Una familia de bambú

Mucha gente me pregunta qué es el kendo. Cuando lo saben, me preguntan por qué practico kendo. Vienen a ver una clase y no entienden qué coño hacemos. Nos ven desenvainar un arma que no llevamos envainada en ningún sitio, nos escuchan contar en japonés, repetir miles de veces los mismos ejercicios; mencionar conceptos como kensen, seme, tame, isoku itto no maai, kamae, ki-ken-tai-ichi, tsuba-zeriai… y quién sabe qué más.

Nos oyen gritar onegaishimasu! sentados de rodillas sobre las plantas de nuestros pies, y hacer hasta tres reverencias: a los compañeros, al dojo, al sensei; saludamos hacia delante, y en la dirección en la que se supone que debería haber un altar también —pero ellos no lo saben—, y agradecer al resto de compañeros que han practicado con nosotros… Una gran mayoría ve ritualidad incluso, y no se equivoca; sin embargo, observa el rito con suspicacia, como si este escondiese algo, y no como un trazo repleto de trabajo y sinceridad.

Javier (pies; kendo) en seiza

Después, se marchan, y nunca vuelven. Como Almodóvar, que asomó la cabeza en ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1984)que ya es mucho, y cogió en un plano a Hiruma-sensei y a los veteranos de la época, que hoy, en su mayoría, ya no entrenan, practicando golpes básicos y kirikaeshi.

Lo que no todo el mundo alcanza a comprender es que, en el dojo, sus miembros, nosotros, nos convertimos en una familia: una familia de bambú; antes o después, el esfuerzo, la frustración, los errores, la práctica, y alguna lágrima incluso, nos ayudan a dirigirnos en la dirección correcta, aquella que anhelamos, el camino de vida que pretendemos… A vencer al miedo, la duda, la frustración, la falta de compromiso con uno mismo: en nuestro kendo, enfrentamos, por lo menos, cuatro enfermedades (kyo, ku, gi y waku), pero también en nuestras vidas. Sobreponerse dentro del dojo, sobreponerse a uno mismo, a tus carencias, va indefectiblemente ligado a hacerlo fuera.

kendo shinais (calentamiento)

La gente me pregunta por qué practico kendo: «Para ser mejor persona», contesto, y muchos ríen. Y nosotros nos despedimos, cerramos las puertas, y seguimos trabajando en ello, tantos días como es posible, tantas horas como podemos. Siempre.

El propósito de practicar Kendo es

moldear la mente y el cuerpo,

cultivar un espíritu vigoroso,

y, mediante la práctica correcta y rigurosa,

esforzarse para mejorar en el arte del Kendo.

Apreciar la cortesía humana y el honor,

relacionarse mutuamente con sinceridad,

y perseguir siempre el desarrollo de uno mismo.

Así, uno será capaz de

amar a su país y a la sociedad,

contribuir al desarrollo de la cultura

y promover la paz y la prosperidad entre todas las personas.

Viajar al interior

A veces, leo un blog de viajes. Lo leo desde hace seis o siete años, pero solo a veces. No envidio exactamente lo que hacen sus protagonistas; porque viajar por todo el mundo no es uno de mis anhelos, porque hace mucho que sé que no tengo tiempo para conocer a todo aquel que cruza sus pasos conmigo, ni todos esos lugares casi mágicos que emanan un aura de paz, de humanidad, de sobriedad o de divinidad.

Mi mujer siempre me dice: «No me arrastres a más ciudades: las ciudades son todas iguales.» Y cuando viajas a París, a Londres, a Roma, a Nueva York, a Chicago, a Frankfurt, a Berlín, a Los Ángeles, a Tokyo, entiendes qué quiere decir. Entiendes por qué terminas siempre en la carretera buscando un nuevo destino, por qué campo a ciudad, por qué desvelar pequeños secretos en vez de fotografiar panorámicas y por qué un viaje, siempre es un viaje al interior.

Castres - Francia (rio Agout)
Rio Agout a su paso por Castres. Invierno de 2015.

Así titularon el libro que Laura compró a esta pareja para que yo lo leyese, para que me convenciese de conocer el sudeste asiático haciendo autoestop, o de comprar una camioneta donde viajar con los perros; para vivir, ¿y quién sabe? Quizá vuelva a él después de este año de cambios. Por ahora, ya sabéis que he terminado con mi antiguo trabajo, o casi, he recorrido decenas de miles de kilómetros, he publicado un libro y he vuelto al verde, aunque las noches no sean tan estrelladas ni oscuras como soñaba tumbado junto a Caos en la terraza del Ensanche.

