Caminar dentro de un gallinero

La única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas.

Jack Kerouac

Ojalá pudiésemos volver atrás y visitar, de nuevo, algunos instantes de nuestras vidas. Hacerlo de un modo real. Recordando exactamente cómo olía su pelo la primera vez que la besaste, o cómo te sentiste, por un segundo, aterrado, muerto de miedo, en la otra punta del mundo, rodeado de gallinas que picoteaban maíz y cortezas de sandía. Cuando, de niño, discutían tus padres, apasionadamente, y todo era un auténtico vórtice de desconcierto; o desaparecían los mayores y mirabas hacia arriba sin entender por qué el resto fijaba la vista bajo sus pies.

Una de las condenas más trágicas del ser humano es poder evocar habiendo olvidado tanto; y ni tan siquiera contar con la necesidad. Estar programados para rellenar esos huecos, para inventar, para hallar una solución cómoda y sencilla frente al olvido.

Gallinas en MallorcaSi la hipertimesia es un castigo inmerecido, la forma en la que se adormece nuestra psique minuto a minuto no es un camino de rosas. Alrededor, todo cambia; tú cambias. La crisis de los treinta, de los cuarenta, de los sesenta, es el olvido de tu yo, de quién eras, y de la culpa intrínseca que recae en cada uno de nosotros.

Al menos, de esto último, estoy convencido. Por eso camino, aunque a veces tenga que hacerlo solo. Quiero ser uno de esos escritores caminantes sobre los que leí: Breton, Thoreau, Sebald, Kerouac… Reencontrarme con las historias que me componen en soledad; criticar, plantear, razonar y discrepar a cada paso; voltear mis propios argumentos contra mí, e incluso olvidar todo por un instante.

Al visitar Mallorca, recordé todo esto frente a otro gallinero, no el americano que encabeza estas líneas, sino aquel que vi diariamente durante tres años, y que, a menudo, fue mi refugio al volver de caminar, o al buscar un momento de destierro dentro de mi propio retiro. Después, alguno de los perros se coló por debajo del enrejado y me mató a las gallinas, y fue un duro golpe.

Pensé, no obstante, en la fábula del escorpión y la rana, y percibí también hasta dónde alcanzaba mi error al haber leído mal la naturaleza de los perros, de los gatos, de las gallinas, e incluso de mí mismo. Entonces, recogí sus cuerpos, y los llevé hasta el contenedor que había en la entrada del pueblo, yo solo; me senté otra vez en el gallinero, vacío, y lloré por entender un poco mejor todo aquello que nos rodea.

Vivir en Mallorca, mis dos años persiguiendo una epopeya rural

En poco más de un mes hará dos años que volví de Mallorca, donde estuve viviendo otros dos. La vida en la isla, como en cualquier otro lugar, fue una experiencia de blancos, negros y grises pero, sobre todo, se convirtió en una de las mayores oportunidades de experimentar lo que realmente significa dejarse llevar por un sentimiento.

Refugiado durante largos veranos con sus respectivos inviernos, descubrí el carácter mallorquín (el de ciudad y, en especial, el que se respira al salir de Palma en cualquier dirección) y me acostumbré a un ritmo de vida que nada tiene que ver con lo que conocía: donde los días se enlentecen, las comidas se disfrutan de otra forma y sa roqueta se convierte en un lugar donde sentirse privilegiado de vivir.

Mallorca - Dana y Javi de excursión.

También coexistí entre sentimientos encontrados a menudo (evidentemente), y tuve que aclimatarme a ellos: días en los que todo lo que uno podía sentir era claustrofobia, y otros donde no podías imaginarte otra latitud desde donde contemplar el cielo nocturno y percibir ese control casi mágico sobre el tiempo.

Por lo bueno y lo malo, escribí sobre Mallorca. Y antes que después me arrepentí de haberlo hecho tan poco. Escribí, no obstante, y lo hice en un lugar donde más allá de Sóller, Valldemossa o Pollença, todo era un soplo de aire fresco destinado a inspirar a quien se permitiese el gusto: desde las marjades a La Calobra, de las playas de piedra a las aguas turquesas de Es Trenc —que algunos se empeñan en prostituir para beneficio de nadie—; preguntándome, a menudo, cómo la isla ofrecía una conexión tan profunda con sus habitantes sin pedir nada a cambio.

