Todo tiene su tiempo

Todo tiene su tiempo: este blog también. Vaya frasecitas, ¿eh? No, no se acabó lo que se daba; todavía no. Sonaba un poco a eso, ¿verdad? Por lo menos, no es mi intención, sino que, tras darle muchas vueltas, toda apunta a que los temas sobre los que me apetece escribir están cambiando. Este 2019 ha sido un año de mucho trabajo en la novela que tenía que cerrar del todo (ya lo comenté en diciembre y en abril, así que no es plan de ponerse pesado: ahora, bajo mi criterio ya puede publicarse y voy a empezarla a moverla en serio), pero también de replantearse las cosas: de pensar por qué equis temas sobre los que uno mismo tenía la necesidad de escribir mucho (y que siguen siendo importantes) ya no te incitan a juntar letras tan a menudo; de encontrar otros asuntos de los que escribir (el triste retorno de la heroína a Barcelona, el macromatadero ese que pretende cargarse casi doce millones de cerdos al año, de las sensaciones que le producen a un fan acérrimo y tardío de Vázquez Montalbán que hayan sacado a Carvalho de la tumba).

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Fotografía que acompañaba una noticia de El Periódico de 2017 que trataba la vuelta de la heroína y heroinómanos al barrio del Raval y la presencia de narcopisos donde operan narcotraficantes. Foto: ©Ferran Nadeu

Yo qué sé, muchos bichejos por cojones han tenido que pasar por crisálida, y eso es lo que suele pasarme a mí por estos derroteros. Llega un día en el que desacelero por una razón y, entonces, me resisto a parar del todo y mirar alrededor, como si hubiera algo malo en eso. Pero esta vez no. Esta vez me he dicho: «qué cojones, quizá es lo que necesito, y punto». No voy a engañar a nadie tampoco: he ido a un ritmo —cosas de la vida— que tampoco permitía largas noches pulsando teclas: no es el quid de la cuestión, pero no me apetecía pasarme por aquí. Ya me sabe mal. He leído que mucha gente que escribe (si me tildo de escritor, me va a salir un sarpullido, pero bueno) y publica suele dejar otros canales aparcados (sus blogs, redes sociales, columnas de opinión, lo que sea) hasta tener finiquitado aquel proyecto al que le viene dando prioridad; no obstante y, aunque me serviría de excusa, no creo que haya sido eso. Solo es que no me apetecía, como ya he dicho, y no tenía ganas de descubrir por qué.

Ahora, en cambio, me parece evidente: hay equis temas que ya no tengo ganas de tocar aquí: de perros, hablo de vez en cuando en el blog de un negociete que me he montado con dos colegas; si tengo tiempo y ganas (y algo interesante que aportar) sobre animalillos y putadas que les hacemos en general, me siguen aguantando por El caballo de Nietzsche, ¿y qué me queda para Doblando tentáculos? Pues la literatura y sus destilados: el cine, las series de televisión, los videojuegos. Si me apuras, alguna columna de opinión en la que cagarme en la madre (pobres, las madres) que los parió a todos —a los políticos corruptos, a la gentuza que justifica, permite y perpetúa acciones como las de la Manada en sanfermines, a los cabrones de los fachas que se han hinchado a procrear estas dos últimas décadas parece, al imbécil del ciudadano medio y las grandes corporaciones, que les suda un huevo cargarse el planeta mientras puedan meterle una planta más a su mierda de chalet de siete millones de dólares en Beverly Hills, Dubái o Marbella—.

De todo eso iba esto desde el principio, de lo que a mí me diera la gana, y ahora me da la gana escribir más; luego quizá menos, pero seguiremos en la brecha: sobre todo, porque aquí me aguanto yo y me aguantáis los que me leéis, pero, en otros lares, a un tocapelotas de libro (como un servidor) no le aguanta cualquiera. En fin, pasa a la entrada siguiente, porque de esto ya he dicho todo lo que venía a decir…

Golpearé, y aprenderé algo

Miyamoto Musashi (Provincia de Harima, 1584 – Provincia de Higo, 1645), el legendario samurái que escribió El libro de los cinco anillos, resumió toda su experiencia vital en una única enseñanza que dice así: «La espada tiene que ser más que una simple arma, tiene que ser una respuesta a las preguntas de la vida.» Este es un concepto difícil de comprender para alguien que nunca ha cogido un sable —ya lo debía ser entonces, cuando Musashi se retiró a morir a una cueva al oeste de Kumamoto— y, en cambio, es la gran aspiración que mantiene cualquier practicante de artes marciales en la actualidad: preservar el verdadero significado de la espada, comprender que la espada, hoy, no necesita de la guerra para ser, y, sobre todo, entender que la espada no es más que una vía hacia el autodescubrimiento que nos permite evolucionar como seres humanos. Por esto a veces no es una espada; es una alabarda, un bo, una naginata, las propias manos, el cuerpo.