Pero quizá lo más importante de todo es que a diferencia de lo que decían esa pareja de argentinos que siguen ayudando a miles de personas a iniciar su propio viaje, yo no creo que un viaje siempre empiece en el interior, sino que, además, termina guiándonos hacia ese objetivo por el que conectamos palabras, pasos y países, y que nunca tuvo mayor recorrido que aquel que hicimos dentro de nosotros mismos.

Caos (carboncillo; acuarela)
Un regalo (en carboncillo y acuarela) que da la bienvenida en nuestro hogar. El texto de la acuarela dice: Caos, corazón de familia, amor incondicional.

Gracias por leerme. Por estar aquí. Por ser parte de esto. Delante, ya puedo ver muchos más caminos que esperan, pero, hoy, cierro uno, junto a vosotros, agradecido por haberme ayudado a convertir este pequeño espacio de opinión en un refugio al que llamar hogar.

Felices fiestas.

Nos vemos en unos días.

Quitar el pie del acelerador

Para un auténtico escritor, cada libro debería ser un nuevo comienzo en el que él intenta algo que está más allá de su alcance.

Ernest Hemingway (1899-1961)

Por ahora, he acabado. Mañana viajo a París, y quién recuerda cuántos días desaparezco. Yo no. Para esta semana, solo restaba un artículo, una última bala en la recámara, con aromas a literatura, y, por ende, no me preocupa, porque se mantendrá vigente a mi vuelta.

suerte
Fotograma de un episodio de la webserie Malviviendo.

Por ahora, terminé con las presentaciones del libro: una en Casa del Libro de Paseo de Gracia; otra en la feria de EcoReus (Tarragona). En la primera, no funcionó el sonido; en la segunda, tampoco la imagen. Ley de Murphy, supongo; algo tenía que pasar, y a mí me pasó casi todo. También estuve a punto de comerme a una decena de coches que habían perdido el control en la autopista por el granizo. Al final, el vehículo respondió, más o menos, y pude clavar el freno de mano antes de volver al taller por tercera vez este año: ¡mi suerte sigue intacta!

Ya en escena, me supo fatal por La Caja de Pandora (esta no; esta tampoco; sino esta), que no solo tuvo que lidiar con mi inexperiencia, sino con un discurso fragmentado por falta de medios del que, en esta segunda presentación, me recompuse como pude. Allí encontré un público entregado e informado, que tenía ganas de contrastar opiniones, de ofrecer su punto de vista y de generar un debate sano, y fueron ellos quienes, esta vez, me salvaron.

Ahora, queda descansar unos días; terminar de devorar el magnífico Homo Deus de Yuval Noah Harari, que, desde aquí os recomiendo, y también su primer libro, Sapiens, y un par de novelas que tengo pendientes —entre ellas, una de las últimas tramas del Wilt de Tom Sharpe—, decidir hacia dónde prosigo y cómo lo hago; recordarme, de nuevo, que es básico, que es necesario, pero que no quiero ser un capullo egocéntrico que no sabe hablar más que de su propio trabajo, y seguir contrastando esos argumentos que me han traído hasta aquí.

Wilt no se aclara (Sharpe)No puedo quitarme de la cabeza la sensación de que todo se ha acelerado, y eso que hace un buen rato que no tengo el pie en el pedal. Quizá, por eso, ahora sí que desaparezco unos días; para disfrutar realmente del viaje, y no, no hablo del viaje a Francia con el que comenzaba esta entrada tan breve como anómala.

Quiero tener el borrador de la novela terminado a final de año: solo me queda un mes. Vinculada a esta, os haré lo que yo considero un regalo, y, para mí, también una liberación; vosotros ya diréis sí es un detalle o una putada. De lo único que estoy seguro —eso que tengo verdaderamente claro— es que no quiero centrarme más de la cuenta en promociones, presentaciones ni todos estos rollos (que os agradezco hasta el infinito, y más allá): quiero seguir haciendo las cosas como me han funcionado, y escribir; seguir escribiendo; trabajando; creando mundos; jamás caer en el tópico de ese tipo que junta letras una vez y, tarde o temprano, se olvida de cómo lo hizo.


De cómo los animales viven y mueren (Javier Ruiz - Diversa Ediciones)Para los lectores de De cómo los animales viven y mueren:

Ante todo, gracias. ¡Estos meses están siendo de locura, pero también de muchas alegrías por todo el apoyo!