Hoy, algo nostálgico, recupero algunos de aquellos textos que me ayudaron a entender Mallorca de formas muy distintas entre sí. A conectar con la gente y, aunque foraster, a sentirme parte de algo más grande con el paso de los días y los meses.

Primeras impresiones (I y II)

Así, algunas de las primeras entradas de este mismo blog las desgasté entre aquellos aspectos que más me habían sorprendido a nuestra llegada. Por un lado, la forma en la que transcurrían los días, fruto de un carácter distinto que lo impregna todo a su paso; por el otro, la vida de pueblo, más allá de Palma, la otra Mallorca que vale la pena descubrir.

En estos lugares, todo transcurre muy despacio y muy deprisa a la vez. El tiempo se vuelve algo relativo y te recuerda las interminables clases de matemáticas y los cortos períodos de descanso en el patio, tirando piedras a los amigos, levantando faldas a las niñas y devorando bocadillos de jamón, y también de Nocilla.

[…]

Aquí uno puede encontrar esa soledad buscada por el Sturm und Drang, esa soledad típica del enamorado, del joven Werther henchido de penas. Cuanta menos gente encuentras, más sencillo es recordar aquel aforismo de Schopenhauer que decía: Nadie puede salir de su individualidad.

[…]

¿Qué resulta entonces más real? ¿La soledad dentro de la masificación urbana o la imposibilidad de la misma allí donde todos llegan a conocerte? Al final, todo se resume en el qué dirán frente al acto de que nadie diga nada. Pese a sus modos, ambos hieren de forma agravante.

Salem

Salem se enamoró rápidamente de Dana, y dormía apretado contra el pecho de la pastor alemán. Dana no le daba bola. Porque Dana es una estrecha: ya saben cómo va eso de los amores imposibles.

Mientras nos asentábamos y vivíamos, Salem perdió su suerte. Y por mucho que nos empeñamos en aferrarnos a él, ese gato nos demostró lo relativo que es el tiempo cuando se vive bien.

Cuando ocurrió, también sentí que debía escribir algo sobre él. No tuvo el alcance que tuvo Caos (lo sé), pero a mí —el interlocutor último que debería buscar cualquiera a quien le apasione juntar letras en un papel— me sirvió para forzar la despedida.

Las últimas horas Salem las pasó en el gallinero. Allí donde algún otro granuja había hecho una escabechina. Hasta que lo encontré de nuevo. Me miró con ojos recelosos, supongo que se preguntaba qué hacía allí: él poca ayuda necesitaba entonces. Aun así, terco, como siempre, lo subí al coche con la ayuda de quien siempre tengo a mi lado, y nos encaminamos a su último paseo.

Muchas risas

En más de setecientos días también hubo espacio para muchas risas. E intenté sacarle punta un par de veces; en especial con una serie de consejos rápidos: así que ya sabes, si algún día te da por acercarte a la isla, el #2, el #13 y el #14 te serán de especial utilidad, palabra.

Foto de familia (agosto, 2012).
De izquierda a derecha, Caos, Dana (detrás), Teo, Argos, Salem y Nymeria. Sentado, un tío muy afortunado en una finca de Caimari en la que había mucho trabajo por hacer (¡y el que quedó!).

Y algún disgusto que subsané escribiendo

Como el día que enterramos a diez gallinas; un episodio que, por suerte, no se repitió; o el viaje de ida, en barco, con el coche, los bártulos y familia numerosa.

Entonces apareció un cadáver en el descampado cercano. Entre maullidos y ladridos no hubo forma de resolver aquel entuerto. Todo apuntaba a que el pollo, que ya había empezado a hacerse el gallito por el vecindario, había encontrado a alguien con quien esa clase de bravuconadas no funcionaron. Desfalleció sin posibilidad alguna de recuperación.

Hubo disputas vecinales, todo sea dicho

Como el grave conflicto con las bolsas de basura y las peleas puerta con puerta que me ayudaron a descubrir cómo funcionaba la ciudad y cómo lo hacía un pueblo; y sobre todo a valorarlo del modo en que realmente se merece.

Dana en el Port de Pollença

Y un principio, y un final

Y al final, la lección estaba ahí, esperándome: mientras me preocupaba por no haber escrito, reparé en que había estado viviendo. Como en casi todo, la dicotomía quedó allí; digamos que aprendí lo que tenía que aprender, y no le he dado más vueltas.

