Las cosas claras: ecologismo, animalismo y antiespecismo

La semana pasada publiqué en El Diario.es un artículo sobre cómo los medios normalizan el maltrato animalUno de los párrafos que contextualizaban el problema empezaba diciendo: «Tres movimientos tan divergentes como el ecologismo, el animalismo y el antiespecismo están en contra de promocionar este tipo de contenidos… […]« y me sorprendió muchísimo algunos comentarios al pie de la noticia y otros tantos que me han llegado por otras vías.

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Parece ser que, por error y con cierta inocencia, asumí que las diferencias entre estos tres movimientos son, hoy, visibles y no suscitan ninguna duda. Sin embargo, los comentarios que leí me dejaron muy claro que, ni tan siquiera, las definiciones básicas de cada forma de pensamiento se entienden siempre. Empezando por el ecologismo, que nunca puede ser sinónimo de animalismo, pues se estructura mediante una posición antropocentrista (es decir, el ser humano como medida y centro de todas las cosas). Entonces, ¿de qué se preocupa el ecologismo y por qué la visión ecologista se considera, hoy, propia de la «vieja escuela»?

A grandes rasgos, el ecologismo y su posición crítica se sustentan en la necesidad de conservar el planeta, así como de preservar su flora y su fauna. En su interior, existe una preocupación por la estética de las áreas naturales, los paisajes, la salud medioambiental o el racismo medioambiental, entre otras cuestiones, pero, en cualquier caso, orientada siempre al beneficio del hombre (como especie). Esto ha dado alas a nuevas vías de pensamiento como los Neo-Greensque admiten que el cambio climático no es controlable y defienden la creación de áreas verdes para los humanos en un futuro planeta yermo.

Por todo lo anterior, el ecologismo solo regula la caza, la pesca o la captura de animales, no la critica, y tampoco mantiene una preocupación real por los individuos tanto como por los ambientes: en otras palabras, igual que estudiar ecología —el funcionamiento de los ecosistemas— no te convierte en ecologista —preocupación moral por la conservación de los ecosistemas—; el ecologismo no se preocupa del bienestar animal, sino de la existencia de esos animales como especie, entendiendo que estos ofrecen una mayor riqueza a la fauna de un ambiente concreto: bajo esta línea de pensamiento, un cazador que mata cien perdices a la semana por diversión o atrapa y sacrifica a gatos callejeros de una ciudad, puede ser ecologista y preocuparse, hasta cierto punto, por la riqueza y la conservación medioambiental.

Aquí es donde entra el animalismo o movimiento por los derechos de los animales —no busquéis definiciones en el DRAE, que para esto no lo tienen actualizado, aunque, en parte con razón, como explico al final de este párrafo—, que es anterior al término especista, acunado por el filósofo/psicólogo británico Richard D. Ryder. Hoy, suelen utilizarse a menudo como sinónimos a través de una estrategia que permita empoderar el veganismo y los derechos animales, pero, tradicionalmente, los derechos animales han sido profundamente especistas desde la domesticación de los perros —que nadie tiene claro que, en su momento, no fuesen también una posible fuente de proteínas de emergencia—. A diferencia del ecologismo, el animalismo se preocupa por el individuo, pero no siempre por cualquier individuo o especie. Por esto, una persona que colabora en una protectora cuidando a perros y gatos, puede autodenominarse animalista y, a su vez, consumir vacas, pollos y cerdos. También será animalista aquella persona vegana que no se le ocurrirá volver a consumir un animal nunca más, y un vegetariano no estricto que consuma huevos o lácteos. El problema del animalismo, pues, es que, como término, engloba tantos sentidos que se ha vaciado de significado. 

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Para mucha gente, Javier Roche, el Chatarrero, del Chatarra’s Palace es una persona que entraría en la definición de animalista, y para otros muchos no.

Por último, el antiespecismo defiende que todos los animales son seres sintientes que merecen ser tratados con respeto desde una posición biocentrista, donde el hombre y todos los seres sintientes son importantes para la continuidad de la vida; no obstante, el antiespecismo teórico aplica esta idea al reino animal, entendiendo que este es más importante que cualquier otro —y aquí que cada uno acoja la división en reinos que más le guste/convenza—. Por supuesto, como movimiento cuenta con todo tipo de sesgos cognitivos a vencer todavía: desde cómo respetar a todos los animales teniendo especies domesticadas que dependen de la nuestra a cómo no utilizar ciertos productos manufacturados que nos impone la sociedad actual: el coltán de los teléfonos o el apoyo a industrias y marcas que comercializan productos respetuosos con los animales por demanda del mercado y otros que no lo son. En cualquier caso, muchas críticas centradas en estas ideas aluden a los espacios y situaciones donde el antiespecismo encuentra contradicciones, intentando obviar todas las contradicciones del resto de modelos y el menor impacto que supone a todos los niveles y en cualquier modelo, desde el ambientalista hasta la relevancia de la sintiencia, entre otros. Además, el antiespecismo se divide también entre personas que defienden que debemos ser éticamente responsables con el resto de animales que sufren sin importar su especie (de forma activa) y personas que argumentan que es imposible salvar a cualquier animal herido o moribundo.

