El yihadismo atacó Ciutat Vella

Ayer a media tarde el yihadismo atacó Ciutat Vella. El barrio que fue hogar de mis abuelos y bisabuelos. La Rambla que mi hermano pequeño se apresura a recorrer camino a sus clases de verano, las tiendas que mi madre visitó en busca de otra docena de libros que devorar antes de que termine agosto; el hogar de miles y miles de personas; parte de la idea con la que sueñan cientos de miles de turistas que ansían visitar mi ciudad.

Una furgoneta de alquiler con un terrorista a los mandos embistió contra la marabunta de gente que se agolpa a pocos metros de Plaza Cataluña, donde los culés celebran sus éxitos deportivos y los vecinos se sientan a ver cómo la gente desciende con parsimonia hacia el mar, o se desvía hacia el casco antiguo o el Raval.

Atentado yihadista en Las Ramblas de Barcelona
Fotografía de David Armengou que ejemplificaba una de las noticias en El Periódico .

Esa furgoneta convirtió el tercer jueves de este agosto en otro momento negro a recordar: quedará marcado como un día triste en el que pronto olvidaremos a ese niño de tres años que solo pudo alcanzar el hospital, y todas esas imágenes, mensajes y llamadas de confusión que recibimos; también a aquellas personas que, en vez de atender heridos, grababan con un teléfono móvil; que, en vez de buscar ayuda, grababan con un teléfono móvil; que, en vez de llorar de impotencia, grababan con un teléfono móvil. Pero no nos quedemos con el lado amargo de la tecnología, ese que se apresuró en filmar la masacre, probablemente fruto de la impotencia, o ese otro que, pocas horas después, ya buscaba su minuto de gloria entre comentarios políticos que tienen la desvergüenza de firmar.

Facebook nos mostró su lado más amable y nos hizo saber que amigos/as y conocidos/as estaban bien, que no habían sido arrollados por un terrorista en esa escena de pesadilla que se desarrolló en el centro de la ciudad; las RRSS y la TV informaron rápido, Twitter permitió movilizar a la gente, la prensa digital se volcó en la difusión, incluso las instituciones y los políticos dejaron a un lado diferencias y trabajaron unidos. Todo el país lo hizo, y, sobre todo, la mayoría estará de acuerdo en que, ayer, no importaba lo que cada uno considere estado.

Esta noche, mientras muchos de nosotros dormíamos o intentábamos digerir lo que unos desalmados habían hecho, los controles policiales han abatido a cinco personas en Cambrils (Tarragona). Se cree que se dirigían, de nuevo, a la capital, con el fin de acometer una nueva agresión contra aquello que amamos y aquellos a los que amamos.

En la impotencia y el miedo que nos reconforte nuestra propia fortaleza como comunidad, fortaleza que ha creado un mundo propio que está dispuesto a defenderse con uñas y dientes, y a cualquier precio. Y eso es muy importante, porque ayer nos hicieron recordar a la fuerza, igual que en Niza o en Londres, que estamos en guerra contra el terror, que debemos vivir sabiendo que el yihadismo no es algo que se circunscriba a los enfrentamientos de Oriente Próximo y Oriente Medio en los que la mayoría de países occidentales somos partícipes, sino en cada ciudad y país que no acepte y siga las premisas del extremismo. Pero nosotros ya lo sabemos, ¿verdad?, y cada ataque, cada bomba, cada muerte, solo nos hace ver con mayor claridad lo importante que es defender la lucha por la libertad, por los derechos humanos y la democracia.

Hoy, toca enjugarse las lágrimas, tragar saliva y salir a la calle sabiendo que puede volver a ocurrir, que quizá no ocurra en Barcelona, o en España, pero que probablemente ocurrirá otra vez, y, por esto, que seguir viviendo como vivimos es una de las formas de evitar que venzan; también recordar, hoy más que nunca, que el bando no lo erige el nombre de tus padres o tu ciudad de origen, sino el deseo férreo de aquellos que quieren luchar por un mundo mejor y no de la terrible determinación de unos pocos por extender la muerte a su paso.

No os cebéis con las putas, sino con sus hijos

Musulmanes irrumpen en una piscina nudista al grito de Alá es grande, llamando putas a todas las mujeres allí reunidas.

El sacerdote Jacques Hamel muere degollado por dos atacantes del Estado Islámico en una parroquia de Normandía.

La Wafa Media Foundation anima a la matanza de españoles en respuesta a la batalla de las Navas de Tolosa.

Este último parece de coña, pero también es real.

En serio.

El mundo está como una puta cabra.

Bueno, el mundo… La gente. Alguna gente. Alguna gente está jodidamente loca.

