Todo lo demás

¿Crees que la física cuántica es la respuesta? Porque…no sé, en el fondo, ¿de qué me sirve a mí que el tiempo y el espacio sean exactamente lo mismo? En fin, si le pregunto a un tío qué hora es y me dice seis kilómetros, ¿qué coño es eso?

Todo lo demás (Woody Allen, 2003)

Una de mis pasiones siempre ha sido Woody Allen. Lo descubrí en la figura binómica de actor-director en Annie Hall, Hannah y sus hermanas o algún film similar de entre los setenta y los ochenta.

Woody Allen (F. Mauro)
Woody Allen, de Federico Mauro, diseñador minimalista italiano.

Hay tres Allen, el que fue, el que era y el que es; el que fue era aquel cómico de películas que se ocultaba entre gags de humor y tramas de época: Bananas, El dormilónToma el dinero y corre o la inigualable versión rusa del director: Boris Grushenko; después está el que era, el que fue en Manhattan, o cuando robó a Diane Keaton de las manos del mismísimo Corleone. Siempre ha habido un poco del que era después; incluso cuando sus musas eran cada vez más jóvenes y él cada vez más viejo. Y está el que es, por supuesto, con cine de primer nivel que rehuye los Oscar y los grandes estrenos, que sigue creando por necesidad y, a menudo, no da tiempo a guardar ese texto en un cajón (¿él no lo necesitará?). De aquí han salido maravillas cómicas y dramáticas, como Melinda & Melinda, Match PointMidnight in Paris

Escena de La última noche de Boris Grushenko (Woody Allen,1975 )

Pero esto último es una crítica muy poco seria a Allen, quien siempre —con escasas transgresiones de esta norma— ha estrenado una obra por año desde 1971. Quizá, simplemente, después de Annie Hall, de Delitos y faltas, de Deconstructing HarryAnything Else, una de mis películas preferidas, es difícil alcanzar ese core, ese arkhé cinematográfico de nuevo.

Anything Else (Todo lo demás) es una película extraña, donde uno de los dos protagonistas es un guionista judío malhumorado y temeroso de lo que el fascismo ha hecho con el mundo; un ser que repta por Nueva York junto a su curioso discípulo. Son Jerry Falk y David Dobel. Una pareja que ejemplifica el ideal de maestro y pupilo griego en el Central Park del siglo XXI. En realidad, se trata de una comedia romántica, pero como las entiende Allen: repletas de neurosis, de personajes con personalidad límite, y de una historia de amor que construye y destruye la cinta maravillosamente bien.

Por eso me encanta esa película; porque Christina Ricci, y su madre, y el resto de personajes y escenarios (excepto el parque y los locales de jazz neoyorquinos, probablemente) son solo un ornamento. Un decorado que sirve para que Jason Biggs converse con Allen de la vida, de la muerte, del nihilismo, y del sexo o el trabajo como únicas balsas salvavidas en ese mundo; ¿pero quién habla sino Allen con su yo joven? Un Allen que deja que sus slapticks o payasadas se deslicen lejos del que fue junto a la sombra de Bogart en el setenta y dos, o el que buscaba a la madre de su hijo adoptivo y se topaba con una puta; e incluso de los últimos coletazos de aquel bufón atemporal que atracaba un banco por segunda vez a través de la gran pantalla.

Tiene gracia. Una vez iba en un taxi —esto fue hace años—, y yo le abría mi corazón al taxista sobre todo lo que estabas largando hace un momento: vida, muerte, el universo vacío, el significado de la existencia, el sufrimiento humano… Y el taxista me dijo: «Bueno, es como todo lo demás.»

Todo lo demás (Woody Allen, 2003)

Pero no os quedéis con lo que os digo aquí si no habéis visto al neoyorquino en acción; vedlo todo. Ved al Allen simplón y tartamudo que muchos detestan; y al tartamudo existencialista también; al dramático, al cómico, al que supuraba humor negro y al valiente que nunca se dejó doblegar por Hollywood.

https://www.youtube.com/watch?v=HmRfK9huDvQ

Escena inicial de Annie Hall (Woody Allen, 1977)

En su momento, para mí, las películas de Woody Allen fueron la Biblia, el Corán y la Torá; un producto al que acercarme en busca de respuestas a los problemas de la existencia, a nuestros grandes miedos y a los sueños que acunamos cada noche desde que tenemos uso de razón; por eso, no hay película de Allen como Anything Else, donde te das cuenta de que, a menudo, todo lo que necesitas para vivir es la condescendencia de un extraño y sentir cómo tus problemas se relativizan al fundirse el negro.

