Se van

Echo de menos a Caos. Siempre echo de menos a Caos. Cada día. Todos los días. No sirve de nada, pero tenía que empezar diciéndolo. Siempre hay algo que termina por recordármelo en un momento u otro. Hoy, leo cáncer de hígado en Internet, y le echo de menos. Aunque él no se fue así; a él le dio un vuelco el corazón, y después a nosotros.

Echo de menos a Caos. Le añoro. No sé si lo añoro más que a mi padre, que sí se lo llevó el cáncer; no sé si lo añoro más que a los abuelos que conocí; no lo añoro más que a los amigos que marcharon temprano. Sé que fue familia, y sigue siéndolo.

Caos en La Garrotxa (Gerona)

Leo cáncer de hígado en un blog, y recuerdo que se irán. Se irán con casi todo lo que nos dieron a cada instante de sus breves e intensas vidas. Se irán. Casi siempre se irán antes, porque brillaron el doble, sino más. Ellos lo prefieren así; si se lo permites, te lo habrán enseñado bien a lo largo de los años.

Te habrán enseñado a dormir al sol tumbado junto a ellos; a reír por cualquier cosa que te apetezca; a besar cuando sientes que es la persona adecuada; a compartir las pequeñas cosas, y a ser un poco egoísta cuando se trata de tu juguete favorito, por supuesto; te habrán enseñado que el amor debe ser incondicional, que la vida es cosa de un minuto y que no hay nada que un perro no pueda perdonar, porque son mejores que tú y que yo.

Se van; también nosotros. Y duele tanto como debería, no más; y juras sentir cómo los recuerdos se desmigajan entre lágrimas amargas que pretenden atesorar una vida entera; juras que jamás volverás a pasar por algo así; juras que no es justo.

Escaparán mucho más lejos de lo que nunca corrieron; pagaremos ese peaje. Pero es un tributo tan escaso frente a una vida juntos que estaríamos locos si no volviésemos a caer en ese error mientras quede en nosotros un soplo de aire.

¿Es un desgraciado aquel que come perro?

Estos días estoy retocando algunos capítulos de un proyecto que me encantaría que viese la luz: concentra algo de ética, de animalismo, de filosofía vida… Y en estos textos que empecé en febrero y, de algún modo, terminé a finales de junio (aunque no del todo), también hay un espacio reservado al consumo de carne y de pescado.

Me explico. Punto por punto; paso a paso. Digamos que yo ahora te confieso que me he comido un perro. Rápidamente relacionarás perro con animal de compañía, y pensarás que soy un verdadero monstruo. Esta hipótesis, aparentemente tan simple, es lo que planteaba hace un par de años Melanie Joy en un libro muy recomendable titulado: Por qué amamos a los perros, nos comemos a los cerdos y nos vestimos con las vacas: una introducción al carnismo (Plaza y Valdés, Madrid, 2013).

Diferencias fundamentales entre ética, cultura y empatía

¿Pero hay alguna diferencia real entre un perro, una vaca o un cerdo o es una distinción, simplemente, cultural y ética muy relacionada con la empatía de cada persona? En realidad, en Vietnam, Tailandia, Japón y en zonas adyacentes, el conejo es un animal de compañía, y nadie comprendería allí que tú quisieras comer conejo (¡es una mascota, no comida!), por el contrario, el perro ha formado parte de su dieta durante miles de años. ¿Ves por dónde voy? Sigue leyendo «¿Es un desgraciado aquel que come perro?»