Como decía alguien a quien admiro y recuerdo siempre: Quizá no fueron las lecciones que otros hubiesen escogido estudiar, pero a mí me han servido. Así pues, de Mallorca me traje a la península mi escritura y una extraña filosofía de vida. La isla me demostró en reiteradas ocasiones que, ni tan siquiera allí, las cosas duran para siempre, y me negué a anotarlo en ningún sitio, porque lo integré en mi vida.

Resultó no ser Mallorca, ni Barcelona, sino yo. Y sabiendo eso, me despedí de ella. (O no.)

Sobre el TIL

Empezaré aclarando que yo no estuve ahí, aunque me sentí muy identificado con las demandas expuestas, y me arrepentí a posteriori, lo que demuestra que, como manifestación, funcionó a las mil maravillas. Como prueba de ello, tenemos la velocidad con la que prensa internacional se hizo eco de la protesta multitudinaria por las calles de Palma, donde 90.000 personas —o 90.000 mallorquines que, conociéndoles y habiéndoles tratado durante años, tiene todavía más mérito— recorrían el centro de la ciudad creando oleadas de verde a su paso.

Las calles de Palma se llenaron de gente manifestándose por la política educativa del PP.
Fotografía de una calle de Palma durante la manifestación por la falta de una correcta adecuación que permita la política educativa del TIL.

Al día siguiente, mientras hojeaba el Diario de Mallorca, una de las fotografías impactó contra mi iris con la férrea intención de quedarse ahí. La imagen mostraba los miles y miles de personas en Plaza de España, donde incluso la estatua del rey Jaume se había unido, quizá por imposición popular, a la jornada de protesta. Entre las pancartas que asomaban por encima de los presentes, me sorprendió un mensaje especialmente coherente: “Bauzá, queremos volver a la escuela”; o quizá decía: “Bauzá, déjanos volver a la escuela”. Al instante, sonreí, consciente de que aquel o aquella que hubiese escrito ese cartel entendía a la perfección el motivo de la huelga y sabía que ese era el camino por donde se debía atacar con mayor virulencia.

manifestación TIL 2La pancarta afirmaba, primero, que ninguno de los presentes estaba allí por gusto, sino por necesidad; necesidad de ser escuchado, necesidad de apoyar a gran parte del cuerpo docente y, sobre todo, necesidad de una educación coherente y bien organizada para ellos, para sus hijos y para los futuros estudiantes que vendrán. Segundo, que estaba muy claro quién era el verdadero culpable de aquello, quién hacía promesas vacías y quién intentaba imponer su palabra y su voz por decreto. Y, tercero, aunque algo más difuminado y carente de la fuerza inicial, el rótulo mantenía que no se actúa, que los cambios se enlentecen, que no se busca una solución real al problema, pues durante semanas se ha negado su propia existencia.

El día 29 de septiembre este cartel era uno de los máximos exponentes de la lucha contra la criminalización que padres y profesores se han visto condenados a sufrir. Combatía ese punto de vista del todo superficial que se limita a simplificar la no asistencia a la escuela como el verdadero problema; que intenta convencer a los padres y a los profesores que, si de verdad les importa la educación de los críos, estos deberían estar asistiendo al colegio y no perdiendo días de clase. Es triste que la mejor arma que el gobierno ha podido asir sea una postura hipócrita y lela que ni tan siquiera enfrenta el problema (hasta hoy). Pues no, señores (y señoras). Los padres deben ser los primeros en apoyar esa huelga, y de forma indefinida, cogiendo aquel cartel y plantándolo en los morros a todo el Partido Popular durante  el tiempo que sea necesario.

Ana María Aguiló Twitter

En tal caso, podemos estar convencidos de que el estado continuará intentando lanzar balones fuera y condenará la no asistencia en pos de una supuesta educación. Sin embargo, uno, eso no es educación; dos, mucho menos de calidad; y tres, el único culpable aquí es un ejecutivo que no tiene un verdadero plan de acción, que copia planes docentes de Europa y omite su desarrollo y adaptación y que condena, aún más, a ese 40% que abandona las aulas de las Baleares tras la enseñanza obligatoria.

No obstante, siempre queda sitio para la esperanza y la mejora, y los mallorquines han (hemos) puesto otro grano de arena. Como muestra, la criminalización de la huelga y las amenazas vacías de Ana María Aguiló, quien citaba a Fernando Merino en Twitter: “Los padres están obligados a llevar a los niños a la escuela y de no ser así, el Tribunal de Menores tiene potestad para retirar las custodias”, exclamaban. Les deben fallar las cuentas también si piensan enviar a los servicios sociales a gran parte de los estudiantes de las Islas Baleares.