La metafísica de las salchichas

La animación no es un género, es un medio.

Juan Luis Caviaro, editor y coordinador de Blog de cine

…no era un título tan comercial. Pero la historia parecía lo suficiente atrayente como para pasarse por el cine. Había leído buenas críticas, y no tardé en descubrir que, uno, la gente no se informa de las películas a las que lleva a los niños y, dos, tiene ese tipo de humor gamberro y rompedor que no gusta a todo el mundo.

Dicho esto, a mí, los chistes no siempre me hicieron gracia y la trama me pareció que empezaba a flojear tras los primeros veinte minutos. Por supuesto, La fiesta de las salchichas tiene momentos divertidos —en especial, dentro del supermercado, y en las dos escenas más repetidas del tráiler: la del derrumbe de alimentos desde el carrito del supermercado y aquella que, por lo menos, todos hemos visto una vez en la cocina de una compradora—.

La fiesta de las salchichas (Frank y Brenda)

Tampoco hay que verla dispuestos a una crítica feroz, porque no es la película del año, ni cuenta con una trama trabajada al milímetro; más bien se trata de una sucesión de escenas políticamente incorrectas con dos puntos de referencia: lo importante que es para Frank, y para todos los hombres  todas las salchichas meterse dentro de un pan de perrito, y viceversa; y lo que nos preocupa como sociedad que Dios no exista unido junto con lo que nos cuesta disfrutar del día a día.

Hay quien ha rastreado también a Orwell en el supermercado, y quien ha visto una gran sátira sobre la religión: los alimentos confían en los dioses (para ellos, los seres humanos) y cantan una oración matutina que sigue las reglas del juego; se apegan a un modelo ético y moral y confían en ir al Paraíso antes de su fecha de caducidad.

La fiesta de las salchichas (galleta Oreo)

Sin embargo, si te decides por anclarte en ver cómo avanzan estos dos grandes pilares de La fiesta de las salchichas terminas por desesperarte al ver que no lo hacen por igual, y, además, que tienen un peso muy desigual en el desenlace.

Por supuesto, los primeros veinte, treinta, cuarenta minutos, los chistes sobre cómo la fe divide, enfrenta e incluso nos reprime en nuestra vida diaria se cuentan por decenas. Pueden hacerte gracia, o no, pero esto queda en el campo más personal, al igual que las numerosas referencias pop: el músico Meat Loaf, el astrofísico Stephen Hawking, la figura de los nativos que han sido desplazados de sus estantes ancestrales, un bote de salsa alemana con bigote que quiere llevar a los zumos a «campos de concentrado» o un lavash y un bagel que no se dan cuenta que tienen muchas más cosas en común de las que creen.

Firewater o Aguardiente es uno de los alimentos nativos del supermercado.

También hay homenajes a cientos de films de Disney-Píxar, y a clásicos intemporales, como Terminator 2, pero hay algo que sobra e incomoda a muchos desde el principio, y no son las escenas de supuesto mal gusto (hay por ahí un final apoteósico y sexualmente perverso que me encantó, pero me gustaría no hacer demasiados spoilers aquí) ni el sexy-culo de Brenda, el pan de perrito, y sus deseos lésbicos reprimidos que le despierta una Salma Hayek convertida en taco, sino el resto de los tacos: las palabrotas.

Esta es una de las cosas que no me gustaron nada, porque no es necesario. ¿O quizá sí? Seth Rogen y Evan Goldberg han conseguido un taquillazo con La fiesta de las salchichas porque han llegado a todo el mundo: a los devotos del caca, culo, pedo, pis, a los que disfrutamos viendo cómo se montan un trío en el supermercado o se dan por culo un par de devotos religiosos reconvertidos; y también a los que, además de una trama de perritos calientes que buscan meterla, son fieles defensores del Carpe Diem tras la muerte de dios.

