El asesinato del inspector Arroyo, que era una bobina con un fedora, Miyazaki cabreado y mi novia en una llama en llamas

Inteligencia-artificial-El asesinato del inspector Arroyo, que era una bobina con una fedora, Miyazaki cabreado y mi novia en una llama en llamas

Hace un porrón que no escribo una columna. Como diría Manolo Escobar: porrón, porrompompero. (Empiezo mal, ya ves.)

El tema es que me he acordado de que tenía un blog abandonado (este) y me ha dado por retomarlo. Hoy, por lo menos, no esperes mucho, que vengo a hablarte de un relato de novela negra sobre una bobina antropomorfa que desenrollan hasta la muerte, de Miyazaki —podrido de millones— y de su cabreo, porque todo dios está generando dibujitos con su estilo, y de un dibujito (en concreto) con el estilo de Miyazaki que generé para mi novia, montando una llama en llamas.

En fin, arranco.

Llevo unos meses usando mucho los GPTs (principalmente, ChatGPT) para trabajar y como apoyo académico (ando en varios embolaos). Tengo sentimientos encontrados con este tema: en ciertos sectores, cada vez se paga menos y se exige más, y la posibilidad de consultar, reorganizar o revisar grandes volúmenes de información ayuda. Por el contrario, me preocupa un poco bastante lo de seguir incrementando el consumo energético, la huella hídrica y toda la pesca. Además, mosquea pensar que el acceso a este tipo de tecnología es desigual y los perjuicios se los tragan, a la fuerza, los de siempre: el sur global, las minorías, los más pobres.

Cable pelado

En cualquier caso, he trasteado bastante. Desde organizar bibliografía en formato APA 7, a buscar fuentes para artículos que publico en prensa o generar una lista enorme de chorradas. Mi preferida es Cable pelado, como la propia IA ha titulado a una historia que me está ayudando a crear. Le di cuatro ideas, y empezó a escribir, y lo hizo con suficiente coherencia argumental para empezar a editar desde ahí. Lo cual no he hecho, porque es una historia chorra.

Muy chorra, de verdad. Esta es la sinopsis:

En la fábrica de bobinas eléctricas Copperville, donde las bobinas llevan una vida ordenada según su tamaño y edad, ocurre una tragedia. Markus y Stephanie, hijos de la familia Voltman, desaparecen misteriosamente. Los Voltman recurren al inspector Arroyo, una famosa bobina detective, para resolver el caso. Sin embargo, la situación empeora drásticamente cuando Arroyo aparece desenrollado y destripado en medio del pasillo principal de la fábrica. El horrendo crimen conmociona a toda Copperville y lleva a Voltman, padre de las víctimas, a jurar que descubrirá al culpable.

La cuestión es que, si bien la IA estadística construye sistemas capaces de aprender de los datos, identificar patrones y blablablá, ya hay miles de personas generando historias, subiendo libros a Amazon, y sacando pasta. Algo que no solo ocurre con los libros, sino también con cualquier otra disciplina artística (y en muchos trabajos).

Angry Miyazaki

En abril, Miyazaki estaba muy cabreado. En parte, quizá no entiende bien la potencialidad de estas tecnologías; pero apuesto a que está más relacionado con el miedo en sí. Hay un temor incipiente dentro de todos a ser reemplazados, superados: quedar atrás. Si pones la oreja, escuchas la misma cantinela: «La IA no podrá hacer esto como un humano» o «será un complemento que nos ayudará a trabajar mejor».

Mis cojones, treinta y tres.

Yo no lo tengo tan claro. Me suena a que los obreros de la Segunda Revolución Industrial pensarían lo mismo, en algún momento y, luego, tuvieron que salir a quemar fábricas y a meter maquinaria por el ojete a más de uno para ganarse derechos.

Por eso no comparto la pena que otros sienten por Miyazaki o por el consumo energético per se. Miyazaki tendrá pasta para aburrir: me dan pena los artistas, escritores y músicos que, poco a poco, van a tener más y más difícil impactar. Según National Geographic, el libro del año existe y es de un filósofo chino (Jianwei Xun), pero el filósofo no existe: el tal Xun era una IA. Lo mismo está pasando con la música, la programación o la creación de material audiovisual. Ya puedes clonar tu voz, rascarte los jíbiris mientras Copilot pica código o crear un avatar virtual que haga stories, y muchas más cosas.

La llama en llamas

Es una bola de nieve. El otro día, estábamos haciendo una barbacoa en casa, y empecé a desvariar con monturas mágicas. En mi caso, tengo claro que querría ir en un jabalí acorazado (en World of Warcraft, llevaba algo así: déjate de caballos e historias). Le dije a mi pareja, que es peruana, que a ella le pegaba una llama… en llamas, por aquello de hacer la coña. Y DALL·E hizo distintas ilustraciones, todas muy chulas.

Por descontado, sigue habiendo mil carencias, de tamaños, de formatos, de coherencia, pero están evolucionando, a toda velocidad. Hoy, son pocos los despistados que pueden seguir creyéndose que sin IA es mejor que con IA (aunque se lo he leído a desarrolladores, diseñadores y periodistas, ¡ojo!). Hace pocas semanas, tanto OpenAi como Midjourney sacaban nuevos modelos con mayor coherencia en las imágenes, y esto parece una cuenta atrás.

¿Cuándo empezarán las IA a poder hacer de todo sin intervención humana y, entonces, qué haremos los humanos? Me viene a la cabeza la diferencia entre labor, trabajo y acción, el capitalismo más rancio y tecnócrata diciendo que las máquinas iban a currar por nosotros y la falta de hoja de ruta. Quizá es porque los gobiernos van como pollo sin cabeza mientras niños multimillonarios invierten fortunas en tratar de controlar tecnología, recursos (los que quedan) y futuro.

En fin, si la IA tiene que servir para algo, que sea para crear y soñar, no para robarte algo más de tu esencia. Eso sí que debería darnos miedo. Y está empezando a pasar, ahí tienes a Sam Altman diciéndote que no le des las gracias ni le pidas las cosas por favor a una máquina. Lo que pasa es que ese fulano no entiende que tú no lo haces por la máquina, lo haces por ti, por lo que eres, por lo que seguimos siendo.