…y Teo volvió a casa

Desde el jueves, hemos rastreado a pie decenas y decenas de kilómetros. Creíamos, fervientemente, que alguien se lo había llevado, que algo horrible había ocurrido, que se había evaporado del planeta Tierra… Pero supongo que nunca sabremos cómo terminó nuestro gato encerrado a un par de casas de la nuestra, a unos trescientos o cuatrocientos metros, y no le oímos ni le encontramos hasta que hicimos una decena de batidas por la zona.

Teo y yo 19-03-17
Teo, posando gatunamente, y un servidor, casi tan agotado como él.

Hoy, pasó de todo; hoy, pensamos en todo. Pero, sobre todo, hoy miré qué hacía la gata, y en qué dirección miraba y miraba, y seguí ese camino. Seguro que fue casualidad, igual que la aparición de otro gato, de un gato gris que nunca habíamos visto por aquí, y que casi nos llevó hasta la puerta de una casa; una puerta que Teo arañaba y cuyo maullido reconocimos de cerca.

Quizá cayó por el tragaluz, o alguien vino a esa casa y Teo, sociable y también cotilla por naturaleza, quedó encerrado entre cuatro paredes desde el jueves. Abrí la puerta a patadas, y ahora le tengo que pagar una puerta a su propietario; y luego he sonreído, y he llorado, y he tardado varios minutos en ganarme la confianza de un gato desesperado y famélico.

Hoy, como cada noche, dormiremos todos juntos, e intentaré empezar a borrar las ojeras de mi cara. Supongo que eso es todo. Otro día lo haré bonito, y os hablaré del gato gris, y de las grandes personas que conozco y que están dispuestas a todo, incluso a mover cielo y tierra conmigo. También os hablaré de otras cosas; pero otro día. No había sido el mejor mes, y no ha sido la mejor semana, así que la siguiente… Bueno, digamos que, para la siguiente, el blog queda huérfano; nosotros nos vamos a tumbar al sol un par de días; eso sí: todos.

Salem

Cuando le recogimos, no tenía cola. Se arrastraba por una de las calles de la urbanización al paso de los vecinos. Sus dos hermanos le miraban desde una improvisada madriguera, hastiados y desengañados de la vida desde muy tierna edad. Por la parte que le toca, la madre se escapaba al oír el menor ruido o al ver demasiado movimiento alrededor.

Era un gato. Un gato típico. De los gatos típicos pueden haber tres: blanco y negro, atigrado o gris. Pues uno de esos. Y pronto demostró que no era como sus hermanos: no tenía el pelo largo, ni era excesivamente bonito o sociable.

Durante un par de meses, hasta que se acostumbraron, dormían y jugaban en una pequeña buhardilla acristalada. Los juntábamos dos o tres veces al día con los perros. Ellos se veían, cogían confianza —lo cual, por su naturaleza, nunca es sencillo entre perros y gatos— y siempre los dejábamos durmiendo, cansados y quiero pensar que con buen sabor de boca. Salem no tuvo nombre hasta que fue mayor: ninguno creíamos que sobreviviría; era débil, tísico, mal encarado…, desde luego nos sorprendió a todos. Por eso, quizá, no tenía nombre, ni nos pensamos demasiado aquel que recibiría.Salem

Cuando pudimos estar todos juntos bajo el mismo techo, los perros y los gatos empezaron a dormir apretujados sin necesidad. Unos encima de otros. Salem se enamoró rápidamente de Dana, y dormía apretado contra el pecho de la pastor alemán. Dana no le daba bola. Porque Dana es una estrecha: ya saben cómo va eso de los amores imposibles.

Una noche, muchos meses más tarde, Salem no vino a cenar. Yo, preocupado, lo busqué por el jardín, por la casa y, de nuevo, salí al jardín. Después me senté en el porche, bajo la atenta mirada de perros y gatos —de todos menos Salem—.

Siempre aparecía para cenar. Habían cambiado muchas cosas desde que aquel gato era un animal flaco y callejero; bien alimentado, ágil y fuerte, se pateaba toda la finca y dormía, jugaba y corría por aquí y por allá. Siempre algo miedoso y receloso del resto, nos mostraba una confianza propia de los hijos.

Ahora se ha ido. No por unas horas, ni por unas días. Qué rápido ha pasado este último año. Y qué vacía está la casa pese a que todavía somos siete pululando por aquí. Las últimas horas, Salem las pasó en el gallinero. Allí donde algún otro granuja había hecho una escabechina. Hasta que lo encontré de nuevo. Me miró con ojos recelosos, supongo que se preguntaba qué hacía allí: él poca ayuda necesitaba entonces. Aun así, terco, como siempre, lo subí al coche con la ayuda de quien siempre tengo a mi lado, y nos encaminamos a su último paseo.

Se puede decir que ayudamos en sus últimos minutos. Tuvimos la suerte de poder intentar salvarle junto a un buen veterinario, de los que abundan en Palma de Mallorca por razones que desconozco. Nada había que hacer ya.

Desistimos. Pagamos la cuenta con un nudo en la garganta. Cada uno le damos nuestra propia despedida. Yo escribo, rápido y furioso; ella dibuja; el resto lleva dos días peinando el terreno en su busca.

Salem ya descansa y el mundo sigue girando, ajeno al fin de aquel gato que nos encontramos tirado junto a sus hermanos en una esquina, cerca de unos contenedores. Quizá no hubiésemos recogido a ninguno de los tres si no fuese por Salem… Quizá, de alguna forma, sigue por aquí. Siempre me han enseñado que la familia es lo que queda. ¿Qué es esto si no una familia?

Adiós, Salem.