La fiesta de las salchichas (Frank y Barry)

En definitiva, ya que esto es de todo menos un análisis serio (para eso, pásate por Filmaffinity, o por alguno de los enlaces que hay en este mismo artículo mejor), ¿vale la pena pasarse por el cine? Pues sí, y mejor todavía si tienes presente lo que vas a ver, y, sobre todo, que los dos colegas de la infancia que han sacado esta animación no han buscado la antítesis de las películas Disney: ellos mismos han afirmado que crecieron con Mickey Mouse y compañía, y no tienen ningún deseo de verlo sodomizado en un supermercado, sino de crear un camino propio donde expresar todo lo que sienten. ¿Y qué sienten? Pues esa es una buena pregunta para terminar; en el film hay un poco de todo: de amor libre, de disfrutar el momento, de disfrutar de las drogas, y de legalizar la mayoría, de no preocuparse tanto por lo que vendrá mañana y, sobre todo, de no olvidar que solo son dibujos animados, que estamos ahí para pasar un buen rato, y que si nos olvidamos de ello, también se han encargado de que recibamos un toque de atención antes o después.

Y creo que no me entiendes, pero ya me entenderás…

La filosofía de la imagen

Sobre la posibilidad de expresar ideas complejas a través del cine y la televisión se ha escrito mucho. Los medios de masas funcionaron, en un primer momento, como canal en el que transmitir ideas simples hacia otras cada vez más enrevesadas; pero hoy nadie pone en duda que el formato audiovisual es un medio excelente de transmitir ideas y, a nivel de difusión, ha terminado por superar a la propia escritura (libros, diarios, revistas, blogs, etcétera.).

No se trata aquí de discutir cuál es la forma más óptima de captar al gran público, sino de hablar sobre la posibilidad de alcanzar a un público objetivo a través de otras formas de ocio y cultura. Así, las películas (cinematografía) serían el primer paso a través del que transmitir ideas más profundas, y si lo analizamos a fondo no será hasta la década de los noventa (mediados, sino finales) cuando las series de TV empiezan a tratar temas más allá del mero entretenimiento.

Entonces, series como Los Soprano, Twin Peaks Expediente X (entre otras) empiezan a poner sobre la mesa temas más complejos que la diversión y el entretenimiento que veíamos en Friends, Cosas de casa o El príncipe de Bel Air. Más que cualitativo, el salto es técnico y conceptual: antes, la película trataba en profundidad temas que la televisión no podía asumir; ahora, las series tienen espacio y recursos para desglosar temas y situaciones al mismo nivel (técnico o cualitativo) que el cine, y el espectador lo demanda. En ese momento, la serie de televisión rozaba la serie B y, posteriormente, había encontrado su puesto entre las comedias de situación (sitcom).

Cosas de Casa - Carl Winslow y Steve Urkel
Los personajes de Steve Urkel y Carl Winslow. «¿¡He sido yooooo!?«, y esas cosas de los noventa.

En paralelo, se produce otro salto. Los nativos digitales y la generación que los precede empiezan a ver en los juegos la capacidad de mostrar, tratar y hacer más partícipe de lo que sucede en las pantallas al jugador. Poco a poco, la calidad gráfica alcanza niveles extremadamente realistas, y ese salto cuantitativo amplia el campo de análisis: del cine a la televisión; y de la televisión al ordenador y a las videoconsolas.

La victoria de lo audiovisual

Sin embargo, no quiero que esto parezca un ataque a la literatura ni que se entienda que los medios audiovisuales son la evolución lógica de la misma. Evidentemente, muchos seguimos leyendo, y leemos para encontrar en esos libros aspectos, conceptos e ideas que no están en otro lugar (o lo están, pero no se presentan a través de una perspectiva concreta o una profundidad determinada o que buscamos en ese momento); leemos libros, analizamos historias y buscamos relaciones de ideas, conclusiones y comparaciones con otros medios. Lo verdaderamente interesante ahora, es que ese campo se ha ampliado a medida que la cultura popular y las manifestaciones artísticas se han multiplicado en número. Hoy, tenemos los 1001 libros que leer antes que morir, y las 1001 películas que ver, pero no tardarán en aparecer las 1001 series que seguir y, por supuesto, los 1001 videojuegos que terminar.

Los Soprano fue la primera serie que estableció la idea del antihéroe moderna. Presentó problemas éticos de primer orden: el bien y el mal, la tradición, la posmodernidad... ¡entre gánsgters!
Los Soprano fue la primera serie que estableció la posibilidad de un antihéroe como protagonista mientras desarrollaba problemas éticos de primer orden: el bien y el mal, la tradición, la posmodernidad… ¡entre gansgters!

