Nombre y sentido

El nombre de un buen protagonista recoge mucho de lo que hay detrás. Ebenezer Scrooge, Long John Silver, Bilbo Bolsón… Alguien con un nombre como Luke Skywalker no podía quedarse en una granja en Tatooine, algo tenía que pasar, ¿y Dorian Gray? ¡era pura ambivalencia! entre los dioses, y el color, y el tiempo. También aquellos nombres más cotidianos pueden transmitir mucho, por exceso o por defecto; y sobre esto he estado trabajando para dotar de sentido a algunos de los personajes de la novela. Aquí la autoficción puede jugar en contra, o el realismo —la verosimilitud— quizá, la necesidad de nombres que aludan a nuestras calles, y que, aun así, transmitan y transporten. Algo gané, y aprendí, con un ejercicio de escritura sobre el nombre de un personaje y la presentación de algunas de sus características con esa excusa. En mi caso, traté de llevar a cabo el ejercicio contrario a los ejemplos anteriores: lo vacié de sentido. Aquí lo dejo.


Varios días después de la muerte de su padre, recordó por qué su nombre significaba lo que significaba. Fue una revelación auspiciada por el lento vaivén de sus piernas en la Rambla de Cataluña, a lo largo de todo aquel trayecto que conecta la estatua de la jirafa que coquetea ya con demasiados turistas y el toro que medita sobre cómo hemos llegado a esto. De algún modo, el gesto de este último aludía a su viejo, rumiando tras una mesa de despacho.

Entre el gentío sin rostros, relacionó, y evocó también el recuerdo incierto de su hermano mayor, escogiendo su nombre por deseo explícito del padre: ¡menudo poder para un crío de tres años! Pero no era eso lo que atormentaba a Javier. No, claro que no, sino el hecho de nunca haberlo dotado de sentido, aun inventado. El nombre de un familiar, de un amigo, alguien. Tuvo que hacerlo él, y, cuando el cemento ya había fraguado en el cementerio de Pueblo Nuevo, atrajo hasta allí, con el final de la rambla a los pies y el bronce oxidado delante, la última noche que vivieron juntos en el planeta.

Detalle de la escultura Brau meditant (Josep Granyer, 1972).

Y así regresó al hospital, encontrándose frente a un monitor de signos vitales que desaceleraba un poco más. Javier siguió mirando cifras y gráficos para evitar ver cómo su padre se moría. Por la ventana de la habitación, luces de una ciudad dormida; los susurros de las enfermeras acompañaban al oncólogo hasta la puerta del cuarto, quien volvía para inyectar una nueva dosis de morfina a un cuerpo inerme: no puedes matar a un enfermo terminal, así que, llegado el momento, fuerzas la máquina hasta que el tren descarrila.

Clavó los ojos en la cama del moribundo que aún era su padre. Esperó a que el especialista saliese de la habitación, y marchó a casa sin despedirse. Casa: eso era lo único que significa su nombre, y encima en vasco: ¡qué cojones! Volvió al amanecer, la cama vacía.


NdA: aquí hay imágenes de las esculturas que aparecen en el texto.

Morir, morimos todos

La hermana de una amiga de mi madre tiene un cáncer muy agresivo en el cerebro. Los oncólogos le han dicho que es operable, aunque no está exento de riesgos. Quizá las posibilidades son cincuenta/cincuenta, o algo mejores. Conozco a esa mujer, pero de lejos; me pareció autosuficiente, alegre y vital: tres rasgos que no siempre se ven en alguien con ochenta y tantos. Cuando le llegó la enfermedad, no obstante, hizo esa pregunta tan recurrente: «¿Por qué a mí?», y lo acompañó de un: «¡Si nunca he tenido ni un dolor de cabeza!» Sorprende, y duele la realidad, y no cuesta tanto como imaginar por qué te coge un cáncer de pulmón fumando cuatro paquetes de tabaco diarios, pero no debería ser así.

El ¿por qué a mí? en relación a la muerte o a la enfermedad tiene muchas respuestas, pero no nos gustan: porque tienes ochenta y dos años, porque todos enfermamos por mil razones, porque tú has vivido una vida larga y hay niños de tres años con cáncer en un pabellón hospitalario, porque la vida es así. No nos gusta pensar en esto. Me fui a hacer un empaste el otro día, y la auxiliar se quejaba a una compañera: «¿Tú te crees? Que dice mi madre que no se va a teñir el pelo, y lo tiene blanco, blanco.» Le he dicho: ‘Mamá, que así pareces una vieja’; y la otra: «¿Y cuántos años tiene?» Respuesta: «Noventa y tres.»

iris apfel
Iris Apfel (Nueva York, 1921), icono de la moda neoyeorquina que este año cumplirá 97 años.

Nos podemos intentar autoconvencer. Decirnos a nosotros mismos que nos tienen embobaos con la política, las crisis que se suceden una tras otra, la telebasura y el llegar a casa cansados, asqueados del mundo, y no querer pensar. Te coges la prensa, ¿y qué hay que afecte a tu vida?; enciendes la televisión para ver las noticias y tres cuartos. Nos la suda tratar de aprender cómo vivir nuestras vidas, ¡imagínate morir! Pero a veces, hay joyas ocultas por ahí. Yo me topé con una —de cientos, de miles que hay, si buscas— en La Contra de La Vanguardia, donde una madre hablaba de cómo enterró a su hija y superó un cáncer con metástasis en fase 4 como el que se llevó a mi viejo. Se quitó un pecho, se vació el otro, y se dijo: «Voy a luchar», y también: «¡La vida vale más que dos pezones!», y joder sí vale más.

La señora del principio del artículo no quiere operarse. Hay personas, entre las que me incluyo, que no estamos seguros de que el tumor la deje razonar bien, pues el pronóstico para los meses que le quedan es peor que la muerte. Quizá para ella no. En realidad, la cuestión no es esa, y, aquí, tampoco debatir sobre si hay muertes que son mejores que muchas vidas, sino entender que morir, morimos todos, y vivir es más que levantarse y hacer lo que el resto espera de ti.