En segundo lugar, siento ser un capullo egocéntrico, pero sería genial que pudieseis enviar una valoración o escribir una reseña en alguno de los principales portales de compra donde se puede conseguir el libro. Por orden de relevancia (que me saco yo de la patilla), serían:

Perder la cabeza

La noticia no sorprende. Después de varios días de ensañamiento, tres sujetos han conseguido derribar la estatua franquista que se plantó frente al centro cultural del Borne. Hubo aplausos, y también algunas críticas exacerbadas, pero lo más raro que sucedió fue el hecho de que los basureros tuvieron que tirar de camión de residuos para sacar del medio la estatua, lo que debió llevar a un mayor pitorreo, si cabe.

Tengo sentimientos enfrentados al respecto, ¡qué os voy a contar! Para que os hagáis una idea, os contaré que mi bisabuelo se escondió durante casi dos años en una buhardilla de uno cincuenta por uno cincuenta donde nunca pudo llegar a tumbarse (con estar a las órdenes de Franco en África, tuvo suficiente el hombre); mi abuela y la tía de mi madre se cansaron de ver cómo reventaban a gente por el barrio chino mientras iban y venían de los refugios antiaéreos; mi abuelo, directamente, no hablaba de ello, y al resto no le fue mejor.

Estatua de Franco sin cabeza (en el Born)

La estatua ha recibido tomatazos, huevos, pintadas e incluso una inesperada amazona de plástico. La muñeca la colocó ahí Toni Molins, un pintor catalán que no dudaba en afirmar que era «gratuito y pornográfico» que se permitiese exhibir estatuas y otros elementos franquistas en plena calle.

Quizá estoy de acuerdo con esto último, pero es con lo único que estoy de acuerdo…

Una lección democrática vestida de estatua

En 1977, en España se promulgó una Ley de Amnistía con el fin de consolidar la transición democrática. Entre 1977 e inicios de los ochenta, el país entero empezó a aprender lo que significaba libertad de expresión —que no debería confundirse nunca con la apología del odio—, en las calles se empezó a escuchar hablar en catalán, y en vasco, gallego, mallorquín, valenciano; la gente empezó a obviar esos silencios incómodos, y los cuñadismos de bar comenzaron su época dorada.

A partir de aquí, se consideró que todo se había solucionado, que una ley de memoria histórica no tenía sentido, que solo serviría para remover la mierda; que la educación necesitaba una reforma paulatina, y no una regeneración total al salir de la dictadura; que podíamos seguir funcionando como un estado centrista, y que una reforma de las autonomías sería suficiente para solventar un problema que llevaba siglos arrastrándose, y tantas otras cosas.

El caso de la estatua tan solo es un ejemplo más de este desconocimiento. ¿Podía esta considerarse apología del odio? Para la alcaldesa de Barcelona, está claro que no, y para un servidor, probablemente tampoco. El Franco descabezado se encontraba cabalgando dentro del marco de la exposición Franco, Victoria, República. Impunidad y espacio urbano, pero, quizá, este último concepto, podía haber quedado en el tintero. Quizá no era necesario sacar al caudillo de paseo, y muy probablemente tampoco herir sensibilidades de esas dos Españas que siguen por la retaguardia de la actualidad.

Para terminar, un consejo para los tres vándalos libertadores de ayer: leed a Ian Gibson. El irlandés os explicará qué lo que sucedió en las Matanzas de Badajoz, no fue muy distinto a Paracuellos del Jarama o al Campo de la Bota; que la concepción democrática del surgimiento de la Segunda República, por flexibles que podamos ser y por ganas de contextualizar el inicio de un proceso que tengamos, es más espontánea en tres grandes focos de población que legal, y muchas más cosas que nos ayudarían a separarnos de ese anómalo romanticismo al que, muy a menudo, nos lleva la ignorancia.

Una ignorancia contra la que acciones similares a esta exposición podrían luchar, pero escogiendo el modelo correcto, no plantándonos una estatua de un fascista cabrón que gobernó España durante más de treinta y cinco años en los morros, y llevándose las manos a la cabeza porque hay gente que se deja llevar y le suelta un par de huevazos… ¡Para la mayoría, eso es lo mínimo que se merece!


Enlaces relacionados:

Jueves de aquaplaning

aquaplaning
nombre masculino
ESP
Deslizamiento incontrolado de un automóvil que se produce cuando los neumáticos no se adhieren al asfalto a causa de la película de agua que cubre el suelo.

