, el por qué la distancia frente al texto es una cabrona y los tres truquillos que me enseñaron a mí para facilitar el proceso de reescritura.

¿Cuál es el principal error en el momento de reescribir?

El gran error en el momento de reescribir es siempre (pero siempre, ¿eh?) la distancia. A cualquier escritor (o escritora), por bueno que este sea y por mucha experiencia que tenga en cuestiones técnicas, le cuesta y le seguirá costando ver sus propios errores.

La explicación simple de este fenómeno es bastante idiota, en realidad: no vemos lo que hay, sino lo que queremos ver; si una metáfora (nuestra) cojea, tendemos a darle una dimensión o una lectura en nuestra cabeza que no tiene por qué transmitir el texto; si faltan comas, o intensidad, o hay un rollo patatero que no te tragas ni tú como introducción de una escena… demasiado a menudo, lo dotarás de un sentido que no tiene. La distancia es la crisis de los cuarenta, Ruiz Mateos vestido de Superman o tu abuelo comprándose unas VANS Old-Skool y unos «pantalones cagaos» y otros tobilleros con los que los críos/as se empeñan en pasar frío en invierno.

Una tira cómica que trata otra de las caras de la reescritura y la reedición. ©Paco Roca

Este es, con diferencia, lo mejor y lo peor de escribir, porque por mucho que sepas y muchos años que lleves en el ajo, siempre te vas a dar de cabezazos con la reescritura y la distancia: al fin y al cabo, el texto que tienes delante, lo has escrito tú. Los lectores profesionales viven de esto, cuando la obra ya está «niquelá», pero hasta ese momento, es cosa tuya escribir, corregir y volver a reescribir. Entonces, ¿qué? Pues atiende.

#1. Aprovecha la fisicidad del papel

Si te dedicas a escribir, planta muchos árboles, porque te vas a cargar un par de bosques pequeñitos en tu vida. Esa es la conclusión. Todo quisqui que conozco y escribe, prefiere corregir en un soporte físico (papel) y la razón es muy simple: aunque no lo parezca, el ordenador queda muy lejos (mentalmente, por lo menos), mientras que el papel te hace sentir ese texto más próximo. Por lo tanto, yo todo lo que quiero reescribir, lo imprimo y aprovecho los márgenes de la hoja (interlineado, 1,5-2) para marcar anotaciones o cambios. Además, me ayuda mucho a leer en voz alta mis propios textos (sí, esto es un consejo extra: leer en voz alta permite captar el ritmo del texto y percibir su musicalidad).

Cuando tu historia esté lista para la reescritura, córtala hasta el hueso. Deshazte de cada onza de exceso de grasa. Esto va a doler; revisar una historia hasta lo esencial es siempre como asesinar niños, pero debe hacerse.

Stephen King (1947)

#2. Eliminar, reducir: orientalizar la escritura

¿Recuerdas la típica frase de Oscar Wilde? Me he pasado el día escribiendo un poema: por la mañana, le he puesto una coma; por la tarde, se la he quitado. Esto es 99 % reescritura. Es bastante graciosa, porque es cierta. Aun así, cada uno entiende aquí la reescritura de un modo: hay un primer proceso de desarrollar la historia y completar todos esos huecos que la primera versión tendrá (por regla general, son los borradores de 50 o 60 páginas, de los que salen novelas de 200 y 300) y, a posteriori, otro proceso de reducción: de quitar todo aquello que sobre, que no aporte a la historia, que no va a interesar al lector.

Leí en algún sitio: escribir implica reducir el número de palabras, pero aumentar su significado. Vaya frasecica, ¿eh? Pues eso. Exact0. Chapó.

#3. Hacer que, nuestro texto, no parezca nuestro

Hay muchos consejos para coger distancia, pero yo siempre opto por el mismo: lo dejo en un cajón, queda entre los borradores del blog, doy tiempo (le doy tiempo al texto; me doy tiempo a mí). También me han enseñado que para poder reescribir, siempre es mejor:

  1. Convertir nuestro texto en algo que no parezca nuestro texto: es decir, cambiar el color de la letra, el tamaño, el estilo…
  2. Apoyarnos en otro escritor o lector profesional (lo que se conoce como sensivity writer) y no en gente cercana que puede o no tener los conocimientos para valorar el texto
  3. Ser valientes para dar por finalizado los cambios y no marcarse un Cela con La familia de Pascual Duarte, que cambió cosas hasta mucho después de su publicación: hay que aprender a abandonar un texto, desapegarte del mismo y dejar que siga su camino. Quizá creamos que haremos la novela perfecta, pero el perfeccionismo es una mierda; la novela perfecta no existe.

