Encarcelados en casa

Estos días de confinamiento a causa del Covid-19 pienso, mucho, sobre la época en la que fui voluntario en  proyectos sociales de las cárceles de Quatre Camins y Brians 2. Ahora que estamos encerrados en casa en una suerte de tercer grado no puedo evitar conectar con toda esa gente que cumplía condena.

Lo de la prisión nunca lo vi muy claro, la verdad. Frente a cualquier delito, la justicia impondrá siempre una pena en años de vida —lo que, a priori, parece un buen trato: lo mínimo que la sociedad puede exigir al reo— y en una absoluta privación de libertad.

¿Y si el coronavirus nos obliga a replantear el sistema penitenciario?

Mientras, nosotros, la gente de a pie, miramos hacia otro lado y obviamos que la naturaleza punitiva del castigo obvia, demasiadas veces, la reinserción social.  Pero, sobre todo, ¿nos planteamos si es justo mantener entre cuatro paredes a alguien durante cinco, diez o treinta años? ¿Dependerá del crimen? ¿Importa el delito si la pena resulta más venganza que castigo?

Fotograma de la película Doce hombres sin piedad (Estudio 1, 1973). Se trata de la versión española adaptada de la obra de Reginald Rose. El director de la adaptación fue Gustavo Pérez Puig.

Cuando hablabas con aquella gente —delincuentes sexuales, drogadictos, traficantes, agresores— y les ponías nombre, y cara, e historia, te dabas cuenta de que cualquiera puede entrar a prisión: esa fue la mayor enseñanza que saqué de estar entre rejas un rato por semana. También de que esos hombres y mujeres están doblemente condenados, por el sistema y, en muchos casos, por un pasado que les secuestra un verdadero futuro. En su día, pensé que esto era por la falta de medidas de reinserción: no reconstruyes una vida quitando el módulo de drogodependencia para instalar más celdas de castigo, ni pagando a la gente por montar el cableado eléctrico de un Seat León a 20 céntimos la hora. Claro que había iniciativas positivas: muchas y llevadas a cabo por buenos educadores sociales, psicólogos/as, funcionarios/as.  Sí hay cosas buenas en prisión, claro que las hay: el poder estudiar, la orientación, la rutina, el atenerse a unas normas… Sin embargo, ¿y si el problema mismo de la (relativamente) baja tasa de reinserción va ligado al contexto y no tanto a las medidas? ¿Puede uno aprender a ser persona si le negamos, durante años, una de las formas más básicas de libertad? ¿Funcionará, de veras, el modelo finés de cárceles sin rejas?

La primera semana de confinamiento llega a su fin y la administración admite que esto va para largo, que habrá que tomar decisiones impopulares y que no hay más que hablar. Una medida muy metafórica si pensamos en cómo de volátiles son, a veces, las condenas en el ámbito penitenciario por mala conducta. Pensemos, pues, en algo muy simple: si nosotros no aguantamos cinco putos días en casa, ¿puede una persona reinsertarse con estas reglas de juego?

Ni idea, pero vale la pena darle un par de vueltas, ¿o no?


NdA: Te animo a leer sobre la cárcel en Infoprisión, así como a ver documentales como Un mundo en sombras de RTVE. En 2018, la tasa de reinserción penitenciaria se mantenía en un 69 %.

En 2016, publiqué un post sobre mi experiencia en prisión titulado Castigar y perdonar.

Hay cosas peores

En Quatre Camins, las noches de invierno, invierno se acompañan de mala hostia: es por las mantas, sobre todo, o, mejor dicho, por la falta de mantas. A las nueve, nadie se quiere pirar a las habitaciones, que son celdas, pero no lo decimos: ni que son celdas, ni que no queremos tirar para allí a pelarnos de frío; bastante mierda es el trullo para repetirlo todos los días, y putas las ganas de acabar con el culo en aislamiento. Aun así, hay cosas peores que quejarse por las mantas, como lo que se comenta que hacen el Max y el Raúl en el patio del pozo, donde las actividades, que nadie sabe si van a susurrarse cositas a la oreja o algo más, pero se ha enterado el Gitano, y el Gitano no quiere ni oír hablar de eso en el módulo.

—¿Te ha venido a ver la chorba?

Esta vez, el Raúl pregunta con el culo apoyado contra el pozo; pregunta, severo, con sus expresiones de niño de los ochenta. Hay noche de luna llena y Max se fija en los millones de puntitos de la cabeza que se le ilumina delante: una chola rapada al cero. El otro se impacienta y levanta la barbilla, como diciendo: qué pasa. La tocha de halcón le recrudece el gesto.