La prueba de ello es que ya no solo encontramos críticos literarios o de cine, sino que los primeros críticos de series de televisión e incluso de videojuegos ya han aparecido. Y no se trata aquí de revistas del sector, sino de obras que tratan en profundidad, analizando y comparando puntos de vista, matices y conceptos que aparecen en estos.

Así, editoriales como Errata Naturae llevan cuatro o cinco años publicando obras sobre series como Breaking Bad, Juego de Tronos, True Detective o The Wire. Sí, aprovechando el tirón, al igual que lo hacen muchísimos autores y críticos que ven, también en España, un punto de partida desde el entretenimiento al planteamiento de problemas tradicionales que acogen las Humanidades. ¿Y los videojuegos? Más de lo mismo. Pero tendremos que esperar una o dos décadas para que las generaciones que se criaron con la pantalla blanca sean superadas, o complementadas, por aquellos que recurren a un videojuego o una serie de TV en busca de una buena historia.

Todo ello, lleva un proceso tras de sí, y la lógica de las películas, las series y los juegos es la misma que la de literatura. Leemos para divertirnos, emocionarnos, conocer y aprender, e incluso para matar el tiempo; y por las mismas razones, recurrimos a otros tipos de material audiovisual. Existe un porcentaje (grande), además, que busca crear y consumir todo tipo de material relacionado (y contrastarlo con disciplinas como la psicología, la filosofía, la literatura…)

Algunos ejemplos sobre este tipo de literatura sobre series de TV que he leído son:

Los Soprano y la filosofía: mato, luego existo (Greener, R. y Vernezze, P., Ariel, 2010)

Breaking Bad: 630 gramos de papel para serieadictos no rehabilitados (VV.AA., Errata Naturae, 2013)

La vida según Sheldon (Toni de la Torre, Timun Mas, 2014)

Hoy, las ideas empiezan a saltar de los libros al medio audiovisual, y esto no es antinómico o contrario entre sí, sino tremendamente provechoso. Porque contar con series de TV como Los Soprano, Sons of Anarchy, Breaking Bad Boardwalk Empire nos abre un abanico enormes de posibilidades de análisis, y nos ayuda mejor a entender el mundo, y la historia, y los problemas reales de otras personas.

En este caso, las cuatro series tienen una basa real, ¿pero y los videojuegos? ¿No veis posible hacer una sobremesa en casa de los suegros hablando sobre FalloutGrand Theft Auto World of Warcraft? ¿y no tienen esos juegos muchísimos aspectos que analizar, recordar o discutir pese a ser otra «mera» forma de entretenimiento? A lo mejor, contestas: «A mi suegro no le gustan los videojuegos«, pero en unos años, el suegro (o la suegra) vas a ser tú. Por una parte, qué jodido, ¿no? Y por la otra, cómo nos lo vamos a pasar «frikeando«… 😉

Finn-Jake de Hora de Aventuras en Fallout.
Los protagonistas de Hora de Aventuras (Finn y Jake) caracterizados como refugiados del apocalipsis nuclear del videojuego Fallout.

En resumidas cuentas, yo soy uno de esos a los que les gusta buscar referencias, comentar y resaltar temas interesantes más allá de la calidad gráfica o la jugabilidad. Y como ves, empiezo a darle bastante relevancia en el blog, por lo que si todavía no tienes una idea clara de lo que te estoy hablando, échale un ojo a alguna de estas entradas:

Celuloide

Sobre el cine clásico

Hace unas semanas, hojeaba algún artículo aleatorio en la prensa local; desconozco el diario, e incluso si realmente fue en este medio y no en un blog o alguna revista, pero pondría la mano en el fuego que, como mínimo, fue en Barcelona y no en Palma. Allí, tras algunas cervezas con un colega, repasaba alguna columna de opinión que hablaba sobre los cinéfilos y los cinépatas, o los cinéfilos o los cinófilos; algo así. Sé que la distinción me pareció graciosa, aunque no tanto como para quedarme con los conceptos concretos.

http://www.youtube.com/watch?v=_FrdVdKlxUk

Viaje a la luna (Georges Méliès, 1902)