Ayer, casi nos matamos. Al coger la última curva hacia la casa donde vivimos actualmente, el coche hizo aquaplaning, o no funcionaron los frenos, o quizá Laura se equivocó de pedal, y bajamos con el Ford unos cuarenta o cuarenta y cinco metros de desnivel entre árboles, arbustos y zarzas. Fueron estas últimas las que evitaron un impacto, ya que nos envolvieron y consiguieron que el coche se detuviese.

Es el segundo accidente de coche que he sufrido en cinco años, y en ambos conducía ella; así que no sé si tenemos mala suerte o hay por ahí rondando un seguro de vida del que yo no sé nada, pero basta de emociones extremas por unos días. La policía local, a la que avisamos nada más bajar del vehículo, no daba crédito: eran muchos metros, casi en caída libre, y no teníamos ni un rasguño.

Mi coche, aparcado en el bosque
Por ahí anda el coche… ¡P’habernos matao!

De inmediato, examiné el camino por el que debíamos trepar, después el coche, y concluí que eso no lo sacaba de ahí ni el gruista más pintado. El resto, evidentemente, no es como en las películas: vino la policía local, nos dejó unos guantes, subimos hasta la carretera, y llamamos a la asistencia. Después, los agentes se fueron, apareció una primera grúa, nos dijo que ni de coña podía sacar el coche y que pasaba nota, y nosotros practicamos barranquismo un par de veces para vaciar el maletero, asegurarnos de que los cristales del coche estaban subidos —llovía, mucho— y recoger todo lo que habíamos dejado atrás.

Hoy, mientras escribo estas líneas, ahí sigue el coche; auguro que el servicio no entrará en la póliza como asistencia en carretera y habrá que pagar un plus para que otra grúa más grande nos rescate el vehículo; después, ya veremos qué pasa. Quizá le toque acogerse a una jubilación anticipada; quizá tenga cuatro rasguños, pero no soy optimista al respecto.

Supongo que podríamos enfadarnos, con… algo. Pero no tiene sentido enfadarse con la vida. Puedes enfadarte contigo mismo, o con tu pareja, porque esta mañana al levantarte no quedaba café en el pote. Eso sí lo puedes controlar, y es una cagada de alguien, ¿pero que un coche patine? ¿hacer aquaplaning y caer por un barranco? Eso son cosas que no puedes controlar.

Minutos antes de que la pareja de policías que enviaron desde el pueblo se marchasen, me acerqué a casa con uno de los dos: estaba cambiando el seguro del coche y había olvidado la documentación en el escritorio; en otras circunstancias, eso es multa, pero imagino que se ha de ser muy cabrón para sancionar a alguien que acaba de volar por un barranco con el coche.

Laura practicando barranquismo
Laura practicando descenso de barrancos un jueves cualquiera…

No se creían que estábamos enteros, que no nos había pasado nada, que no estábamos gritando, ni hechos un manojo de nervios… Supongo que cada cual reacciona de un modo, y yo, solo puedo hablar por mí, pero cuando vi todo lo que podía haber atravesado el cristal de la luna o con lo que podíamos haber chocado… simplemente agradecí la suerte, y tiré montaña arriba.

Abrí las puertas de la casa, y los perros salieron escopeteados al jardín; busqué los papeles del coche, y me sonreí por tener un segundo vehículo para poder movernos durante los próximos días. Además, sobre este otro coche, un jeep Grand Cherokee del año 2003, me enteré por terceros de una historia que, justo ayer, no podía quitarme de la cabeza. Después de comprarlo, el gestor le dijo a uno de mis hermanos: «¿Sabes? Tu hermano y su pareja son gente feliz: no es que se conformen con poco, es que no necesitan mucho para vivir.«

Supongo que eso me vale. Me gusta. Si algo tiene que pasar, pasará, pero que nos coja haciendo aquello que queremos hacer, viviendo como queríamos vivir, y ocupados siempre en lo que nos interesa a nosotros, y no trabajando para los sueños de un tercero.

Ah, por cierto, también vino el cristalero: sin avisar; le vi a lo lejos, atizando al claxon frente a la casa, mientras esperaba recoger una muestra de un vidrio que se agrietó hace un par de semanas.

Me dijo que tenían prisa.

Le dije que acababa de tirarme por un acantilado.

No supo qué decir.

Mi suegro y el trabajo

Para mí, se acabaron las vacaciones. Entre el mes de marzo por tierras americanas y las dos semanas, que se han convertido en tres, de este agosto, junto a aquella de rigor que espera en Navidad, tengo suerte de no cobrarme los días de asueto a mí mismo.

