¡Que viva el vino!

El 26-J nos dice que una amplia mayoría quiere que España siga igual, y hay que aceptarlo.

El vino es algo indisoluble en el Partido Popular. Forma parte de todos los actos de campaña. No falta nunca, parece ser. Así, no es extraño que, como acto promocional, la jeta de sus candidatos quede impresa en las botellas de alcohol que se reparten por las principales carpas.

Esto viene de lejos. Mucho antes de que Soraya fuese DJ invitada, las fiestas del PP ya eran memorables entre el tintorro y las chucherías para los críos, y a nadie le importaba demasiado si se pagaban en A o en B mientras quedasen uvas fermentadas en la sala…

Ya lo ves, no llevo bien la derrota, es cierto, y creo que España tampoco. He leído durante varios días noticias en la prensa española y catalana, comentarios por Twitter, Facebook, y más: se ha hablado de pucherazo, de ceguera colectiva, de un Mariano Rajoy reafirmado; no se ha hablado más de Venezuela ni de inexperiencia política de los nuevos partidos, ni de ilusión.

La gente ha empezado a dormirse; el globo se desinfla por momentos: hoy, no hay razones para creer en el cambio. Eso me produce una tristeza difícil de trasladar a este texto. Fuera de Cataluña y el País Vasco los mapas se colorean en azul, con algunas pinceladas de rojo, pero esta vez no hay Ley d’Hondt ni desconocimiento que valga.

Estimación 26-J por provincias
Estimación de voto por provincias previa al 26-J.

El domingo pasado, una amplia mayoría decidió no votar y otra, mucho mayor, decidió apoyar al Partido Popular. Mi voto fue a Unidos Podemos, con el corazón dividido por segunda vez desde que cumplí los 18, y no voté a Partido PACMA para el Congreso de los Diputados. No pensé demasiado en ello después; sabía que el PP ganaría, creí que el electorado del PSOE se dirigiría hacia los violetas e imaginé que Ciudadanos perdería ese sprint que había ganado contentando, por unos instantes, a muchos, pero sin rumbo fijo en su programa.

Hoy, no hay razones para creer en el cambio.

Millones de personas votaron al Partido Popular. Millones. Tras la Ley Mordaza, la reforma laboral, la LOMCE, las leyes que nos aseguran una estupenda pobreza energética para el futuro, la corrupción, la privatización de la sanidad, el artículo 135 en formato exprés…  Algunos eran viejos asustados por unas pensiones que, en unos años, desaparecerán; otros, empresarios de pymes que realmente creen que vivirán mejor cuanto más difícil y más precario sea el acceso al mundo laboral; también obreros, y clase baja, no lo olvides.

Estoy triste porque yo (ya) no soy mileurista; porque puedo (empezar a) aprovecharme del sistema en mi posición, de becarios a los que esclavizar, de proveedores a los que dejar a deber facturas por tiempo indefinido, de adaptarme a ese mundo de corbata y chaqueta, de iPad Pro y smartphone de última generación, de PS4 y Xbox One sin tener que quedarse con una de las dos, o de GoPro para grabar tus vacaciones a ojo de pez. A lo mejor alguien cree que le estoy intentando dar envidia, y no es así.

Mapa de colores - Resultados Elecciones Generales 2016
Mapa de colores con los resultados electorales tras el 26-J por provincia (partidos más votados por circunscripción).

Lo cierto es que yo he podido crecer profesionalmente porque empecé unas casillas por delante de muchos otros —no muchas, debo añadir; el resto siempre es una suma de esfuerzos—. Esa es la base sobre la que se sustenta el Partido Popular: dar por culo a los que menos tienen, aprovecharse de aquellas personas con menos recursos, mantener uno de los suyos por encima a costa de cien de los nuestros.

Pero no hay nuestros. El 26-J ha demostrado que no los hay.

No hay nuestros. No hay nuestros porque da demasiado miedo dar un poco a los que menos tienen (renta universal, impuestos escalonados, seguridad social…). Da demasiado miedo cambiar; creer en algo distinto, buscar otras alternativas, que no tienen por qué ser el por qué ser el partido de Pablo Iglesias; no hacer lo de siempre. Ni tan siquiera votar a la supuesta (y única) opción que siempre ha estado ahí desde el inicio de la democracia: el PSOE.

Da demasiado miedo cambiar; creer en algo distinto, buscar otras alternativas, […] no hacer lo de siempre.

España ha votado, mayoritariamente, al PP, aceptando las normas que el equipo de Mariano Rajoy ha presentado y, a veces, impuesto incluso; yo volvería a votar a Podemos en una tercera ronda, creo en su programa, y entiendo que una opción política no convence a todo el mundo, pero, para todos los que no votaron algo diferente (y diferente no significa votar a mi partido, no lo olvides), se acabaron las quejas por la crisis, por el coste mensual del trabajador autónomo, por los lobbies, por el precio de la educación pública, por los recortes constantes que nos impone Europa y que nosotros aceptamos y deberemos seguir aceptando.

El domingo, España pudo cambiar, y decidió no hacerlo. Quizá es culpa de todos; de todos aquellos que no nos esforzamos suficiente debatiendo a pie de calle, de los viejos que solo temen, de los que no fueron siquiera a votar, y de ellos, también de ellos, que han utilizado a la prensa, a la televisión y estos seis meses para boicotear el cambio.

Hay cosas peores en el mundo: existe el cáncer en las pelotas, por ejemplo, y las abejas zombis o el 2 Girls 1 Cup (no lo busques mejor, no), pero esto es bastante malo también. El 26-J nos dice que una amplia mayoría quiere que España siga igual, y hay que aceptarlo.