—Sí, fresco. Para tres meses paso de quitar los vis a vis, pero ya le dije que, cuando salga, hablamos. No quiero líos con el resto.

Y le hace el saludo que simula la corona de la mara, para contextualizar.

—¿No quieres líos? Ya que viene desde Barcelona te la podrías follar.

A este le pasa algo.

quatre camins - persianes lliures
La fotografía corresponde a un taller de arte urbano para internos en la prisión de Quatre Camins (La Roca del Vallés, Barcelona).

Max se acerca al pozo. Max: con su gorra amarilla y negra, su camiseta del Barça, su mejor sonrisa, que hace brillar frente al Raúl. Ya está ahí, con sus ojillos dulces del color de las castañas, con su no-afeitado casi pubescente, con su mano y el no me olvides de oro que acerca hasta la mejilla del Rapado.

—¿Qué le pasa? No sea malito…

El Raúl le interrumpe con una de sus manos contra los pectorales que ha moldeado el talego; lo hace con la palma, con suavidad, y eso no lo sorprende, así que el puño contra el mentón el Max no lo ve venir; es un golpe seco, explosivo: animal. Se desploma contra la hierba del patio. ¿A este man qué coño le pasa? Por el suelo, hay chustas de porros que no deberían estar ahí y cuchillas por las que mejor no preguntar, así que Max opta por otra pregunta, y el Raúl responde:

—¡¿Qué me pasa?! ¡Tú me pasas, marica!

—¿Marica?

—Y el Gitano no quiere maricones en el módulo —interrumpe una voz grave desde la puerta que da al jardín.

El pavo es un funcionario del turno de noche, y Max sabe que esto no ha hecho más que empezar. Por eso, mira hacia donde estaba el Raúl buscando ojos cómplices, pero el Raúl ya se ha ido hasta la puerta, y ahora le da la espalda.

Isabel de España

Era yo un crío, pero algo ya me chirriaba con aquella sesentona de los noventa que juntaba en el Telecupón a ovejitas, deje andaluz y su gracia para encantar a la pantalla y a millones de hogares cada noche. De «pivonazo» de época, de actriz, cantante y presentadora, a Carmen de España. En Hollywood, María del Carmen García llegó a ser, tras Rey de reyesCarmen Sevilla, aglutinando a una ciudad entera bajo su figura, y haciendo un gran bien a las viejas del visillo, y a los feos y las feas, que pudieron verse proyectados, y en la capital del mundo audiovisual, a través de la niña del Heliópolis.

Pero Carmen Sevilla era mucho más para España, y no todo bueno. Carmen Sevilla llegó a ser Carmen de España, y recogía lo virtuoso, pero también lo rancio; recogía la gracia, y también la ignorancia de un pueblo entero, aunque fuese desde el flanco de los ricos, a quienes les comercializaba colonias, y galas televisivas, y productos de grandes multinacionales, como Philips o Coca-Cola, que ella ha olvidado, y ellos seguro que le han devuelto el favor.

Pablo Motos e Isabel Pantoja

Ahora, lo más cercano que nos queda de aquella época, de aquella Carmen con la que soñaban en la cama nuestros abuelos, y de aquella faraona que quería que le pagásemos sus deudas con Hacienda, es la Pantoja, recién salida de la cárcel y on tour, tras unos meses de descanso, para explicarnos cuán feliz vuelve a ser, qué enamorada está de España entera y cómo se prepara un falso directo de esos que le gustan a todo el que se chupa El Hormiguero del Motos.

De la cárcel no hablaron, porque eso España se lo ha perdonado. No hablaron, porque otro, o un servidor, se pudriría durante décadas, pero no Isabel de España; ella es un ejemplo de madre, de persona y de artista (de esto último puedo estar de acuerdo, pese a no ser fan). Pablo Motos le dijo, textualmente, y para que aquello no empalagase más de la cuenta: «¿Sabes que hay mucha gente que no quiere que estés aquí?» Pero la Pantoja se reía, porque sabía que no era verdad, porque nunca hubo un  share igual en el programa, porque ella es Isabel de España, y España la tiene porque la merece, de principio a fin, en lo bueno, y, sobre todo, en lo malo, en todo lo que se le perdona, y se le exculpa, en todo lo que refleja la corrupción, el catetismo y el pan y el circo. Porque ayer se arregló un país; porque esto es lo que necesita España; porque España no va mal, solo que a la pobre de Carmen se nos la llevó el alzhéimer, y eso no hay youtubers, ni Internet, ni casi nadie que lo arregle.