De risa. O todo lo contrario.

Historia de una ida y una vuelta (II)

Mallorca (9)

Desde hace varios meses, aproximadamente desde que dejé de practicar kendō a causa de una hernia de disco que está en tratamiento, hemos acogido una dinámica curiosa. Salimos a pasear por los caminos que conectan los pueblos a través de la Serra de Tramontana: Mancor de la Vall, Moscari, Campanet, Selva, Caimari… Algún día que otro, nos pegamos una excursión hasta el Santuario de Lluc o cogemos alguna guía de senderismo y terminamos inventándonos la mitad de los recorridos.

Caimari, alrededores
Alrededores de Caimari

Durante el transcurso, por regla general, yo paseo a nuestra pastor alemán, de la que se ríen las viejas de pueblo alegando que tiene la espalda mal hecha, y Laura pasea se pelea con Argos, uno de nuestros mil leches. A través de la ruta escogida ese día, solemos hablar mucho, porque es la única forma de que mi pareja no se aburra, se canse de caminar y se decida a volver a casa —lo que ocurría más al principio, cabe añadir.

Como me tiene (casi) prohibidos algunos temas: como ética, biotecnología, robótica, creacionismo, determinismo, filosofía en general y videojuegos, historias e ideas de las que le haya hablado más de cien horas esa semana, a veces, tengo que improvisar. Y no siempre soy tan lúcido, fabuloso y soberbio como puede parecer, por lo que antes o después llega la típica pregunta del qué echarás de menos si nos vamos de aquí.

—Yo —le digo— echaré de menos la noche, la noche de verdad. Ver las estrellas en  esa oscuridad que los que vivimos en la ciudad no conocemos, sin tanta contaminación, ni ruido, ni luces.

—El silencio —contesta ella—. Ser dueña de muchos, muchos, muchos momentos de silencio.

—El espacio: no vivir enclaustrado en pisos de sesenta metros.

—Las cuatrocientas noventa y dos playas.

—Trabajar con las manos.

—Los paseos —le digo, cayendo en la cuenta.

—Los paseos —contesta.

—Podemos pasear en Barcelona ciudad —afirmo, casi como una promesa.

Entonces, los dos nos echamos a reír, pero es una carcajada un tanto amarga.

Historia de una ida y una vuelta (I)

Mallorca (8)

A escasos meses de recoger el hatillo (otra vez), me viene a la mente cómo J.R.R. Tolkien obligaba a uno de sus hobbits a empuñar pluma y tintero frente a un puñado de hojas donde narrar aquella obra autobiográfica que relataba su viaje hacia el Este y su retorno al Oeste.

Sa Calobra
Carretera de sa Calobra (Escorca).

Cuando preparábamos las (decenas, o cientos) de cajas que teníamos que enviar desde la península hasta Mallorca, jugueteaba con la idea de cómo sería mi vida diaria en la ínsula. Al principio, imaginaba que al pie de la Sierra de Tramontana habría centenares de caminos por los que perderse, paseando a la sombra de olivos centenarios, lejos de los miles de ojos que suelen mirar hacia cualquiera con ese lógico desinterés ciudadano; fantaseaba con pasear por el pueblo, saludando a todo el mundo con la confianza que otorga la constancia y, por qué no, recluirme días enteros al margen del mundo exterior.

A la semana de instalarnos, me quedó claro que la imagen que el mundo tiene de esta isla —aunque se intenta combatir, pues armas no faltan— , es la de una rosquilla gigante y finísima rodeada de agua, lo que hace un flaco favor a todos los parajes de montaña y plano que no tienen nada que envidiar a la costa. Además, se equivocan, porque Mallorca es más como un gran queso gruyere que se extiende alrededor de 3.600 kilómetros cuadrados. En otras palabras, no es tan pequeña, razón por la que  se la llamó Maiorica, es decir, isla mayor, aunque cabe destacar que tampoco hay nada demasiado apartado.

Patos en Sóller
Bandada de patos, en Sóller.