Entre tanto, la islamofobia crece. En Occidente —y en todas partes, en realidad— nos cuesta poco generalizar con lo que no conocemos, ni tenemos interés en conocer, y separar a todos los niveles el radicalismo que sentimos más propio: el atentado de Omagh del IRA, el de Hipercor, de ETA, en Barcelona, los dos atentados simultáneos de Noruega de 2011

No voy a ser políticamente correcto. El terrorismo duele venga de donde venga, pero, en los últimos años, el yihadismo ha puesto el punto de mira en Europa. Los cuatro trenes de Atocha, los atentados de Al Qaeda en Londres (2005), los asesinatos en el Museo Judío de Bruselas (2014), o los recientes ataques en suelo francés: el perpetrado contra la revista Charlie Hebdo, el Atentado de Niza en julio de este mismo año…

Estado Islámico (extensión)
Extensión máxima ocupada del Estado Islámico en Oriente Medio.

Da miedo. Pavor. Es la lucha contra aquellos que usan el terror como arma; algo que Occidente ya no entiende ni ejerce desde hace más de un siglo, por lo menos. Es una batalla contra palabras armadas de las que habla Phillipe-Josheo Salazar en su último libro (Palabras armadas: comprender y combatir la propaganda terrorista). Es el retorno del idealismo frente al materialismo: la cultura occidental es, esencialmente, materialista, decía el autor a El Mundo, hace solo unos días, y es que, aparte de la adquisición de bienes, ¿qué más ofrece?

Su propaganda se centra en la exaltación del individuo, ellos venden una camaradería extraordinaria entre sus soldados, por ejemplo, como vemos en los vídeos. Tenemos problemas para comprender eso en los países occidentales así que lo que hacemos es reírnos, decir que están locos, enfermos. Ni están locos ni son imbéciles.

Mientras, el mundo se ha globalizado y la integración de otras culturas en nuestra sociedad se ha producido de formas muy distintas en todas las grandes ciudades europeas. Hace unos días, Saddiq Khan, el primer alcalde musulmán de Londres, afirmaba: “Si se está dispuesto a la integración, sin dejar sus creencias religiosas, se puede llegar muy lejos.”  

Ruta del camión (Atentado de Niza 2016)
La ruta que siguió el terrorista yihadista en el paseo marítimo de Niza.

No nos cuesta demasiado integrar Saddiq Khan, y mucho menos a Zidane, Ronaldinho, o a cualquier otro futbolista de fabela con éxito; ni tan siquiera a los miembros de la Casa de Al Saud, que comen en nuestra mesa (metafórica), pese a estar marcados por un fuerte wahabismo e intolerancia que se ha relacionado, en múltiples ocasiones, como fuente directa del terrorismo global de los últimos cincuenta años. A ellos nadie se atreverá a tildarlos como a moros ni terroristas, porque tienen petróleo, y relaciones públicas y privadas con monarquías, repúblicas y altos cargos del mundo entero.

Por el contrario, la gente de a pie, será fácilmente vinculable con estos estereotipos negativos solo por profesar una fe común —una religión de paz que el radicalismo ni sigue ni respeta en realidad — y que, a gran parte del mundo le debería avergonzar confundir y generalizar, puesto que es bien sabido que, al menos en España, las putas no suelen tener la culpa de parir a los hijos de puta. Quien piense así, razona al mismo nivel que Donald J. Trump, y siento el insulto, pero ni es posible frenar la inmigración en un mundo globalizado, ni es lógico hacerlo: es tan simple como razonar que, si desinfectamos nuestra casa de cucarachas con una bola de demolición, ni quedarán cucarachas, ni quedará casa.

Adoctrinamiento niños por parte del Estado Islámico
La manipulación y el adoctrinamiento de menores por un ideal como leitmotiv es una de las tácticas del Estado Islámico.

Así que, de toda esta mezcolanza de conceptos, rescatemos dos: el Estado Islámico es más que un grupo de fanáticos locos: son fanáticos que quieren construir un mundo que Europa ya no entiende, y ese es el camino a través del que los gobernantes occidentales deberían buscar una solución: el problema es que, hoy, caminan a ciegas por este sendero; a su vez, siempre habrá maldad, y personas que deseen destruir lo que otros construyen, así que quizá llegue el día en el que tengamos que establecer una serie de conceptos por los que luchar; pero no nos convirtamos en los monstruos que nos atacan, no usemos la islamofobia para combatir el terrorismo yihadista, porque, entonces, ya habremos perdido.

Puede que, antes o después, la mano abierta deba convertirse en un puño contra aquellos que no desean más que enfrentarnos y convertirnos en sus enemigos, pero es nuestra obligación saber quién y por qué debe ser blanco de nuestra ira como sociedad.

Miembros del Estado Islámico
En junio de 2016, el califato del Estado Islámico cumplió dos años de guerra permanente por unas fronteras que se extienden entre Alepo (Siria) y Diyala (Irak).

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