V. El fruto del níspero

El fruto del níspero - Cap 5

Este texto pertenece a la novela animalista de Caos, que publico semanalmente por capítulos en el blog desde noviembre de 2021. Tienes más información sobre el proyecto literario (y animalista) en Caos, la novela.

Dana lamió compulsivamente la cara de Julio, inconsciente, y siguió, y siguió hasta que le rescató de un sueño poco reparador sobre la alfombra. Julio abrió los ojos, que le picaban, y apartó a Dana con una mano antes de incorporarse.

—¿Y el otro dónde está?

La perra giró el cuello hacia un lado, después hacia el otro, y cogió con la boca una pelota de tenis que tenía entre las patas; a continuación, salió corriendo por el jardín.

Julio entró en la casa, fue al baño. Allí se lavó bien la cara y se miró en el espejo. Se sentía cansado, aunque no más que el resto de las mañanas de su mundo: madruga, carga cajas, duerme y vuelve a madrugar. Se secó la cara con una toalla: ¿qué iba a hacer sin las cajas que le mandaban de China para cargar?

Negó con la cabeza y se acercó hasta la habitación de matrimonio.

La cama estaba hecha. Miró el despertador de la mesita de noche: eran las once y cuatro minutos.

Atravesó el pasillo que conectaba el baño y las tres habitaciones con el salón-comedor y la cocina: la casa estaba vacía, apenas quedaban cuatro trastos fuera de las cajas del comedor. Preparó la cafetera y encendió un fogón con un encendedor que le esperaba en la repisa.

Se le vino a la cabeza el domingo. ¿Era siquiera consciente de todo lo que iba a cambiar su vida? ¿Eso debía ser lo que llaman fecha límite, ¿no? (En inglés, tiene más sentido: deadline.) Y, sobre todo, ¿cuándo sembraron el germen de todos estos cambios?

Creía saberlo.

Durante su último septiembre:

—No me gusta mi trabajo —lamentaba Lena—. Ni esta ciudad. El estrés, ir siempre sin dinero, las prisas.

Julio se recordaba frente a ella, sentado en un portal de la avenida Vallcarca: pocos árboles, mucho gris, niños que corrían en pantalón corto o comían sus bocadillos envueltos en papel de plata a las cinco de la tarde. Lena vestía un chubasquero rosa del Decathlon: se acordaba bien de eso, porque no dejaba de rascar la tela y de preguntarle si debía ser poliéster.

—Solo hace tres o cuatro meses que nos hemos mudado fuera de la ciudad: será la falta de costumbre —debió decir.

—Siempre te empeñas en decirme qué debo sentir.

Después el aborto, el trabajo, ellos; demasiadas cosas, suponía Julio. Él cada vez más arisco; sin dejar pasar ni una. Ella cada vez más lejos. Aquello era una balsa partida en dos; tiraban para recomponerla, pero quién sabe si no estaban a punto de hundirse.

Gorjeo del café. La cafetera ya hervía, apagó el fogón. Vuelta a la realidad. Se sirvió una taza y, de inmediato, supo que no se la terminaría.

Qué más da. No voy a empaquetar el café a Mallorca.

Sabía amargo, a juego con su humor.

Salió al jardín. Ahí estaba Argos con el perro recién llegado, analizando cada pequeño gesto del otro: cada paso quebrado, cada mirada de fingida autosuficiencia, cada intento de juego fallido, sin fuerzas. Cuando Argos vio a Julio, viró el lomo y corrió a saludarle entre cabeceos; él lo palmeó, sin sutilezas.

—Qué pasa chico, compórtate, ¿eh? Ni se te ocurra desmontar a nuestro invitado.

Argos ladró, y volvió a la posición donde se encontraba Caos, intentando iniciar, de nuevo, algún tipo de juego.

Julio se fue hacia al garaje. Allí, empezó a rebuscar entre cajas de cartón que se amontonaban en el tercio libre que habían podido aprovechar. ¿El resto de la habitación? Repleta de trastos ajenos.

Tras un buen rato, por fin encontró la caja donde él mismo había escrito con rotulador negro: «COSAS PERROS». Levantó el precinto; empezó a sacar de ahí varias correas de nailon, viejos collares en buen estado, cepillos de púas, champús, espráis.

Volvió junto a Caos, ahora tumbado en el césped: Argos se había aburrido y ahora estaba ladrándole a un níspero al que tenía tirria.

Julio dejó los productos que había recopilado cerca —espray antipulgas, jabón, un barreño para el agua— y entró en la casa a por la toalla de baño con la que se había aseado minutos antes.

Entre las idas y venidas, pensó en el árbol de los nísperos y en Argos: enemistad (absurda) que había forjado la gula: el perro se había acostumbrado a zarandear el árbol para tirar los nísperos maduros; de vez en cuando, algún níspero de los que caían aterrizaba contra la cabeza del perro y esto había creado esta curiosa relación de amor-odio. El perro seguía haciéndolo, claro, porque le gustaban los nísperos, pero ahora, para colmo, ladraba al árbol mientras lo hacía. Julio le riñó varias veces, pero Argos se limitó a mover la cola y a envalentonarse más y más, así que desistió de hacer entender al mastín lo que quería.

Volvió con Caos y le acarició el hocico herido; la trufa se veía en carne viva, un revoltijo de sangre coagulada que no parecía tener fuerzas para cicatrizar bien. El perro rehuyó su mirada. Temblaba.