Yo caí aquí porque pude, porque pude y porque mi chica se sentía rural y estaba cansada de las prisas, las malas caras y el estrés de Barcelona. Por lo que, como no somos gente de medias tintas, recogimos la pasta y todo lo que pudimos, vendimos muebles y, finalmente, decidimos venirnos un tiempo a la isla que la vio nacer. Para rematar, sus padres nos ofrecieron la posibilidad de vivir en su casa de verano, a unos 35 km de Palma, y hartos de pagar alquileres del copón —y un poco a dos velas, también— nos vino como caído del cielo. Así, hace hoy un año y un día, nos instalamos aquí y, poco a poco, empezamos a reconstruir nuestras vidas, empezando por la distribución que daríamos a nuestro nuevo hogar, los muebles que podíamos comprar y todo lo demás.

Los primeros meses de vida en Mallorca, decidí dedicar algunas entradas de blog a escribir sobre lo que hacíamos y deshacíamos pero, como tantos otros buenos deseos, no prosperó demasiado. Al principio, consideré que el error era no tener el tiempo o el ánimo para escribir sobre lo que acontecía por este lado del mundo pero, ahora, creo que más bien fue la posibilidad de elegir entre vivir esos nuevos momentos o escribir sobre ellos.

Si alguien  lee esto, dirá: “Podías haber hecho las dos cosas.” Y es cierto, pero siempre he preferido interiorizar la experiencia y dar rienda suelta a la ficción.

Fiestas navideñas, basura mallorquina y un próspero año

Mallorca (6)

Diciembre ha sido un mes sorprendentemente prolijo en lo que a trabajo se refiere. Después, han entrado de lleno las fiestas y, entre polvorón y polvorón, gente de visita y las idas y venidas típicas, hemos parado poco por casa.  Nos hemos llevado de aquí para allá a los tres perros también, por lo que el coche ha quedado hecho unos zorros y yo he tenido que oír (en innumerables ocasiones) que el rollito «berlina familiar» se lleva con los críos y con veinte años más, no con los tres chuchos. Vamos, lo de siempre. Al final, tras unos días de fiesta ya tienes la casa hecha un asco, el coche hecho un asco y dos kilos de más en el cuerpo.

Hoy no me extiendo. El lunes pasado cogí el coche con los tres canes y mi pareja y nos largamos varios días. Craso error, puesto que olvidé bajar la basura dos pueblos más allá. Esta frase, a priori inconexa, lleva implícito uno de los grandes temores de la vida en sa Part Forana, o en algunos puntos de la misma. Aquí, en la Serra de Tramuntana, conozco ya unos cuantos casos, y es que a nosotros nos viene el basurero a la puerta de casa a recoger las bolsas. Como en el capítulo de Los Simpson, con Homer al mando del camión y el departamento de basureros a la espalda. Vienen de noche, y ni cantan ni gritan; por no oírse, muchos días, no se oye ni al camión ni a los basureros en cuestión.

Eso sí, pasar pasan. No desisten pese a que algunos crápulas como yo ya se han dado por vencidos y se llevan su basura bien envuelta y con las ventanillas bajadas cuatro kilómetros más allá. Así que os daré cuatro consejillos, por si os veis en tal situación, que nunca se sabe. Y es que estos basureros son un poco especiales. Por ejemplo, solo recogen pañales y compresas dos o tres veces por semana; orgánica otros dos días y el sexto día descansan. ¡Pero cuidado! No es que a menudo debas guardar la basura en cuatro o cinco bolsas distintas (orgánica, plástico, cristal, papel y rebuig, que engloba platos rotos y colillas sin desmerecer a unos ni a otros). Algunos días… dejas tu bolsa y no suben hasta tu casa. Otros, decides bajar tu bolsa cien metros más para que acompañe a sus vecinas, y también la dejan a la pobre. Por último: ¡no te equivoques! Como hábiles maestros vigilan con tesón que no se haya colado ningún otro material en tu bolsa, si fuera así, no tienen escrúpulos en desgarrarla y esparcir su contenido por el suelo o, simplemente, volver a dejarla ahí. Del mismo modo que hacen cuando les rota, la bolsa de basura es incorrecta y otros cientos de miles de análisis inalcanzables para nuestras mentes. La cuestión es que sales como un idiota a las 9 de la noche a dejarla y la recoges 12 horas después en el mismo sitio.

Bolsa de basura que, tradicionalmente, recogían unos señores pagados por el estado "apañó".
Bolsa de basura que, tradicionalmente, recogían unos señores pagados por el estado «apañó».

