Black Mirror, de la filosofía a la interactividad

Black Mirror es de lo mejor(cito) que hay en Netflix. Y con este, son cinco los artículos que he escrito sobre la serie. No está mal, ¿eh? Durante meses, no obstante, me he reencontrado con una entrada en borrador: un artículo que nunca terminé sobre los dos últimos capítulos de la tercera temporada. Después, ya había escrito mis impresiones acerca de la cuarta, así que tenía poco sentido publicarla (o quizá no). No estaba mal esa entrada, que conste: exponía la relación entre Nicolás Maquiavelo, Thomas Malthus y el episodio La ciencia de matar. Un poco demasiado filosófico incluso, pero la historia de ese capítulo valía la pena como apuntó Adriana Izquierdo en La deshumanización de la guerra en «Men Against Fire».

También me dejé en el tintero Odio nacional, que habla de un tema más difícil de conectar con ideas anteriores al siglo XXI. Hoy, autores como D. E. Wittkower pueden hablar de amistad útil y accidental, así como de la imposibilidad de una amistad pura aristotélica en redes; esto no es nuevo para la filosofía, pero se han generado nuevos contextos que atraen la atención de la filosofía hasta Facebook e Internet. En la otra orilla, quedan islas inexploradas: el ciberbullying, el fénomeno del trolling y la no-culpa o a la deshumanización de la red. Qué ironía, ¿no? Algo que se creó para conectar a las personas entre ellas ha degenerado en un pozo de bilis que, a menudo, ni tan siquiera requiere de álter-egos o avatares.

Dicho esto, te preguntarás por qué vuelvo a dar la matraca con Black Mirror si aún no ha salido la quinta temporada. Pues verás, porque me he asustado con titulares como los siguientes: El último experimento de «Black Mirror»: deja al espectador elegir su final ‘Black Mirror’ prepara capítulos interactivos con múltiples desenlaces. En Verne, de El País, han aprovechado para recuperar los libros de «Elige tu propia aventura» y mostrar cómo el formato ha aparecido por todos lados y nunca ha terminado por caer en el olvido. El titular periodístico, algo soso: La historia de ‘Elige tu propia aventura’, el formato que probará ‘Black Mirror’. A mí se me vinieron dos cosas a la cabeza: Rayuela, de Cortázar, que también se menciona en el artículo (¡faltaría más!) y el pavor que me transmite una idea así en televisión.

Os pongo en antecedentes.

15-millones-meritos
Quince millones de méritos (1×02) planteaba un mundo en el que las personas viven en espacios cerrados y automatizados en los que tienen que ganarse la vida montando sobre bicis estáticas y produciendo energía que cambian por «méritos», una moneda virtual.

El otro día leía un artículo sobre la experiencia del usuario en la radio; este artículo mencionaba lo negro que la mayoría de las emisoras lo tienen contra Spotify u otros servicios de streaming. El porqué es bastante sencillo si uno lo piensa un poco: la radio no aprovecha las fortalezas que le quedan (a sus locutores, por ejemplo)  e intenta luchar haciendo gala de sus debilidades (casi todo lo que ofrece son listas de canciones que no puedes escoger entre anuncios); vamos, que está condenada. Y algo así puede sucederle a la TV si escucha demasiado al usuario… Y es que, muy probablemente, es igual de malo creer que nuestros consumidores no tienen derecho a hablar del producto como considerar que su palabra es ley.

Volviendo a Netflix y a la interactividad nos topamos con un gran ejemplo de esto: puede parecer guay, pero, en realidad, más allá de advertir un cambio de modelo, nos avisa de cosas bastante chungas. Primero, no es algo tan moderno, todo lo contrario: muchos videojuegos utilizan este sistema, algunos lo hacen incluso casi con devoción frente al modelo, como la empresa TellTale Games. Segundo, la capacidad de atención del espectador medio y, sobre todo, su tolerancia a la frustración… es cada vez menor. Tercero, ¿puede existir arte cuando lo quiero todo y lo quiero ya?

Ofrecer varias líneas narrativas supone no tener un lore real.

