Devolvernos el tiempo que ha pasado

Si hay un capítulo apasionante en Paseos con mi madre (Javier Pérez Andújar, Tusquets, 2011) no es el primero, que es maravilloso con los submarinos, las mierdas que el curso del río recogía de las cloacas, y los politoxicómanos que se perdieron en el Besós, sino el último: aquel en el que un Pérez Andújar, que ya ha pasado de chupatintas en la redacción del Ajoblanco a periodista de huevos negros en El País, narra aquello que le interesa leer al pueblo: porque sabe casi tanto de la ciudad como de sus límites; por esto nos permite saborear la ambivalencia de un Manolo Escobar que vuelve a la ciudad de Badalona con su mujer, Ana Marx, acompañados de su sobrino, que hace de chófer pero es su representante, y que mira con los mismos ojos de incomprensión que Manolo el barrio de La Salut. Si han pasado por allí, con gesto similar habrán ojeado Llefià, San Roque, La Paz, o las Casas Baratas. No importa en qué lado del río se encuentren, son las infraviviendas y los talleres, la segunda o tercera ola de inmigrantes, la suciedad de las calles, las cuevas y las barracas que hemos enterrado por vergüenza, sin comprender que eran parte de todos nosotros.

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Fotografía que contextualizaba la inauguración de la estatua en homenaje a Manolo Escobar (2014). EFE/El Diario.

Ese capítulo es la hostia: porque Manolo Escobar, un chavalillo que llegó a Badalona con nueve hermanos y una cabra no se reconoce en los magrebíes que han hecho lo mismo después; porque la gente cree que aquel crío, que fue aprendiz de todo y se alzó como cantante de copla, tiene algo que ver con el anciano que vuelve a un barrio donde se le entrecruzan la nostalgia y la aversión; porque Manolo no se siente parte de Badalona, porque Manolo ya no es parte de Badalona y, ¡joder!, qué bien lo explica este hombre: «Existe el espejismo de que en un reencuentro que ha tardado mucho podemos devolvernos los unos a los otros el tiempo que ha pasado.»

Esta idea me caló hondo, y me cogí el coche hasta el centro de Badalona —no cogí el metro, ni el bus, así que, como comprenderéis, hay muchas cosas que yo soy el primero que no puedo entender—, donde tras la muerte de Manolo, le plantaron una estatua artificial que no hace mucho algún imbécil pintó de amarillo. Allí, en el Paseo de la Salut, entre la gente que sube y baja del marítimo entre plataneros, farolas a lo chupachup a medio lengüetear, y adoquín gris y rosa que se malacostumbra al calzado de la clase media, pocas historias nacen de la escultura de bronce del chaval que creció en Badalona y se largó a los veintitantos. Los vecinos de la zona parece que sí que las guardan: el hermano que vive en el Clot, ¡qué majo era Manolo!, el saque de honor en el estadio municipal, los pasodobles… Alguno caerá en la cuenta de que no recuerdan tanto a Manolo, que se dio el piro a Benidorm, como a sus propias historias, y cómo las coplas no son más que la banda sonora de aquellas décadas que se han quedado atrás, barnizadas capa tras capa, con nombres y apellidos, títulos de canciones, marcas de televisores y relatos compartidos.

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Manolo Escobar posando con Barcelona de fondo. Foto: Elisenda Pons

Debe ser entrañable e insólito eso de volver a un sitio que le reconoce a uno, pero que uno ya no reconoce en absoluto. Por el contrario, qué complejo pensar en el hecho de que uno no es la imagen que el mundo se ha hecho de ti, que perteneces y, a la vez, no perteneces a un sitio, y que ese lugar te sigue adorando por lo que cree que eres —el tipo sencillo, el emigrante, el que triunfó y siguió siendo alguien humilde, campechano— y no por lo que eres —un hombre rico de raíces humildes que vivió casi toda su vida en Benidorm, que coleccionaba arte contemporáneo, que vestía cien sueldos de Badalona, pero, sobre todo, que no se reconocía en ninguna de esas almas—. ¿Le pasará lo mismo a Madonna al volver a Michigan a visitar a sus padres? ¿A Tarantino al pisar aquel videoclub de Manhattan Beach? ¿O recordarán lo que les llevó hasta allí? Supongo que Pérez Andújar recuerda, y por eso escribe en castellano, porque el catalán le quedaba muy lejos de aquellos hormigueros humanos que aún se pueden ver en la Verneda y que se convierten en un desorden enfermo en las dos orillas del río, una enfermedad que se ha enquistado en algunos puntos de la periferia y la gran ciudad.

¡Y viva España!, decía Manolo Escobar

La ciudad (Barcelona) no vive de espaldas al mar, vive de espaldas a su gente y a sus vecinos porque no siente nada por ellos.