—Verás, a mí tampoco me gusta mucho el agua fría, pero es que no podemos ir así por el mundo, ¿sabes?

Lo bañó una vez, el agua negra. Cambió el agua. Empezó frotándole champú por todo el cuerpo: podía palpar las garrapatas que invadían el lomo, la grupa e incluso las orejas. Volvió a cambiar el agua. Lo aclaró varias veces: se había ido el gris y aparecían los colores de un viejo pastor alemán. Empezó a contar garrapatas, pero se descontó en las orejas. Durante dos largas horas, Julio extrajo parásitos con la ayuda de media botella de aceite y unas pinzas; después, lo volvió a bañar. Mientras vaciaba un segundo bote de espray antipulgas en Caos, Lena abrió la puerta negra del jardín y bajó las escaleras.

—Lo has bañado —dijo, señalando lo obvio.

Julio asintió.

—He llamado a la policía: me han dicho que nos acerquemos a la perrera de Barcelona y se lo expliquemos —añadió ella.

—OK.

Lena caminó hasta el porche de la casa; abrió la puerta y dejó las llaves colgando de la cerradura.

—¿Quieres salir a pasear con ellos antes de bajar a la perrera?

De espaldas, ella se encogió de hombros.

IV. Dos culos sobre una alfombra persa

Este texto pertenece a la novela animalista de Caos, que publico semanalmente por capítulos en el blog desde noviembre de 2021. Tienes más información sobre el proyecto literario (y animalista) en Caos, la novela.

Lena entró en la casa y pegó un portazo. El marco lacado en blanco y las paredes crema temblaron en la oscuridad. Vio cómo Dana, tumbada frente a la puerta, solo abría un ojo, acostumbrada a sus discusiones. Prendió el interruptor de la luz: el comedor vacío de muebles, repleto de trastos en cajas.

Argos roncaba en la cama para perros donde había estado el sofá.

Lena les dejó allí.

Se fue a la cama y se tumbó de inmediato.

¿Puedo dormir?

Parecía pedirse permiso a sí misma.

Qué coño voy a poder dormir ahora, si ese se empeña en ponerme de los nervios a cada momento.

Un minuto encima de la colcha. Ni abrir las sábanas ni hostias, ¿para qué? Para dar vueltas y vueltas y no descansar ni un par de horas, que eres una imbécil y terminas haciendo siempre lo que él quiere, ¡y mira!

Empezó a pensar en los perros y en Caos; se relajó un poco. Por unos minutos, perdió el mundo de vista, pero no pudo escapar de las palpitaciones y el bombeo disonante de su corazón.

—Que no, que no puedo.

Distinguió a contraluz el contorno de la habitación en semioscuridad: solo quedaba la cama, que mañana venía a buscarla un amigo por ciento y pico euros.

Subió un poco la persiana y fuera ya había luz, luz.

—Pues me voy a preguntar a la local —se dijo, quizá para convencerse de que podía hacer algo útil.

Rehízo sus pasos hasta la cocina y se bebió una Coca-Cola. Al girar el pomo de la puerta blanca que daba al jardín, se había despejado. El latido le iba rápido, pero no como antes, y ya no estaba tan cabreada como creía. Volvió a la habitación, cogió una manta; salió. Caminó deprisa hasta el garaje: ahí estaban esos dos. Julio cabeceaba con los brazos en cruz; el perro dormía agotado sobre el extremo de una de las alfombras. Lena imaginó que su marido no se había quedado quieto hasta que Caos había puesto el culo en la alfombra persa con motivos geométricos en rojo y azul: ahí había una doble batalla perdida que él se empeñaba en lidiar.

—Verás tú el gilipollas mañana, lleno de pulgas y garrapatas —criticó Lena en alto, sin reparar en que ella también quería que el perro durmiese en casa, con todos.

Se agachó. Por primera vez en meses se fijó, de verdad, en su marido: el pelo blanco, encanecido de la noche a la mañana, como el padre de Laura Palmer. La barba igual, y esas ojeras que no se quitaba ni a tiros. Se descubrió apartándole un mechón de pelo de la cara.

¡Qué haces! A ver si le vas a despertar y la tenemos.

Tiró el cuerpo hacia atrás.

—Te has hinchado, nene —dijo—. Si eres el doble que cuando nos conocimos en la facultad. De tanto levantar cajas y tan poco usar el seso.

Rio, mala.

—¿Ves? Si siempre fuese así de fácil hablar contigo, quizá hasta solucionábamos nuestros problemas. Que ya digo nuestros, que no solo eres tú, pero es que has cambiado un huevo, joder. ¿Dónde coño está aquel chaval que siempre reía?, que estaba de buen humor, y no todo el día pensando en la poca pasta que hay en la cuenta corriente.

Silencio.

—Que te importó una mierda cómo me sentía yo. Muy ocupado estabas, pensando en ti. ¿Te planteas siquiera por qué no pude decirte que estaba embarazada?, ni lo otro: cuando la perdimos. Tú con tus neuras. Qué futuro nos espera a ti y a mí con niña o sin niña, ¿eh?

Lena salió del garaje.

—Cómo me engañaste, cabrón.

Volvió a entrar. Le tiró la manta por encima y se limpió una lágrima rebelde.

—Tienes trabajo. Así que espabila.

Julio respiraba, ausente.

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«El fruto del níspero»
(se publica el domingo, 5 de diciembre)