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Castigar y perdonar

A través del voluntariado, entré en Quatre Camins y Brians 2. No importan los módulos; podrían ser de grado 2 o de grado 3; de drogodependencia, de delitos sexuales, de respeto… No importa, en serio. Si quieres ser voluntario/a, y te importa eso, hazte un favor y no te acerques por allí jamás.

El primer día mezclaba demasiada curiosidad y tensión por cómo sería aquello, por qué pasaría; todo ello se movía también entre briznas de inquietud difíciles de controlar la primera vez que pasas los controles; los siguientes, no.

Cuando me relajé un poco ante la situación, no tardé en advertir dos puntos que me perseguirían hasta el final de los programas: uno, cualquiera puede acabar en prisión; dos, el sistema no funciona (bien), y es de este segunda cuestión de la que quería hablar hoy.

Mi experiencia en prisión

Aunque no siempre lo tengamos en cuenta, la cárcel está repleta de perfiles que no tienen nada que ver entre sí: habrá una minoría de psicopatías mal redirigidas; también personas que han cometido delitos menores y continúan entrando y saliendo; acosadores, violadores, desfalcadores, drogadictos, gente que ha sufrido durante toda su vida exclusión social, enfermos mentales, y más. A menudo, estos perfiles se solapan, porque como ocurre en la vida real, nuestro carácter no se adapta a la hoja de un informe médico o judicial.

AlPerroVerde - Voluntariado Quatre Camins 2015-2016
Compañeros voluntarios y equipo perruno del programa de voluntariado 2015-2016 en la prisión de Quatre Camins (La Roca del Vallés, Barcelona).

Todos ellos conviven y trabajan juntos. Lo único que tienen en común es un espacio que les mantiene privados de libertad: un pequeño entorno, un microcosmos. En prisión, uno se organiza por celdas compartidas, aunque la ley española contempla que deberían ser individuales siempre que esto fuera posible; algo que la masificación impide y que solo se reserva para internos que han sido recluidos por delitos de terrorismo, seguimiento especial  y castigo (veintitrés horas en la celda; una en el patio).

En prisión, se puede estudiar y optar a trabajos de baja cualificación por un sueldo mínimo con el que ahorrar o gastar en el economato; también ser candidato para ciertas actividades extraordinarias que, en un mundo donde la rutina te amenaza con tanta garra como la falta de libertad, se convierten en un oasis en el desierto. Así, conocí yo una pequeña porción de la cárcel: su cara más bonita; y de bonita no tenía nada.

En España, la cárcel es, sobre el papel, una herramienta de reeducación y reinserción para personas en riesgo de exclusión social, a diferencia de países como EEUU, donde se contempla, en primer lugar, una pena punitiva.  De facto, sin embargo, estos programas son inviables por culpa de la falta de recursos que no permiten individualizar los tratamiento para cada interno.

Seguro que no te lo crees. Pero las tasas de reincidencia hablan por sí mismas: más de un 40 %. En serio. Y hay algo más que descubrí: los yanquis cuentan con un psicólogo por cada seis presos; los españoles con uno cada seiscientos (600).

Si bien el sistema estadounidense de prisiones no tiene nada de bueno, España tampoco es un camino de rosas. La cárcel ya es castigo suficiente. Por muchas piscinas que la gente crea que disfrutan, y muchos polideportivos donde levantar peso o pedalear en una elíptica; por mucho subsidio que cobren al salir (un máximo de 426 €, en 2016). La cárcel es rutina, es privación de libertad y, para muchos, es una soga al cuello o el menor de los males al volver a pisar la calle.

Semana a semana, aprendí que la solución no es seguir castigando a estas personas que ya está cumpliendo una pena impuesta por sus errores; tampoco lo es perdonar. La respuesta empieza por comprender sus miedos, sus frustraciones, sus carencias, y canalizarlas a través de ese periodo de tiempo en el que son obligados a salir de las calles; aprovechar esos días, esos meses, esos años, como una herramienta mediante la que reintegrar a esa gente en sociedad.

Descubrí algo más. Aquello que poca gente quiere comprender al acercarse a un preso es que sus errores, a menudo, también son los nuestros (como grupo). No podemos exculpar a ninguno de ellos/as, ni debemos hacerlo, ¿pero cómo podemos tener la poca vergüenza de decirles que no quieren un cambio en sus vidas si no les ofrecemos todas las herramientas para alcanzarlo?


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