La semana pasada deambulé por Mallorca, de playa en playa, recuperando el contacto con antiguos amigos y conocidos, nadando para lo que queda de año y poniéndome al día con unas cuantas lecturas. Pero, a grandes rasgos, visitando a la familia de mi novia mujer, tirado en el sofá con los perros de los suegros y reencontrándome con situaciones, carreteras e imágenes ya conocidas. Algunas acercaron el pasado, y, por descontado, cierta nostalgia que, para el que os cuenta esto, siempre flota, invisible, a los pies de la Sierra de Tramontana. Visité Caimari, mi antiguo hogar, y, de rebote, Valldemossa —esta vez me salté la cartuja, que la tengo aburrida, y a Chopin, y a George Sand—, y aunque no sin cierta tristeza asociada, agradecí poder volver allí.

Soy fan de la gorra de los New York Yankees

Uno de esos días, no me obligues a recordar cuál, caí en la cuenta de que jamás he escrito ni un par de líneas sobre mi suegro. No es fácil hablar de aquellos que pululan alrededor, supongo.

Probaré.

Mi suegro es un tío enorme, y también es alto de cojones. A diferencia del resto de mallorquines, pocas veces me ha soltado aquello de què és d’enfora això! que te repiten hasta la náusea los palmesanos (probablemente en castellano), y la gente de pueblo (que es el resto de la isla) si te atreves a moverte más allá de un radio de quince o treinta kilómetros. Será por las pintas de guiri, que completa con su gorra de los New York Yankees y su hábito de mezclar el mallorquín y el español con el inglés, el alemán, el ruso, el italiano, y lo que haga falta; o por llevar conduciendo por allí toda la vida, por trabajo y también en los días libres —que nunca son libres, porque es cuando se las arregla para no estar quieto en las veinticuatro horas de las que dispone, en temporada alta, para sus cosas—.

Bueno, no tengo ni idea por qué será, en realidad; al final, resultará que los tópicos no aciertan con todo el mundo.

De cualquier modo, me gusta acercarme allí en verano, pero le vemos poco. Mi suegro es uno de esos raros especímenes que imbuyen un aura de solemnidad a todo lo que tocan, y por eso trabaja diez, doce y dieciséis horas si hace falta; después, se pega una siesta, y encadena una jornada nocturna con la jubilación tan cerca de los morros. Y lo hace bien. Otra razón por la que apenas pasa por casa más que para dormir, pues.

Trabajar como ya nadie lo hace quizá fue lo que permitió dirigir tu vida hacia allí donde querías, y encontrar lo que buscabas; después llegaron las multinacionales, las hipotecas puente, los CEO, y la madre que los parió a todos, y ya nadie pudo seguir soñando.

Nadie le paga por preocuparse de una furgoneta que hace un ruido raro y llevarla al taller en su tiempo libre; ni de preparar aceitunas para un equipo compuesto por decenas de personas. Tampoco por ceder, y fastidiarse una Nochebuena, un día de fiesta o un plan que choca de frente contra un servicio imprevisto. Es alguien con quien siempre puedes contar, por lo que, a lo largo de los últimos treinta o cuarenta años, se habrán aprovechado de él más veces de las que cualquiera puede recordar.

Pedro Palau (mi suegro)

No parece importarle; ni tan siquiera hoy. Mi suegro ejemplifica esa solemnidad que tenían las profesiones de toda una vida; los trabajos hechos como ya nadie los hace; el reconocimiento en tu fuero interno, la certeza de trabajar, en última estancia, para uno mismo. En esto, me recuerda a mi padre, y en cierto modo, me gusta pensar que así es. Yo, consciente de lo que todo ello significa, lo agradezco; y también atisbo a comprender que, si hubiese existido la posibilidad, quizá mi relación con esta otra figura que ya no existe hubiese terminado por enderezarse.

Si lo explicas, la mayoría pensará que es una gilipollez; que no se puede vivir para trabajar, demasiado confusos sobre cómo alguien puede disfrutar de una forma tan natural del trabajo de su vida; yo no sé qué pensar. Trabajar como ya nadie lo hace quizá fue lo que permitió dirigir tu vida hacia allí donde querías, y encontrar lo que buscabas; después llegaron las multinacionales, las hipotecas puente, los CEO, y la madre que los parió a todos, y ya nadie pudo seguir soñando.