Es un país sin futuro, saqueado, depredado y no va a cambiar.

No es cosa de un día ni de dos, claro que no, pero el lunes que viene será un poco menos malo que este, y así hasta que la gente recupere la ilusión. Quizá es para llorar, para tirarse de los pelos, pero yo preferí ver una película del gran Federico Luppi; comía con un joven Juan Diego Botto en un elegante restaurant de Madrid, y le explicaba: “Si te lo tomás en serio, si pensás que puedes hacer algo para cambiarlo, te hacés mierda. Es un país sin futuro, saqueado, depredado y no va a cambiar. Los que se quedan con el botín no van a permitir que cambie.”

No digas nada

Lo mejor que puedes hacer es no decir nada. Seguir callado. Mirar hacia otro lado. Ir a lo tuyo.

En serio. No digas ni pío. Cierra el pico. Olvídalo. Como mucho, comparte alguna petición de Change.org que esté cogiendo fuerza para que nadie pueda saltarte al cuello por insolidario o antisistema.

Ni se te ocurra criticar al gobierno por internet. Ni a la iglesia. Si eres aficionado al humor negro, cuídate de decir nada de ETA, o de las víctimas o de la gracia que te hace el estado de derecho. No cites las palabras cáncer, ni sida, ni polla, ni violencia de género, ni nada que pueda ponerte en un compromiso virtual.

Guillermo Zapata (Ahora Madrid)
Un edil barbudo de Ahora Madrid que cuentan que la lió con unos tuits.

Si haces un llamamiento a la violencia en público, directamente eres subnormal. Si no eres Federico Jiménez Losantos, o un miembro de su camarilla, te van a empapelar hasta el tuétano. Te van a joder bien jodido; te van a destruir aprovechando todas y cada una de las instituciones de las que puedan echar mano, como pretenden hacer con Rita Maestre, como hicieron con el edil del apellido revolucionario, quien primero se revolvió, y después encajó el golpe y pidió disculpas (para seguir en pie).

Y no temas: si no te conocen ni en tu casa, también te encontrarán. Cárcel para quien se mofe de Carrero Blanco cuarenta años después; cárcel por enaltecimiento al terrorismo; cárcel por comentarios machistas; cárcel, cárcel, cárcel. Ojo con Twitter, que es la casilla del «vaya directamente al trullo» de nuestro Monopoly particular.

Federico Jiménez Losantos - foto EsRadio
Un señor graciosete y sin maldad (vídeo) que parece ser que es periodista.

Sobre todo no te equivoques. Si te suena algo de lo anterior, seas un descerebrado y realmente te merezcas un castigo por enaltecimiento al terrorismo (aunque no hayas visto un arma de fuego en tu puta vida) o seas el gracioso de turno y estés llorando nervioso mientras te repites, una y otra vez, por qué no te metiste por el ojete ese chiste sobre Irene Villa antes de que te metan otra cosa, te daré un consejo tardío: la ley no está de tu parte; porque no hay ley, solo restos.

Pero voy a concederte algo. ¿Dónde ponemos el límite? ¿Metemos en la cárcel al tontolculo del niño que está en la edad del pavo? ¿Al grupo de payasos que se ríen de cualquier desgracia ajena y tanto les da el bar que la red? ¿Metemos en la cárcel a cualquiera políticamente incorrecto? ¿A ese actor cuarentón que se encendía tanto por todo que se ha quemado, por igual, con la monarquía, la política y el Franquismo? ¿Y a aquellos de ni patrias ni banderas? ¿A los independentistas que sueltan alguna burrada acostumbrados a que nadie les escuche y tanto se presuponga?

Grafico-independencia-catalana

En realidad, esa pregunta es una idiotez. Todas ellas. Podemos poner el límite donde creamos que corresponde: acertemos o nos equivoquemos. Pero ese marco debe servir para juzgar a quienes piensan que la violencia es una respuesta adecuada tanto como a aquellos que defienden el terrorismo de estado, el statu quo: a los curas pederastas, a los periodistas de amarillo desteñido, a los policías que abusan de su autoridad, a los políticos corruptos, a los maltratadores…

Eso es lo que te han dicho.

Eso es lo que tú crees.

Al final, resulta que naciste ayer. 

El Periódico (Corrupción PP/PSOE)

Sigues sin ver que, a un lado, cientos y cientos de idiotas son condenados por cuatro palabras sin fundamento que colgaron en Twitter, en Facebook, o donde sea. Al otro lado, en cambio, no ocurre nada; puede criticarse, insultarse, y amenazarse, porque tienen la sartén por el mango, porque se conocen y se respaldan; porque roban juntos a manos llenas, y se pasan sobres, y nos arrebatan la memoria histórica; porque se indultan entre sí, no nos escuchan, no nos toman en consideración y, lo más importante de todo, controlan la justicia.

Tú sé inteligente: no digas nada. ¿Por qué arriesgarse? ¿Para qué dejar el ordenador y salir a la calle? La Ley te lo prohíbe. Recuerda. Sé inteligente. Cállate. Asiente. Haz otra cosa. Mira hacia otro lado. No hagas nada. No te metas en líos.

Pero ya que eres tan bueno o buena, te contaré algo. El problema real no está ni a un lado ni a otro: está en el centro, en toda esa gente que el estado cree que puede silenciar, ya no solo en la calle con estúpidas mordazas legislativas, sino también en su casa mediante amenazas.

Parecen haber olvidado que, en ese punto, justo en ese punto, es cuando las palabras se transforman en susurros y, lo que todavía es más peligroso, cuando esas mismas amenazas se vuelven armas mucho más reales.