ChatGPT no es C3PO

ChatGPT no es C3PO - Inteligencia artificial

Si te paras a pensarlo, creíamos que el futuro iba a ser a lo Blade Runner, pero no ha hecho falta. Tenemos las cabezas tan metidas en nuestros… teléfonos (pensabas que iba a decir culos, ¿eh?) que muchísima gente no distingue entre escribir a una IA o whatsappear a un colega.

Nos ahorramos el famoso test de Voight-Kampff, supongo.

Quizá esto que te cuento te sorprendería hace un par de años, pero hoy seguro que has visto a más de uno enviando una nota de voz tras otra al ChatGPT. Un algo que emula a una conversación, pero no sé bien qué es.

ChatGPT

Según The Guardian, ChatGPT se usaba hace un año para creatividades (27 %), contenido explícito o juegos de rol erótico (12 % de las peticiones, en serio), brainstormings, simplificar explicaciones, informarse sobre sucesos, redactar código… En fin, un buen popurrí. En su mayoría, 7 de cada 10 búsquedas no eran por trabajo, parece ser.

Sin embargo, mientras en OpenAI están maquinando (¿lo pillas?, aquí hago juegos de palabras de calidá) el próximo paso, ya he visto a varias personas que han empezado a hablarle  al GPT como a un/a asistente. Sí, enredándose en largas conversaciones repletas de preguntas y respuestas con las que aclararse las ideas, hacerse mapas mentales e incluso tomar decisiones.

Sin ir más lejos, el sábado pasado uno de mis hermanos me recogió para ir a trabajar a Barcelona (tenía el coche averiado yo) y devolverme a mi casa. A última hora, estuve resolviendo algunas dudas a clientes sobre las clases mientras mi hermano me esperaba en el asiento de su Toyota No-sé-qué. Observé cómo enviaba notas de voz,  me acerqué y le pedí unos minutos extra, intentando no interrumpir sus mensajes o la llamada en curso (no lo tenía muy claro).

Cuando acabé de trabajar, subí al coche y no tardé en darme cuenta de que no estaba al teléfono, sino «charlando» con ChatGPT sobre una decisión concreta. Y aquí no me malinterpretes, ¿okay? Hace un laaargo año que uso ChatGPT y otras IA en el trabajo: para automatizar la creación de algunas secciones de los informes, consultar fuentes de prensa, como asistente de redacción de contenidos concretos; también en mi vida personal: para estudiar psicología, analizar dinámicas conductuales, resolver dudas concretas y, como todo quisqui, hacerme un estúpido avatar al estilo Ghibli. (Lo siento, no volverá a pasar, como decía el rey emérito.)

C3PO

Al grano. ChatGPT no es C3PO. El androide de Star Wars tenía conciencia (o sea, una IA autoconsciente). Pese a sus colores dorados y metalizados, era algo similar a los replicantes: nos daba pena y generaba empatía porque había desarrolado agencia moral. Como el nene de la película de Spielberg, ya sabes.

En otras palabras, eran tan indistinguibles al ser humano que replanteaban la cuestión principal (¿qué es ser humano?). Como los cylons y los replicantes: como el androide medio, vamos. En cambio, aquí estamos más bien en una distopía estilo Black Mirror.

ChatGPT es una serie de respuestas probabilísticas que te ofrecen la solución más probable tras sucesiones de cálculos de resultados. No es persona ni agente moral; tampoco culpable de que haya gente suicidándose por un mal consejo, claro, o tomando decisiones pésimas por culpa de un mal prompt.

Inteligencia artificial

La cuestión aquí es que mi hermano fue conduciendo mientras enviaba audios*, con su atención en el aparatico, atento a la siguiente respuesta para relanzar una pregunta más, o confirmar la respuesta de esa supuesta interlocutora. La voz femenina de su GPT, con acento latino (diría que colombiano, pero quizá era argentino o ligeramente estándar) le respondía cortés y pacientemente.

