Morir es morir; pero vivir… ¡vivir es singularidad!

Hace unas semanas, leía un texto titulado Muerte entre las flores de la doctoranda Catia Faria (adscrita al Centro de estudios UPF de ética animal). Desde lejos, había alcanzado algún otro artículo sobre su trabajo, y no me costó imaginar una hipotética situación en la cual confesase que le gusta el trabajo de los hermanos Coen.

Después, esa muerte me llevó a La cuestión animal(ista) que compiló el colombiano Iván Darío Ávila, centrado en la filosofía moral, la ética para con los animales, el derecho, y el concepto de especismo, entre otras muchas cuestiones. Devoré el libro a mordiscos; luego me senté a pensar en una silla, y caí presa de unos relatos de Jack London sobre boxeo: ¡es de locos intentar cambiar el mundo a todas horas! Muchos eran textos cautivadores, pensaba mientras leía sobre el patético intento de Tom King por vencer a la Juventud —una lección que, entre las cuerdas, se traga con lágrimas en los ojos—; un esfuerzo incólume, titánico, académico en el mejor sentido de la palabra; ¿pero funcionarían? ¿O quedarían en un cajón metafórico hasta que algún Eisenhower, o Churchill, o Hitler, los rescatasen para sus propios fines?

Captura de palomas (BCN)
Captura de palomas para su posterior sacrificio en Barcelona.

Quizá el mundo debería ser de los filósofos, de los pensadores, pero el mundo es el mundo, y quizá los filósofos, los pensadores, los académicos, están (¿estamos?, no me atrevería…) donde deben; lejos de una noocracia de la que ya nos previnieron Los Simpson. Aun así, cuando me cansé de leer al sol y escapé a caminar a la montaña con los perros seguí pensando en todo esto; en especial, en los dos temas más polémicos de los que había leído aquel día: el ecologismo frente al antiespecismo, con un peso enorme en los actuales proyectos de actuación territorial y ambiental, y la preocupación e intervención ética para paliar el sufrimiento inherente en la naturaleza: es decir, no solo la caza, que supone un maltrato activo por nuestra parte, sino todo el mal que podamos prevenir a esos individuos sin modificar el propio estado natural.

De este modo, el academicismo (antiespecista) lucha por preservar los intereses de los individuos frente a la propia naturaleza, mientras que el ecologismo práctico en nuestros bosques, montañas y mares sigue aquel dogma rancio del «todo vale» por un bien mayor; sin importar cuántos individuos de especies exóticas, o híbridos, deben ser sacrificados o cuánto aumentan los presupuestos en batidas de «caza de control», trampas para aves o pienso mezclado con nicarbazina.

El principal problema, sin embargo, es que todas esas sillas —las que, de un modo u otro, se encuentran en la garganta de la Administración, y aquellas que se niegan a abandonar el cosmos universitario— no se deciden a escoger un bello espacio neutral en el que plantarse y debatir sobre los necesarios cambios que la ciencia y nuestra nueva conciencia ética exige para el futuro. Puede, no obstante, que esa conciencia ética señale el camino, pero falle al acercarse hacia canales más divulgativos, sea por desconocimiento de la naturaleza de los mismos, sea por miedo al rechazo.

Sí es cierto que ya nadie puede dudar sobre el hecho de que el resto de especies sufren, y merecen respeto, y que, en modo alguno, están ahí para que nosotros, Homo antropocéntricus, encontremos una utilidad en ellos, ¿pero acaso nadie duda? ¿O una inmensa mayoría continua ciega ante el problema? ¿Y hasta qué punto no deja de ser culpa nuestra en la medida en que no se lanzan campañas de sensibilización y educación ambiental? O mejor todavía, en la medida en la que no se potencia el saber, el espíritu crítico, el empirismo… Porque el movimiento por los derechos de los animales no es uno, sino cientos, lo que, por suerte, dificulta, y mucho, las posibilidades de cribar perfiles, públicos y filosofías, pero también exige estudio, debate y acuerdo, lo que, por mucho que se diga, el movimiento de liberación animal lleva tan mal como las administraciones, y viceversa.


Enlaces relacionados:


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El esperpento y La que se avecina

La tragedia nuestra no es tragedia.

Luces de bohemia (Ramón de Valle-Inclán, 1926)

Muchos crecimos con Aquí no hay quien vivao todavía nos cogió bastante jóvenes como para rendirnos al sofá en familia; después, un buen número mantuvo la saludable afición de ver alguna serie española en la televisión —aunque solo fuera por contraste a la masificación audiovisual americana. Yo no lo hice, con una excepción: La que se avecina.

La que se avecina (LQSA) era el salto de Aquí no hay quien viva a Telecinco. Con diferencias significativas, pero con semejanzas en temas de guion, actores y estilo narrativo que llevaron a mover papeles en el juzgado madrileño debido a acusaciones de plagio por parte de la serie madre. Se cambió la calle Desengaño por la urbanización Mirador de Montepinar; también se modificaron papeles, y se incorporaron nuevos rostros, como un polifacético Jordi Sánchez (Antonio Recio), un brillante Antonio Pagudo o un genial Nacho Guerreros que ya apuntaba maneras en TV con su papel de José María en la última temporada de Aquí no hay quien viva en Antena 3.