Ya, lo sé, parece que se me ha ido la olla con este último punto, ¿verdad? Me voy a explicar poco a poco. Hoy, sentimos la necesidad de ser protagonistas de todo, de controlar, de tener ese falso poder de decisión entre las manos: si no controlamos algo, o nos cuesta entenderlo, o ese algo requiere de un mínimo esfuerzo, no vale la pena. El principal problema de esta propuesta es que ofrecer varias líneas narrativas supone no tener un lore real, porque tendrías varios que son antagónicos entre sí. ¿Sería Casablanca si Humphrey Bogart hubiese elegido a la chica? ¿Y si Anakin Skywalker no hubiese sucumbido al Lado Oscuro? Vale, habrá alguien por ahí que diga: «Coño, pero no te van a dar control sobre los núcleos de la trama, so listo.» Entonces, me cabrearía todavía más, porque me sentiría estafado como usuario, que no espectador, ya que me van a hacer interactuar a un nivel de coste-beneficio que hará que siga prefiriendo cien veces un capítulo «normal» de Black Mirror.

san-junipero-3x04
¿Sería igual de impactante el capítulo de San Junípero (3×04) si nos hubieran dejado tomar decisiones en varios puntos de trama?

Esto nos lleva a un punto todavía más conflictivo; volviendo a la UX/experiencia del usuario, resulta imprescindible seguir defendiendo el (necesario) esfuerzo del receptor: el problema de la radio, por ejemplo, no es que el usuario no quiera escuchar anuncios, que también, sino que la fuerza que tiene este medio (noticias, actualidad, presentadores/as con garra…) se deja a un lado, y nos meten una lista de reproducción entre anuncios en el 99 % de las emisoras. Normal que todo quisqui prefiera un Spotify, ¿no? Sin embargo, la televisión —también el cine y los videojuegos— mantiene un nivel de exigencia más elevado, pero, en contraposición, devuelve más de lo que pide. O lo hacía.

¿Está cambiando nuestro nivel de tolerancia acaso frente a la masificación de productos audiovisuales? Puede ser. Y lo explico con un ejemplo práctico: hace un par de meses que estoy viendo una sitcom americana titulada Brooklyn Nine-Nine en la que el mejor gag de todo el capítulo suele reservarse para el primer minuto. Hay que enganchar al espectador… y la fórmula funciona, que conste. Pero también es un poco triste hasta donde hemos llegado, ¿no? Con la televisión tenemos muy metido dentro el cambiar de canal, incluso en Netflix o HBO, que es aún más sencillo: no es más que una menor y menor capacidad de atención combinada con cero tolerancia a la frustración. Y nos pasa a todos, ¿eh? Yo esperé durante año y algo como un loco a que saliese la segunda temporada de Westworld, y el primer capítulo se me hizo horriblemente lento… ¡pues aún no me he visto ninguno más!

Eso no es del todo malo, claro que no; igual que en los libros hay que encontrar ese punto en el que ni nos leemos cualquier cosa ni descartamos un libro por la portada, pero tengo la sensación de que la estrategia televisiva ha optado por dar al espectador demasiado poder; a un usuario que consume sin tiempo que perder ni intención alguna de plantearse un mínimo esfuerzo; y no siempre es posible conectar con alguien que se plantea así su papel como espectador. Si alguien pretendiese lo mismo con cualquier gran obra de la literatura, o con la música, la pintura, la fotografía, creeríamos que no es más que un esnob imbécil que no quiere más que fingir, y, sin embargo, hoy queremos un The Wire o un Los Soprano por año, sin realizar un ejercicio de percepción, de empatía, de análisis, de recepción.

En la actualidad, ya no es que no respetemos los tiempos de creación del artista —sea un cineasta o un escritor—, es que vamos camino a la ley del mínimo esfuerzo como receptores.

No sé yo…


NdA:  Dejo aquí algunos de los enlaces que todavía no había adjuntado en ningún artículo sobre Black Mirror.

Los artículos que he escrito sobre Black Mirror son:

Black Mirror: nueva temporada; pocas sorpresas

Contiene spoilers de los capítulos.

El 29 de diciembre, Netflix liberó los seis episodios de la cuarta temporada de Black Mirror. Yo había prometido escribir un tercer artículo (o cuarto, ya ni recuerdo) sobre las cuestiones morales que flotaban —o te arreaban un bofetón— en los dos últimos capítulos de la tercera temporada, y lo retrasé, y retrasé, y ¡catapum! Cuarta temporada. A las pocas horas, miles de opiniones por todas partes; a los pocos días, llegan los artículos, los análisis y las columnas de opinión; palabras en prensa en busca del trending, de la viralidad, de esas cosas que ya siempre va a necesitar el medio digital.