Cuando aterricé en Barcelona, un sonriente auxiliar de vuelo de Ryanair al que tres pasajeros francamente maleducados le habían gritado varias veces en menos de veinte minutos me recordó algo que me repitieron demasiado en la adolescencia: «Tienes que intentar ser el mejor, y disfrutar siempre de lo que haces, incluso aunque te toque recoger la mierda de los demás.»

No sé si podría ser el mejor, ni disfrutar de ese trabajo, pero empiezo a entender por dónde iban los tiros.

Será la edad.

El fuego que llevamos dentro

Este fin de semana ha sido un caos absoluto. Ocurre en todas las mudanzas, en todas mis mudanzas. Pasas días empaquetando, gastando rollos y rollos de cinta de embalar, apilando objetos, recogiendo recuerdos dicotómicos  —o se hace imposible separarte de ellos: el libro que te regaló aquella chica que fue especial, una pluma estilográfica de tu abuelo que nunca aprendiste a usar; o no les ves utilidad alguna: antes o después, esos son mayoría—, y vuelves a empezar.

Te acompañan muebles que han envejecido contigo, útiles que harán algo más confortable ese cambio que te recuerda quién eres, y una extraña sensación que siempre viaja entre la expectación y el miedo al cambio.

Gatos durante la mudanza
Conseguimos hacer la mudanza pese a la resistencia pasiva de nuestros gatos.

Por mi parte, todo salió mal, pero ya estamos acostumbrados: no se perdieron las llaves de la furgoneta que alquilamos para la mudanza, sino también las de mi coche (¡dos por uno!); no hubo forma de mover todos los muebles, ni de desempaquetar, y reorganizar aquello que nos habíamos propuesto: el tiempo se nos vino encima; nada salió como estaba previsto, porque eso ocurre muy pocas veces en la vida. Quizá nos cabreamos menos, o nos relajamos más, si bien un cambio de casa no difiere mucho de una visita al dentista: jode, pero, cada vez que vuelves, eres más estoico, y tiras para adelante con mayor soltura.

Había seis cosas por las que preocuparse por encima del resto: los perros, los gatos, el pájaro; una vez todos estaban aquí y los típicos nervios propios del desconcierto se habían diluido, solo quedaba empezar a acostumbrarnos a la nueva casa: campo y ciudad, el Ensanche y el Baix Llobregat, playa y montaña, silencio frente a zumbido constante, y muchas otras cosas, inadvertidas en un primer momento: aire, pájaros, tierra, verde, pero verde de verdad, recogimiento…

Fuego y brasas

No es cuestión de mejor o peor —esos términos no sirven—, si bien a medida que las horas pasaban, y las personas que nos habían ayudado a mover media vida de arriba para abajo se despedían, tuve la certeza de que podía acostumbrarme a esto, de nuevo, más rápido de lo esperado. Porque no hay mejor o peor fuera de uno mismo.

Sin embargo, hay algo que todos compartimos, y es la ilusión por las pequeñas cosas. En mi caso, cuando pude librarme del yugo (férreo) de la jefa de empaquetado y desempaquetado, corrí hacia el terreno anexo a la vivienda y empecé a recoger ramas, y ramas, y troncos, y cortezas, e hice un fuego.

Los engañé a todos; les hice creer que iba a tostar pan, y verduras, y, bueno, lo hice; pero sobre todo me quedé allí plantado, junto a los perros, tirando madera cada vez más grande a las llamas y haciendo brasas y más brasas, mientras las observaba, quieto, buscando esa memoria histórica de la que hablaba Hegel, y que todos llevamos dentro.

Una herida que supura en los muertos

Una de las historias más terroríficas de la Guerra civil española se rastrea alrededor de las tropas moras de Franco: jóvenes del África ocupada que se alistaron o fueron enviados a las campañas más cruentas de la invasión fascista.

En los meses y años siguientes, se hicieron barbaridades por todos lados. Algunos citan Paracuellos y otros el Campo de la Bota; los reiterados intentos de invadir Madrid (por el sur, tras cortar la línea de suministros de Valencia, por Guadalajara…) o la Batalla del Ebro; en todas ellas, las tropas moras se convertirían en carniceros, pero también en carne de cañón.

Los moros que trajo Franco/ en Madrid quieren entrar./ Mientras queden milicianos/ los moros no pasarán.

Coplilla popular

Cuando se niega la historia, ocurren dos cosas: o se olvida, o no sana. Hoy, a un siglo de distancia, una de las grandes victorias a la barbarie es el reparto justo; en el caso español, este no llegó para todos. Todo lo que Franco negó durante cincuenta años a la España perdedora, la democracia lo devolvió poco a poco a republicanos, supuestos colaboracionistas y familias enteras que habían sido arrastradas a una guerra entre hermanos.