MAX: ¡Don Latino de Hispalis, grotesco personaje, te inmortalizaré en una novela!

DON LATINO: Una tragedia, Max.

MAX: La tragedia nuestra no es tragedia.

DON LATINO: ¡Pues algo será!

MAX: El Esperpento.

Luces de bohemia (Ramón de Valle-Inclán, 1926)

Pese a todo ello, la serie se planteaba como una historia de humor sobre un grupo de vecinos donde la sátira, el sarcasmo y los excesos de una atmósfera cotidiana tendían hacia el surrealismo. Pero no fue así como empezó.

Los inicios: del Aquí no hay quien viva 2.0 a España entera

[…] deformemos la expresión en el mismo espejo que nos deforma las caras y toda la vida miserable de España.

La primera temporada e incluso gran parte de la segunda reservó la historia que allí se narraba a los límites de Mirador de Montepinar; probablemente por eso fue el periodo donde las tramas más avanzaron (Araceli abandona a su marido, Enrique Pastor; el mundo de color rosa de los “cuquis” se va al carajo; la peluquería se convierte en un bar; el moroso aparece, desaparece, y se supone que se muere…).

Antonio Recio y Coque de musulmanes
La sangre de Saladino corre por mis venas…

En los primeros treinta capítulos, La que se avecina es una continuación del humor cercano y de gags y frases recurrentes al que nos tenía acostumbrados Aquí no hay quien viva. Se cambia el un poquito de por favor por el ¡Ay, mi cuqui!, ¿quieres salami?, ¡Antonio Recio, mayorista, no limpio pescado! o Enrique Pastor, concejal de juventud y tiempo libre y su… ¡alehop!

Se amplía el registro, pero se mantiene la idea que ya había funcionado en la serie estrella de Antena 3 y que seguiría dando sus frutos en LQSA. Hasta que, pese a mantener una cuota de pantalla altísima y un elenco de personajes-actores de lo mejor de este país, ella misma teme volverse repetitiva. Entonces, amplía fronteras y empieza a abrirse a historias que se suceden por toda España.

Entre 2007 y 2008, las tramas que narra semanalmente La que se avecina recogen temas universales que se mantendrán como hilo conductor: la convivencia en una comunidad, los vecinos tocapelotas, la crisis inmobiliaria y las chapuzas que, por aquellas fechas, era de lo que hablaba todo el mundo; de los líos de escalera, y los de cama, e incluso de los vecinos morosos o del típico lío-fantasía sexual con la asistenta (al que José Luis Gil y Cristina Medina le dan tres vueltas de tuerca en Un trío, una asistenta y una lluvia de coliflores).

Los leones en el Max&Henry
Ya sabes. ¿Pero qué somos, leones o…?

Cuando Amador empieza a perder neuronas por el camino

En España podrá faltar el pan, pero el ingenio y el buen humor no se acaban.

Llegados a este punto, de junio a septiembre de 2009 pudimos ver cómo las historias iban acogiendo una narrativa más general: el racismo y la homofobia de Antonio Recio se presentan con la hipocresía de un moro rico, que ya no es un moro, sino árabe; lo que supone acoger a una suegra en casa a pasar unos diítas; los problemas de dinero que sufríamos la mitad del país; la menopausia precoz o la crisis de los cuarenta; junto a todo ello, la trama de la comunidad también avanzaba, pero mucho más centrada en un escenario general, donde los episodios que afectaban a la comunidad de vecinos siempre mantenían un nexo de unión con la actualidad; vimos la actualización y el follón con la TDT (Televisión Digital Terrestre), las tribus urbanas con las que convivimos, los babosillos de la discoteca, los vividores folladores (y también las chicas ultramodernas que tienen que tener un tío distinto en casa cada noche, claro), la tasa de divorcios o las sexualidades alternativas (como gays, lesbianas y también transexuales, que ya nos había acercado Aquí no hay quien viva).

Antonio Recio y Coque, los payasos justicieros (LQSA)
¡Somos los payasos justicieros, azote de los corruptos y héroes del pueblo!

A su vez, Amancio (perdón)… Amador Rivas, uno de los personajes más célebres de la serie, sufre una completa metamorfosis durante la tercera temporada. Es tal el cambio entre el banquero y el capitán Salami que una de las fuentes de las que bebe el personaje tiene que ser Homer J. Simpson, a quien un espontáneo le comentaba en El espectacular episodio 138 (The Simpsons 138th Episode Spectacular): Creo que Homer es más tonto tras cada temporada.