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En el kendo, el arte marcial que sabéis que practico, todos empezamos creyendo que se trata de la espada, pero nadie tarda demasiado en descubrir que se trata de quién la blande. Esta es la parte más mística, diría; después está aquella más práctica: aunque suene irónico, kendo son más piernas que brazos, y es más cuerpo que espada. Golpear con el sable requiere de golpear con el cuerpo: sin una buena posición de pies, sin equilibrio, sin un buen salto, sin potencia para romper la guardia del oponente, el hombre, el sable, no puede alcanzar el yuko-datotsu: un golpe válido que se acompaña de todo el espíritu, una postura apropiada, con la zona correcta del arma, en la zona correcta del oponente, y con zanshin (estado de alerta mental y físico). Pero, volviendo sobre nuestros pasos, encontramos otras dos ambivalencias que uno tiene que interiorizar con la práctica: uno no solo combate contra el oponente, uno combate contra sí mismo y, a su vez, trata de agradecer, con honestidad, el corte del sable del adversario: así es como se aprende, como uno entiende y corrige su propia debilidad. Los ataques exitosos te hacen reflexionar sobre aquello que hiciste bien, pero lo mismo ocurre con los golpes que uno falla o recibe, incluso más. Ya lo comenté al inicio: es una práctica de vida, y, por esto, un sensei sonríe al recibir lo que hubiera sido un golpe mortal, porque ha conseguido comprender, e interiorizar, y hacer suya esta enseñanza.

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Aunque suele atribuirse a Newton, la famosa frase somos enanos subidos a hombros de gigantes pertenece al filósofo neoplatónico Bernardo de Chartres (c. 1080 – c. 1130). No somos nada sin aquellos que nos precedieron, y, por ello, uno no puede más que sentirse pequeño cuando es consciente de todo el conocimiento humano que lo sustenta detrás. Esta idea también forma parte del camino de cualquier kenshi: el saber y la técnica de tus maestros construyen también tu camino, y ni uno ni el otro hubiesen sido posibles sin la guía del maestro de tu propio maestro, y así, sucesivamente. A todo ello se suma un concepto más: no es posible alcanzar el éxito solo, mejorar significa ser parte de algo más grande: apoyarte en los compañeros, practicar y aprender juntos, construir mediante el esfuerzo mutuo y las enseñanzas que se nos han transmitido.

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Dentro del kendo, la familia Takizawa es un ejemplo maravilloso de todo lo anterior y, además, mantiene una relación directa con la expansión de este arte marcial en España y en Europa. Los kendokas más veteranos cuentan historias sobre Kouzou Takizawa, el padre de Kenji Takizawa, que han llegado hasta nosotros a través de los escritos y los recuerdos de su hijo; parafraseándolo, el maestro Takizawa (hijo) recuerda: «Recibir un men —corte en la cabeza— de mi padre era formativo: enseñaba»; ese corte (ippon) le convertía en alguien un poco más sabio tras cada combate. Ahí radica el sentido del orden en un dojo durante el saludo y los agradecimientos —en el pasado, el momento más peligroso frente a un ataque del exterior—: cuanto mayor es el rango del practicante, más lejos estará de la puerta: una escuela puede reconstruirse con nuevos alumnos, incluso sin los senpais de mayor grado, pero no sin un maestro o sensei.

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Entrenar siempre debe llevar esa aspiración dentro del dojo: mejorar con la espada y como persona. Y, de nuevo en palabras del maestro Takizawa, combatir es no tener miedo a la lucha, y vencer sin presumir, y perder con dignidad: palabras que, cada día, trato de hacer mías. No es casual que, en Japón, la vida no se entienda sin kendo; el kendo es una práctica para la vida: para vivir con honestidad, para ser mejor persona, más justo, bondadoso, sincero con uno mismo y con los que nos rodean, y, a todas luces, ser más feliz. Habrá quien crea que kendo es coger un sable de bambú y ser un mejor espadachín, pero se equivoca; el kendo es mucho más; el kendo es una cura para la vida. Y hay pocas cosas que puedan definirse con tal exactitud.