Oficiales indígenas del ejército español en Tetuán
Oficiales indígenas del ejército español en Tetuán (Marruecos).

¿Fue una solución total? Claro que no. La guerra y el franquismo no han cicatrizado bien en este país, pero, entre las brasas, sigue habiendo acontecimientos que pueden hacernos sentir afortunados.

El destino de las tropas moras es uno de estos; olvidados por todos, como una parte más de historia que, erróneamente, nadie quiere recordar aún, murieron en la miseria más absoluta; unos pocos todavía mendigan en el norte de Marruecos, y en Ceuta y Melilla, con un bastón de madera, no de oro como les prometió Franco, y con pensiones que se mueven entre la ruina y una amarga carcajada fruto de la impotencia.

http://www.youtube.com/watch?v=4dip1Rg9h2U

Driss Deiback presentó hace unos años un documental sobre este tema titulado Los perdedores; si acaso tanto como los propios españoles que fueron obligados a escapar, a esconderse o a luchar en ausencia de cualquier ideología real muchas veces. A los moros se les prometieron todo tipo de néctares junto a la victoria, y la mayoría encontró la muerte; los que quedaron, cruzaron el estrecho de vuelta, donde los griegos ubicaban las columnas de Hércules y, más allá, el fin del mundo, con una pensión de mil pesetas que, para nuestra vergüenza, nunca se adecuó a los tiempos.

¿Eran víctimas de una mentira o verdugos de un régimen totalitario? No importa. La historia los condenó a ser nada; eso debería ser castigo o condena suficiente.


Enlaces relacionados:

El regreso de la guardia moraen Crónica de El Mundo

La película «Los perdederos» y Juan Goytisolo en el blog de JM Álvarez

Ruta 66 – Un viaje de no retorno

Ningún lugar Arizona)

Abandonar Chicago hacia ningún lugar debía ser una de las experiencias más místicas de nuestro viaje. La casilla de salida de un tablero demasiado grande para observarlo en su conjunto; de eso se trababa, eso era ir hacia el Oeste, el Oeste en mayúsculas: un trayecto inmisericorde, panorámico, infinito, donde la vista debía escapar en todas direcciones y la zona de confort, la vida tal y como la conocemos, terminaría mutilada, ejecutada y enterrada en cualquier desierto del sur de Arizona antes de alcanzar el Pacífico.

La 66 iba a ser un viaje de no retorno, así que saqué la tarjeta de crédito, descubrí que un coche automático es poco más que un kart y maldije por no haber comprado una Toyota Hilux en las últimas o un Ford Bronco que solo fuese hollín vomitado, perpetuamente, tras pasar por el carburador. Pero eso era literatura, y la literatura no nos llevaría a cinco mil kilómetros de distancia, así que debíamos tocar con los pies en el suelo, por un instante, unas horas, y despegar.

Chicago (skyline)
Skyline de Chicago desde Lincoln Park Zoo. (Clic en la imagen para ampliar en otra ventana.)

Un mundo de distancia

Como todos los grandes viajeros, he visto más de lo que puedo recordar, y recuerdo más de lo que he visto.

Benjamin Disraeli (1804-1881)

Habíamos viajado miles de kilómetros por aire (aterrizamos en Moscú de madrugada para coger un Airbus hasta Nueva York y, de allí, a Chicago) pero, de algún modo, despegamos a mucha más altura al llegar a Joliet (Illinois), un pequeño pueblo residencial a unos sesenta kilómetros de la ciudad del Viento donde los Blues Brothers bailaban en el tejado de un dinner, las primeras señales se asomaban, tímidamente, por el recorrido y nosotros aprendimos a toda velocidad qué significa el tradicional “[get your] kicks on 66!”

Joliet (IL)
Joliet (Illinois).

También nos hicimos una de esas promesas estúpidas que completan cualquier viaje: cada vez que viésemos una señal histórica de la Ruta, debíamos gritar y entrechocar las manos: en algunos estados, las palmas se nos pondrían rojas de repetir y repetir; en otros, perdimos el hábito a la fuerza: cada estado es un mundo, y todo el que viaje por Estados Unidos entenderá esto antes o después.