Al principio del pueblo sí hay contenedores, que los vecinos de la zona guardan celosamente y, por lo que parece, lanzar allí una bolsa puede costar una larga discusión. Así que, cuando volvimos a casa, hicimos recolecta de bolsas y me preparé para ese infierno que espera a los que no siempre reciclan.

No sé por qué terminar el año hablando de basura, quizá porque para mucha gente que conozco este año ha sido una mierda. Alguien conocido comentaba a menudo que cuando estás muy mal, las cosas solo pueden mejorar: demasiado subjetivo, ¿no? A mí me sirve dedicar unos instantes a pensar en esa gente que está peor que yo, así que ya saben, cuando tengan un mal día, piensen en todos esos gilipollas que se llenan el coche de basura y se van conduciendo.

Molts d’anys!

¡Próspero Año Nuevo!

El día que enterramos a diez gallinas

La ficción puede con todo. Como comprenderán, casi todas las afirmaciones que se derivan del título son falsas. Para empezar, nadie se molestó en enterrar a ninguna de aquellas gallinas. Seguidamente, no se enterraron las diez el mismo día, porque su periplo duró unos dos meses. Si recurriésemos a burdas mentiras, podríamos narrar una escena tan verosímil como la siguiente:

Eran casi las tres de la tarde y llegábamos cansados. Habíamos recorrido la isla de punta a punta, de Selva a Moscari, de Moscari a Campanet; tira hacia Inca, coge autopista, pasa por el aeropuerto; corriendo por la autovía hacia Manacor y luego vuelve dirección Inca. Llevábamos varias horas en el coche y una telilla de sudor recorría el rostro de la mayoría de los presentes, obviando el esfuerzo titánico que mantenía el aire acondicionado.

Tras aparcar, abrimos el portón de la casa. Chirrió, para ceder, a continuación, con una oportuna bienvenida: encontramos a los perros dentro del gallinero. Allí ya no quedaban ponedoras, sino un festín de higadillos. Una casquería al completo en nuestro propio hogar. El corral podría haber sido la secuencia final de Saló si Pasolini hubiese sido una gallina fascista.

Pero esperen. Para entonces, solo quedaban tres gallinas. Hay más.

Gallinicidio, vol.1
Gallinicidio, vol.1

Mallorca (5)

Unas semanas antes, el corral estaba vacío. Los imponderables, a menudo, obligan a mudarse. Las primeras seis  gallinas tenían que dejar su piso en la periferia palmesana e instalarse en la part forana, al pie de la Serra de Tramuntana. Su mudanza fue conflictiva: un accidente de carretera, fruto de los achaques del calor durante la temporada estival. La única superviviente llegó a la urbanización deshidratada y turbada por los acontecimientos; recordando a sus hermanas bajo las miradas despreciativas de sus nuevos vecinos. No obstante, había podido escapar de tan funesto final.

Todos los jueves es día de mercado en Inca. Allí, pueden encontrar gente atribulada contra la que chocarse, ropa, complementos e incluso plantas y aves. Decidimos comprar dos gallinas, una compañera adulta y una joven e inexperta, para que diesen vida al hogar. Un corazón aguerrido y un espíritu aventurero le jugaron una mala pasada a la primera. A las pocas horas, o su corazón no era tan aguerrido o su cuello era más endeble de lo que los canes supusieron.

Dos semanas más tarde, habíamos invitado a nuestro piso a otro joven y otra ponedora. Pese a algunos vuelos imprevistos, todos parecieron adaptarse. Los felinos no tenían gran interés en entablar conversación con las plumíferas, pero tampoco parecían llegar a las manos como había sucedido con algún gorrión indisciplinado. Los perros, escandalosos por naturaleza, advertían moderación entre ladridos, llegando a los insultos y a los empujones tras forzar la puerta o la reja. Los caseros, por la parte que les tocaba, siempre habían conseguido evitar que la sangre llegase al río.

Entonces apareció un cadáver en el descampado cercano. Entre maullidos y ladridos no hubo forma de resolver aquel entuerto. Todo apuntaba a que el pollo, que ya había empezado a hacerse el gallito por el vecindario, había encontrado a alguien con quien esa clase de bravuconadas no funcionaron. Desfalleció sin posibilidad alguna de recuperación.

Las tres inquilinas restantes se mostraron inquietas y recelosas, sin embargo, abogaron por la sensatez. Los caseros solicitaron calma, rogándoles que no abandonasen las inmediaciones hasta dar con el culpable.