Alberto Rey es una de esas figuras que ha escrito cuatro líneas en El Mundo. No muy tarde. Le pagan por columna, de un modo u otro, y sabe que aquí primero es mejor que segundo; por lo menos, en relevancia, comentarios, estadísticas; en definitiva, en redes sociales. Por eso yo llego rápido hasta él, y leo: «A medida que Charlie Brooker entrega episodios de ‘Black Mirror’ cae su valoración en el voluble mercado de la opinión televisiva. Una mezcla del clásico (e injusto) «tú antes molabas» y la lógica pérdida del factor sorpresa. No es tanto una merma de calidad del producto como un cambio del mercado y el espectador.»

Y una mierda.

Así que aquí empiezo yo, que también descubrí Black Mirror antes de que fuese tendencia. Pero primero una opinión rápida, en ráfaga, certera o no. Hay dos o tres capítulos que se salvan: Arkangel, que ya no sorprende, y Black Museum, que juega en exceso con la nostalgia del espectador fiel. ¿USS Callister? Es original, pero se pierde en el buenismo. Cocodrilo… No trasciende. Cabeza de metal, falla en el fondo y hasta en la forma. ¿Y Hang the DJ? Pues a mi me encantó, a través de la lectura que yo hago de un capítulo algo confuso. Hasta aquí, ahora de uno en uno.

4×01 USS Callister

En cariñoso homenaje a Star Trek, USS Callister podría haber sido una joya, porque habla de las grandes cuestiones de la naturaleza humana: identidad, sufrimiento, muerte… Si alguien hiciese una copia idéntica de ti, ¿serías tú o sería otra persona? Es todo lo contrario a la Paradoja de Teseo (¿cuándo al reemplazar todas las partes de un objeto deja de ser ese objeto?), y, en realidad, está intrínsecamente ligado a la misma, puesto que Robert Daly reemplaza completamente todas y cada uno de los átomos que forman a cada uno de sus prisioneros y los vuelca en una versión digital de ellos mismos. En este mundo, que también tiene algunos elementos de dos episodios míticos de Star Trek (La colección de fieras El escudero de Gothos) que ya se parodiaron en Futurama, Robert ha duplicado a personas de su vida diaria y las ha introducido en un mundo virtual con reglas propias.

USS-Callister (4x01)

Aquí se generan preguntas verdaderamente interesantes: ¿es la copia una extensión de la identidad del original?, ¿hasta qué punto siente y es moralmente reprobable comportarse mal con estas últimas?, ¿es real el sufrimiento en ese mundo o es acaso menos real que en el primer nivel de realidad? De cualquier modo, es una locura ontológica, y también antológica, en la que yo diría que, si las copias son tan exactas como los originales, el sufrimiento que pueden padecer será igual o mayor incluso, puesto que, en este otro mundo, las copias saben que son prisioneras de un demiurgo maligno similar al que podía imaginar Descartes, que no se limita a engañarnos (duda metódica), sino que se presenta y nos tortura; a menudo, y, sobre todo, en un inicio, por cuestiones que no tienen una relación directa con nuestra comportamiento como segundo individuo, sino con las acciones del individuo original. Podría ir mucho más allá (¿tienen los originales una responsabilidad ética frente a sus copias?, por ejemplo), pero no lo haré. Por el contrario, sí agrego que el capítulo podía haber mejorado mucho de dos formas: primero, consiguiendo que alguno de los individuos del mundo real comprendiese el comportamiento de Robert en su mundo «no tan ficticio» (quizá así las consecuencias de sus acciones no parecerían tan inverosímiles), y, segundo, ahorrándonos la carga de buenismo final, donde Daly es castigado hasta niveles que nos cuesta deducir (¿la versión se actualiza y Robert Daly queda atrapado en el parche anterior?, muy rebuscado) y donde los clones, si bien no son liberados, acceden a una cárcel de dimensiones galácticas.

4×02 Arkangel

Un gran planteamiento, y ahí queda. El problema que tiene Arkangel, además de una tecnología muy parecida a la de Toda tu historia (1×03), que más tarde entendemos (Black Museum, 4×06), es una falta total de conflicto fuera del ámbito familiar. No sorprende porque la tecnología que se presenta ya la conocíamos, pero también por el hecho de que el mismo conflicto tampoco es nuevo, y puede relacionarse más o menos rápido con el capítulo que menciono. Si Sara hubiese tenido problemas en el desarrollo, quizá ahí podríamos hablar de un cabo al que agarrarnos, pero la hija de Marie solo es rara, y solo es rara de niña; después, su madre desactiva el filtro, y esta consigue crecer con relativa normalidad (por cierto, esto es poco verosímil por razones puramente psicológicas) hasta la edad del pavo. En realidad, el uso del dispositivo se limita a poco más que a una cámara espía con la que conseguir ver cómo su hija se droga por primera vez, folla y se enamora de un amigo. Sí, la sobreprotección consigue el efecto contrario, como casi siempre, y hasta aquí; pero hay un gran acierto: Arkangel consigue mostrar que el problema, en última instancia, no lo tenía Sara, la hija, sino Marie, su madre, quien desde el nacimiento de la primera no ha aprendido cómo vivir sin esa dependencia que destruye la principal herramienta con la que se relaciona con su hija.