En otro momento, quizá le hubiese dicho algo, pero estaba sorprendido por la dinámica de la situación. Yo, ahí, con uno de mis hermanos a los que suelo ver un rato cada cuatro, seis u ocho semanas (en su defensa, habíamos comido juntos); él preguntando cosas al smartphone; yo observando la escena.

No estaba teniendo una conversacion, pero tenía gran parte de su atención ahí: las contestaciones solo eran cálculos de probabilidades, pero podían haber pasado por una respuesta humana. Cuando acabó el toma y daca, me comentó sobre sus descubrimientos (que no eran suyos) y la toma de decisiones (que tampoco) y, luego, debimos cambiar de tema.

Más tarde, ya en casa, me estuve preguntando si eso va a ser la habitual: la normalización de relaciones inexistentes y la pérdida progresiva de otras que podrían ser. Estas últimas, no obstante, no siempre tienen la respuesta que buscas, ni cosas interesantes por decir. Me mosquea también lo rápido que hemos empezado a creer a un aparatejo porque parece que siempre tiene una solución(que sabemos que, a menudo, no lo es: incluso que alucina); lo difícil que se va a poner diferenciar entre lo real y lo digital, y la dependencia cada vez mayor de la mierda del iPhone (o Android, da igual) que todos estamos condenados a llevar en el bolsillo ya.

¿Sabes que hay quien se ha pasado a móviles vintage para reducir el impacto de lo digital?, pero siguen cogido por los jíbiris en el trabajo. El capitalismo, una vez más.

* Si eres policía y estás leyendo esto, se trata de una licencia poética y nunca pasó, no hay razón para denunciar a mi hermano. Ah, y 1213 fue un gran año.

El asesinato del inspector Arroyo, que era una bobina con un fedora, Miyazaki cabreado y mi novia en una llama en llamas

Inteligencia-artificial-El asesinato del inspector Arroyo, que era una bobina con una fedora, Miyazaki cabreado y mi novia en una llama en llamas

Hace un porrón que no escribo una columna. Como diría Manolo Escobar: porrón, porrompompero. (Empiezo mal, ya ves.)

El tema es que me he acordado de que tenía un blog abandonado (este) y me ha dado por retomarlo. Hoy, por lo menos, no esperes mucho, que vengo a hablarte de un relato de novela negra sobre una bobina antropomorfa que desenrollan hasta la muerte, de Miyazaki —podrido de millones— y de su cabreo, porque todo dios está generando dibujitos con su estilo, y de un dibujito (en concreto) con el estilo de Miyazaki que generé para mi novia, montando una llama en llamas.

En fin, arranco.

Llevo unos meses usando mucho los GPTs (principalmente, ChatGPT) para trabajar y como apoyo académico (ando en varios embolaos). Tengo sentimientos encontrados con este tema: en ciertos sectores, cada vez se paga menos y se exige más, y la posibilidad de consultar, reorganizar o revisar grandes volúmenes de información ayuda. Por el contrario, me preocupa un poco bastante lo de seguir incrementando el consumo energético, la huella hídrica y toda la pesca. Además, mosquea pensar que el acceso a este tipo de tecnología es desigual y los perjuicios se los tragan, a la fuerza, los de siempre: el sur global, las minorías, los más pobres.

Cable pelado

En cualquier caso, he trasteado bastante. Desde organizar bibliografía en formato APA 7, a buscar fuentes para artículos que publico en prensa o generar una lista enorme de chorradas. Mi preferida es Cable pelado, como la propia IA ha titulado a una historia que me está ayudando a crear. Le di cuatro ideas, y empezó a escribir, y lo hizo con suficiente coherencia argumental para empezar a editar desde ahí. Lo cual no he hecho, porque es una historia chorra.