Quedaron atrás las trescientas millas de Illinois. Ese primer día teníamos ganas de coche, de conducir, de acelerar, de avanzar kilómetros y kilómetros, de detenernos en un café de carretera y bebernos una taza de asqueroso líquido aguado acompañado por unos aros de cebolla o un batido que nos serviría una camarera vestida de rosa, con delantal, cancán y sombrero a juego; de movernos, de correr hasta un abismo, hasta el fin del mundo si llegásemos a contemplarlo; sentíamos la necesidad vital de descubrir todo lo que se ocultaba más allá del horizonte que siempre alcanza la vista.

Nuestros primeros pasos nos susurraban la verdadera naturaleza de la ruta: un recorrido que se oxidaba al sol junto a las promesas sinceras que miles de americanos lanzaban a sus viejos coches; coches que nadie restauraría jamás, y negocios que habían muerto esperando más viajeros, más turismo, más pasado: más. Junto al Gemini Giant del antiguo Launching Pad (Wilmington, IL), sentí algo así. Fue la primera de muchas. La guía de viajes lo anunciaba en voz baja: supimos que el negocio se había asfixiado, poco a poco, hasta su muerte en 2012, pero la comunidad no se rendía con ese pequeño tesoro cercano para el que buscaban un nuevo inversor.

Fotografía de un fan de la Ruta 66
Fan de la Ruta 66 con varios tattoos en la espalda; entre ellos, el famoso eslogan: get your kicks on Route 66!

Delante, cinco mil kilómetros de carretera, de psychobilly en estado puro, de música que no se contentaba con recordar el pasado, sino que amenazaba con resucitar a los muertos si nos atrevíamos a echar la vista atrás.

Pero antes. Un ÚLTIMO aviso.

La rutina de viajar

Siempre se impone viajar como justo lo contrario a la rutina de vivir. Sin embargo, cuando haces del viaje tu vida —aunque solo sea durante algo más de un mes—, viajar y vivir de este modo se vuelven deliciosamente rutinarios.

Es algo que termina por sacar lo mejor de ti mismo: te vuelve más flexible, más abierto; te obliga a estar más relajado o a abandonar el viaje. Antes o después, hasta el mayor aventurero debe detenerse y respirar por un tiempo; cerrar el círculo, volver a casa —incluso cuando el hogar se ha convertido en personas, y no en objetos—, detenerse.

Así que esta pésima introducción solo pretende servir para hacer entender algo a quien esté leyendo: los recuerdos empezaron a resquebrajarse con el paso de los días, y ahora solo quedan imágenes de un atardecer en el casco viejo de Santa Fe, un desayuno junto a los cuervos en Flagstaff, una mujer de Oklahoma  en el parking del Totem Pole Park o un pueblo de gente encantadora en Galena (Kansas); también un cartel perenne en el coche donde habíamos escrito: Hooneymoon on the road! From Spain, to Chicago, to Los Ángeles!

Desierto del Mojave
Noroeste del desierto del Mojave, cerca de Oatman.

Pese a las reservas de hoteles en línea, las fotografías y los textos garabateados en algunas decenas de hojas de papel, todo aquello pasó y por mucho que pensemos que alguna vez fue real, solo nos queda una guía de viaje destripada, unas cuantas hojas de papel y cientos de folletos de información turística. Pero no importa; lo maravilloso del viaje, de la ruta en sí misma, es cómo consigue entrar con sutileza en tu interior desde el norte del país hasta las playas del Pacífico.

Lo maravilloso del viaje es  poder aprender que, hoy, la ruta es un cadáver que se resiste a morir, un símbolo de libertad que solo Hollywood retiene, lo peor de los EEUU reconvertido en una aventura épica; una canción de Chuck Berry, de Randy Newman, de los Rolling o de Springsteen, entre moteles que pasan a un ritmo endemoniado y amenazan por convertir la carretera en tu hogar.

Gary's Gay Parita Station
Réplica de una gasolinera Sinclair que reconstruyó Gary Turner donde estaba ubicada la estación de Gay Parita (Ash Groove, Misuri). El propietario, Gary Turner, murió en 2012.

¿Pero qué es la 66 en realidad? Antes de empezar, puedo darte mi respuesta si quieres, pero mi respuesta jamás será la tuya. La ruta para mí es un viaje de no retorno en el que descubrí cómo viajar: con el sol siempre de frente, sobre una carretera contra la que bailan las ruedas a nuestro paso y un destino caprichoso por el que no puedes más que dejarte sorprender.

La 66 es la vida, es todo los viajes de carretera que jamás imaginaste, y está repleta de aventuras, amistad, amor y sacrificios. ¿Pero de qué otro modo podría ser?

Ahora, acelera. Vamos a ver qué aparece delante de nosotros…