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4×03 Cocodrilo

Cocodrilo es ágil en su planteamiento: se produce un accidente, una pareja decide deshacerse de un cadáver y el tiempo pasa. Quince años después, el artífice del suceso desea reabrir viejas heridas, y, entonces, todo se complica. Otro capítulo que juega con la identidad y el sentimiento: ¿quién es Mia? ¿Una madre y una arquitecto que no quiere que su vida se desmorone o una asesina a sangre fría? ¿Nos define lo que hicimos en el pasado o también las decisiones que tomamos en cada momento? Estas son las dos preguntas básicas que nos pueden guiar por este mundo.

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Cocodrilo es, probablemente, uno de los capítulos más siniestros de todo Black Mirror (¿quién podría matar a un bebé ciego?), y, sin embargo, el uso positivo de las nuevas tecnologías está presente a lo largo de todo su desarrollo. ¡Ah! No está mal, pero ni sorprende, ni convence; quizá por la ausencia de ese cambio palpable que nos mueve de una veinteañera histérica que se ve sobrepasada por la situación a una psicópata capaz de todo. ¿Será la falta de castigo lo que la cambió o solo faltaba motivación suficiente? No lo sabemos. Y tampoco se explica: apenas se entrevé.

4×04 Cuelguen al DJ

Quizá no soy objetivo, pero este es el capítulo que más me ha transmitido: con más chicha que Arkangel, menos exigente que Black Museum —que lo es, y a distintos niveles—. Empieza así: en el Sistema Amurallado ya no tienes por qué conocer gente, tener citas vacías o comerte el tarro pensando si encontrarás a tu media naranja: el sistema te empareja constantemente con otras personas hasta que, tras dos, diez o doscientas relaciones, encuentra a tu pareja ideal. ¿El problema? El problema es que Frank y Amy se gustan desde el principio, se caen bien, encajan, y el sistema dicta que su relación durará solo doce horas. Doce. A partir de aquí, Cuelguen al DJ explora las relaciones posteriores de ambos y cómo hay algo que no encaja en este mundo. Más adelante, su Tutora, el cachivache digital que les asesora, vuelve a emparejarles, pero recelosos del tiempo que les ofrece esta vez, deciden no descubrir la cuenta atrás presente en toda relación de aprendizaje que les ha asignado.

El planteamiento recuerda, en líneas generales, a San Junípero (3×04): un amor imposible condenado a terminar, y ofrece un giro de ciento ochenta grados cuando los protagonistas comprenden que el programa de citas es la verdadera prueba: si tienen que vivir en el Sistema, mejor escapar donde puedan estar juntos; y si Amy tiene razón, así es como realmente podrán conseguirlo. Pero no. Al escaparel capítulo nos muestra como todo eran versiones del algoritmo de citas del programa que utilizan ambos en el mundo real, y que, en el 99,98 % de las veces ha demostrado que son compatibles. En un bar, mientras suena Panic de The Smiths, Frank ve a Amy de lejos, y Amy a Frank, y nosotros quedamos estupefactos al comprobar que toda la historia que hemos presenciado solo era un cálculo más del programa de citas que los dos utilizan en su smartphone.

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Como es habitual, Black Mirror vuelve a jugar con los niveles de realidad, así como con nuestra percepción de los mismos. ¿Es falso todo eso que hemos visto porque no ocurre en nuestro mundo?, ¿tienen valor esas relaciones y esos mundos creados en la Nube?, ¿hasta qué punto podemos amar, sentir o vivir como hasta ahora en un mundo donde son Tinder o Siri los encargados de hacer que nos conozcamos y reconozcamos? Complicado, sin duda. En mi opinión, le falta algo de innovación, que ya es difícil encontrar en esta cuarta temporada, y un desenlace menos abrupto, o, por lo menos, más digerible tras tanta metafísica.