Muy chorra, de verdad. Esta es la sinopsis:

En la fábrica de bobinas eléctricas Copperville, donde las bobinas llevan una vida ordenada según su tamaño y edad, ocurre una tragedia. Markus y Stephanie, hijos de la familia Voltman, desaparecen misteriosamente. Los Voltman recurren al inspector Arroyo, una famosa bobina detective, para resolver el caso. Sin embargo, la situación empeora drásticamente cuando Arroyo aparece desenrollado y destripado en medio del pasillo principal de la fábrica. El horrendo crimen conmociona a toda Copperville y lleva a Voltman, padre de las víctimas, a jurar que descubrirá al culpable.

La cuestión es que, si bien la IA estadística construye sistemas capaces de aprender de los datos, identificar patrones y blablablá, ya hay miles de personas generando historias, subiendo libros a Amazon, y sacando pasta. Algo que no solo ocurre con los libros, sino también con cualquier otra disciplina artística (y en muchos trabajos).

Angry Miyazaki

En abril, Miyazaki estaba muy cabreado. En parte, quizá no entiende bien la potencialidad de estas tecnologías; pero apuesto a que está más relacionado con el miedo en sí. Hay un temor incipiente dentro de todos a ser reemplazados, superados: quedar atrás. Si pones la oreja, escuchas la misma cantinela: «La IA no podrá hacer esto como un humano» o «será un complemento que nos ayudará a trabajar mejor».

Mis cojones, treinta y tres.

Yo no lo tengo tan claro. Me suena a que los obreros de la Segunda Revolución Industrial pensarían lo mismo, en algún momento y, luego, tuvieron que salir a quemar fábricas y a meter maquinaria por el ojete a más de uno para ganarse derechos.

Por eso no comparto la pena que otros sienten por Miyazaki o por el consumo energético per se. Miyazaki tendrá pasta para aburrir: me dan pena los artistas, escritores y músicos que, poco a poco, van a tener más y más difícil impactar. Según National Geographic, el libro del año existe y es de un filósofo chino (Jianwei Xun), pero el filósofo no existe: el tal Xun era una IA. Lo mismo está pasando con la música, la programación o la creación de material audiovisual. Ya puedes clonar tu voz, rascarte los jíbiris mientras Copilot pica código o crear un avatar virtual que haga stories, y muchas más cosas.

La llama en llamas

Es una bola de nieve. El otro día, estábamos haciendo una barbacoa en casa, y empecé a desvariar con monturas mágicas. En mi caso, tengo claro que querría ir en un jabalí acorazado (en World of Warcraft, llevaba algo así: déjate de caballos e historias). Le dije a mi pareja, que es peruana, que a ella le pegaba una llama… en llamas, por aquello de hacer la coña. Y DALL·E hizo distintas ilustraciones, todas muy chulas.

Por descontado, sigue habiendo mil carencias, de tamaños, de formatos, de coherencia, pero están evolucionando, a toda velocidad. Hoy, son pocos los despistados que pueden seguir creyéndose que sin IA es mejor que con IA (aunque se lo he leído a desarrolladores, diseñadores y periodistas, ¡ojo!). Hace pocas semanas, tanto OpenAi como Midjourney sacaban nuevos modelos con mayor coherencia en las imágenes, y esto parece una cuenta atrás.

¿Cuándo empezarán las IA a poder hacer de todo sin intervención humana y, entonces, qué haremos los humanos? Me viene a la cabeza la diferencia entre labor, trabajo y acción, el capitalismo más rancio y tecnócrata diciendo que las máquinas iban a currar por nosotros y la falta de hoja de ruta. Quizá es porque los gobiernos van como pollo sin cabeza mientras niños multimillonarios invierten fortunas en tratar de controlar tecnología, recursos (los que quedan) y futuro.

En fin, si la IA tiene que servir para algo, que sea para crear y soñar, no para robarte algo más de tu esencia. Eso sí que debería darnos miedo. Y está empezando a pasar, ahí tienes a Sam Altman diciéndote que no le des las gracias ni le pidas las cosas por favor a una máquina. Lo que pasa es que ese fulano no entiende que tú no lo haces por la máquina, lo haces por ti, por lo que eres, por lo que seguimos siendo.