A grandes rasgos, estos son los apuntes que me parecen más interesantes para compartir sobre la reescritura. Espero que os sirvan tanto como me han servido (y sirven) a mí.

2020 en el horizonte (Feliz Año, y esas cosas)

A nivel personal, esta no está siendo una época fácil para mí, por lo que me-cuesta/no-me-apetece mucho sacar tiempo para escribir (tanto en el blog, como en el resto de proyectos que tenía, o tengo, en marcha). En cualquier caso, quiero compartir unas cuantas ideas que me guardo para el nuevo año. Si queréis verlos como propósitos de Año Nuevo, pues aceptamos pulpo como animal de compañía, supongo.

Línea 1. Toca empezar a explorar vías complementarias al blog: hace varios años que siento que este medio (los blogs) está envejeciendo mal, sobre todo, desde la aparición de algunas redes sociales. Y no, no seré yo quien intente hacerse instagrammer. Y sí, voy a seguir escribiendo por aquí.

Línea 2. Es probable que este 2020 empiece con un servidor propio para Doblando tentáculos y una buena limpieza de entradas, que ya casi hay 500 y un buen puñado no dejan de ser poco relevantes.

Línea 3. Si trabajáis en el sector (socio)sanitario o colaboráis muchas horas con causas sociales o animalistas, entre otras, leed sobre el síndrome de fatiga por compasión y cuidaos. Esta es una de las razones por las que se me ha visto menos el pelo (creo).

Línea 4.  Aunque grandes cineastas como Woody Allen se hayan empeñado en convertir la psicología en cliché, si sentís que necesitáis ayuda, pedid ayuda y buscad a quien pueda ayudaros. Por cierto, me vi ayer Día de lluvia en [la] Nueva York [de Woody Allen] y, ¡bueh! Problemas inventados de la clase alta neoyorquina y las mismas ideas que pululaban desde los tiempos de Mia Farrow y Diane Keaton.

Línea 5. Devolved siempre la pasta que os presten y los libros, ¿eh? Esto, cuantos más años pasan, más me cabrea. Por lo demás, no hay que preocuparse tanto de hacer las cosas «por obligación» y de «saldar» hasta el más pequeño de los favores, que parece que si uno/a no entra en esa espiral del «quid pro quo» y el ser felices por obligación («happycracia», que ya todo tiene un nombre, y nos lo ponen en inglés), tu vida no funciona.

Línea 6. Tengo varios proyectos (literarios) en marcha, pero llevo un tiempo bloqueado como escritor. Así que, primero, a vivir, a leer, a echarle unas cuantas horas a la PlayStation o al ordenador, a los perros, a lo que me apetezca; una vez desbloqueado, ya volveré a traer más cosas por aquí y por otros lados.

Línea 7. En estos meses de menor actividad (en el blog) que auguro que vienen, iré subiendo, principalmente, algunas entradas sobre literatura como esta, esta o esta, pero será trampa, porque ya las tengo en borrador.

Línea 8.  Como decían los estoicos: «Los acontecimientos no te molestan, tus creencias sí.» Si nos dejamos de contextos o situaciones bizarras en los que viene un «tontolculo» y le pega una patada a un bichejo inocente o de gente cabrona, me vale. Qué importante es preguntarse a uno mismo ¿quiero? y dejarse de tantos tengo que.

Terminad de pasar unas felices fiestas, que las mías (por ahora) no han sido tan buenas como me hubieran gustado, pero seguro que la cosa mejora de un modo u otro. Al fin y al cabo, en un buen porcentaje depende de nosotros.

¡Feliz Año!

(¿Habéis visto arriba el graffiti que me encontré ayer paseando por Altafulla? 😅)