Las rejas y la puerta fueron reforzadas y todos los sospechosos asediados en la medida de lo posible. Unos días más tarde, durante una breve ausencia, alguien mordió y destrozó las rejas del gallinero. Un grito anunció el retorno de la casera. En los cuerpos de las plumíferas se encontraron numerosos arañazos; quienes habían perpetrado tal crimen también desmembraron el cuerpo de una de ellas. Los felinos, desde el techo del gallinero, observaban recelosos la escena; los perros, desde fuera, ladraban y gruñían un sinsentido tras otro.

Tras examinar la escena, no había otra posible respuesta. Inconcluyente, afirmaron los caseros. Quien hubiese sido, había cubierto bien sus huellas. Una cosa estaba clara, aquella familia nunca cayó demasiado bien en el vecindario.

Durante la noche, los perros y los caseros velaron la escena. Los canes, pasada la medianoche, cayeron rendidos entre las emociones del día y el frescor estival. Los gatos maullaban por las esquinas, con el pasotismo que les define, amenazantes frente a otros felinos. A oscuras, sentados en una repisa de piedra repleta de musgo, aquel gallinero vacío se les asemejó un poco a  la vida. Ir metiendo gallinas mientras otro las iba sacando no era más que otra forma de seguir viviendo.

Los caseros se negaron en redondo cuando surgió la oportunidad de alquilar de nuevo aquel gallinero, al menos durante una buena temporada. Quizá el problema era que la reja no era lo suficiente alta, o que, desde el principio, no habían hecho buenas migas con perros o gatos. Los caseros llegaron a la conclusión de que dos siglos atrás estarían muertos de hambre y exclamaron: «¡Viva la revolución  industrial!»

Cómo vivir en Mallorca y no morir en el intento

Mallorca (4)

  1. No intentes hablar a un mallorquín de Palma en catalán, valenciano ni aranés. Si vives o visitas un pueblo, pon especial atención en el punto 2.
  2. No intentes hablar a un mallorquín de pueblo.
  3. Todo está ‘molt enfora’ (muy lejos).
  4. Hay ‘forasters’ y ‘forasters de més enfora’ (forasteros, o extranjeros)
  5. Si diez generaciones anteriores a ti no son de mallorquines, eres ‘foraster/a’.
  6. Aunque nadie lo comprende, hay una estatua ambivalente en Palma de Mallorca de Gandalf, el Gris. No discutas con ellos. Ni se te ocurra decirles que Ramón Llull no salía en las novelas de J.R.R. Tolkien.
  7. Como carreras universitarias, solo existen Enfermería y Turismo.
  8. Hay playas, más playas, más playas y el castell de Bellver.
  9. Si vives fuera, vas a Palma para todo.
  10. Si vives en Palma, te pasas el día saliendo de allí.
  11. No se vive más, ni se envejece mejor, se ralentiza el tiempo.
  12. ¡La platja de Palma es una trampa para los guiris! Nosotros nos vamos a las de verdad.
  13. Aquí una shandy es cerveza con limón y una clara una cerveza con gaseosa o un «què putes és això?» Si quieres discutir sobre esto, mira el punto 14.
  14. No lo hagas. De nada sirve explicar que, en otros lugares, las cosas pueden ser diferentes. Una clara es cerveza con gaseosa, y punto. Siempre lo ha sido y siempre lo será. Y si sigues diciendo que las cosas no son así, pues… ¡LA, LA, LA, LA, LA! ¡NO-TE-OIGO!
  15. Antes de entrar en la discusión equivocada, recuerda que el mallorquín lleva siglos viviendo encima de un queso gruyere a gran escala.
¡NO PUEDES PASAR, "foraster"!
Ramón Llull, el Gandalf mallorquín

Primeras impresiones (II)

Mallorca (3)

Quien no sabe poblar su soledad, tampoco sabe estar solo entre una multitud atareada. 

Charles Baudelaire

Estos días me descubro encerrado en un pequeño cuarto vacío del piso de arriba. Mi yo creativo parece funcionar mejor en una soledad autoimpuesta, por lo que tras montar un escritorio y unas librerías, corchos, cuadros y archivar toda la documentación personal y profesional, me encierro en un cuarto vacío, con una mesa extremadamente colorida de IKEA que atenta contra mi heterosexualidad, y poco más.