Javier Pérez-AndújarPaseos con mi madre (Planeta de Libros, 2011)

Cuando yo era un crío, veraneaba con mis padres, hermanos y abuelos en un pueblo de la provincia de Gerona. Al llegar el calor, los hermanos queríamos ir allí cuanto antes mejor, no salir en dos meses de la piscina comunitaria y largarnos cuando llegaban las tormentas de agosto; pero como esto último era lo que más le gustaba a mi padre, nos jodíamos y nos quedábamos hasta mediados de la segunda quincena. No recuerdo cuántos años subimos y bajamos —ocho o nueve—, sin embargo, sí puedo rememorar cómo temblábamos asustados por la llegada del efecto 2000 y cómo me paseaba por las calles del pueblo entre señoras marías e inmigrantes subsaharianos, vistiendo casi siempre una camiseta de la selección española de fútbol. En algún momento, mis padres vendieron la casa y ya no hubo más veranos, ni pueblo postizo; hicimos algún que otro viaje familiar, pero, sobre todo, pasamos julio y agosto en Barcelona.

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De todo esto me acordé ayer, relacionando ideas: este fin de semana invitamos a varios compañeros madrileños de kendo a dormir en casa, pues había un evento dedicado a la selección española —mi mujer forma parte de la misma— y el equipo masculino y femenino se ha repartido entre los hogares de otros compañeros por aquello de ahorrar lo máximo posible antes del campeonato mundial. Por la mañana, salieron uniformados, igual que la selección húngara, que ha venido a entrenar con ellos, pero volvieron con otras camisetas. Como no fue una, ni uno, sino todos los que dormían aquí (cuatro, contando a mi pareja), les pregunté y me dijeron que habían tenido problemas en la calle por vestir el uniforme de la selección. Lo cierto es que no sé qué me sorprendió más, si el hecho de que tuvieran problemas o que los tuvieran en Hospitalet de Llobregat, que es el homónimo a tenerlos en la Badalona sui generis de Manolo Escobar o el San Adrián del Besós de Pérez Andújar.

Asumo que siempre hay imbéciles —y que esto es un ejemplo de ello, no una generalidad—, que la imbecilidad parece contagiarse y polarizarse en este país con pasmosa rapidez; que nos quejamos de no ser escuchados, sin escuchar; que queremos sentirnos parte de algo sin permitir que el resto tengan ese derecho. Pero es tragiquísimo —y un poco tragicómico, y esperpéntico a lo Valle-Inclán— cuando la política llega a la calle: unos pitaban, otros increpaban; también había quien confundía deporte y política, y aplaudía. Hay idiotas que se creen que el problema es que la selección española vista el uniforme de la selección española, o que una persona se envuelva en una bandera de España o la plante al sol en su balcón, o que esto último sea entendido como una provocación y tengan que aparecer otros tantos memos que responden con esteladas, o a la inversa: plantar en tu casa esteladas, senyeres o banderas republicanas y rojigualdas por sentimiento no tiene nada de malo, ¡faltaría más!, aunque me preguntó quién lo hacía antes de considerar que la libertad del prójimo no era más que un ataque a la suya propia.

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En cualquier caso, los charnegos que ya se sienten catalanes en la periferia —y lo digo metiéndome en el saco, y con orgullo—, aún no han aprendido que nadie pertenece a Barcelona por el mero hecho de vivir en ella, ni siquiera de haber nacido aquí. Lo dijo uno criado a los pies del río Besós, no del Llobregat, pero tanto da: «En Barcelona se está en el cuarto de los invitados durante un par de generaciones, y luego ya se accede al cuarto de servicio. Porque de Barcelona solo se es por familia y por dinero, en riguroso orden.» Quien crea que despreciar o condenar una bandera es lo que une a un pueblo o a una nación, descubrirá antes o después que él, o ella, no es más que carne de cañón de políticos despiadados y vacuos.

Por mi parte, hace mucho que perdí la pasión por el fútbol, pero, casualidades de la vida, hace solo un par de semanas que hicimos un viaje familiar al pueblo del que hablaba por ahí arriba. De camino, decenas de personas saludaban envueltos en banderas independentistas en los pasos elevados de la AP-7, los puentes se habían adornado de lazos amarillos y yo les sonreía, feliz, y les devolvía el saludo conduciendo hacia Gerona. Hoy, no puedo dejar de preguntarme cuánta gente me hubiese mirado con desprecio si siguiese vistiendo parte de la equipación con la que soñaba con ser como Guardiola, Bakero o Luis Enrique en el verano del noventa y ocho: con Raúl no, que era del Madrid. Ya hubo imbéciles entonces que confundieron la pasión por el deporte de un chaval con la política —siempre los hay— y me gritaban, ¡y viva España!, cual Manolo, pero ¡coño!, ahora parece que todos estos capullos salen de debajo de las piedras.