El columnista en cuestión afirmaba que había un tipo de aficionados al cine conocidos como cinéfilos, los cuales se sabían de pe a pa la biografía y la filmografía de cientos de actores, así como sus papeles más destacados, etcétera, y había cinófilos que pulsaban el reset tras cada visionado y no recordaban cómo se llamaban ni los actores más clásicos del Hollywood dorado, y mucho menos directores, guionistas o cualquier otro ser que integrase un film, o pululase por allí. La diferenciación me hizo bastante gracia porque mi padre y yo, que ambos hemos sido, o fuimos, adictos al cine, nos posicionamos como estos dos típicos álter ego: un cinéfilo moderado y un cinófilo exagerado.

Asalto y robo de un tren (Edwin S. Porter, 1903)

Durante el artículo se ensalzaban las virtudes del cinófilo frente al cinéfilo, según recuerdo, quien no está interesado en conceptos cinematográficos y, mucho menos, metacinematográficos; un tío que, principalmente, disfruta —tanto frente a la gran pantalla como frente a su televisor particular— y que ríe, siente y se abstrae como el que más… Eso sí, había cierto ápice de santería o idiotería con esta figura también, quien se colocaba exactamente en la posición contraria al nerd o, mucho peor, al hipster.

http://www.youtube.com/watch?v=bMJ0hdxG18Y

El gabinete del doctor Caligari (Robert Wiene, 1920)

No obstante, hacia el final, el artículo acercaba posiciones; pues ser cinófilo, a veces, te permite disfrutar aun más de un buen largometraje, mientras que ser cinéfilo te acerca una serie de elementos de análisis y, a la par, una panorámica mayor, tanto de obras de arte como de cagarrutas puras y duras. Lo mejor, concluía, será el término medio, y es que los cinéfilos raramente no se aproximan, antes o después, hacia los cinófilos, y un buen cinófilo es probable que necesite de los conceptos del cinéfilo, o quizá no.

http://www.youtube.com/watch?v=BIKYF07Y4kA

Un chien andalou (Luis Buñuel, 1929) Versión de 1960.

Tras toda esta pájara rondándome la cabeza, se me ocurrió pensar en cuándo debió iniciarse esta distinción —por aquello de perder algo más de tiempo si cabe. Probablemente, la culpa reside en la creación del aura del actor de cine, de la celebrity, de Hollywood…, y encontré unas cuantas joyas de cuando cinéfilos y cinófilos eran conceptos inexistentes, pues el espectador solo se medía por el énfasis de su propio interés por el producto.

Tiempos modernos (Charles Chaplin, 1936)

Escribir en blanco y negro, o no hacerlo

¿Conoces esa escena de Annie Hall en la que un niño no quiere hacer los deberes porque el universo se expande? Por suerte o por desgracia, la cultura de masas ha convertido al escéptico en otro estándar más —el cual expresa muy bien por qué los atormentados  nihilistas pueden resultar graciosos sin pretenderlo.

Cuando el narrador empieza a relatar una historia de protagonista masculino, la tradición dice que debería torcer el gesto, lamentar su mala estrella y, a menudo, fumar tabaco rubio; o negro si ya es más Colombo que Bogart —aunque esto, ahora, también es políticamente incorrecto. Y es que fruto de los estereotipos, vivimos de imágenes vacías: el escritor caído en desgracia, la inocente chica de pueblo buscando fama en la gran ciudad, el triunfador surgido de la nada…

No hace falta que seas excesivamente reivindicativo, porque Edward Norton y Brad Pitt ya atan las pelotas a un alto funcionario que nos está jodiendo la vida; tampoco violento, ni perspicaz o aventurero, Bruce Willis se encarga: tú dale un coche y un helicóptero que destrozar mientras Gandolfini mantiene a raya a toda la ciudad de Nueva Jersey, gracias a su carisma, sus capos y su mala leche.

Quimeras bajo el hormigón, aspiraciones enclaustradas entre estrellas: el paseo de la fama, el Parade, Internet…, todo vale; Duchovny escribe un par de libros y consigue drogas, sexo y rock and roll allí por donde pasa; eso sí, en California, donde hay una musa en cada playa y la gente no deja caer sus máscaras hasta el amanecer; donde todos viven siempre al máximo, ocultando aquello que tienen dentro un poco más, y un poco más, y un poco más…

Hombre de Vitruvio
Hombre de Vitruvio, de Leonardo da Vinci (1490).

