La ilegalidad tiene dos caras: condena o burla

David Casinos es un atleta paralímpico español. Nació en Valencia en 1972 y ha sido medalla de oro en cuatro JJ.OO. consecutivos: Sidney (2000), Atenas (2004), Pekín (2008) y Londres (2012). Sus principales disciplinas son el lanzamiento de peso y de disco y peso, y su trayectoria deportiva es impecable y digna de todo tipo de reconocimientos.

David compite en la categoría B1, pues convive con una ceguera total en su día a día; algo que no parece haberle impedido alcanzar las metas que se ha propuesto a lo largo de su carrera, y, sin embargo, nos demuestra que, a veces, los grandes obstáculos no son deportivos, sino que llegan de donde uno menos esperaría: el deber cívico de sus conciudadanos.

Así, en los últimos meses, la compañera de David, Farala, una preciosa labrador de color negro, ha sido vetada de cuatro taxis entre Madrid y Valencia por «soltar mucho pelo», algo que el deportista precisaba en El Mundo: «este tipo de situaciones suponen «hechos aislados», […] la mayoría de conductores son gente maravillosa, aunque de vez en cuando te encuentras a estos bárbaros.» En la estación madrileña de Atocha, Casinos denunció a los conductores, pero tuvo que volver a lidiar con ello en la de Sorolla, en su localidad natal.

David Casinos y Farala
El deportista David Casinos junto a Farala, su perro-guía, una labrador de pelaje negro. ©Biel Aliño

De cualquier modo, este es uno de esos casos cívicos que más portadas debería llenar en la prensa y más tiempo ocupar al poder legislativo; la razón es sencilla: creemos que es una minucia que David Casinos quede con su perra-guía en tierra porque un taxista no desea dejarles subir, y, entonces, justo entonces, es cuando la excepción empieza a convertirse en la norma.

Si este se planta porque no quiere quitar cuatro pelos del taxi, ¡voy a ser yo el imbécil!, pensará algún otro conductor que no entiende que esa también es una de las obligaciones de su trabajo, y que nada tiene que ver con el transporte de animales de compañía para otros usuarios.

La duda ahora es si las demandas de Casinos trascenderán, e incluso si el Sindicato del Taxi actuará motu proprio, y, de este modo, si estos conductores que, además de ser unos maleducados, se han saltado a la torera sus obligaciones laborales serán castigados como es debido. Si así fuera, percibiríamos como la ley tiene el poder justo que ciudadanos e instituciones le ofrecen, y entenderíamos que son estas las causas que lo merecen y que construyen nuestra sociedad. Por el contrario, obviar estas situaciones, hacerlas de menos, supone un flaco favor a David Casinos y al resto de compañeros con dificultades de visión, movilidad, etcétera; pero no solo a ellos, también a todos aquellos que podemos creer que la ley construida y aceptada entre todos, ha terminado por convertirse en una caricatura donde estas excepciones no se frenaron a tiempo.

Por el momento, la opinión pública se ha mostrado totalmente a favor del deportista, hecho que tranquiliza, y ahora queda por ver si echamos a andar los mecanismos necesarios para evitar estas vergonzosas excepciones, o nos acercamos, con tristeza, un poco más hacia el incivismo.


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El sindicato del taxi y la Operación Caracol

Ayer, 16 de enero, bajé a Barcelona, pero lo hice varias horas después de las movilizaciones de taxistas convocadas. La Operación Caracol, iniciada a las 11:00 del blue monday —ahora todos los días son black, blue, o yellow, como el submarino de los Beattles—, amenazaba con colapsar las rondas, y así lo hizo, dejándonos con imágenes de retenciones de hasta diecisiete kilómetros y una mujer, «pelín» histérica, a la que se ha criticado mucho sin saber si es tan propensa, como parece, a los ataques de pánico.

Las huelgas y las manifestaciones son un incordio muy útil de la que una gran parte de la ciudadanía se ha olvidado: son las que ayudaron a reducir jornadas laborales, y a conseguir sueldos dignos, a presionar gobiernos contra medidas impopulares, y a construir el mundo actual. Y, sin embargo, me da en las napias que el sector del taxi se equivoca de mig a mig como solemos decir los catalanes.

Operación Caracol - Marcha lenta de taxis por las rondas de Barcelona
Marcha lenta por un tramo de la Ronda de Dalt de Barcelona.

En primer lugar, porque se pone en contra a quien más a favor debería tener: el resto de ciudadanos; del mismo modo que lo hicieron los empleados de TMB (Transports Metropolitans de Barcelona), quienes, directamente, debieron abrir las entradas y salidas del metro y no haber cobrado un euro a quien cogiese el autobús durante uno, dos, tres o siete días: en otras palabras, ir a hacer daño a la patronal, y no perjudicar a quien, con su sueldo, apoya las nóminas que cobran a final de mes.

El sindicato del taxi se equivoca de un modo similar, porque no arremete contra el culpable último: el ayuntamiento, la Generalitat, la política, sino contra los miles y miles de mataos que se mueven en coche, casi siempre por necesidad, o estupidez, nunca por comodidad, os lo aseguro, por las rondas hípercolapsadas (y obsoletas) de la ciudad condal.

Asimismo, pone a Uber, y a empresas similares que nos caen mejor, en bandeja de plata la posibilidad de aplicar una política de buenismo: con viajes gratis y todo tipo de facilidades para sus clientes; mostrando la cara más amable de la multinacional, que aporta soluciones, tarifas competitivas y comodidad al usuario, mientras cientos de taxistas acometen con «marchas lentas» contra su público objetivo.

Marcha lenta de taxis en Barcelona

Del comunicado emitido el 31 de diciembre, los puntos 1, 4, 5 y 6 se vinculan, de un modo u otro, al intrusismo profesional, contra el que el sector público ya parece empeñado en luchar, aunque, quizá, no cuenta con armas suficientes. Aquí se abre la curiosa disyuntiva entre la empresa-estado y los órganos tradicionales de los que puede echar mano el gobierno catalán.

Para el sindicato del taxi, la guerra abierta que se ha enquistado en las calles de todo el mundo desde la aparición de Uber y similares, parece decantarse a favor de la victoria de la, aquí, mal llamada economía colaborativa con un cambio de cara que ha vencido a la percepción popular, cada vez más lejana, de aquella economía sumergida de la que se hablaba en el Parlament de Catalunya en 2014.

Y yo me pregunto: ¿habrá tenido el sindicato en cuenta una reducción del precio de las licencias, culpable último de la enorme facturación que necesita cualquier taxista, para luchar contra este intrusismo que ya es, hoy, una realidad? ¿O se seguirá buscando una regulación excesiva de un sector que debe actualizarse por obligación con la aparición de las nuevas tecnologías, donde al GPS y el navegador, se suman las apps móviles y un nuevo concepto de economía? Porque quizá muchos estamos de acuerdo en no dejar que Uber aproveche vacíos legales para enriquecerse, ¿pero cómo pretenden los taxistas combatir a Blablacar, Shareling o Amovens? Quizá el sindicato del taxi deba actualizarse, porque puede luchar contra el intrusismo, pero no contra el verdadero modelo de economía colaborativa que, tras más de un listo y un patinazo, se está terminando de imponer.


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