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El equipo de Gallus Gallus defiende que los daños naturales que afectan a otras especies no deberían ser ignorados y es otra forma de especismo. La imagen original está aquí.

En resumidas cuentas, ecologismo, animalismo y antiespecismo poco tienen que ver entre sí en la actualidad, más allá de que son tres grandes cuestiones de nuestro tiempo: el primero, porque es un modelo caduco, el segundo porque requiere de subdivisiones para comprenderse y el tercero porque tiene mucho por lo que luchar y resolver para triunfar.

Una educación por ley

A inicios de 2016, saltó a los medios una noticia dantesca. Dos chavales, de diecinueve y veintidós años, se habían dedicado a saltar encima de casi un centenar de lechones de la explotación ganadera donde trabajaban. Murieron setenta y ocho cerdos que contaban con una semana de vida. Ocurrió en Almería.

La Junta de Andalucía abrió juicio en septiembre —sí, en septiembre— y el fiscal propuso una multa de 4.740 euros por las pérdidas ocasionadas a la empresa, que la Asociación Nacional para la Protección y el Bienestar de los Animales (ANPBA) ha intentado que se incremente en su cuantía.

Lechones con pocos días de vida
Fotografía de unos lechones con pocos días de vida.

El vídeo de WhatsApp es esperpéntico, pero no más que uno que me llegó no hace mucho donde un tarado seccionaba la cabeza de un cerdo de un único machetazo, o el de aquellos adolescentes murcianos que mutilaban y torturaban perros y gatos adoptados repartiéndose las tareas entre los miembros de su pandilla.

En la década de los 80, Alan Felthous, experto en psiquiatría forense, llevó a cabo varias investigaciones que mostraban de forma consistente cómo detrás de las agresiones a personas había, en muchas ocasiones, una historia de abuso a animales. Sus trabajos, realizados con hombres especialmente violentos internados en las cárceles de EEUU, así lo confirmaron.

«La crueldad con los animales es un grave signo de alarma psiquiátrica», empiezan a advertir los medios, y la doctora Núria Querol, quien vive entre España y EEUU por su trabajo, lo afirmaba frente a mí hace solo unos meses. Siempre ha sido un signo de alarma psiquiátrica: los grandes psicópatas de la historia —Albert DeSalvo (El Estrangulador de Boston), Kip Kinkle o Ted Bundy, fueron tres ejemplos en mayúsculas— siempre han iniciado su actividad delictiva cometiendo todo tipo de barbaries con animales de una especie distinta.

Kip Kinkle (1982)
Antes de asesinar a sus padres e incendiar la cafetería de su instituto —donde murieron dos alumnos y resultaron heridos otros veintidós—, Kinkel decapitaba gatos y viviseccionaba ardillas, según había confesado, e incluso hizo explotar a una vaca con petardos.
Los testigos del asalto afirmaron que parecía que lo hacía cada día, «y lo hacía cada día, pero nadie le tomaba en serio, porque sus víctimas tenían cuatro patas» agregó un columnista del Denver Post Chuck Green.

Esta es la razón principal por la que el FBI cambió, en 2016, la calificación de los delitos de maltrato animal a clase A, junto al homicidio o el asalto; y está muy claro que, dentro de esta tendencia creciente de lucha por el bienestar animal, hay un rescoldo de interés político, pero también ciudadano; se comprende que el maltrato animal no es natural, y que, a menudo, es reflejo de graves trastornos de la personalidad.

Mientras tanto, aquí, en España, seguimos pensando que son cosas de críos movidos por la curiosidad, sin comprender que un niño de cuatro o cinco años que todavía no ha desarrollado por completo su empatía no puede extrapolarse a unos adolescentes que se ríen y disfrutan amputándole las piernas a un perro o saltando hasta partir por la mitad a un cerdo, a una oveja o a cualquier otro ser vivo.

Falla la educación, que no entiende que, a menudo, no se trata de acciones inocentes, sino de la manifestación de trazos negros que no siempre dormirán dentro de esos chicos, y falla la ley, que no ofrece un marco en la que la primera pueda solidificarse; porque deja en libertad a un hombre que mata a palos a un caballo de carreras, o la emprende a patadas contra el perro del vecino, o comete cualquier tipo de barbaridad por negligencia o maldad; y aquí la ley debe empezar a desgranar quién es un verdadero peligro para el resto de sus congéneres y quien, simplemente, es un malnacido: nos sorprendería ver que casi hay tanto de lo primero como de lo segundo,  pero todos dormiríamos más tranquilos, más seguros y más en paz.

Por eso, un periódico de los de verdad, de papel, descansa a mi derecha mientras escribo estas líneas, y doblado por la mitad me inspira en la redacción; hay un titular que dice así: «Petición de cárcel para el agresor de dos lesbianas que se besaban en Barcelona», y se piden dos años de cárcel para tres hombres —otros dos escaparon a la carrera— que agredieron a dos personas que se querían; porque la ley no regula; porque no entendemos que la ley debe regular, y la educación debe asistir, y enseñar, y educar; porque no seré yo quien se atreva a decir que solo hay un tipo de educación , y por eso mismo está la ley.

Pareja (Eixample)
Fotografía de una pareja paseando por el Eixample que ejemplifica la noticia en La Vanguardia.

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