Como espectadores, subsistimos de imágenes vacías: con miedo, con angustia; dejándonos el tiempo y la salud en objetivos que, al principio, ni tan siquiera perseguíamos. Nos venden que una vida tranquila es siempre una vida mejor, que para acción uno ya tiene un gran surtido de productos prefabricados: conoce, experimenta, vive a través de la pantalla… Atrás queda el aprender y perseguir los propios sueños. Ser artistas, aventureros, científicos o poetas. Innovar, descubrir, mejorar… ¿Has olvidado todo esto? Ahora, más que nunca, todos deberíamos querer ser da Vinci, no imágenes filtradas a través de un caleidoscopio.

¿Conclusión? Aquí no hay de eso. Solo un consejo: la ventaja de envejecer  parece ser comprobar, poco a poco, como tu mundo —que nunca es el actual, y menos a partir de cierta edad— se convierte en pasado y cada vez te encuentras más desubicado. La música es peor, las mujeres son menos sexies y las fiestas han perdido su frescura y su brutalidad.  Y eso, amigo, eso sí que no tiene vuelta de hoja. Despierta, o vas a estar verdaderamente jodido.

Vídeos relacionados:

[youtube=http://www.youtube.com/watch?v=AyX92Ji9Cug]

El hombre que mató a don Quijote

Terry Gilliam formó parte del grupo cómico Monty Python en la década de los setenta; después, ni corto ni perezoso, se lanzó a dirigir detrás de las cámaras, regalándonos películas que juegan con los niveles de realidad y ficción, con lo cómico y lo burlesco y con la tragicomedia que tanta cancha da al sarcasmo y la ironía.

La escena del Caballero negro. Una secuencia clásica de Monty Python and the Holy Grail (1975), película en la que Terry Gilliam participó como Caballero verde.
La escena del Caballero negro. Una secuencia clásica de Monty Python and the Holy Grail (1975), película en la que Terry Gilliam participó como Caballero verde.

Yo, como buen cinéfilo, ocupo muchas horas en devorar filmografías; así, una semana recupero la trayectoria de James Gandolfini, contrariado por su muerte; la siguiente reviso los mejores minutos de Woody Allen, como actor o como director; más tarde preparo una sesión de la saga Rocky y, por último, me vuelvo a chupar Twin Peaks de pe a pa.

Este viernes, después de ver por decimocuarta vez (por lo menos) Miedo y asco en Las Vegas (1999), decidí descubrir qué otras historias había detrás de la figura de Terry Gilliam. Algunas ya las conocía: Brazil (1985), El rey pescador (1991) o Doce monos (1995) por ejemplo; no obstante, entre ellas no solo me topé con un proyecto fallido (El hombre que mató a don Quijote), sino que, además, descubrí que las partes que se habían derivado del rodaje habían dado forma a un documental sobre cómo hacer cine —y lo que puede sucederte si te decides a ello— la mar de interesante. Bajo el título Lost in La Mancha (2002), se presentaban todos los posibles contratiempos que pueden asolar a una producción cinematográfica; de testigo, una única cámara de producción, que se encargó de captarlos uno a uno, como ya se había hecho durante la producción de Doce monos.

A través de Youtube, se puede acceder a esta lección cinematográfica que tiene una duración aproximada de 1 h y 30 min, donde Gilliam reúne a duras penas (contratos en el aire, rebaja del caché por decisión expresa, etcétera) a actores de la talla de Johnny Depp, Jean Rochefort o Vanessa Paradis para dar forma a su peculiar visión de aquel anciano que soñaba, fuera de tiempo, con ser protagonista de  sus novelas de caballería, cuya necesidad era tal que desvencijaba por las cuatro esquinas de su casa hasta convertir aquella quimera en el proyecto de un lunático.

Desde el inicio del reportaje no tarda en descubrirse que el rodaje será una batalla contra los elementos: mal tiempo, falta de presupuesto, dudas entre los inversores, graves problemas de salud de uno de los actores protagonistas e incluso un F-16 surcando el cielo y fastidiando toma tras toma. La desorganización se equiparó al único gran fiasco que había tenido Terry Gilliam hasta la fecha: Las aventuras del barón Munchausen (1987), cuyo resultado no tardaría en repetirse, hasta el punto que el rodaje debió ser cancelado.