Esto se aplica a Amador en algo tan simple como sus lapsus linguae constantes que un pedante Luis Miguel Seguí, en el papel de Leo, se esfuerza (esforzaba) en corregir constantemente. Pero también se ve con Enrique para el que, temporada tras temporada, su apellido sigue siendo Fracaso, o con Judith, de quien nadie puede dudar que está, de lejos, más desequilibrada que sus propios pacientes (hasta el punto de que al final de la octava temporada termina inhabilitada por acostarse con otro paciente). Y aquí ya nos ahorramos hablar de Antonio Recio mejor, un personaje que ha sufrido un cambio radical desde el papel de cristiano apologista y redentor cerrado de mente hasta el happy single que se va de putillas y copillas y se arrepiente a la mañana siguiente.

Cuando se avecina el esperpento

Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento. El sentido trágico de la vida española solo puede darse con una estética sistemáticamente deformada.

Y llegamos al tercer estadio, donde creo ver que la serie sigue luchando por encontrar una nueva vía o cerrarse sobre sí misma: el esperpento. En otras palabras, una forma de deformar la realidad, recargando sus rasgos más grotescos para conseguir ofrecer al lector o, en este caso, al espectador un fondo de verosimilitud: de verdad.

A partir de la cuarta temporada, esa fórmula empieza a funcionar a las mil maravillas: Antonio se esconde de la opinión de los vecinos por el qué dirán y casi congela vivos a la mitad de la comunidad en su camión frigorífico tras la huida de Coque y Berta, Enrique se vuelve gótico para conectar con su hijo, Amador empieza a buscar un trabajo con el que sobrevivir  y ser vividor follador (y tener una moto, y un descapotable) y eso les lleva, poco a poco, a convertirse en caricaturas de sus propios personajes.

Enrique Pastor y Maxi se hacen pasar por góticos para acercarse al hijo del primero.
Demasiado gótico para el body.

En Luces de bohemia (Ramón María del Valle Inclán, 1926) una de las obras más conocidas de este género de autor único (aunque no la única obra del género[1]), se recoge a las mil maravillas esta visión del mundo que se acerca mucho a la del muy nuestro don Quijote, quien soñaba con ser caballero, cuando ya no los había, y también a la de Miguel de Cervantes, quien emulaba las novelas de caballería, cuando ya nadie quería leerlas siquiera.

Con esta idea en mente, se incorporan nuevos personajes a medida que nos despedimos de otros clásicos: Maxi, por ejemplo, que no es más que un pobre desgraciado sin oficio ni beneficio, es el Mentefría (ya sabes, mente fría, bragueta caliente…), a quien en nuestro día a día nadie escucharía siquiera, pero que se convierte en el líder de los leones; Amador sería, con toda seguridad, un muerto de hambre —bueno, y lo es—, pero se convierte en un gañán entrañable y se las arregla para vivir; y lo mismo ocurre con Fermín Trujillo (Fernando Tejero), Estela (Antonia San Juan) o Teodoro (Ernesto Sevilla), el hermano de Amador.

Otro punto fundamental es la animalización de muchos de los personajes. Está el grupo de «los leones» —el cual no parece un apelativo elegido al tuntún—, donde quien más, quien menos, todo dios piensa con el salami; y también el mismo Amador e incluso Antonio Recio, por ejemplo, de los que podríamos decir que no es extraño observarles con conductas directamente primarias cada dos por tres. Así, en caliente, se me ha pasado por la cabeza el capítulo de la séptima temporada en el que aparece Cristina Pedroche: Un topo, un torero león y un espetero a la fuga.

Combate de boxeo de Amador
Boxeador campeón, hasta que la caga.

A través de la ficción, conseguimos acercarnos hacia la corrupción política del país de la mano de Josema Yuste o el símil particular de Ana Botella que nos ofrece LQSA con Verónica Forqué (que no tiene cuerpo de pollo, que no se preocupe), hacia el timo de las eléctricas y las zancadillas constantes que vivimos con las energías renovables en España, a la fama, a los tronistas e incluso a temas tan controvertidos como el arte conceptual.

Todo ello de la mano de una serie madura que se conoce a sí misma, lo que llega a percibirse a las mil maravillas en el capítulo 100 (Un presidente rayado, una catarata de infortunios y un descubrimiento sobrecogedor) en el que la ficción y la realidad juegan entre sí, adquiriendo los propios personajes conciencia de sí mismos y, como bien les resume uno de los productores de la cadena, siendo una vía de conexión y escape semanal para los propios espectadores.

Como único problema de este fantástico esperpento del que me confieso fan queda el no reinventarse, el saberse realidad distorsionada —que, a menudo, es la mejor forma de acercarse sin pretextos a la propia realidad—, y acomodarse en esa zona de espejos cóncavos y convexos durante mucho más tiempo; porque al espectador todo termina por cansarle, y espero que tengan la visión de cambiar o concluir antes de que esto suceda.

Mientras tanto, el espectáculo debe continuar.

NdA: Sé que no es nada mainstream dedicar un artículo a una serie española pudiendo hablar de Fargo, True Detective The Leftovers, pero creo que también es importante estar orgulloso de lo que tenemos. Como mínimo, de vez en cuando.


[1] Otros títulos célebres del autor son Los cuernos de don Friolera (1921), La hija del capitán (1921) y Las galas del difunto (1926) que se recopilaron en 1930 en la trilogía teatral Martes de Carnaval.