La habitación tiene una pequeña ventana desde la cual puedo observar el patio; a menudo, me quedo allí en silencio, observando los racimos de uva que se enredan y crecen en las rejas, a toda la fauna que pulula por aquí y el silencio que impera por norma. El atardecer parece ser la hora en la que paso más tiempo allí arriba, aunque cada vez descubro antes cómo anochece entre ideas a medio desarrollar. Después, desciendo las escaleras entre fluctuantes estados de humor, dependiendo de las ganancias y las pérdidas de la tarde, que siempre son relativas.

Algunos días, no puedo quitarme de la cabeza la poca gente que se mueve por las calles del pueblo. Aquí, después de unas semanas, todo el mundo recuerda tu cara y, con mayor o menor aprecio, parece que formas parte de algo. Un pueblo no es más que un número de personas, un número pequeño, no un número que, para el ojo humano, tiende a infinito como el de las ciudades. Aquí, uno puede encontrar esa soledad buscada por el Sturm und Drang, esa soledad típica del enamorado, del joven Werther henchido de penas. Cuanta menos gente encuentras, más sencillo es recordar aquel aforismo de Schopenhauer que decía: Nadie puede salir de su individualidad.

Cuando el suelo está repleto de hojas destripadas, de papeles acusadores, abandono el bolígrafo a su suerte, pensando en cómo esa búsqueda de la propia individualidad se convierte en un imposible en ciudades como Barcelona. Aquí, entre cuatro calles, observas cómo esa mezcla de interés y cotilleo por el prójimo también vuelve imposible ese tipo de soledad. ¿Qué resulta entonces más real? ¿La soledad dentro de la masificación urbana o la imposibilidad de la misma allí donde todos llegan a conocerte? Al final, todo se resume en el qué dirán frente al acto de que nadie diga nada. Pese a sus modos, ambos hieren de forma agravante.

Primeras impresiones (I)

Mallorca (I)

Señoras y señores, chicos y chicas, yo he realizado el sueño del urbanita medio. Ese sueño que anhela todo hijo de vecino cada lunes, a las siete menos cuarto de la mañana, cuando, de camino al trabajo, pilla un atasco, grita hasta desgañitarse por la ventanilla de su R5 y proclama:

¡Que les den por culo! Yo me voy al campo y me planto unos tomates y unas gallinas. ¡Eso sí es vida!

Y unos cojones. ¿Por qué se creen ustedes que la gente migró a la ciudad? ¿Por el Zara y el H&M?

Visto lo visto, y al existir tal posibilidad, nos hemos mudado a Mallorca, provincia alemana en la sombra desde hace cincuenta años. Lugar donde la gente habla rápido, habla alto y te miran mal desde sus puertas y ventanas al grito de «Foraaaaaaaaster!», «Idò, Pere, aquest-qui-putes-és? Cagonsaputa… que no vingui per res dolent que li fotre-una-llosca-que-li-pareixerà-que’l-mon-l’empeny…!»

Vivimos en la última casa del pueblo. Un pequeño pueblo cercano a Inca —quienes hicieron buenas migas con doña Maria Cristina y les otorgó el título de ciudad en 1900, antes de que Alfonsito se hiciese mayor—; está apartada del centro (donde se reúnen en hora punta cinco o seis personas), tiene dos plantas, cuatro habitaciones y muchos metros de terreno alrededor.

Aquí estoy aprendiendo cómo funciona de verdad una azada y un motocultor, para qué leches son esas cañas tan feas que la gente se empeña en plantar en los campos para atar cuatro tomates y lo bien que se duerme tras mover una hoz y un rastrillo durante todo un día. En resumen, pretendo pedir tiempo muerto.

En estos lugares, todo transcurre muy despacio y muy deprisa a la vez. El tiempo se vuelve algo relativo y te recuerda las interminables clases de matemáticas y los cortos períodos de descanso en el patio, tirando piedras a los amigos, levantando faldas a las niñas y devorando bocadillos de jamón, y también de Nocilla.

Estas entradas no tienen otra finalidad que describir aquello que vivimos y hacemos aquí. De algún modo, Mallorca será nuestra vía de escape. Donde trabajar en silencio y sin agobios, donde poder pensar, escribir y pasear; aprender cómo y cuándo se cuida un huerto, y descansar por las noches. Por una vez, poder reflexionar antes de actuar. Aquí el tiempo no se te escapa de las manos, día tras día, pero tampoco existe el estrés de la ciudad, de los horarios, del resto del mundo gritando en tu oreja. Es un arma de doble filo, desde luego.

Excursión y panorámica del pueblo