Lost in La Mancha (2002), el documental que recoge el rodaje y la cancelación de la película The Man Who Killed Don Quixote: El hombre que mató a don Quijote, en español.

Enlaces relacionados:

In time, planteamientos éticos en la ciencia ficción

Hace unos meses me salió un artículo de lo más chorra que presentaba teorías conspiratorias sobre androides y cíborgs basado, principalmente, en la ciencia ficción. Estuve desvariando un par de horas sobre robótica, ética y teorías posthumanistas, de la mano de películas clásicas como apuestas españolas más modestas, como Eva (2011), o de series clásicas como Battlestar Galactica (2003). A estas, podríamos sumarles In time (2011).

In time (2011), extracto de Wikipedia:

En el año 2161, el gen del envejecimiento humano ha sido desactivado. Al cumplir los veinticinco años, las personas dejan de envejecer, pero sólo tienen un año de vida. Transcurrido ese año, mueren de un ataque cardíaco a menos que «ganen» tiempo y rellenen con él sus «relojes de vida», que llevan la cuenta regresiva […]  en sus antebrazos izquierdos.

In time (2011)
In time (2011), con Amanda Seyfried y Justin Timberlake.

En In time (2011) puede apreciarse ese punto de inflexión hipotético en el que la tecnología y la ciencia otorgan una serie de ventajas evolutivas o mejoras biológicas. Sin embargo, estas mejoras pueden traer consecuencias imprevistas sin la previsión y el control adecuados, como pueden ser la escasez de recursos naturales, un sistema económico o social desigual e, incluso, la posibilidad de facilitar la codicia inherente en el ser humano.

Por otra parte, la película en sí, simplemente utiliza los años (el tiempo de vida) como otro bien de consumo; establece la mayoría de edad para este proceso en los 25 y, a partir de ese momento, las personas tienen que trabajar para vivir (¿os suena?).

Cada individuo cuenta con un año de vida a partir de entonces y, si no existe esa «ganancia» periódica de tiempo, el sistema integrado en su organismo provoca un ataque cardíaco. En otras palabras, aquí el tiempo es lo más parecido al dinero, lo que por otra parte y, por ende, el poder adquisitivo asegura una larga (o eterna) y próspera vida.

La trama resulta algo lineal, pero cumple a todos los niveles. Quizá destaca a) la importancia de una posición socio-económica buena para alcanzar o mantenerse en lo alto del sistema, como ocurre en la actualidad, y poder alcanzar los medios y las ventajas tecnológicas y científicas, b) la necesidad de que en un sistema capitalista (del tipo que sea, aquí, por ejemplo, se mercantiliza la vida humana) unos sufran en guetos para que otros puedan vivir en grandes mansiones con todos los lujos y c) el valor de aprovechar la vida o devaluar la propia existencia.

¿De qué va esto?

Si no terminas de entender a qué viene esta entrada, echa un vistazo a Posthumanismo y tecnología.

El fin del mundo maya o una cápsula temporal

Soy bastante escéptico con la idea del fin del mundo. Confieso que me molesta pensar en que la mayoría nos marcharemos con la película a medio rodar. Te empiezas a mear, a oscuras, y no te quedan más cojones que buscar la puerta de la sala. Yo me imagino algo así. Después la secuencia se corta y, se sucedan o no las escenas, tampoco te vas a enterar. Fastidia, ¿eh? El cometa Bart

Cabe suponer que por eso escribimos, nos expresamos, trabajamos. Intentamos dejar un poco de nuestro ser en todo aquello que hacemos. Por si llega el Apocalipsis de Juan, un meteorito como la cabeza de un chihuahua, un agujero negro o el día del tentáculo. Bajo esta premisa de onanismo absurdo se configura toda la historia de la literatura. Después, claro está, te vienen a joder Roland Barthes y Michel Foucault con la muerte del autor y la inexistencia de un lector absoluto…

Basta de desvaríos por hoy. Aquí quedan algunos de mis textos y opiniones.

Deseo que os guste el nuevo formato del blog. Y sí, soy consciente que, si se destruye el mundo, ni textos, ni películas, ni Los Simpson ni Stephen Hawking.