4×05 Cabeza de metal

Horrible. Atroz. Y no merece ser Black Mirror. El peor capítulo de toda la serie con muchísima diferencia. No obstante, para que se entienda que no es una crítica bestial sin fundamento y, entendiendo que cualquiera que esté leyendo esto ha visto los episodios o no le preocupan los spoilers, ahí va la sinopsis argumental: unos supervivientes/carroñeros intentan robar en un almacén algo para un tal Graham, que está muy enfermo, y se ven sorprendidos por un robot que los ataca y asesina; la única superviviente escapa y consigue refugiarse en una casa, armarse con una escopeta y destruir a la máquina que la persigue, pero, al morir, esta explota incrustando en su rostro y en su cuello rastreadores para que otros robots la encuentren. En el almacén, la cámara nos enseña que fueron a por un oso de peluche, por lo que se entiende que el enfermo era un niño que quería un juguete y que el mundo está hecho una mierda.

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Vale. ¿Y? No nos importa qué coño era el Mcguffin porque ya no hay conflicto, y lo peor es que, en Cabeza de metal, nunca lo ha habido. Por contexto se presupone que el mundo es una distopía, pero no sabemos ni qué ha pasado, ni qué está ocurriendo ni qué propósito tiene la protagonista, ¡porque no lo tiene! Los americanos que son tan y tan buenos en plantear historias y meternos dentro de ellas rápido, aquí la pifian: no hay trama, no hay presentación, y no hay conflicto más allá de la mera supervivencia típica de las películas de zombis. Para terminar de cagarla, el capítulo se presenta en blanco y negro sin un fundamento lógico; vale, quizá el nivel de detalle de las expresiones y sensaciones de los personajes transmite mejor así, y, de paso, se aleja del gore típico de las películas de terror o los thrillers, pero me importa un bledo —como si es un universo alternativo, o un espacio digital monocromo—, porque no hay historia. De filosofía, moralidad y similares, ni hablamos; es un capítulo estilo Rick Grimes y compañía, pero de los más malos que se te ocurran.

4×06 Black Museum

Por último, el episodio con el que se cierra la temporada es original, diferente y arriesgado, pero funciona. Rolo Haynes es el propietario del Museo Negro, un espacio donde se exhiben extraños objetos de vanguardia con una espantosa historia detrás. Al museo llega Nish en su coche eléctrico, y al comprobar que este necesita tres horas para cargar la batería, decide hacer un tour por el espectáculo circense. Con este planteamiento se nos explican tres historias relacionadas con el pasado de Rolo: el implante neurológico del Dr. Peter Dawson, el oso de peluche donde está atrapada la conciencia de Carrie y el holograma de Clayton Leigh, condenado a sufrir la silla eléctrica una vez, y otra, y otra más, por toda la eternidad.

Sin duda es el episodio más complejo de toda la temporada, tanto en la trama como en la escenografía, que recoge alusiones (huevos de pascua o easter eggs, en inglés) de todos los capítulos de la serie y que, de nuevo, sirve para comprender que muchas de las historias conviven dentro de un mismo universo —o podrían hacerlo—. Las tramas siguen hablando de la identidad, y de cómo esta puede pervertirse mediante el mal uso de la tecnología. Black Museum retoma el discurso del individuo y el yo, y de cómo este puede alterarse y descontrolarse a medida que creamos y superponemos capas de realidad, así como las implicaciones éticas y los sesgos cognitivos que estos pueden causar —hay que tenerlos cuadrados para convencerse de que es buena idea meterte a tu novia en la cabeza, así como  a tu ex en un osito de peluche— como el resto de personajes que se mueven entorno a Carrie en su historia o la ausencia de un proceso legal que prevea la mayoría de los casos en los que Rolo se ve envuelto durante su época como reclutador de investigación neurológica: ¿qué importa más?, ¿el individuo o el avance científico? La respuesta parece obvia.

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Con toda probabilidad, el desenlace de Nish y Rolo es la mayor vuelta de tuerca que encontramos en estos seis episodios, o casi, y, a su vez, se encuentra perfectamente hilada tanto con la última historia, como es lógico, como con las anteriores: el oso de peluche en el coche, la identidad de Nish, el museo en llamas, la justicia poética que se le inflige a Rolo… Como pequeña contrapartida, lo adelanté al inicio del artículo: parece difícil creer que todas estas historias se puedan desarrollar en una misma línea temporal; esperemos que este caramelo que se nos lanza a los espectadores, no se vuelva contra la serie.

En definitiva, la cuarta temporada se cierra con dos conceptos que están mucho más cerca de nosotros de lo que podríamos imaginar: conciencia digital e identidad virtual llevadas, a menudo, a los extremos más espantosos y distópicos que se nos pudieran ocurrir, pero solo en el marco de la falta de probabilidad, no de la imposibilidad. Asusta un poco, ¿eh?


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¡Feliz 2018, por cierto!